Cargos y oficios
Ingeniero, abogado, político y escritor tradicionalista
Trayectoria
Nacido en el entonces paseo de Valencia y bautizado en la vecina parroquia de San Nicolás de Pamplona, representó el tradicionalismo frente al parlamentarismo y la democracia, y batalló con insistencia contra los nacionalismos catalán y, sobre todo, vasco. Se apoyó para ello en el carlismo legitimista a fines del siglo xix y comienzos del xx, pero también en el mellismo desde 1919, en el Partido Social Popular del que fue fundador en 1923, o en la Unión Patriótica durante la dictadura de Primo de Rivera. Llegada la Segunda República formó parte activa de la Comunión Tradicionalista, fruto de la reunión de los grupos legitimista, integrista y mellista (1932), desde la que defendió alianzas con otras fuerzas, constituyendo así TYRE (Tradicionalistas y Renovación Española). En su actividad política y parlamentaria fue un orador de tonos exaltados y buena capacidad retórica, lo que le granjeó popularidad en multitud de actos públicos. Además, desarrolló una intensa reflexión a partir de los principios tradicionalistas, lo que dio lugar a obras que tuvieron una importante repercusión entre los pensadores que respaldaron la sublevación de 1936, con los que mantuvo un estrecho contacto y entre los cuales fue considerado un referente. De hecho, los editores de la traducción portuguesa de su libro más conocido, O Novo Estado (1947), afirmaban de él que había sido «un tradicionalista fiel, manantial de la más pura inspiración escolástica, que debe ser tenido como uno de los monumentos de la cultura política contemporánea».
Sus abuelos paternos procedían de Sara y Sunbilla, y vivieron en Etxalar, mientras que los maternos eran originarios de Auza y Pamplona y se asentaron en Bera, aunque el activismo carlista del abuelo lo desterró a Valladolid. Sus padres nacieron en Echalar y Pamplona, aunque un afortunado paso por Cuba permitió a Francisco Pradera disponer de medios para dedicarse a la promoción inmobiliaria en una capital guipuzcoana que vivió el esplendor del veraneo real. Por eso la familia se trasladó a San Sebastián en 1879, donde estudió el bachillerato en un ambiente fuertemente influido por las polémicas entre racionalistas y tomistas. Fue probablemente la influencia de su profesor de Psicología, Lógica y Filosofía moral en el instituto, Luis María Eleizalde, la que le inclinó hacia un neotomismo vigorizado poco antes con la encíclica Aeterni patris de León XIII (1879). Pradera se mantuvo fiel a este pensamiento que no veía incompatibilidad entre fe y ciencia y que buscaba restaurar la filosofía cristiana desde Santo Tomás de Aquino. A partir de este, los fundamentos racionales y católicos fueron la base de sus reflexiones toda su vida. Así, en un mitin pronunciado en Salamanca en 1935, animó a sus oyentes a recurrir al teólogo medieval para salvar España.
Tras pasar por Burdeos para conocer la actividad comercial, cursó los estudios de ingeniero de caminos, canales y puertos, para lo que se trasladó a la Universidad de Deusto (1887-1889), donde tuvo como compañeros a integrantes de connotadas familias carlistas. Ingresó en la Escuela de Ingenieros de Madrid y culminada su formación, regresó y dirigió Laurak Bat, una papelera de Tolosa a la que sacó de la postración hasta que la absorbió Papelera Española. Permaneció en ella como ingeniero hasta 1902.
En 1899 el carlismo le propuso como su representante en Cortes por Tolosa y obtuvo el acta, iniciando una vida parlamentaria en la que el contacto con Juan Vázquez de Mella resultó determinante, hasta el punto de que Pradera siempre se consideró discípulo del político y orador asturiano. En esos momentos obtuvo, además, la carrera de Derecho e inició una intensa actividad, en muchos casos en defensa de carlistas encausados. En las elecciones de 1901 fue reelegido por Tolosa. De esta nueva y breve etapa parlamentaria sacó una creciente distancia hacia el modelo político y no aceptó presentarse de nuevo en la siguiente convocatoria. Desarrolló entonces una labor como orador y articulista, especialmente en torno a la entonces llamada cuestión social. Atacó con dureza el socialismo y la ruptura que representaba con un orden cristiano, especialmente reflejado en la guerra del 14, pero también la codicia de los empresarios que, decía, llevó a tantos obreros a las filas del marxismo. Junto a este activismo acometió otro frente, el del nacionalismo vasco, al que atacó con dureza desde los primeros años del siglo xx.
A partir del pensamiento de Vázquez de Mella, buscó que el carlismo cambiara al hilo de lo intentado por el marqués de Cerralbo a fines del siglo xix, pero esto chocaba con unas autoridades regionales que no veían bien las transformaciones propuestas, tendentes a un mayor posibilismo. Seguidor de Charles Maurras, Pradera reforzó con el autor provenzal su monarquismo y lo combinó con un profundo nacionalismo español. Tras una breve expulsión de la organización provincial, en 1913 entró en la junta directiva del carlismo guipuzcoano. En sus discursos perfiló un pensamiento político y social apoyado en el tradicionalismo mellista y en el neotomismo, y a partir de ambos definía a los carlistas como los únicos españoles, los únicos que se ajustaban al Derecho natural. De nuevo el jaimismo lo propuso como diputado por Pamplona en 1918. Aceptó, sobre todo para luchar contra los nacionalismos catalán y vasco. Resultó elegido por el art. 29. Defensor de la unidad, tanto nacional como religiosa, su actividad trató de integrar o aliar fuerzas políticas similares contra una revolución que desde Rusia provocó un creciente temor entre algunos sectores sociales y frente a la cual Pradera proponía la doctrina social de la Iglesia, como reflejó en Dios vuelve y los dioses se van (1923). Rebatió en él a los teóricos revolucionarios, a los que consideraba herederos de un protestantismo que terminó con el orden medieval, en una idea que mantuvo en su último libro, El Estado nuevo (1935), y que le llevó a ver al fascismo como una reacción defensiva. De hecho, al contestar a José Antonio Primo de Rivera, consideraba que la esencia de lo expuesto en la fundación de Falange provenía del tradicionalismo («¿Bandera que se alza?», Acción Española, 16 de diciembre de 1933).
Orden social y unidad, por tanto, fueron los ejes de la política y el pensamiento de Pradera en sus últimos años, fustigando a las fuerzas socialistas y nacionalistas vascas y catalanas. Una plataforma para ello fue el nuevo partido mellista (Partido Católico Tradicionalista), surgido en 1919 de la escisión del jaimismo. Pradera fue presentado como candidato del nuevo partido por Pamplona en 1919, pero la división debilitó al carlismo, y no obtuvo escaño. Pese a todo, su activismo social se mantuvo y respaldó la iniciativa de Salvador Minguijón y Severino Aznar, entre otros, para crear una nueva fuerza política, el Partido Social Popular, en 1922. Sin embargo, esta propuesta duró poco, pues la llegada de la dictadura, en septiembre de 1923, impidió su consolidación, además de las disensiones sobre la actitud ante el régimen primorriverista.
Para Pradera la dictadura supuso una oportunidad para construir un régimen tradicionalista, y colaboró con él aportando diversos dictámenes, en busca de una monarquía no parlamentaria y de un régimen corporativo que reconociera las particularidades regionales dentro de la unidad incuestionable, pues, como había escrito unos años antes, «en una nación soberana puede haber, debe haber, diferentes formas de organización política de esos mismos pueblos». Sin embargo, sus propuestas no fueron atendidas, y del favor inicial pasó a un creciente desencanto, que plasmó en un libro crítico: Al servicio de la patria. Las ocasiones perdidas por la dictadura (1930). En él afirmó que la dictadura había sido el principal apoyo de los nacionalismos catalán y vasco, al ignorar cualquier posibilidad descentralizadora o de reconocimiento de las regiones y afirmaba que el dictador no había entendido la diferencia entre nacionalismo y regionalismo (pp. 332-333 y 411). Sin embargo, aún mantuvo lazos con el régimen, al participar en la Asamblea Nacional Consultiva, en la sección dedicada a la reflexión sobre el futuro político de la dictadura.
Pradera fue muy crítico con la llegada de la Segunda República, al considerar que el régimen más adecuado para España era la monarquía, y más concretamente la tradicional, orgánica y católica. Con este argumento justificó las acciones contra el nuevo régimen. Por otra parte, se incrementó el proceso de convergencia de las fuerzas derechistas, incluyendo el carlismo. Pradera, aunque reticente, se sumó a él, pero mantuvo sus diferencias con respecto al estatuto y se colocó claramente en contra desde 1932, incrementando sus ataques al nacionalismo vasco. Así lo hizo tras la revolución de octubre de 1934, acusando a los jelkides de connivencia con los revolucionarios. Mientras, el carlismo creció y Pradera formó parte de su Junta Suprema entre 1932 y 1934, bajo la dirección del conde de Rodezno. Ambos eran partidarios de los máximos acuerdos con otras fuerzas políticas cercanas, en aras a la unidad nacional y al impulso de la tradición como principio rector de la sociedad. Esto hizo que defendieran pactos y alianzas y que colaboraran con la asociación Acción Española y con su revista homónima. En ella expuso buena parte de su pensamiento antiparlamentario y antidemocrático, además de adelantar algunos capítulos de su libro El Estado nuevo, que se convirtió en un condensado de sus doctrinas. También recibió autorización, posteriormente, para colaborar en el Bloque Nacional, impulsado por José Calvo Sotelo, aunque en modo alguno para integrar al carlismo en él.
Mientras, crecieron sus diferencias con la CEDA, especialmente por el accidentalismo de esta, además de por su renuencia al regionalismo. Pradera defendía el tradicionalismo español, no el francés de Action Française, como germen de la unidad de las derechas, lo que le hacía difícil no ser crítico con otras iniciativas por más que fuera proclive a la unidad. De hecho, fue esta proclividad la que le hizo salir de la Junta Suprema de la Comunión Tradicionalista, al fracasar la incorporación al carlismo de grupos como Renovación Española, pero no se alejó por ello, pues se mantuvo como activo propagandista y fue requerido por el nuevo dirigente, Manuel Fal Conde, para presidir el Consejo de Cultura Tradicionalista.
En los años 1935 y 1936 radicalizó sus posturas con un lenguaje apocalíptico y cada vez más hostil a una República que asociaba con la revolución. Frente a ella proponía un Estado católico, tradicionalista, orgánico y antiparlamentario a partir de Santo Tomás de Aquino y León XIII, y así lo formuló en El Estado nuevo, en contraposición al Estado liberal. Fue su obra más ambiciosa, traducida al portugués y al inglés.
En la escalada de sus mensajes aprovechó la inmunidad que le proporcionó, desde el verano de 1933, su elección por Navarra para el Tribunal de Garantías Constitucionales. Ya en 1936 su relación con Franco, que venía de los años veinte, se incrementó y de sus conversaciones surgió el convencimiento de que la única salida era evitar cualquier solución revolucionaria, buscando la unidad política de la que Pradera había sido defensor. En 1945, al publicarse las obras completas del pamplonés, las prologó Franco.
Al iniciarse la sublevación el 17 de julio de 1936, Pradera se encontraba en San Sebastián con su familia, donde fue detenido y, tras pasar unos días encarcelado, finalmente fue fusilado junto con su hijo Javier.
Uno de los aspectos más destacados de su pensamiento y de su acción política fue la crítica del nacionalismo vasco y, por extensión, del catalán. Ya había habido polémicas a fines del siglo xix, especialmente entre Arturo Campión y sus detractores. Esta tendencia crítica la asumió Pradera, que había defendido el regionalismo en su primer paso por las Cortes, cuando se enfrentó al creciente PNV. Así lo mostró en el mitin de Amorebieta del verano de 1913. Atribuyó allí al nacionalismo vasco orígenes liberales, por su individualismo y por el fundamento racial de su proyecto, y frente a ello afirmaba un tradicionalismo que asumía las diferencias regionales bajo un marco nacional común. A partir de ese momento, los choques con los jelkides se hicieron continuos. Considerado por sus cercanos «tan católico como vasco y tan vasco como católico», él mismo se definió así en el Congreso y afirmó no tener una sola gota de sangre castellana (1918), era vascoparlante, como mostró en varias intervenciones públicas, pero su visión de la región y la autonomía fue cada vez más discrepante con la nacionalista vasca, sobre todo a raíz de las peticiones autonomistas y la asamblea de las Diputaciones de Vitoria de julio de 1917. Si ya en mayo, en su discurso donostiarra sobre «Nacionalismo y regionalismo» había marcado distancias, a raíz de la asamblea vitoriana afirmaba al Diario de Navarra (26 de julio de 1917, pp. 1-2) que «los fueros los podemos y debemos reclamar en su integridad, como Derecho que son; pero la autonomía no podemos exigirla existiendo conciertos o Leyes paccionadas». Consideraba estas peticiones deudoras de las catalanas y, frente a ello, justificaba que «me haya puesto en guardia». Se consideraba «profundamente regionalista, pero antinacionalista convencido», y por eso desconfiaba de los nacionalistas catalanes y de la posibilidad de que sus propuestas se extendieran, porque creía que la única autonomía aceptable era la originada en el Fuero, «porque ni nosotros somos dueños de aceptar lo que no es propio de la constitución interna de los países vascos, ni tenemos derecho a legar a las futuras generaciones lo que no engendraron nuestros antepasados». El problema, para Pradera, era el centralismo y por ello había que descentralizar el conjunto de los pueblos que componían España, bajo una monarquía federal.
Llevó estos argumentos a mayor desarrollo en 1918, en la conferencia que sobre los fueros pronunció en la Real Academia de Jurisprudencia, y en sus intervenciones en las Cortes en el mes de abril. Así, en la primera afirmaba que los fueros no implicaban separación, sino vínculo con una sociedad mayor, España. Y concluía, «España no es una suma de pueblos, es una asociación de pueblos; esto es; en España no hay varias patrias unidas en un Estado; en España no hay más que una patria bajo un solo Estado» (p. 22). Por su parte, en el Congreso defendió el derecho a conservar las lenguas propias y a que fuesen oficiales para los fines privativos de la región, pero no asumía el derecho de exclusividad, ni que se excluyese lo que llamaba la lengua imperial. Consideraba que «cuando hemos entrado en España, es cuando hemos visto que somos verdaderamente hermanos los unos y los otros». En definitiva: «Vasconia ha sido feliz desde que se ha incorporado a la nacionalidad española». A partir de este argumento cabe entender la posición de Pradera en la asamblea de Pamplona de diciembre de 1918, y su actitud en la polémica sobre Amaiur. En la primera, convocada para pedir la reintegración foral completa, derogando la ley de 1839, Pradera reivindicó la españolidad de Navarra y rechazó cualquier acuerdo con el País Vasco. En la segunda, la tensión fue mucho más intensa. Tras el acuerdo de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra de mayo de 1920, «sobre erección de un obelisco en la villa de Maya, en memoria y honor de los últimos defensores de la independencia navarra», la idea se puso en marcha con respaldo de la Diputación y dos meses después se colocaba la primera piedra. Pradera, el 6 de enero de 1921, consideró traidores a Navarra a los agramonteses y a los que consideraba sus sucesores, los nacionalistas vascos, e inició un intercambio de acusaciones y reproches. Insistía en que no hubo conquista, pues «el espíritu nacional navarro era el mismo espíritu español; que Navarra, aunque Estado independiente dentro de la España geográfica, no tenía nacionalidad distinta de la de las demás regiones españolas, que el pueblo conquistador y el conquistado estaban animados del mismo espíritu». Desarrolló sus argumentos en Fernando el Católico y los falsarios de la historia (1922 y 1925), pero el obelisco se erigió, pese a todo. En 1926 afirmó que «el monumento de Maya es un baldón para Navarra, y que España no debió consentir nunca que se erigiera, y que la solución radical contra este estadio de cosas sería aplicar en la base de aquel monumento un cartucho de dinamita», que —continuaba— él mismo colocaría. El 26 de julio de 1931 estalló un explosivo en el obelisco de Amaiur, destruyéndolo.
Durante esos años, Pradera mantuvo sus críticas contra el nacionalismo vasco, tanto en la prensa como en la tribuna, a partir del racionalismo escolástico que aplicaba a todos sus textos e intervenciones. Buen reflejo de ello fueron los textos que publicó al respecto en el periódico Beti Bat en 1923, tras la asamblea nacionalista de Bilbao del 1 de abril de 1923. Se reunieron ese mismo año en un folleto con el significativo título de El absurdo del nacionalismo vasco, donde insistía en una idea previa: la del separatismo centralista del nacionalismo vasco: «Yo soy vasco, a tal punto que no tengo una sola gota de sangre castellana. Por mis venas corre sangre vasca del lado de aquí de los Pirineos, y sangre vasca del lado de allá de esos montes; y sin embargo, yo tengo la inmensa dicha de no ser nacionalista; y el gran honor de ser el infatigable enemigo del Nacionalismo. Mi nacionalidad es la española» (p. 21).
La llegada de la República hizo más intensos los ataques de Pradera al nacionalismo vasco, sobre todo a raíz de las propuestas de estatuto, primero catalán y posteriormente vasco. A los iniciales argumentos teóricos se añadieron los políticos, completando el antiliberalismo y antiparlamentarismo, con la crítica a la República como sistema, y al nacionalismo como divisor de los vascos. Por ello afirmaba, al final de su discurso de Durango de julio de 1932, que «[e]n la hora de la Justicia —que no tardará— la maldición vengadora caerá sobre el Nacionalismo divisor».
Obras
Regionalismo y nacionalismo, Madrid: El Correo Español, 1917.
El misterio de los Fueros vascos, Madrid: Est. Tip. de Jaime Ratés, 1918.
Los nacionalismos vasco y catalán en el Congreso de los Diputados, Pamplona: El Pensamiento Navarro, 1918.
Por Navarra, para España, San Sebastián: Ed. Graphos, 1921.
El absurdo del nacionalismo vasco, Pamplona: Libª. de E. Ostériz, 1923.
Fernando el Católico y los falsarios de la historia, Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1922, y Madrid: Voluntad, 1925.
Dios vuelve y los dioses se van. Modernas orientaciones de Economía política derivadas de viejos principios, Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1923.
Al servicio de la patria. Las ocasiones perdidas por la dictadura, Madrid: Ed. Javier Morata, 1930.
Discurso de D. Víctor Pradera pronunciado en el acto tradicionalista de Durango el día 24 de Julio de 1932, San Sebastián: El Fuerista, 1932.
El Estado Nuevo, Madrid: Cultura Española, 1935 (London, Sands & Co., 1939; Lisboa, Edições Gama, 1947, y New York, AMS Press, 1974).
Obra completa, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1945, 2 vols.
Bibliografía
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García Venero, M., Víctor Pradera, guerrillero de la unidad, Madrid: Editora Nacional, 1943.
Guinea Suárez, C., Víctor Pradera, Madrid: Publicaciones Españolas, 1956.
Mugueta, J., Los valores de la raza Víctor Pradera, Ramiro de Maeztu, José Calvo Sotelo y José Antonio, San Sebastián: Navarro y del Teso, 1938.
Olábarri, I., y Sánchez Prieto, J. M., «Un ejemplo de Richtungskampf en la historiografía navarra contemporánea. La polémica en torno a Amayur (1921-1931)», en Melena, J. L. (ed.), Symbolae Ludovico Mitxelena septuagenario oblatae, II, Vitoria: EHU/UPV, 1985, pp. 1309-1327.
Orella Martínez, J. L., Víctor Pradera, un católico en la vida pública de principios de siglo, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2000.
Oriol, L. M.ª de, Heroísmo y enseñanzas de Víctor Pradera, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1945.





