Cargos y oficios
Sacerdote y lingüista
Trayectoria
La vida de Astarloa puede dividirse en tres etapas: una primera de formación e ingreso en el sacerdocio (1752-1782); una segunda en la que ya se interesó en el estudio de la lengua, particular aunque no exclusivamente de la vasca (1783-1801), y una última en la que polemizó, ya desde Madrid, con quienes habían emprendido un ataque sistemático contra los Fueros vascos y, por extensión, contra el euskera (1802-1806).
De la primera etapa mencionaremos su nacimiento en Durango, aunque su infancia la vivió desde los dos años en Markina. Hijo y nieto de cargohabientes vizcaínos, su hermano se hizo cargo del mayorazgo familiar y él se dedicó a los estudios. Para ello, disfrutó de una educación esmerada en el seminario de Larresoro (Labort), donde incluso llegó a componer unos versos en euskera dedicados al conde de Peñaflorida. En 1778 se ordenó sacerdote en Durango y fue nombrado abad y capellán en la misma localidad en 1782. Su carácter ciertamente polémico se reveló desde temprano: adquirió fama de buen predicador en euskera pero también de llevar una vida poco conforme con su condición sacerdotal, lo que le valdría reproches de sus superiores e incluso sufrir prisión eclesiástica en Logroño en 1797.
A partir de 1783 comenzó a interesarse vivamente por las lenguas y por el euskera en particular. Javier Esteban destaca que no fue ajeno a este interés el impulso de una Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País que vio utilidad en ello, por ejemplo en los versos que compuso Astarloa por la muerte de Carlos III y proclamación de Carlos IV, que se imprimieron en Madrid y Bilbao, y que tradujo al castellano José Agustín Ibáñez de la Rentería. Su trato con el lingüista Lorenzo Hervás —jesuita residente en Roma tras la expulsión de la orden y autor de la obra Catálogo de las lenguas, que le influirá notablemente— le ayudó en gran manera a tomar contacto con las obras y estudios sobre la lengua que se elaboraban en aquel momento. En 1801 conoció a Wilhem von Humboldt, con quien trató frecuentemente en Durango, y a quien dio a conocer su «Plan de lenguas», un manuscrito que Astarloa debía tener preparado ya para la imprenta, aunque nunca llegó a editarlo. Solo se conserva hoy un fragmento que copió el propio Humboldt.
En esta época su fama era ya notable, a pesar de no tener obras publicadas. Es conocido el texto que el fabulista Samaniego dirigió, con ironía, a un amigo suyo marquinés: «¿No teme usted que si algún día vengo a caer a ese cascarón de nuez, que llaman Marquina, cuyos habitantes paucis exceptis creen que no hay más mundo que el exiguo terreno que rodea sus montañas, mundo dirigido por Astarloas y Mogueles, me tengan, al saber que soy poeta, por algún nigromante caído de la región de las brujas, y los chicos me reciban a pedradas y los curas con el hisopo? […] Al bendito D. Pedro Pablo dígale usted que para una obra que pienso escribir de antigüedades antediluvianas me diga, puesto que él debe saberlo, cómo se llamaban en el Paraíso terrenal los escribanos, sastres y zapateros. Déle usted un abrazo de mi parte, y no atreviéndome a encargarle otro tanto para la gente de su casa, queda suyo».
En la época de la Revolución francesa mantuvo posturas claramente antirevolucionarias, llegando su familia a acoger a clérigos expulsados de Francia. La desamortización de Godoy de 1798 acabó dejando a Astarloa sin su beneficio en Durango, de modo que en 1802 decidió trasladarse a Madrid. Ese mismo año había terminado de imprimirse el Diccionario geográfico-histórico de España, cuyo artículo dedicado a «Nabarra», escrito por Joaquín Traggia, contenía un ataque directo a las posiciones de los defensores de la antigüedad primigenia del euskera y del vascoiberismo. Como respuesta publicó su Apología de la lengua bascongada en la que rebatió los argumentos de Traggia. Su respuesta originó nuevos ataques (J. A. Conde) y contraataques como las Reflexiones críticas que el propio Astarloa publicó bajo el seudónimo «El defensor de la Apología», en un contexto en el que lo que realmente estaba en juego eran los propios Fueros de los territorios vascos, como quedará de manifiesto en obras como las de Martínez Marina o José Antonio Llorente. Murió en Madrid en 1806.
Para entender la obra de Astarloa hay que aludir, de entrada, a la tradición del vascoiberismo, que venía forjándose desde el siglo xvi. Efectivamente, la consideración del euskera como lengua primigenia de la Península que trajo consigo Túbal, uno de los nietos de Noé, venía trabajándose desde siglos atrás, y puede apreciarse ya con toda claridad en las obras de Juan Martínez de Zaldibia y de Esteban de Garibay y Zamalloa en la segunda mitad del siglo xvi. Tras estar presente en todos los clásicos de la literatura foral del siglo xvii, se consolidó en la siguiente centuria en torno al polemista Manuel de Larramendi, de quien beberá directamente nuestro autor. No debe olvidarse nunca que la trabazón de esta originalidad del euskera con el estatus político de los territorios vascos era indisoluble. En un contexto cultural en el que lo inmemorial se consideraba prueba de autenticidad, la originalidad de la lengua, su nula o escasa contaminación, suponía el mejor reflejo de que sus hablantes eran también inmemorialmente libres, no dominados por nadie, es decir, nobles —-aunque fuera en su estrato inferior—, lo cual no era indiferente en una sociedad estamental y jerarquizada. Es esta tradición la que se pone en cuestión por Traggia, Conde y otros como parte de una estrategia antiforalista capitaneada por Godoy, y contra la que reaccionan Astarloa y otros.
Otro elemento necesario para interpretar correctamente la obra del durangués es que, como otros autores pertenecientes a la «época de Astarloas y Mogueles» —en feliz denominación de Justo Gárate—, su punto de partida hay que vincularlo a la segunda generación de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Por tanto, a una cierta tradición ilustrada, y ello a pesar de que sus apreciaciones en torno a la lengua y la cultura vascas y su credulidad en torno a ciertos mitos lo sitúen a caballo entre estos ilustrados y los primeros prerrománticos. Esa segunda generación comprobó los límites de los programas reformistas de la primera y también sus divisiones internas. Eso explica su giro agrario en cuestiones económicas y su vuelco hacia cuestiones históricas y lingüísticas, a la vez que tomaba distancia respecto a determinados principios enciclopedistas. Desde la Bascongada se impulsó el interés de Hervás o Humboldt por la lengua vasca y desde ahí también se animó a Astarloa a iniciar sus estudios filológicos. Unos estudios que rápidamente se politizaron al calor de los debates arriba señalados.
En este sentido, la aportación fundamental de Astarloa quizá se encuentre en sus Discursos filosóficos sobre la lengua primitiva, en los que trató de la existencia o no de una lengua o lenguas primitivas y de su relación con el euskera. Comenzaba su razonamiento afirmando la sociabilidad innata del ser humano y, en consecuencia, su necesidad de comunicarse con sus semejantes mediante voces articuladas, y no solo con gestos. En consonancia con algunas corrientes científicas del momento, pensaba también que los sonidos, las letras incluso, encerraban una suerte de realidad, de manera que, en conjunto, una lengua suponía una manera concreta, única e intransferible, de aprehender su entorno y de interaccionar con él. Cada lengua delimitaba así la existencia de un grupo humano con características propias. Un ejemplo de estas teorías es su célebre hipótesis acerca del llanto de los niños vascos que tanto gustó a Sabino Arana: los varones lloraban con el sonido «a» y las niñas con «e», y relacionó esto con que «aarra» —literalmente, el que pronuncia la «a»— significa «macho», y «emia» —o llanto delicado—, «hembra».
En ese marco teórico, veía que el euskera era una lengua tan perfecta, tan pura en el sentido de que reproducía este tipo de principios con diáfana claridad que, en su cosmovisión católica, solo podía ser una lengua prebabélica, incluso la lengua originaria. Es decir, matizando incluso las propios teorías vasco-iberistas, no solo sería la lengua que primitivamente se habló en España, sino también en el conjunto de la humanidad, tesis que continuará Erro.
Por diversos motivos, Astarloa no vio editados sus Discursos filosóficos hasta muy tarde (1883), a pesar de haber incluido en su testamento el encargo de publicarlos a sus amigos Erro y Zamacola. Sin embargo, ello aseguró su impacto en autores de finales de siglo y, muy especialmente, en Sabino Arana. Este rechazó con claridad la literatura fuerista, pues desde su inicio el objetivo de la misma era la ubicación de los territorios vascos en la Monarquía. Esto lo veía Arana con toda claridad y de ahí que tampoco fuese cercano a las tesis vascoiberistas. Pero en Astarloa encontraría algo nuevo y de particular interés: la ya mencionada idea de que el euskera sería una lengua anterior a la confusión babélica, esto es, previa al episodio tubaliano, previa a la población de la Península y, por tanto, a la propia historia de España. Las peculiaridades vascas no serían entonces tanto el reflejo de una particular manera de estar en España como el testimonio de una independencia ancestral.
Por mucho que estas tesis no soporten ningún análisis científico en nuestros días —y ya fueran discutidas en tiempos de Astarloa, incluso por sus propios amigos Humboldt o Moguel, críticos con sus exageraciones— no debe olvidarse que Astarloa fue una persona culta y hasta erudita, como se han ocupado de destacar Tovar o Michelena, que estudió, por ejemplo, el lenguaje y la escritura de los sordomudos, que para sus teorías se apoyó en lingüistas muy reconocidos en su época como Hervás o Humboldt y que fue capaz de debatir en términos de igualdad con muchos de ellos. Si el trasfondo político de su argumentación lingüística es diáfano y evidente, no lo fue menos el de sus contrarios.
Figura polémica en vida, no ha dejado de serlo después. Si Michelena veía en él un excelente exponente del racionalismo ilustrado aplicado a la lingüística, Elías de Tejada no apreciaba esto, sino el aprovechamiento de los conocimientos de la época al servicio de la tradición vascongada; Unamuno llegó a ver en su defensa de la lengua un himno que, si bien era poco científico, no carecía de poesía; para otros, en fin, las ideas de Astarloa son la primera semilla del nacionalismo vasco más integrista.
Obras
Apología de la lengua bascongada o Ensayo crítico filosófico de su perfección y antigüedad sobre todas las que se conocen en respuesta a los reparos puestos en el Diccionario geográfico-histórico de España, tomo segundo, palabra Nabarra, Madrid: Gerónimo Ortega, 1803.
Carta de Un Bascongado al señor D. Tomás de Sorreguieta, advirtiéndole varias equivocaciones que ha padecido su obra titulada Semana Hispano-Bascongada, Madrid: Cano, 1804. Publicada bajo el seudónimo Un Bascongado.
Reflexiones filosóficas en defensa de la Apología de la lengua vascongada o Respuesta a la Censura crítica del cura de Montuego, Madrid: Cano, 1804. Publicada bajo el seudónimo El Defensor de la Apología.
Discursos filosóficos sobre la lengua primitiva o Gramática y análisis razonada de la euskara o bascuence [1805], Bilbao: Establecimiento tipográfico de Pedro Velasco, 1883.
Bibliografía
Esteban Ochoa de Eribe, J., Discursos civilizadores. Escritores, lectores y lecturas de textos en euskera (c. 1767 – c. 1833), Madrid: Sílex, 2018.
Gárate, J., «Extracto del Plan de Lenguas de Astarloa», Revista Internacional de los Estudios Vascos, 26 (1935), pp. 93-121.
— La época de Pablo Astarloa y Juan Antonio Moguel, Bilbao: Junta de Cultura Vasca, 1936.
Gómez López, R., «Astarloaren sintaxia eta hitz ordena naturala», Lakarra, J.; Gorrochategui, J., y Urgell, B. (eds.), II Congreso de la cátedra Luis Michelena, Vitoria-Gasteiz: Universidad del País Vasco, 2012, pp. 247-262.
Hurch, B., «Materiales vascos del legado de Wilhelm von Humboldt, III: Pedro Pablo de Astarloa y Aguirre: Plan de lenguas o gramática bascongada en el dialecto bizcaíno (fragmento)», Anuario del Seminario de Filología Vasca «Julio de Urquijo», vol. 16, núm. 1 (2007), pp. 29-66.
Madariaga, J., Apologistas y detractores de la lengua vasca, Donostia-San Sebastián: Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia, 2008.
Uriarte, J. M.ª, Pablo Pedro de Astarloa (1752-1806). Biografía (en euskera), Durango: Museo de Arte e Historia de Durango, 2002.





