Cargos y oficios
Escritor, dibujante y político
Trayectoria
Fue el menor de los tres hijos del matrimonio formado por el general imperial Léopold Hugo y la bretona Sophie Trébuchet, que a pesar de su temprana muerte dejó una impronta perenne en su hijo.
Hugo se educó en París, pero al igual que su familia estuvo sujeto a los destinos militares de su padre. Residieron en Nápoles y en Madrid, siguiendo la estela de los reinados de José I Bonaparte. Su padre persiguió con su ejército al Empecinado por las tierras de Ávila y Guadalajara. Residió en Madrid entre 1811 y 1812, y se educó en el Colegio de Nobles de la calle Hortaleza, un antiguo colegio de frailes reconvertido por la ocupación francesa, que le dejó un amargo recuerdo. Antes de su llegada a España, el niño Hugo recibió clases de español en París durante tres meses, por lo que su conocimiento del idioma era bueno.
Hugo continuó sus estudios en el liceo Louis le Grand de París, preparándose para una futura carrera como matemático, para la que estaba bien dotado, pero se cruzó su precoz querencia hacia la literatura. Ya desde la adolescencia empezó a componer versos animado por su madre. Autodidacta, compuso poemas y se presentó a diferentes concursos con éxito. Fundó junto a sus hermanos una revista literaria, Le Conservateur littéraire, en 1819. Su vida dio un vuelco cuando en 1821 publicó los primeros poemarios. El rey Louis XVIII, uno de sus lectores, le otorgó una pensión anual de 1.000 francos.
La muerte de su madre en 1821, separada de su marido desde 1813, la enemistad hacia su padre y la importante pensión real le permitieron hacer planes de matrimonio con su amiga de la infancia Adèle Foucher. Hugo tenía veinte años y su esposa diecinueve. La pareja tuvo una relación libre tras los primeros diez años de matrimonio y tuvieron cinco hijos, de los cuales solo sobrevivió a su padre la pequeña, Adèle.
Víctor Hugo tuvo una vida literaria fecunda. Escribió de todo durante toda su larga vida. Hasta 1827 se consagró especialmente a la poesía, una disciplina que nunca abandonó. A partir de ese año y de su Cromwell, y hasta 1843, el teatro fue la niña de sus ojos. Los dramas históricos de corte romántico le dieron gran fama. Las obras de Hugo rompían con las clásicas unidades de acción, tiempo y lugar de Aristóteles. Quizá la más famosa fue Hernani (1830), basada en el medievo aragonés, que trajo consigo episodios contra el orden público, un corte con el clasicismo y una bandera del romanticismo francés que le consideró su jefe de filas. En esta época compuso también su famosa novela Nuestra Señora de París (1831).
La Revolución de 1830 facilitó el triunfo de las ideas y estéticas «modernas» frente a las clasicistas. La notoriedad de Hugo fue inmensa en el mundillo literario y político de París. Abrió, junto a Dumas, el teatro de la Renaissance. En 1833 conoce a la actriz Juliette Drouet, que se convertirá en su amante oficial hasta el fin de sus días. En 1841, tras varias tentativas infructuosas y cierto distanciamiento del público y de la crítica, ingresa en la Academia. En 1845, el rey Louis Philippe, del que era confidente, le nombra par de Francia.
1843 fue un año funesto. Su obra Les burgraves no cosechó el éxito esperado y a la vuelta de su viaje de verano al País Vasco y a los Pirineos se enteró por la prensa de la muerte de su hija Léopoldine y del marido de esta en aguas del Sena. En ocho años, aunque siguió escribiendo con el frenetismo de siempre, no publicó nada. Un casi cadáver literario se transformó en político, convirtiéndose en el Hugo más recordado.
Víctor Hugo no tuvo una trayectoria política demasiado rectilínea. Heredó de su madre bretona un monarquismo antiguo y, paulatinamente, y al albur de los acontecimientos políticos franceses, evolucionó hacia un republicanismo liberal y reformista. La segunda mitad de su vida se vio mediatizada por la política, que eclipsó un tanto la actividad literaria que había dominado en su primera mitad, aunque nunca dejó de escribir.
Hugo fue elegido diputado por las filas conservadoras para la Asamblea en 1848. Fue también alcalde del distrito VIII de París y participó en la represión de los motines obreros, algo de lo que posteriormente se arrepentirá. Apoyó la candidatura de Luis Napoleón Bonaparte para la presidencia de la República, pero ya para 1849 se distanció por su apoyo al papa frente a la República Romana. El alejamiento acabó en violento divorcio tras el golpe de Estado de 2 de diciembre de 1851 por el que se proclamó el Imperio.
Se exilió voluntariamente y durante diecinueve años se convirtió en el mito de la resistencia a Luis Napoleón, «Napoleón el Pequeño», como le nominaba en su panfleto escrito en 1852. Bruselas y las islas anglonormandas fueron los hogares para él y para su familia. Hugo ensayó entonces nuevas aficiones, entre otras la fotografía y el espiritismo. Se redescubrió también en el literato que fue, y siguió escribiendo, componiendo mucha poesía y también su obra más célebre, Los miserables (1862).
Tras la derrota de Sedan y la caída del Imperio, Hugo regresó a París convertido en mito en medio de un recibimiento fastuoso. Volvió a ser elegido diputado, en este caso por Burdeos. Sin embargo, se encontró en una posición incómoda. Los nuevos dirigentes le ignoraron y rechazó a los comuneros. Se puso de su parte solo por su represión, lo que le valió ser de nuevo exiliado en Luxemburgo y Guernesey.
Tras su vuelta a París se convirtió en el icono de la III República. Fue elegido senador. A partir de un ataque cerebral en 1878 su actividad literaria se redujo a su práctica totalidad. Murió en París el 22 de mayo de 1885, con ochenta y tres años. Sus funerales nacionales fueron un acontecimiento popular que congregó a un par de millones de personas. Tras ser expuesto bajo el Arco del Triunfo, fue enterrado en el Panteón.
Su legado político es importante. Quizá, su lucha contra la pena de muerte fue su batalla más perenne. Fue, al parecer, la imagen infantil de un ajusticiado en Vitoria el resorte que le movió de por vida. Hugo tuvo en mente la lucha social y la condición de los más desfavorecidos. Los miserables es la bandera de los pobres y de los justos, aunque muchos le consideraron un populista. Apoyó como nadie los derechos de las mujeres y se alzó contra la injusticia que sufrían los niños indefensos. Apoyó causas nacionales como la griega o la polaca. Abogó por el sufragio universal y por la escuela laica y gratuita. Defendió unos Estados Unidos de Europa que descansaran sobre el eje franco-alemán. En otros aspectos, como el colonialismo, calló y defendió su aspecto civilizatorio.
Hugo es, tras Shakespeare, el autor occidental que más estudios literarios ha generado. La fecundidad de su obra es fruto de una capacidad de trabajo vertiginosa. El conjunto de su obra copa casi 40 millones de caracteres, que fueron reunidos en 53 tomos. Vargas Llosa señala que se necesitarían cerca de diez años para leer todo lo que escribió. Es, pues, un portento de la literatura.
Señalamos anteriormente que Hugo conoció España durante su estancia infantil de 1811-1812. En 1843, ya convertido en una gloria literaria, emprendió sus acostumbradas vacaciones de verano junto a su amante Juliette Drouet. Duraron apenas tres semanas: llegó a Bayona el 23 de julio y, tras su estancia vasca, estaba en Pau el 14 de agosto. El relato del viaje se publicó, junto con otro viaje a los Alpes, en 1890, cinco años después de su muerte.
Durante ese mes corto se detuvo en lugares como Bayona, Astigarraga, San Sebastián, Pasaia, Tolosa o Pamplona. Hugo conoció algo el euskara e introdujo bastantes expresiones en su relato. Recordaba viejas imágenes de su estancia en Bayona, del aspecto de Irún o del de Hernani. Su estilo es el de un cuaderno de viaje, rápido e impresionista, con notas tomadas del natural, a veces hora a hora, el propio del viajero con una libreta y con un cuaderno de dibujo entre manos.
Hugo reflejó un aire nostálgico y melancólico, pues conocía Bayona, en donde había vivido con su madre y sus hermanos en 1811. El relato está teñido por el recuerdo del tiempo perdido: el niño que desapareció en el hombre, la madre que murió, la niña de la que se enamoró, el antiguo ruido chirriante del carro chillón que le sabía mejor que una sinfonía de Beethoven o una melodía de Mozart. En Biarritz temió lo peor: un París de veraneantes.
Se entristeció por las huellas de la Primera Guerra Carlista. Vio edificios en ruinas en el camino de Irún a San Sebastián, y vio devastados los cerros en torno a San Sebastián. Es una razón para pensar acerca de España, del País Vasco y de la paz, en general. «¡Gran historia, gran pasado, gran porvenir! ¡Presente repulsivo y vil!». La mendicidad y el latrocinio eran una constante y afectaban hasta el propio funcionariado.
Hugo constató el carácter vasco de San Sebastián, por encima del castellano o francés. El euskara es el idioma principal de la ciudad y el pueblo lo eleva a la categoría de patria o de religión. Por eso, no tendrá remilgos en usarla saludando o a través de expresiones hechas. También constató que los Fueros corrían grave peligro: «Las antiguas libertades temen a las nuevas», señaló. Expresó también, con pesar, una suerte de positivismo evolucionista respecto a que los grandes estados acabarían absorbiendo a los chicos: «Es la ley de la historia y de la naturaleza».
Hay también por doquier ese aspecto que hoy todavía nos reconcilia con Hugo: el amor por los débiles, especialmente los niños; el amor por la naturaleza y los animales, a los que vio sufrir por mano humana en el trayecto de diligencia entre Tolosa y Pamplona.
Hugo hizo muchas referencias de tipo artístico. Quizá, la más importante sea su horror por el arte neoclásico representado por la fachada de la catedral de Pamplona o por el Teatro Principal, entonces en construcción. En cambio, se entusiasmó como buen romántico por el gótico del claustro o por el rococó de la sacristía de la catedral: «Dante está en el claustro; Madame de Pompadour está en la sacristía. La sacristía invita al pecado y el claustro a la penitencia».
El relato también está salpicado de anécdotas picantes: las pulgas de San Sebastián, las bateleras de Pasaia, la belleza de su puerto, los paseos deliciosos por Jaizkibel, el horror por la tétrica iglesia de Lezo, el miedo en la barranca del Araxes, la rusticidad del paso pirenaico…
La casa de Víctor Hugo en Pasai Donibane es desde 1902 un pequeño museo que preserva la memoria de la estancia del escritor en la villa.
Obras
Los Pirineos, Palma de Mallorca: José J. de Olañeta Editor, 1985.
Bibliografía
Gallo, M., Victor Hugo, Paris: XO éditions, 2001.
Guillemin, H., Hugo, Paris: Éditions du Seuil, 1988.
Vargas Llosa, M., La tentación de lo imposible, Madrid: Alfaguara, 2004.





