Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Peregrinos y viajeros europeos

BONNECAZE, Jean (siglo XVIII).

Cargos y oficios

Peregrino y sacerdote.

Trayectoria

Joven peregrino de Pardies-en-Bearn, Bearne, Francia. No se conocen da­tos de su biografía, únicamente se sabe que realizó una peregrinación a San­tiago acompañado de tres amigos, Gomer de Saint Abit, Petrique d’Arros y Pierre Laplace de Pardies, partiendo el 1 de mayo de 1748 y regresando a principios de agosto, después de múltiples peripecias y calamidades, a casa de sus padres que le creían muerto. Pocos años después llegaría a ser cura de Angos. Su interesante y calamitoso viaje es un ejemplo de la llamada literatura odepórica, que trata de los acontecimientos y de las cosas vistas durante un viaje; sin duda, uno de los géneros literarios más significativos de la peregrina­ción jacobea dado que proporciona, junto al recuerdo de hechos y experiencia personales, datos geográficos, históricos y ambientales estrictamente relacio­nados con el viaje.

Realmente resultan sorprendentes las consideraciones que realiza a lo lar­go de su viaje, que narra en primera persona. Es interesante conocer retazos del mismo:

«Resolví estudiar en España; y, para tener éxito en mi proyecto, tomé el pre­texto de ir a Santiago, y se lo propuse a mi padre y mi madre. Esta idea les pareció aún más singular; me trataban como loco y aturdido y me abrumaban con insultos y desprecio, por lo que no sabía qué hacer o cómo cumplir mi proyecto.

Sin embargo, Dios favoreció mi empresa. Me enteré de que Gomer, de St. Abit, Peter de Arros y Pierre Laplace de Pardies iban a ir a Santiago. Hice mi plan con ellos, en secreto y ellos lo mantuvieron. Hice mi paquete con anticipación, algunas camisas y libros, y escondí mi bolsa en un campo de trigo que teníamos detrás del jardín: y, el 1 de mayo de 1748, salimos a medianoche. Todos tenían pasaportes y dinero, yo no tenía ni pasaporte ni dinero, excepto tres libras: me entregué com­pletamente a la Providencia. Viajamos doce leguas el primer día. Eran las siete de la mañana en Navarrenx. Fue en esta ciudad que compré un sombrero por treinta soles y vendí mi boina por doce soles, solo tenía un par de zapatos malos que me servían solo hasta Pamplona».

Llegados a Roncesvalles, el primer pueblo de España, después de haber pa­sado el puerto quedaron bloqueados por la nieve que les obligó a permanecer dos días en el hospital. «Había un destacamento de soldados que venían a ver si podían sorprender a algún francés para enrolarlo. Y como yo no entendía su idioma, hablaban entre sí de los medios de enrolarme, diciendo que era joven y osado para el servicio, que yo tenía bastante buen aspecto. Me preguntaron si sabía escribir y les dije que no». Un peregrino de Auch iba traduciendo la con­versación de los soldados a Bonnecaze. Aterrorizado, rogó a sus amigos que se preparasen y todos se marcharon en medio de la noche y de la nieve: «Pasamos por la nieve hasta las rodillas; pero disminuyó cuando salimos de la montaña; pasamos la llanura de Roncesvalles, donde los doce pares de Francia fueron asesinados. Todavía vemos en el hospital de este lugar las espuelas y la espada de Roland; en el medio de esta llanura, donde se libró la batalla, había una cruz de unos quince pies de altura, toda de hierro, cinco pulgadas cuadradas. Está debajo de un pabellón sostenido por cuatro pilares de hierro y el techo también está hecho de planchas de hierro, todas sólidamente construidas. Oramos ante esta cruz por los cristianos que fueron asesinados en este lugar memorable».

«Esta marcha forzada entre la nieve, mezclada de frío y de sudor, me hizo daño, me produjo una hemorragia de sangre por la nariz y por la boca». Un pe­regrino italiano le intentó ayudar: «Me ha dicho que mi bolsa me causaba esta hemorragia y me la acondiciona con unas cintas para poderlas colocar sobre el pecho; entonces la sangre cesó y yo me quedé más libre para caminar. Sin embargo, estaba muy débil: apenas podía mantenerme, la lluvia en un lado, la miseria y la hambruna en el otro, todo me abrumaba. Mis compañeros estaban aburridos conmigo y temían que yo muriera en el camino. Al llegar a Viana, es­taba muy débil por la sangre que había perdido y por la miseria que sufrí; como solo podía caminar despacio, mis camaradas estaban disgustados por esperar­me. En esta pequeña ciudad, cada uno distribuimos para pedir limosna, quise esperarlos fuera de la ciudad, los esperé hasta la noche, nadie apareció. Dormí en este lugar y al día siguiente me fui solo y supe que habían tomado otra ruta a través de las montañas; me abandonaron. Seguí mi camino hacia Compostela; Caminé sin detenerme mucho, y llegué a Compostela un día antes que ellos. Estaban todos enfermos, y yo estaba bastante bien». Como había aprendido a hablar bastante bien el español, el secretario de la catedral no le quería dar la patente como francés, pues pensaba que era español. Solo cuando apeló a su confesor, y él testificó a su favor, consiguió la Compostela.

En su viaje de regreso, todavía le esperaban más calamidades. Temblando de fiebre, una hospitalera le dio un remedio de urgencia: una friega con ortigas que le hizo chillar y padecer. Aquejado de una inflamación, Bonnecaze dio con sus huesos en el hospital de León —el de San Antonio— donde pasaban los días sin que se curara. Vio morir a cuatro de sus vecinos enfermos, tres en su hilera y uno en la cama de enfrente. El bearnés se manifestaba horrorizado:

«Yo tenía miedo de morir aquella noche, prefería morir fuera a morir en el hospital. Después del mediodía me esforcé por levantarme e ir hasta la ventana y sufría mi corazón al respirar el aire, le supliqué al mayordomo que me trajese mis pingajos, no quería hacerlo, me dijo que moriría si salía. Salí enseguida, sostenién­dome con mi bastón. Todos los días, casi doblé mi caminata; estando solo, no perdí un momento; al final, eran diez leguas por día. Habiendo llegado a las fronteras de la Alta Navarra, me detuve en una montaña, durante dos horas, para respirar el aire de Francia que me devolvió la fuerza, abrió mi corazón, por lo que me pareció que todos mis problemas me dejaron en ese momento. Solo me detuve para pedir pan para vivir. Llegué a Roncesvalles con gusto, me quedé dos días en el hospital para descansar; el segundo día, me fui después de la cena. Daban tres comidas en este hospital real, media libra de pan para el desayuno, una libra de pan para la cena, media carne y una pinta de vino y sopa. Habiendo finalmente llegado al primer pueblo de Francia al pie del puerto, hay una corriente con un puente que separa los dos reinos de Francia y España. Hice una cruz con mi personal y prometí no volver a St. Jacques. Entonces fui feliz, al verme fuera de la miseria española. Llegué a la casa de mi padre a principios de agosto; al llegar encontré a mi hermana en el arroyo, cerca del pueblo. La saludé y ella me besó, eran como las tres de la tarde; tomó mi bolsa, que no pesaba mucho, porque había vendido mis camisas para vivir. Encontré a mi padre y a mi madre abrumados por la pena, por­que les habían dicho que estaba muerto, y en ese momento me estaban hablando, los besé llorando, también derramaron lágrimas. Temí su ira, me arrodillé y pedí perdón, y les supliqué que me dieran su bendición; me lo dieron llorando de ale­gría y satisfacción».


Realmente un viaje interesante y calamitoso de un peregrino francés a me­diados del siglo XVIII que, juntamente con los realizados por Guillermo Manier en 1726 y Jean Pierre Racq en 1790, ofrecen una visión de peregrinos franceses en un siglo en el que se constata la menor afluencia de peregrinos a Santiago. En este sentido conviene recordar que tanto la peregrinación de Jean Bonne- caze y la de Jean Pierre Racq son bastante desconocidas a pesar del interés que ofrecen sus relatos.

Obras

Haristoy, P. (ed.), Pelerinage de Saint Jacques de Compostelle. Pelerinage de Jean

Bonnecaze, de Pardies (Pyrénées Atlantiques), en 1748, Pau: Imprimerie Catholique,

G. Lescher-Moutoué, 1900. Desplat, Ch., y Blázquez, A. (eds.), «Bonnecaze, J., y Racq, J. P.», Voyage de deux pélerins a Compostelle au xviiI siécle, Tarbes: Cairn, 1998.

Bibliografía

Bonnecaze, J., y Racq, J. P., Voyage de deux pélerins a Compostelle au xviiI‘ siécle, Desplat, Ch., y Blázquez, A. (eds.), Tarbes: Cairn, 1998.

De la Riera, J. A., «Bonnecaze, Jean», Xacopedia, http://xacopedia.com/Bonnecaze_Jean(consultado el 31 de agosto de 2018).

Vázquez de Parga, L.; Lacarra, J. M.a, y Uría Ríu, J., Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, Madrid: CSIC, vol. 1, 1948, pp. 117-118.

Cita bibliográfica

Jusué Simonena, C., “Bonnecaze, Jean», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 732-735.

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