Trayectoria
Los cronistas del reino de Aragón de época moderna quedaron a la sombra de la figura de Jerónimo Zurita y Castro (cronista entre el año 1548 y 1580), autor de Historia del Rey Católico y de los Anales de la Corona de Aragón. Sucedieron a Zurita como cronistas oficiales del reino, Jerónimo Blancas (1581-1590), autor de Aragonensium rerum comentarii; Juan Costa y Beltrán (1590-1597), De conscribenda rerum historia y los destruidos Anales del Reino de Aragón; Jerónimo Martel y Losilla (1597-1608), Forma de celebrar las Cortes en Aragón y los destruidos Anales del Reino de Aragón; Lupercio Leonardo Argensola (1608-1613), Información de los sucesos de Aragón (relativo a las alteraciones de Zaragoza de 1591); Bartolomé Llorente y García (1613-1614), Historia manuscrita de la Fundación de Nuestra Señora del Pilar; Bartolomé Lorenzo de Argensola (1615-1631), Comentarios para la historia de Aragón; Francisco Xi- ménez de Urrea (1631-1647), Genealogía de los Condes de Aragón; Francisco Andrés de Uztárroz (1647-1653), Descripción de los Serenísimos reyes de Aragón; Francisco Diego de Sayas y Ortubia (1653-1669), Anales del Reino de Aragón; Juan José Porter y Casanate (1669-1677), Anales del Reino de Aragón; Diego José Dormer (1677-1703), Discursos históricos-políticos; José Lupercio Panza- no (1703-1705), Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V; y Pedro Miguel Samper (1705-1711), con el que acabó este cargo, como consecuencia de la guerra de Sucesión y los Decretos de Nueva Planta, y que escribió el Tratado sobre la fidelidad del Reino de Aragón a su Majestad. El cargo comportaba un sueldo que abonaba la Diputación de Aragón desde 1548, y algunos de ellos lo compaginaron con el cargo de cronista de la Corona de Aragón, instituido este en 1599. Los historiadores aragoneses que ocuparon ambos oficios fueron los dos hermanos Argensola y Diego José Dormer.
Muchos de estos cronistas tenían una formación jurídica o clerical, y recibieron el encargo de compilar los hechos notables del reino durante los siglos medievales, configurando una memoria glorificada que pretendía hacer de Aragón el primero de los reinos cristianos peninsulares surgido en Sobrarbe. Fue el caso de Jerónimo Zurita y de Bartolomé Juan Leonardo de Argensola, en cuyas obras se dedica una atención especial al pasado histórico medieval de Navarra. También lo hicieron otros historiadores aragoneses con idéntico espíritu ensalzatorio del reino de Aragón, en concreto, Jerónimo de Blancas, Juan Briz Martínez, José de Pellicer de Ossau y Salas —en su caso cronista real de Castilla y cronista mayor del rey—, Pedro de Abarca y el benedictino Domingo de La Ripa.
En 1675, en la dedicatoria al reino de Aragón de su Defensa histórica por la antigüedad del Reino de Sobrarbe, el P. La Ripa mostraba su indignación porque el cronista navarro José de Moret había tachado de fabuloso todo lo que los anteriores historiadores aragoneses habían escrito, con todo fundamento y seguridad, sobre la antigüedad del reino de Aragón. En la censura y aprobación de dicha obra, el conde de San Clemente se pregunta qué fue lo que impulsó al jesuita navarro a dar mayor antiguedad a la Diadema Vascona que a la Sobrar- biense, es decir, al reino de Navarra que al de Aragón, y solo halla una explicación: el natural amor a su Patria. Gracias a diversos estudios elaborados en las últimas décadas, conocemos muy bien el contexto en el que se produjo esta confrontación entre los cronistas aragonés y navarro en la segunda mitad del Seiscientos, y que, en realidad, no es sino la culminación de un largo enfrentamiento entre historiadores de ambos reinos durante los siglos xvi y xvii. Así pues, la pugna protagonizada por La Ripa y Moret no era nueva, pero sí fue, sin duda, la que mayores ríos de tinta hizo correr. Era mucho lo que estaba en juego. En el proceso homogeneizador que la Monarquía Hispánica llevó a cabo durante los siglos modernos, los territorios periféricos corrían el riesgo de ver difuminados sus rasgos identitarios en el marco de la macroestructura política regida por los soberanos de la Casa de Austria. Se hacía preciso poner de relieve y defender la antigüedad, nobleza, fidelidad y privilegios que constituían la base fundamental de esa identidad, mediante la elaboración de los adecuados instrumentos historiográficos que se convertirían en las mejores armas para alcanzar dicho objetivo. A ello obedecen los nombramientos del jesuita Moret como primer cronista de Navarra en 1654 y del benedictino La Ripa como cronista honorario de Aragón, a pesar de que ya existía un cronista ordinario, cargo ocupado entonces por el doctor José Dormer. Así pues, sin negar ese amor a la patria que san Clemente presumía en Moret, hoy sabemos que su defensa de la antigüedad del reino de Navarra respondía además a otras razones de diversa índole.
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Cita bibliográfica
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