Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores navarros

OLAVE DÍEZ, Serafín (Sevilla, 4 de julio de 1831 – Calahorra, La Rioja, 15 de enero de 1884).

Cargos y oficios

Militar, intelectual y político

Trayectoria

Hijo del pamplonés Florencio Olave y de la vallisoletana Nicanora Díez, heredó la vocación militar de su padre, quien combatió como guerrillero de Mina en la Guerra de la Independencia y después al servicio de la reina durante la Primera Guerra Carlista y alcanzó el grado de teniente coronel del ejército, además de ser nombrado primer comandante de carabineros de Navarra. Serafín comenzó sus estudios como cadete externo en la Academia de Artillería de Segovia el 7 de enero de 1849 y los culminó el 8 de marzo de 1854, fecha en la que por propia solicitud le fue concedida la licencia absoluta. No obstante, en junio de ese año se incorporó de nuevo al ejército para participar en las acciones de Vicálvaro en el Batallón de Guías, bajo el mando del general O’Donnell. Recompensado por méritos de guerra y por su protagonismo en el llamado «movimiento nacional» que daría paso al Bienio Progresista (1854-1856), obtuvo el grado de teniente de Infantería. Aquel sería el inicio de una sólida carrera militar, cuyos hitos más importantes fueron la expedición a Cochinchina (1858-1862), su participación en 1869 en el conflicto de la emancipación cubana y su intervención en los últimos compases de la Tercera Guerra Carlista (1875-1876).

Tras servir en varios regimientos, en el verano de 1857 Serafín Olave fue reclamado en el Ejército de Filipinas, hacia donde embarcó desde Cádiz, llegando a la capital Manila en enero de 1858. Allí pasó a formar parte de la expedición hispano-francesa a Cochinchina, cuyo objetivo inicial era poner fin a las persecuciones del emperador annamita contra misioneros católicos. La participación española quedaría enmarcada asimismo en la llamada política de prestigio planteada por O’Donnell, entonces en el poder presidiendo los gobiernos de la Unión Liberal, que perseguía, entre otras cosas, fortalecer la imagen del Estado, promover el consenso social en el interior y rebajar el tono político de las propias Fuerzas Armadas españolas. El comportamiento heroico de Olave en las difíciles circunstancias de la guerra ultramarina fue reconocido con los sucesivos ascensos a capitán —tras la toma de los fuertes de Vung-Tau en febrero de 1859— y comandante —a raíz de su victoria en Mi-Hoa en diciembre de 1861 al frente de la vanguardia de las tropas franco-españolas de Infantería, Artillería e Ingenieros—. Recibió igualmente varias condecoraciones y honores, como la Cruz de San Fernando de primera clase, el nombramiento de Caballero de la Orden de Carlos III y el título de Oficial y Caballero de la Legión de Honor, otorgado por el emperador francés, Napoleón III. Una vez finalizada la campaña de Cochinchina como jefe de Estado Mayor del ejército expedicionario, Olave embarcó en Saigón rumbo a la Corte española, portando el acuerdo de paz firmado el 5 de junio de 1862 para su posterior ratificación por la reina, quien lo aprobaría por Real Orden de 15 de septiembre de ese año. Todos los servicios prestados le valieron un nuevo ascenso a teniente coronel. No obstante, las críticas de que fue objeto la campaña en la Península, sin apenas un reconocimiento al enorme sacrificio hecho por los soldados y oficiales expedicionarios, conmovieron profundamente a Olave, quien dejó constancia de su amargura y dolor por el esfuerzo inútil en su obra sobre Cochinchina.

De nuevo en Madrid, contrajo matrimonio con Valentina Velasco, viuda del coronel de Artillería Juan Ulzurrun, quien aportó cuatro hijos al matrimonio, a los que se sumaría Buenaventura Olave Velasco, fruto de la nueva unión. Aquella nueva etapa personal se correspondió igualmente con un giro en su trayectoria profesional, ya que a finales de 1863 fue nombrado ayudante fiscal militar en el Tribunal Supremo de Guerra y Marina. Según refiere uno de sus biógrafos, aquel importante cargo le habría permitido entrar en contacto con los problemas estructurales y políticos que acuciaban a las Fuerzas Armadas y que tuvieron su máximo exponente en la sedición de los sargentos de Artillería del madrileño cuartel de San Gil, ocurrida en junio de 1866. No es quizá casual que en aquel nuevo tiempo de mayor sosiego Olave iniciara su producción escrita, plasmando en ella reflexiones en torno a sus experiencias castrenses, tanto las del campo de batalla como las del ámbito jurídico.

Su trabajo en el Tribunal finalizó en noviembre de 1868, fecha en que se le concedió el regreso al arma de Infantería con el empleo de teniente coronel. Solo unos meses después, en enero de 1869, fue enviado a la guerra de Cuba a las órdenes del mariscal de campo Antonio López de Letona. El nuevo conflicto, iniciado tras el «grito de Yara» a favor de la emancipación de la isla, marcaría el cénit de la carrera militar de Olave. Cienfuegos y Villaclara fueron sus destinos iniciales, para de allí pasar a tomar parte en las operaciones que tuvieron lugar en el departamento central, donde una vez más nuestro militar tendría un comportamiento heroico. Su caída en combate en Yaguajay le valió tanto el ascenso a coronel, «por verse su acción bañada en sangre», tal y como recoge su máximo conocedor, el historiador Javier Paredes, como la concesión, años después, de la medalla de Cuba con distintivo rojo.

De regreso en la Península, se mantuvo en situación de reemplazo casi de forma ininterrumpida de 1869 a 1875. Fueron los años en que la política tomó el relevo a la milicia en la vida de Olave, facetas ambas inseparables en su perfil. Nuestro biografiado entró en política de la mano del partido radical, constituido a finales de 1871 en torno a Ruiz Zorrilla, e inició su carrera parlamentaria en septiembre de 1872, al ser elegido diputado al Congreso por el distrito de Olza, en Navarra. Como es sabido, en aquella ocasión recibió la práctica totalidad de los 1.025 votos emitidos de un censo de 9.137 electores, consiguiendo una victoria solo explicable por el retraimiento de los carlistas, abiertamente opuestos a la deriva del Sexenio y a la Monarquía de Amadeo de Saboya. La renuncia al trono por parte del rey en febrero de 1873 dejaría sentenciada la crisis política que vivía el país e hizo posible que Congreso y Senado reunidos en Asamblea Nacional proclamaran la I República española el día 11 de aquel mes. Olave pasó entonces de ser monárquico a republicano, como su partido, para acabar ingresando en las filas federales de Pi y Margall, una vez que los radicales se decantaran por la opción de una república unitaria que pugnaba con sus planteamientos fueristas autonomistas. Bajo la nueva etiqueta federal se presentó a las elecciones constituyentes de mayo de 1873, en las que volvió a resultar elegido por su distrito en medio de una escandalosa abstención, que alcanzó al 95 por 100 de sus votantes. Todos sus estudiosos destacan el activo papel de Olave en la cámara, así como su accidentada participación en la comisión encargada de elaborar el proyecto de Constitución, donde defendió la futura formación de un cantón federal navarro, independiente de las Vascongadas, según se explicará con más detalle. No obstante, el levantamiento cantonal, que el propio Olave, alineado entre los más intransigentes, llegó a justificar, y la suspensión de las Cortes impedirían la discusión del citado proyecto. La experiencia republicana, atenazada por una grave crisis de Estado y una triple amenaza bélica —cubana, cantonal y carlista—, sucumbió tras el golpe del general Pavía de 3 de enero de 1874 y, de forma definitiva, tras el pronunciamiento del general Martínez Campos de 29 de diciembre de ese año.

Olave volvió a filas y, con fecha de 20 de diciembre de 1875, tomó destino en el Ejército para recuperar Estella, pudiendo así participar en las últimas acciones de la Guerra Carlista. Según su hoja de servicios, asistió a la toma de los fuertes de Santa Bárbara, Oteiza, San Juan y Santiagomendi, a la del pueblo de la Solana y la fortaleza de Montejurra, y el 20 de febrero entró en la ciudad de Estella, de la que fue nombrado gobernador interino. Una vez de regreso a Madrid, solicitó el retiro definitivo del Ejército con fecha de 29 de febrero de 1876, justo al día siguiente de que Carlos VII abandonara España dando por terminada la Tercera Guerra Carlista.

Los últimos años de su vida estuvieron de nuevo volcados en la política como la personalidad más destacada del federalismo pimargalliano en Navarra, al que confirió sus fuertes convicciones religiosas y fueristas. Intensificó también su producción escrita y en 1878 ingresó como socio honorario en la recién constituida Asociación Euskara. En 1881, coincidiendo con la recomposición organizativa de su partido en la provincia, concurrió a las elecciones al Congreso tanto por la circunscripción de Pamplona como por el distrito de Tafalla, pero apenas obtuvo una votación testimonial, que repetiría con su candidatura a los comicios parciales de Pamplona en 1883. Por entonces, secundando la petición de la Asamblea de Representantes de las Provincias del partido federal de 1882 de elaborar una constitución con vistas a la creación de un Estado federal, redactó las bases de la Constitución futura de Navarra, que fueron aprobadas por el partido Democrático Federal Navarro en su asamblea de Tudela de 4 de marzo de 1883. No obstante, en la asamblea general del partido, celebrada en Zaragoza el 2 de junio, los postulados católicos de Olave, que en aquellas bases afirmaba que Navarra «se dará su Constitución en el nombre de Dios Todopoderoso», le enfrentaron con Pi y Margall, quien le retiró la palabra y suspendió la sesión. A raíz del desencuentro, Olave abandonó el partido. Fallecería pocos meses después, en enero de 1883, en Calahorra.

Su intensa biografía, descrita a grandes rasgos en los párrafos precedentes, se completa con su faceta de intelectual y escritor prolífico. Olave dejó oír sus encendidos alegatos en sus numerosas intervenciones parlamentarias, colaboró en varios periódicos y dejó una amplia obra escrita referida principalmente a temas militares y políticos, aunque también hizo alguna incursión poética. Su experiencia en la guerra de la Cochinchina (1862) marcó el inicio de su producción, que en los siguientes diez años se centró preferentemente en aspectos castrenses. Cabría destacar como aportaciones más genuinas la edición y dirección de la revista Las Academias de Regimiento (1870-1872), en la que tradujo numerosas obras del francés e incluyó hasta 35 artículos propios sobre cuestiones de la actualidad militar, y sobre todo, la publicación de su estudio Bases para la organización del ejército español partiendo del supuesto de la abolición de las quintas (1871). La necesidad de acabar con aquel nefasto sistema fue la idea nuclear en su concepción del ejército, que él veía como un cuerpo armado profesional permanente, reducido a «lo estrictamente necesario», compuesto de voluntarios y atenido a la autoridad nacional. «Abolidas las quintas —según resume su biógrafo Javier Paredes— la obligación de defender la patria con las armas se convertía en un deber de todos los españoles, respetando los modos peculiares y sin herir susceptibilidades forales». Aquellos postulados, de modo particular el de su rechazo al sistema de reclutamiento existente, fueron propugnados con vehemencia en el Congreso, una vez resultó elegido diputado por el partido radical. Tras ser proclamada la República, ya en las filas federales, también defendió acaloradamente en el hemiciclo el objetivo acabar con el mayor peligro del nuevo régimen, que no era otro que las facciones del carlismo.

No han de pasarse por alto las claras convicciones políticas de Olave en este tiempo, que él expondría concisamente en la tribuna: «Yo, antes de la proclamación de la República, me encontraba en disidencia y en abierta oposición con aquel gobierno; yo además dentro de la Monarquía había sostenido en esencia la federación al ser defensor acérrimo de los Fueros de Navarra, al ser partidario en absoluto de la autonomía de aquella provincia y, por tanto, de la autonomía provincial y municipal» (Diario de Sesiones de Cortes, 14 de agosto de 1873). En tanto que fuerista navarro y federal. Así tendría ocasión de mostrarlo cuando en la comisión para la redacción de una constitución federal, de la que Olave acabó formando parte en el último momento, se discutió la posibilidad de constituir una entidad propia o bien formar otra con alguna o algunas de sus provincias limítrofes, y nuestro diputado y toda la representación navarra en Madrid, secundados por la Diputación, el ayuntamiento pamplonés y una comisión de 35 personalidades liberales convocada por la corporación foral, defendieron un cantón federal navarro distinto del de las Regiones Vascongadas.

Olave vino a representar en Navarra la línea liberal y democrática del fuerismo en los años del Sexenio y la primera Restauración. El propio Pi y Margall, ahora su jefe político, había reconocido la necesidad de apoyar la construcción del federalismo sobre el pasado foral, que simbolizaba la diferenciación histórica entre los pueblos y regiones de España. Quizá no por casualidad, las principales publicaciones de Olave a partir de su experiencia republicana pasaron a ser sobre todo de carácter político y le sirvieron para explicitar las bases de su pensamiento. En su Reseña histórica y análisis comparativo de las Constituciones forales de Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia (1875), defiende el liberalismo de aquellas legislaciones y la veneración de sus habitantes por sus Fueros particulares. Por su parte, en el opúsculo titulado Tradición y progreso (1877) rastrea en la Edad Media las fórmulas de gobierno de los territorios forales, que intenta acomodar a la realidad del último tercio del siglo xix. A su entender, mientras la Castilla del medievo, carente de constitución, se hallaba bajo el autoritarismo monárquico, «en nuestros Estados forales puedan presentarse al respeto del mundo cuerpos bien ordenados de leyes políticas y civiles emanadas directamente de la soberanía nacional, e impuestos más de una vez a la voluntad contraria de los reyes, que ni la facultad tenían de interponer el moderno veto; porque la Monarquía en Navarra, Cataluña y Aragón fue producto de pactos expresos y terminantes con el pueblo».

Más allá de la distorsión histórica que pueda implicar alguna afirmación, queda patente el valor absoluto concedido al pacto y a la constitución histórica por Olave, como así lo desarrolla en su obra El pacto político como fundamento histórico general de la nacionalidad española y especialmente como manifestación legal de la soberanía de Navarra (1878). En su opinión, sin embargo, los Fueros navarros no fueron respetados tras la conquista por Castilla y, además, después hubieron de sufrir el absolutismo monárquico y el igualitarismo liberal, ese extranjerismo que «inficcionó (sic) a la revolución oficial española […], haciendo a sus gobiernos enemigos de los Fueros». Si bien apunta a que las leyes de 1839 y 1841 constituyen un pacto entre Navarra y el Estado, cree que el viejo reino salió perjudicado. Por ello, reivindica las antiguas libertades forales, tal y como eran antes del absolutismo, aunque adaptadas a los nuevos tiempos. Aun así, cree que es difícil que Navarra «reconquiste su antiguo bienestar perdido […] mientras las demás provincias no disfruten ventajas análogas por el triunfo de la descentralización, simbolizada en España por la escuela federativa». De ahí su afirmación de que «fuerismo y federalismo son sinónimos» y su llamamiento a los fueristas a abrazar la causa federal. Podría concluirse con sus propias palabras, esta vez de su obra El bu del socialismo y la unión de la democracia (1878), afirmando que el pacto político foral de Navarra prueba la antigüedad y tradición que respaldan en España la aplicación del principio federativo.

El máximo desarrollo y aplicación práctica de todas aquellas ideas tendría lugar en 1883, con la publicación de las bases de la Constitución Futura de Navarra, aprobadas por el Partido Democrático Federal navarro, pero rechazadas después por la asamblea general de Zaragoza, según vimos. En ellas, un Olave mucho más atemperado que el de sus inicios revolucionarios deja la impronta rotunda de los dos ejes de su pensamiento, catolicismo y Fueros, que definitivamente le alejan de Pi y Margall. Además de la invocación a «Dios Todopoderoso», recogida en la base 1.ª sobre el origen del poder, se ha resaltado de aquel texto la propuesta de una estructura regional, compatible con la autonomía foral, tal y como establece la base 2.ª: «Navarra, dentro de sus actuales límites, se constituirá en Región, porque está dispuesta a admitir la libre reincorporación de los territorios de la Rioja, Vascongadas y Sexta Merindad de Ultrapuertos (hoy francesa) que antes fueron navarros; constando ya que, en algunos de ellos, existe la patriótica tendencia a tan fraternal y conveniente unión, cuando las circunstancias lo permitan».

Aquellos anhelos quedaron truncados y Serafín Olave se retiró de la militancia política «para defender con todos y contra todos el catolicismo y los Fueros». Por el camino había dado a la imprenta otras publicaciones, como la relativa al ferrocarril de Alduides (1880), del que fue un gran adalid, o algunos poemas de carácter histórico en la Revista Euskara o en la de Euskal Erria. Quienes han estudiado su figura vienen reclamando un mayor reconocimiento para este político que con tanto ardor defendió la identidad foral y los intereses de Navarra. Podría decirse, con todo, que su recuerdo ha permanecido en cierta manera gracias a la iniciativa de su hija Buenaventura, quien en 1928 dotó una fundación, cuya dirección encomendó a la Diputación Foral y cuyo objeto principal fue la creación de un concurso que premiara anualmente las mejores obras sobre Navarra —historia, derecho foral, literatura, arte, tradiciones—, obras con las que habría de ir conformándose la llamada Biblioteca Olave, hoy día custodiada por el Archivo General de Navarra.

Obras

Cuestión de Cochinchina: aclaraciones, Madrid: Imprenta de Primo Andrés Babi, 1862.

Atrincheramientos, Madrid, 1863.

Consideraciones físico-militares sobre los buques coraza, Madrid, 1864.

Estudios histórico-jurídico-militares, Madrid, 1866.

Amparo. Leyenda original, Madrid, 1869.

Bases para la reorganización del ejército español partiendo del supuesto de la abolición de las quintas, Madrid: Imprenta de las Novedades, 1871.

Antiguas tradiciones de Navarra y su oposición al absolutismo, Lisboa: Typ. de Christovào Augusto Rodrigues, 1875.

Horrores y vergüenzas de la intolerancia religiosa, patentizadas en la exacta y detallada descripción de un auto de Fe, con los nombres, naturaleza, edad y circunstancias de 118 víctimas… [junio de 1680], Madrid: Aribau y Cía., 1875.

Reseña histórica y análisis comparativo de las Constituciones forales de Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia, Madrid: Aribau y Cía., 1875.

Tradición y progreso, Barcelona: Tip. De Oliveres a cargo de Xofra y Xumetra, 1877, 2.ª ed.

La Unión Aragonesa y el Pacto de Sobrarve vindicados contra los desafueros históricos de don Emilio Castelar, Pamplona: Imp. de Joaquín Lorda, 1877.

El pacto político como fundamento histórico general de la nacionalidad española y especialmente como manifestación legal de la soberanía independiente de Navarra en unas épocas y en otras de su autonomía, sin perjuicio de la unidad nacional, Madrid: Imprenta de la Nueva Prensa, 1878.

El Bu del socialismo y la unión de la democracia, Madrid: Imprenta de la Nueva Prensa, 1878.

La verdad acerca del ferrocarril de Alduides prolongado desde Pamplona por Estella, Calahorra y Soria hasta Torralba en la línea de Madrid a Zaragoza. Estudio analítico, Madrid: Imp. de Álvarez Hermanos, 1880.

El Pirineo y los ferrocarriles bajo el punto de vista militar, Madrid: Imp. de Álvarez Hermanos, 1881.

Constitución futura de Navarra. Bases redactadas según el espíritu de los antiguos Fueros acomodados a las formas modernas, y aprobadas en Tudela el 4 de marzo de 1883 por la Asamblea Regional del partido republicano, democrático, federal, navarro, Calahorra: Establecimiento tipográfico de Casiano Jáuregui, 1883.

Bibliografía

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Fuente Langas, J. M., «El cantón federal navarro de 1873», Príncipe de Viana, I Congreso General de Historia de Navarra, Anejo 9 (1988), pp. 305-318.

González-Pola de la Granja, P., «Serafín Olave», Diccionario Biográfico Español, Madrid: Real Academia de la Historia. Edición en línea: http://dbe.rah.es/biografias/7176/serafin-olave-y-diez (consultado el 22 de septiembre de 2019).

Izu Belloso, M. J., Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra, Madrid: Biblioteca Nueva, 2001.

Layana Ilundáin, C., Elecciones generales en Navarra, 1876-1890, Pamplona: Universidad Pública de Navarra, 1998.

Paredes Alonso, J., Serafín Olave. Fuerista y republicano, Pamplona: Ediciones y Libros, S. A., 1983.

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