Trayectoria
El interés de los visigodos por Hispania fue creciendo gradualmente a lo largo del siglo v. Desde que en el año 418 las autoridades romanas les permitieron asentarse como pueblo federado en la provincia Aquitania Secunda, los visigodos empezaron a intervenir cada vez más en suelo hispano. En un principio actuaron al servicio de Roma, aniquilando hacia el 417-418 a los alanos y a los vándalos silingos y, en una serie de campañas posteriores, derrotando las revueltas de los bagaudas del valle del Ebro y arrinconando a los suevos en el noroeste peninsular. El control fáctico de los godos sobre Hispania era cada vez mayor y ya en el 472-473, aprovechando la incapacidad militar del Imperio romano de Occidente, ocuparon por la fuerza la provincia Tarraconensis, aplastando con facilidad los intentos de resistencia de la aristocracia provincial. A la caída de la pars occidentalis del Imperio, los visigodos controlaban toda la Aquitania, la Novempopulania, amplios territorios que se extendían hasta el Loira y la Provenza, y gran parte de Hispania, a excepción del reino suevo de Gallaecia, las Baleares, que formaban parte del reino vándalo, y algunas regiones de la Península que seguían bajo la autoridad de los poderes locales.
La cada vez mayor presión ejercida desde el norte por la gran confederación franca desencadenó en el 507 la batalla de Vouillé, donde los visigodos perdieron a su rey Alarico II y sufrieron una gran derrota ante los francos de Clodoveo I. Tras el fracaso militar, los visigodos fueron expulsados de la Aquitania y tuvieron que trasladarse precipitadamente a Hispania. Con la ayuda del reino ostrogodo de Italia, consiguieron frenar la ofensiva franca conservando los territorios hispanos y la parte occidental de la provincia Narbonensis, llamada Septimania. El reino visigodo y su rey Amalarico fueron tutelados por el rey ostrogodo Teodorico I hasta el 526, pero, a la muerte de dicho monarca, Amalarico se liberó de la tutela ostrogoda y gobernó hasta que en el 531 murió asesinado y sin descendencia, extinguiéndose con él la dinastía de los Baltos. La inestabilidad política se recrudeció por las luchas aristocráticas y guerras civiles que estallaban ante los continuos ataques francos y la ausencia de una línea sucesoria estable, erigiéndose en cada ocasión como rey aquel que demostraba ser el más fuerte, convirtiéndose Toledo en el centro del reino. Mientras tanto, en el Mediterráneo, el Imperio romano de Oriente, o Bizancio, se hallaba en plena reconquista de los territorios que antaño pertenecieron a Roma. En el 534 las fuerzas imperiales lograron conquistar el reino vándalo de África, incluido el archipiélago balear y Ceuta y, a mediados del siglo, aprovechando la petición de auxilio de una facción visigoda para que la ayudasen en una de las guerras civiles, los bizantinos se apoderaron de una franja costera del sur y sureste hispano, creando una provincia llamada Spania con capital en Cartagena.
Los regicidios y guerras civiles entre los visigodos continuaron hasta la llegada al poder del rey Leovigildo en el 568. Leovigildo trató de unificar bajo su mando toda la península ibérica mediante una serie de campañas militares, conquistando en el 585 el reino suevo de Gallaecia y apoderándose de otras regiones que de facto eran independientes, como Cantabria y la ciudad de Córdoba. Asimismo, dirigió sus ejércitos contra bizantinos y vascones, arrebatándoles a todos ellos varios territorios. De este modo, el rey reforzó el ejército y reorganizó la red administrativa y fiscal del reino, pero su condición arriana le impedía normalizar sus relaciones con la Iglesia católica. Leovigildo, al fortalecer su posición como monarca, pudo asociar al trono a su hijo Recaredo, quien le sucedió a su muerte. Recaredo solucionó el problema religioso convirtiéndose al catolicismo en el 589, mejorando las relaciones con el papado y favoreciendo el proceso de unión entre godos e hispanorromanos, completando así la reforma del reino que comenzó su padre. No obstante, el hijo de Recaredo, Liuva II (601-603), no fue capaz de garantizar la estabilidad política del reino y volvieron a estallar las conjuras palaciegas y las guerras civiles por el trono. Aun así, los visigodos conservaron su potencial bélico, protegiendo sus fronteras y expulsando en el 624 a los bizantinos de la Península. En su afán por controlar el territorio vascón y frenar las razias que realizaban sus habitantes, los godos cosecharon algunos éxitos, aunque dichas victorias nunca tuvieron un efecto duradero, ya que los vascones continuaron ejerciendo sus correrías y aportando su fuerza militar en las rebeliones y guerras civiles tan habituales en el reino de Toledo.
Para mediados del siglo, el sistema fiscal del reino se mostraba anticuado e ineficaz y la sociedad comenzó a dar señales de agotamiento. Los monarcas Chindasvinto (642-653) y Recesvinto (653-672) pusieron en práctica varias medidas con el fin de solucionar las carencias políticas y económicas, militarizando y simplificando la administración estatal y suavizando la presión fiscal. Sin embargo, los cambios estructurales realizados permitieron que en las provincias el poder se concentrara en manos de unos pocos nobles, cambiando de esta manera el modelo habitual de revueltas y guerras civiles. Tras aplastar la rebelión conjunta de los vascones y de la aristocracia de la Septimania y la Tarraconense, con el objetivo de garantizar la paz, Wamba (672-680), sucesor de Recesvinto, trató de fortalecer la monarquía restando poder a los nobles y ejerciendo un mayor control sobre la Iglesia. Con ello, el rey se granjeó la enemistad de gran parte de la aristocracia y, en el 680, fue víctima de un complot, siendo decalvado y confinado en un monasterio.
Los cambios que quiso llevar a cabo Wamba fueron el último intento por construir una monarquía fuerte que pudiera frenar la sangrienta rivalidad de una aristocracia ambiciosa. El fin de su reinado supuso el declive del reino visigodo, política y financieramente. En vísperas del desembarco musulmán del 711, el reino se encontraba de nuevo en medio de una guerra civil entre dos aspirantes al trono: Agila II, que controlaba la Septimania y la Tarraconense, y Rodrigo, dueño del resto. Los musulmanes, llamados por la facción de Agila, cruzaron el estrecho de Gibraltar mientras Rodrigo se hallaba luchando contra los vascones en los alrededores de Pamplona. Poco después, en la batalla de Guadalete los seguidores del Islam derrotaron a Rodrigo y su ejército y en los siguientes años lograron apoderarse de todo el reino visigodo iniciando una nueva etapa de la historia de la península ibérica.
En el ámbito intelectual y religioso, el reino visigodo realizó la labor de puente entre la época romana y el renacimiento carolingio, ya que en ningún otro lugar de Occidente se consiguió una vinculación tan estrecha entre la iglesia y la monarquía. Durante los siglos vi y vii la Hispania visigoda se convirtió en el centro principal de la cultura clásica de todo occidente, con eruditos tan relevantes como Isidoro de Sevilla, Braulio de Zaragoza y Julián de Toledo, cuyas obras se expandieron por toda la cristiandad. En estos trabajos literarios el trato que reciben los vascones es similar al que se les da en las fuentes merovingias. Los autores del reino visigodo, que redactan desde un ámbito geográfico y cultural alejado de la propia realidad vascona, recuperan los términos de «vascones» y «Vasconia» extraídos de la literatura grecorromana con el fin de aplicarlos a una nueva realidad histórica que, da la impresión, los mismos redactores tampoco son capaces de comprenderla del todo.
Los vascones son vistos como grupos de poblaciones a someter, debido a su ubicación estratégica en un territorio que se extiende a ambos lados de los Pirineos occidentales, así como a la amenaza militar que constituyen, por las razias que realizan en territorio godo y, especialmente, por su tendencia a participar en las guerras civiles y en distintas rebeliones del reino de Toledo. Aunque en ocasiones aparecen como poblaciones rebeldes que forman parte del reino visigodo, otras veces reciben el tratamiento de gentes externae y siempre, en mayor o menor medida, son retratados con calificativos (montañeses, nómadas, paganos, feroces…) que hasta entonces la literatura aplicaba a los bárbaros. Asimismo, cada autor adapta la figura del vascón al propio carácter de su obra y a sus intereses, por ello la información que facilitan ha de ser manejada con cierta prudencia.
Bibliografía
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Cita bibliográfica
Lanz, J. «Introducción», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 107-109.





