Cargos y oficios
Historiador y sacerdote
Trayectoria
Con once años entró en el seminario y estudió tres cursos de latín, otros tres de filosofía y siete de teología. Fue ordenado sacerdote el 16 de marzo de 1907. Su primer destino cural fue el de la parroquia de Urarte en 1907; al año siguiente pasó a la parroquia de Egilaz y en 1911 fue nombrado ecónomo de la iglesia de Santa María de Salvatierra, pasando en 1915 a ser párroco y arcipreste de Artziniega. En 1918 fue destinado a la parroquia de San Vicente de Gasteiz, simultaneando este cargo con el de profesor del seminario de esta ciudad. Fue nombrado párroco de Santa María de Amurrio y arcipreste de Aiala el día 1 de noviembre de 1921 y permaneció en el cargo hasta el 25 de junio de 1937, es decir dieciséis años, en los que se convirtió en un amurriano más. Tras la guerra, después de pasar por la cárcel, fue destinado en 1939 a Durruma/San Román de San Millán y posteriormente, en 1944, a la parroquia de Albeiz/Albéniz, cerca de su pueblo natal, Araia, y finalmente en 1952 fue adscrito a la parroquia de San Juan de Salvatierra, lugar en el que murió con setenta y seis años.
Políticamente simpatizaba con el nacionalismo vasco y, aunque se cuidaba de no exponer sus opiniones en público, era notoria en Amurrio esta tendencia y sus inmejorables relaciones con las familias nacionalistas del pueblo, singularmente con el médico, José Garro Basterrechea, natural de Mundaka y asiduo al Batzoki. De hecho, cuando las tropas franquistas entraron en Amurrio el 20 de junio de 1937, ambos, médico y cura, fueron detenidos a la vez. Garro estuvo dos años en la cárcel y Madinabeitia un poco menos, siendo liberado el 10 de marzo de 1939. Fue una experiencia muy traumática para el sacerdote, que no volvió a pisar Amurrio salvo en una ocasión, la de la misa nueva de un hijo de su amigo médico: Jesús Garro.
Tuvo varias razones Madinabeitia para escribir su obra sobre la historia de Amurrio. Una de ellas era la de que, según cuenta él mismo, varios feligreses acudían a él en demanda de información histórica sobre el pueblo, sabedores que consultaba con frecuencia los archivos y era depositario de no poca información al respecto. La otra fue la de seguir las indicaciones de la propia Iglesia, siguiendo las normas de la Nunciatura dadas en 1914, por las que se encarecía a los sacerdotes a dedicar parte de su tiempo a estudiar la historia y el patrimonio de sus parroquias y a trasladar la información a sus obispos «contribuyendo al incremento de la cultura nacional».
Además del trabajo de archivo, Madinabeitia contó con colaboradores para la recogida de información y para el tratamiento de la misma: Luis de Altonaga, que había publicado el año anterior una Monografía histórico-descriptiva de la Villa de Amurrio (Vitoria, 1931); Manuel de Lekuona para el apartado de toponimia; el capuchino José Luis de Azcoitia, para las ilustraciones; Pedro Luis de Bengoechea para la heráldica; Mateo de Saratxaga para recopilación documental y el benedictino fray Justo Pérez de Urbel para la redacción. De hecho, tras recoger los materiales junto con Altonaga y Saratxaga, los pusieron en manos de fray Justo para que hiciera la redacción final, pero el resultado no gustó nada a Madinabeitia, pues, «con su estilo literato florido», le pareció el texto rimbombante y no divulgativo y él «quería ofrecer al pueblo algo sencillo, de lenguaje llano, con todo el rigor histórico», no «una novela romántica». Así que se decidió a escribir él el libro. El prólogo lo escribió Mateo Múgica Urrestarazu, obispo a la sazón de Vitoria, que había sido profesor suyo en el seminario y le tenía por uno de sus discípulos más brillantes.
Después de la guerra siguió con su costumbre de investigar asuntos arqueológicos o históricos de las poblaciones a las que iba destinado. Su buen ojo historiográfico le permitió ubicar correctamente la población de Alba, que anteriormente se había pretendido situar en Albeiz/Albéniz, Alday o Albizu y que él, en 1943, puso en su sitio, al norte de Durruma/San Román de San Millán, localidad de la que era párroco a la sazón. Igualmente, en 1944 dató y estableció correctamente la autoría del retablo de Albéniz, a donde había sido trasladado.
Obras
Sermón predicado en la iglesia de San Juan Bautista de Laguardia, con ocasión de las tradicionales fiestas que el pueblo celebra en honor de su patrono San Juan Bautista, el día 24 de junio, por el presbítero…, Logroño: Libª. Moderna, 1921.
El libro de Amurrio, Bilbao: E. Verdes-Achirica, 1932 (2.ª ed. Vitoria: Dip. Foral, 1979).
«Historia alavesa: la Cofradía de Nobles Hijosdalgo de San Pedro de Lezea de Ylarduya y su Comarca», Yakintza, II (1934), pp. 225-231.
«Notas alavesas: la vía romana número 34», Estíbaliz, Vitoria, 1942, II, 1943, pp. 88-89, 108-109 y 119-121.
«Retablos parroquiales en Álava», Estíbaliz, 1944, pp. 22-23.
«Historia alavesa. Un pleito en el siglo xviii», BRSBAP, 1948, pp. 149-164. Id. (conclusión), 1948, pp. 521-528.
«Realengos y cofrades (Un aspecto interesante de la historia de Álava)», BRSBAP, 1949, pp. 465-489.
Bibliografía
Badiola Ariztimuño, A., La represión franquista en el País Vasco. Cárceles, campos de concentración y batallones de trabajadores en el comienzo de la posguerra, Tesis doctoral, UNED, 2015. Ed. en línea: http://e-spacio.uned.es/fez/view/tesisuned:GeoHis-Abadiola.
Ibisate Longares, A., «San Sancho. Un santo… alavés (aunque no de Alba). Una imagen. Un descuido», Sancho el Sabio, núm. 28 (2008), pp. 201-212.
Núñez Uribe, F., Amurrianos ilustres, Amurrio: Ayuntamiento de Amurrio, 1997, pp. 127-138.





