Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Autores y obras navarros

CARRANZA, Bartolomé de (Bartolomé de Carranza de Miranda) (Miranda de Arga, Navarra, 1503 – Roma, 1576).

Cargos y oficios

Dominico, arzobispo y teólogo.

Trayectoria

Hijo de modestos hidalgos, en 1515, siendo aún niño, fue llevado al Cole­gio de Gramáticos de San Eugenio de Alcalá de Henares, tutelado por su tío el doctor Sancho Carranza de Miranda, Magistral de Sevilla, donde estudió latín. Para los dieciséis años había cursado latinidad en el Colegio de San Eugenio, y oído Súmulas y Lógica de Aristóteles. En 1518 pasó al Colegio de Santa Ca­talina, donde estudió dos años de Artes bajo la dirección del maestro Andrés de Almenara. Y en 1520, con tan solo dieciséis años, ingresó en la Orden de Santo Domingo en el convento de Benelac (Guadalajara), donde completó los estudios de Filosofía, pasando a estudiar Teología al más prestigioso centro de formación de la Orden dominicana, el Colegio de San Gregorio de Valladolid, cuyos estatutos juró el 19 de agosto de 1525.

En 1528 fue nombrado maestro en Artes, y en 1533 maestro de estudiantes y catedrático de Prima de Teología. Compartió sus funciones docentes con las consultas del Santo Oficio de la Inquisición, de la que fue censor o calificador a la muerte de su maestro fray Diego de Astudillo. En 1537 solicitó la magistratu­ra en Teología Sagrada al Capítulo Provincial de Benavente, y le fue concedida en Roma en el Capítulo General de 1539, acto al que asistieron varios cardena­les y el embajador de Carlos I.

Fueron estos años decisivos en la trayectoria espiritual de fray Bartolomé, de quien sabemos que, además de estudiar la Biblia y las obras de Santo To­más, era un gran admirador de Erasmo de Rotterdam, a quien seguía en parte en sus ataques a la Escolástica decadente y a un cristianismo ritualista y vacío, para propugnar el retorno a la Biblia y a un cristianismo de corte paulino, an­clado en la así llamada Philosophia Christi.

En septiembre de 1539, ya de vuelta a España, el Capítulo Provincial de la Orden celebrado en Valladolid le otorgó el cargo de examinador de los predi­cadores y confesores de la Provincia Dominicana de España. En esta época se distinguió por sus sermones y explicaciones de la Summa Theologiae de Santo Tomás y de la Sagrada Escritura en el Colegio de San Gregorio.

En 1540 Carlos V le ofreció la silla episcopal de Cuzco, en el Perú, cargo que declinó. Sin embargo, aceptó el nombramiento que hizo de él el emperador, el 17 de enero de 1545, como teólogo imperial del Concilio de Trento. Participó de forma muy activa en el mismo. Sus intervenciones fueron muy alabadas, tanto por los padres conciliares como por los cronistas de la Asamblea: sobre el canon de la Sagrada Escritura (el 20 de febrero de 1546); el sermón del primer domingo de Cuaresma (el 14 de marzo de 1546); los discursos sobre la justi­ficación (el 14 de julio, el 27 de septiembre y el 18 de octubre de 1546); la in­tervención sobre los sacramentos en general (el 21 de enero de 1547); y el voto sobre el sacramento de la Eucaristía (el 3 de febrero de 1547). Mientras duró el Concilio trabajó otras obras que salieron con escasa diferencia de tiempo: una Summa Conciliorum et Pontificum (Venecia, 1546), que tuvo un fabuloso éxito editorial; unas Controversiasacerca de cuestiones debatidas en el aula y, en fin, una Controversia de neccessaria personali residentia episcoporum (Venecia, 1547), en la que ponía el dedo en una de las lacras más envejecidas de la Iglesia oficial de entonces: la acumulación de beneficios y el consiguiente absentismo de muchos obispos, afirmando ser precepto divino la residencia personal del prelado entre sus ovejas.

Clausurada la primera etapa del Concilio volvió a España, donde el año de 1548 fue elegido prior de Palencia y actuó como definidor en el Capítulo pro­vincial de Ávila de ese mismo año. Carlos I le pidió que fuese confesor del prín­cipe Felipe, honor que declinó, y en el Capítulo de Segovia de 2 de febrero de 1550 fue elegido prior provincial de la Provincia Dominicana de España. El em­perador le ofreció esta vez la silla episcopal de Canarias, que también rehusó.

Entre 1550 y 1551 estuvo presente en la Junta de Valladolid, que intentaba resolver la polémica de los naturales o de los justos títulos entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas. Y en diciembre de 1551 se reincorporó a las sesiones del Concilio por orden del emperador, interviniendo el 29 de diciembre en el aula sobre el tema de la misa y sobre el sacramento del Orden.

Con la reapertura de las sesiones conciliares en 1551, Carranza hubo de personarse nuevamente en Trento. En esta segunda etapa tuvo una sobresalien­te intervención, hablando más de dos horas sobre el sacrificio de la Misa. Sus­pendido el Concilio, Carranza regresó a España en enero de 1553, residiendo en San Gregorio de Valladolid y predicando ordinariamente en la Capilla real en ocasión de residir allí, en 1553 y 1554, la Corte de Carlos I.

En 1554 formó parte del cortejo que acompañó al príncipe Felipe en su viaje nupcial a Inglaterra. Llevaba, además, patentes del general de los Domi­nicos para que, como comisario general y vicario suyo, restaurase la Orden en las islas. Trabajó durante tres años con el obispo de Londres Bonner, y con el legado pontificio cardenal Pole, ejerciendo un papel fundamental a la hora de dar forma legal y canónica a la reintegración de Inglaterra a la confesión romana. Tomó parte activa en el Sínodo nacional que convocó el legado Pole para el invierno de 1555-1556, interviniendo directamente en la redacción del articulado final que recogía el programa de reforma pastoral del Sínodo. Su labor fue fundamental en la reunificación inglesa a través de sus Comentarios del Catecismo Cristiano (Amberes, 1558), concebidos como una contribución positiva al renacimiento del catolicismo inglés y antídoto de las herejías, para adoctrinar al clero y contener la avalancha de propaganda protestante, que se convirtió en el principal capítulo de acusación contra él en el proceso que se le formaría más tarde. Previamente había publicado en Londres (1555) su Modo de oír Misa.

Como premio a su trabajo Felipe II lo propuso para suceder a Juan Martí­nez Silíceo como arzobispo de Toledo, sede primada del Imperio español. A pe­sar de su resistencia, fue ordenado obispo el 27 de febrero de 1558 por Antonio Perrenot de Granvela en el convento de Santo Domingo de Bruselas.

El 1 de agosto de 1558 desembarcó en Laredo de vuelta a España, con encargo de Felipe II de asistir al Consejo de Estado en Valladolid y llevar ins­trucciones secretas a Yuste (como Consejero del Imperio en Flandes) donde se hallaba el emperador, a quien pudo asistir en su lecho de muerte.

El 13 de octubre de 1558 hizo su entrada como obispo en Toledo, donde «después que tomó la posesión del arzobispado, es cosa averiguada que gastó los 80.000 ducados en redimir cautivos, en casar huérfanas, sustentar viudas honradas, dar estudio en las Universidades a estudiantes pobres, en sacar pre­sos de las cárceles y dar a los hospitales». Ello supuso «una ventolera espiri­tual», «una auténtica sacudida revolucionaria» en la Diócesis toledana, y le creó importantes enemigos, que le promoverán un largo proceso (1559-1576), por iniciativa del inquisidor general, Fernando de Valdés, basándose en sus Comentarios al Catecismo Cristiano y excusándose en querer acabar con el foco luteranizante-erasmista castellano.

El 1 de agosto de 1559, el pleno inquisitorial decidió su arresto. Fue enga­ñado y obligado a abandonar la Corte, siendo apresado la noche del 23 de agos­to en Torrelaguna y conducido a la cárcel de la Inquisición en Valladolid, donde dio comienzo su proceso. Fue su proceso largo, complejo y notorio, tanto por la calidad del acusado como por las circunstancias en que se desarrolló. Se le juz­gó primero en España (1559-1567). Carranza recusó al inquisidor general. Los árbitros del conflicto dieron por buena la recusación y nombraron como nuevo juez a Gaspar de Zúñiga. Su abogado, Martín de Azpilcueta, y los testimonios de prestigiosas personas como su compañero de orden fray Bartolomé de las Casas impidieron que sus enemigos y los fiscales lograsen que el juez dictase sentencia de culpabilidad.

Tras siete años en la cárcel de Valladolid, el proceso se llevó a Roma por exigencia del papa Pío V. Carranza salió de España el 27 de abril de 1567, yendo a parar a la cárcel del castillo de Sant’Angelo, donde permanecerá aún nueve años. El mismo papa asistió a muchas de las sesiones del proceso y decidió dictar sentencia a favor de Carranza. Pero la muerte de Pío V en mayo de 1572 impidió declarar su inocencia.

Su sucesor Gregorio XIII decidió concluir la causa, pero los enemigos de Carranza volvieron a retrasar la sentencia, que finalmente se sentenció por el papa el 14 de abril de 1576, declarándole vehementer suspectus de haeresi (fuer­temente sospechoso de herejía), exigiéndole que abjurara ad cautelam de dieci­séis de sus proposiciones, a pesar de que la obra fuera declarada ortodoxa por el Concilio de Trento en 1563.

La última parte de su defensa fue llevada a cabo también por Martín de Azpilcueta, quien fue enviado a Roma por Felipe II precisamente para hacerse cargo de la misma. Gracias a su brillante defensa Carranza fue finalmente ab­suelto, poco antes de morir, después de escribir unos versos que Luis Gil Fer­nández recogió en su Panorama social del Humanismo español (1997, 2.a ed., p. 452).

Bartolomé de Carranza murió el 2 de mayo de 1576 en el convento de Santa María sopra Minerva de Roma, donde fue enterrado. Gregorio XIII, como re­paración a su sentencia, redactó el epitafio que se puso sobre su tumba: D.O.M. Bartholomaeo Carranza, Navarro, dominico, Archiepiscopo Toletano, Hispania- rum Primati, Viro genere vita doctrina contione atque elemosynis claro, magnis muneribus a Carolo V et a Phillippo II Rege Catholico sibi commissis egregie functo, animo in prosperis modesto et in adversis aequo. Obiit anno 1576 die secundo Maii, etc. El pueblo romano honró multitudinariamente su cadáver, llamándole el arzobispo mártir. En 1993 sus restos fueron exhumados y trasla­dados a la catedral de Toledo.

El pensamiento teológico del navarro arzobispo de Toledo quedó fijado en los comentarios que hizo a la Biblia y a la Summa Theologica de Santo Tomás, y se acreditó en el Concilio de Trento y en sus libros. El mismo se dis­tingue por un fuerte contexto bíblico y patrístico, así como por su tonalidad espiritual, apoyada en la oración. Su prosa, sencilla y honda, se caracteriza por una profunda inspiración bíblica y está impregnada de un fuerte cristo- centrismo, inspirado en San Pablo, próximo a la espiritualidad de San Juan de Ávila.

Uno de sus temas preferidos fue el de la necesidad de la transformación profunda o conversión del corazón y de la vida. Exigente respecto al obispo y a la vida religiosa, extendía su exigencia al laicado o pueblo cristiano, cuya evangelización profunda correspondía a sus pastores. Destacó con fuerza los imperativos de la condición de bautizados y confirmados, pidió un puesto en la iglesia para todos los cristianos y no tuvo dificultad en poner en manos de estos la lectura de la Biblia en lengua vulgar. Curiosamente, su Catechismo Christia- no, incluido en el Index de Valdés (1559), y más tarde, en el romano (hasta el siglo xix), fue una de las fuentes literarias principales del catecismo romano postridentino.

Humilde, muy dado a la labor pastoral y a la caridad, en los miles de pá­ginas de su proceso hay juicios totalmente contradictorios sobre su doctrina, quizá debido al vivo lenguaje que empleaba en sus escritos, susceptible de in­terpretaciones diferentes a su sentido primario que en un contexto muy sen­sibilizado contra cualquier asomo de herejía no dejó de crear suspicacias. Los Comentarios del Catecismo Cristiano, concebidos como una contribución po­sitiva al renacimiento del catolicismo inglés y como antídoto de las herejías, por ironías de la historia, se convertirían en el principal capítulo de acusación contra Carranza en el proceso que se le formaría más tarde. Dicho proceso fue considerado por Gregorio Marañón «como uno de los acontecimientos funda­mentales del reinado de Felipe II e índice de la conciencia colectiva de su tiem­po». De las más de 40.000 páginas «no se sacarán un solo adarme de convicción sobre la herejía de aquel prelado, y sí solo una inmensa piedad para él y una indisimulable repugnancia para sus perseguidores».

Algunos autores contemporáneos han llevado su figura y obra a la literatu­ra, tales como Joaquín Calvo Sotelo, quien en 1964 escribió su obra de teatro titulada El proceso del Arzobispo Carranza, basado en los sucesos de su vida, o Miguel Delibes, que llevó al personaje a su novela El hereje (1998).

Pero sin duda, quien más se ha dedicado al estudio y difusión de la obra carranciana ha sido José Ignacio Tellechea Idígoras, quien le dedicó más de treinta años de investigación y publicó más de cien estudios sobre él hasta su muerte el año 2008.


Obras

Summa Conciliorum et Pontificum, Franciscus Heluidius, 1600. 2 vols. Reed. Summa Conciliorum et Pontificum a Petro usque ad collecta, per… miranden ordinis predicatorum, Apud Horatium Cardon, 1601, 24 hojas y 658 pp. Reed. Summa Con­ciliorum Summorumque Pontificum… a sancto Petro usque ad Julium tertium, omni- bus in sacris litteris versantibus apprimé utilissima, Typographia Petri Marin, 1781. Reed. Felixstowe: M. Bott Bookdealers, 1999. Reed.Summa conciliorum et pontifi­cum a Petro usque ad Paulum tertium, Valencia: Universidad de Valencia, 2000.

La edición de las obras de Bartolomé de Carranza se ha debido, en su mayoría, a la mano de José Ignacio Tellechea Idígoras. Destacan:

Tellechea Idígoras, J. I., «Dos textos teológicos de Bartolomé Carranza: El “Articulus de certitudine gratiae. Tractatus de misticis nuptiis Verbi divini cum Ecclesia et ani- mabus justorum”», Anthologica Annua, 3 (1955), pp. 621-767.

—    «El “Articulus de justificatione” de Bartolomé Carranza», Revista española de Teolo­gía, 15 (1955), pp. 563-635.

—        (ed.), Comentarios sobre el «Catechismo Christiano». I, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, Serie Maior, 1, 1972; Comentarios sobre el «Catechismo Christiano». II, BAC. Serie Maior, 2, 1972; Fray Bartolomé Carranza, Comentarios sobre el Catecismo Cristiano. Obra corregida y abreviada por el autor en las cárceles inquisitoriales. In­troducción, edición crítica e índices, BAC. Serie Maior, 61, 1999; Los «Comentarios sobre el Cathechismo Christiano» de Bartolomé Carranza, Bulletin Hispanique, 61 (1959), pp. 273-287.

—    «¿Un “sermón de tolerancia” de Bartolomé Carranza? Valladolid, 21 agosto de 1559. Lección inaugural del curso 1962-3 en el Seminario Hispano-Americano de Madrid», Scriptorium Victoriense, 10 (1963), pp. 7-45 (tirada aparte 36 pp.).

—    «Dos escritos ascéticos de Bartolomé Carranza. Comentario espiritual a los Sal­mos 122 y 141», Archivio Italiano per la Storia della pietá, 5 (1968), pp. 383-408.

—    «Fray Bartolomé Carranza en el Concilio de Trento. Cuatro sermones inéditos», Annuarium Historiae Conciliorum, 2 (1970), pp. 135-175.

—    «Un escrito inédito del Arzobispo Carranza. Exposición del Salmo “De profundis”», Homenaje a Xavier Zubiri II, Madrid: Editorial Moneda y Crédito, 1970, pp. 636-656.

—    «“Credo sanctam Ecclesiam”. Catequesis de Carranza sobre la Iglesia», Communio, 6 (1973), pp. 33-77.

—    (ed.), Bartolomé Carranza de Miranda, Comentarios sobre el Cathechismo Christiano. Edición facsímil, Madrid, 1976.

—    «“Credo in Spiritum Sanctum”. Pneumatología del catecismo de Carranza», Salmanticensis, 30 (1983), pp. 149-189.

—    «Autoridad-servicio. Un sermón de Carranza en el Jueves Santo conquense (1559)», Scriptorium Victoriense, 30 (1983), pp. 5-47.

—    (ed. crítica, introd., índices), Bartolomé Carranza, Speculum Pastorum, Salamanca: Universidad Pontificia, 1992.

—    (ed.), Fray Bartolomé Carranza, Controversia de necessaria residentia episcoporum… Introd., primera versión castellana y edición facsimilar del texto latino, Madrid: Fundación Universitaria Española, 1994.

—    (ed. crítica, introd.), Bartolomé Carranza de Miranda. La forma de rezar el Rosario de Nuestra Señora, con una breve declaración de las oraciones del Pater Noster y del Ave María, Madrid: Fundación Universitaria Española, Espirituales Españoles, 48, 1999.

López, T., y Muñoz de Juana, R. (eds.), Tratado sobre la virtud de la justicia (1540), Pam­plona: EUNSA-Ediciones Universidad de Navarra, 2003.


Bibliografía

Tellechea IdÍgoras, J. I., Fray Bartolomé Carranza. Documentos históri­cos. I Recusación del Inquisidor general Valdés, Madrid: Archivo documental español de la RAH, 18, 1962, XXXVIII; Fray Bartolomé Carranza. Documentos históricos. II.1. Testificaciones de cargo, 19.1, 1962, XXVIII; Fray Bartolomé Carranza. Documentos históricos, II.2. Testificaciones de cargo, 19.2, 1963, XII; Fray Bartolomé Carranza. Documentos históricos. III. Testificaciones de abonos, indirectas y tachas, 22, 1965, LVI; Fray Bartolomé Carranza. Documentos históricos. IV. Audiencias 1 (1561-1562), 30.1, 1975, XLVI; Fray Bartolomé Carranza. Documentos históricos, V. Audiencias, II (1562-1563), 30.2, 1976, LIV; Fray Bartolomé Carranza. Documentos históricos, VI Audiencias (1563), 33, 1981, XVIII; Fray Bartolomé Carranza. Documentos históricos. VII. Audiencias (1563), 34, 1994.

—    El Arzobispo Carranza y su tiempo, Madrid: Guadarrama, 1968, 2 vols.

—    Fray Bartolomé Carranza y el Cardenal Pole. Un navarro en la restauración católica de Inglaterra (1554-1558), Pamplona: Gobierno de Navarra, 1977, 14 láminas.

—    Fray Bartolomé Carranza. Investigaciones históricas, Pamplona: Gobierno de Nava­rra, 2002.

—    El Arzobispo Carranza. «Tiempos recios». I. Un Obispo evangélico, Salamanca: Funda­ción Universitaria Española, Universidad Pontificia, 2003; II. Galería de personajes, 2004; III. Retazos de una vida, 2005; IV. Cartas boca arriba. La crisis religiosa española de 1558-1559 a través de cartas contemporáneas, 2007, 2 tomos.

Cita bibliográfica

Ayerbe Iribar, R. Mª., “Carranza, Bartolomé de», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 505-510.

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