Cargos y oficios
Escritor polifacético, catedrático de Enseñanza Secundaria, periodista, promotor cultural, político foralista y presidente
de la Diputación de Álava
Trayectoria
Sus padres eran Eugenio Pío Eduardo Velasco Urniza (fallecido el 2 de enero de 1896, en Vitoria) y Toribia Ramona López-Cano Ramírez de la Piscina, que habían contraído matrimonio el 6 de julio de 1853 en Labastida (Álava), donde la madre se había bautizado el 28 de abril de 1827, siendo hija de Diego Bartolomé López de Cano Ruiz de la Bastida y de Juana Ramírez Ruiz de la Bastida.
Eduardo fue el mayor de seis hermanos, todos bautizados en la parroquia de San Pedro de Vitoria, excepto la benjamina Eugenia, que lo fue en la de San Miguel Arcángel: Juan Manuel (1856), Juan Faustino (1861), María del Carmen Primitiva Elisa (1862) y Eugenia Rosalía Antolina (1871).
Por su parte, Eduardo se casó, a los treinta años, con Paula Juana Velasco Ugarte, el 9 de junio de 1884 en la parroquia de San Miguel Arcángel de Vitoria, de cuyo matrimonio nacieron seis hijos: María del Carmen Romualda Eulalia Ladislada (1886), María del Rosario Máxima Eduarda (1887), Maura Paula Bernabea (1888), Jacinta Francisca de Asís María de la Purificación (1892), Eduardo José Gregorio Patricio (1893), Ladislao Juan Francisco de Borja Pilar (1894) y Paula Luisa Juana (1898).
Velasco, personalidad polifacética, tuvo vocación política casi desde la adolescencia, pues fue concejal republicano castelarista de Vitoria en los años revolucionarios de 1871 y 1874, incluso antes de trasladarse a Madrid, en cuya Universidad Central Eduardo estudió Derecho entre 1873 y 1878, licenciándose en Derecho civil y canónico (AHN, Universidades, 4841, exp. 17), simultaneando estos estudios con los de Filosofía y Letras, en cuya Facultad aparece matriculado en el curso 1775-1776 (AHN, Universidades, 4841, exp. 10), curso en el que se suprimieron los Fueros (Ley de 21 de julio de 1876), pudiendo seguir de cerca el correspondiente debate anifuerista. Parece que sorteó sin agobios la Tercera Guerra Carlista estudiando en Madrid.
Fue catedrático del Instituto General y Técnico de Vitoria. En mayo de 1882, Eduardo fue nombrado comisario de Agricultura, Industria y Comercio de la provincia de Álava por el ministro de Fomento, el periodista liberal José Luis Albareda y Sezde (1828-1897), siendo primer ministro Mateo Sagasta.
Elegido diputado provincial por la Liga Foral, entre 1905 y 1909 fue presidente de la Diputación alavesa, a la que impulsó a una estrecha colaboración con las otras tres, en especial en defensa del régimen concertado. Durante su mandato resurgieron las Juntas de Hermandad de la Provincia de Álava.
En 1906 se volvió a renovar el Concierto Económico que se había pactado en 1894. Se formó una denominada «Comisión Vascongada», integrada por las tres diputaciones (entre ellos Eduardo, presidente de la de Álava), que negoció en Madrid el acuerdo que se plasmó en el Real Decreto de 13 de diciembre de 1906.
Póstumamente (1924) apareció en la Revista Internacional de Estudios Vascos su estudio «Información sobre el escudo de armas de la Provincia de Álava», pero que había redactado cuando era presidente de la Diputación hacia 1909. Es un erudito estudio histórico de heráldica, en el que explica el origen y significación del escudo de armas de la provincia de Álava, aclarando el mensaje de las figuras y fijando científica e históricamente el lema: «En aumento de la Justicia contra malhechores». Se conoce este escudo desde el siglo xv y se continuó usando en el xvii, xviii y xix con pequeñas variaciones. En concreto, el polifacético Eduardo demostró que el escudo foral procedía directamente del original de la localidad de Portilla (cercana a Miranda de Ebro). Su significado sería, según Velasco, acorde al tradicional: los castillos simbolizarían la autoridad defensiva y los leones los atacantes del territorio. Eduardo concluyó que, teniendo un escudo de armas conocido desde antes del siglo xv, siempre en la misma forma y con muy pequeñas variantes, era a todas luces improcedente variar la composición de ese escudo, sin que a ello precediese una detenida investigación, una justificación formal y un acuerdo firme de la Provincia. En noviembre de 1917, Eduardo Velasco fue nombrado gobernador de la provincia de Ávila. Había sido propuesto por el marqués de Alhucemas (Manuel García Prieto, presidente del Consejo de Ministros y ministro de Estado entre el 3 de noviembre de 1917 y el 22 de marzo de 1918). Dado que en julio de 1917 García Prieto había conseguido hacerse con el liderazgo del Partido Liberal, se confirmó la ideología liberal en Eduardo Velasco, por otro lado evidente en los escritos económico-hacendísticos del ilustre alavés de esos años (La esclavitud del impuesto, 1919).
Como presidente del Ateneo desarrolló una gran actividad, una de las cuales fue el impulso a las labores preparatorias del Congreso fuerista-nacionalista de Oñati de 1918, del que surgió Eusko Ikaskuntza.
Consagrada toda su vida al estudio, puede decirse que le sorprendió la muerte con la pluma en la mano. Dejó escritos infinidad de artículos en periódicos y revistas, así como algunos folletos y el libro titulado Crónicas y Biografías Alavesas, que es su obra más elaborada e importante desde el punto de vista histórico, donde se insertan multitud de datos y experiencias personales, y adonde acuden con frecuencia los historiadores locales. Contiene bastante más de lo anunciado en el subtítulo: «Relación de la batalla ganada en los campos de Vitoria por el ejército aliado á las órdenes de Wellington contra el ejército francés bajo el mando de José Bonaparte el día 21 de junio de 1813».
Velasco fue asiduo colaborador de la revista Euskal-Erria (a la que califica de «Verdadera institución» en Crónicas y Biografías Alavesas), en la que aparecieron muchos de sus trabajos; así como en la revista Ateneo, del que llegó a ser presidente. Publicó también en la Revista de las Provincias Euskaras y en la España Regional. Como promotor cultural cabe destacar que dirigió el Anunciador Vitoriano, fue articulista de varias publicaciones periódicas y redactor de El Porvenir Alavés, y cofundador de «La Exploradora», la «Academia Cervantina» y el «Ateneo de Jóvenes». Eduardo, siendo presidente de la Diputación alavesa, se suscribió desde el primer momento a la Revista Internacional de Estudios Vascos, según carta de 14 de octubre de 1907, dirigida a su director, Julio de Urquijo, por medio de Federico Baraibar.
Entre sus publicaciones no seriadas pueden citarse El Estado salvaje (1883), Antología bascongada (1898), La democracia vascongada y las democracias modernas (1904), Crónicas y biografías alavesas (1910), La tributación en Álava (1912) y La esclavitud del impuesto (1919).
Resumamos los escritos más representativos de su pensamiento. El joven catedrático de Instituto pronunció un utópico y entusiasta alegato a favor del progreso indefinido de la cultura moderna europea, el 23 de mayo de 1883, en el Ateneo de Vitoria, del que era vicepresidente en el curso de 1882 a 1883. Es la «Memoria», El estado salvaje, ¿es en el hombre primitivo o es decadencia de un estado anterior de civilización?, donde sostuvo que el progreso de la Humanidad había sido posible gracias a la unión de la Historia y la Filosofía, que sería mayor cuando se les sumase el estudio de la Historia Natural. Como siempre, Velasco argumentaba con bastantes autores, como el historiador francés Edgar Quinet, Buffon, Lineo, Geoffroy Saint Hilaire, el geólogo Charles Lyell, el paleontólogo suizo François Jules Pictet-De la Rive, Darwin o el naturalista suizo Oswald von Heer. Era necesario cotejar las leyes de la Historia Universal civil y las de la Historia Natural y comparar los métodos seguidos en ambas, para encontrar notables diferencias entre ellas.
Eduardo alabó los avances de la civilización moderna, porque «los pueblos, cuanto más civilizados, crecen y se extienden más». Las diferencias culturales entre los pueblos eran perjudiciales para el progreso de la Humanidad, porque «el mundo no es de los más, sino de los mejores, y en esta competencia del hombre con el hombre, por una ley fatal, el triunfo fue de los primeros. Así se extinguen hoy razas enteras delante de la raza blanca, así perecen antiguas civilizaciones delante de la civilización cristiana». Concluyó Velasco que la civilización moderna era la única universal que en la historia se había conocido. Ella estaba, sin duda, destinada a conseguir la verdadera felicidad humana, el progreso general, y hacer del mundo una familia, y de la paz un fenómeno necesario. Sin duda, el joven catedrático Eduardo era un utópico optimista cultural, porque veía que la civilización se estaba extendiendo y penetrando en los más apartados confines. Su marcha se aceleraba sin cesar, «y puede fundadamente esperarse que su fin se verá cumplido» (pp. 56-57).
Ideológicamente es muy significativa del liberalismo de Velasco, La esclavitud del impuesto (1919), con unas propuestas que no han perdido actualidad. Es un folleto que su autor iba publicando en la revista del Real Ateneo de Vitoria. No sabemos la extensión que le hubiese dado puesto que murió cuando había llegado al capítulo XXI, quedando incompleto. Sus allegados se decidieron a imprimir este folleto con todos los artículos en tirada aparte, por ser la última obra que escribió. Su liberalismo económico aparece sin ambages en el primer párrafo («El impuesto llamado de plusvalía, más que contribución es una confiscación de bienes. […] Pretender privar al dueño de una cosa de las ventajas que esa cosa le proporciona, es tanto como secuestrársela, es como declarar que el derecho de propiedad no existe […]. La tiranía, el despotismo, pueden exigirlo todo, reglamentarlo todo a su capricho. Pueden suprimir todos los derechos»). Con sólidos argumentos, el viejo Eduardo prueba que la propiedad debe regirse por los principios del Derecho civil, y no por los del Derecho político. Acude a Montesquieu (El Espíritu de las Leyes), Derecho romano, Cicerón, Beaumanoir, Mazoni… Si la propiedad fue siempre garantía de la libertad, donde el súbdito no tiene nada, el Estado lo absorbe todo.
Velasco puso la educación como base del buen orden social: «Con hombres mal educados, o sin educar, no puede haber buenos gobiernos, ni buenos súbditos, ni buenas leyes, ni buenas costumbres» (pp. 84-85).
Donde más clara aparece la ideología fuerista-nacionalista de Velasco es en el folleto Tributación en Álava (1912), con un tono ciertamente amargo y pesimista, después de su paso por la presidencia de la Diputación de Álava (1905-1909). En el primer párrafo dejó clara su defensa del sistema foral y su inquina contra el régimen de Concierto Económico, impuesto por los liberales madrileños: «En los felices tiempos en que Álava se administraba con independencia [quiere decirse libre de Conciertos que le obligasen a gastar más de lo que pudiera] había aquí un impuesto único directo. […] Ese impuesto era tan módico, tan exiguo que podían pegarlo, y lo pegaban por igual todos los contribuyentes alaveses. Los ingresos generales procedían de impuestos indirectos». Alabó la fiscalidad foral y atacó la liberal del Gobierno madrileño, cuyas teorías económicas pretendían hacer la felicidad de los pueblos y «bajo el imperio de las cuales los pueblos son cada vez más infelices». A partir de esta tesis nos podemos imaginar los argumentos que la sostienen. Parece que Velasco creía en la bondad original del hombre de Jean-Jacques Rousseau, aplicada al caso (las contribuciones son más onerosas cuanto más se alejan de su origen, debiéndose medir, no por la cantidad sino por el camino que han de recorrer para volver a las manos de donde salieron). El importe del impuesto directo en Álava lo entregaban íntegro los Procuradores de Hermandad en las arcas provinciales. «Los mismos que lo habían votado, lo pagaban, después de recaudarlo entre sus convecinos, sin premios de exacción, ni derechos ocasionados a despertar codicias ulteriores».
Del plano económico-financiero Velasco saltó al político, criticando el sistema de Concierto Económico: «Esta es nuestra autonomía. Las ventajas e inconvenientes que esto puede tener el tiempo los evidenciará. Hasta hoy se va evidenciando que con nuestros antiguos impuestos no hay bastante para cumplir las obligaciones traídas por el nuevo régimen». Aludía a las quejas y reclamaciones de los ayuntamientos y afirmó categórico su descontento político y reivindicativo del viejo fuerismo: «Aquí vivimos en la más lamentable de las equivocaciones respecto de un régimen que llamamos de autonomía, cuando no es otra cosa que sumisión absoluta a un poder que a su vez depende de otro, ante ninguno de los cuales tiene el pueblo medios de hacer valer su derecho cuando fuere menester […]. El bienestar de los pueblos no puede estar á merced del temperamento de sus gobernantes. Necesita otras garantías. […] Porque admitir funciones Forales y no admitir el Fuero, es decir, el Derecho, y la ley de que esas funciones derivan, es admitir actos de poder arbitrarios, sea quien quiera el que los ejerza. […] ¡Tan cierto es que una ley que se redacta en dos horas [alusión a la abolicionista de los Fueros de 1876] puede producir la perturbación en la vida de un pueblo por espacio de siglos!».
Después de casi media centuria con régimen de Concierto Económico («más propio para atraer odiosidades que prestigios»), Velasco defendió el foralismo de los antiguos organismos con que el país se administraba, para que la autonomía fuese «una realidad efectiva», y evitar que «un día no nos encontremos inermes y exhaustos ante nuevos apremios, y exigencias, cada vez mayores de la Hacienda, de la Administración y de la Política».
Pero la autonomía que proponía Eduardo no se detenía en la Diputación Foral de Álava (de la que acababa de ser presidente), sino que la extendía a las Juntas: «Es menester que el organismo provincial que quiere ser replantación de nuestra autonomía, proceda en forma que esa autonomía venga a ser verdad. Es preciso que reciba la inspiración y la sanción de sus actos, pues de otra suerte antes será representación del Gobierno ante el país, que del país ante el Gobierno; y el país seguirá siempre sin representación, sin voluntad y sin defensa. Tan alaveses son, sin duda, nuestros diputados provinciales como nuestros procuradores de Hermandad». Si la Diputación aspiraba a representar la voluntad del país, debía reconocer como decretos los acuerdos de las Juntas Generales. Si el Gobierno al tratar con el país deseaba sinceramente conocer la opinión de este, forzosamente había de dar valor a las proposiciones de esas mismas Juntas transmitidas por la Diputación, cuando el caso lo exigiese. «Y si ni el país, ni las Juntas, ni la Diputación, ni el Gobierno están dispuestos a proceder en tal forma, no hablemos ya más de Fueros ni de autonomías» (pp. 30-32).
Eduardo Velasco falleció en 1920. El Ayuntamiento de Vitoria otorgó en 1947 su nombre a la calle que discurre entre la de Herrán y José Lejarreta. Era considerado por sus coetáneos como un hombre de sólida reputación, amante del estudio, una inteligencia cultísima entre los cultos, persona de muy alta mentalidad y muy experimentado en todo género de estudios, pero sobre todo como «el ilustre expresidente de la Excelentísima Diputación de Álava» (Loyarte, 1913).
Obras
El estado salvaje ¿es en el hombre primitivo; ó es decadencia de un estado anterior de civilización?: memoria leída en el Ateneo de Vitoria en el curso de 1882 a 1883, por su socio vicepresidente D. Eduardo de Velasco y López Cano, Vitoria: Imp. de Domingo Sar, 1883, 57 pp.
Discurso pronunciado en la apertura de cátedras de 1887-88 por D. Eduardo de Velasco y López Cano, presidente del Ateneo, Vitoria: Imp. de la Ilustración de Álava, 1888, 32 pp.
Con Maeztu, R. de, et al., Antología Bascongada Prosa y verso: Tomo I: Moraza, Jamar, Zabala, Arzac, Echenique, Arcaya, Velasco, Arbulo, Manteli, Maeztu, Alzola, Medinabeitia, Múgica, Labayru, núm. 27, Bilbao: Biblioteca Bascongada de Fermín Herrán, 1898.
La democracia vascongada y las democracias modernas, Vitoria: Imp. Moderna, 1904, 61 pp.
Actas de las Sesiones Ordinarias, celebradas por la Excelentísima Diputación… de esta M. N. y M. L. Provincia de Álava los días 1, 7, 11, 13, 15 y 18 de mayo, 15, 19, 21 y 22 de julio, siendo su presidente el Sr. D. Eduardo Velasco, Vitoria: Diputación Provincial, 1909, 132 pp.
Crónicas y biografías alavesas: D. Ladislao de Velasco y sus contemporáneos (el general D. Juan de Velasco primer marqués de Villa-Antonia. La batalla de Vitoria según manuscrito inédito del general Velasco precedida de algunas consideraciones históricas, Vitoria: Imp. Provincial, 1910, 544 pp.
Tributación en Álava, Vitoria: Imp. del Heraldo Alavés, 1912, 32 pp.
Reseña histórica de los estudios sobre caracteres ibéricos, Vitoria: Domingo Sar, 1915, 91 pp.
La esclavitud del impuesto, Vitoria: Imp. de Domingo Sar, 1919, 85 pp.
«Información sobre el escudo de armas de la provincia de Álava», RIEV, vol. 15, núm. 4 (1924), pp. 667-676.
Bibliografía
Knörr, E., «Cartas de Federico Baraibar a Julio de Urquijo (1906-1917)», Homenaje a Federico Krutwig, Bilbao: Euskaltzaindia/Real Academia de la Lengua Vasca, 1997, pp. 163-190.
Loyarte, A. de, Estudios históricos. Donostiarras del siglo xix, t. I, San Sebastián: Libª. Ed. Baroja, 1913.
Menéndez Onrubia, C., «Fermín Herrán y la Academia Cervántica Española de Vitoria», en Bernat Vistarini, Antonio Pablo (coord.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma de Mallorca: Universitat de les Illes Balears, Servei de Publicacions i Intercanvi Científic, 1998, pp. 139-147.
Rodríguez-Mendizábal Llorente, A., «Algunas notas biográficas relativas a los cultivadores de la Ciencia en el Ateneo de Vitoria», Sancho el Sabio, núm. 28 (2008), pp. 169-199.
Fuentes. AHN, Universidades, 4841, exp. 10 (expediente académico de Eduardo Velasco López-Cano, Facultad de Filosofía y Letras).
AHN, Universidades, 4841, exp. 17 (expediente académico en Facultad de Derecho).
Archivo Histórico Provincial de Álava, ES.01059.AHPA/2//ESC, 24112 (venta de una casa de su hermano Juan).





