Cargos y oficios
Crónica anónima.
Trayectoria
Crónica anónima redactada en latín y dividida en tres libros. Anteriormente conocida como Crónica Leonesa o Crónica Miscelánea, pasó a llamarse «Najerense» a raíz de la identificación de su ascendencia castellana por R. Menéndez Pidal en 1923, quien, además, la vinculó al monasterio benedictino de Santa María de Nájera. Deduciendo del contenido de la obra, su autoría se atribuye a un eclesiástico, monje o clérigo perteneciente al círculo regio, afecto a Cluny y relacionado con la Rioja, en particular Nájera y probablemente con Compostela.
La Crónica Najerense fue redactada en las últimas décadas del siglo xii, a partir de una compliación de numerosas obras cronísticas anteriores. La fecha de la redacción presenta una serie de dificultades y ha sido sucesivamente retrasada por los estudiosos, desde 1159 hasta 1200, siendo la franja temporal más probable entre las décadas de los setenta y ochenta. Como fuentes el autor utilizó la Crónica y la Historia de los Godos, Vándalos y Suevos de san Isidoro, la Crónica de Alfonso III, la Historia Silense, el Cronicón de Sampiro, la Crónica de Pelayo de Oviedo, además de otras fuentes menores (la Chronica de Euse- bio-Jerónimo, la Chronica Bizantia-Arabica, la Chronica de Juan de Bíclaro, la Historia Scholastica de Petrus Comestor). Fue precisamente la identificación de los añadidos procedentes de la obra de Petrus Comestor, terminada hacia mediados de la década de los setenta, lo que permitió fijar la fecha post quem de la Crónica Najerense.
El discurso historiográfico, que gira en torno a Castilla, fue construido de tal forma que, al texto principal, por ejemplo de san Isidoro, el autor fue añadiendo pasajes procedentes de otras fuentes. Algunos de los relatos fueron repetidos, otros —aquellos fragmentos que no seguían el hilo narrativo— eliminados. La principal aportación original del autor de la Crónica Najerense a la historiografía hispano-latina medieval, es la periodización de la historia hispana en tres épocas: desde los inicios hasta finales de la época visigoda (hasta Rodrigo); la restauración neogótica y la monarquía leonesa (desde Pelayo hasta Bermundo III) y finalmente, el ascenso de Castilla (desde Sancho III de Pamplona hasta Alfonso VI). La interrupción de la narración en el reinado de Alfonso VI hizo que J. A. Estévez Sola plantease una hipótesis de que podría tratarse de una obra redactada por dos autores, uno de finales del reinado de este rey y otro, de finales de la centuria. Además de los reyes, el autor mostró interés por personajes no regios y sus genealogías, como también por relatos legendarios, folklóricos y religiosos (hagiográficos y los miracula). Sirvan de ejemplo varias historias de origen épico, tales como la de «la condesa traidora», el romance del infante García o las gestas de Fernán González, los tres del ciclo de los condes de Castilla, el «cantar de Sancho II» del ciclo del Cid o la sucinta mención de Roncesvalles, todas ellas recogidas por el autor de la Crónica Najerense de forma prosificada.
La Crónica Najerense hace múltiples referencias a Vasconia y los vascones, como también a los territorios colindantes. La relación de las fuentes utilizadas para cada cuestión puede ser consultada en las ediciones críticas de la obra (véase al final de la voz). A propósito del año 448, el autor contó que el rey suevo Requiario, hijo de Requila, recién casado con la hija del rey visigodo Teodoredo, consultó los augurios y, siendo estos favorables, saqueó Vasco- nias para después reunirse con su suegro y, a la vuelta, devastar Zaragoza con ayuda de los visigodos (I, 151). Por su parte, el rey visigodo Eurico (466-484) conquistó Pamplona y Zaragoza y extendió su dominio en el norte de Hispania (I, 177). Un siglo más tarde, el rey Recaredo (586-601) utilizaba sus fuerzas para combatir las insolencias de los «romanos» [bizantinos] e irrupciones de los vascones de tal manera que más que una guerra parecían maniobras o ejercicios en la palestra (I, 188). En este mismo capítulo fue incluida una anotación marginal con la fecha 8 de mayo de 662 de la era [sic/] que menciona a Liliolo como obispo de Pamplona. Bajo el año 610 fue descrito el breve reinado de Gundemaro (610-612), cuyos logros se limitaron a vencer a los vascones en una campaña y asediar a los «romanos» en otra (I, 191). Hablando del reinado de Suíntila (621-631), el cronista describió una campaña emprendida por el rey contra el pueblo montaraz de los vascones quienes incurrían y sembraban el terror por la Tarraconense [valle del Ebro]. Tras la intervención del rey, los vascones parecían haber reconocido su poder. En el acto de rendición los vascones abandonaron las armas, extendieron los brazos e inclinaron las cabezas en señal de súplica y entregaron rehenes. Además, levantaron con recursos pecuniarios y humanos propios una ciudad de los visigodos llamada Olite (Ologitis). Al rey le juraron obediencia (I, 193). En 641, concretamente el 17 de abril, Pamplona fue la sede de la coronación del rey visigodo Chin- dasvinto (641-652) (I, 194). Posteriormente el autor narró cómo el rey Wamba (672-680), que accedió al trono en el año 672, subyugó a los astures y a los vascones, quienes se rebelaban continuamente. Fue mientras el rey se encontraba en Vasconia, cuando un mensajero le advirtió de los planes del duque Pablo, ayudado por las tropas francas, contra quien Wamba emprendió una campaña concluida con el asedio de Nímes (I, 196). En la división eclesiástica de Hispania hecha por Wamba durante uno de los concilios toledanos, Bizkaia fue asignada a la provincia de Asturias (I, 202), mientras que Pamplona mantuvo su condición de sede episcopal, dentro de la metrópolis de Tarragona (I, 203). Pese a los múltiples intentos de someter las tierras en cuestión durante la época visigoda, en la cronología posterior a la invasión musulmana, la obra contiene una referencia a propósito de la repoblación de la parte septentrional de la Península durante el reinado de Alfonso I (739-757), según la cual Álava, Bizkaia, Ayeone (Alaone de la Crónica de Alfonoso III, identificada con la mansio del itinerario de Antonio, que podría ser Atondo o Alavona), Orduña, Pamplona y Berrueza siempre habían estado en posesión de sus pobladores (II, 8). El autor de la «Crónica Najerense» relató de forma escueta la expedición de Carlomagno a Zaragoza en respuesta a la llamada del gobernador de la ciudad, rebelado contra Abderramán I, quien le prometió castillos y ciudades que este le ayudase a conquistar. A su paso por Pamplona, Carlomagno fue recibido con alegría por los cristianos maltratados por los paganos (musulmanes). A la vuelta de Zaragoza, aunque el rey ya iba cargado de oro, decidió asediar otra aldea cuyo nombre no se especifica, lo cual acabó en la matanza de su retaguardia en Roncesvalles, donde murieron el mayordomo Egiardo, un conde palaciego Anselmo y el conde de Bretaña Roldán, entre muchos otros. Al año siguiente, Carlos vengó al Imperio «romano» (II, 11). Más tarde el cronista contó cómo al comienzo del reinado de Ordoño I (850-866) «la provincia traidora de los vascones» (perfida Vasconum prouintia) se sublevó contra el rey y cómo cuando este fue a sofocar la rebelión, los moros, según el autor, incitados por los vascones alevosos (fadifragi), se enfrentaron a Ordoño a quien intentaron matar. El monarca logró, sin embargo, imponer su dominio sobre ellos (II, 17). Después, el cronista narró cómo el hijo de Ordoño, Alfonso III (866-910) se refugió en Álava durante la usurpación del trono por Fruela, pero muerto este, el rey se dirigió a Oviedo y luego a León. Allí le llegó una misiva de Álava sobre una sublevación de sus habitantes. Alfonso la sofocó, obligando a los rebeldes a inclinar las cabezas delante de él y reconocer así su imperio. Al supuesto conde de los alaveses, llamado Eilón, se lo llevó encadenado a Oviedo (II, 21). Otros condes de los alaveses mencionados en la obra fueron Vígila Jiménez en el año 882 (II, 23) y Álvaro Harrameliz en 960, que había estado casado con Sancha, hermana del rey de Pamplona García Sánchez I (II, 30 y 31). En el año 960 pasaron por Pamplona el conde castellano Fernán González y sus hijos, capturados por el rey pamplonés García Sánchez I. Es improbable, por sus anacronismos, el relato de su liberación mediante la ayuda de Sancha, hermana del rey, con quien Fernán se casaría después. Hablando de la expansión territorial del reino de Pamplona bajo Sancho III el Mayor (1004-1035), el cronista relató cómo Álava servía de desvío para los peregrinos compostelanos que temían incursiones musulmanas al Camino Jacobeo y cómo el rey solucionó esta cuestión delimitando un paso seguro (III, 2). Finalmente, el autor de la «Crónica Najerense» narró el conflicto entre el rey de Pamplona, García Sánchez III (1035-1054), y su hermano Ramiro. Este, en el año 1043 reunió a los reyes de las taifas de Zaragoza, Tudela y Huesca y montó un campamento cerca de Tafalla para preparar la batalla. Mientras tanto, García se refugió por la noche para rezar en una pequeña iglesia dedicada a la Virgen dentro de una cueva en las proximidades de Nájera. No pudiendo resistirse al sueño, soñó que ganaría la batalla. Tras contárselo a su esposa Estefanía y los barones juró que, en caso de victoria, fundaría en aquel lugar una basílica mayor. Así ocurrió y para cumplir la promesa, el rey erigió el monasterio de Santa María de Nájera (III, 3).
Se conservan dos manuscritos de la Crónica, ambos custodiados en la Real Academia de la Historia. El manuscrito llamado «I» fue identificado con el libro copiado en Nájera para el monasterio de San Zoilo de Carrión en torno a los años 1232-1233, mientras que, el segundo, llamado «S», se data para finales del siglo xv o principios del xvi, pero se desconocen las circunstancias en las que fue compuesto. Ambos manustritos contienen la Crónica Najerense, la Historia de Wamba de san Julián, los Gesta Roderici Campidocti y la «Genealogía de los reyes de Navarra y de los condes de Pallars, de Toulouse y de Gascuña», además de otros añadidos: De preconiis ciuitatis Numantino de Juan Gil de Zamora en el caso del «I», y la Crónica Latina de los Reyes de Castilla, De regno Apulio et Sicilio… de Felino Sandeo y Paralipomenon Hispanio de Juan Marga- rit, en el caso del «S». Ambos manuscritos son independientes entre sí, si bien ambos se basaron en un mismo manuscrito desaparecido, siendo este a su vez una copia del original o de otra copia intermedia que contenía errores respecto al original, que ambos textos comparten.
La Crónica Najerense entró al canon cronístico hispano al poco tiempo de empezar circular por los scriptorios del Camino de Santiago. Así, llegó a los cronistas de la primera mitad del siglo xiii, Rodrigo Jiménez de Rada y Lucas de Tuy, quienes reprodujeron en sus respectivas obras el modelo de periodiza- ción de la historia en tres edades.
Obras
Ediciones: EstÉvez Sola, J. A. (ed.), Chronica Naiarensis, Corpus Christianorum. Continuatio Mediovalis LXXXIA: Chronica Hispana Soculi XII, pars II, Turnhout: Brepols, 1995.
Ubieto Arteta, An. (ed.), Crónica Najerense, Valencia: Anúbar, 1966.
Traducción castellana: EstÉvez Sola, J. A. (ed.), Crónica najerense, Madrid: Akal, 2003.
Bibliografía
EstÉvez Sola, J. A., «Introducción», EstÉvez Sola, J. A. (ed.), Chronica Naiarensis, Corpus Christianorum. Continuatio Mediovalis LXXXIA: Chronica Hispana Soculi XII, pars II, Turnhout: Brepols, 1995, pp. IX-XCIX.
— Crónica najerense, Madrid: Akal, 2003, pp. 7-38.
Reglero de la Fuente, C. M., «La Crónica Najerense, Santa María de Nájera y Cluny»,
e-Spania (en línea), 7 de junio de 2009 (consultado el 20 de septiembre de 2018).
Ubieto Arteta, A., «Introducción», Crónica Najerense, Valencia: Anúbar, 1966, pp. 5-30.
Vázquez de Parga, L., «Sobre la Crónica Najerense», Hispania, 1 (1941), pp. 108-109.
Cita bibliográfica
Dulska, A. K., “Crónica Najerense.», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 248-251.





