Cargos y oficios
Sacerdote, humanista e historiador.
Trayectoria
Hijo de José Tellechea Jorajuría (de Ituren, Navarra) y Valentina Idígoras Aramburu (de Zumarraga), nació en la Plaza de Gipuzkoa de San Sebastián, aunque mantuvo una estrecha vinculación con el pueblo de origen de su padre, donde se halla enterrado. Tuvo en su padre y en su hermana M.ª Ángeles a sus más fieles colaboradores.
Considerado uno de los grandes hombres de la cultura vasca contemporánea, su compromiso religioso le llevó a ordenarse sacerdote en la Catedral del Buen Pastor de Donostia-San Sebastián el 29 de junio de 1951, por el obispo Font y Andreu, como primera promoción sacerdotal de la diócesis de San Sebastián recién fundada, junto a su amigo y futuro obispo José María Setién, tras concluir sus estudios eclesiásticos en los Seminarios Menor de Bergara (1940) y Mayor de Vitoria-Gasteiz (1941-1951), gracias a la Beca concedida por la Diputación guipuzcoana. Por consejo de don José Zunzunegui y el jesuita padre García Goldaraz orientó sus inquietudes intelectuales hacia la Historia de la Iglesia, de lo que nunca se arrepintió.
Debió surgir en Vitoria-Gasteiz su vocación histórica, como asistente de su Biblioteca de Filosofía (lo que le permitió tener a su disposición decenas de miles de libros y más de 150 revistas europeas en plena época de la posguerra). Becario del Instituto Español de Estudios Eclesiásticos de Roma (1954-1956), amplió sus estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana (1955) obteniendo los títulos de licenciado en Historia Eclesiástica y doctor en Teología (Medalla de Oro, con la Tesis La Inmaculada Concepción en la controversia del P. Maldonado con la Sorbona, publicada en Victorensia en 1958, 448 pp.), ampliando sus estudios en la Escuela de Diplomática del Vaticano (del Archivo Vaticano) diplomándose en Archivística y Paleografía (1951-1956). En Roma estableció contacto con el Archivo y la Biblioteca del Vaticano, y otras ilustres bibliotecas romanas como la Casanatense, la Valliceliana (donde encontró los primeros inéditos de Carranza), la Nazionale y otras, y con Angelo Roncalli, futuro papa Juan XXIII, a quien acompañó en su viaje a España. Ya en España, se licenció en Filosofía y Letras en la rama de Historia en la Universidad Complutense de Madrid (1966, Premio Extraordinario). El profesor Pabón quiso incorporarlo a su cátedra.
A su regreso a Gipuzkoa, en 1956 comenzaron sus actividades docentes en el Seminario de San Sebastián, donde fue profesor de Teología fundamental, Historia de la Iglesia y bibliotecario (1956-1970), llegando a ser rector del mismo (1966-1968) en tiempos revueltos. Combinó esta docencia con la impartida en el Seminario Hispanoamericano de Madrid, donde fue profesor de Historia Eclesiástica de 1956 a 1966, en que se cerró. Consiguió entonces por concurso la cátedra de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Salamanca (1966, vacante por la muerte de don Luis Sala Balust), donde enseñó hasta su jubilación en 1998, si bien fue nombrado catedrático emérito de la misma; y en 1967, al nacer la Facultad de Teología de Vitoria, entró a formar parte de su claustro (1969-1993). En San Sebastián, sede familiar, fue fundador y director del Instituto Pío XII de Teología para religiosas (1967-1998).
En 1980 sufrió una enfermedad tan grave que ya se preparó su mortaja. Tras superar la misma, su testimonio en Tapices de la Memoria (historia clínica 279.952) ha servido de guía a los médicos para entender la psicología y el sentir en el proceso de recuperación de los enfermos. Los más de veinticinco años que, según decía, se le dieron de regalo, le permitieron proseguir con intensidad su actividad docente e investigadora.
Y fue la doble faceta docente e investigadora, en el campo de la Historia, la que caracterizó la vida de José Ignacio, dejando siempre una honda impronta en unos alumnos que le recuerdan con respeto por sus profundos conocimientos, su claridad expositiva y su cercano trato.
Al decir de Ronald Truman, profesor de la Universidad de Oxford, la base de su trabajo «se asentaba en un sistema de valores y prioridades bien claras». Se preocupaba muy poco por las rutinarias ambiciones profesionales del mundo académico. Lo que sí importaba para él era la búsqueda de la verdad histórica, tantas veces distorsionada, y la noble tarea de educar a la gente joven. Hizo suyas algunas palabras de Gregorio Marañón: «Lo que importa es enseñar modos. Modos de conducta, modos de aprender, que no es recibir los hechos y prenderlos en la memoria, sino saberlos buscar por uno mismo, saber criticarlos. Dudar de ellos cuando es preciso y, acaso, prescindir airosamente de lo que parecía verdad». Ir con espíritu de curiosidad, de búsqueda empeñada y creadora…
Y fue su faceta investigadora la más generalmente reconocida. Tal es el número y calidad de su obra escrita que le permitió disfrutar por dos veces de la Beca otorgada por la Fundación Juan March (1958-1966). Según escribió el profesor Truman, José Ignacio «tenía la convicción de que siempre había más cosas que descubrir, más cosas que tener en cuenta, más cosas relacionadas entre sí, y era de tal modo que llegó a crear nada menos que un nuevo paisaje histórico e intelectual de la España del siglo XVI; ese siglo sobre todo».
Especialista, ciertamente, del mundo Moderno, no rehuyó, sin embargo, el adentrarse en el medioevo hispano ni aún en la época Contemporánea. Sus cientos de libros y artículos son el resultado de su afán por dar a conocer lo que su contacto directo con las fuentes le fue descubriendo en los archivos más importantes e insospechados fondos donde «echaba la caña» para pescar algo.
Sus numerosas estancias en Roma consultando sus Bibliotecas (Vallicelliana, Casanatense, Vaticana) y Archivos (Vaticano o Secreto del Santo Oficio), en Salamanca (el Archivo de Unamuno), o en Madrid (Real Academia de la Historia, Archivo Histórico Nacional o Biblioteca Nacional), y su paso por Simancas (Archivo General) camino a Salamanca, o por París (Archivo y Biblioteca Nacionales), le permitieron afrontar temas de gran calado y siempre inéditos que le dieron la proyección internacional de que gozaba.
En ese afán de recuperar el pasado fueron muchos los personajes y temas que José Ignacio fue dando a luz a lo largo de los años, ayudado de su gran capacidad por trasladarse a otras épocas y revivir en persona los acontecimientos narrados. El dominico Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo, fue, sin duda, su mayor obra, al que dedicó 149 trabajos a lo largo de más de cincuenta años, destacando sus 7 tomos del proceso inquisitorial español y los 2 del proceso romano. De ella dijo Marcel Bataillon, director del Collège de France en París, máxima autoridad en todo lo referente a la historia religiosa e intelectual de la España del siglo XVI: «No conozco otra obra que ilumine tan sobria y eficazmente, con escrupulosa erudición, las interioridades de la España de Carlos V y su final crisis religiosa. El dominar totalmente la documentación del proceso de Carranza (22 volúmenes y miles de páginas) permite al historiador dar con “la clave del misterio” de la materia examinada […] es un magistral estudio acerca de la psicología de la Inquisición». Acto de reconocimiento y estima intelectual (según Truman) que Bataillon confería a muy pocos.
Pero no fue Carranza el único personaje reivindicado por José Ignacio. Miguel de Molinos, al que descubrió a través de su Guía espiritual, Juan de Valdés, Teodoro de Ameyden, Manuel de Larramendi (el jesuita de Andoain, del que publicó cuatro obras y dedicó varios artículos), Catalina de Erauso, la madre Rafols (fundadora de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, deshaciendo el embrollo que enturbió su vida y facilitó así la beatificación), San Francisco Javier y, sobre todo, su Ignacio de Loyola («solo y a pie»), traducido a más de 9 idiomas, proyectando la figura del Santo vasco en todo el mundo, son solo algunos ejemplos, pero muy significativos, de la capacidad intelectual y buena pluma de José Ignacio.
Los epistolarios fueron también objetivo de José Ignacio, a los que acompañaba siempre sus introducciones, notas e índices. Destacan los dedicados a Carmelo de Echegaray, Xabier María de Munibe (conde de Peñaflorida), Amado Nervo, Basterra, Grandmontagne, Juan Ramón Jiménez, Salaverría, Darío de Regoyos, Ignacio y Daniel de Zuloaga, Miguel de Unamuno o el cardenal Reginaldo Pole.
Trató las Visitas ad Limina de Calahorra, Ciudad Rodrigo, México, Pamplona, Salamanca y Vitoria; y dedicó los últimos años de su vida al estudio de Felipe II y el Papado, recogiendo en tres volúmenes (1999-2002) la colección de breves y en dos más (2004) la correspondencia entre el Rey Prudente y los diversos papas desde 1550 a 1598. Documentación completamente nueva, hasta entonces desconocida.
El tema vasco (Anclas de Hernani, La otra cara de la Invencible, Corsarios guipuzcoanos, Santiaguistas guipuzcoanos, etc.), y su participación en homenajes a diversas personalidades propias (Caro Baroja, Padre Donostia, Justo Gárate, Oteiza o Zubiri) y foráneas (Vincke, Jedin, Bataillon, De Luca o Rogger), fueron también temas de interés para José Ignacio.
Conferenciante exquisito, en un tiempo no siempre proclive a temas históricos, tanto en suelo patrio como en Europa e Hispanoamérica (en Roma, Oxford, Turín, Bolonia, Nápoles, Tours, Augsburgo, Buenos Aires, Puerto Rico, México, San Sebastián, Bilbao, Vitoria, Pamplona, Burgos, Zaragoza, Valladolid, Oviedo, Salamanca, Zamora, Cáceres, Badajoz, Sevilla, Córdoba, Toledo, Valencia, Cuenca, Segovia, Soria, Málaga, Santander, etc.), fue articulista y colaborador de El Diario Vasco durante muchos años, y colaboró asiduamente, entre otras muchas publicaciones, con Bulletin Hispanique, Hispania Sacra, Boletín de la Real Academia de la Historia, Revista Española de Teología, Boletín de la RSBAP, Príncipe de Viana y Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián.
Supo dedicar también buena parte de su tiempo a la creación, impulso y desarrollo de instituciones culturales de gran calado en nuestro entorno. Así, fue Asesor Conciliar del Episcopado Español (1963-1966) para el Concilio Vaticano II; miembro de la Comisión de Gobierno y Reforma de la Universidad de Salamanca (nombrado por Roma en 1970); en Madrid formó parte activa del Patronato de la Fundación Universitaria Española (FUE), siendo hasta su muerte director de su Seminario de Teología «Suárez» y, por ello, responsable directo de la colección «Espirituales Españoles». Fundó en la Universidad de Salamanca la Fundación Pía no autónoma destinada a estudiar la figura de Carranza con la publicación de la colección «Tiempos Recios», y fue también director de su revista Salmanticensis (1971-1974) y vocal de la misma, así como también de Diálogo Ecuménico, Revista Española de Teología y Archivo Italiano di Storia della pietà.
Fue miembro fundador (en 1966) y director, asimismo hasta su muerte, del Grupo Doctor Camino de Historia Donostiarra, impulsando la publicación de numerosas monografías y 41 números de un Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, rescatando la Historia de una ciudad que apenas tiene documentación histórica. Y, finalmente, fue miembro muy querido de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, de cuyo Consejo Rector formó parte durante muchos años y hasta su muerte en 2008, y cuyo Boletín dirigió los últimos años de su vida.
Designado obispo de Bilbao en 1994 (cargo que renunció), varias han sido las instituciones que han reconocido su trayectoria profesional y humana: Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia por Gipuzkoa (1982-2008), así como de las de Venezuela y México; Premio «Manuel Lecuona» de Eusko Ikaskuntza (en 2001); Premio Teresa de Ávila (en 2004, conseguido ex-aequo con Juan Gelman); «Medalla de Oro» de Andoain (en 1990, por el redescubrimiento del padre Larramendi); «Hijo Adoptivo» de Miranda de Arga (cuna del arzobispo Carranza); «Miembro de Honor» del Institut de l’Humanisme et la Renaissance (Tours), de la Academia de San Carlo (Milán), y del Instituto Vasco-Argentino de Buenos Aires. Fueron reconocidos en todos ellos su libertad de acción y de pensamiento.
Gregorio Marañón le llamó «trapero del tiempo», pues toda su ilusión era encontrar documentos inéditos y publicarlos para ponerlos a disposición de los historiadores, «compartir los hallazgos» como repetía tantas veces. En palabras del arzobispo de Valencia, monseñor Olaechea, José Ignacio «prefirió vivir entre muertos ilustres que entre vivos vulgares». No es de extrañar que gozara de la especial amistad del papa blanco Juan XXIII y del papa negro Pedro de Arrupe. Considerado como uno de los más importantes historiadores y humanistas del siglo XX en España, el escritor abulense José Jiménez Lozano le valoraba como el historiador «que de forma más sistemática ha dado vueltas al siglo XVI y a las grandes figuras de ese tiempo».
A su muerte la Real Bascongada de los Amigos del País le hizo un sentido homenaje, dedicándole su Boletín (2008-2) por acuerdo unánime de su Consejo Rector, así como otras revistas y periódicos; y el 2009 se creó la Fundación «José Ignacio Tellechea», con objeto de «buscar la verdad a través de las fuentes documentales, la indagación de la historia y la reflexión profunda».
Obras
Fray Bartolomé de Carranza, Documentos Históricos, Madrid: Crítica, 1962-1994, 8 vols.
El arzobispo Carranza y su tiempo, Madrid: Guadarrama, 1968, 2 vols.
Papeles viejos. Guipuzcoanos olvidados, San Sebastián: Sociedad General de Ediciones y Publicaciones, 1968, 236 pp.
Manuel de Larramendi, Obras, San Sebastián: Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1969-1990, 4 vols. (Corografía de Guipúzcoa, Autobiografía, Fueros de Guipúzcoa y Escritos breves).
La Reforma Tridentina en San Sebastián. El libro de Mandatos de visita de la parroquia de San Vicente (1540-1670), San Sebastián: Grupo Doctor Camino, 1972 (1.ª ed., 1970), 370 pp.
Anclas de Hernani, San Sebastián, Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1977, 256 pp.
Fray Bartolomé Carranza y el Cardenal Pole. Un navarro en la restauración católica de Inglaterra (1554-1558), Pamplona: Diputación Foral de Navarra, Institución Príncipe de Viana, CSIC, 1977, 432 pp.
Tiempos recios. Inquisición y heterodoxias, Marcel Bataillon, Bartolomé Carranza, Salamanca: Sígueme, 1977, 278 pp.
Hernán Pérez de Yarza, alcaide de Behobia. Las comunidades y la guerra de Navarra (1520-1521). Documentos, San Sebastián: Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1979, 252 pp.
Erquicia y Aozaraza. Dos mártires guipuzcoanos, San Sebastián: Idatz, 1980, 199 pp.
Con GARMENDIA ELOSEGUI, J. A. (coords.), Ensayo; Estatuto y Reglamentos; Resúmenes de Actas (1773-1781) y Extractos (1771-1793) de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, San Sebastián-Donostia: Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1985, 12 vols. (ed. facs.).
Ignacio de Loyola. Solo y a pie, Madrid: Sígueme, 1986, 430 pp.
La Ilustración Vasca. Cartas del Conde de Peñaflorida a D. Pedro Jacinto de Álava, Vitoria: Eusko Legebiltzarra = Parlamento Vasco, 1987, 807 pp.
Zuloaga y Unamuno. Glosas a unas cartas inéditas, Zumaya: Museo Ignacio Zuloaga, 1987, 58 pp.
El proceso romano del arzobispo Carranza (1567-1576), Roma: Iglesia Nacional Española, 1988, 244 pp.
Otra cara de la Invencible. La participación vasca, San Sebastián: Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1988, 860 pp.
Martín Ignacio de Loyola. Viaje alrededor del mundo, Madrid: Información y Revistas, 1989, 223 pp.
Ramón de Basterra. Cartas a Unamuno, Bilbao: Caja de Ahorros Vizcaína, 1989, 130 pp.
El vasco Francisco Grandmontagne. Sus cartas a Unamuno, San Sebastián: Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1991, 189 pp.
El Colegio de las Vizcaínas de México y el Real Seminario de Vergara, Vitoria: Gobierno Vasco, 1992, 159 pp.
Doña Catalina de Erauso. La monja alférez, San Sebastián: Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1992, 327 pp.
El proceso romano del Arzobispo Carranza. Las audiencias en Sant’Angelo 1568-1569, Roma: Iglesia Nacional Española, 1994, 352 pp.
Unamuno y los poetas, Salamanca: Universidad Pontificia, 1994, 124 pp.
Pintores vascos y Unamuno, Bilbao: Bilbao Bizkaia Kutxa, 1995, 105 pp.
Unamuno y Salaverría (1904-1933), San Sebastián: Fundación Social y Cultural Kutxa, 1995, 141 pp.
El eco de Unamuno, Madrid: Fundación Universitaria Española, 1996, 387 pp.
Tapices de la memoria. Historia clínica 279.952, San Sebastián: Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1996, 537 pp. Reed. Salamanca: Sígueme, 2003, 621 pp.
Una historia turbulenta. La fundación de la Compañía de Jesús en San Sebastián (1619-1627), San Sebastián: Fundación Social y Cultural Kutxa, 1997, 438 pp.
Ignacio de Loyola. La aventura de un cristiano, Camargo (Cantabria): Sal Terrae, 1998, 96 pp.
Corsarios guipuzcoanos en Terranova, 1552-1555, San Sebastián: Kutxa Fundaziona- Fundación Kutxa, 1999, 156 pp.
Fray Bartolomé Carranza de Miranda (investigaciones históricas), Pamplona: Gobierno de Navarra, 2002, 526 pp.
El asedio de San Sebastián (1719) por el Duque de Berwick. Una guerra dentro de otra guerra, San Sebastián: Kutxa Fundazioa-Fundación Kutxa, 2002, 206 pp.
Agustín de Cardaveraz, S. J., Cuentas de conciencia, Madrid: Madrid, Fundación Universitaria Española, 2003, 274 pp.
El Arzobispo Carranza «Tiempos recios», Salamanca: Universidad Pontificia, 2003-2007, 5 vols.
Santiaguistas guipuzcoanos, San Sebastián: Kutxa Fundazioa-Fundación Kutxa, 2004, 183 pp.
Los sueños de Francisco de Javier, Salamanca: Sígueme, 2006 218 pp.
Bibliografía
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