Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores navarros

IRIBAS SÁNCHEZ, Gregorio (Estella, Navarra, 9 de mayo de 1854 – Tudela, Navarra, 5 de mayo de 1915).

Cargos y oficios

Abogado, escritor y rentista

Trayectoria

Miembro de una familia de cinco hermanos, pasó muy joven a Tudela, en 1860, con su tío Salustiano Sánchez y Mateo, abogado, al que dedicó su tesis doctoral en 1873. Ya desde niño destacó en los estudios, como atestigua la revista El Amante de la Infancia, impulsada por el pedagogo estellés Dionisio Ibarlucea, que recogía en 1866 el acierto en varios concursos del joven vecino de la capital de la Ribera. En 1871 fue a estudiar Derecho a la Universidad Central, en Madrid, y un año después trasladó expediente a la de Zaragoza. Licenciado en Derecho civil y canónico y doctor en Derecho en 1873, obtuvo en año y medio el título de Filosofía y Letras. En 1875 llegó a impartir algunas clases en materias de su última licenciatura y destacó como orador en la Academia de Jurisprudencia. En esos momentos finales de la última guerra carlista optó por desarrollar su labor como abogado en su ciudad de adopción, Tudela, donde muy pronto fue elegido decano del Colegio de Abogados, cargo que ostentó hasta su muerte. Mantuvo además una presencia significativa en actividades de carácter cultural, por ejemplo, formando parte de jurados en certámenes literarios ya en 1883, o vinculado a la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tudela, de la que fue director, firmando los estatutos de 1892. En su artículo quinto señalaba como uno de los objetivos de la misma «representar al gobierno y autoridades en favor de cuantas mejoras puedan proporcionar a la comarca», labor que mantuvo toda su vida. También ejerció en ella la función de bibliotecario perpetuo tras su ordenación y clasificación. Igualmente hay que destacar su papel como rentista y como participante en algunas iniciativas económicas singulares, como una compañía de explotaciones auríferas de la que formó parte como consejero supernumerario (1908).

Pero su actividad primordial se centró en la abogacía y en labores de asesoramiento para el Ayuntamiento tudelano o los intereses de la zona, pasando fugazmente por la política como concejal de su localidad. No fue carlista, como confesaba en uno de sus libros, pues al ser preguntado por la posibilidad de visitar al pretendiente en Venecia respondía: «Nos detiene la consideración de que sus ideas políticas no son las nuestras. Sin embargo, es posible que procurando hacerle saber de antemano que, aunque no somos carlistas, nos sería grato saludarle […] tratemos de verle» (1897: 4). Además, su visión sobre los conflictos del siglo xix la resumía de forma categórica: «Impías guerras de hermanos, que Dios maldice» (2003 [1900]: 187). Más bien próximo a las posiciones del liberalismo conservador, la religión constituía un pilar fundamental para él, como afirmaba de nuevo en su relato de viaje: «Inmenso daño causan los que arrebatan sus creencias al pueblo y pretenden arrancarle la fe. Si la gracia divina falta al mísero hombre, ¿quién le consolará en sus penas?, ¿adónde buscará refugio en sus desdichas? Si después de todo, el misterio envuelve al hombre; si por todas partes le rodea lo sobrenatural; si la idea del infinito y del nombre inefable de Dios flotan en su alma, y las leyes de la Naturaleza y la inmensidad del espacio atestiguan su pequeñez, forzoso es que crea; porque el hombre está hecho para eso; para creer y amar» (1897: 276). Estas afirmaciones se repetían y, por ejemplo, en el homenaje al maestro de Arguedas Pedro Lino Munárriz (1910), defendía que la enseñanza «no puede ir apartada de Dios, cuyo santo temor es el principio de la sabiduría».

Y junto a ello, fue partidario del progreso, combinando la admiración por los avances técnicos con la mencionada religiosidad. Así, al cruzar los Alpes desde Suiza a Italia, afirmaba que «la ciencia y el trabajo, el genio y la perseverancia habían vencido; y la locomotora vuela con rapidez de unos a otros países, llevando ciudadanos de todas las naciones y productos de todo el mundo, preparando así el hermoso día en que todos se reconozcan como hijos de un padre común, que se han esparcido por las diferentes latitudes, levantando en ellas sus tiendas; pero que son ramas de un solo tronco, grupos de una sola familia, que cumplen de consuno, bajo la mirada amorosa de Dios, la ley providencial de trabajo, del perfeccionamiento moral y del progreso material» (1897: 378). En esta línea, pudo estar cerca de las posiciones del general Camilo García de Polavieja, al que acompañó en su visita a Navarra en noviembre de 1898, cuando el militar parecía tener serias posibilidades de alzarse con el poder desde posiciones regeneracionistas y conservadoras, defensoras de la monarquía y del catolicismo.

En cualquier caso, su presencia estrictamente política fue escasa, y su trabajo se centró en los casos a los que hizo frente en toda Navarra y la Rioja, así como en las comisiones en defensa de la llegada del ferrocarril (1887); o la que trató sobre la rectificación del catastro provincial, defendiendo a la merindad, entre 1887 y 1888, frente a las pretensiones de la Diputación, pues las modificaciones afectarían al pago de las cuotas por municipios. También fue testamentario en la venta del estado de Fontellas, que se demoró entre 1889 y 1891. Intervino en las negociaciones por las azucareras con el gobierno central en 1900; también fue muy activo en las gestiones derivadas de la situación de los Montes del Cierzo, entre 1892 y 1904, o en diligencias sobre el encauzamiento del Ebro, en 1905. Su aparición estelar fue, con todo, la defensa de la foralidad en medio de la Gamazada, a la que dedicó varios artículos. Posteriormente mantuvo una presencia constante en litigios de todo tipo, donde destacó por su eficacia jurídica y por una capacidad oratoria ejercida «sin apasionamiento, pero con gran elocuencia» (La Correspondencia de España, 24 de mayo de 1895: 4), como quedaba reflejada con cierta frecuencia en las crónicas de tribunales. Era además un firme defensor del sistema judicial, al que pedía mayor cercanía a la sociedad, evitando excesos recaudatorios y pidiendo reformas, siendo consciente de que «para un asunto granado hay cien pequeños; de que para cada ciudad hay cien aldeas, y que legislan y decretan para todas las fortunas y para España, y no exclusivamente para Madrid y las grandes capitales» (1897: 358). Esta preocupación por el Derecho le llevó a litigar contra el Colegio de Abogados de Pamplona en 1898, que le había exigido una cuota para poder ejercer en la capital. Venció en el juicio.

Otro ámbito que cultivó fue el de conferenciante, sacando provecho de su práctica en litigios, y son varias las referencias a las que pronunció en Alfaro (1901), en Pamplona para la sociedad protectora de obreros La Conciliación (1907), en Estella a cargo de la Federación Católico-Social (1908), o en el mitin contra la blasfemia en Tudela, dentro de una campaña más amplia que tuvo lugar en Navarra (1912). También se sumó a la manifestación que en Estella organizó la Junta de Protesta Católica de Navarra contra la tramitación de la llamada ley del candado, del presidente del Consejo de Ministros José Canalejas, contra el establecimiento de nuevas órdenes religiosas en España (1910).

Igualmente destacó en su faceta como escritor, tanto en lo relativo a los asuntos jurídicos, técnicos y políticos de los que se ocupaba, como en facetas más literarias, publicando un libro de viajes y una novela. Incluso se hablaba del que escribiría tras un viaje proyectado a Tierra Santa en 1902 y que no llegó a realizarse. El primero, dedicado al periplo que realizó por Francia, Italia y Suiza con su hermano Cristóbal y con el profesor de dibujo Aniceto Sada, fue alabado, haciéndose eco los comentarios a los elogios que en el prólogo vertía José María de Pereda y considerándola una lectura amena e instructiva y destacando la naturalidad, sinceridad y veracidad del texto. Uno de los artículos que se dedicaron a este libro señalaba que contar lo que se ha visto no es sencillo, «pero hacerlo como el autor, sin ampulosidades ni exageraciones; conservar con asombrosa fidelidad escenas y lugares; cautivar desde el primer momento el ánimo del lector, que se identifica con los viajeros y les sigue paso a paso, y ve con ellos (como dice Pereda) lo que ellos veían; describir con naturalidad y sinceridad tan encantadoras como poco frecuentes; descubriéndose a cada página la fina observación del autor, su escogida y abundante lectura, su ilustración y profundidad» (El Correo Militar, 15 de noviembre de 1897: 3). En cambio, su segunda obra literaria, la novela En las Améscoas. María del Puy, recibió críticas más duras. Considerada como el mejor ejemplo de la novela regionalista en Navarra, destacan dos protagonistas implícitos, por un lado, el paisaje ancestral y, por otro, una representación de la mujer acorde a la visión conservadora de la sociedad. En definitiva, una novela moral que bien podía ser recomendada para todos los públicos. Esto no impidió que además de elogios, como los relativos a la amabilidad de lo narrado o su inserción en la literatura «provincial», recibiera también críticas, como la lentitud de la trama o los episodios que se juzgaban innecesarios, culminando con una que concluía: «Si ustedes quieren aburrirse…» (Revista de Extremadura, diciembre de 1900: 574).

Pero más allá de estas referencias, su fama la cimentó su actitud durante la Gamazada, en defensa del régimen foral. Publicó en aquella ocasión una serie de artículos en El Diario de Avisos de Tudela, desde el 7 de febrero hasta el 7 de marzo de 1894, que luego reunió, editados, la Diputación (1894). En estos textos, de marcado tono historicista, se fundamentaba el Fuero como elemento de vínculo identitario, pues habían nacido del pueblo navarro en tiempo inmemorial y eran parte de su ser, en pacto con la monarquía al que hacía referencia constantemente y que legitimaba en su versión de 1841 (p. 68), luego incumplido por más que Navarra «en su amor a España estaba dispuesta a sacrificar su independencia para no ser estorbo a la unidad nacional» (p. 36). Y es que, pese a la iniquidad de la conquista e invasión de 1512, Navarra se mantuvo fiel a España, «nuestra madre común, amada por los navarros con tanto ardor como por el primero» (p. 26), pese a todos los ataques del Estado al pacto. En este marco de doble patriotismo, defendía un «sano» regionalismo para que, como instrumento de regeneración y «dentro de la unidad de la patria, renazcan las glorias, las virtudes y la prosperidad de España» (p. 110). Afirmaba la necesaria unidad de Euskalerria frente a «la conducta astuta y cautelosa del Gobierno procurando desunir al pueblo vasco-navarro; tratando por separado con los unos y los otros; sembrando entre ellos la discordia, e intentando crear diferencias, para que la envidia y el recelo surgieran en la noble y laboriosa raza que puebla el territorio común» (pp. 35-36). Frente a esa actitud, «nuestro primer deber; deber de hermanos; deber de quienes tienen idénticos intereses, es apretar cada vez más nuestros vínculos, a medida que tienden a relajarlos; ahogar con nuestra recíproca generosidad las suspicacias que quieren despertar entre nosotros; tendernos la mano; salir a nuestra mutua defensa, y mirar como propias las satisfacciones y desventuras de cada cual» (p. 36). Y añadía Iribas: «Y sepan los Vascongados que la Euskalerría es siempre una; que Navarra suspira por su bienestar; que los navarros lloran con ellos las injurias causadas a las veneradas libertades que cobijó siempre con honra el árbol sagrado de Guernica; y que para recuperarlas están prontos a prestarles ayuda en todo momento y ocasión» (p. 36). No se trataba de fosilizar la tradición, sino de proyectarla al futuro, como decía uno de los personajes de la novela de Iribas: «No me opongo al progreso, al comercio con los demás, ni a la mejora y desenvolvimiento de las cosas, pero aliándolo con la índole de nuestro pueblo, con el espíritu de sus leyes y costumbres, con el hermoso carácter de nuestra raza». Añadía una referencia al euskera, «nuestra lengua», en forma de lamento por su abandono, como de los monumentos del pasado. Y si estos representaban la ruina del viejo reino (2003: 234), a la lengua, casi olvidada cuando escribía en 1900 —tan cerca aún la defensa foral de 1894—, la consideraba la de «nuestros mayores que nos hablan por su conducto, condensando en una palabra feliz, la historia de las cosas o su descripción» (2003: 220). Afirmaba el deber de que todos supieran «el euskaro y el castellano» y de restaurar lo propio como «un tesoro envidiable de tradiciones y costumbres». Pedía, por tanto, un esfuerzo para conservar «nuestras antiguas virtudes morales» (2003: 221), por encima de divisorias que solo tocaban lo accidental, no lo sustancial: «Navarros y nada más que navarros, debía ser nuestro lema, dejándonos de banderías políticas, que para nada bueno han servido y menos en nuestra tierra» (2003: 222). Y concluía así el alegato: «Navarra, dentro de la unidad de la patria común española, que aquí nadie ha pensado en atacar, tiene derecho a que su autonómica administración sea perfecta» (2003: 223).

Obras

Discurso leído en el solemne acto de recibir la investidura de Doctor en Derecho Civil y Canónico (sobre «La propiedad individual ¿es perpetua y transmisible según el derecho natural?»), Zaragoza: Imp. de Gallifa, 1873.

El ferro-carril en proyecto: colección de artículos publicados por «El Diario de Avisos» de Tudela en defensa del camino de hierro de Fitero por Cintruénigo, Corella y Murchante a dicha ciudad de Tudela, Zaragoza: Tip. de E. Casañal y C., 1887.

Alegación en derecho que presenta el M. I. Ayuntamiento de Tudela a la Sala de lo Civil de la Excma. Audiencia Territorial de Pamplona, en pleito promovido contra las Ciudades, Villas o Pueblos de Corella, Cascante, Fitero, Cintruénigo, Murchante y Monteagudo, sobre división de los Montes de Cierzo y Argenzón poseídos en común, Pamplona: Imp. de Joaquín Lorda, 1892.

Los derechos de Navarra: artículos publicados por Gregorio Iribas y Sánchez… en el Diario de avisos, Pamplona: Imp. Provincial, 1894 (ed. de María del Mar Larraza, Pamplona: Ediciones y Libros, 2003).

«Una reforma precisa en los aranceles judiciales», Revista Contemporánea, 108, 10 (1897), pp. 351-358.

Viaje por Italia y Suiza, pasando por el Mediodía de Francia; prólogo con cartas de José M.ª de Pereda y Emilio Castelar, Madrid: Imp. del cuerpo administrativo del ejército, 1897. El capítulo XII se reprodujo en Revista Contemporánea, año XXIII, t. CVII/II (30 de julio de 1897), pp. 113-127.

«Papeles y documentos de Zumalacárregui», Revista Contemporánea, Madrid, año XXVI, t. CXVII, núm. 582 (1 de marzo de 1900), pp. 412-424.

En las Améscoas. María del Puy, Tudela: Tip. El Progreso Industrial, 1900 (reeds. en folletín en el periódico El Eco de Navarra, desde el 8 de marzo de 1901; Pamplona: García Enciso, 1935; ed. de Víctor Moreno, Pamplona: Gobierno de Navarra, 2003). Se recoge el capítulo XII en «Serenata», Revista contemporánea, año CXIX, t. XXVI (15 de agosto de 1900), pp. 297-307.

Dictamen de los letrados señores D. Gregorio Iribas y D. Gerardo Falces evacuando la consulta que les dirigió el Patronato de Castel-Ruiz de la ciudad de Tudela sobre la R. O. de 5 de mayo de 1902 que suspende a los Patronos en sus funciones, Tudela: Imp. Libª. y Enc. de Julio Subirán, 1902.

Bibliografía

J. I., «D. Gregorio Iribas», en Gregorio Iribas, En las Améscoas. María del Puy, Pamplona: Emilio García Enciso, 1935, pp. VII-X.

Larraza, M. M., «La Gamazada y la obra de Gregorio Iribas», en Gregorio Iribas, Los derechos de Navarra, Pamplona: Eds. y Libros, 2003, pp. 9-26.

Moreno, V., «Introducción», a En las Améscoas. María del Puy, Pamplona: Gobierno de Navarra, 2003, pp. 11-23.

S., «Navarros Ilustres. D. Gregorio Iribas y Sánchez», La Avalancha, XXI/483 (8 de junio de 1915), pp. 125-127.

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