Cargos y oficios
Militar
Trayectoria
Pasó su primera infancia en el marco de la Guerra de Independencia, lo que le marcó intensamente, al menos si se atiende a lo que manifestaba en su biografía de Zumalacárregui: «Todavía nosotros en la infancia, cuando nuestro país se esforzaba en sacudir el yugo extranjero, la memoria nos recuerda la profunda impresión que las hazañas de Mina y de sus capitanes hacían en los sencillos corazones de los de nuestra misma edad». En su evocación estaba la entrada de las tropas francesas en su localidad natal, la carga que realizó la caballería y la huida de la población, entre la que estaba su familia. Cabe preguntarse si este recuerdo infantil y la inquina a los invasores crearon una impronta contraria no solo a las tropas ocupantes, sino a las ideas que estas portaban. Añadía que, como consecuencia de ese ambiente, cuando en 1822 se levantó en armas parte de la población contra el liberalismo, se sumó muy joven a las filas realistas: «Era este el tiempo en que aquellas [impresiones] debían dar su fruto, por cuanto los niños habían llegado a la virilidad, y es en vano el buscar muchas veces origen diferente para darlo a un acto que solo nace de la voluntad espontánea del hombre. De aquí el principal motivo que sin pensar bastante en lo arriesgado de la empresa, en el peligro, y en la justicia de la causa que iban a defender, acudían a la guerra como a su natural elemento. Fueron entonces los discípulos de la escuela de Mina, los caudillos y maestros de aquella nueva milicia; del mismo modo que los de esta deberían serlo un día de la milicia venidera». Y terminaba con un razonamiento que le servía para explicar y justificar las guerras de 1822 y 1833: «Cuando una guerra se termina, deja ya sobre los mismos lugares el principal germen para sostener la que debe sucederle». Esta linealidad y encadenamiento causal muestran la fuerte influencia que la naciente ciencia histórica ejerció en un escritor cuya formación e inquietudes intelectuales destacaron desde muy pronto y que muestran el reflejo que las percepciones que el mundo romano mostró sobre las guerras civiles y su encadenamiento inevitable, una idea que arraigó en el mundo occidental durante siglos.
De hecho, su formación letrada se aplicó muy pronto, actuando de secretario del general Santos Ladrón, que encabezó algunas de las unidades que se distinguieron en la guerra realista iniciada en el citado año 1822, concretamente la División de Navarra, de la que Zaratiegui redactó el diario y en la que permaneció hasta 1824. Además de su faceta más literaria, también destacó militarmente en diversas acciones, lo que le sirvió para acabar la guerra con el grado de teniente y en posesión de varias condecoraciones.
Tras la finalización de la contienda, acompañó al general Santos Ladrón a Madrid, obtuvo nuevos reconocimientos y en 1826 ascendió a capitán. Su vida militar de los años siguientes estuvo vinculada al regimiento de observación, rotando por diversas ciudades y acompañando a un militar bajo el que ya había servido en la guerra: Tomás Zumalacárregui.
Entre 1832 y 1833, su pasado realista jugó en su contra, y fue despojado de los encargos que tenía, quedando en espera de destino durante varios meses, un tiempo en el que además una grave enfermedad lo retuvo postrado. Finalmente regresó a su tierra, donde la Diputación de Navarra le nombró secretario de la Subinspección de los Cuerpos de Voluntarios Realistas. Aunque resurgió la enfermedad que le había aquejado, dio cumplimiento al encargo, viajando a Barcelona para gestiones del mismo, lo que levantó sospechas por sus antecedentes realistas. Al morir Fernando VII regresó a Pamplona tras algunas peripecias y se entrevistó con Zumalacárregui. No permanecieron mucho en la capital navarra, de la que salieron el otoño de 1833, el primero para ponerse poco después al frente de las tropas carlistas y Zaratiegui a su lado, como ayudante general.
Iniciada la guerra, el olitense se ocupó de la redacción de órdenes y proclamas, que Zumalacárregui revisaba y luego firmaba. Ascendió a teniente coronel y fue nombrado primer ayudante de Estado Mayor el 18 de diciembre de 1833. Unos días después, el 1 de enero, ascendió a coronel y como ayudan-te general de Zumalacárregui participó en todas sus acciones, de las que dejó una detallada crónica no solo en forma de partes y oficios, sino redactando materiales diversos luego empleados en la biografía del que fue su superior.
Como cercano colaborador del general en jefe carlista que resultó herido durante el sitio de Bilbao, en junio de 1835, Zaratiegui fue recibiendo noticias precisas de la situación de Vicente González Grediaga, médico del general. Cuando se produjo el fallecimiento, fue inmediatamente informado. Carlos de Vargas le escribió el 24 de junio comentando «la desgracia de nuestro General, considero cómo estarán Vs., pero nuestra consternación es mayor. […] Ahora más que nunca necesita V. y el Gral. Eraso trabajar para no sumirnos por nuestra irreparable pérdida en un valle de amarguras y desolación».
Zaratiegui continuó su carrera militar primero a las órdenes del general Eraso y luego como ayudante general del Estado Mayor de Moreno, con el que ascendió a brigadier en octubre de 1835 pese a discrepar con él por su forma de dirigir la contienda. Por acciones de guerra de este tiempo recibió en diciembre de 1835 la Real y Militar Orden de San Fernando de Primera Clase. En 1836 asumió mandos de creciente importancia, al frente de los cuales reiteró su habilidad militar.
Una de las acciones más destacadas de esta etapa fue la expedición que dirigió hacia Castilla entre julio y septiembre de 1837, con la finalidad de distraer fuerzas liberales mientras el pretendiente se dirigía a Madrid con la expedición real. En esta campaña tomó Segovia tras amagar un ataque a Valladolid, en una acción muy resaltada desde el carlismo y cuestionada por el liberalismo, en el seno de la batalla por la opinión. En esta ciudad ordenó batir moneda con la efigie de Don Carlos. También entró en Burgo de Osma, Lerma o Valladolid. Pero tal vez lo más destacado de esta expedición de Zaratiegui fue la acusación que se vertió contra él por no haber socorrido al pretendiente, algo que el propio monarca carlista señaló en una alocución. Su defensor en el proceso, Clemente Madrazo, consideró que fue este «uno de los acontecimientos mas notables de nuestra guerra civil». Encarcelado y procesado por ello nada más regresar al norte, permaneció casi un año encarcelado junto con Joaquín Elío (1806-1876). En junio de 1838 se reunió el tribunal para decidir, y en su seno las posturas oscilaron entre la pena de muerte y la absolución. Ambos militares fueron juzgados no tanto por una cuestión castrense en sentido estricto, cuanto por las diferencias que se hacían cada vez más evidentes en el carlismo, y que ya señaló el defensor en el proceso al afirmar que «la Europa nos observa y calcula sobre nuestra unión o nuestras discordias interiores». De hecho atribuía estas a una variedad de motivos, entre otros a las acciones de malas personas, como Arias Teijeiro, y a la acción de los agentes liberales, infiltrados incluso en el entorno del pretendiente. Aun permanecieron en prisión unos meses más, mientras el monarca carlista consultaba y valoraba la situación. Finalmente, en marzo de 1839 dio orden de que fuesen «puestos en plena libertad por no resultar contra ellos el más ligero motivo para tan largo padecer y formación de causa; y estando convencido el Real ánimo, tanto por lo que aquella arroja de sí, cuanto por lo informado particularmente por cada uno de los letrados consultados al efecto, es su soberana voluntad que la instrucción de dicha causa y la larga prisión sufrida no les sirva de nota, ni perjuicio en su carrera, y menos empañe su tan acrisolada lealtad; y que haciéndose publicar su inocencia en la orden general del Ejército, en el que se leerá por tres días consecutivos a la hora de la lista, reciban este público testimonio debido a su leal conducta vulnerada en la actuación del referido proceso». Así se difundió en un bando general al ejército, firmado por el general Maroto, con fecha 21 de marzo.
La guerra tocaba a su fin y las voces favorables a una transacción aumentaron, incluyendo en ellas la del propio Zaratiegui. Sin embargo, las divisiones internas eran tan profundas que incluso pese a la comunidad de objetivos con Maroto, acabó distanciado de él, protegiendo la salida de Don Carlos de España. Previamente habría dejado la documentación y un buen número de las monedas que acuñó en Segovia enterradas en las proximidades del árbol de Gernika.
A continuación pasó también él a Francia y se mantuvo en el exilio entre este país e Italia. Durante esos años elaboró su libro sobre Zumalacárregui, publicado por entregas a partir de marzo de 1845 en La Esperanza, aunque este periódico ya lo anunciaba en noviembre de 1844. El rasgo más destacado por el carlismo fue que su autor estuvo como «testigo presencial de los sucesos que refiere», y además que era «poseedor de los más interesantes documentos a ellos relativos» (La Esperanza, 16 y 18 de abril de 1846, p. 4), incluyendo los que tenía la viuda del general de Ormaiztegi y su respaldo personal a la obra, como escribió en carta al periódico carlista (17 de abril de 1845). Motivó esta declaración una pequeña polémica con Miguel Zumalacárregui, hermano del general, que respaldaba el libro que escribía Francisco de Paula Madrazo, Historia militar y política de Zumalacárregui (Madrid: Imprenta de la Sociedad de Operarios del mismo arte, 1844). La visión de Zaratiegui se consideraba imparcial, sin «afección de partido» y, por tanto, recomendable como modelo de lo que debía ser la mirada a un pasado inmediato tan incómodo, a lo que debía ser la historia, «fidelidad y sana crítica, orden admirable en las ideas; narración sencilla, pero noble y majestuosa; dicción fácil; lenguaje correcto; estilo animado y conciso, y en ocasiones elegante y grandioso: en suma, se hallarán todas las propiedades de la historia verdadera con las dotes del buen decir» (La Esperanza, 5 de agosto de 1845, pp. 1-2). Sus referencias al reino de Navarra y a episodios militares del pasado clásico muestran una erudición que corrobora sus ambiciones intelectuales. La versión francesa del libro, en la que había algunas diferencias con lo publicado en España a causa de la Ley de imprenta, se la remitió a François René de Chateaubriand, señalado representante de un legitimismo francés que tanto había colaborado con la causa carlista y que le contestó con un lacónico agradecimiento.
Esos años, además, trabajó de forma estrecha con el general Cabrera en el tiempo de la Guerra de los Matiners, ejerciendo labores de secretaría. A Zaratiegui dirigió el tortosino una carta desde Vall Sebullera en la que le comunicaba que entraba en España para ponerse al frente de las tropas carlistas el 11 de abril de 1848: «Mi querido amigo: son las dos de la mañana y voy a montar a caballo para entrar en España. Esto está mejor de lo que nosotros creíamos, y el viaje se hace con facilidad y seguridad». Era la carta de un amigo que daba rienda suelta a su estado de ánimo y en la que se revelaba a sí mismo de forma abierta y sincera.
En 1849 se acogió a una amnistía y regresó a España, reincorporándose al ejército de Isabel II con los grados que alcanzó bajo Don Carlos. De hecho, recibió el nombramiento de mariscal de campo firmado por Isabel II en marzo de 1850. Sin embargo, su presencia despertaba recelos y ante cualquier posibilidad de nuevos levantamientos carlistas, se observaba su posición con especial detenimiento. Un ejemplo de ello se produjo en 1855, cuando consiguió bajo palabra no ser trasladado de Utrera, donde residía con su mujer, a Cádiz, al despertar rumores de un nuevo levantamiento carlista, tal como le escribió el presidente del gobierno, Baldomero Espartero, en julio de ese año.
Pese a la desconfianza, su carrera militar se mantuvo, alcanzando el gobierno militar de Menorca en marzo de 1867 (donde desarrolló importantes obras de fortificación), el grado de teniente general en abril de 1868 y la capitanía general de Aragón en septiembre de ese mismo año. Poco después fue un fugaz director de la Guardia Civil hasta la llegada de la revolución. Una vez derrocada Isabel II, se adhirió formalmente de nuevo al carlismo en noviembre de 1870 y recibió el encargo del nuevo pretendiente Carlos VII de dirigir el levantamiento militar carlista de Andalucía. Su edad y mala salud le impidieron llevarlo a cabo, muriendo poco después.
Más allá de la Guerra Carlista en la que tan activamente participó, no pasó Zaratiegui mucho tiempo en su tierra. Primero el exilio y luego los encargos militares por toda España hicieron que quedara lejos su lugar de origen. Sin embargo, en su texto de 1845 daba muestras del aprecio por lo más cercano, comenzando por la introducción en la que describía el territorio por el que Zumalacárregui actuó, centrándose especialmente en Navarra, a la que describía geográficamente primero, e históricamente después. Hablaba de la larga independencia del reino, y del pacto con Fernando el Católico que la unió «a los demás estados de la corona de Castilla». Resaltaba la condición foral de Navarra, la que consideraba su verdadera constitución suprimida por la de 1836, aunque señalaba que la guerra de 1833 estalló no en defensa de los Fueros, sino en la de los derechos de Carlos María Isidro: «La guerra empezada en Navarra en el año de 1833, solo se había proclamado en nombre del derecho de sucesión, sin mezclar en ella la cuestión de principios políticos». Así lo afirmó también en la asamblea de Lumbier de marzo de 1834, o al comparar su presencia en las Améscoas con el origen del reino de Navarra: «Si la Amezcoa del octavo siglo en nada fue inferior en gloria a las Asturias por haber servido de cuna a aquella, la Amezcoa de hoy tuvo motivos fundados y justos de esperar sobrepujarla». En el texto de Zaratiegui era Navarra el principal respaldo de Zumalacárregui, a la que se presentaba unánime en defensa de la causa del pretendiente.
Junto a ella estaban las tres Provincias Vascongadas, señalaba Zaratiegui, tan similares a Navarra, y con la que compartían el idioma vascongado: «La conservación pura de este, después de tantos y tan grandes sucesos como han ocurrido en el espacio de más de veinte siglos en España, es el mejor monumento, a nuestro modo de pensar, para probar al mundo el valor con que defendieron siempre su independencia los naturales de estas montañas». Recogía así la percepción del euskera como reflejo de la sociedad que lo hablaba e instrumento de defensa frente a las amenazas exteriores, aunque también advertía del uso que los liberales hacían de la lengua en sus batallones de peseteros o txapelgorriak.
Obras
Vida y hechos de Don Tomás de Zumalacárregui, Nombrado por el señor don Carlos María Isidro de Borbón, capitán general del ejército realista, duque de la Victoria y Conde de Zumalacárregui. Escrita por el general del mismo ejército D. J. Antonio Zaratiegui…, Madrid: Imp. de D. José de Rebolledo y Compañía, 1845. Reeds. Madrid: Escelicer, 1946; Madrid: Sarpe, 1986.
Vie de Zumalacarregui, Duc de la Victoire, Capitaine-Général de l’armée de Charles V; par le général D. J. A. Zaratiegui. Traduite par Alexandre Hournon…, Paris: Imprimerie de Lacour et Compie, 1845.
Bibliografía
Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera, A., «Las expediciones carlistas en un inédito del general Zaratiegui», Aportes, vol. 12, núm. 33-1 (1997), pp. 3-22.
Ceballos Escalera, A., «4 de agosto de 1837, Zaratiegui en Segovia», Estudios segovianos, vol. 31, núm. 87 (1990), pp. 3-79.
Escosa San José, O. J., «Zaratiegui en Torrelodones», Revista de Historia Militar, vol. 29, núm. 59 (1985), pp. 123-150.
González de Echávarri y Vivanco, J. M., Centenario de la Campaña Carlista. Zumalacárregui. Estudios críticos a la luz de documentos inéditos. Vivanco (Memorias de su vida militar). Ultimo periodo de la campaña (Expedición real. Proceso de Zaratiegui. El Convenio de Vergara y las sociedades secretas), Valladolid: Imp. Casa Martín, 1935.
Madrazo Escalera, C., Un episodio de la guerra civil en el ejército de Carlos V, París: Imprenta Adriano Moessard y Jousset, 1840.
— «Zaratiegui», Galería militar contemporánea. Biografías de que se hace mérito en el testo de campañas y siguientes hasta el fin de la obra, vol. 2, Madrid: Est. Tip. de Benito Hortelano, 1846, pp. 188-210.
Pirala, A., Historia de la Guerra Civil y de los partidos liberal y carlista, vol. 2, Madrid: Felipe González Rojas, 1890, pp. 686-746.
Ruiz Vidondo, J. M., y Tanco Lerga, J., «Juan Antonio Zaratiegui Celigüeta: un militar para la historia», Príncipe de Viana, vol. 68, núm. 240 (2007), pp. 313-332.





