Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Autores y obras de Vasconia continental

VEYRIN, Philippe (Lyon, Francia, 9 de enero de 1900 – Urrugne/Urruña, Labort, 12 de enero de 1962)

Cargos y oficios

Historiador, pintor.

Trayectoria


Philippe Veyrin, personaje fundamental de la vascología en Iparralde, nació en Lyon el 9 de enero de 1900 y murió en Urrugne/Urruña el 12 de enero de 1962. Está enterrado en el cementerio de San Juan de Luz, bajo una sencilla losa de piedra de Larrun.

«Sus padres, protestantes de Lyon, tenían una casa en San Juan de Luz; cuando Philippe era aún muy joven, murió su madre: Thérèse Okelard [antigua profesora y pariente del poeta vasco Iratzeder, el padre benedictino Xavier Diharce] se hizo cargo de él y se convirtió en su segunda madre» (extracto de «Un Philippe Veyrin moins connu», de Iratzeder, publicado en la revista de la abadía, La voix de Belloc). Fue ella quien lo educó, lo escolarizó y cuidó de su orientación. Podemos ver su busto (donado por su pareja) en el Museo Vasco (http://www.musee-basque.com/), junto al de su colega, el comandante W. Boissel. San Juan de Luz puso su nombre a una de sus  calles, al igual que Biarritz y Bayona. Hay una página web (https://fr.wikipedia.org/wiki/Philippe-Veyrin) dedicada a él.

La ciudad de Bayona compró en 1922 el antiguo hospital, la casa Dagourette, y para dirigir este naciente museo vasco nombró al comandante Boissel, que supo reunir a un equipo competente para alimentar y dar forma a la nueva estructura (http://samb-baiona.net/index.html). Se trata de una etapa crucial en la que Veyrin tomó parte, tanto más que procedía de un modo de vida tradicional que sobrevivía lo mejor que podía en el periodo de entreguerras. Un país en el que cada cual debía vivir su vida con dignidad, desde que salía del vientre de su madre hasta que entraba en el de la tierra, apoyándose en supersticiones y bendiciones; a no ser que debieran emigrar, impulsados por la necesidad o la aventura, a algún país de Jauja. Hoy en día, este viejo País Vasco, áspero y exigente, se está alejando rápidamente y los testimonios también. Veyrin fue uno de los que vivió los inicios de esta situación. Los años 1950-1970 fueron fatales para el viejo Iparralde. Como en todas partes, el disfrute inmediato sembró la confusión, destrozó nuestros puntos de referencia, dispersó a muchas familias que vivían apegadas a unos puñados de hectáreas y provocó una despoblación masiva. Ese país en el que pensábamos ingenuamente que todo era perenne se iba evaporando.

Posteriormente, Haritschelhar modeló y enriqueció considerablemente el museo (Musée Basque et de l’Histoire de Bayonne, Baionako euskal museoa, ed. Le Festin, 2008), que se convirtió en una roca batida por las olas, un escaparate de un cambio de escenario cada vez más incomprendido por las nuevas generaciones. Es un testimonio de un tiempo que ha pasado, de un país en el que nuestras familias vivieron y dejaron su huella; la nostalgia de la nostalgia. Sin embargo, hemos tenido la suerte de ver ecos de ello, formalizados científicamente por personas como Boissel, Colas, Fort y Veyrin, y luego cuando, siguiendo a Barandiarán, Etniker amplió sus testimonios en ocho volúmenes preciosos y absolutamente únicos (https://www.etniker.com/). Veyrin era de un País Vasco tradicional y a la vez mayoritariamente vascófono, por lo que su vascología cae por su propio peso. No obstante, le dio forma con su corazón y su vasta erudición, no contentándose con convertirla en una caja para coleccionistas de mariposas singulares.

En este país, que era totalmente el suyo, todos reconocieron sus cualidades de cultura y su capacidad de síntesis. Añadamos que sus publicaciones eran tanto más valiosas cuanto que muchas de ellas se basaban en observaciones concretas de lo que ya no existía. Hicieron época. Veyrin es un fragmento de nuestra memoria. Artista precoz, fue uno de los pintores más sinceros de su tiempo. Esta actividad le acompañó durante toda su vida (http://www.artnet.fr/artistes/philippe-veyrin/). A menudo instalaba su caballete en nuestros paisajes, a veces en compañía de Ramiro Arrue. Iba en busca de la grandeza, la belleza y, como él decía, del Dios de la creación. Sus obras son clásicas. Están bien construidas, huyen de la habilidad y estallan de color. Como ocurre con los buenos pintores, su estilo es fácilmente identificable. A los veintisiete años expuso en el Salon des indépendants, de París, y el Estado le compró una obra. También expuso en Lyon, así como en galerías parisinas y en la costa, solo o en compañía de otros artistas que nos son muy conocidos (Tillac, Arrue, Elizaga…); dio a conocer a otros, como Marie Garay, alumna del ilustre artista bayonés Léon Bonnat, que también estuvo en el origen del Museo Vasco. Era amigo de artesanos (escribió sobre los últimos herreros) y de músicos (entre ellos el padre Donostia), y también de bertsolaris, escritores y poetas. Uno de ellos, F. James, cuya mesa compartió en Hasparren, le destinó esta frase: «Tú, Philippe Veyrin, lanzando tu corazón sensible como una audaz pelota en este frontón de Ainhoa».

Cuando era pequeño, había una importante colonia inglesa en San Juan de Luz, que vivía en el pueblo casi permanentemente. Se reunían allí los Gallop (entre ellos el vascófono Rodney, que escribió un buen libro sobre los vascos que fue reeditado por el Center for Basque Studies de Reno, Nevada) y la señorita Violet Alford (a la que tanto debemos en el campo del folclore y la danza). Son todos ellos nombres que asoció a sus investigaciones y publicaciones. No hay que olvidar en su formación a Joseph Nogaret, que le introdujo en los estudios vascos desde niño (https://data.bnf.fr/fr/12537809/joseph_nogaret/). Fue él quien le presentó al comandante Boissel. Otros personajes que influyeron en él, entre los cuales hay miembros del clero, fueron: el canónigo Etcheverry al que dedicó una nota en Gure Herria (1960) y el sacerdote anglicano Wentworth Webster (https://fr.wikipedia.org/wiki/Wentworth_Webster), que murió en Sara en 1907. Este último, también vascófono, fue autor de grandes investigaciones que se consultan con frecuencia. Veyrin habla de este entorno inglés en Eusko-­Jakintza, vol. III, núm. 1, y dedicó algunos textos a Webster y Gallop (véase la bibliografía de J. Bilbao, Gure Herria, 1962,  212-218). Este entorno inglés estaba muy interesado por el País Vasco y su idioma, al igual que el clero vasco de la época que nos era afín. Veyrin era muy sensible a la situación del euskera, que aprendió lo mejor que pudo. En algunas cartas que envió a su amigo Iratzeder le instó a continuar la labor que  se realizaba en la abadía de Belloc y a publicar sus trabajos en lo que sería el futuro método Ezkila para difundir el aprendizaje del euskera. Un excelente y riguroso método pionero, un esfuerzo que supo valorar.

Sus vínculos con el poeta de San Juan de Luz fueron profundos. Este le dedicó en 1962, en Gure Herria, un largo poema titulado Aiz­-hegoan, goiz argian, muy en su estilo. Comenzaba así: «Munduko minen ume lañoa/Eskual­-altzorat zinen erori» («Niño inocente de los dolores del mundo/caíste en el regazo vasco»). Un poema que evoca al artista, un nido de dolor cuya vida estuvo salpicada de crisis al límite de lo soportable, obligándole a trabajar e incluso a pintar tumbado. Siempre alerta, estaba atento a los ataques que lo iban minando cada vez un poco más. Iratzeder cuenta que «a menudo le veía pasar por la calle, con el cuello atrapado en un collarín y moviéndose sostenido en dos bastones, uno en  cada mano». Hombre de dolor, pero hombre de fe, murió como Cristiano «sin preocupación por el más allá», como le gustaba decir a Iratzeder. Compartía el programa del pastor Bonhoeffer (ahorcado por los nazis en 1945), que se preguntaba: «¿Cómo puede Cristo convertirse en el Señor de los no religiosos? ¿Cómo se puede hablar de Dios sin religión?». Lo mejor es escucharlo. En 1958, al escribir a su amigo Iratzeder, decía: «Aunque no tengo nada de ateo, sigo siendo en el fondo un discípulo de Montaigne […]; siempre he tenido un sentido de lo divino ante las bellezas materiales y espirituales de la creación [tras expresar su admiración por los que tienen fe, de la que hace una lectura jansenista, presentándola como un don que solo beneficia a algunos], solo se puede culpar de ello a mi naturaleza árida, de una aridez que los años no han mitigado. Sin embargo, viví mi juventud en un ambiente religioso, tanto en gran parte con mi familia hugonote, como con el entorno católico y sinceramente piadoso de tus tías Okelard, a las que debo lo mejor de mí». Esta rica correspondencia dice mucho de qué tipo de persona era.

En la época de Veyrin se había avivado una gran curiosidad por lo vasco: Gure Herria se fundó en 1921 y, justo después de la creación del Museo Vasco, se publicó su boletín, de 1924 a 1943 (luego reapareció a partir de 1964 gracias a Haritschelhar – Musée Basque et de l’Histoire de Bayonne, Baionako euskal museoa ed. Le Festin, 2008). Veyrin destacaba en todas partes. En 1923, la publicación de la obra de L. Colas absorbió al joven artista. Le llevó a emprender un estudio de este arte vasco, cuyo mero calificativo era polémico en aquel momento: ¿Tenemos derecho a asociar arte y vasco, no deberíamos hablar de artesanía, de arte regional, de una forma de arte popular, etc.? En resumen, encantadores requiebros, manifestaciones de distracción. De todos modos, Veyrin sabía hacia dónde tenía que dirigirse; publicó una amplia reseña de Colas, tres años antes de su muerte. Dejando de lado las comparaciones fáciles (por no decir demagógicas) entre las creaciones de nuestros campesinos y las del arte académico, el de los museos, se lanzó a todas las nuevas vías. Ya no tenía que elaborar esas agotadoras monografías «al estilo de Colas» y comentarlas con una erudición interminable. Estudió este arte en sí mismo, lo observó, lo hizo suyo. Reunió conjuntos de motivos encontrados en diversas formas de arte vasco, señaló los modos de hacer, las extrapolaciones y las formas de construir combinaciones. Intentó entrar en el corazón y en las manos de los artistas campesinos, cosa que su predecesor no pudo hacer. Sugirió la existencia de maestros y escuelas… Es a todo este conjunto y a otras muchas más cosas a lo que llamamos «arte vasco», dijo. Citó a Anatole France: «A menudo sucede que los hombres se degüellan por palabras que no entienden. Se abrazarían si pudieran comprenderse». Veyrin fue un verdadero precursor. Abrió vías insospechadas en las que entrarán los trabajos de Lauburu (Les stèles discoïdales et l’art funéraire basque, hil harriak, Elkar-Lauburu, 2004). Denunció sin descanso la desviación de un arte reducido a baratija de oficina de turismo (¡muchas veces por los propios vascos!), cuyo beneficio solo lo igualan la incultura y la arrogancia. Y es inmensa. ¡Perversión! Esta baratijería estaba sembrada de «cruces con comas, llamadas cruces vascas» (por utilizar sus palabras porque se sublevaba contra los que querían hacer de este emblema un signo de nacionalidad; como el distinguido C. Jullian que había pervertido a Colas). Piperrada y fandango, esta basura nos ha asfixiado hasta el punto de identificarnos con estas producciones. Veyrin no podía soportarlo. Exigió que se volviera a lo fundamental. Mientras tanto, de supervivencia en supervivencia, multiplicó sus observaciones y publicaciones de tal modo que solo su lista, recopilada por J. Bilbao, llenó siete páginas de Gure Herria (1962, 212-218).

En contacto con los grandes nombres de los estudios vascos de su época, dotado de una extraordinaria erudición unida a una rara capacidad de síntesis, estaba atento a todo. Desde sus asentamientos de base (Donibane Lohitzune, Xareta, Irissari…) recorrió el país acumulando observaciones que iba organizando y estructurando en publicaciones. Durante estos viajes realizó numerosas fotografías que, junto con su rica biblioteca, fueron enviadas tras su muerte al Center for Basque Studies de la Universidad de Reno en Nevada, la tierra natal del antiguo gobernador Robert Latxalt, descendiente de un pastor suletino emigrado. No se trata de una biblioteca cualquiera, contiene decenas de miles de libros y es una de las más grandes en estudios vascos (aparte de las de nuestro país). Esto demuestra la calidad de la información que manejaba (en sus excursiones descubrió documentos curiosos y recogió términos en euskera que fueron incluso apreciados por el canónigo Lafitte, ¡ya es decir!). Veyrin es por tanto uno de los vascólogos más fiables. Tanto es así que Haritschelhar confesaba que «en 1946 ayudó [¡él, que era extranjero en el País Vasco!] a los de Baigorri a organizar las Tobera mustrak o desfile de carnaval del valle del Nive»; añadía también: «Nunca olvidaré las palabras de aliento que me prodigó, el sentimiento de responsabilidad sobre lo vasco que hizo que naciera en mí» (Gure Herria, 1962, 171-178). Siempre hay dos caras de este personaje extraordinario que fue totalmente nuestro: el vascólogo y el vasco.

Como he dicho antes, el recién creado Museo Vasco pudo disfrutar de su dedicación. Durante treinta y tres años trabajó junto al comandante Boissel (Gure Herria, 1959, 1, p. 24), empezando como el miembro más joven del valiente equipo que el espíritu ilustrado del comandante consiguió reunir. ¡Gracias a estos hombres! A partir de 1923, Veyrin desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de los contenidos de este museo, así como en el Bulletin du Musée Basque (http://samb-baiona.net/index.html). A pesar de su estrecha y activa colaboración, el comandante Boissel debía estar siempre vigilante. Él, que le aconsejó que escribiera un libro sobre los vascos, era el director del nuevo Museo Vasco. Se asoció con el comandante de Marien, que dirigía la Sociedad de Ciencias, Letras y Artes de Bayona; luego, a partir de 1964, fue apoyado por el general Aublet, que presidía la Sociedad de Amigos del Museo Vasco. Estábamos bien vigilados, el margen de maniobra estaba reducido al mínimo. Pintoresco, burlado, presa de las oficinas de turismo y de las crónicas muy eruditas pervertidas por el archivo y la arrogancia de los partidarios de la «gran patria», trataban a nuestro país como un reducto regionalista, una especie de reserva…  Aunque se calificó a sí mismo como un simple asesor de la dirección del museo, podemos imaginar a Veyrin atrapado entre la eficacia (la  creación de un museo-testimonio y centro de reflexión, ya que Bayona se había impuesto definitivamente como el corazón de la producción vasca) y la aceptación de que ciertas cosas no convenían decirse. El sueño museográfico de los años veinte solo podía derivar, lenta pero inexorablemente, hacia un encantador desván en el que se amontonaba lo «obsoleto» campesino, cada vez más incomprendido en un mundo (y en un mundo vasco) que por otro lado se iba urbanizando progresivamente. Como intermediario entre el conocimiento y el descubrimiento, ¿estaban los responsables del museo dispuestos a imponer su marca, mucho más que la de cualquier «verdadero País  Vasco»? ¿El museo jugará la carta de la muerte o de la vida? Echamos de menos a Boissel y a Veyrin…

Mientras trabajaba en su vasta reflexión sobre el arte vasco e iba recolectando preciadas observaciones sobre el terreno, se le pidió que escribiera su obra maestra, «una obra de primer orden», dijo el canónigo Lafitte (Gure Herria, 1962, pp. 196-202): Les Basques de Labourd, de Soule et de Basse­-Navarre, leur histoire et leurs traditions. Este libro, que fue un complemento indispensable del naciente museo, no fue solo un auténtico trueno que hizo despertar a muchos, sino que, como señala el propio Lafitte: «Veyrin escribe para mostrar y no para demostrar». Para hacerse una idea de la obra que se estaba creando, es necesario decir unas palabras sobre el estado de la vascología en esa época. Para ello, me apoyaré en el extraordinario estudio de Manex Goyhenetche (Les basques et leur histoire, mythes et réalités, 1994, ed. Elkar). Nos dice que a finales del siglo XIX se produjo un notable auge en el campo de la historiografía, en comparación con el comienzo del mismo siglo; el número de artículos se multiplicó por 170 y el número de libros por 80 (p. 193, pl. XXXIII). El clero desempeñó un papel importante en este florecimiento, pero en forma de hagiografías y de monografías locales. Además, esta multiplicación de la actividad estaba en consonancia con los modelos parisinos que sobrevaloraban el archivo, que se leía sobre todo al pie de la letra en lugar de interpretarlo. Veyrin estaba al margen de esta forma oficial de hacer las cosas. Decía que quería «explicar a los vascos y su  país», sobre todo porque (son también sus palabras): «Se ha afirmado a veces que los vascos no tienen historia. Esto equivale a decir que han tenido que sufrir la de los demás». Cuando digo «la de los demás» me refiero al menos a la de la «gran patria» en la que ronroneábamos. Veyrin supo mantener las distancias con los puntos de vista que eran fuente de polémicas. No solo su obra hizo reflexionar a más de uno, sino que denunció indirectamente el veneno de toda esa despreciable literatura de oficina de turismo, que nos alimentaba con lo pintoresco y con desmesuras folclóricas alimentadas con «el idioma y el misterio vasco». Por primera vez en Iparralde, y a pesar de las «presiones amistosas», un libro, ampliamente divulgado y escrito por un investigador nuestro, combinaba con rigor (y alegría) los estilos de vida y la historia. Abría perspectivas completamente nuevas. Hay que leer el análisis que hizo de ello E. Goyheneche, un inmenso historiador curtido en la École des Chartes, amante de las vastas síntesis, pero nutridas con las observaciones más estrictas, hechas lo más cerca posible del archivo (Gure Herria, 1962, pp. 203-211). Destacó el éxito de este libro escrito «en 1942, una época en la que la censura, el conformismo y la bota impedían decirlo todo». Lo veía como «una obra de síntesis, la primera obra completa de este tipo que se ha publicado sobre los vascos, y que sigue siendo la más completa […]. La obra de Veyrin [que mezcla lo folclórico y lo etnográfico] debe servir de punto de partida para los futuros investigadores, por los debates a los que se presta y por las perspectivas que abre en cada página». El autor sería escuchado y se reeditaría su obra varias veces.

Philippe Veyrin nos ha dado los medios para revelarnos, es uno de los que nos ha hecho ponernos en pie. Está con nosotros, en nuestros corazones. ¡Lo vemos correr por nuestras nubes!

Obras

«Un bascophile ignoré, l’Abbé Dominique Lahetjuzan (1766-1818)» GH, 3 (1923), pp. 657-665; 4 (1924), pp. 129-139, 397-409, 564-573.

«Oilachko jokoa. Un divertissement basque», GH, 5 (1925), pp. 469-479.

«L’art basque ancien. Architecture, décoration, ferronnerie», BMB,  4 (1926), pp. 27-51.

«Wentworth Webster (1828-1928)», BMB,  10 (1929), pp. 1-21. Reed.  Wentworth Webster (1828­-1907), Bayonne: Musée Basque, 1930.

À travers les proverbes  basques, Bayonne: Musée Basque, 1930.

«La décoration des fourneaux à charbon de bois au Pays Basque», L’Art Populaire en France, 3 (1931), pp. 27-33. Reed. Anuario de Eusko-­Folklore, 11 (1931), pp. 115-120.

Con GARMENDIA, P., Les motifs décoratifs dans l’art populaire basque, Paris: Istra, 1933.

«Systématisation des motifs usités dans la décoration populaire basque», V Congreso de Estudios Vascos. Recopilación de los trabajos de dicho congreso, celebrado en Vergara del 31 de agosto al 8 de septiembre de 1930 acerca de temas de arte popular vasco, San Sebastián: Nueva Editorial, 1934, pp. 48-78.

(ed.), «Lettres du Prince Louis Lucien Bonaparte à Wentworth Webster», RIEV, 25 (1934), pp. 316-333.

«Les chapelles du Pays  Basque», GH, 15 (1935), pp. 93-96.

«La croix  à virgules dite croix basque», BMB,  11 (1936), pp. 321-368.

«Les moulins à marée du Pays  Basque», BMB,  12 (1936), pp. 414-423.

Con GARMENDIA,  P.,  «Les chapelles de Sare», BMB,  12  (1936), pp. 389-413; 13  (1937), pp. 6-26.

Les Basques de Labourd, de Soule et de Basse­-Navarre. Leur histoire et leurs traditions, Bayonne: Musée Basque, 1942. Reed. 1947, 1955, 1976, 2012. Traducción al inglés de Andrew Brown: The Basques of Lapurdi, Zuberoa, and Lower Navarre. Their history and their traditions, Reno: Center for Basque Studies, University of Nevada, 2012.

«L’Art au Pays Basque», en VVAA, Visages du Pays Basque, Paris: Horizons de France, 1948, pp. 73-133.

«Le Svastika courbé et autres motifs virguloïdes dans l’art populaire basque», Artisans et Paysans de France. Recueil d’Études d’Art Populaire, III  (1948), pp. 57-76.  Reed. Strasbourg: Le Roux,  1948.

«À propos du Chant de Lelo», Homenaje a D. Julio de Urquijo e Ybarra. Estudios relativos al País Vasco, San Sebastián: RSBAP,  1949,  vol. i, pp. 341-349.

Con GALLOP, R., Pays basques de France et d’Espagne, Paris-Grenoble: Arthaud, 1951.

«Souvenirs sur le Commandant Boissel et la création du Musée Basque de Bayonne», GH, 31 (1959), pp. 1-18.


Bibliografía

ALFORD, V., «Philippe Veyrin  et ses amis anglais», GH, 34 (1962), pp. 179-182.

ARRÚE, R., «Philippe Veyrin, peintre», GH, 34 (1962), pp. 183-187.

BILBAO, J., «Bibliographie basque de Philippe Veyrin», GH, 34 (1962), pp. 212-218.

ELSO, M., «Philippe Veyrin et l’art populaire basque», GH, 34 (1962), pp. 188-192.

EPPHERRE, G., «Hommage à M. Philippe Veyrin», GH, 34 (1962), pp. 161-163.

GOYHENETCHE, E., «Philippe Veyrin, historien», GH, 34 (1962), pp. 202-211.

HARITSCHELHAR, J., «Philippe Veyrin et le Musée Basque», GH, 34 (1962), pp. 171-178.

— «Préface» y «Le Pays Basque en mutation», en VEYRIN, Ph., Les basques de Labourd, de Soule et de Basse­-Navarre. Leur histoire et leurs traditions, Grenoble: Athaud, 1975, pp. 7-9 y 307-330.

IRATZEDER, «Aiz-hegoan, goiz-argian», GH, 34 (1962), pp. 193-195.

— «Un Philippe Veyrin moins connu», Corde Magno, 95 (1979), pp. 20-30; 96 (1979), pp. 12-19; 97 (1980), pp. 19-24.

LAFITTE, P., «Philippe Veyrin, écrivain», GH, 34 (1962), pp. 196-202.

RIBETON,  O.; BATTESTI,  J.,  y ETCHEPARE JAUREGUY,  M., Musée Basque et de l’Histoire de Bayonne = Baionako Euskal Museoa, Bordeaux: Le Festin, 2008, 215 pp.


Fuentes. ARTNET,  «Philippe Veyrin (français, 1899-1962). Œuvres d’art», web Artnet. En línea: http://www.artnet.fr/artistes/philippe-veyrin/ (consultado el 19 de mayo de 2022).


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