Cargos y oficios
Sacerdote, historiador, profesor universitario.
Trayectoria
Nació en Bilbao, en la plazuela de San Nicolás. Su padre, Eliseo de Mañaricúa Beascoechea, era natural de la villa de Durango y desempeñaba el cargo de jefe de la estación del ferrocarril a Las Arenas. También era duranguesa su madre, Jesusa Nuere Garitanonandía. Tuvo una hermana, Pilar. Andrés, fiel al vínculo que le unía con la citada villa, se hizo enterrar en el cementerio municipal de Durango. Cursó el bachillerato elemental en el colegio de El Salvador de los Hermanos Maristas, en la Plaza Nueva, y lo completó en el Instituto. Siguió la rama de Letras. Obtuvo en 1930 el Premio Extraordinario en el examen de Estado, habido en Valladolid. El mismo año ingresó en el Seminario Diocesano de Logroño, en el que permaneció hasta el curso 1932-1933. En esta fecha pasó al Seminario de Vitoria-Gasteiz. En la capital alavesa fue testigo y partícipe como alumno del importante renacimiento cultural vasco que se vivía en el centro. En 1936 recibió la ordenación sacerdotal. Parece que durante la Segunda República, y siendo seminarista, cursó distintas asignaturas de la carrera de Derecho en las universidades de Oviedo y Valladolid.
Mañaricúa prosiguió la carrera sacerdotal en Roma, en la Universidad Gregoriana, a la que se incorporó en diciembre de dicho año de 1936, mientras ardía la Guerra Civil en España. Tres años más tarde defendió su tesis doctoral sobre el matrimonio de los esclavos, trabajo sobresaliente que publicó la Fundaçao Eugenio Pacelli, y mereció la medalla de oro de S. S. Pío XII a las tesis más meritorias. Vuelto a Vasconia se le encomendó la labor pastoral en los pueblos alaveses de Elosu y Legutio, un destino modesto solo explicable por arrastrar una imagen de vasquista, y ello a pesar de no habérsele conocido nunca compromiso partidario alguno. Al tiempo, y entre 1940 y 1944, impartió la asignatura de Humanidades en el Seminario Menor de Bergara. De vuelta a Bilbao llevó la capellanía de las Madres Mercedarias de Berriz que operaban en la calle Gardoqui.
En 1944 se hizo cargo de varias asignaturas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Deusto. Durante treinta y nueve años continuó ejerciendo la docencia en esta institución: explicó, entre otras asignaturas, Derecho romano, primero, e Historia del Derecho, después. En 1965 completó su acreditación académica al obtener el grado de doctor en Derecho secular en la Universidad Complutense con una tesis sobre el nombramiento de los obispos desde los orígenes hasta la Reforma Gregoriana. En la década de los sesenta fue un colaborador destacado de la revista Letras de Deusto, en la que aparecieron interesantes recensiones de obras de relieve. En 1972 impartió la enseñanza de la nueva disciplina Historia de Vizcaya, autorizada en un primer deshielo de la dictadura, mediante convenio entre la Diputación del Señorío y la Universidad de Deusto. Dos años más tarde un nuevo convenio entre ambas entidades permitió crear el Departamento de Estudios Vizcaínos, de cuya dirección se ocupó Mañaricúa, así como de la revista Estudios vizcaínos. Dedicó entonces sus desvelos a la creación de una biblioteca reuniendo los fondos de libros vascos existentes en la universidad y con nuevas adquisiciones. Se halla en el origen del Centro de Estudios Vascos que existe hoy en la Universidad de Deusto. Intervino también, y de manera decisiva, en la creación de la biblioteca del Seminario Diocesano de Derio, uno de los pilares del Instituto Labayru.
Su presencia se hizo notar en Eusko Ikaskuntza y Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Hay que recordar que todavía en los primeros años setenta la noción de pueblo vasco era un concepto sospechoso para las autoridades y estaban cerradas las vías de la investigación institucional de cuestiones relacionadas con el país. De ahí el valor de la iniciativa de José Luis Goti, Adrián Celaya y Andrés de Mañaricúa de promover las Semanas de Antropología, en las que este último participó además como ponente. El paso que dieron, que entonces pareció audaz, facilitó la emergencia del ya mencionado Departamento de Estudios Vizcaínos y la creación en los años setenta en la Universidad de Deusto de las cátedras de Derecho Foral, Historia del País Vasco y de Lingüística Vasca.
Con la Transición llegaron los nombramientos y la responsabilidad en distintas instituciones. En 1985, la Diputación Foral lo nombró Bizkaiko Seme Bikaina, y el mismo año recibió de Eusko Ikaskuntza el Premio Manuel Lekuona.
Hay una nota a destacar en la biografía en relación con la dedicación a la investigación histórica. El ministerio sacerdotal fue la preocupación primordial de su existencia y repercutió notablemente en el tiempo empleado en sus trabajos heurísticos. Privado de encomiendas pastorales oficiales, Mañaricúa participó de manera destacada en Fraternidad Cristiana, una asociación de empresarios y profesionales liberales, creada en 1958 y que sobrevivió hasta el momento de su muerte en 1988. Llegaron a integrarse en la asociación hasta 150 miembros. Aportaban el 10 % de sus ingresos para ayudar a las familias necesitadas y en otras obras sociales.
De su paso por la docencia ha quedado un texto de la Historia del Derecho privado, penal y procesal, Universidad Comercial de Deusto, que impartió en el curso 1953-1954, así como sus Apuntes de clase de Historia del Derecho, del curso 1970-1971, un manual de mucho interés. Ambos textos fueron publicados mucho después de su muerte, en 2011 y 2021, respectivamente. El último manual citado seguía la orientación histórica que relaciona las instituciones jurídicas con la economía, las clases sociales y la cultura. Mañaricúa concebía la Historia del Derecho como una rama de la historia general y para el mejor conocimiento de esta.
En lo que concierne al trabajo propiamente historiográfico, cabe anotar que Mañaricúa, como acontece con tantos otros cultivadores del Derecho y las instituciones del pasado, no había cursado estudios facultativos de Historiografía general, aunque ya en Vitoria-Gasteiz conoció a notables historiadores eclesiásticos y, sobre todo, estuvieron presentes los contactos en la Universidad Gregoriana de Roma. Ahora bien, tal y como puso de relieve su discípula María Ángeles Larrea, causaba impresión su conocimiento de las fuentes y su manejo crítico, así como el carácter modélico de la descripción y valoración de ellas. Supo sacar partido de los ásperos textos medievales, y, en la búsqueda de la mejor interpretación posible, mostró siempre una capacidad de contextualización poco habitual.
Concretaremos las líneas de trabajo investigador en cuatro campos, dejando de lado la valiosa tesis doctoral romana. Nos referimos a la cristianización del País Vasco y a la primera organización eclesiástica de Vasconia occidental, al problema del nombramiento de obispos en España como índice expresivo de la naturaleza de las relaciones entre la Iglesia y el poder civil. A lo largo de su vida llamó su atención de investigador el origen del Señorío de Bizkaia y su historiografía que, aun siendo primordialmente vizcaína, supera este ámbito territorial.
Tiene un valor explicativo de la trayectoria de Mañaricúa un texto que redactó en 1935, siendo todavía seminarista en Vitoria-Gasteiz, en el Homenaje a Eduardo Escarzaga, el admirado rector del centro que hubo de exiliarse durante la Guerra Civil. Lo intituló Democracia Vasca, y mostraba el aprecio por los valores cívicos del Derecho del país y por sus instituciones públicas y privadas. Destacó que el ordenamiento se atenía al respeto a la persona, inusual en el Antiguo Régimen, y en el principio de la participación popular en la vida pública en todos sus niveles.
En lo que toca a la tesis doctoral elaborada en Roma sobre el matrimonio de los esclavos, vamos a recoger de manera literal la opinión del gran romanista Juan Churruca. A su juicio, Mañaricúa trató de «un problema de extraordinario interés y gravedad. En un análisis exhaustivo de las fuentes primarias (jurídicas, literarias, epigráficas, patrísticas y conciliares), con atención constante a las secundarias, examina la actitud del cristianismo ante el problema ético y jurídico planteado por la unión de esclavo y esclava en el mundo romano […] un modelo de investigación científica, de gran rigor metódico y sagacidad histórica, perfectamente libre de prejuicios apologéticos o hipercríticos». Otros destacados romanistas fueron del mismo parecer en sus recensiones de la tesis publicada en 1940.
Era natural que Mañaricúa, por su condición sacerdotal, fuera sensible a la cuestión de la recepción del cristianismo en el País Vasco, teniendo en cuenta el profundo impacto que produjo la nueva religión en la evolución de los pueblos europeos. También aquí, como en otros lugares, y hasta bien entrado el siglo XIX, la presencia del cristianismo había sido objeto de leyendas, así la existencia entre los vascos de un monoteísmo primitivo, precristiano, creencia muy estimada en el país en la Edad Moderna. A partir de la última centuria citada sobrevino una reacción en contrario que llevó a historiadores serios a retrasar la cristianización de Vasconia hasta el primer Medievo, incluso hasta el siglo XI o más adelante, como es el caso del jesuita vallisoletano García Villada (1929) en su discurso de entrada en la Real Academia de la Historia, que reunió argumentos variados apoyándose incluso en lo dicho por Aymeric Picaud en el siglo XIII. Mañaricúa se enfrentó pronto a la tesis del retraso, convertida en doctrina asentada y no discutida. De entrada, no era tarea fácil pues la sostuvieron Orlandis (1957), Lacarra (1957), González Echegaray (1969), Barbero y Vigil (1974) y Martínez Díez (1974). A juicio del historiador vizcaíno era preciso desnudarse de prejuicios. En ese propósito inspiró los trabajos publicados en 1967, 1972 y 1978. Todos ellos fueron recogidos en una publicación de conjunto aparecida en 2013.
Examinó Mañaricúa con detenimiento los pocos testimonios contrarios a la cristianización temprana de Vasconia que había legado la Historia. Procedían generalmente de autores enemigos del país. Concluyó que las crónicas y autores visigóticos hablaron siempre de los vascones rebeldes, incluso feroces, pero nunca de que fueran paganos. Estaba, por otra parte, la anécdota recogida en la obra Vita Amandi, un santo de la época merovingia, que pondría de relieve que los vascos o una parte de ellos continuarían siendo paganos en esa época. La Vita Amandi constituyó la fuente fundamental que utilizaron los autores españoles antes mencionados. Sin embargo, los mejores especialistas han cuestionado el valor histórico de la biografía del santo. A la misma crítica minuciosa sometió la Carta de Tejón, obispo de Zaragoza, en la que da cuenta de la invasión del Valle del Ebro por el noble Froya, en rebelión en 653 contra Recesvinto. Relata el obispo que Froya fue acompañado en la incursión por los vascones, y que estos tuvieron un comportamiento beligerante respecto de la Iglesia establecida y de la población cristiana.
Para Mañaricúa, los datos favorables a la cristianización temprana son pocos y espaciados en el tiempo, pero suficientes para hacer tambalear al constructo negativo precedente. No aceptó el historiador vizcaíno el principio de la correlación necesaria entre romanización y cristianización. No se dio en otras partes y probablemente tampoco en Vasconia, porque cabe que un área del país fuera evangelizada y otra no. Además, destacó el hecho de que la cristianización avanzó de ciudad en ciudad, lo que debió permitir que las zonas del país de densa municipalización fueran accesibles a la propagación de la nueva religión, en tanto que el territorium de las coloniae o municipia, compuesto de aldeas —pagi— se cerrara a las novedades. En la propagación del cristianismo debieron ser decisivas las grandes vías de comunicación que conectaban las ciudades. Así, las vías romanas Tarragona-Pamplona-Easo que enlazaba diversos municipios vascones, o la de Toulouse-Oloron-Jaca- Huesca, o la importantísima vía Burdeos-Astorga, que pasaba por Pamplona e Iruña/Veleia y que utilizaron en el Medievo los peregrinos a Santiago, o incluso la vía costera. Vasconia era lugar de paso, no una región incomunicada. Pues bien, en el siglo III había cristianos en Zaragoza, a principios del IV en Calahorra y en la centuria siguiente La Rioja está ampliamente influenciada. Es cierto, sin embargo, que en el país la arqueología no aporta restos propiamente cristianos.
Mañaricúa prestó mucha atención a un testimonio del siglo V referente a la cristianización de la Vasconia del Sur. Prudencio afirmó en el himno a San Emeterio y Celedonio recogido en su Peristefanon de comienzos del siglo V que la paganía de los vascones era cosa del pasado. Y por lo que se refiere a la Vasconia continental, las doce ciudades de la provincia Novem Populi, fundamentalmente vasca durante el Imperio, contaron de manera continua con obispos a partir del siglo VI. Posiblemente también Bayona. El hecho denota una Iglesia plenamente establecida. En ese sentido, debieron ser centros de irradiación esta última diócesis y sobre todo Calahorra y Pamplona, ciudad esta que dispuso de obispos en época visigótica. Para Mañaricúa, no se sabe cuándo terminó el paganismo en Vasconia, pero, en todo caso, bastante antes del siglo XI.
En relación con la cristianización y la organización de la Iglesia primitiva en la Vasconia occidental se ocupó en distintos momentos —1951, 1963 y 1981— al origen y la delimitación de las diócesis (Valpuesta, Armentia…). El interés de estos estudios sobrepasa ampliamente el campo de la historia eclesiástica.
Al margen de esta línea general que concierne a la cristianización o a los primeros tiempos de organización de la Iglesia, hemos de mencionar su obra Santa María de Begoña en la historia espiritual de Vizcaya, publicada en primorosa edición en 1950. Investigó en ella el régimen monasterial vizcaíno, la vida y la cultura religiosas a lo largo de los siglos y el gran tema de los patronos laicos, una cuestión que no ha alcanzado todavía el grado de conocimiento que por su importancia le corresponde. Años más tarde, en 1966, recordará que la «nota esencial del monasterio vizcaíno medieval no es precisamente ser parroquia de anteiglesia sino haber sido iglesia propia y serlo de patronato».
En la órbita de los estudios eclesiales hay que situar la preocupación de Mañaricúa por una relación entre la Iglesia y el Estado basada en la autonomía de aquella. Un sector importante de la Iglesia vasca rechazaba en la época franquista la supeditación de la jerarquía eclesiástica respecto del poder civil. Fue esta la razón de ser de otra línea de investigación fundada precisamente en la inquietud por el modo de nombramiento de los obispos, sin olvidar el doloroso desmembramiento de la diócesis de Vitoria por razones políticas. En 1965 presentó en la Universidad Complutense de Madrid la tesis doctoral, ahora en Derecho secular, sobre El nombramiento de obispos hasta la Reforma Gregoriana. El acuerdo de 1941 entre la Santa Sede y el Gobierno de Franco estableció un sistema de consultas previas para el nombramiento de obispos, método que se trasladó sustancialmente al art. 7 del Concordato de 1953. La actitud romana cambió tras la celebración del Concilio Vaticano II, y tuvo un eco singular en el País Vasco, en donde, en octubre de 1963 unos 300 sacerdotes dirigieron una carta al Concilio denunciando el derecho de presentación legitimado por el citado Concordato. Con ánimo de mostrar que tal derecho carecía de anclaje en el ordenamiento histórico español, Mañaricúa, que ya estudió la cuestión en 1955, la hizo objeto de su tesis doctoral. Troceada en tres artículos, fue publicada en Estudios de Deusto y en Scriptorium Victoriense el año siguiente a la defensa.
El estado político del Señorío de Bizkaia en el periodo oscuro que va desde la etapa visigótica al siglo XI fue un campo preferente de cultivo para Mañaricúa. A partir de la última centuria citada las dudas se despejan al registrarse documentalmente una secuencia de señores del territorio. Pues bien, en la visión de los vizcaínos de la Edad Moderna, Bizkaia se mantuvo en esa época en un estado de independencia constante, pero la cuestión dejó de ser pacífica a partir de 1806. El canónigo riojano Juan Antonio Llorente intentó probar en sus Noticias históricas que la comunidad vizcaína estuvo sujeta a la autoridad de los reyes de Asturias y León. Con esta obra dio comienzo una formidable polémica historiográfica que no ha concluido todavía.
La piedra angular del debate sobre la independencia política del Señorío en la Alta Edad Media se halla en un pequeño texto cronístico que para los vizcaínos confirmó el artículo de fe independentista en tanto que para Llorente y su escuela probaba la dependencia del poder astur-leonés. El párrafo en cuestión es este: «Alabanque, Bizcaj, Alaone et Urdunia, a suis reperitur semper esse possessas. Sicut Pampilonia, Degius atque Berroza». Figura en la Crónica de Alfonso III, de en torno al año 900, aunque puede proceder de una crónica anterior. Describe las ciudades y comarcas que Alfonso I (739-757) conquistó en sus campañas y lo que no hubo lugar por estar poseídas por sus habitantes. Con este y otros textos, Mañaricúa construyó su reputada obra Vizcaya, siglos VIII al XI: los orígenes del Señorío (1984).
En lo que toca a la Antigüedad tardía y al Alto Medievo, Mañaricúa constató que en ese largo periodo desapareció la pluralidad de denominaciones étnicas de los pueblos del área que tuvieron vigencia en la etapa romana (vascones, várdulos, karistios, autrigones). Fue sustituida por el nombre único y común de vascones, reservado antes a los navarros. Tras examinar minuciosamente las elucubraciones de los eruditos contemporáneos, sobre todo foráneos, considera que la expansión del nombre no supuso la vasconización lingüística, sino probablemente influencia política y militar. En lo que respecta a la teoría de que los vascones occidentales —vizcaínos, alaveses— estuvieron sometidos a los reyes de Asturias y León hizo notar que no está confirmada en la cronística, ni le sirve el famoso texto tardío de Pedro López de Ayala sobre la actuación de los hidalgos vascos en las Cortes de Guadalajara de 1390. Destacó el hecho conocido de que las crónicas asturianas estaban imbuidas de mentalidad neogoticista, y de su paralelismo con los textos visigóticos que dieron cuenta de las luchas que sostuvieron los monarcas toledanos contra los vascones. En cuanto a los documentos altomedievales en los que se pretende fundamentar la dependencia astur-leonesa, Mañaricúa constató que se sitúan, con una sola excepción, al oeste del río Bayas.
Examinó de manera prolija tres episodios de distinta naturaleza que tuvieron un gran eco en la historiografía vizcaína medieval y moderna. El historiador de Deusto dejó en suspenso el juicio sobre la existencia de la batalla de Arrigorriaga, basada en una tradición oral del país de la que se hicieron eco de distinta manera el conde Barcelos y Lope García de Salazar. Coincidieron ambos en la descripción de un enfrentamiento de los vizcaínos con el rey de León que se halla en el origen de la dinastía señorial y del pacto señor-comunidad que caracteriza al régimen vizcaíno. Dedica mayor atención a la mención en el Códice Rotense o de Meyá, a un Momo comes biscayensis. Se trataría de un alto oficial casado con la princesa navarra Belasquita, un episodio más de la política matrimonial de Sancho Garcés (905-925) y de su mujer doña Toda que lograron emparejar a sus hijas con reyes o altos personajes. La importancia de la mención de este comes biscayensis provendría de retrotraer al siglo X la existencia de Bizkaia con una significación política. Por último, considera una fantasía la referencia a Lope el Vizcaíno, un conde que tomó parte en la batalla de Hacinas acaecida hacía trescientos años. Está contenida en una estrofa del poema de Fernán González de mediados del siglo XIII. De ella se hicieron eco los textos posteriores que dependen del poema, como es el caso de la Primera Crónica General de España y de amplificaciones literarias posteriores dirigidas a ensalzar la figura de Fernán González; sin embargo, las crónicas leonesas y castellanas de la época guardaron completo silencio sobre el tal Lope el Vizcaíno. De los tres textos mencionados basados en la tradición oral, cronística y literaria, poco se puede asegurar sobre Bizkaia. Mañaricúa se abstuvo por ello de un pronunciamiento.
La pertenencia del Señorío al Condado de Álava era indubitable para Balparda, Pérez de Urbel y Martínez Díez. Es otra de las grandes cuestiones sobre el ser de Bizkaia en el Alto Medievo. Tras un exhaustivo examen diplomático, Mañaricúa concluyó que no consta la integración de Bizkaia en Álava. Un estudio similar le lleva a concluir que Eneco Lupiz, el primer conde que se menciona en el siglo XI, y que se halla ampliamente documentado, tenía origen navarro —y no castellano-leonés como habían postulado muchos autores— y ejercía la autoridad condal en nombre de los monarcas del reino pirenaico. Dedicó especial atención a estudiar la escritura duranguesa de 1051 por cuanto que de ella Llorente y otros extrajeron consecuencias erróneas sobre el origen del Fuero de Bizkaia.
La obra que ha hecho posible un reconocimiento mayor de Mañaricúa entre los afectos a la musa Clío es su Historiografía de Vizcaya (desde Lope García de Salazar hasta Labayru). Inicialmente fue concebida como una Introducción a la reimpresión facsímil de la monumental Historia General del Señorío de Bizcaya, de Estanislao J. de Labayru. Constaba esta última obra de seis volúmenes que aparecieron entre 1895 y 1903. Aconsejado por Mañaricúa, el responsable de la Editorial La Gran Enciclopedia Vasca, Martín de Retana, decidió añadir distintos epílogos que completaran la obra. Necesitaron de dos nuevos tomos, el VII y el VIII. El cambio de plan de introducción a epílogo afectó al proyecto de Mañaricúa, de modo que en unos tres o cuatro años transformó el prólogo inicial en una monografía autónoma que la misma editorial citada publicó en 1971. Tres años más tarde apareció una segunda edición fotográfica de la anterior, con la adición de correcciones. Transcurrieron casi cuatro décadas hasta que, en 2012, y en la Universidad de Deusto, Rafael Mieza y María del Carmen Santamaría llevaron a cabo una tercera edición, corregida y con numerosas adiciones. Utilizaron las fichas manuscritas que el sacerdote vizcaíno había continuado elaborando. Contenían las anotaciones y referencias obtenidas de sus lecturas.
La impartición en la universidad en los años sesenta de la asignatura de Historia de Bizkaia le permitió ir formando el corpus de temas que integraron su Historiografía. Dedicó la primera parte a examinar la presencia de Bizkaia en las principales crónicas medievales, sobre todo castellanas, donde halló escasa información respecto del territorio y los primeros señores. Hay que llegar al Bajo Medievo para extraer datos de gran valor sobre el Señorío en la crónica de Pedro López de Ayala. Por otra parte, el Medievo concluyó con los relatos de Lope García de Salazar en sus Bienandanzas e fortunas. Se trataba de sucesos que le tocó vivir o conocía por tradición oral.
Mañaricúa dedicó la segunda parte a los cronistas de Bizkaia del siglo XVI, cuyos textos se hallan en su mayoría perdidos o solo conservados en parte. Sin embargo, ponderó la importancia de Coscojales, dada la copiosa documentación que reúnen sus cinco volúmenes incompletos de los siete que componían las Antigüedades de Vizcaya. También la Crónica de los Señores que fueron alcaldes y otras relaciones con la lista de los cabezas de Bizkaia.
Es habitual que las sociedades políticamente desarrolladas generen mitos y explicaciones fantásticas sobre sus orígenes. Bizkaia lo era a la entrada de la Edad Moderna. Mañaricúa siguió la pista de los motivos legendarios que alimentaron los sentimientos y la autoestima de los vizcaínos de los siglos XVI al XVIII, incluso del XIX: el cantabrismo, el monoteísmo primitivo y la evangelización, en lo que afecta al mundo primitivo, y la batalla de Arrigorriaga y los primeros señores en cuanto al primer Medievo. Aportó, por otra parte, un valioso estudio de El Búho Gallego y el Tordo vizcaíno, dos textos que manifiestan el espíritu de emulación de los habitantes del Señorío y la percepción que de ellos se tiene en la Monarquía. Se ocupa también de los genealogistas del siglo XVII.
Incluyó en una tercera parte a tres grandes figuras del siglo XVIII, aunque uno de ellos, el P. Gabriel de Henao, pertenezca al último tercio de la centuria. Su extensa obra, Averiguaciones de Cantabria, de corte moderno, «marcó honda huella en los historiadores vascos que le siguieron hasta tiempos recientes». Dedicó especial atención al Escudo de la más constante fe y lealtad de Pedro de Fontecha y Salazar. La obra sistematizó por primera vez los temas que constituyen el corpus de la ideología foral y fue asumida en cierto modo de manera oficial. El profesor Jon Arrieta ha estudiado en profundidad la vida y obra de Fontecha. Cierra esta tercera parte con el estudio de la figura señera de Iturriza, autor altamente estimado por Mañaricúa. La Historia general de Vizcaya del historiador durangués destacó por la cuantiosa y variada documentación recogida, generalmente inédita. Iturriza la incluyó en el cuerpo de la obra y en apéndices.
La cuarta parte se ocupa de la producción historiográfica que suscitó la polémica foral. La Monarquía borbónica al final del siglo XVIII y primeras décadas del XIX necesitaba un instrumento ideológico para legitimar su voluntad de suprimir las instituciones forales. Dado que los vascos invocaban en su favor títulos históricos, Manuel de Godoy, el favorito de Carlos IV, promovió la aparición de hasta 11 volúmenes agrupados en tres obras aparecidas en 1802, 1806-1808 y 1829-1830. Mañaricúa se ocupó en extenso del Diccionario geográficohistórico, de la Academia de la Historia, de las Noticias Históricas, de Juan Antonio Llorente y de la Colección de cédulas de Tomás González. Todas ellas encaminadas a mostrar que las instituciones vascas no eran de Derecho propio, sino concesiones reales unilaterales y, por tanto, derogables a voluntad de los soberanos.
La conciencia del efecto deletéreo de estas obras produjo la inmediata reacción autóctona, obstaculizada por la censura real. La llevaron a cabo personas como Aranguren y Sobrado, Zamácola y Novia de Salcedo. Los dos primeros agentes del Señorío en Corte, que se implicaron por razones de patriotismo en la batalla por explicar y justificar con argumentos históricos la tenencia de un régimen político propio. El tercero ocupó el cargo de diputado general pero la censura oficial impidió la publicación de su libro. El grado de atención que presta Mañaricúa a la producción posterior a Novia de Salcedo es muy inferior: agrupa las obras en historias generales de Vasconia, sobre el Señorío, y particulares, ya sean locales, de acontecimientos determinados y biográficos. Comprende incluso la historiografía correspondiente a los tres cuartos del siglo XX.
La Historiografía de Mañaricúa es una obra elaborada a conciencia, provista de un sólido aparato de más de dos mil notas, amplias muchas de ellas y cuajadas de referencias. Constituye una guía segura para conocer la evolución en Bizkaia y en Vasconia de la historiografía general y la propia del país. De hecho, ha sido aprovechada en libros y tesis variadas, a veces con pocos escrúpulos en cuanto al reconocimiento de deudas.
Obras
«Democracia Vasca», Homenaje a don Eduardo Escarzaga, Vitoria: Montepío Diocesano, 1935, pp. 191-220.
El matrimonio de los esclavos. Estudio histórico jurídico hasta la fijación de la disciplina en el Derecho canónico, Romae: Apud Aedes Universitatis Gregorianae, 1940.
«Al margen del himno I del poeta Prudencio», Berceo, 3 (1948), pp. 498-513.
«La obligatoriedad de la ley penal en Alfonso de Castro», Revista Española de Derecho Canónico, 4 (1949), pp. 35-64.
Santa María de Begoña en la historia espiritual de Vizcaya, Bilbao: Editorial Vizcaína, 1950.
«Las nuevas diócesis de Bilbao y San Sebastián y sus antecedentes históricos», Revista Española de Derecho Canónico, 6 (1951), pp. 79-128. Ed. aumentada con un apéndice documental: Salamanca: CSIC, Instituto San Raimundo de Peñafort, 1951.
Las Ordenanzas de Bilbao de 1593. Estudio preliminar y texto, Bilbao: Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento de Bilbao, 1954. Reed. facs. con un prólogo de Adrián Celaya Ibarra, Bilbao: Academia Vasca de Derecho, 2011.
«El nombramiento de obispos. Introducción y comentario del artículo séptimo del Concordato Español», Estudios de Deusto, 3 (1955), pp. 327-372.
Obispados de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya hasta fines del siglo XI, Vitoria: Eset, 1963; e incluido en Obispados en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya hasta la erección de la Diócesis de Vitoria, Vitoria: Eset, 1964, pp. 1-183.
«El nombramiento de obispos en la España visigótica y musulmana», Scriptorium Victoriense, 13 (1966), pp. 87-114.
«Provisión de obispados en la Alta Media española», Estudios de Deusto, 14 (1966), pp. 61-92.
«Vasconum gentilitas en Prudencio: Per. 1, 94», Estudios de Deusto, 15 (1967), pp. 255-270.
Historiografía de Vizcaya (Desde Lope García de Salazar a Labayru). Epílogo a E. Labayru, Historia General del Señorío de Bizcaya, Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1971. Contiene además un importante apéndice documental con las siguientes obras: Crónica de los ilustres Señores de Vizcaya, alcaldes que fueron de las apelaciones en Castilla. Tiene edición aparte con prólogo y notas. Lorenzo de Padilla. Crónicas de la Casa de Vizcaya. Tiene edición aparte con prólogo y notas. El tordo vizcaíno. Incluido en Polémica sobre Vizcaya en el siglo XVII. Rafael de Floranes. Discurso histórico y legal. Correspondencia epistolar entre Carmelo de Echegaray y la familia Labayru. Incluida en Carmelo de Echegaray y la Historia de Bizcaya. 2.ª ed., corregida y con numerosas adiciones, Bilbao: Biblioteca de La Gran Enciclopedia Vasca, 1973. 3.ª ed. corregida y con numerosas adiciones, Bilbao: Universidad de Deusto, 2012. Fue preparada por Rafael María Mieza y María del Carmen Santa María.
«Los vascos vistos en dos momentos de su historia», I Semana Internacional de Antropología Vasca, Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1971, pp. 261-304.
«La inscripción de Sempronia (Morga)», Estudios Vizcaínos, 3 (1972), pp. 51-74.
«Fuentes literarias de época romana acerca del Pueblo Vasco», Estudios de Deusto, 20 (1972), pp. 221-239. Reed. II Semana Internacional de Antropología Vasca, Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1973, pp. 273-291.
«Momo, Conde de Vizcaya. A propósito de un texto del Códice Rotense», Estudios Vizcaínos, 3 (1972), pp. 249-301.
«Orígenes del Señorío de Vizcaya», Edad Media y Señoríos. El Señorío de Vizcaya, Bilbao: Diputación de Vizcaya, 1972, pp. 13-24.
«Fernando V jura los Fueros de Vizcaya (Conferencia pronunciada el 23 de octubre de 1976 en la Casa de Juntas de Guernica) con motivo del quinto centenario del memorable juramento», Gaiak. Revista de Ciencia y Cultura, 1 (1976), pp. 175-183.
Álava, Guipúzcoa y Vizcaya a la luz de su historia, Durango: Leopoldo Zugaza, 1977.
«La cristianización del País Vasco», Historia del Pueblo Vasco, vol. I, San Sebastián: Erein, 1978, pp. 51-72.
«Estudios históricos en el País Vasco», SOCIEDAD DE ESTUDIOS VASCOS, Asamblea General, 17-IX-78. Estado actual de los estudios vascos [San Sebastián]: Eusko Ikaskuntza, 1979, pp. 133-140.
«Introducción del Cristianismo en el País Vasco», I Semana de Estudios de Historia Eclesiástica del País Vasco, Vitoria: Caja Provincial de Álava, 1981, pp. 25-41.
«Geografía eclesiástica del País Vasco peninsular (s. III-XI)», Semana de Estudios de Historia Eclesiástica del País Vasco, Vitoria: Caja Provincial de Álava, 1981, pp. 231-235.
Vizcaya, siglos VIII al XI. Los orígenes del Señorío, Bilbao: Caja de Ahorros Vizcaína, 1984.
«Historia del Derecho privado, penal y procesal», ELegal History Review, 12 (2011). Ed. en línea: https://www.iustel.com/v2/revistas/detalle_revista.asp?id_noticia=410566&d=17 (consultado el 10 de octubre de 2022).
Estudios acerca de la cristianización del País Vasco, Bilbao: Instituto Labayru Ikastegia, 2013.
Con PÉREZ–PRENDES, J. M., Apuntes de clase de Historia del Derecho (ICADE, curso 1970-1971), ed. a cargo de Javier García Martín, Donostia: Iura Vasconiae, Fundación para el estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia, 2021.
Bibliografía
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