Cargos y oficios
Sacerdote, defensor del euskera, sindicalista y pensador político
Trayectoria
José Ariztimuño, conocido como «Aitzol», nació el 18 de marzo de 1896 en Tolosa. Es posible que su primera inspiración ideológica fuera la del sacerdote Patrizio Orkaiztegi, nacionalista, carlista y editor de algunas obras en euskera (Azurmendi, 1990: 15; Otaegi, 1998: 2).
En 1909, Ariztimuño ingresó en la Universidad jesuítica de Comillas, donde tuvo entre su profesorado a Orixe (Otaegi, 1998: 2-3). En 1919 fue expulsado de dicha universidad por motivos que por el momento se desconocen. Terminó sus estudios sacerdotales en Vitoria-Gasteiz, donde conoció a José Miguel Barandiarán (VVAA, 1990; Azurmendi, 1990: 16; Otaegi, 1998: 3).
Aitzol ofició su primera misa en 1922, en Tolosa. Poco después, en 1923, fue designado secretario de la Organización y Propaganda de la Diócesis de Vitoria. Desde la misma realizó la que fuera su primera producción en euskera, en la revista Gure Mixiolaria. En 1924 fue destinado como párroco al barrio Garin de Beasain, cargo que ocuparía hasta 1929, año en que se trasladaría a San Sebastián a causa de una enfermedad en los bronquios (VVAA, 1986; Insausti, 1990: 8; Azurmendi, 1990: 20-21; Otaegi, 1998: 3-44). Antes de ello, en ese mismo año (1929), colaboró en la organización de la Exposición Misional de Barcelona (VVAA, 1986; Insausti, 1990: 8; Otaegi, 1998: 8).
En el año 1930 utilizó por primera vez el seudónimo Aitzol, acrónimo de sus apellidos (Ariztimuño Olaso) (Otaegi, 1998: 5). Ese mismo año fue uno de los fundadores del diario donostiarra El Día, publicación católica y vascófila (Azurmendi, 1990: 21), del que, en opinión de algunos, fue también «editorialista» (Otaegi, 1998: 5). Desde el mismo actuó como ideólogo e intelectual del nacionalismo vasco. En contra de lo que se cree, Aitzol nunca estuvo afiliado al PNV, puesto que por aquel entonces los estatutos del partido no permitían tener entre sus miembros a clérigos (Zabaltza, 2005: 307).
En 1930 entró a formar parte del equipo directivo del grupo Euskaltzaleak, que tenía como fin promover el euskera y la cultura vasca. Animó a los miembros de esta organización a impulsar los famosos Eusko Olerti Egunak (Días de la Poesía Vasca) y los Campeonatos de Bertsolarismo (Otaegi, 1998: 5; Zabaltza, 2005: 307-308), y en 1933 empezó a publicar la revista Yakintza (VVAA, 1986; Insausti, 1990: 10; Otaegi, 1998: 15). Fue precisamente esta prolífica aportación al euskera la que le daría renombre a Aitzol. En primer lugar, con respecto a Euskaltzaleak, grupo que abogaba a favor del euskera, Aitzol abrió las puertas a personas de ideologías de todo tipo, por lo que no fue una agrupación de carácter exclusivamente nacionalista (Zabaltza, 2005: 121-123 y 307-308). En segundo lugar, como impulsor de la literatura se distinguen dos fases. En la primera, entre los años 1930 y 1933, Aitzol trató de impulsar la alta literatura; en ese sentido, encargó a Orixe la traducción de la obra Mirèio, de Mistral, del occitano al euskera, y la creación de un poema en euskera, similar al Kalevala finlandés (Larrañaga, 1988: 264; Otaegi, 1998: 16-17). Sin embargo, a partir de 1933, Aitzol depositó sus esperanzas en la poesía popular, criticando la «originalidad» (el distanciamiento respecto al folclore) y la «ininteligibilidad» de poetas de alto nivel como Orixe, Lauaxeta y Lizardi (Otaegi, 1990: 34-36 y -39-41; Kortazar, 1990: 54-55). Para Larrañaga (1988) y Otaegi (1990), esta ruptura es definitiva. No obstante, Kortazar Uriarte considera que es una ruptura relativa, puesto que Aitzol también defendía en su «primera fase» la prioridad del folclore y entendía el modernismo desde un enfoque conservador (Kortazar, 1990: 49-50 y 52-53).
Y, por último, como sociolingüista. En ese sentido, cabe citar dos de sus obras: La muerte del euskera o los profetas de mal agüero, en 1931, y Lucha de idiomas en Euzkadi y en Europa, en 1935 (entre varios). En el primer libro replica a algunas opiniones negativas de la época sobre el euskera, y analiza, desde una perspectiva optimista, las características del euskera y la situación que atraviesa en aquel momento. La visión que transmite en el segundo libro es más pesimista (Ariztimuño, 1931). En el mismo, analiza tanto las causas históricas como las modalidades del bilingüismo (bilingüismo completo, como en el caso de Luxemburgo; el bilingüismo geográfico, como en el caso de Bélgica, y el bilingüismo social o diglosia). Aitzol sostenía que el bilingüismo del País Vasco era de ese tercer tipo, pero que empezaba a adoptar, parcialmente, las características del primero, puesto que el castellano, idioma de la élite, iba extendiéndose entre los vascos, no así al revés (Ariztimuño, 1935b: 224-227). En opinión de Aitzol, la clave para enmendar dicha situación pasa por reeuskaldunizar a las nuevas generaciones a través de la enseñanza, para lo cual hace falta una conciencia social (Ariztimuño, 1935b: 228-231 y 256-264). Para ello, el Estado tendrá que asumir o aceptar el bilingüismo según los modelos de Finlandia y Flandes (Ariztimuño, 1935b: 264-277).
Por último, cabe señalar que Aitzol se oponía al purismo, como se desprende tanto del testimonio de Jesús Insausti (Insausti, 1990: 7), como por varios alegatos que así lo atestiguan en el libro Lucha de idiomas en Euzkadi y en Europa (Ariztimuño, 1935b: 263).
El 12 de julio de 1936 escribió el que sería su último artículo en el diario El Día (Azurmendi, 1990: 25). Al estallar la guerra civil, huyó al País Vasco continental; primero a Hendaya, y posteriormente, el 11 de septiembre, a la Abadía de Belloc (Otaegi, 1998: 9). Parece ser que la Abadía recibió amenazas por cobijar a Aitzol, tales como que se tomarían represalias contra los benedictinos de Lazkao (VVAA, 1986).
Para Aitzol era fundamental alcanzar «una tregua entre los vascos», motivo por el cual fue a Etxalar a negociar con los requetés. No solo no consiguió nada, sino que estuvieron a punto de arrestarlo (VVAA, 1986; Insausti, 1990: 10; Otaegi, 1998: 9; Zabaltza, 2005: 307). Tras fracasar en ese intento, decidió partir hacia Bilbao, para colaborar con el Gobierno Vasco. Con tal fin, el 15 de octubre se embarcó desde Bayona en el buque Galerna, tras haber dado misa esa misma mañana en Ciboure/Ziburu (Azurmendi, 1990: 25).
El Galerna fue capturado en su trayecto por el crucero franquista Alcázar de Toledo, y conducido al puerto de Pasaia. Aitzol estuvo apresado en la cárcel de Ondarreta, donde fue sometido a duras torturas. El 17 de octubre, el comandante firmó un documento que acreditaba que Aitzol fue «puesto en libertad». Era mentira: Aitzol fue fusilado en Hernani, la noche del 17 al 18 de octubre.
Una de las facetas más importantes de Aitzol fue su actividad sindicalista, ya que fue uno de los propagandistas más conocidos de ELA, así como un gran polemista tanto por escrito, a través de sus artículos (en el diario El Día), como por su intervención en debates orales. El punto de vista de Aitzol provenía, en general, del catolicismo (de las encíclicas Rerum novarum de León XIII y del Quadragesimo anno de Pío XI) y de la ideología nacionalista vasca. Tomó de León XIII y de Sabino Arana la crítica moral contra el capitalismo —la contradicción entre la excesiva acumulación de riquezas y la miseria— (VVAA, 1986). Por otro lado, heredó de Arana la necesidad que tenían los trabajadores vascos de asociarse y de apartarse del socialismo, sumándolo con la defensa del orden precapitalista vasco (Scheifler, 1990: 69-70).
El enfoque sindical de Aitzol comprendía elementos tanto progresistas como conservadores. Para Aitzol, la defensa del «orden cristiano» que tenía que realizar el sindicalismo católico no se identificaba con la defensa del orden imperante, precisamente porque veía que ese «inhumano» orden llevaba a muchos trabajadores a abrazar el socialismo (Scheifler, 1990: 62 y 63-65). En opinión de Ariztimuño, en vez de defender las grandes nacionalizaciones, lo que había que hacer era subir los salarios y adoptar medidas de prevención (Scheifler, 1990: 69). Para ello se precisaba, según Aitzol, un sindicato católico vasco: ELA. En 1932, Aitzol miraba a ELA con recelo y lo tachaba de ineficaz; en 1933, sin embargo, en el II Congreso de Vitoria, se mostró muy optimista (Scheifler, 1990: 68-69 y 73).
Esta postura coincide con su tendencia a discutir con sus adversarios ideológicos. En diciembre de 1932, por ejemplo, mantuvo un debate ante 5.000 trabajadores, teniendo a su lado a Alberto Onaindía, con el director comunista Juan Astigarribia, «en un ambiente tenso pero respetuoso» (Azurmendi, 1990: 24; Scheifler, 1990: 60-61; Otaegi, 1998: 8). Estos mítines tenían un éxito tremendo; tanto, que en verano de 1933, el obispo Mateo Múgica llegó a prohibirlos, e incluso empezó a exigir una autorización para la publicación de artículos (Insausti, 1990: 9; Azurmendi, 1990: 24; Otaegi, 1998: 8).
Pero esa tolerancia o cercanía personal no se correspondía con la tolerancia ideológica. Al igual que otros ideólogos nacionalistas, consideraba que el socialismo y el comunismo eran ideologías ajenas al País Vasco (Scheifler, 1990: -73-74). Por lo demás, según Aitzol, no se podían «vulnerar los límites del capital», de tal forma que eran la viabilidad y los beneficios de la «industria nacional» los que marcaban los límites de las reivindicaciones de los trabajadores (Scheifler, 1990: 72). Por otra parte, sobre todo en los años 1932 y 1933, reprochó a la UGT que fuera un «sindicato impulsado por el Gobierno» y que, por ende, excluyera a otros sindicatos como ELA (Scheifler, 1990: 62 y 70-73). En esa esencialista y armonicista crítica contra el socialismo hallamos elementos conservadores.
Aitzol, a pesar de reprobar los sindicatos amarillos, no se oponía a las formas de colaborar con la patronal, puesto que quería contar con ella para poder impulsar algún que otro proyecto, como por ejemplo la «Universidad Social», cuya función sería la de impartir formación profesional e intelectual a los trabajadores. En 1933, Aitzol se reunió con los patronos de Bizkaia para hablar sobre este proyecto, si bien finalmente no prosperó (Scheifler, 1990: 65 y 73-74).
Si bien a Aitzol hoy en día se le conoce, sobre todo, por su faceta de impulsor de la literatura vasca, activista a favor del euskera y propagandista de ELA, en su época fue también afamado por ser un teórico del foralismo, tema sobre el cual escribió su obra más densa, La democracia en Euzkadi, publicada en 1935 (Ariztimuño, 1935a). El libro analiza el sistema tradicional del País Vasco, el concepto de democracia y el sistema que habría que implantar. Se trata de un aspecto al que apenas se le ha prestado atención; tenemos, a modo de excepción, el subcapítulo que Xabier Zabaltza le dedica en su libro sobre la identidad vasca (Zabaltza, 2005) y un capítulo que Francisco Rodríguez de Coro le dedica en su colección de Obras Completas de Aitzol (Rodríguez de Coro, 1988).
Aitzol apoya su concepto de democracia sobre dos pilares fundamentales: por un lado, Aristóteles, y, por el otro, diversos autores católicos (Santo Tomás de Aquino, varios papas, Francisco de Vitoria, Martín de Azpilcueta, etc.). Aitzol contrapone la democracia basada en los postulados que estos autores defienden con el modelo recogido en el Contrato social de Rousseau. Trata así de evitar que la democracia se convierta en una «tiranía de las masas» y aboga por la «democracia institucional» (es decir, por el sufragio universal donde las instituciones participan) y por la «igualdad de oportunidades», frente a lo que Rousseau llamaba «democracia individual» e «igualdad de facto» (Ariztimuño, 1935a: 18-22, 44, 192-196 y 208-209). Por otro lado, Aitzol, fiel a las recomendaciones del papa León XIII, defendía que cada pueblo debía tener una «forma de gobierno acorde a sus costumbres», postura que le dio pie a vincular la democracia con el «carácter vasco» y a reivindicar la supremacía de la democracia ejercida a través de las instituciones tradicionales vascas frente a la «democracia individual» (Ariztimuño, 1935a: 17 y 191).
Explicado esto, Aitzol pasa a ahondar en las peculiaridades de la democracia vasca. En su opinión, las instituciones de la democracia son cuatro: la familia, el municipio, las Juntas Generales (de cada territorio) y la Diputación. Sostenía Aitzol que la institucionalización vasca fue creada mediante pactos, de abajo arriba (el municipio, por ejemplo, sería un pacto entre las familias), y que el tránsito a través de estas instituciones era insoslayable; es decir, que había que mantener la legitimidad de las «instituciones intermediarias» (Ariztimuño, 1935a: 43-70).
En opinión de Aitzol, en Gipuzkoa, Bizkaia y Lapurdi existía la democracia absoluta, donde el derecho al voto lo ostentaban los cabeza de familia, en representación de las casas o «fuegos». Defendía, además, que en esos tres territorios había una «única clase social» —sobre la cual Aitzol facilitaba una definición jurídica, que no económica— (Ariztimuño, 1935a: 71-106, 107-130 y 131-135). En esos tres casos se cumplían, por tanto, las condiciones que Aitzol exigía a toda democracia: la participación de la ciudadanía, la elección de las autoridades por el pueblo y la existencia de una sola clase jurídica. Para Aitzol, el modelo democrático más puro de los tres territorios, en cuanto a organización política, era Gipuzkoa —pero Bizkaia, en cuanto a derechos individuales (Ariztimuño, 1935a: 109-114)—, tanto porque sus normas de representación eran más minuciosas, como porque en su organización se respetaba mejor la pirámide de las instituciones vascas: los diputados de las Juntas eran elegidos por los concejales de cada ayuntamiento —y no por los ciudadanos, como en Bizkaia, por lo que en Gipuzkoa la institución municipal cobraba más fuerza— y cada juntero tenía un número de votos que dependía de los «fuegos» de su municipio —no como en Bizkaia, donde cada juntero tenía un voto, por lo que en Gipuzkoa «el voto por fuegos» quedaba mejor reflejado— (Ariztimuño, 1935a: 47-49, 53-54, 62, 78, 123, 133 y 197-198). Aitzol trató de relativizar los límites que podía haber entre los tres territorios; en ese sentido, por ejemplo, señaló que, en el sufragio pasivo, a la hora de reclamar las rentas, se deberían exigir «cantidades que pudieran ser asumidas por cualquiera» o «en un tiempo tardío» (Ariztimuño, 1935a: 54, 126, 132 y 137). Pero Aitzol nada dice acerca de la concentración de riquezas que se produjo en los siglos xviii y xix, donde muchos campesinos pasaron a ser arrendatarios y se quedaron sin poder pagar la renta del sufragio pasivo —y, en ocasiones, activo—. Por otro lado, realiza también afirmaciones bastante discutibles, como por ejemplo que en las instituciones tradicionales vascas el euskera nunca se dejó de lado, cuando Juan Madariaga Orbea ha dejado claro, en una obra recientemente publicada, que el euskera estaba en esa época discriminado (Madariaga, 2014). Hay que tener en cuenta, por otra parte, que en el libro que editó ese mismo año, y que llevaba por título Lucha de idiomas en Euzkadi y en Europa, mantuvo el punto de vista opuesto y denunció el planteamiento que tenían las instituciones vascas respecto al euskera (Ariztimuño, 1935b: 244-246 y 248-253). Cabe pensar que Aitzol tenía una perspectiva muy instrumentalista acerca del euskera, porque lo cierto es que defendía puntos de vista muy dispares, según le convenía.
En Álava, Zuberoa y, sobre todo, en Navarra se podían encontrar elementos del feudalismo: había clases estamentales, condicionantes del sufragio pasivo (en Álava, para poder ser votado, había que ser hijo de familia acaudalada) e incluso cortes estamentales (en Navarra y en Zuberoa) (Ariztimuño, 1935a: 136-141, 141-150 y 151). Con todo, aquí tenemos que hacer dos puntualizaciones: para empezar, según Aitzol, si bien la presencia del feudalismo en esos tres territorios desfigura la «democracia», no por eso la suprime, ya que, en su opinión, la condición sine qua non para que la democracia exista es «la participación del pueblo», pero no necesariamente de todo el pueblo, ni tampoco en igualdad de condiciones (Ariztimuño, 1935a: 107, 135 y 151) —ahí podríamos preguntarnos si no hay un indicio del idealismo de Aitzol, al intentar unir la «democracia» y el «País Vasco»—. Por otro lado, Aitzol sostenía que tanto el feudalismo como los menoscabos de la democracia tenían lugar por la influencia o «contaminación» de Castilla, de España y de Francia —y no solo en este caso; mantenía que incluso la forma de emitir el voto en las Juntas Generales de Bizkaia estaba «contaminada», aunque, en ese caso, en sentido contrario— (Ariztimuño, 1935a: 52-53, 123, 136-140, 143, 151 y 197).
Señalaba Aitzol que la democracia vasca hunde sus raíces en el «carácter vasco»; es decir, que en un momento pretérito, en todos los territorios vascos hubo un sistema de esas características, también en aquellos «convertidos al feudalismo» o «contaminados por el feudalismo». Aitzol calificaba este hecho de acontecimiento ahistórico; no consideraba que fuese resultado de otros acontecimientos históricos (como por ejemplo el debilitamiento de la nobleza). En opinión de Aitzol, la nobleza y los «magnates», una vez establecida la democracia, trataron de cambiar el régimen, pero el pueblo se le enfrentó, y no al revés —en el sentido de que la democracia fuera consecuencia de sus conflictos internos—. La propia estructuración del libro nos invita a pensar que así fue, puesto que recoge las luchas entre nobleza y pueblo en el capítulo séptimo, tras explicar las instituciones y sus dinámicas; como si la democracia, en el País Vasco, fuera más un estado natural que histórico (Ariztimuño, 1935a: 104-106 y 153-173).
En general, podemos considerar a Aitzol como un pensador demócrata, puesto que en su obra no deja de reivindicar la democracia. Se opone al totalitarismo y critica las soluciones autoritarias, resistiendo así a la tentación que tuvieron muchos pensadores conservadores de la época. Por ejemplo, Aitzol se muestra a favor de que los gremios tengan un papel asesor en lo concerniente a su trabajo, pero se opone a que intervengan en la política, al considerar que así se vulneraría la igualdad de representación. Por otra parte, condena explícitamente el totalitarismo, y, desde su subjetivismo, trata de ubicar sus argumentos en el concepto de «democracia».
Con todo, la perspectiva de Aitzol sobre la democracia es absolutamente esencialista y conservadora. En su pensamiento vemos, por ejemplo, que toma la democracia como modelo del «carácter vasco», y que identifica los límites o las fisuras de la democracia con «España». Considera que ambos pueblos tienen espíritus totalmente contrapuestos (Ariztimuño, 1935a: 191). Aquí, podemos observar su punto de vista conservador y esencialista en tres ámbitos: primero, al defender que, en la democracia, se ejerza el voto familiar o el voto por fuegos; segundo, al defender que ese sistema del «carácter vasco» era «propio» de todos los territorios vascos, y, tercero, al presentar todas las desviaciones de esta democracia como consecuencias de «influencias externas» —y adoptar, por tanto, una perspectiva armonicista sobre la democracia interior—. Según Zabaltza, Aitzol «primero define lo que sería el ideal vasco, y luego amolda las explicaciones» (Zabaltza, 2005: 316). Por otro lado, hay que tener en cuenta que Aitzol no abogaba ni por el sufragio universal, ni por la representación directa, sino por el sufragio familiar («votación por fuegos») y por la representación indirecta a través de las «instituciones intermediarias» —estas últimas están muy presentes en el pensamiento conservador europeo del momento—. La democracia, para Aitzol, más que un objetivo en sí, era un deseo que conjugaba con la doctrina de la Iglesia católica o una justificación del carácter vasco. Defendía que la participación popular tenía que ser lo más amplia y paritaria posible —con la excepción de las mujeres—, pero no consideraba que el aumento de la participación o la paridad fuese indispensable para poder hablar de democracia.
Aitzol tenía también algunos puntos de vista antiigualitaristas. Por ejemplo, en un momento dado, se posicionó en contra del voto de la mujer, al considerar que eso podría debilitar la institución familiar, y alegó que el voto solo debería poder darlo el cabeza de familia (varón). Ese punto de vista lo mantuvo incluso en 1935, a pesar de que en 1931 el PNV se mostrara a favor del derecho de voto de las mujeres. En algunos puntos, Aitzol era más antiigualitarista que la ley tradicional: llegó a defender que el voto de esposos y padres debería tener más peso que el voto de los solteros, e, igualmente, que así debería tenerlo el voto de los padres de muchos hijos frente a los que tienen pocos —no se establecía tal cosa en la ley tradicional—. Curiosamente, a pesar de que seguramente se considerara a sí mismo contrario al liberalismo, en Aitzol la paridad de derechos o la igualdad se aprecia más en el caso de los derechos individuales, que en el ámbito de participación política.
Obras
Idazlan guztiak/Obras Completas, 6 tomos, Donostia: Erein, 1986-1988.
«La muerte del euskera o los profetas del mal agüero» (1931), en Ariztimuño, J., Idazlan guztiak/Obras Completas, Donostia: Erein, 1986-1988 (lib. 1, pp. 335-381).
«La democracia en Euzkadi» (1935a), en Ariztimuño, J., Idazlan guztiak/Obras Completas, Donostia: Erein, 1986-1988 (lib. 2, pp. 11-219).
Con Bonifacio Echegaray y Eduardo Landeta, «Lucha de idiomas en Euzkadi y en Europa» (1935b), en Ariztimuño, J., Idazlan guztiak/Obras Completas, Donostia: Erein, 1986-1988 (lib. 2, pp. 221-277).
Bibliografía
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Kortazar Uriarte, J., «La posición de “Aitzol” en los debates literarios de preguerra», en VVAA, «Aitzol» en su tiempo, Bilbao: Sabino Arana Fundazioa, 1990, pp. 45-56.
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Madariaga Orbea, J., Sociedad y lengua vasca en los siglos xvii y xviii, Bilbao: Euskaltzaindia, 2014.
Otaegi, L., «El proyecto cultural de “Aitzol”», en VVAA, «Aitzol» en su tiempo, Bilbao: Sabino Arana Fundazioa, 1990, pp. 27-73.
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— «Aitzol» en su tiempo, Bilbao: Sabino Arana Fundazioa, 1990.
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