Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Autores y obras vizcaínos

Obras y autores vizcaínos: introducción.

Trayectoria

Bizkaia sufrió, sobre todo desde 1876, un proceso de industrialización muy brusco, rápido e intenso. Esto implicó un acelerado proceso modernizador, un deterioro en las condiciones de vida de las clases populares, singularmente de la obrera, una agudización en la jerarquización social y un fuerte proceso inmigratorio orientado hacia la zona fabril y minera surgida principalmente en la margen izquierda de la ría del Nervión: Sestao, Barakaldo, Portugalete, Santurtzi, Muskiz, Abanto-Zierbena y Ortuella. Pero, simultáneamente, supuso la crisis del modo de vida productivo tradicional, lo que provocó importantes corrientes migratorias orientadas a América, especialmente a Argentina y Uruguay. Si añadimos a todo ello la crisis producida por los cambios institucionales derivados de la ley de 1876 y los culturales, especialmente el debilitamiento de la lengua vasca, obtendremos como consecuencia una profunda crisis identitaria que se manifiesta en el surgimiento del foralismo euskalerriaco y posteriormente del nacionalismo vasco. La cara positiva de esta moneda es que Bizkaia se convirtió en uno de los territorios más dinámicos, innovadores y permeables a las ideas y actividades modernas del sur de Europa, levantando una urbe, Bilbao, que podía codearse con las más desarrolladas de su entorno.

Finalizada la guerra carlista en 1876 y eliminadas las trabas que la legislación foral ponía a la exportación de mineral de hierro, la industrialización se forjó sobre la base de la exportación masiva de dicho mineral, especialmente a Inglaterra. El yacimiento abarcaba una franja de unos 24 kilómetros de longitud que comenzaba en la mina San Prudencio de Basauri y acababa en el coto minero de Pobeña-Kobaron, en Muskiz, ya casi en el límite con Cantabria, pasando por Ortuella, Somorrostro y Alonsotegi. Los dos yacimientos más importantes eran los de Matamoros y Triano. Tres elementos facilitaban la explotación a gran escala: la sencillez de su extracción a cielo abierto, la gran riqueza de los yacimientos y la idoneidad del mineral para su utilización en los nuevos hornos Bessemer. A finales del siglo xix trabajaban unos 20.000 mineros en esta comarca. La extracción y exportación de mineral de hierro se convirtió en el motor de la industrialización vizcaína. Grandes compañías extranjeras se implantaron en Bizkaia, como la Orconera Iron Ore (1873) y la Franco-Belga (1876), extrayendo, para el quinquenio 1871-1875, 243.720 toneladas de mineral; para el ejercicio 1889-1890, 1.899.142 toneladas y para el de 1897-1898, 5.209.958 toneladas, de las cuales aproximadamente el 90 % se dedicaron a la exportación y de estas la mayor parte a Inglaterra. De hecho, el «despegue» industrializador de Bizkaia estuvo marcado por la dependencia absoluta para con Inglaterra, no solo por ser el destino de estas exportaciones masivas de mineral de hierro, sino también porque, aprovechando los fletes de retorno, se importaron grandes cantidades de carbón mineral galés que permitieron la creación de una industria siderúrgica moderna en Bizkaia. Este proceso industrializador repercutió en todos los ámbitos de la vida: político, demográfico, cultural, social y por supuesto económico.

El protagonismo que adquirió la industria en la economía de Bizkaia en este periodo de 1876 a 1936 se evidencia claramente en el balance de los porcentajes con los que cada sector productivo contribuía al total de la economía. Si para 1860 el sector primario seguía siendo totalmente predominante en la economía vizcaína, con un 62,3 % del total, y el secundario representaba un modesto 15,3 %, cincuenta años más tarde, para 1910, estos porcentajes habían evolucionado al 34,7 y 37,2 %, respectivamente. En los años siguientes, este proceso continuó agudizándose; para 1930 el sector primario vizcaíno no representaba más que el 21 %, mientras que la industria constituía ya el 46,5 %. Lógicamente, Bilbao contemplaba porcentajes aún más espectaculares; en 1930 el sector primario era de 1,4 %, mientras que el industrial era del 48,4 %, teniendo además la villa un muy desarrollado sector terciario (50,2 %).

El inicio de la siderurgia moderna en Bizkaia se produjo con la apertura en 1841 del alto horno de Santa Ana de Bolueta, que funcionaba todavía con carbón vegetal. En 1855 se inauguró en Barakaldo la fábrica de Nuestra Señora del Carmen, que empleaba ya carbón mineral; en 1880 surgiría la de San Francisco del Desierto (conocida como la Mudela). El hito más importante de la industria siderúrgica vizcaína, sin embargo, es la fundación en 1902 de Altos Hornos de Vizcaya. La época de mayor bonanza económica, desarrollo industrial y crecimiento demográfico es la de las décadas de 1910-1920 y muy especialmente los años de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918, aprovechando la neutralidad española en dicha guerra. Posteriormente, tras unos años de crecimiento moderado llegó a Bizkaia, y muy especialmente a Bilbao, la repercusión de la crisis de 1929, ya desde los inicios de la década siguiente, con graves consecuencias económicas pero sobre todo sociales por el aumento drástico del paro.

Aunque la industrialización de Bizkaia estuvo esencialmente vinculada a la siderurgia, no por ello dejó de abarcar a otros sectores, como la construcción naval, la metalurgia, el cemento, las harineras, etc. A modo de ejemplo, en el periodo 1879-1918 se instalaron en Sestao siete grandes factorías pertenecientes a cuatro sectores industriales: el siderúrgico (San Francisco, 1879; La Vizcaya, 1882); el metalúrgico (La Iberia, 1888; Aurrera, 1885; Babcock-Wilcox, 1918); la construcción naval (Astilleros del Nervión, 1888) y el cemento (Cementos Portland, 1899). También tuvo relevancia en Bizkaia la fabricación de explosivos. En 1872 se fundó en Galdakao la Sociedad Española de Dinamita, que en 1896 capitaneó la operación de integrar siete fábricas de dinamita y mechas españolas en el trust Unión Española de Explosivos. Un aspecto, inicialmente vinculado al tráfico marítimo, que tuvo un importante desarrollo fue el de los seguros. En el año 1900 se fundó Seguros Aurora, que en 1929 se integró en la red del Banco de Bilbao. En 1901 se creó Seguros la Polar, vinculada al Banco de Comercio y posteriormente al de Bilbao. En 1905 se estableció la SURNE, como Entidad de Socorros Mutuos, dirigida a los viajantes y representantes y en 1918 Seguros Bilbao, dirigida por José María Soroa, que inicialmente se dedicó a asegurar el tráfico marítimo y luego amplió su negocio a los seguros de incendios, vida, accidentes de trabajo, etcétera.

Igualmente, Bilbao fue un importante foco de desarrollo del sector financiero. En 1856 se promulgó la ley de bancos, que eliminaba el monopolio del sector detentado hasta entonces por el Banco de España. Al amparo de esta ley, y un año más tarde, se fundó con capital local el Banco de Bilbao. Resulta muy elocuente la génesis de este banco. Por estos años, el Crédit Mobilier francés pretendía crear una sucursal en Bilbao con el apoyo de industriales locales. Sin embargo, algunos de los capitalistas bilbaínos más destacados, agrupados en la Junta de Comercio, decidieron aportar sus capitales para la creación de un banco propio independiente. De esta manera, la mayor parte de las firmas más destacadas de la industria y el comercio de la Villa se agruparon para fundar el Banco de Bilbao: los Epalza, Ybarra, Zubiría, Zabalburu, Aguirre, Uhagón, Mac Mahón, etc. Inicialmente su competidor más importante era el Banco de Comercio, fundado en 1891, pero acabó absorbiéndolo en 1901. Por su parte, el Banco de Vizcaya fue fundado en Bilbao en 1901; se fusionó con el Banco Vascongado en 1903 y absorbió a la banca Jacquet e hijos, también de Bilbao, en 1915. En 1918 adquirió la banca Luis Roy Sobrino de Madrid, sobre cuya base abrió su primera sucursal en la capital; en 1935 tenía ya 75 sucursales repartidas por el País Vasco, Cataluña, Valencia y Madrid. Por lo demás, con antecedentes en 1887, en 1906 se fundó la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao y en 1920 la Caja de Ahorros Vizcaína. En 1891 se creó la Bolsa de Bilbao, aunque ya venía funcionando como tal con anterioridad de manera informal. Hacia 1901 contaba Bilbao con 35 bancos y casas de cambio, sumando las entidades surgidas en la Villa y las sucursales de otras bancas foráneas.

Acompañando a la industrialización y urbanización de Bizkaia se produjo un gran despegue de las comunicaciones y especialmente del ferrocarril. Este proceso había empezado antes de 1876, pero va a tener un gran impulso después de este año, especialmente en la década de 1880. Así se creó una tupida red ferroviaria que tenía su epicentro en Bilbao, las minas y el puerto exterior, con las líneas: Bilbao-Tudela por Miranda (inaugurado en 1863); Bilbao-Muskiz (1865); Bilbao-Durango (1882); La Robla-Balmaseda (1884); Bilbao-Las Arenas (1887); Bilbao-Portugalete (1888); Durango-Zumarraga (1889); Las Arenas-Plentzia (1893); Bilbao-Sondika (1895), Lutxana-Mungia (1896), Bilbao-Santander (1898), Durango-Elorrio (1903), etc. Otra infraestructura esencial para la economía vizcaína fue la del Puerto exterior, construido en 1906 bajo proyecto de Evaristo de Churruca.

El comercio también se modernizó. Desde mediados del siglo xix empezaron a aparecer grandes tiendas que anunciaban los descomunales almacenes actuales y en los que se vendía ropa confeccionada y otra variada suerte de objetos. El caso más interesante es el de los Almacenes Amann, ubicado en Belostikale de Bilbao. Esta tienda fue creada por el descendiente de comerciantes alemanes Emiliano Amann Palme (Bilbao, 1822-1892) en 1864 y mantenida por sus hijos tras su muerte. Ocupaba tres plantas del edificio y llegó a tener hasta 26 secciones diferenciadas: juguetes, ropa, muebles, comida, vino, decoración, papelería, artículos para el sport, etc. Se anunciaba como «Gran Bazar Moderno» y también vendía a plazos. Decayó tras el crac de 1929 y cerró en la década de 1940. Hay que destacar la precocidad de Bilbao en inaugurar este tipo de grandes almacenes, pues los pioneros fueron los franceses Le Bon Marché (1852), Printemps (1865), La Samaritaine (1869) y Galeries Lafayette (1889), ingleses como Harrod’s (1874) y norteamericanos como Sears Roebuck (1886).

El incremento de la población de Bizkaia en el periodo que estamos considerando fue espectacular. En 1877 era de 189.954 habitantes, para 1900 había ascendido a 311.361, y en 1930 contaba ya con 485.205 habitantes. Es decir que, más o menos, en medio siglo Bizkaia había más que doblado su población. Estos incrementos poblacionales se debieron esencialmente a las fuertes corrientes inmigratorias producidas por la industrialización. Y aunque se da la paradoja de que, simultáneamente, amplias zonas rurales de Bizkaia conocieron un importante fenómeno de emigración a América, aquellas comarcas que se industrializaron captaron aún más fuertes contingentes de inmigrantes, provenientes de otras partes del Estado español, especialmente de Castilla y muy singularmente de la vecina provincia de Burgos. En los censos de 1910 y 1920, por ejemplo, se constata que el 27 % de la población de Bizkaia había nacido fuera de la provincia. La tasa anual de migrantes fue especialmente alta en los periodos 1878-1887, con un 14,04 ‰ y 1888-1900, con el 12,6 ‰, pasando luego a cifras más modestas de en torno al 4 ‰.

Lo más señalado del proceso de urbanización en este periodo es el paso de Bilbao de ser una pequeña ciudad mercantil a una metrópoli esencialmente vinculada a la economía productiva derivada de la Revolución industrial, manteniendo y ampliando su actividad comercial y desarrollando otros servicios, especialmente los financieros. Consiguientemente, necesitada de fuerza de trabajo, se convirtió en un polo de atracción demográfico. Su territorio aumentó con un proceso continuado de anexiones territoriales y su urbanismo dio un salto cualitativo (y cuantitativo) con la construcción del Ensanche.

El expansionismo de Bilbao se tornó imparable. En parte por las anexiones de municipios colindantes y en parte por el propio dinamismo urbano y demográfico, Bilbao creció espectacularmente precisamente en este periodo considerado: 1870-1936. En 1870 se produjo la anexión de parte de las anteiglesias colindantes de Begoña y Abando. En 1877 Bilbao tenía 32.734 habitantes y suponía el 17,2 % del total de los de Bizkaia. Las tasas anuales de inmigración de Bilbao eran muy elevadas, por ejemplo del 36,3 ‰ en el periodo 1878-1887. En 1890 se produjo la incorporación completa de Abando. En 1900 Bilbao pasó a tener 83.306 habitantes, que eran el 26,7 % de la población vizcaína. En 1925 se produjo la anexión completa de Deusto y Begoña y parte de la de Erandio, que acabaría siendo anexionada en su totalidad en 1940. En 1930 contaba Bilbao ya con 161.987 habitantes, constituyendo un tercio de la población total del Señorío. En 1940, con las nuevas anexiones la población de Bilbao ascendió a 195.186 habitantes. Es decir, que en setenta años, Bilbao sextuplicó su población y acrecentó su territorio hasta los aproximadamente 40 km2 actuales. La densidad de población siempre fue muy elevada, pero en este periodo, a pesar de la ampliación de su superficie, aumentó muy notablemente. Si para 1877 Bilbao tenía 550 habitantes/km2, para 1900 esta cantidad casi se había triplicado, llegando a los 1.400 habitantes por km2, pero es que en 1940 había aumentado hasta la enorme cifra de 3.282 habitantes/km2. Esto comportó no pocos problemas de índole sanitaria y convivencial.

Ya desde inicios del siglo xix se había hecho evidente el agobio urbano de la Villa en su estrecho marco medieval de las Siete calles. En 1860 se aprobaron los pioneros planes de Ensanche de Carlos María de Castro para Madrid, el de Ildefonso Cerdá para Barcelona y en 1864 el de Antonio Cortázar para San Sebastián. En 1861 se intentó aprobar una ley que permitiera los ensanches urbanos y aunque de momento quedó bloqueada (no se promulgaría hasta 1864), sirvió de acicate para que Bilbao iniciara inmediatamente los planes para poder realizar el suyo. En 1862 se presentó el proyecto de Ensanche de Amado Lázaro sobre 229 hectáreas en terrenos de Abando que fue desechado por «utópico». La coyuntura política y sobre todo la guerra carlista impidieron la aprobación de un nuevo proyecto hasta 1876, en que se presentó el realizado por dos ingenieros y un arquitecto: Pablo de Alzola, Ernesto Hoffmeyer y Severino de Achúcarro. Era mucho más modesto y se extendía sobre una superficie de 154 hectáreas. Se articulaba en torno a un eje vertebrador que era la Gran Vía. Para 1896 el Ensanche se había quedado pequeño y hubo de sufrir una ampliación mediante un proyecto del arquitecto municipal Enrique Epalza, que no llegó a realizarse. En 1907 se aceptó el proyecto de ampliación de Federico Ugalde, muy continuista con la línea conservadora del de 1876. Aunque el Ensanche quedaba vinculado al casco urbano tradicional a través del puente de Isabel II (hoy del Arenal) y la calle Estación (hoy Navarra), pronto se erigió en un espacio urbano autónomo, separado e incluso antagónico al tradicional sietecallero. Desde luego, todas las sedes de representación político-administrativa (ayuntamiento, diputación), social (Sociedad Bilbaína) y económica (Banco de Bilbao) pasaron de las Siete calles al Ensanche sin dilación. Los contrastes en cuanto a densidad de población fueron muy evidentes; así, si para 1915, en el distrito de San Francisco se hacinaban 1.385,4 habitantes por hectárea, en el de Gran Vía residían 190,5 habitantes por hectárea. En definitiva, si el Bilbao sietecallero representa la sociedad patriarcal y mercantil, el del Ensanche constituye el de la burguesía capitalista ascendente.

Pero al margen del nuevo Bilbao capitalista del Ensanche, la Villa y Bizkaia tenían un problema social y urbano muy importante con la vivienda de las clases populares, especialmente de las ingentes cantidades de obreros inmigrantes de la zona fabril y minera de las orillas del Nervión. En general, las soluciones ofrecidas al problema de la vivienda obrera en Bizkaia pecaron de falta de planificación, improvisación, afán de lucro, carácter especulativo y, en general, se saldaron con realizaciones de poca calidad, técnica y estética, insalubres e incómodas.

Surgieron, sin embargo, iniciativas interesantes que intentaban planificar las necesidades de vivienda obrera desde una óptica más racional, equilibrada y ordenada. Una se forjó en el contexto del paternalismo patronal de ciertos industriales que promocionaron para sus trabajadores barrios «higiénicos», «modernos» y «saludables», siguiendo el modelo de ciudad-jardín de Ebenezer Howard importado de Inglaterra. Se trata, por ejemplo, del barrio de Iralabarri creado por el empresario Juan José de Irala, dueño de un emporio panificador, la Harino Panadera, fundado en 1902. Con la ayuda de los arquitectos Federico Ugalde y Enrique Epalza planificó un barrio de quince calles de modestas pero dignas casas con jardín, con cierto sabor british, donde estaban prohibidas las tabernas, y con dotaciones deportivas, escuela, economato y asistencia médica gratuita. Iralabarri se levantó a partir de 1916 y en 1918 se unió al centro de Bilbao por medio de un tranvía.

Contiguo a este barrio surgió otro inspirado en el urbanismo obrero alemán igualmente muy interesante: el de Torre Urízar. Diseñado por Ricardo Bastida y formado por un conjunto de 275 viviendas, comenzó a construirse en 1919 a través de la Junta de Casas Baratas Municipales. El carácter higiénico del barrio estaba garantizado por la orientación, el diseño y las amplias plazoletas entre los bloques de edificaciones. La legislación sobre Casas Baratas se inició en España (siguiendo la estela de lo realizado en Gran Bretaña y Francia) en 1911, luego fue proseguida en 1921 y culminada en 1925. Al amparo de estas leyes se construyeron en la industrializada Bizkaia no pocas barriadas de este tipo de edificaciones populares. Tuvo mucha relevancia la Sociedad de Casas Baratas de Barakaldo y Sestao, constituida en 1914 y participada por Altos Hornos de Vizcaya, que entre 1916 y 1918 levantó dos conjuntos de viviendas para obreros en Barakaldo. Pero este tipo de promociones proliferaron por toda Bizkaia: Sestao, Zalla, Portugalete, Arrigorriaga…, y desde luego, Bilbao, que contó con media docena de barriadas de este tipo.

A lo largo de estas décadas se agudizó el proceso de segregación espacial en función de la jerarquía social. Si en el Bilbao tradicional los diferentes grupos de comerciantes, menestrales, pescadores, artesanos, etc., convivían en el reducido espacio de las Siete calles, en el Bilbao de la industrialización cada grupo social se asentó en barrios separados. Así, mientras que la burguesía pequeña y media casi monopolizó el Ensanche, las clases populares de obreros y artesanos vivían en los citados barrios de Iralabarri y Torre Urízar o en Olabeaga y Atxuri y, desde luego, obreros y mineros se hacinaban en torno a las fábricas y minas de Barakaldo, Sestao, Ortuella, etc. Por lo demás, la oligarquía empresarial patrocinó un proyecto para la creación de un complejo residencial permanente en un lugar saneado de la margen derecha, en el municipio de Getxo, que expresivamente recibió el nombre de «ciudad de invierno»: Neguri. A partir de 1900 se levantaron allí palacetes de diversos estilos «neos», siguiendo la pauta de ciudad jardín para ricos del más puro gusto británico. El promotor inicial fue Máximo Aguirre, que compró una zona de arenales y marismas improductivas y lo convirtió en uno de los barrios socialmente más exclusivos de todo el Estado. En cualquier caso, Neguri se convirtió en un emblema representativo del poder de la plutocracia vizcaína con una colección de mansiones en las que el lujo y la ostentación eran la regla.

Este periodo, de 1876-1936, es el de la conformación en Bizkaia de una burguesía empresarial que conoce un vertiginoso e imparable ascenso social sobre la base de un negocio diversificado y adaptado a las condiciones productivas locales. Así, van a surgir «capitanes de empresa» que apuestan por los ferrocarriles, la metalurgia y siderurgia, la banca, la electricidad, las papeleras, la maquinaria, las inmobiliarias, las minas, los explosivos, etc. En los consejos de administración de estas grandes empresas se van a repetir una serie de apellidos que acaparan el control de las mismas: Uhagón, Amann, Epalza, Aguirre, Ybarra, Martínez Rivas, Zubiría, Urquijo, Gandarias, Mac-Mahón, Sota, Bergé, Zabalburu, Chalbaud, Echevarrieta… y unos pocos más. El prototipo más acabado de este tipo de empresarios es Víctor Chávarri (Portugalete, 1854-Marsella, 1900), apodado «el León» por sus amigos, que invirtió en casi todos los sectores citados y jugó, además, un importante papel político tanto en Bizkaia como en España. Chávarri capitaneó, desde 1897, una agrupación electoral monárquico-dinástica conocida como «la Piña» e integrada por un reducido grupo de empresarios vizcaínos. Por supuesto, Víctor Chávarri fue el campeón de este empresariado en su defensa a ultranza de una política arancelaria proteccionista, ayudado teóricamente por el ingeniero Pablo de Alzola.

Algunos de estos empresarios partían de bases económicas solventes, normalmente provenientes del comercio y las rentas de la tierra, pero otros eran de origen humilde y, sin embargo, supieron aprovechar las oportunidades que la nueva situación ofrecía para construir verdaderos emporios industriales. Un caso expresivo de esto es el de Federico de Echevarría (Bilbao, 1840-1932), cuyo padre era un modesto hojalatero del Casco Viejo; en 1867 Federico se hizo con la concesión del servicio telefónico y con él logró importantes beneficios. Invirtió entonces en la creación de la empresa Echevarría, S. A., una laminadora ubicada en Begoña y a partir de ahí no hizo sino prosperar en el ámbito de la siderurgia.

Hubo empresarios vizcaínos de éxito que se desmarcaron de la pauta política general, monárquica y prodinástica, para compatibilizar una gran actividad empresarial con ideologías alternativas al sistema. Así, Horacio Echevarrieta (Bilbao 1870-Barakaldo, 1963), militante republicano que participó en negocios mineros, inmobiliarios, del transporte, de construcción naval, etc., o el naviero Ramón de la Sota Llano (Castro Urdiales, 1857-Getxo, 1936), especializado en el tráfico con Inglaterra, fundador de la Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques (1900), acumulador de una importante fortuna, que inicialmente perteneció a los euskalerriacos de Sagarmínaga y posteriormente fue militante del Partido Nacionalista Vasco.

El asociacionismo patronal cobró en Bizkaia una dimensión importante. El 1880 se fundó la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Bilbao, para defender los intereses del empresariado; luego, en 1886, el Círculo Minero de Bilbao con el objetivo de regular las relaciones laborales con los mineros y en 1894 la Liga Vizcaína de Productores para presionar al gobierno español en pro de una política proteccionista; más tarde se formaría en 1900 la Asociación de Navieros y el Círculo de la Unión Mercantil de Bilbao, nacido en 1912, para el sector del comercio y que luego pasaría a llamarse Centro Mercantil de Bilbao. En 1898 se creó el Centro Industrial de Vizcaya, para asesorar a los patronos en materia de relaciones laborales, aconsejándoles ante el auge de las reivindicaciones y demandas obreras.

En cuanto a la cada vez más nutrida clase obrera su primera andadura no pudo ser más ingrata. Las condiciones de vida en las zonas industriales fueron penosísimas, a causa del alojamiento precario, la implantación del sistema de barracones (llamados «company towns») y cantinas obligatorias en las minas, los bajos sueldos, los accidentes laborales, la falta de condiciones higiénicas, la contaminación de las aguas, la pésima alimentación, etc. Todo ello provocó un retroceso drástico en la calidad de vida de las clases populares. La mortalidad, especialmente la infantil, era elevadísima. En algunas poblaciones de la zona minera y fabril la mortalidad llegó a elevarse hasta un 50 ‰, el doble de la que había en las comarcas rurales del resto de Bizkaia. Un dato muy revelador de estas inhumanas condiciones es la esperanza de vida. Este indicador retrocedió incluso en comparación con el ya bajo de las sociedades agrarias tradicionales, especialmente en el periodo 1877-1900. Así, por ejemplo, se calcula que la esperanza de vida en Barakaldo en 1877 era de treinta y ocho años, pero descendió drásticamente en 1890 a tan solo veinticuatro años y hay que esperar a 1910 para que esta ascienda a cuarenta y dos años y en 1950 a cincuenta años.

Pronto, obreros y mineros empezaron a organizarse para plantear sus reivindicaciones socioeconómicas. Como resultado de ello, los años de 1890 a 1911 especialmente fueron testigo de una fortísima conflictividad en el área fabril y minera de Bizkaia.

Inicialmente las agrupaciones socialistas, además de la actividad estrictamente política, se hacían cargo de la labor sindical. De hecho desde su primer congreso el PSOE exigió la doble militancia de sus afiliados con la UGT, que no sería suprimida hasta 1990. En 1886 se constituyó la primera agrupación socialista de Bizkaia en Bilbao; luego vendrían las de Ortuella, Sestao, La Arboleda…, extendiéndose rápidamente por el área fabril y minera de las Encartaciones y la margen izquierda del Nervión; para el año 1900 Bizkaia contaba con 10 agrupaciones socialistas. El líder indiscutible del primer movimiento socialista vizcaíno fue Facundo Perezagua (Toledo, 1860-Bilbao, 1935). Tuvo gran importancia de cara al afianzamiento y liderazgo del socialismo vizcaíno la huelga minera de 1890. Este mismo año se creó la Federación Socialista de Vizcaya, que agrupaba a las asociaciones existentes. La política de este primer socialismo vizcaíno, preconizada por Perezagua, fue marcadamente obrerista, priorizando la confrontación directa con la burguesía y utilizando la huelga (1890, 1892, 1903, 1906 y 1910) como arma preferente. Un asunto de estrategia política que dividió al socialismo vasco de aquellos años fue el de la colaboración con otras fuerzas burguesas pero progresistas. Indalecio Prieto (Oviedo, 1883-México, 1962), que disputaba el liderazgo del partido a Perezagua, era partidario de una línea menos obrerista, más moderada y, sobre todo, de colaboración con los republicanos. A partir de 1914 prevaleció su estrategia y desbancó a Perezagua, llegando a ser este expulsado del partido durante unos años, concretamente de 1915 a 1919. En 1921, Perezagua formó parte de la escisión que culminó con la formación del Partido Comunista Obrero Español, luego Partido Comunista de España.

El sindicalismo socialista propiamente dicho se canalizó a través de la Unión General de Trabajadores, que había sido fundada en 1888. La implantación de la UGT en Bizkaia durante la última década del siglo xix resultó lenta, aunque en crecimiento continuado, que ya anunciaba el protagonismo que habría de cobrar en los años subsiguientes. En 1893 contaba tan solo con 511 afiliados, en 1900 con 1.253, mientras que en 1921 llegaba ya a los 21.500 y para 1936 pasaba de los 30.000 afiliados.

El periodo 1918-1923, es decir, desde la finalización de la Primera Guerra Mundial hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera, se saldó en Bizkaia con una enorme conflictividad obrera: 258 huelgas, algunas bastante violentas y radicales.

En 1911, en el entorno de los trabajadores del astillero Euskalduna, surgió el sindicato Solidaridad de Obreros Vascos-Eusko Langileen Alkartasuna -(SOV-ELA), orientado a organizar a los obreros de origen vasco, frente a los de origen inmigrante que se afiliaban mayoritariamente a la UGT y la CNT. Inicialmente la SOV estaba vinculada al PNV. En 1929 realizó su Primer Congreso en Eibar y contaba ya con 6.200 afiliados en Bizkaia, mientras que para 1936 tenía ya unos 18.000, la mitad de ellos de Bilbao. Inicialmente, su labor preferente fue de tipo mutualista, pasando, sobre todo a partir de 1914, a una línea sindical más reivindicativa y combativa. En el segundo Congreso de Vitoria de 1933 se decidió cambiar el nombre del sindicato por el de Solidaridad de Trabajadores Vascos, que era más apropiado, según se iban incorporando al mismo empleados, campesinos y pescadores. Muy acorde con los principios que informaban la ideología de ELA, se adhirió este mismo año a la Internacional Sindical Cristiana. En efecto, Solidaridad se movía en el ámbito de la doctrina social de la Iglesia, preconizando la armonía entre las clases sociales y rechazando el concepto marxista de lucha de clases. Uno de sus ideólogos fundamentales fue el sacerdote Policarpo de Larrañaga, «don Poli». Igualmente eclesiásticos e influyentes en el sindicalismo católico vasco fueron Alberto Onaindía y José Ariztimuño «Aitzol».

Mucho menor implantación tuvo en Bizkaia la central anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que en 1931 contaba en este territorio con 1.902 afiliados.

En ocasiones para conocer un periodo histórico y los mecanismos sociales y emocionales que lo mueven, además de recurrir a ensayos historiográficos, es muy recomendable la lectura de una buena novela. Para considerar lo que supuso para Bilbao el extraordinario periodo de explosión económica de la guerra mundial, 1914-1918, la movilidad social, el enriquecimiento fulgurante, el medro político… resulta muy útil la novela del escritor falangista Juan Antonio de Zunzunegui (Portugalete, 1901-1982) El Chiplichandle (acción picaresca) (1940). Se narra en ella la vida y milagros de un pícaro llamado Joselín que se inicia como proveedor de buques (ship-chandler, de ahí el título) durante la Primera Guerra Mundial y acaba como gobernador civil de Soria en el bienio radical-cedista de 1934-1936. Tampoco viene mal la lectura de El intruso (1904), del republicano Vicente Blasco Ibáñez (varios de cuyos personajes se basan en sujetos reales como el doctor Areilza o el plutócrata Víctor Chávarri), para hacerse cargo de los diferentes actores sociales del despegue industrializador vizcaíno: mineros, obreros, grandes capitalistas, banqueros, capataces y los «intrusos», los jesuitas de la Universidad de Deusto, manejando las conciencias de las mujeres y a través de ellas influyendo en las decisiones políticas de sus maridos.

La sociabilidad popular masculina se mantuvo en buena medida en las tabernas y txakolis (al menos en las primeras décadas de este periodo), ubicados estos en las anteiglesias circundantes de Bilbao: Begoña, Deusto y Abando, sobre todo. Además, siguieron teniendo gran importancia las romerías y los bailes, una vez superada la ofensiva moralizante de finales del siglo xviii y comienzos del xix tendente a eliminar el contacto físico entre bailarines de ambos sexos. Según una investigación promovida por la diputación, para 1869 había en el ámbito estrictamente urbano de Bilbao (sin contar con las de las anteiglesias circundantes) 130 tabernas y 13 cafés, lo que suponía una red de este tipo de establecimientos de ocio densísima para la población y extensión física de la villa.

En cuanto a las romerías, siguieron manteniendo un puesto importante en el ocio y la sociabilidad de las clases populares, aunque cambiando en buena medida su esencia rural por otra más compleja. Siguieron gozando de gran predicamento las de: san Blas en Abadiño; san Antonio en Urkiola (Durango) y Atxuri (Bilbao); san Pedro en Deusto y Bermeo; la Magdalena en Elantxobe y Bermeo; la Virgen de Begoña; san Vicente en Abando y Barakaldo; san Roke(txu) en Artxanda (Begoña), Balmaseda y Portugalete; san Miguel en Arretxinaga (Markina-Xemein); san Fausto en Basauri, etc. Lo más interesante es que, desde mediados del siglo xix, cambió el carácter de estas romerías. Antaño, la mayor parte de estas tenían un talante estrictamente rural, se bailaba al «suelto», inicialmente al son del txistu y tamboril y luego también del acordeón, y el aspecto religioso de la fiesta aún conservaba alguna relevancia. Hacia la década de 1860, más o menos, las clases populares (y en alguna medida las intermedias) de las villas, Durango, Balmaseda y muy especialmente Bilbao empezaron a desplazarse a disfrutar de estos eventos, inicialmente hacia los entornos colindantes y, en la medida en que se desarrollaron los transportes, cada vez hacia municipios más lejanos. Las romerías perdieron su ambiente tradicional y se «urbanizaron» convirtiéndose en un fenómeno de masas. En las más importantes, al menos, era frecuente que se reunieran miles de personas. Se empezó a bailar al «agarrao» al ritmo de polkas y habaneras con nuevos instrumentos musicales. Para la década de 1880 era frecuente que las romerías fueran amenizadas por bandas, charangas y fanfarres que disputaban el protagonismo a las músicas tradicionales. La duración de estos festejos empezó a aumentar ampliándose a dos o tres días en algunos casos, o celebrando, además, la «octava». Cada vez más, también, empezó a compatibilizarse la fiesta con el mercado, con la aparición de «choznas» en las que se vendían comidas y bebidas e incluso ropas o herramientas. La romería empezó a ser sinónimo de verbena. En la mayor parte de los casos se impuso el carácter estrictamente profano de la fiesta.

Dentro de la sociabilidad burguesa y aristocrática de la época un capítulo importante lo constituye la moda de «tomar las aguas». En la costa vasca surgieron emporios turísticos en torno a los baños de mar, primero en Biarritz y San Sebastián y luego en Zarautz y Lekeitio. Entre 1852 y 1914, la costa vasca se convirtió en uno de los referentes del turismo y la sociabilidad de las clases dominantes europeas. Además, los manantiales de aguas medicinales del interior permitieron la erección de multitud de balnearios como Alzola, Betelu, Zestoa, Kanbo, Fitero o Urberuaga. En la costa de Bizkaia, además de Lekeitio se desarrolló desde la década de 1850 una zona de balnearios en torno a la desembocadura del Nervión, aprovechando las playas entonces existentes en Santurtzi, Portugalete y Getxo. En 1868 se puso en funcionamiento en Getxo el establecimiento de Baños de Mar Bilbaínos, que luego pasaría a ser el Club Marítimo del Abra. Con la inauguración de líneas de tren y tranvía que unían Bilbao con estas poblaciones, estos proyectos se consolidaron entre las décadas de 1870 y 1880. Así, por ejemplo, en 1877 fue inaugurada la Casa de Baños de Portugalete. El avance de la urbanización, industrialización y el desarrollo del puerto exterior, con el relleno de la costa destruyendo los arenales, hizo que decayera la actividad turística en Santurtzi y Portugalete. Se trasladó entonces la actividad a la playa de Ereaga, donde en 1886 se levantó el balneario de La Perla, luego destruido por un temporal y sustituido en 1912 por el balneario de Igeretxe. Entre los balnearios de interior de Bizkaia fue muy renombrado el ya citado de Urberuaga, en Markina, inaugurado en 1869. Por lo general, las Casas de Baños completaban su oferta turística con casinos, instalaciones deportivas, hoteles, etcétera.

Por lo demás, la sociabilidad burguesa tuvo sus espacios exclusivos en clubes o sociedades que seguían el ejemplo de las existentes en el Reino Unido. La Sociedad El Sitio tuvo su origen en las tertulias que durante la guerra carlista organizaban los liberales bilbaínos, especialmente durante el sitio de 1873-1874; oficialmente empezó su andadura en 1875 y tuvo su sede en la calle Bidebarrieta. Tenía una buena biblioteca y organizaba conciertos, conferencias, actividades culturales y políticas, singularmente la conmemoración del levantamiento de los sitios de 1836 y 1874 (los días 25 de diciembre y 2 de mayo) con la procesión cívica al cementerio de Mallona. La sociedad tuvo un marcado carácter burgués e inicialmente agrupaba a liberales de diversas tendencias, pero poco a poco se fue inclinando hacia el republicanismo, opción política que monopolizó la sociedad una vez proclamada la Segunda República. Otro centro de reunión de la plutocracia bilbaína fue el Club Náutico, que se ubicó durante muchos años en el entresuelo del Teatro Arriaga. La Sociedad Euskalerría, fundada en 1879 por Fidel de Sagarmínaga, y domiciliada en el Arenal, se disolvió en 1902. En principio era una sociedad recreativa y cultural, aunque sus actividades estaban marcadas por una fuerte componente política de tipo vasquista y foralista. Entre otras actividades, promocionó las Fiestas Euskaras. La Sociedad Bilbaína fue creada en 1839 siguiendo el modelo de los clubes ingleses, con un espíritu liberal pero excluyendo el debate político entre sus socios. El objetivo era crear un espacio para la sociabilidad de la burguesía más acomodada en donde se fomentaran «la lectura y el recreo». En 1913, una vez que la villa diera el salto hacia el Ensanche, La Bilbaína dejó su sede de la Plaza Nueva y pasó a una nueva y espléndida levantada en la calle Navarra. Desde el primer momento los socios dedicaron no pocos fondos a adquirir cuadros, libros y suscribirse a periódicos; así, la sociedad cuenta con una extraordinaria biblioteca de unos 40.000 volúmenes, una pinacoteca magnífica (Arteta, Guiard, Losada, Aranoa, Maeztu…) y con la que es probablemente la mejor hemeroteca del País Vasco. La Bilbaína contó con su correspondiente tertulia.

Y es que los cafés y sus tertulias constituyeron un elemento esencial en la sociabilidad burguesa de aquellas décadas. En los locales en los que se organizaban tertulias solía aplicarse el derecho de admisión, negando el acceso a las clases sociales subalternas. La más famosa de las tertulias que hubo en Bilbao fue la del café Lion D’Or. Estaba situada en el Ensanche, al inicio de la Gran Vía. Dirigida por el doctor Enrique Areilza y Pedro de Eguillor y a la que acudía toda la intelectualidad de la Villa: Unamuno, los hermanos Maeztu, Ramón Basterra, Gregorio Balparda, Pedro Mourlane, Joaquín Zugazagoitia, Sánchez-Mazas, Félix de Lequerica, Ramón Olascoaga, Calle Iturrino, Antonio Zunzunegui, Jesús de Sarría, Jacinto Miquelarena, Fernando de la Quadra Salcedo, Indalecio Prieto, etc. Sus años de esplendor fueron los locos 1920; luego muchos se fueron a vivir a Madrid y la tertulia quedó debilitada.

En cuanto a los cafés, Bilbao los tuvo en abundancia: el Suizo, el del Brillante, el Boulevard, el Café Concierto, el Café Cantante de la Victoria, la Granja, el Iruña, etc. Muchos de ellos combinaban las tertulias con los espectáculos de variedades a semejanza de los cafés vieneses.

Una peculiarísima sociedad vinculada a la música y a la juerga fue el Kurding Club (1894-1908). Era una agrupación formada por jóvenes pertenecientes a «las mejores familias de Bilbao». Mientras sus padres se dedicaban a ganar abundante dinero, ellos organizaban conciertos, fiestas, lecturas, tertulias y… bebían. De hecho, el nombre oficial de la sociedad era El Escritorio, pero todos se referían a ella como el Kurding, un pretendido anglicanismo derivado de la raíz «curda», es decir, borrachera. Uno de sus socios, José de Orueta, nos dejó en sus memorias una detallada descripción de las actividades de estos jóvenes alocados y modernos. Emiliano Arriaga la denominaba «humorística y moderna sociedad». Las paredes del Club estaban decoradas con cuadros de Zuloaga, Guinea y Losada. Los del Kurding organizaban una comparsa por carnavales y de hecho eran los propietarios de uno de los gigantes que desfilaban en estas fiestas: don Terencio. Del Kurding surgió una interesantísima iniciativa: la fundación en 1896 de la Sociedad Filarmónica de Bilbao. Otra sociedad similar era la del Saguzar de la calle Jardines, aunque a ella concurrían gentes provenientes de diversas clases sociales y era muy popular comparándola con la del Kurding. Ambas sociedades tuvieron que cerrar tras los encendidos sermones cuaresmales de unos misioneros que las consideraban «la antesala del Infierno». Según cuenta Indalecio Prieto, funcionó también en la calle Sendeja una tertulia republicana.

Y es que también hubo espacios para la sociabilidad popular. Por una parte están los de tipo religioso, fundamentalmente la Fundación Católica de Escuelas y Patronato de Obreros de San Vicente de Paúl. Nació en 1887, se ubicó en la calle Iturribide y constituyó la expresión más interesante de la obra social de la Iglesia católica en Bizkaia. Su objetivo era fomentar la religión y la moralidad católica entre los obreros, proporcionándoles, además, instrucción profesional y entretenimiento. Tras la de Bilbao se fundaron otras agrupaciones del mismo tipo en diversas poblaciones de Bizkaia: Sestao, Deusto, Gallarta, La Arboleda, Bolueta, Erandio… En el seno del Patronato de Iturribide se fundaron los primeros sindicatos confesionales. La Fundación ofrecía a los trabajadores recreo, instrucción, servicios religiosos y organización. En el otro extremo de la moralidad de la época estaban los locales de variedades, con espectáculos de vodevil y cabaret, como el Pabellón Vega, de la calle Bailén, y sobre todo el famoso Salón Vizcaya (1910), ubicado en la calle San Francisco. En el Pabellón Vega alternaban las variedades con las proyecciones cinematográficas. Los cafés-teatro, como el de Las Columnas y el Romea, también programaban variedades.

Una práctica cultural muy extendida en Bizkaia y especialmente en Bilbao fue la de la música. Fueron innumerables las sociedades creadas para su cultivo. La buena sociedad gustó siempre mucho de organizar veladas musicales. Entre 1852 y 1856 existió una sociedad Filarmónica presidida por el maestro Nicolás Ledesma. En 1896 se fundó otra con el mismo nombre presidida por Emiliano de Arriaga. Entre 1877 y 1882 funcionó una primera Academia Vizcaína de Música, que se reabrió en 1902 como Conservatorio. En 1922 se creó la Orquesta Sinfónica de Bilbao. En 1884 se fundó la Sociedad de Cuartetos de Bilbao, difusora, entre otras cosas, del legado musical de Juan Crisóstomo de Arriaga. En cuanto a la actividad coral, en 1886 se creó el Orfeón Bilbaíno, que luego pasó a llamarse Sociedad Coral de Bilbao y en 1926 la Schola Cantorum Santa Cecilia.

Las formas expresión y transmisión cultural también se vieron completamente transformadas. En primer lugar, hay que destacar el fortísimo desarrollo de las publicaciones periódicas. Tras la guerra carlista se implantó una censura que impidió momentáneamente el desarrollo de la prensa, pero en 1883 se dio la Ley de Policía de Imprenta que rescató para la legislación ordinaria los posibles delitos de prensa. Se produjo entonces en Bilbao un fuerte impulso al periodismo, tanto político como de empresa. En 1879 Bilbao contaba con seis periódicos que pasaron a ser veinte en 1920. Así nacieron: El Cántabro (1878), El Nervión (1891), El Progreso (1891), Bizkaitarra (1893), La Lucha de Clases (1894), Euskalduna (1896), Baserritarra (1897), El Liberal (1901), La Gaceta del Norte (1901), El Pueblo Vasco (1910), Euzkadi (1913), La Tarde (1914) o Hermes (1917). La prensa se concentró por completo en Bilbao. En el resto de Bizkaia, mientras tanto, apenas hubo unos pocos intentos de crear publicaciones periódicas en Durango, Portugalete y Orduña, que fueron de vida muy efímera y se mostraron completamente inviables. El Durangués, por ejemplo, solo disfrutó de un año de vida: 1891-1892. En 1892 Bilbao contaba con ocho diarios: uno republicano, La República (1890); otro democrático-gubernamental, El Porvenir Vascongado (1881-1897); uno más carlista, El Basco (1884); otro fuerista, La Unión Vasco-Navarra (1880-1894); dos monárquicos, El Nervión (1891-1936) y El Diario de Bilbao (1888), y el católico La Tradición Eúskara (1891). Por encima de todos en cuanto a tirada e influencia estaba El Noticiero Bilbaíno (1875-1937), de talante fuerista, conservador y vasquista, estaba considerado como el órgano de expresión de los euskalerriacos de Sagarmínaga.

Por lo demás, junto a la gran cantidad de periódicos, hay que destacar el notable aumento de sus tiradas y la diversificación temática de la prensa; así aparecieron periódicos satíricos, religiosos, deportivos, económicos… Un caso interesante es el de Excelsior (1924-1931), llamado luego Excelsius (1931-1937). Fue el primer diario deportivo que se editó en todo el Estado español. Controlado por Alejandro de la Sota y cercano a los planteamientos políticos del PNV, tuvo una gran difusión. Por último, hay que destacar que el control de la prensa por parte de la gran patronal convirtió esta en un instrumento idóneo para crear opinión en función de sus intereses; así, El Nervión pertenecía a los Gandarias, El Pueblo Vasco a los Ybarra, La Gaceta del Norte a Urquijo, etcétera.

Para principios del siglo xx las artes habían cobrado en Bilbao un gran desarrollo. Entre 1900 y 1910, el colectivo de artistas vascos decidió promover la creación artística y su comercialización organizando por su cuenta seis Exposiciones de Arte Moderno en dicho periodo. Tras el fracaso en el intento de crear un Círculo de Bellas Artes, surgió la Asociación de Artistas Vascos (1911-1936); esta organizó en Bilbao en 1919 la «Primera Exposición Internacional de Pintura y Escultura» y en 1920 creó su propia revista: Arte Vasco. Pero probablemente ese novedoso desarrollo artístico de Bilbao no hubiera tenido tal importancia si no hubiera sido por el apoyo de la burguesía industrial y financiera local; esta sustituyó a lo largo del siglo xix a la Iglesia y la nobleza en el papel de protectora de las artes. Sin llegar a desempeñar un protagonismo tan acusado como el de la burguesía francesa o catalana, la vizcaína y en especial la bilbaína asumió ese rol de mecenazgo, realizando encargos a los artistas o pensionándolos para que realizasen estudios en el extranjero, fundamentalmente en París. Así, una parte de esta burguesía que controlaba la banca, la industria, el comercio internacional, sí, pero también el Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación de Bizkaia, tenía inquietudes culturales y utilizaba el arte, sobre todo la pintura y la arquitectura, para reforzar simbólicamente su estatus social. Se hicieron así con notables colecciones privadas de la pujante «escuela vasca» de artistas locales: los hermanos Alberto y José Arrúe, Gustavo de Maeztu, Julián de Tellaeche, Nemesio Mogrobejo, Aurelio Arteta, Valentín y Ramón de Zubiaurre, Darío de Regoyos, Adolfo Guiard, Francisco [Pancho] Bringas, Ignacio Zuloaga, Juan de Echevarría y Zuricalday, Francisco Iturrino, Pablo Uranga, Nicolás Lekuona, Antonio Guezala, Manuel Losada… La Diputación de Bizkaia, como digo controlada por estas mismas familias burguesas, ejerció también un cierto mecenazgo cultural, pensionando a artistas para que se formaran en el extranjero, convocando concursos, organizando exposiciones y comprando obras, pero siempre de forma esporádica, dependiendo del presupuesto y de los vaivenes políticos.

Entre los componentes de esta minoría cultivada, cosmopolita e impulsora de las artes destacan varios nombres: Ramón de la Sota, Casilda de Iturrizar, Enrique Areilza, Eduardo Landeta, Manuel María de Gortázar, Horacio Echevarrieta… pero sobre todo Laureano de Jado, que acumuló una importante colección de obras de arte y que, con su donación, constituyó la base primordial del Museo de Bellas Artes de Bilbao, el cual fue fundado en 1908 e inaugurado en 1914. En 1924 se creó, a su vez, el Museo de Arte Moderno. Ambas instituciones se fusionaron en 1945 dando lugar al actual Museo de Bellas Artes. Tanto las instituciones como los coleccionistas particulares sentían la necesidad de que una ciudad «moderna y culta» como Bilbao poseyera un museo de esta naturaleza, inevitable en toda urbe que se preciara de serlo. La base inicial del fondo la constituyó, como ya se ha dicho, la donación del filántropo Laureano de Jado. Además, participaron en el impulso inicial el pintor Manuel Losada y Juan Carlos de Gortázar. Algunas instituciones como la Casa de Juntas de Gernika, la Escuela de Artes y Oficios y el Consulado de Bilbao también cedieron una parte de sus fondos al museo. A su vez, el Museo de Arte Moderno se formó con los fondos de la Asociación de Artistas Vascos, además de las obras que compró la diputación a los artistas que se presentaron a la Exposición Internacional de 1919. Las piezas de este museo eran exclusivamente de «arte moderno», mientras que al Bellas Artes fueron a parar donaciones de obras de los siglos xiii al xx. El Museo de Bellas Artes constituye un exponente claro de la apuesta de la burguesía bilbaína de preguerra por la cultura y la modernidad.

Este interés de la burguesía vizcaína y bilbaína por la cultura, simultaneando la actividad económica con la política y la cultural, puede quedar representada en un personaje como Francisco Zabálburu Basabe (Bilbao, 1826-Madrid, 1897), formado como abogado en Madrid y La Sorbona, terrateniente volcado en multitud de actividades industriales, comerciales, bancarias y ferroviarias, diputado y senador, pero a la vez mecenas de las artes (por ejemplo, ayudando a Julián Gayarre), historiador aficionado, vascófilo colaborador de Vinson y sobre todo bibliófilo empedernido. Reunió una colección de libros de unos 18.000 volúmenes, inicialmente ubicada en su residencia «Villa Mena» de Bilbao y luego en su palacio de Madrid, cuando se trasladó a vivir allí en 1877.

Uno de los elementos del ocio, transversal a todas las clases sociales, a lo largo de todo el siglo xx, lo constituyó el cinematógrafo. Las primeras proyecciones de las películas de los hermanos Lumière tuvieron lugar en Bilbao de mano de barraqueros ambulantes, como Enrique Farrús, que en 1898 montó un entoldado para visionar filmes en la Gran Vía, anunciándose como Cinematógrafo Ferrusini. Inmediatamente empezaron a abrirse salas permanentes, en ocasiones compartiendo el espacio con las variedades o el teatro. En el periodo 1901-1926 se abrieron en Bilbao una gran cantidad de salas. Una de las primeras fue el Cinematógrafo Bilbao, que funcionó con este nombre desde inicios del siglo xx. Luego vinieron: el Cine Filarmónica (1904); el Gran Salón Cinematográfico Olimpia (1907), que luego pasó a llamarse Cine Gran Vía; el Cine y Teatro Trueba (1913); el Teatro Campos Elíseos (1902), que empezó a proyectar películas en 1915; el Teatro Gayarre (1916); el Coliseo Albia, abierto en 1916 como Teatro Coliseo y que simultaneaba cine, teatro y ópera; el Teatro Buenos Aires (1925), el Ideal Cinema (1926); etc. Bilbao llegó a tener 45 salas proyectando simultáneamente.

El otro gran medio de comunicación de masas de inicios del siglo xx fue la radio. La radiodifusión nació en 1920 y en 1922 se fundó en Inglaterra la pionera BBC. Inmediatamente comenzaron en Bizkaia las emisiones radiofónicas. Las primeras emisoras que emitieron con licencia fueron el Radio Club de Vizcaya, que empezó sus emisiones en 1924, y la Unión Radio Asociación de Vizcaya (Radio Vizcaya) de 1925. Ambas se fusionaron en 1927 para dar paso a Radio Bilbao.

Un fenómeno que merece atención es el de la introducción, desde la última década del siglo xix, de ciertos deportes modernos que con el tiempo se convertirían en un fenómeno de masas y, en la mayor parte de los casos, en espectáculos de pago. La estrecha relación de Bizkaia con Inglaterra motivó que se importara un deporte nacido en Reino Unido hacia la década de 1880. En efecto, muchos eran los vizcaínos que iban a estudiar a Inglaterra y muchos eran los técnicos británicos que trabajaban en Bizkaia, sobre todo en asuntos relacionados con la minería. El caso es que entre otras costumbres inglesas acabó importándose el juego de moda: el foot-ball. Desde 1892 los británicos residentes en Bizkaia practicaban el fútbol en un prado de Lamiako (Leioa) que luego se llamó «La campa de los ingleses»; en 1894 empezaron a competir con jugadores locales y desde 1898 estos se organizaron en torno a un club llamado Athletic. Desde 1902 se empezaron a dar partidos de pago en Lamiako, con entradas a 30 céntimos de peseta. En 1903 el Athletic Club de Bilbao, de la mano de los estudiantes vascos residentes en Madrid, fundó la sucursal en esta capital, que en 1921 pasó a ser el Atlético de Madrid. El Athletic de Bilbao constituyó y constituye uno de los elementos esenciales de la identidad y personalidad modernas de Bizkaia. Un foco importante de actividad futbolística fue Getxo. Entre 1900 y 1903 existió en Getxo el Bilbao Football Club, que acabaría siendo absorbido por el Athletic; la mayoría de sus jugadores eran británicos. En 1909 se fundó también el Arenas Foot-ball Club, más conocido como Arenas de Getxo, y en 1927 el Club Deportivo Getxo, nacido en el barrio de Algorta. También en la margen izquierda del Nervión surgieron clubes futbolísticos como el Barakaldo Club de Fútbol, nacido en 1917.

En una fecha tan temprana como 1885 se fundó en Bilbao el Club Velocipedista de Bilbao. Consta que en las fiestas de 1887 el ayuntamiento autorizó una carrera ciclista en el Campo Volantín. En 1896 se inauguró el Velódromo de Bilbao, situado entre las calles Autonomía y Alameda de San Mamés, aunque pronto sucumbió a la especulación urbanística. En 1904 surgió la Sociedad Ciclista Bilbaína, a instancias de un inglés residente en Bilbao: Roger Moser. La Federación Atlética Vizcaína se fundó en 1905, cuyos ciclistas, con el distintivo de una estrella morada al pecho, tomaron parte con éxito en las carreras organizadas por la Unión Velocípeda Española. En la década de 1920 el ciclismo se había convertido en Bizkaia y en todo el País Vasco en una afición popularísima y en un espectáculo de masas. Un hito de este éxito lo marca la organización en 1924 por parte del diario deportivo Excelsior de la primera Vuelta al País Vasco, que se conoció entonces como Gran Premio Excelsior y que contó con tres etapas que unían Bilbao, Pamplona y San Sebastián. Luego, hasta 1936, siguieron otras ediciones, la mayor parte de ellas con cuatro etapas, incorporando Vitoria.

Inicialmente, la práctica del pirineísmo y por extensión del montañismo estuvo restringida a las élites. En el caso de Bizkaia, consta que fueron pioneros en esta actividad Fernando Luis de Ybarra y Gregorio de la Revilla, que ascendieron al Aneto en 1869 y 1880, respectivamente. Ambos pertenecían a familias muy destacadas de la industria y la política de Bilbao. Sin embargo esta actividad pronto se popularizó, adquiriendo de paso fuertes connotaciones políticas de manos del primer nacionalismo vasco. Así, los primeros grupos de montañeros (Txakur txiki, Arin arin, Betikuak, Azartubak) se organizaron en torno a la Juventud Vasca de Bilbao, entidad juvenil nacionalista creada en 1904. Estos grupos se unieron en 1908 para formar el Euzko Mendigoizale Bazkuna, que con la escisión aberriana protagonizada por Eli Gallastegui se transformó en 1921 en Mendigoizale Batza. Las excursiones montañeras eran el escenario privilegiado para la propaganda política nacionalista y la potenciación de la cultura vasca. En 1931 se crearon las cuatro agrupaciones territoriales vascas en torno a Euzko Mendigoizale Batza (EMB). En 1932 aparecieron los semanarios Mendigoixale y Jagi-Jagi como órganos del EMB. Desde las páginas de este último Eli Gallastegui atacó la línea autonomista de la dirección del PNV propugnando una estrategia independentista, lo que acabó, en 1933, con su baja en el partido y con la salida de los Mendigoizales de la disciplina peneuvista. Se creó entonces otro EMB con el mismo nombre oficial al que todos conocían como Jagi-Jagi. Durante la guerra civil Jagi-Jagi organizó dos batallones, Lenago-il y Zergatik ez? que, por la experiencia montañera de sus componentes, fueron destinados a la defensa del monte Gorbea.

Por lo demás, el montañismo estrictamente deportivo dio sus primeros pasos en Bilbao de la mano de la Sección de Montaña del Club Deportivo Bilbao, en 1912. En 1924 contribuyeron a fundar la Federación Vasco-Navarra de Alpinismo, llamada desde 1940 Federación Vasco-Navarra de Montaña.

Un elemento importante de la sociabilidad urbana y de los cambios en las mentalidades producidos en el entorno del cambio de siglo es el del consumo de un novedoso producto alcohólico: la cerveza. Inicialmente, la cerveza era consumida por las élites y se tomaba como un signo de cosmopolitismo y modernidad; el pueblo llano seguía consumiendo vino y txakoli, pero para la década de 1920 empezó a popularizarse su ingesta, aunque solo fuese en época veraniega. Al principio, se empezó a consumir la cerveza en ciertos bares, algunos incluso especializados en esta bebida; pero para finales del siglo xix empezó a imponerse un nuevo concepto de consumo: las cerveceras. Eran espacios al aire libre, casi siempre ubicados junto a las fábricas de este producto, en zonas periurbanas, frecuentemente abiertos solo de forma estacional y que sustituyeron en buena medida a los txakolis que habían venido acogiendo tradicionalmente el ocio de los bilbaínos en las anteiglesias circunvecinas.

Ya desde 1860 se utilizaba en Deusto una campa llamada La Cervecería para el consumo al aire libre de este producto. En 1886, José Schumann fundó en Bilbao la fábrica de cerveza La Salve, junto al puente del mismo nombre y que aprovechó la campa contigua a la fábrica para instalar mesas en los meses de buen tiempo. En 1894 se fundó la Cervecería Vascongada que inicialmente estuvo ubicada en la calle Fueros y que en 1896 se trasladó a los jardines de la finca La Cerca en la alameda de San Mamés, luego a la plaza de la Casilla y más tarde a Basurto. En el año 1907, por iniciativa de un grupo de comerciantes y hosteleros de Bilbao, se creó la fábrica Gaseosa Bilbaína, que en 1912 pasó a llamarse La Vizcaína. Esta fábrica estuvo ubicada en Rekaldeberri, junto al manantial de Iturrigorri. Fue una de las primeras en utilizar el «tapón-corona» para sus botellas, implantado, al menos, desde 1925. Pero el mayor éxito en este campo le correspondió a La Cervecera del Norte, nacida en 1912 de la mano de Baltasar de Amézola y Aspizúa, empresario y diputado provincial en 1911, vinculado políticamente al PNV. La fábrica estaba ubicada en Basurto. En el entorno de la factoría se creó un complejo de ocio y esparcimiento destinado fundamentalmente a la venta de cerveza. En 1914 se acondicionó un espacio con mesas y un quiosco donde se vendía la bebida; al año siguiente había instaladas unas 2.500 mesas. En 1923 se construyeron pabellones cubiertos destinados al mismo fin, los «Jardines Iparralde». Se completaban las instalaciones con dos boleras y un frontón, organizándose además conciertos, bailes, concursos de pájaros cantones, etc., todo lo necesario para atraer a la mayor cantidad posible de consumidores de cerveza. En 1934 se fusionaron La Vizcaína y La Cervecera del Norte.

Bizkaia conoció en el periodo que estamos considerando un profundo cambio en materia lingüística y de escolarización. En el censo de 1860 este territorio aparecía con un nivel de analfabetismo muy alto, del 76 %, similar al de la media española y que escondía grandes diferencias por género, con unos niveles de analfabetismo femenino elevadísimos. Sin embargo, en las décadas siguientes el progreso de la instrucción primaria se evidenció en un descenso notable de las tasas de analfabetismo. Para 1887, el porcentaje de los que no sabían leer y escribir en Bizkaia había descendido al 54,7 %, para 1900 al 46,7 % y para 1930 al 27,3 % de la población. Las diferencias entre hombres y mujeres a la hora de la alfabetización también se habían recortado. Las tasas de analfabetos seguían siendo altas, pero el cambio en las mismas se muestra relevante: el nivel de alfabetización prácticamente se había invertido, pasando de aproximadamente un cuarto de la población alfabetizada a esa misma proporción de analfabetos, en noventa años.

Se calcula que para 1868 alrededor del 81 % de los vizcaínos eran vascohablantes y una parte muy importante de ellos monolingües que no conocían otra lengua que el euskera. Tras 1876, con la implantación del servicio militar obligatorio, las corrientes migratorias de la Bizkaia rural hacia América y de los fuertes flujos inmigratorios de castellanos a las zonas fabriles y mineras, el conocimiento de la lengua vasca disminuyó fuertemente. Se agudizó la polarización lingüística entre los mundos rural y urbano de Bizkaia; su núcleo urbano por excelencia, Bilbao, se castellanizó a ojos vista. Para 1898 Resurrección María de Azkue calculaba que el 25 % de los bilbaínos hablaban euskera, mientras que el padrón de 1920 recoge la cifra del 20,8 % de vascohablantes. Mientras tanto en las comarcas de la Bizkaia oriental y central se seguían manteniendo porcentajes de vascohablantes del 85 y 90 %. Ambos procesos, el de la generalización de la instrucción y el descenso en el conocimiento del euskera, están muy relacionados; así, en la medida que avanza la primera desciende el segundo, planteada como estaba la enseñanza primaria como un agente esencialmente castellanizador.

Hubo, sin embargo, una iniciativa, por parte de la diputación, destinada a reducir el analfabetismo de las zonas rurales, pero simultáneamente dedicada a mantener el conocimiento del euskera, creando, en 1919, las llamadas Escuelas de barriada. Funcionaron unas 120 escuelas distribuidas por todo el territorio; el inspector de las mismas fue Luis de Eleizalde, que promovió su carácter bilingüe. Luego, con el control de la diputación por parte de la Liga de Acción Monárquica, se redujo drásticamente el euskera bajo la disculpa de que los textos escolares redactados en esta lengua propagaban entre los niños ideas contrarias a la unidad nacional española. Desde 1923, durante la dictadura de Primo de Rivera, la presencia del euskera en las escuelas de barriada se redujo aún más.

Hasta inicios del siglo xx se mantuvieron dos elementos de la educación que salvaguardaban, de alguna manera, la presencia del euskera en las aulas de primera enseñanza y contribuían a posibilitar que los alumnos monolingües vascos pudieran integrarse con alguna eficacia en un sistema concebido esencialmente para transmitir conocimientos en castellano: la facultad de los municipios de nombrar maestros para sus escuelas y la impartición de la doctrina cristiana en lengua vasca. Tradicionalmente los ayuntamientos vascos pagaban a los maestros de sus respectivas escuelas y consecuentemente tenían la facultad de elegirlos, por lo que procuraban que fuesen bilingües para poder integrar más fácilmente a los escolares monolingües, que en Bizkaia eran la mayoría; por otra parte, la enseñanza religiosa se hacía en lengua vasca. Por Real Decreto de 21 de julio de 1900 el pago de los sueldos de los maestros pasó de los ayuntamientos al Estado, quién se encargó desde entonces de su selección y contratación. Solo Navarra mantuvo el derecho se nombrar a sus propios maestros. Por Real Decreto de 8 de junio de 1910 las escuelas privadas y municipales pasaron a denominarse «Escuelas Nacionales». Como consecuencia de todo esto, en las Vascongadas se calcula que, para 1912, más del 60 % de los maestros eran foráneos y, desde luego, ignorantes de la lengua vasca. Por otra parte, el Real Decreto de 21 de noviembre de 1902, impulsado por el conde de Romanones, según el cual la enseñanza del catecismo en lengua distinta de la castellana redundaba en «lamentable desconocimiento del idioma nacional con grave daño de los altos intereses de la patria», hizo que a partir de entonces esta última parcela de la enseñanza en vasco en las escuelas vizcaínas también desapareciera.

En cuanto a la educación secundaria o, si se prefiere, preuniversitaria, habría que recordar el importante papel jugado por el Colegio de la Compañía de Jesús de Orduña en la formación de las élites del territorio. Inició este centro educativo su andadura en 1679 gracias a la donación de un acaudalado indiano local, Juan de Urdanegui, pero fue en su segunda etapa, 1870-1932, cuando se convirtió en un centro de referencia para las familias vizcaínas acomodadas a la hora de formar a sus hijos varones. No parece que sea casual que varios de los biografiados a continuación realizaran sus estudios en este centro edu-cativo.

Una grave carencia para el desarrollo económico y cultural no solo de Bilbao y Bizkaia, sino de Vasconia entera, era, para estas fechas, el de la Universidad. Clausurada definitivamente la Universidad Sancti Spiritus de Oñati en 1901, el País Vasco carecía de institución alguna para realizar estudios superiores, por lo que las familias que podían permitírselo tenían que enviar a sus hijos para ello a Salamanca, Madrid, París o Burdeos. Casilda de Iturrizar (1818-1900), al quedar viuda del banquero Tomás José Epalza (cofundador del Banco de Bilbao) en 1873, constituía una de las mayores fortunas de Bizkaia que dedicó en parte a obras filantrópicas: desde el Hospital Civil de Basurto hasta el teatro Arriaga, pasando por las Escuelas Públicas de Tívoli o la Casa de Misericordia. Pues bien, en la década de 1880, la viuda de Epalza encabezó una iniciativa del patriciado local para la creación de una universidad en Bilbao, cuya gestión fue encargada a la Compañía de Jesús. La Universidad de Deusto se inauguró en el curso de 1886, ampliando sus estudios en 1916 con la creación de la Universidad Comercial de Deusto, gracias al legado de dos indianos, los hermanos Pedro y Domingo de Aguirre, naturales de Berango. La «Comercial» fue el primer centro universitario del Estado en donde se podía estudiar Economía y Dirección de Empresas.

Además, para dar respuesta a las necesidades educativas derivadas de la industrialización se fundaron otras instituciones. En 1897 se creó la Escuela de Ingenieros de Bilbao, promovida por la Diputación de Bizkaia y el Ayuntamiento de la Villa (con el apoyo de varios empresarios) y a cuyas expensas se mantenía. En 1913 se ubicó en el barrio de Atxuri de Bilbao la Escuela de Capataces y Facultativos de Minas.

En otro orden de cosas, la llamada «cuestión religiosa» tuvo en Vasconia, y desde luego en Bizkaia, fuerte repercusión. Básicamente se trataba de la confrontación entre dos modelos antagónicos de concebir la vida pública: uno que preconizaba la confesionalidad del Estado y el mantenimiento de los privilegios eclesiásticos y otro que defendía la radical separación entre Estado e Iglesia y la consiguiente libertad de conciencia y cultos. La concepción de la religión como perteneciente al ámbito de lo público y su utilización en materia política por parte de algunos, chocaba con la idea de otros de reservarla exclusivamente al ámbito de lo privado. Fuera como fuere, la cuestión religiosa provocó fuertes tensiones sociales y polarización de la vida pública. Las fuerzas políticas, por su parte, estaban divididas en este tema en dos grandes bloques: clericales (integristas, carlistas, mauristas, nacionalistas vascos…) y anticlericales (republicanos, socialistas y anarquistas). Consiguientemente, la cuestión religiosa condicionó algunas de las actitudes políticas en materias importantes como la coalición del PNV y los carlistas en pro del Estatuto de Autonomía de Estella.

Para la década de 1930 Bizkaia era el territorio vasco más secularizado. Es bastante sintomático que en el verano de 1931, recién proclamada la República, se produjeran presuntas apariciones de la Virgen en el pueblo navarro de Mendigorría, en el valle alavés de Valdegovía/Gaubea (Espejo y Bachicabo) y, desde luego, la más exitosa del guipuzcoano pueblo de Ezkio, con «revelación» incluida referida al inicio de una guerra entre hermanos a comenzar cinco años más tarde. En Bizkaia no se apareció la Virgen, pero no por eso dejó de producirse una notable injerencia de la religión en materia política. Así, en 1903 la Sagrada Congregación de Ritos declaró a la Virgen de Begoña patrona de Bizkaia. Inicialmente se pretendió centrar las celebraciones en Bilbao, para lo que la diputación ofreció una generosa subvención; pero el ayuntamiento, a instancias de los concejales socialistas Perezagua y Carretero, desestimó esta ayuda y los fastos se desplazaron a otros pueblos de la provincia. Sin embargo, el día de la entronización, que tuvo lugar el 11 de octubre de aquel año 1903, se saldó con un fuerte enfrentamiento entre católicos y anticlericales que acabó con un muerto y numerosos heridos, así como con varias imágenes arrojadas a la ría. En 1920 se produjo una donación anónima para iniciar la erección de un monumento en Bilbao al Sagrado Corazón de Jesús. Con el apoyo de los jesuitas y por medio de una cuestación popular se pudo llevar a cabo el proyecto, siendo inaugurado el monumento en 1927. Pero desde un principio contó con la aprobación frontal de las fuerzas políticas de izquierda. En 1933, el ayuntamiento, con los votos favorables de los republicanos y socialistas, aprobó su demolición, pero la ejecución se demoró mediante un recurso y finalmente no llegó a producirse nunca.

A la terminación de la última guerra carlista en 1876 estaba pendiente todavía en las tres provincias vascas la reforma de los Fueros prevista en 1839. En dicho periodo se habían resistido a negociar con el Gobierno, al constatar que este consideraba un hecho consumado la poda realizada por Espartero en 1841, y el Gobierno central en absoluto aceptaba la pretensión vasca de devolver las instituciones suprimidas al punto de partida de 1839, de modo que la negociación partiera de cero.

La última guerra carlista ofreció al Gobierno de Madrid la oportunidad de terminar con un estado de tolerancia del statu quo foral, respetado hasta entonces por el temor a actuar en contra de un autogobierno profundamente arraigado en la sociedad. Los carlistas dejaron el camino libre al Gobierno al implicar a una gran parte del país, en buena medida mediante la coacción, en la insurrección armada. Los carlistas fueron los grandes responsables del daño irremisible que recibieron las instituciones de las tres provincias. Al empuñar las armas, en absoluto consideraron la defensa o la conservación de los Fueros. Hay una conocida declaración de una personalidad de la facción en la que manifiesta que lo determinante fueron los motivos religiosos: «Salvemos la Religión —dijo— aunque perezcan los Fueros».

En la fase final de la guerra altas instancias del Estado cuidaron de establecer el nexo entre la insurrección y la foralidad. En la proclama de Peralta (enero de 1875), Alfonso XII, que acababa de ocupar el trono, erigió a los carlistas en representantes del país al declarar: «Soltad las armas y volveréis inmediatamente a las ventajas todas que durante treinta años gozasteis bajo el cetro de mi madre», si bien, en julio del mismo año, Cánovas redujo el alcance de la promesa real. Precisó que el monarca se refería al mantenimiento de un régimen similar al navarro. Y un mes más tarde una norma gubernamental estableció una correlación descarnada entre los facciosos y el Fuero. El Preámbulo del Real Decreto de 11 de agosto de 1875, que llamaba a las armas a 100.000 hombres, manifestó que «gentes que disputan hasta la soberanía a la Nación y al rey pretenden, para colmo de insolencia, imponer al resto de la Nación un monarca, como si fuera este el don, el servicio, el tributo único que estuviesen obligados a prestar a sus hermanos. Como si ellos tuviesen el privilegio de dotar de reyes a la patria común, ya que hasta aquí han tenido el de no darla ni soldados, ni dinero para defender sus intereses y su honor en el mundo».

Venimos señalando que Cánovas se hallaba ahora en una situación óptima para acometer la reforma. Una vez concluida la guerra el 23 de febrero de 1876, mantuvo a Vasconia ocupada por el ejército y gobernada en última instancia por autoridades militares, al tiempo que privó al país de garantías constitucionales como la libertad de prensa. El Gobierno dio alas a una virulenta campaña antifuerista en todo el Estado. Una vez abierto el Parlamento, los liberales sagastinos instaron a Cánovas y a su Gobierno a abordar de inmediato la supresión de los Fueros por vía ejecutiva. Aunque también el presidente del Consejo de Ministros tenía prisa en llevar a cabo la reforma, quería hacerlo en sede parlamentaria y ateniéndose, al menos formalmente, al procedimiento previsto en la Ley de 1839. Por otra parte, no descuidó el flanco vasco y maniobró para asegurar la neutralidad navarra en los debates venideros. Necesitaba separar las causas forales de ambos espacios: viajó para ello a Navarra con objeto de advertir a la diputación y a los parlamentarios de los riesgos que correría el régimen cuarentayunista con cualquier acto de beligerancia contrario a los designios del Gobierno respecto de las Vascongadas. Añadamos, a mayor abundamiento, que pidió prudencia y contención a los diputados de las tres provincias haciéndoles ver que cualquier solución distinta a la que él proponía podía ser un mal mayor para la foralidad residual. El objetivo de Cánovas consistía en limitar la defensa parlamentaria del sistema foral a los diputados y senadores de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia. Estos eran bien conscientes de que las Cortes eran un escenario muy desfavorable.

En lo que toca al marco legal en que se desenvolvió el proceso abolitorio, Cánovas inició la tramitación del nuevo texto de la Constitución en la primavera de 1876, poco después de acabada la guerra. El proyecto presentado, al igual que los textos constitucionales anteriores (1812, 1837, 1845 y 1869), nada decía de preservar las instituciones forales vascas, ni como excepción general o de cualquier institución concreta, tal la exención militar o fiscal. Con arreglo a su doctrina, solo el rey y las Cortes formaban parte de la constitución histórica de España que la Constitución escrita debía respetar. Por el contrario, el texto cargó el acento en el principio de unidad constitucional, y ello a pesar de que continuaba vigente el obstáculo garantista de la foralidad de la Ley de 25 de octubre de 1839. De ahí que Cánovas redactó, junto al proyecto de Constitución, un proyecto de ley especial, que reformaba profundamente los Fueros y al que por el momento no dio publicidad. En las Cortes contaba el presidente con el apoyo de su nuevo partido conservador que acababa de obtener un triunfo rotundo en las elecciones constituyentes. El minoritario partido constitucional de Sagasta comulgaba también con el propósito abolicionista de Cánovas, aunque iba más lejos puesto que abogaba por suprimir el sistema foral de inmediato y por completo. El presidente del Gobierno tenía, por tanto, el poder de sacar adelante el proyecto sin suscitar resistencias apreciables en las dos Cámaras. Lo cual no quita que se cubriera también con el apoyo y la presión de la opinión pública que el Gobierno había cultivado con un argumentario ad hoc. Así y todo, contemplando todos los flancos, quiso librarse de la acusación de incumplidor de la legalidad preexistente, ya que continuaba rigiendo la Ley de 25 de octubre, cuyo procedimiento de reforma foral exigía una «audiencia» previa a las diputaciones. En Vasconia se creía que dicha norma obligaba a una auténtica negociación entre el Gobierno y las provincias, mientras que para la interpretación que sostenía Cánovas a la altura de 1876 suponía solo un requisito de mera audiencia, sin mayor alcance.

El hecho es que antes de presentar en las Cortes el no desvelado proyecto de ley abolitoria, convocó por una Real Orden de 6 de abril de 1876 a las tres diputaciones, en primer término, y después a Navarra, para resolver «la gran cuestión constitucional y administrativa» de los Fueros vascos. Aprovechó la convocatoria para reforzar sus posiciones en Vasconia estableciendo la capitalidad de las tres provincias en Vitoria, San Sebastián y Bilbao, donde estaban acantonadas guarniciones. Con ello aseguraba el control militar de los organismos forales. Los cuatro encuentros entre Cánovas y los once comisionados de las provincias, celebrados los días 1, 7, 12 y 14 de mayo, abocaron a lo que ya era previsible teniendo en cuenta las condiciones políticas vigentes. El presidente del Consejo planteó a los comisionados vascos como cuestión previa la adhesión al principio doctrinal de la unidad constitucional: de adherirse al principio entraría a tratar de cuestiones concretas de reforma. Por su parte, los comisionados querían conocer el proyecto de reforma que llevaba Cánovas entre manos en secreto. Ni aquellos aceptaron el principio de la unidad constitucional, tal como lo entendía el presidente, ni este enseñó el proyecto, con lo que ni tan siquiera se abrió la negociación. Cumplido el trámite, Cánovas presentó en el Senado el 18 de mayo su proyecto de Ley de reforma de los Fueros.

Hemos indicado que Cánovas debía soslayar la solidaridad de las cuatro provincias forales, lo que implicaba neutralizar a los representantes de Navarra, que también habían sido convocados. Debía además preparar el terreno para modificar la Ley Paccionada navarra de 1841 en un punto importante, posiblemente consensuado previamente con la diputación provincial. Manifestó que por el momento quería dejar las cosas del antiguo reino tal como estaban: no tocaría aquella ley, puesto que Navarra ya había aceptado la unidad constitucional. Se conformaba con adaptar la cuantía de la aportación de la provincia al Estado, elevándola mediante el art. 24 de la Ley de Presupuestos, una norma ordinaria que ya había entrado en las Cortes el 22 de abril. Por otra parte, fue muy significativa, en cuanto al fondo del problema abolitorio de las tres provincias, la intervención del presidente del Gobierno en uno de los debates de las Cortes. Expresó de manera rotunda la doctrina de que la voluntad del Estado estaba por encima de cualquier otra y prevalecía sobre lo dispuesto en la norma paccionada navarra de 16 de agosto de 1841 o sobre cualquier otra. Al establecer el principio de la supremacía del Estado en cualquier relación en que tomara parte, preparaba el terreno para discutir el estatus foral de las otras tres provincias donde no regía plenamente la unidad constitucional.

El texto de reforma de los Fueros, o más bien de abolición, presentado en el Senado el 18 de mayo, tras las fallidas audiencias previas preceptivas, apenas sufrió ninguna variación tras su paso por las dos cámaras. Extendió a Vasconia la unidad constitucional (art. 1) e impuso a sus habitantes el deber de acudir al servicio de las armas (arts. 2 y 3) y el de contribuir a los gastos del Estado en proporción a sus haberes (arts. 4, 5 y 6). Dejó en el aire la subsistencia de las Juntas Generales y de las diputaciones forales, que quizá pudieran ser objeto de una eventual reforma más o menos negociada. Es preciso subrayar que para el tiempo a venir fueron determinantes las facultades extraordinarias y discrecionales para aplicar la ley que concedió a Cánovas el proyecto abolitorio. El presidente del Consejo de Ministros quedó exento de cualquier limitación legal. Es decir, y visto desde el lado vasco, las tres provincias carecían de cualquier soporte al que agarrarse en la defensa del sistema foral. Cánovas podía conducir el proceso en la dirección que quisiera, aboliendo totalmente la foralidad o haciendo algunas concesiones, como así ocurrió con el otorgamiento posterior del Concierto Económico. Partía del enunciado de Proudhon, la force prime le Droit, que Cánovas reformuló en las Cortes situando a la fuerza como fuente primordial del Derecho y a la coacción de elemento decisivo en la formación del Estado.

El debate del proyecto en la Comisión de Fueros del Senado, en la que ingresó el 4 de julio, fue sonado pero no afectó al contenido del texto. Hemos repetido que Cánovas disponía de una mayoría muy holgada y hasta se permitió frenar la pretensión de la minoría de arrasar sin más el sistema foral, si bien es cierto que la cuestión de los poderes extraordinarios que se atribuían al presidente del Gobierno suscitaba resistencias incluso en las filas de su propio grupo parlamentario. En el Congreso un miembro del partido constitucional, González Fiori, presentó la enmienda de que «las leyes políticas, administrativas y económicas que rigen en las demás provincias de España, regirán en lo sucesivo en las de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava» y el Gobierno debería llevar a cabo la homologación en un plazo máximo de dos años. Para la enmienda no era suficiente la imposición de los deberes militares y económicos: la nación española clamaba por la igualación total. El debate que suscitó esta enmienda permitió desvelar el fondo de la cuestión y las posiciones de las partes.

De conformidad con las instrucciones recibidas de Cánovas, los diputados que intervinieron en nombre del partido conservador hicieron ver que en la ley cabían algunas concesiones a las tres provincias en lo administrativo, singularmente respecto del mantenimiento de las Juntas y diputaciones y algunas de sus competencias. Arguyeron que había que tener en cuenta de dónde se venía, de ahí la licitud de cierta flexibilidad en la forma de llevar a la práctica la unidad constitucional. Pero era obvio que muchos diputados de la mayoría, pese a la reserva que imponía la disciplina del grupo parlamentario, compartían en silencio lo que en voz alta decían los miembros de la minoría. El sector minoritario de las Cortes les echaba en cara su error al creer que el Gobierno quería conducir a las tres provincias a una situación tolerable para el Estado, como el estatus de Navarra de 1841 (por cierto, aseguraban que los habitantes de esta provincia no pagaban lo que les correspondía). Acusaron al presidente de falta de respeto a la opinión pública española, deseosa de abolir totalmente los Fueros. Estos —decían— responden al sentir del clericalismo absolutista y están en el origen del conflicto. Era preciso erradicar el espíritu autonómico imperante en las provincias, que ya había traído dos guerras civiles.

Cánovas intentó evitar el contagio de sus propios diputados con los argumentos y la propuesta de abolición absoluta que planteaba la minoría. Bajó a la arena para dar explicaciones. La delegación de poderes de las Cortes al Gobierno venía exigida por la complejidad del cambio a llevar a cabo en Vasconia: los Fueros ya existían en el Medievo, estuvieron vigentes en la Edad Moderna y en parte de la Contemporánea, hasta ese momento mismo, y los venían jurando los monarcas españoles desde el siglo xiv. Habían sido aceptados por los gobiernos de las últimas décadas: ahí estaba la firma de personalidades del ahora crítico partido constitucional sagastino al pie del reciente Convenio de Amorebieta de 1872. De una expresión reciente, casi actual, de la aceptación gubernamental de los Fueros o al menos de su tolerancia por la Constitución que regía en ese momento, la de 1869. Pero tranquilizó a las Cortes porque la unidad constitucional se iba a extender a Vasconia, porque «es obra del tiempo, por la ley de formación de las nacionalidades y por el principio de asociación». Los Fueros se iban a modificar muy pronto en lo esencial, es decir, en la aportación por parte de Vasconia de hombres y de dinero, al igual que los demás españoles, pero sin llegar al extremo, cuidando las formalidades prescritas en la Ley de 1839. Es cierto que el Gobierno tenía más fuerza que nunca para hacer en las Provincias Vascongadas lo que le correspondía hacer, pero deseaba evitar «a los gobiernos españoles y a la nación peligros que pudieran ser grandes en el porvenir y en otras manos».

Pese a que, como era previsible, Cánovas consiguió derrotar con su abrumadora mayoría parlamentaria la enmienda de González Fiori, este pudo proclamar en el pleno que los Fueros constituían un abuso del Derecho y que los liberales vascos se burlaban de la nación y de la Ley de 1839, al igual que lo hicieron los comisionados de las diputaciones que acudieron en mayo a la audiencia de Cánovas. En Vasconia se había dado el escándalo de la pública quema del acta firmada en 1839 por Espartero y Maroto, y destruido el monumento erigido en memoria del Abrazo de Bergara. Era necesario tener cuidado con la pujanza de las Provincias Vascongadas. Y prevenirse ante un Cánovas que había escrito el prólogo de elogio al sistema foral en el libro de Manuel Rodríguez Ferrer Los vascongados. Para el diputado constitucionalista González Fiori, la abolición de los Fueros era un tema de rango nacional que tocaba a las Cortes y no al Gobierno, que propendía a la bilateralidad.

Los diputados vascos, por su parte, sostuvieron en el debate el discurso tradicional que se había elaborado en la Edad Moderna en la defensa y justificación de los Fueros. El argumentario estuvo singularmente presente en la extensa perorata del alavés Mateo de Moraza. Pero cuidaron de justificar ahora el régimen neoforal de otra manera: lo relevante jurídicamente estaba en la prescripción adquisitiva longisssimi temporis, un título legal indisputable mientras no se alteren los fundamentos del Derecho universal. Pusieron de relieve las juras y confirmaciones reales, el valor de la cosa juzgada, y los servicios prestados por los vascos en las empresas de la Corona, así como la defensa constante de la Monarquía en la costa y en la frontera con Francia. Y, sobre todo, centraron la defensa en la Ley vigente de 1839. Era, sin embargo, una batalla parlamentaria perdida de antemano. Así y todo quedó en el grupo parlamentario vasco la convicción de que la abolición que las Cortes habían aprobado no era el final del camino. La sociedad vasca debía mantener y mantendría la reivindicación.

En la actitud de contención y extrema corrección de los parlamentarios de las provincias vascas en los debates, y luego de las diputaciones, influyó la esperanza de los liberales autóctonos en la benignidad y hasta en la generosidad del Gobierno al aplicar la Ley de julio de 1876. Estaba vivo el recuerdo de hacía solo tres años, en 1873, cuando el mismo Cánovas afirmaba que los fueros eran una cuestión de la necesaria «conciliación nacional» entre el régimen constitucional y el foral, y que, de darse el acuerdo, sería provechosa para todos. Incluso durante el debate de la Ley Cánovas tuvo interés en mostrar a las cámaras que se situaba en una postura media, e hizo algunos guiños que hacían pensar que utilizaría los plenos poderes que recibía de las Cortes para procurar la mencionada conciliación. Pero al final de la guerra senadores, diputados y autoridades forales comprobaron que el Cánovas que conducía el proceso abolitorio se comportaba más bien como el presidente del Gobierno que proclamó en la cámara el derecho de fuerza a la hora de implantar el régimen común.

Las diputaciones vascas tendieron inicialmente la mano al Gobierno y este correspondió autorizando la celebración de las Juntas Generales en septiembre de 1876, en las que renovaron la diputación foral. Pero días más tarde, el 4 de octubre, la misma asamblea de Gernika se reafirmó en el principio de que había que mantener todas las instituciones en el estado en que se hallaban en 1939 hasta que el Gobierno asumiera una auténtica negociación. El poder central requirió a las diputaciones, de manera terminante, a cooperar en la aplicación de la ley abolitoria; estas, sin embargo, se hallaban vinculadas por el juramento de observancia del Fuero prestado en la toma de posesión. Solo les quedaba la dimisión o aceptar lo ordenado por Madrid. Entendieron que no era compatible el ejercicio del cargo con la aplicación de la ley y entregaron sus bastones.

Era obvio que solo unas nuevas Juntas Generales podían hacer frente al estancamiento. Tendrían que nombrar una nueva diputación para sustituir a la dimitida y trazar la línea a seguir ante las medidas abolitorias de Cánovas. Lo cierto es que la asamblea, celebrada en abril de 1877, en pleno estado de sitio, carecía de margen de maniobra para sacar al país del atolladero. El Gobierno vigilaba, y al primer atisbo de resistencia, disolvió las Juntas el día 26 de dicho mes. El motivo fue la redacción de un simple borrador de resolución de la Comisión de Fueros de la Junta. El Gobierno siguió adelante y mediante un decreto de 5 de mayo de 1877 impuso una nueva diputación, ahora ya provincial. El mismo año Gipuzkoa y Álava siguieron la misma suerte: sus Juntas y diputaciones forales fueron disueltas por el Gobierno, procediendo aquí también a designarlas a dedo.

El punto de arranque de la escisión de la clase política vasca se sitúa precisamente en mayo de 1877. Hasta ese momento no hubo divergencias de fondo entre los que el Gobierno empezó a llamar transigentes e intransigentes. De hecho, y por el momento, solo diferían en el método a seguir ante la presión gubernamental. La disociación ganó pronto fuerza y se consolidó en las dos décadas siguientes como consecuencia de varios eventos encadenados: en primer lugar, la mencionada desaparición de las Juntas Generales y la imposición de diputaciones provinciales, y, después, la actuación en Vasconia de los partidos estatales en los que se integraron los liberales dinásticos, y, a su modo, los carlistas. En la primera fase de la Restauración se mantuvieron de manera críptica los republicanos y los socialistas obtuvieron representación en algunos municipios. Todos compitieron en las elecciones locales, provinciales y de Cortes. Con el despliegue de los partidos desapareció la unanimidad que suscitaba el régimen foral antes de la guerra.

En la aceptación del régimen común por la mayor parte del liberalismo vizcaíno tuvo una importancia decisiva la nueva forma de designar a la diputación provincial. Quedó arrumbada la forma tradicional de las Juntas Generales de insacular las papeletas de los candidatos de los bandos oñacino y gamboíno. Y la introducción en Vasconia de la ley electoral de la Restauración, acompañada del régimen del turno entre los partidos dinásticos, vino acompañada de las mores corruptas en materia de comicios que se seguían en el Estado. Las candidaturas de concejales y alcaldes y de representantes en Cortes las establecían mayoritariamente los partidos del turno. Y así aparecieron en el Señorío las conocidas prácticas del encasillado, el caciquismo con su derivación de muñidores locales, la compra de votos, e incluso el pucherazo y la repetición de elecciones. El gobernador civil, en nombre del ministro de la gobernación, ejercía el control sobre el desempeño del cargo de los electos locales y provinciales, y la vigilancia de los ayuntamientos. El político e historiador Sagarmínaga constató la impresión negativa que produjo en el país el cambio en la cultura política en materia de elecciones. Por otra parte, las diputaciones provinciales, así formadas, quedaron liberadas del control de las Juntas Generales, un obstáculo molesto para los administradores de la provincia.

De hecho, en la alternancia de los partidos del turno, los fusionistas sagastinos (pronto denominados liberales a secas) gobernaron la Diputación y el Ayuntamiento de Bilbao en los años ochenta, y en los noventa los liberales conservadores —los industriales dinásticos—. No es necesario reseñar que la Dipu-tación constituía un resorte de primer orden en el control político de la economía y de la administración, y la importancia de su función y su poder creció tras la aprobación de los Conciertos Económicos. Veremos más adelante que las fuerzas ajenas a los dos partidos del turno, se abrieron paso con dificultad. Los socialistas se implantaron pronto en el ámbito municipal de la zona industrial de Bizkaia (cuatro concejales en Bilbao en 1891), los carlistas en algunas villas y en los núcleos rurales, y los nacionalistas vascos, que no se identifican con las demás fuerzas en presencia, retrasaron la participaron en las elecciones provinciales hasta 1898, al poco tiempo de presentarse ante la sociedad. En 1899 se apuntan algunos éxitos en los municipios.

Son necesarias unas notas sobre el marco político-institucional del Estado en el que, una vez establecido el régimen común en Vasconia, se desenvolvieron los diputados y senadores vizcaínos, y con el que se relacionó la Diputación provincial a lo largo de la Restauración, teniendo siempre presente la vigencia del Concierto Económico.

Como es sabido, corresponde la Restauración a los reinados de Alfonso XII (1875-1885) y de la Regencia de María Cristina de Augsburgo (1885-1902), y se prolongó con Alfonso XIII desde la última fecha hasta la Dictadura de Primo de Rivera en 1923. Hay que señalar el carácter autoritario del régimen, en el que priva el control de la Corona y del poder ejecutivo. Es una nota que se manifestó de distintas maneras, tanto en el voto censitario, con un Senado menos representativo que el precedente, como en un Congreso influido por el rey, dado el sistema electoral. Ya en las Cortes de 1876, que resultaron constituyentes, el 85 % de los diputados fueron ministeriales —del partido liberal conservador—, si bien sus principios e ideales apenas diferían de los elegidos por el Partido constitucional de Sagasta, más sensibles a un sistema más abierto en cuanto a libertades. A señalar que la Constitución que elaboró Cánovas estaba basada en la moderada de 1845. Atribuía al rey un poder amplio, especialmente en materia militar, algo a tener en cuenta, ya que el ejército se había decantado hacia el conservadurismo. Alfonso XII, y después la Regente y Alfonso XIII, merced a su posición constitucional, controlaron al partido gobernante, aunque en definitiva el favorecido fue el Gobierno, que de facto disponía de preeminencia sobre las Cortes al tener la potestad de disolver las cámaras. El autoritarismo gubernamental quedó reforzado por las primeras leyes electorales de la Restauración, la ley de imprenta de 1879, ley de reunión de 1870 o de asociaciones. Hasta 1881 había partidos legales e ilegales, y las dos grandes formaciones políticas no se afianzaron hasta la celebración del citado Pacto del Pardo en 1885, que institucionalizó el turno entre ellos. O de los conservadores que integraban a latifundistas y rentistas, o a los liberales que encuadraron a profesionales, comerciantes e industriales. En los quince años siguientes, y hasta el fallecimiento de Cánovas y Sagasta, el sistema funcionó bajo la dirección de los fundadores de ambas formaciones políticas. A partir de entonces, tras la pérdida de Cuba, se sucedieron las crisis ministeriales y el fraccionamiento de los partidos hegemónicos.

Conviene hacer unas anotaciones sobre el proceso inverso de recuperación de poder autonómico que de alguna manera se inicia en el momento mismo en que el Estado extiende a Vasconia el régimen común. A modo de sucedáneo de la foralidad perdida, el Estado convino con las tres provincias el establecimiento de un Concierto Económico de naturaleza fiscal y administrativa. Su posesión y administración permitió a las élites un acomodo más fácil en la nueva situación. El primer Concierto, de febrero de 1878, fue prorrogado en 1887 y 1894. Pronto fue percibido por las distintas fuerzas políticas en presencia, incluido el nacionalismo vasco emergente, como algo valioso a conservar y defender. De hecho, al aproximarse el momento de la tercera renovación, en 1904, las tres diputaciones invocaron la unión vascongada y los Fueros. Y a final de año se constituyó la Liga Foral Autonomista de Gipuzkoa con voluntad de extenderse al conjunto del país. La renovación del Concierto en 1906 tuvo una validez de veinte años, aunque era evidente que necesitaba protegerse con una envoltura institucional de tipo autonómico.

En la segunda década del siglo xx el país tomó el camino de una autonomía derivada de la Constitución. Se abrió paso pese a las contradicciones que suscitaba el fuerismo provincialista, basado en los títulos históricos y en la inercia de la tradición. El autonomismo común al que nos referimos ahora, es decir, a las tres o a las cuatro provincias, se apoya más bien en la conciencia de regionalidad o nacionalidad que iban aceptando algunas capas de la población, principalmente de Bizkaia y Gipuzkoa. En esa dirección empujaban algunos factores. En 1914 el presidente del Gobierno Eduardo Dato permitió la creación de la Mancomunitat de Cataluña, una especie de ente preautonómico sin competencias ni tributos, pero que se afianzó con el traspaso voluntario a aquella de servicios propios de las diputaciones provinciales catalanas. La constatación de los logros de la Mancomunitat dio alas en Vasconia a la idea de que era necesario disponer de un ente supraprovincial de naturaleza similar. Ahora bien, lo determinante en esa dirección fue la gran crisis económica, política y constitucional del verano de 1917: la huelga general política del mes de agosto y las dos asambleas de parlamentarios —con el Congreso y el Senado cerrados— que trataron del reparto de poderes entre el Estado y las regiones con el ánimo de resolver la crisis catalana. Por otra parte, los nacionalistas vascos tenían en cuenta también las expectativas de reordenación del mapa de los Estados europeos que generó el curso de la Primera Guerra Mundial y la Declaración de Woodrow Wilson. Obviamente, la eficacia de la propaganda nacionalista guardaba relación con los resultados electorales del partido que mejoraban en cada convocatoria y ya estaba presente en la Diputación de Bizkaia. Esta suma de motivos acrecía el valor del título de la nacionalidad como fuente de una autonomía especial derivada de la Constitución del Estado e incluso, en algunos sectores, como justificación autodeterminista.

El contexto general español descrito y el seguidismo del proceso catalán, en conexión con la peculiaridad de Vasconia, explica un largo episodio que se inicia en el verano de 1917. El 16 de julio de dicho, a instancias de la nueva Diputación nacionalista vizcaína, se celebró en Vitoria una asamblea de diputados provinciales de los tres territorios con el ánimo de aprobar un Mensaje dirigido al presidente del Gobierno. Una Comisión interprovincial se hizo cargo del texto, cuya redacción corrió a cargo de Carmelo de Echegaray. El arraigo social que había tomado la cuestión autonómica explica la notable movilización que se produjo en los dos meses siguientes, constituyendo un precedente del movimiento municipal pro-Estatuto de la Segunda República. Hubo consultas a entidades, reuniones y asambleas de ayuntamientos por provincias, pronunciamientos de personalidades, y convocatorias a los diputados en Cortes. Hay que anotar la aparición de amplias coincidencias en considerar irrenunciables e imprescriptibles los derechos históricos. Ahora bien, dado que en el contexto de la cultura política española de 1917 la restauración foral era irrealizable, se mantuvo la pretensión como un ideal de máximos. Lo que procedía en realidad era aprovechar la favorable coyuntura política y ateniéndose al marco legal vigente, crear una región autónoma dotada de amplias competencias. El 19 de diciembre de 1917, Ladislao de Zabala, presidente de la Diputación de Gipuzkoa, leyó el texto ante el presidente del Gobierno, el liberal Manuel García Prieto, que había sucedido al alavés Eduardo Dato.

El Mensaje introdujo por primera vez en un texto oficial un concepto explícito de región vasca como titular del autogobierno. Se trataba de un gran paso adelante en la institucionalización de Vasconia. En el modo de discurrir del texto, el argumentario de las diputaciones partía del régimen vigente de los Conciertos Económicos establecidos allá en 1878. Pero, en segundo lugar, propusieron en el Mensaje establecer una nueva autonomía mayor de ámbito regional y de contenido competencial superior al concertista: de hecho, solicitaron del Estado todas las funciones públicas, salvo relaciones exteriores, guerra y marina, deuda pública, aduanas, moneda, pesos y medidas, correos y telégrafos. Y cuidaron, como hemos indicado, de incluir en el Mensaje el tercer nivel utópico de la reintegración de las instituciones propias dado que implicaban la disposición de la soberanía foral atenuada por la unión política en el Estado. En ella descansaba la justificación de la actual solicitud de ampliación del autogobierno. Aparece en el texto una cláusula de reserva de derechos históricos dedicada a la reivindicación del poder propio y originario. Porque la demanda de autonomía regional se hacía «sin hacer dejación ni por un momento de los derechos históricos que se han invocado en todos los tiempos por las Corporaciones que hablaron en nombre de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava».

El país vivió un breve periodo de gracia en materia de cooperación interprovincial merced a la sintonía de las diputaciones forales de composición plural. Una manifestación importante en el orden meramente cultural se dio en septiembre del año siguiente. Una junta de las cuatro diputaciones realizó la convocatoria para celebrar en Oñati un Congreso de Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos.

Todavía en diciembre de 1918 hubo una última, aunque importante, iniciativa autonómica que mostró cierta colaboración entre las fuerzas políticas vascas en pro de la autonomía. El presidente del Gobierno, conde de Romanones, el mismo día en que rechazó la proposición de derogación de la Ley de 25 de octubre efectuada por los diputados de Comunión Nacionalista Vasca —de la que daremos cuenta más adelante— anunció que crearía una Comisión extraparlamentaria para encauzar el problema de las autonomías. Lo hizo de inmediato (Real Decreto de 18 diciembre de 19189). En el seno de la Comisión se creó una Subponencia vasca integrada por José de Orueta —liberal romanonesista—, Manuel Senante —integrista— y Pedro Chalbaud —nacionalista vasco—. Los redactores del Dictamen incluyeron las dos vías, la foral y la estatutaria, indefectibles ya en cualquier planteamiento de autogobierno de aquel momento. En lo que respecta a la primera vía, proponían derogar la Ley de 1839 y las normas complementarias de aplicación, restaurando los organismos forales adaptados a nuestro tiempo; y, después, investir del poder correspondiente a las diputaciones forales hasta el restablecimiento de las Juntas Generales. En la razonable previsión de que la Comisión extraparlamentaria no autorizara la propuesta, proponían también la vía estatutaria asentada en ocho bases que se inspiraron en el consensuado Mensaje de las diputaciones del año precedente. Ni una ni otra vía fueron aceptadas por la Comisión extraparlamentaria, y, por otra parte, lo que aceptaron o modificaron no interesó a las diputaciones forales. Pronto sobrevino la crisis gubernamental, los catalanes abandonaron la Comisión extraparlamentaria y el conde de Romanones presentó la dimisión en abril de 1919.

A la frustración que generaron estos intentos de lograr la autonomía añadamos la frágil e inestable cooperación en este campo de las diputaciones políticamente disímiles y en apasionada competencia partidaria. La Comunión Nacionalista Vasca, verdadero motor de las iniciativas, ostentaba desde marzo de 1917 la hegemonía en la Diputación vizcaína y consiguió en febrero de 1918 la primacía parlamentaria en Madrid con sus cinco diputados y tres senadores. La derecha del Señorío fue consciente del riesgo de ser desplazada en el tablero político: en las elecciones provinciales de 1919 la Liga de Acción Monárquica de Bizkaia, constituida por conservadores, liberales y mauristas, sobrepasó en un diputado al grupo de Ramón de la Sota. El movimiento autonomista vasco, desprovisto de la mayoría en la poderosa Diputación de Bizkaia, quedó inhabilitado para adoptar iniciativas eficaces de autogobierno hasta la formación de nuevas mayorías con el advenimiento de la Segunda República.

Interesa ahora identificar a las grandes familias políticas que actuaron en Bizkaia y hacer un esbozo de su evolución entre la desaparición de los Fueros en 1876-1877 y el surgimiento de la nueva autonomía política de naturaleza estatutaria en octubre de 1936. Es el devenir de una sociedad contradictoria, boyante en cuanto al desarrollo económico, al crecimiento demográfico y a determinadas dotaciones culturales, pero con grandes deficiencias democráticas y con dificultades para estructurarse institucionalmente. Examinemos sumariamente una a una las corrientes principales.

Desde la disolución de los organismos forales por Cánovas en 1877 y hasta el advenimiento de la Segunda República, en 1931, la derecha gobernó la Diputación foral del antiguo Señorío, sin otra interrupción que el paréntesis nacionalista de 1917 a 1919. Porque también hay que incluir en su haber de gobierno el tiempo de la Dictadura de Primo de Rivera. Los dos partidos liberales dinásticos rigieron las instituciones vizcaínas con comodidad, sin mayores obstáculos. Percibieron pronto las ventajas políticas que les acarreaba el régimen común, y dejaron al margen a los que, traumatizados por la pérdida de las instituciones del país, no fueron capaces en la fase inicial de plantarles cara en base a una alternativa de resistencia fuerista o en propuestas de otro orden.

El interés primordial de los dos partidos del liberalismo dinástico estaba en controlar el Ayuntamiento de Bilbao y los municipios industriales y mineros de la ría, la Diputación provincial —que dejó de llamarse foral— y la representación vizcaína en Cortes. Tras su designación por el Gobierno de Madrid en mayo de 1877 para ocupar el palacio de la Diputación, organizaron las elecciones en un país ocupado militarmente y privado de garantías constitucionales. Los industriales vizcaínos necesitaron en los años noventa una política proteccionista que ayudara a preservar el mercado estatal. La política aduanera y fiscal se decidía en Madrid y no en las Juntas Generales o en la Diputación vizcaína que, sin embargo, sí servía como plataforma de influencia en la Corte. Perdieron por ello el interés por la extinta foralidad, cuya reivindicación presentaba la propaganda gubernamental como una cuestión de carlistas. Se conformaron con disponer de los resortes que aportaba la posesión del Palacio foral y en administrar el Concierto Económico en una dirección favorable a los negocios.

Antes ya de que el Pacto del Pardo de 1875 consagrara el turno en el Estado entre los conservadores y los liberales, los notables vizcaínos actuaban en las elecciones mediante comités electorales transitorios. Se activaban con las convocatorias electorales. Su influencia en Bizkaia quedó acreditada con la movilización en 1874 en pro del proteccionismo y con la agrupación de las fuerzas vivas en la Liga Vizcaína de Productores. Más adelante, en 1897, crearon una exitosa confluencia electoral, la Unión Liberal, la llamada Piña. Pero Cánovas fue asesinado y también declinó el liderazgo de Sagasta, sin que el poder del bloque dinástico se viera afectado por la presencia de los socialistas y la incipiente organización de los nacionalistas (que entraron en 1898 en palacio con un diputado provincial, precisamente Sabino Arana, y se hicieron en 1907 con la alcaldía de Bilbao). Cuando la derecha percibió el peligro del avance de las nuevas fuerzas, organizó en 1909 el Partido Conservador de Vizcaya, con el respaldo de la oligarquía y de su diario El Pueblo Vasco. Pronto tuvieron una escisión de tipo personalista (los mauristas). Al año siguiente, miembros del Partido liberal competidor crearon el Partido Liberal de Vizcaya, que actuó a través de la ya veterana Sociedad El Sitio y del también preexistente periódico El Liberal. Salvo en el Mensaje de las diputaciones al Gobierno y la participación en la subponencia vasca de la Comisión extraparlamentaria, se abstuvieron de respaldar las reivindicaciones autonómicas que se pusieron en marcha en Vasconia a partir de 1917. Una postura similar tomaron respecto de las iniciativas identitarias o incluso del proyecto de Universidad vasca de los años veinte.

La rivalidad del nacionalismo emergente se puso de manifiesto en la legislatura de 1917-1919. La Comunión Nacionalista Vasca logró arrebatar al bloque dinástico el Ayuntamiento de Bilbao, la Diputación y la representación en Cortes y llevó a cabo una política nacionalista en el territorio que alarmó a una derecha acostumbrada durante casi cuarenta años al ejercicio del poder. El triunfo nacionalista asustó también a la conjunción republicana-socialista, que pesaba electoralmente en Bilbao y la zona minera e industrial. Por razones ideológicas y de competencia electoral, los socialistas compartían con los monárquicos el interés común de frenar al nacionalismo. La distinta concepción de la forma de gobierno no les impidió establecer una discreta colaboración electoral con ellos. Lo cierto es que los liberales y conservadores, junto con los mauristas, reaccionaron y constituyeron en 1919 la eficaz Liga de Acción Monárquica de Bizkaia, que fue capaz de recuperar en esta y en las siguientes legislaturas la Diputación y la representación en Cortes.

Cabe decir que la derecha vizcaína como bloque dominante formalizado y fuerza autónoma continuó ejerciendo el poder después de 1923, tras el advenimiento de la Dictadura de Primo de Rivera. En este periodo de excepción, muchos miembros de la Liga Monárquica continuaron actuando en la Unión Patriótica organizada por el dictador.

Demos unas pinceladas sobre el sector de republicanos y socialistas, examinándolos en paralelo dada la persistencia de la confluencia electoral que establecieron a partir de 1910. Es un dato singular del pluralismo político vizcaíno. En dicho año surgió una conjunción llamada a recorrer una andadura de seis elecciones generales, antes de 1923, y de otras tres celebradas durante la Segunda República. En lo que atañe a la coordinación o entendimiento de fuerzas políticas en el Estado, el comportamiento de ambos grupos constituye una referencia singular, y condicionó la vida pública del territorio, tanto antes de la Dictadura de Primo de Rivera como durante la Segunda República.

La presencia del republicanismo en Bizkaia arranca en 1865 cuando el vecino de Bilbao Cosme Echevarrieta creó un Comité demócrata. En la época de Isabel II, los que profesaban el proscrito republicanismo actuaban con la denominación de demócratas. En la citada fecha publicó Echevarrieta un artícu-lo de carácter fundacional titulado «Solamente la democracia es compatible con los Fueros», identificando las instituciones del país con la democracia y la república. Cuando sobrevino la revolución de 1868, los antiguos demócratas del Estado se agruparon en el Partido Republicano Democrático Federal. Para la integración territorial en el mismo, y siguiendo la propuesta pimargaliana de organizar el partido de abajo arriba, propusieron celebrar pactos federales que articularían en cada caso a varias provincias más o menos homogéneas. En la primavera de 1869 se organizaron los republicanos en Bilbao, nombrando presidente a Echevarrieta. Fue este el que acudió a Eibar para suscribir el Pacto federal que coordinaría a los republicanos de los cuatro territorios de Vasconia. En relación con la estructura del Estado y de Vasconia dentro de él, el pacto proponía la creación de un Estado vasco-navarro dentro del Estado federal español. El instrumento de gobierno serían los Fueros, interpretados al modo republicano como ocurrió en otros momentos del siglo xix. Obtuvieron resultados notables en las elecciones municipales de la capital vizcaína. Pero la fórmula del pactismo como procedimiento de creación del partido no prosperó en el Estado. Merece la pena reseñar que Cosme, al que sus correligionarios reconocían el liderazgo del movimiento, comandó una partida republicana insurreccional de 300 hombres, sumándose a la consigna que debía seguirse en el conjunto del Estado. Llegaron hasta el Gorbea. Echevarrieta tuvo que tomar el camino del exilio.

Con la proclamación de la Primera República se activó el movimiento, pero Vasconia y Bizkaia se hallaban con una buena parte del territorio ocupado por el alzamiento carlista. Los republicanos solo pudieron actuar en Bilbao, en cuya defensa participaron. En este breve periodo ganaron hasta tres veces la alcaldía de la Villa. Ahora bien, la situación cambió con la ocupación militar del país al final de la guerra y con la Restauración conservadora, que arrinconaron al republicanismo bilbaíno. Tras el estado de sitio, concurrieron como partido a las elecciones de 1879. Denominaron Unión Democrática al partido, reconociendo la autoridad de Cosme Echevarrieta. Aun aceptando los postulados foralistas iniciales, fueron derivando hacia el autonomismo de concesión estatal, pese a coexistir partidariamente con el ideario de Ruiz Zorrilla, que abogaba por la descentralización administrativa combinada con el unitarismo y el golpe de Estado para acceder al poder. En 1890, el republicanismo bilbaíno se agrupó en torno al Centro Democrático de Nicolás Salmerón, también unitarista y partidario de las vías legales. Cosme Echevarrieta falleció en 1903, y se convirtió en icono de culto del republicanismo bilbaíno. Hasta 1937 los adeptos a la causa organizaban una procesión anual hasta su tumba ubicada en el cementerio de Mallona. Merced a su liderazgo caudillista, sus correligionarios transitaron por el camino que él fue marcando en vida.

En el siglo xx disminuyó la creatividad del republicanismo vizcaíno, tan proclive a la división como en el resto del Estado, por lo que no es fácil formarse una idea precisa de su evolución. En todo caso, al hablar de lo vizcaíno nos estamos refiriendo a lo bilbaíno. Hay que señalar que mantuvieron su representación municipal en la Villa desde 1872 hasta la entrada de las tropas franquistas en Bilbao. Según el estudio de Jon Penche, el año del fallecimiento de Cosme Echevarrieta, 1903, fue un año decisivo para el cambio organizativo. Un Comité local de correligionarios se integró en la Unión Republicana que Salmerón y Lerroux acababan de crear en Madrid. Lograron una buena implantación en el territorio, un escaño en las Cortes y la mayoría en el Ayuntamiento de Bilbao. Siguiendo la tradición de los republicanos, pronto sobrevino la crisis, en el Estado y en Bizkaia, y las miradas se volvieron hacia el PSOE, con el ánimo de urdir ya en 1910 con dicho partido una provechosa alianza electoral. Con la crisis que acabamos de señalar y que llevó a la disolución de la Unión, los republicanos impulsaron un nuevo partido en el Señorío. En efecto, en 1913, y ante la inexistencia de una organización de alcance estatal, se constituyó el Partido Republicano Autónomo de Vizcaya con personalidad institucional y territorial propia. El acentuar sus rasgos de izquierda facilitó la interlocución con los socialistas. Faltaba al nuevo partido un líder de la talla de Cosme Echevarrieta. Su hijo Horacio, plutócrata por herencia y dedicado sobre todo a los negocios, ejerció una dirección menos visible y efectiva que la del padre. Así y todo, merced a la conjunción con los socialistas, Horacio Echevarrieta fue diputado en Cortes en 1910, 1914 y 1916. Su retirada de la actividad política tras la huelga revolucionaria de 1917 dejó a los republicanos supeditados dentro de la conjunción a la autoridad moral de Indalecio Prieto. Apuntemos dos datos, sociológico uno y político el otro. Los cuadros del partido eran de origen autóctono, extraídos de la clase comerciante bilbaína, en tanto que los votantes eran obreros de los barrios altos de la Villa, básicamente procedentes de la emigración. En cuanto al dato político, el temario que atendía el partido giró en torno al antimonarquismo, y dada su alta representación en algunos municipios, se ocuparon de la suerte de los ayuntamientos, reclamando autonomía y recursos económicos de la Diputación. También en promover la educación popular y los intereses de las clases menos favorecidas. Mantuvieron la tradición fuerista, transmutada en la defensa de una autonomía a conseguir del poder central. Así y todo, la conjunción republicano-socialista formó en 1919, como hemos indicado, una especie de frente electoral atenuado con los monárquicos de la Liga con la finalidad de contener el avance del nacionalismo vasco.

Al final de la Dictadura, el republicanismo tuvo un papel central durante un breve periodo de tiempo a través del protagonismo del Partido Republicano Autónomo de Vizcaya, por su activa participación en la organización de la coalición antimonárquica de Bizkaia. En las elecciones de abril de 1931, el electorado bilbaíno recompensó a los republicanos con ocho concejalías y la alcaldía de la Villa. Pero dos años después, el partido, sin capacidad para mantener la influencia necesaria en la conjunción con los socialistas, se diluyó en la Acción Republicana de Azaña (1932). De los cuatro diputados que tenía en las Cortes constituyentes la conjunción republicano-socialista de Bizkaia eran republicanos Vicente Fatrás y Ramón María Aldasoro.

En general, la fragmentación propia de la época republicana perjudicó a esta corriente política. Basta considerar lo ocurrido con el Partido Republicano Radical y con sus variantes más o menos diferenciadas: Socialista (1929), Socialista Independiente y Ortodoxo (ambos de 1933). A anotar también que el republicanismo se sumó al estatutismo vasco a partir de 1932, como una suerte de continuidad del espíritu autonómico inicial de los años setenta de la centuria precedente que nunca desapareció. Cabe destacar en este sentido la figura sobresaliente de Ramón de Madariaga, artífice sobresaliente del Estatuto General del Estado vasco-navarro que se elaboró en el seno de la Sociedad de Estudios Vascos.

El nacimiento del socialismo en Bizkaia está conectado, como es de sobra conocido, con la revolución industrial del último tercio del siglo xix. Del vertiginoso desarrollo económico surgió la nueva clase de los trabajadores de las minas y de la industria siderometalúrgica. Procedían estos en su mayor parte de la emigración. En 1900 estaban censados 32.000 trabajadores de ambos sectores. Ya en 1886 surgió en Bilbao la primera agrupación, y las diez que ya existían catorce años después permitieron crear la Federación Socialista bilbaína, que en una primera fase vivió inmersa en una cultura política singular. Porque la historiografía ha distinguido en el socialismo vizcaíno dos etapas distintas.

La primera, que algunos extienden desde los orígenes hasta 1914, corresponde al liderazgo de Facundo Perezagua. En sus primeras décadas de andadura los miembros del partido, y en general de la clase trabajadora, se socializaban en las tabernas y más tarde en las casas del pueblo. Vivían envueltos en un clima de radicalidad social, con la huelga como recurso de presión. Llegaron a organizar hasta seis huelgas generales en el periodo. Desde una posición antimonárquica y antimilitarista, se opusieron a la guerra de Cuba y a la política colonial de intervención en Marruecos que practicaron los gobiernos de la Restauración. Un rasgo característico del socialismo vizcaíno de esta etapa fue su rechazo visceral al nacionalismo vasco naciente, como respuesta a la actitud de este ante la emigración y en buena parte por el choque cultural que suscitaba la lengua vasca entre los emigrantes y la reivindicación del autogobierno no comprendida por un partido de mentalidad estatalista. La organización unitaria del Estado tenía para ellos el valor de un hecho de la naturaleza. El enunciado del periódico La Lucha de Clases expresaba por sí mismo el ideario y la praxis de los socialistas vizcaínos. Llegó a tener incidencia entre intelectuales del país, de ahí la necesidad de reseñar esta publicación como algo referencial de la cultura socialista vizcaína y aun del Estado.

La segunda fase se anuncia con la ya indicada creación en 1910 en -Bizkaia de la novedosa conjunción electoral republicano-socialista, que permitió al PSOE conseguir el primer diputado en el Parlamento español, precisamente en la persona de Pablo Iglesias. Pero costó al partido un trauma interno la superación del aislamiento y la radicalidad de la primera etapa que habían protagonizado Perezagua y sus seguidores, enemigos del pacto con los republicanos. Para 1914, Indalecio Prieto se había afianzado como líder indiscutible del PSOE vizcaíno: de talante liberal y democrático, reformista, fue el verdadero artífice de la alianza con los republicanos que sostuvo en las siete elecciones generales y hasta 1936. La elaboración de candidaturas conjuntas permitió a Prieto ser miembro de la Diputación provincial (1911-1914) y concejal en el Ayuntamiento de Bilbao (1915-1918). El periódico El Liberal refleja el paso de la confrontación sistemática de clases a los acuerdos con la patronal y al reformismo, si bien mantuvo la oposición a la Monarquía.

Procede anotar otro rasgo menos liberal de la política del PSOE vizcaíno en la última etapa de la Restauración. Hemos señalado más arriba que su posición respecto de la Monarquía no impidió al partido llegar en 1919 a los mentados acuerdos electorales puntuales con la Liga de Acción Monárquica, que agrupaba a toda la derecha vizcaína. Estaba de por medio la causa mayor de hacer frente al nacionalismo vasco que había mostrado su fuerza en la legislatura precedente, la de 1918-1919, al conseguir la representación de la provincia en Cortes, cuando ya gobernaba la Diputación, y el Ayuntamiento de Bilbao. Por otra parte, la UGT, el campo privilegiado de acción socialista, empezaba a sentir la competencia de Solidaridad de Obreros Vascos, SOV, el sindicato nacionalista. El entendimiento con la Liga permitió a Prieto conseguir un acta de diputado en el Congreso, que mantuvo hasta 1923. A la hora de valorar este último logro hay que anotar que el socialismo estatal no superó los seis diputados en la cámara en ese periodo. En relación con la personalidad de los socialistas vizcaínos dentro del PSOE estatal hay que destacar que, al llegar la Dictadura primorriverista, mientras los correligionarios de Prieto en el resto del Estado colaboraron con ella, el socialismo vasco se abstuvo.

El precedente del Bloque republicano-socialista creado en 1910 volvió a activarse en Vasconia antes que en el Estado, al advenimiento de la Segunda República. Prieto había asistido a título particular al Pacto de San Sebastián entre republicanos y catalanistas (1930), y tomó nota de lo acordado y del potencial político de la alianza con los nacionalismos periféricos para alcanzar el poder en Madrid. El partido, al igual que los republicanos, planteó las elecciones municipales de abril de 1931 como un dilema entre Monarquía o República, y la conjunción ganó la apuesta en las capitales vascas y en las ciudades principales. En el periodo republicano el PSOE vasco emergió como partido de masas, con fuerza en Bilbao y la margen izquierda de su ría. Entre 1931 y 1933 siguió una línea moderada, pero se radicalizó hasta el revolucionarismo a partir de este último año, participando en la revolución de 1934 y estableciendo alianzas obreras en 1935, pese a que en el País Vasco mantuvo el pacto electoral con los republicanos.

Hay que reseñar la creciente aceptación por el socialismo vasco de un Estatuto de Autonomía para el País Vasco a medida que transcurría la Segunda República. Contrarios inicialmente al Estatuto de Estella, tanto por la cláusula de exigencia de un plazo largo de residencia para el disfrute de plenos derechos políticos —no hay que olvidar que los trabajadores emigrantes constituían entonces la clientela natural de partido—, como por la asignación a Vasconia de la competencia para establecer relaciones directas con el Vaticano, aceptaron, sin embargo, el Estatuto de las Gestoras provinciales e incluyeron su aprobación en el programa del Frente Popular. En 1934 el partido se comprometió tácitamente en una alianza estratégica con el PNV. De hecho, el Estatuto que en definitiva salió adelante en las Cortes en octubre de 1936 resultó de la colaboración estrecha entre Indalecio Prieto y José Antonio Aguirre, presidente y secretario, respectivamente, de la Comisión de Estatutos, aunque al precio de desvirtuar, en aras de la viabilidad, el contenido del texto plebiscitado en el país en 1933. Prieto fue llamado «el hombre del Estatuto».

Por otra parte, en la primavera de 1935 se produjo el Congreso Fundacional del Partido Comunista de Euskadi. Se celebró en Bilbao, en un momento en el que el Gobierno derechista del Estado proseguía la represión que generó la insurrección de Asturias y al calor de la política de la Internacional de favorecer los Frentes Populares.

La matriz del nacionalismo vasco se halla en la corriente fuerista que fue hegemónica y transversal en la sociedad antes de la guerra de 1872-1876. Ya hemos visto que de ella se desgajó una parte importante del liberalismo, que se sintió satisfecho con la concesión a las tres provincias del Concierto Económico y con la actualización del régimen fiscal navarro que trajo el Convenio de Tejada Valdosera. Y también que el Gobierno no necesitó hacer mayores concesiones autonómicas para conseguir la adhesión de los liberales dinásticos, pese a que la interpretación de la Ley de 21 de julio de 1876 le permitía ser más generoso. Los liberales transigentes se integraron pronto en la política estatal y rápidamente hicieron suya una forma de nacionalismo español. En él estaba instalada ya, de una forma natural, otra gran corriente del pensamiento del territorio, el naciente socialismo vizcaíno, en razón de la cultura política de sus líderes y seguidores.

Quedaban los sectores que de alguna manera mantenían el fuerismo y que necesitaban algo más que el resistencialismo cultural que algunos periódicos y revistas cultivaron en el país. Se necesitaba abrir alguna vía para recuperar el autogobierno arrebatado. Fue precisamente el vacío político existente en una parte de la población lo que explica la emergencia y difusión del nacionalismo vasco, el nuevo planteamiento propuesto a partir de 1892 por el joven Sabino Arana-Goiri, que falleció once años más tarde.

La biografía de Sabino Arana-Goiri de este diccionario ha expuesto las vicisitudes de su vida. Así y todo, dado el carácter inicialmente personal del movimiento que puso en marcha, conviene detenerse en algunos eventos que condicionaron la vida y obra del fundador del partido nacionalista. Por ejemplo el cambio de adscripción de Abando, su anteiglesia natal, en la que su padre desempeñó el cargo de alcalde. Pasó a convertirse en barrio de la vecina villa de Bilbao. O el exilio con su familia en Bayona, ciudad en la que permaneció hasta 1876. O el haber sido testigo directo, mientras realizaba los estudios secundarios con los jesuitas de Orduña o recluido en su domicilio de Abando —aquejado por la tuberculosis—, del trauma colectivo que se vivió en Bizkaia con la aplicación de la Ley abolitoria de Cánovas. Bachiller a los dieciséis años, mantuvo el conocido debate con su hermano Luis acerca del carlismo y la españolidad (1882). La polémica fraternal despertó en él una vocación de dedicación integral a la supervivencia de la comunidad vizcaína que pronto alcanzó al ámbito vasco. En concreto, el día de Pascua de Resurrección de dicho año decidió estudiar la lengua, la historia y las leyes del extinto Señorío. En realidad, la década de estudio de Sabino Arana-Goiri se inició en Barcelona, adonde se trasladó la familia en 1883 tras la muerte del padre. Tenía diecisiete años. En la capital catalana, en lugar de seguir el designio materno de sacar adelante las licenciaturas en Derecho y Filosofía y Letras, se ocupó de la filología y del estudio del dialecto vizcaíno.

Tras el fallecimiento de su madre, retornó a Bilbao en 1888, en donde intentó aprovechar sin resultado el saber adquirido respecto de la lengua. Compitió con sus coetáneos Azkue y Unamuno en un concurso para obtener una cátedra de euskera que la Diputación acababa de crear en el instituto de segunda enseñanza bilbaíno. Siguió sus estudios como autodidacta, centrándose en la historiografía que cultivó de manera instrumental, con el ánimo de confirmar su nueva visión sobre el ser político del Señorío. En noviembre de 1892 publicó un folleto que tituló Bizkaia por su independencia con cuatro artículos sobre cuatro batallas medievales acontecidas en el territorio. El enunciado del texto expresaba la intención programática de la obra.

El opúsculo de Sabino constituyó el pórtico de una etapa de proyección y de acción públicas. La doctrina elaborada desde la filología y la historia permitió al joven abandotarra embarcarse en 1893 en un proyecto político que se separaba de los planteamientos ideológicos que había mantenido el fuerismo desde la catástrofe de 1876-1877. En el despegue de Arana-Goiri como hombre público se cuentan dos eventos acontecidos en dicho año de 1893. El primero se conoce como el Juramento de Larrazábal, prestado en un local de consumo de txakolí en el barrio begoñés de Zurbaran. Allí, el 3 de junio de dicho año, un joven de veintiocho años expuso con vehemencia su doctrina a 17 fueristas euskalerriacos, afines a Ramón de la Sota, que festejaban la aparición de Biz-kaia por su independencia. No se conserva el texto del discurso, aunque parece que no suscitó el entusiasmo de la audiencia. El segundo evento, ocurrido en el mismo año, se refiere a la aparición del semanario Bizkaitarra. Hasta la suspensión gubernativa de la publicación, los 32 números del semanario estuvieron dedicados a la agitación y propaganda del ideario sabiniano y a polemizar con los partidos instalados.

A los citados acontecimientos fundacionales hay que añadir en los dos años siguientes otros dos de significado constituyente: la creación, en 1894, de la sociedad Euskeldun Batzokija, recreativa y criptopolítica, y cuyo Reglamento tiene una gran importancia para conocer la filosofía política y la concepción sobre el modo de organizar el país y el partido. El gobernador civil vigilaba muy de cerca el centro. El otro evento fundacional, en julio de 1895, se refiere a la elección del Bizkai Buru Batzarra, el primer órgano decisorio del Partido Nacionalista Vasco, de ahí que se considere esa fecha como fundacional del partido.

El humus político de Bizkaia era propicio para que algunos sectores de la sociedad fueran receptivos al mensaje de Arana-Goiri. El país, inserto en un desarrollo económico galopante, parecía resignado en lo tocante al autogobierno, en parte porque se le hacía ver que ya existía el Concierto Económico. Pero el malestar latente de un sector de la sociedad por la pérdida de sus instituciones se puso de manifiesto en los incidentes producidos en una celebración fuerista habida en Gernika en 1893, la llamada Sanrocada, o en la profunda conmoción que produjo en Navarra, y en el resto del país, la pretensión del Gobierno de modificar el statu quo fiscal del territorio. Nos referimos a la movilización de la Gamazada. Acudieron a Castejón de Navarra 30 euskalerriacos vizcaínos para solidarizarse con la resistencia foral del antiguo Reino; entre ellos se encontraban los hermanos Arana.

Lo fundamental en el emergente nacionalismo de Arana-Goiri se hallaba no tanto en el rechazo de la unidad constitucional, un rasgo que compartía parcialmente con el fuerismo liberal de preguerra, sino en la oposición a una unión política con Castilla que existía desde el Medievo y se actualizaba periódicamente con el juramento recíproco que intercambiaban la Corona y la Junta General del Señorío. Para Sabino, el origen de los Fueros —el término de uso general para designar a las instituciones del país que él rechazó sustituyéndolo por Lagi zarra— no se halla en ese pacto periódicamente renovado, ni mucho menos en graciosas concesiones reales, sino en instituciones tradicionales propias, nacidas de las entrañas de un pueblo distinto por su lengua, raza y otros caracteres. El lema Jaungoikoa eta Foruak quedó sustituido por Jaungoikoa eta Lagi zarra. A mayor abundamiento, al propugnar la secesión, tenía en cuenta que los reyes de Castilla incumplieron los compromisos contraídos en los juramentos de observar los Fueros. Lo ocurrido en 1876 en el reinado de Alfonso XII, que estampó su firma en la ley abolitoria salida de las Cortes, era simplemente el último caso. La independencia era un corolario de lo precedente. El ideario secesionista alarmó al poder, que respondió en distintos momentos con la represión. Arana-Goiri fue encarcelado dos veces, y multados y clausurados los centros y medios de difusión creados por el partido. De hecho, en distintos momentos de la vida de su fundador, el partido vivió en una especie de semiclandestinidad vigilada.

En principio, el carlismo derrotado continuaba adscribiéndose a la familia fuerista, y Arana-Goiri creyó que era necesario abrir los ojos de los afiliados y simpatizantes de aquel movimiento todavía bien implantado. Hacía quince años que había dejado atrás el carlismo de su primera adolescencia cuando publicó en julio de 1897 un opúsculo de 29 páginas que tituló El partido carlista y los Fueros vasko-nabarros. De la importancia que concedió a la batalla contra el fuerismo carlista da idea la tirada de 10.000 ejemplares que distribuyó por todo el país, aunque fundamentalmente en Bizkaia. Ya el capítulo I definía «el carácter de las instituciones tradicionales del pueblo vasko de aquende el Bidasoa, que impropiamente se llaman Fueros». Desacreditó en el II «a los Fueros que el partido carlista ofrece a dicho pueblo», para desarrollar en el III la tesis de que lo que los carlistas ofrecen «no son las instituciones tradicionales, y que triunfando él [el pretendiente], el pueblo vasko sería como hoy dominio de España, sin gozar de más ni menos libertad que los que hoy tiene». Y en el último capítulo quiso probar que «Don Carlos no tiene derecho a ser Señor de Bizkaya, ni Rey de Guipúzkoa, ni Rey de Áraba, y tampoco es el heredero de la Corona de Nabarra, sino verdadero usurpador suyo». Ante la rotunda posición de Arana-Goiri respecto del carlismo, desapareció el principal obstáculo para que los liberales euskalerriacos dieron el paso e ingresaran en el PNV en 1898. Se crearon entonces varios periódicos.

Conviene destacar que frente a la visión historiográfica simplista de Arana-Goiri, basada en la deficiente literatura que circulaba en aquella centuria, Fidel de Sagarmínaga, ya para 1892, había publicado los cinco volúmenes de El Gobierno y el régimen foral del Señorío de Bizcaia, dedicados a reproducir los acuerdos de las Juntas Generales y de la Diputación Foral adoptados desde la mitad del siglo xvi. Cualquier lector podía conocer sin mediaciones literarias la realidad institucional del territorio. En 1895 inició Estanislao J. de La-bayru la publicación de los siete volúmenes de la Historia General del Señorío de Bizcaia. Tuvo que ser muy difícil que Sabino y su entorno pasaran por alto la lectura de estas obras que corregían la perspectiva acerca del ser del Señorío que aquel presentó en su Bizkaia por la independencia. Probablemente tuvieron un impacto en la evolución de la primera doctrina sabiniana. En todo caso, hay que subrayar que la profesión de fe nacionalista vasca no fue óbice para que Teófilo Guiard escribiera rigurosas obras de historiografía sobre la Villa de Bilbao (1905-1912), sobre su Consulado de Comercio (1913-1914), o sobre la marina de Bizkaia (1918). En las dos primeras décadas del siglo xx preparó Gregorio Balparda una obra de envergadura, pero de carácter bien distinto, la Historia crítica de Vizcaya y de sus Fueros (1924-1945). Aunque fundada en sólida erudición, se trata, como lo anuncia el título y destacó Caro Baroja, de una obra ad probandum, habida cuenta de que desde 1899, año del primer éxito electoral en Bilbao del nacionalismo vasco, el propósito vital del político, abogado, jurista e historiador portugalujo fue hacer frente a este movimiento.

Desde el punto de vista práctico, el partido, reforzado con el aporte liberal, optó por el pragmatismo. Al año siguiente, el PNV presentó la candidatura de Sabino Arana en las elecciones provinciales, y este pudo entrar en el Palacio de la Diputación por el distrito de Bilbao. En las elecciones locales de mayo de 1899 los nacionalistas consiguieron cinco concejales en Bilbao y otros cinco en Bermeo. El crecimiento fue percibido como una amenaza por el Gobierno, que suspendió las garantías constitucionales para clausurar el Centro Vasco y los periódicos del partido. En esa línea de respuesta represiva, tres años más tarde un grupo unitarista asaltó el citado Centro tras el telegrama en el que Sabino felicitaba a Roosevelt por la independencia de Cuba. Fue encarcelado en la prisión de Larrinaga, al tiempo que el gobernador suspendía a los concejales nacionalistas de Bilbao y clausuraba los periódicos del partido.

Vistas las dificultades crecientes, Sabino Arana manifestó desde la cárcel su voluntad de dar un giro estratégico al partido convirtiéndolo en una formación autonomista y gradualista que avanzara todo lo posible en el camino del autogobierno. Se denominaría la Liga de los Vascos Españolistas. Asumió redactar el programa, el diseño de la organización y la convocatoria de la asamblea. Se trataba, como él indicó, de una cuestión «grave y transcendental» que fue objeto de una consulta previa a los afiliados que no prosperó. Así y todo, preparó el terreno para que el partido adoptara más adelante, a los tres años de su fallecimiento, una línea política menos contestable en el Estado y más fácil de aceptar en algunos sectores de la sociedad vasca. Sabino murió en 1903 y las cosas quedaron en el estado que se hallaban. Ángel Zabala, el delegado designado por él, mantuvo en su integridad la primera doctrina.

La corriente más proclive a la participación en el juego político mantuvo el rumbo iniciado. Mientras todavía vivía Sabino Arana, el partido se había implicado en las elecciones a Cortes de abril de 1903: el candidato Urquijo requirió su apoyo y salió elegido por Bilbao. Fue chocante el elemental posibilismo de las condiciones que impuso al candidato la dirección del partido. Pero la debilidad era patente: el delegado general Ángel Zabala contaba solo con el Centro Vasco de Bilbao. Alentó un gran impulso organizativo creando Juventud Vasca, en 1904, y el mismo año, el Centro Vasco de Donostia-San Sebastián. Y fue decisiva la creación de Juntas Municipales que se iban constituyendo allá donde existían más de 10 afiliados. Para final de este año se instituyeron tres delegados territoriales, entre ellos el de Navarra.

En 1906 el partido vivió otro momento de cuestionamiento doctrinal y de impulso organizativo. De conformidad con el compromiso programático que se alcanzó entonces, el partido tenía como objetivo principal recuperar los Fueros derogando la Ley de 25 de octubre de 1839, y, obviamente, la de 21 de julio de 1876. La definición facilitaba la aproximación al liberalismo fuerista, pese a las diferencias subsistentes respecto de la naturaleza de los Fueros. Porque para los nacionalistas vascos se trataba de leyes de los «Estados» vascos, mientras que los liberales fueristas veían en ellos un orden político singular de amplísima autonomía que resultaba del pacto entre la Corona y los territorios forales. Unos y otros convergían ahora en el potente concepto de nación vasca como sujeto político, materializado en el lema «Euzkadi es la patria de los vascos». El proyecto de manifiesto que se elaboró entonces tuvo vigencia durante tres décadas, así como el de organización y los Estatutos del partido. Destaquemos una vez más la importancia práctica de colocar la reivindicación foral en primer lugar. De un lado, facilitaba la interlocución con el Estado, puesto que el régimen foral en su plenitud estuvo vigente hasta 1837, es decir, se trataba de algo que en algún tiempo formó parte de la cultura política española. Y, por otro, reconfortaba al remanente sector fuerista liberal, reticente hasta entonces a la novedad del independentismo explícito. La ambigüedad política y doctrinal de los Fueros, ya tuvieran naturaleza de leyes exclusivamente propias o leyes pactadas con los monarcas, facilitaba el entendimiento. Y mientras llegaba la restauración foral, el partido apoyaría el Concierto Económico.

La creación en 1906 del EBB, un órgano directivo central del partido de naturaleza confederal favoreció la expansión del nacionalismo. Cinco años más tarde quedaron configurados en cada una de las provincias los Consejos Regionales. Tanto el Consejo Nacional como el Regional pasaron a constituir las piezas claves del partido. Procedía este último de la asamblea regional, compuesta a su vez por representantes de los afiliados de las localidades provistas de junta municipal.

En 1907 el PNV consiguió la alcaldía de Bilbao, logro político seguido de otras actuaciones organizativas de importancia: el partido contaba ya con la revista Euzkadi (1905-1915); para 1911 se formó Solidaridad de Obreros Vascos, SOV, un sindicato propio para encuadrar a la clase trabajadora, y se produjo la formalización de Juventud Vasca. En distintas partes de Vasconia se abrieron centros de reunión o batzokis como entidades de socialización de los afiliados y simpatizantes, y comenzó a difundirse el diario que conservó el nombre de la revista de este mismo nombre (1913-1936). El gran impulso organizativo aceleró la penetración en la sociedad.

A pesar de que el PNV iba camino de convertirse en la primera fuerza en Bizkaia, subsistía el problema de la definición táctica y estratégica, que no resolvió como hemos apuntado hasta la Segunda República, y aun entonces de manera parcial. Las divergencias internas de método y también de fondo obligaban a compatibilizar el respeto a la doctrina aranista originalmente independentista con la ineludible praxis autonomista, en principio de signo concertista. El posibilismo y la voluntad de expansión se puso de relieve en 1916 al adoptar el partido el nombre de Comunión Nacionalista Vasca. Utilizó como órgano oficial el preexistente diario Euzkadi, asumió el Manifiesto de 1906 y eludió hablar de separatismo. El rotundo éxito electoral del partido en 1917-1919, en las elecciones locales y a Cortes, permitió a Comunión el control del Ayuntamiento de Bilbao, de la Diputación de Bizkaia y de la representación en Cortes. Desde esta privilegiada posición el partido inició una política decidida de consecución de la autonomía promoviendo o apoyando distintas iniciativas.

En primer lugar mediante el impulso, junto con las demás diputaciones del Mensaje al Gobierno de 1917, al que antes nos hemos referido, de una iniciativa que movilizó al país y consiguió el respaldo de distintas fuerzas. La pérdida del texto en los archivos de Presidencia no priva de valor a la iniciativa. Y más adelante, el diputado Pedro Chalbaud formó parte de la subponencia vasca de la Comisión extraparlamentaria creada en 1919 por el conde de Romanones. Resultó también una empresa fallida, aunque aportó al nacionalismo vasco una nueva y útil experiencia de colaboración con otros partidos en la cuestión autonómica que aprovechó en el próximo periodo republicano.

El fiasco de las actuaciones conjuntas precedentes llevó a Comunión Nacionalista Vasca, que contaba en 1918 con siete diputados y tres senadores, a actuar en el Congreso por su cuenta. El 4 de noviembre los diputados Domingo de Epalza, Ramón de la Sota y Anacleto de Ortueta presentaron, probablemente con intención testimonial, una proposición de ley solicitando de las Cortes la derogación de la Ley de 25 de octubre de 1839 y la apertura de un proceso constituyente interior vasco. Los diputados de Comunión interpretaban dicha norma al modo aranista. La actuación estaba motivada por la coyuntura española y europea. En concreto, Woodrow Wilson había enunciado sus catorce puntos sobre el nuevo orden europeo en el mes de enero de 1918 y se acababa de firmar el Tratado de Versalles. La proposición de ley fue debatida el día 13 de diciembre. El portavoz Domingo de Epalza conocía, y así lo manifestó en la cámara, que la vía foral era compartida ampliamente en el país, pero en su intervención argumentó en términos de nacionalidad. Los vascos, que reunían todos los elementos que se exigen a una nacionalidad, se atienen ahora al principio de las nacionalidades por el que todo pueblo, grande o pequeño, tiene reconocido el derecho a regir su propia vida. El final de la Guerra Mundial había acelerado el proceso de toma de conciencia de su condición de pueblo. Puso de manifiesto que la cámara ya conocía el amor a la independencia de los vascos y la disposición multisecular de instituciones legislativas, tributarias y de exención militar. Por otra parte, Epalza se atuvo a la ortodoxia sabiniana: los Fueros no son concesiones reales o privilegios sino la Constitución tradicional de los territorios de Vasconia. A juicio de su grupo, lo que ahora procedía era recuperar el poder constituyente foral para utilizarlo en el desarrollo de la nacionalidad, siempre en un contexto del acuerdo con España. Recordó que la Ley de 25 de octubre fue fruto del cansancio y de la seducción de los habitantes del país y dejó al pueblo vasco al albur de la conveniencia política del Gobierno central. El sector de Vasconia por ellos representado aspiraba ahora a una forma de integración en España similar a la que se da entre los pueblos del Imperio británico.

El presidente del Consejo de Gobierno, conde de Romanones, expresó de manera contundente la oposición del Ejecutivo a que se tomara en consideración la iniciativa nacionalista, y se mostró convencido de que no iba a prosperar en la cámara si se llegaba a someterla a votación. No tenía sentido admitirla a trámite. Era algo muy evidente y los diputados nacionalistas retiraron la propuesta. Pese a ello, Romanones anunció que el Gobierno iba a estudiar de inmediato el problema de la «autonomía en su aspecto más genérico» y que iba a crear una Comisión extraparlamentaria para que llevara a cabo los trabajos preparatorios. Ya hemos dado cuenta más arriba del fracaso de la Comisión en lo que respecta a la solución del problema autonómico en Cataluña y en Vasconia.

La reacción antinacionalista sobrevino en 1919 en la tantas veces citada entente electoral entre la Liga de Acción Monárquica y el PSOE, que consiguió derrotar a Comunión por un diputado en las elecciones a la Diputación de Biz-kaia. La emergencia del bloque unitarista, el retroceso electoral, sumado al fracaso de la línea posibilista de Comunión, llevaron al aranismo a levantar cabeza a través de Juventud Vasca, con la publicación Aberri, y de Euskeldun Batzokija, que reclamaron la vuelta a un planteamiento independentista y no meramente autonomista. Expulsados del partido recrearon el Partido Nacionalista Vasco, PNV, también conocido como Aberri por su publicación, y siguiendo el ejemplo irlandés, se implicaron en el fomento de un dinámico asociacionismo como la organización de mujeres, grupos de montañeros, teatro, etcétera.

En lo que toca al nacionalismo vasco, la Dictadura de Primo de Rivera actuó de distinta manera con moderados y radicales, aunque impidió a todos los grupos la acción política explícita. Toleró a Comunión y a algunas de sus instituciones, como es el caso del Sindicato y de la prensa, así como a sus actividades de promoción cultural y deportiva: pero cerró los centros del PNV, reprimiendo a sus dirigentes. En la Transición de 1930 del general Berenguer el nacionalismo vasco resurgió con fuerza y se reorganizó, superando la división de una década entre Comunión y el PNV. El reencuentro se produjo en la asamblea de Bergara de 16 de noviembre de dicho año. El nuevo partido salido de la fusión no aportó novedades ideológicas y adoptó el nombre original tradicional, es decir, el de PNV.

Un sector liberal, aconfesional y proclive al entendimiento con la izquierda vasca y estatal, y disconforme con lo que consideraban obsolescencia doctrinal del nuevo partido, constituyó Acción Nacionalista Vasca. Pese a su condición de partido minoritario tuvo una notable influencia durante la Segunda República al ayudar a viabilizar el proceso estatutario, dado que, como interlocutor de la conjunción republicano-socialista, acreditó capacidad para facilitar la suma de fuerzas en el proceso estatutario. Y a la larga como modernizador del movimiento nacionalista vasco.

Distinto carácter tuvo el caso del sector Jagi-Jagi. El 17 de septiembre de 1932 apareció con esta cabecera el semanario de la Federación de Mendigoizales y se aplicó aquel nombre a un grupo minoritario independentista radical que enlazaba con algunos sectores de Juventud Vasca y aberrianos anteriores a la unificación de Bergara. Propugnaron concurrir a las elecciones generales de 1933 y 1936 formando un Frente Nacional que agrupara a las fuerzas políticas de obediencia vasca. Desde su consideración de guardianes de la ortodoxia sabiniana, y como partidarios de la independencia, rechazaron el autonomismo del Estatuto de 1936. Durante la guerra formaron dos batallones propios en Eusko Gudarostea.

El tronco principal del nacionalismo vasco, el nuevo y consolidado PNV, dedicó todos sus afanes durante la Segunda República a obtener del nuevo régimen un Estatuto de Autonomía para toda Vasconia. Tal como ha expuesto Idoia Estornés en su clarificadora obra sobre la emergencia de la nacionalidad política, en la primavera de 1931, y antes de la redacción de la Constitución, el PNV apoyó el texto estatutario del Estado Vasco-Navarro que elaboró Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos. Pero no fue afortunada la intervención del partido al acordar con la derecha la introducción en el texto de una cláusula que exigía un tiempo de residencia en el país para disponer de derechos electorales y otra enmienda que atribuía a la región estatutaria las relaciones directas con el Vaticano. Pese a la masiva aprobación por los ayuntamientos de las cuatro provincias de esta variante del Estatuto, llamado de Estella, ambas cláusulas suponían una dificultad casi infranqueable para su aceptación por las fuerzas de izquierda. El partido volvió de nuevo a apoyar otra versión conforme con la Constitución del Estado y que se elaboró en 1932 de común acuerdo entre el nacionalismo vasco y las Gestoras de la conjunción republicano-socialista que regían las cuatro provincias. Ahora la dificultad provino de la asamblea de ayuntamientos celebrada en Pamplona, en la que los municipios navarros no prestaron un respaldo suficiente al Estatuto conjunto. La defección navarra, dada la concepción autonómica del PNV, frenó en seco el proceso de una autonomía común. Plebiscitado positivamente por los habitantes de las otras tres provincias, fue bloqueado hasta 1936 por el Parlamento central. Para entonces había comenzado el entendimiento del PNV con la izquierda. El Frente Popular incluyó la aprobación del Estatuto en su programa electoral para las elecciones de febrero de este último año. En efecto, el tantas veces citado acuerdo entre Indalecio Prieto y José Antonio de Aguirre hizo posible que el Estatuto Vasco fuera dictaminado favorablemente por la Comisión de Estatutos de las Cortes republicanas, y más tarde, en octubre y en plena guerra civil, aprobado por el pleno de la cámara.

El fruto de tal norma fue la creación de un Gobierno Vasco alineado con la República. El Ejecutivo no solo se empeñó en la conducción de la guerra, sino que también adoptó medidas de gobierno que pueden considerarse de construcción nacional. En el Ejecutivo vasco del periodo bélico y en el posterior Gobierno Vasco en el exilio fue decisiva la figura del lehendakari Aguirre y de su partido.

Conviene destacar, por otra parte, la acción del partido en el impulso a la central sindical nacionalista Solidaridad de Trabajadores Vascos, así redenominada desde 1933 y que disputó la supremacía a la UGT. O la labor de afianzamiento de la cultura vasca en distintos campos, singularmente en el dominio lingüístico y en la creación de la Universidad Vasca. El PNV llegó a levantar durante la guerra hasta 28 batallones de combatientes, que integró en una organización militar propia, Euzko Gudarostea.

Durante el sexenio republicano, el PNV, hegemónico electoralmente en Biz-kaia y en Gipuzkoa, se fue situando, merced a la influencia de sus líderes, en planteamientos propios de la democracia cristiana que se había abierto paso en países como Bélgica. Se trataba más de una mentalidad y de unas actitudes que de una doctrina oficializada o de un programa definido por el partido

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Proyecto financiado por los fondos Next Generation EU en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno de España


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