Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Autores y obras vizcaínos

UNAMUNO JUGO, Miguel de (seudónimos: Manu Ausari y Unusquisque) (Bilbao, 29 de septiembre de 1864 – Salamanca, 31 de diciembre de 1936).

Cargos y oficios

Rector de la Universidad de Salamanca, filósofo, escritor y pensador político

Trayectoria

Miguel de Unamuno Jugo provenía de un linaje de confiteros por ambas líneas, paterna y materna. En aquel entonces este negocio abarcaba la pastelería, chocolatería y cerería, es decir, todo lo relacionado con la miel, el azúcar y el cacao. Los Unamuno-Larraza eran de Bergara y los Jugo de Zeberio (Arratia). Miguel de Unamuno estaba emparentado con otros destacados personajes de la cultura, la política y el deporte. Así, era primo del antropólogo Telesforo de Aranzadi y tío segundo de Rafael Moreno Aranzadi Goñi Unamuno, célebre goleador del Athletic de Bilbao, más conocido por su apodo: «Pichichi». También era primo de Matilde Orbegozo Jugo, abuela del escritor y político falangista Rafael Sánchez Mazas y, por tanto, también estaba emparentado con los hijos de este, el escritor Rafael Sánchez Ferlosio y su hermano, el cantautor anarquista Chicho Sánchez Ferlosio.

Los Unamuno-Aranzadi se trasladaron de Bergara a Bilbao, instalando su negocio de pastelería en la plaza de la Cruz. La tienda se llamaba «La Vergaresa». El padre de Miguel, Félix de Unamuno, nacido en Bergara, emigró joven a México, donde acumuló un pequeño capital, con el que, a su retorno, puso un negocio de panadería en Bilbao; se casó con su sobrina Salomé Jugo Unamuno y fue concejal en el Ayuntamiento de Bilbao, siendo, según parece, «un liberal avanzado». Salomé, a diferencia suya, era una mujer profundamente religiosa que tuvo un gran ascendiente sobre su hijo Miguel. El matrimonio Unamuno-Jugo tuvo seis hijos: M.ª Felisa, M.ª Jesusa, Miguel, Félix, Susana y M.ª Mercedes.

Miguel de Unamuno se casó con la guerniquesa Concepción de Lizarraga Ezenarro, con la que tuvo nueve hijos: Fernando, Pablo, Raimundo, Salomé, Felisa, José, María, Rafael y Ramón. Se conocieron de niños en las clases de catequesis para la primera comunión.

Inició Unamuno sus estudios en el Colegio de San Nicolás de Bilbao y luego el bachillerato, a partir de 1875, en el Instituto Vizcaíno, obteniendo este grado en 1880. Este mismo año se trasladó a la Universidad Central de Madrid para estudiar Filosofía y Letras, licenciatura que alcanzó en 1883, con diecinueve años de edad. El de junio de 1884 obtuvo el grado de doctor con una tesis titulada «Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca». En 1888 opositó en Bilbao a las cátedras de Psicología, Lógica y Ética y a la de «Lengua vascongada», ambas infructuosamente. En 1891, con veintisiete años, se presentó a las oposiciones para la cátedra de Griego de la Universidad de Salamanca, en esta ocasión con éxito.

Su carrera universitaria estuvo muy condicionada por su significación política. En 1901 fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca, siendo destituido en 1914 por sus críticas políticas al sistema monárquico de la Restauración. En 1920 fue nombrado decano y en 1921 vicerrector, pero el dictador Miguel Primo de Rivera no solo le volvió a destituir, sino que acabó desterrándole a Fuerteventura en 1924. Tras ser indultado, se exilió primero a París y luego a Hendaya hasta 1930, año en el que cayó la Dictadura, reintegrándose a su cátedra de Salamanca. El 12 de abril de 1931 fue elegido concejal de Salamanca por la coalición republicano-socialista y posteriormente dipu-tado a Cortes por la misma coalición y circunscripción. En 1934 se jubiló como docente, pero fue nombrado rector vitalicio de la Universidad de Salamanca a título honorífico.

A pesar de haber sido uno de los intelectuales que más contribuyó al advenimiento de la República, pronto se desencantó con ella, especialmente por la política seguida en materia religiosa y agraria. Esto le llevó a apoyar a los militares rebeldes al inicio de la guerra civil. Habría que decir en su descargo que los primeros manifiestos de los militares se realizaron en nombre de la República y que Unamuno les debió de percibir como regeneracionistas autoritarios. El 19 de junio de 1936 aceptó el cargo de concejal de Salamanca y realizó un llamamiento a los intelectuales europeos para que apoyaran a los «nacionales», como defensores de la civilización cristiana y occidental. El 22 de agosto de 1936 el gobierno republicano le destituyó como rector, pero el 1 de septiembre de ese año la Junta de Defensa Nacional le repuso y confirmó en el cargo. Su aproximación a planteamientos políticos autoritarios no impidió que pronto reconociera el verdadero cariz criminal del régimen que militares, requetés y falangistas estaban tratando de implantar. Su desencanto para con los franquistas fue traumático: «Siendo hoy toda la falange algo inmundo de verdugos demenciados».

Una vez más, Unamuno se arrepintió de su decisión revocando el apoyo dado a los sublevados. El 12 de octubre de 1936 se celebró en el Paraninfo de la Universidad la apertura del curso académico y simultáneamente la «Fiesta de la Raza», con la participación de lo más granado de la milicia, la Iglesia y la intelectualidad franquistas, desde el general José Millán-Astray, hasta José María Pemán, pasando por el obispo Enrique Plá y Deniel y la propia esposa del futuro dictador, Carmen Polo. Unamuno, que no pensaba hablar, finalmente improvisó un discurso, desautorizando la represión ciega y la sinrazón, que acabó de forma tumultuaria. Ese mismo día fue cesado como concejal y el 22 del mismo mes Francisco Franco firmó el decreto de destitución (una vez más) de Unamuno como rector. Los dos meses y medio que sobrevivió los pasó en arresto domiciliario.

Su pensamiento político se muestra en permanente cambio y, por tanto, resulta de una complejidad extraordinaria. A lo largo de su vida Unamuno pasó por casi todas las opciones políticas presentes en su entorno. Siendo un joven estudiante de bachillerato en Bilbao, bajo el impacto producido por la abolición foral de 1876, la influencia de su entorno plenamente foralista, sus lecturas de Navarro Villoslada, Trueba, Vicente de Arana, Araquistáin, etc., por una parte, las federalistas de Pi y Margall por otra, y el ascendiente de Fidel Sagarmínaga y los «euskalerriacos», Unamuno era un vasquista-foralista convencido que se deshacía en ensueños románticos para con el árbol de Gernika («Al pie del árbol santo», 1882). Por lo demás, en esta época Unamuno era un fervoroso y practicante creyente cristiano. Trasladado a Madrid para estudiar en su universidad recibió la influencia del positivismo de Spencer, el evolucionismo de Darwin y del krausismo de la Institución Libre de Enseñanza: Nicolás Salmerón, Francisco Giner de los Ríos…, aparte del pensamiento de Kant y Hegel. Se embarcó entonces en una crítica racional desde el positivismo y la ciencia tanto de los presupuestos religiosos como del foralismo vasquista: «Quisiera barrer con ayuda de todos aquellos que no tienen la venda de la pasión ante los ojos, la máquina formidable de quimeras y fantásticas invenciones con que han echado a perder una historia sencilla de un pueblo cuya gloria es el ser pacífico, morigerado, laborioso y libre. Aitor, Lelo, Lecobide y hasta Jaun Zuria y la batalla de Arrigorria son ó hechos totalmente desprovistos de fundamento, ó hechos muy problemáticos que no se pueden dar por rigurosamente históricos» («Vasco ó Basco», 1886).

Proclamó Unamuno en más de una ocasión su liberalismo de tradición doceañista, entendido como una filosofía de vida tolerante, crítica y antidogmática. Opuesto a todas las fórmulas políticas absolutistas, sin embargo, esto no obsta para que, en plena contradicción unamuniana, buena parte de sus planteamientos estuvieran no muy lejos del autoritarismo fascista: crítica a los partidos políticos, rechazo al gobierno democrático de las mayorías, intento de superación de la dialéctica «derechas/izquierdas», y un irracionalismo muy propio y personal, pero irracionalismo al cabo.

La crisis colonial de España de 1898 y el regeneracionismo de Joaquín Costa le impactaron profundamente, convirtiéndose, junto con Azorín y Pío Baroja, en la cabeza visible de la llamada «generación del 98», con una variada serie de reflexiones filosóficas, políticas y literarias orientadas hacia este objetivo regenerador. Mantuvo, sin embargo, una clara postura anticolonialista, tanto en el contexto de la guerra de Marruecos, con su poema «Saludo a los rifeños» (1909), en el que denunciaba las ambiciones imperialistas españolas de ocupación y explotación minera del territorio, como en el de la guerra de 1898, con un artículo titulado «Verdadera caridad» (1896) a favor de los insurrectos cubanos.

Por lo demás, el tema religioso de la inmortalidad fue un motivo central de su pensamiento, pero su religiosidad estaba más cercana del luteranismo que del catolicismo, es decir, partidaria del «libre examen», carente de Iglesia y de dogmas y, por supuesto, con una estricta separación entre la política y la religión, lo terrenal y lo espiritual; radicalmente opuesto, por tanto, a la existencia de partidos políticos confesionales. Para la jerarquía de la Iglesia católica española Unamuno se convirtió en un peligroso enemigo, dotado de gran ascendiente intelectual, propagador de ideas «disolventes». Siendo rector de la Universidad de Salamanca mantuvo en 1903 una sonada controversia con el obispo local Tomás de Cámara. El cardenal primado Isidro Gomá publicó en 1938 una Carta Pastoral titulada «Los delitos del pensamiento y los falsos ídolos intelectuales», en la que Unamuno era el principal de estos denostados «ídolos». El obispo de Salamanca, Enrique Plá y Deniel, dio un Decreto el 20 de marzo de 1942 prohibiendo la lectura de El sentimiento trágico de la vida y es del todo significativa la reacción de la jerarquía nacional-católica cuando, en 1953, se le rindió homenaje y se inauguró en Salamanca una Casa-Museo dedicada a su persona; el obispo de Gran Canaria Antonio Pildain escribió una Carta Pastoral de expresivo título en la que se califica a Unamuno de «hereje máximo» y «el enemigo más acérrimo de la fe católica de sus compatriotas».

Muy preocupado desde joven por los asuntos sociales, Unamuno en este periodo sufre un deslizamiento hacia postulados anarquistas. Así, afirmaba: «Yo creo que caminamos no al socialismo, ni al comunismo, no, sino á la anarquía», es decir «último fin de las sociedades humanas, triunfo de la razón sobre el instinto, del individuo sobre el Estado, de la libertad sobre la necesidad, del derecho sobre la fuerza. Y entiendo por anarquía la fuerza individual servida por la razón humana» (El Derecho y la fuerza). No obstante, el anarquismo de Unamuno, de serlo, estaría cerca del preconizado por Tolstoi; así lo constataba Federico Urales (Juan Montseny) refiriéndose a Unamuno: «Para anarquista, le sobra el espíritu religioso y falta mirar recto y ver claro. Para socialista, le sobra independencia. Para católico, amor y pensamiento. Para ateo, le sobra la esencia de su ser, todo su ser. Donde estaría mejor, aunque no con absoluta propiedad, es en el anarquismo místico, a lo Tolstoi; en el anarquismo cristiano, pero también de allí se escaparía» (La evolución de la filosofía en España, Barcelona: La Revista Blanca, 1934).

Sin embargo, su militancia política más duradera, manifiesta y conocida se produjo en el campo del socialismo. Ya desde 1892 Unamuno se consideraba a sí mismo publicista a favor del socialismo, con una serie de artículos publicados en los periódicos republicanos de Salamanca La Libertad y La Democracia, bajo el seudónimo de Unusquisque. Su aproximación al socialismo fue, desde luego, estrictamente intelectual: «Me puse a estudiar la economía política del capitalismo y el socialismo científico a la vez, y ha acabado por penetrarme la convicción de que el socialismo limpio y puro […] es el único hoy vivo de veras, es la religión de la Humanidad» (carta a Valentín Hernández, 1894). En 1894 envió una carta a La Lucha de Clases, en la que manifestaba sus convicciones socialistas, iniciando así un cierto «apostolado» intelectual sobre los obreros, en buena medida paternalista, que le llevó a publicar unos 235 artículos en La Lucha de Clases y otros pocos más en Adelante. Posteriormente colaboraría también con El Socialista, órgano oficial del PSOE. Unamuno recordaba en 1914 así esta labor política: «¿Cómo podía yo olvidar que mi verdadera carrera pública, social, la de apostolado, empezó de publicista socialista, de asiduo colaborador de La Lucha de Clases, de Bilbao, de que fui socio fundador?». El 11 de octubre de 1884 ingresó en la Agrupación Socialista de Bilbao. Abandonaría el PSOE en 1887, sumido en una profunda depresión política y existencial. En sus artículos socialistas Unamuno trabajó desde conceptos básicos del materialismo histórico hasta reflexiones sobre el pacifismo, el militarismo o el «antimaquetismo». Su formación marxista no debió de ser muy completa. Recibió influencias de Achille Loria, John Ruskin o Henry George y en bastante menor medida del propio Karl Marx, cuya lectura le resultaba «pesada».

Lo que no fue nunca Unamuno fue nacionalista vasco o, como se decía por aquel entonces, «bizkaitarra». Por el contrario, dedicó no pocas páginas a combatir esta ideología y al fundador del PNV, Sabino Arana. «Lo que, como vascongados, más nos apena en el llamado nacionalismo vasco no es su doctrina íntima, no son sus dogmas, que en realidad apenas conocemos bien como algo concreto y claro, es su afición a ritos y liturgias, banderas, fórmulas, etiquetas, leyendas falsas, jergas absurdas, todo, en fin, lo que aparta al espíritu de los eternos problemas de la historia» (El pueblo vasco en la Historia). Lo que sí profesó Unamuno fue un profundo españolismo, basado en su reflexión sobre el binomio casticismo/europeísmo. Por lo demás, Unamuno elaboró el concepto de «Hispanidad» en un artículo de 1909, publicado en el periódico La Nación de Buenos Aires, como la comunidad de pueblos que hablan el mismo idioma (el español) en un sentido igualitario y superador del concepto limitativo de «Raza». Posteriormente, este término de Hispanidad fue difundido por Zacarías de Vizcarra, Ramiro de Maeztu y Ernesto Giménez Caballero, entre otros, siendo patrimonializado por los sectores más reaccionarios del pensamiento español.

Habría que referirse, por último, a un aspecto del pensamiento unamuniano de alto contenido político: el de la lengua vasca. Un asunto que, en principio, podría ser considerado como restringido a la ciencia filológica, al ámbito cultural o estrictamente comunicativo, cobraba por aquel entonces (y lo sigue cobrando hoy día) unas connotaciones esencialmente políticas. La última década del siglo xix y primera del xx fueron momentos de gran conflictividad al respecto. Valga como ejemplo la dura confrontación que se produjo en 1910 entre el obispo de Vitoria (diócesis que abarcaba a Álava, Bizkaia y Gipuzkoa), el navarro José Cadena y Eleta, con el PNV, a pesar del extremado catolicismo que caracterizaba a la sazón a esta formación política. Cadena y Eleta, euskarófobo y profundamente nacionalista español, emitió una carta pastoral en la que se tildaba a los «jeltzales» de «hijos extraviados» y en la que se prohibía bautizar con nombres en euskera a los niños y niñas de su diócesis. El PNV reaccionó recogiendo firmas para solicitar la destitución del obispo. El traslado de Cadena y Eleta se produjo en 1913.

El posicionamiento de Unamuno en relación con el euskera y la política lingüística a seguir tuvo (y tiene) un enorme impacto y provocó una oleada de adhesiones inquebrantables y de rechazos viscerales. Sus ideas lingüísticas tuvieron gran influencia en el liberalismo y el socialismo de Bizkaia. La lengua primera de Unamuno fue el castellano, pero empezó a aprender el euskera de forma autodidacta de adolescente, en su época vasquista y foralista, logrando una cierta competencia aunque no un dominio pleno. En 1888 la Diputación de Bizkaia decidió crear una cátedra de lengua vasca en el Instituto de Bilbao, «teniendo sin duda muy presente el axioma de que allí donde concluye la lengua de los pueblos concluye su nacionalidad». Se presentaron cinco candidatos: Miguel de Unamuno, Resurrección M.ª de Azkue, Sabino Arana, Pedro Alberdi y Eustaquio Madina. El único que tenía un título universitario era Unamuno, mientras que Azkue era bachiller en Teología Sagrada, pero era el que mejor dominaba la lengua, por lo que fue este el que obtuvo la cátedra. Unamuno no acogió con agrado la decisión y puede que influyera en su ánimo condicionando su posicionamiento en relación con el euskara.

En realidad Unamuno ya tenía forjadas sus ideas para con el euskera al menos desde 1884, fecha en la que defendió su tesis doctoral Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca, en la que se defendían ya los postulados más importantes sobre la lengua y que luego mantendría a lo largo de toda su vida. Su idea central se remite a la pobreza conceptual de la lengua vasca y su incapacidad para expresar ideas abstractas, al menos en lo referente al pensamiento moderno. Para Unamuno las causas de su retroceso serían intrínsecas, no contemplando las de tipo social, político e incluso económico, tan determinantes en su pérdida: «En el caso concreto del vascuence estoy profundamente convencido de que se pierde, y que se pierde pronto y sin remedio, y por su índole misma, por ser un idioma inapto para la cultura moderna». Habría que enterrar el euskara, por tanto, como vehículo de comunicación convirtiéndolo en un monumento de interés científico e histórico: «¿Y el vascuence? ¡Hermoso monumento de estudio! ¡Venerable reliquia! ¡Noble ejecutoria! Enterrémosle santamente, con dignos funerales, embalsamado en ciencia; leguemos a los estudios tan interesante reliquia» (Discurso de los Juegos Florales de 1901). Según parece, la idea de la pobreza conceptual del euskera y de su irremediable decadencia pudo recibirla de los artículos que, en este sentido, habían publicado tanto Julien Vinson en la Revue de Linguistique («Coup d’oeil sur l’étude de la langue basque», 1868), como Abel Hovelacque (La Linguistique, 1876, pp. 87-106), así como del célebre artículo de Elisée Reclus, «Les Basques, un peuple qui s’en va» (Revue de Deux Mondes, LXVIII, marzo de 1867, pp. 313-340) y muy especialmente del artículo del propio Vinson, publicado en 1879 y titulado «El método científico y la lengua euskara».

Las ideas lingüístico-políticas de Unamuno produjeron un enorme rechazo en sectores políticos nacionalistas y foralistas; entre 1886 y 1887, se enzarzaron con él en una agria polémica sobre el euskera el profesor del Instituto de Bilbao, Tomás Escriche y Mieg, Ismael Olea Larrio y el mismísimo Sabino Arana. En los Juegos Florales de 1901 celebrados en Bilbao, Unamuno pronunció un discurso en el que insistió sus ideas sobre la lengua vasca en el sentido de «que el vascuence estaba agonizando, que no nos quedaba más que recogerlo y enterrarlo con piedad filial, embalsamado en ciencia». Se produjo un gran tumulto y mientras algunos, escandalizados, silbaban y gritaban, deteniendo el discurso por unos diez minutos, otros lo aplaudían e iniciaban una suscripción para imprimirlo y ofrecerle una comida-homenaje al conferenciante. En este tema de la lengua Unamuno se mantuvo siempre constante, manteniendo su idea de abandono del euskera y de un centralismo lingüístico españolista radical: «En esta cuestión de la lengua nacional hay que ser inflexibles. Cobren toda la autonomía municipal y provincial que quieran, puertos francos, libertades y privilegios y fueros de toda clase; pero todo lo oficial en español, en español las leyes, en español los contratos que obliguen, en español cuanto tenga fuerza legal civil, en español sobre todo y ante todo la enseñanza pública, en sus grados todos» («Su Majestad la lengua española», 1908). Por el contrario, siempre fue partidario de una cierta descentralización administrativa, al menos para las comunidades con mayor conciencia diferenciada: Cataluña y el País Vasco.

Por otra parte, Unamuno no se consideró nunca a sí mismo jurista y mucho menos historiador y, sin embargo, publicó algunos textos que pudieran encuadrarse en estas disciplinas de conocimiento. En cuanto al Derecho habría que constatar los trabajos «Acerca de algunas costumbres económico-jurídicas infantiles» (1895) y, sobre todo, «Vizcaya. Aprovechamientos comunes: lorra, seguro mutuo para el ganado» (1896). Unamuno entendía el Derecho como forma popular de vida, como folclore, estrictamente como práctica consuetudinaria, con estudios más cercanos a la Etnografía que al Derecho propiamente dicho y así se dedicó a estudiar instituciones como el alboroque, el turno de apertura de los txakolis del entorno de Bilbao, el uso de los comunales, las prestaciones mutuas de trabajo «a trueque»: trilla, escarda, layado, las hermandades de seguros mutuos de ganado o caseríos, y sobre todo, la más importante: la lorra (bildots-lorra, zimaur-lorra, zur lorra), es decir, las aportaciones colectivas para estercolar, formar un rebaño nuevo, o de madera para reedificar una casa.

Por lo que hace a la Historia, Unamuno rechazaba las metodologías imperantes de historiografía positivista y «evenemencial». Por lo demás, su concepción de la Historia, y más concretamente la del Pueblo Vasco, la manifestó no en una obra historiográfica, sino en una novela, en buena parte autobiográfica: Paz en la guerra. En un artículo de 1918 volvió a reflexionar sobre la historia del pueblo vasco; según Unamuno, este «no ha tenido historia, y menos propia, durante siglos y siglos y que en realidad ahora es cuando empieza a tenerla […] contribuyendo a la historia universal o a la de otros pueblos» (léase, fundamentalmente España). La vida del hombre, como la de los pueblos, se resolvería en lucha, lucha contra otros y consigo mismo, entrando en la historia por este camino: «¡Y desgraciado el pueblo que no conoce la guerra civil, la fecundísima guerra civil! Un pueblo no entra en la historia sino por la guerra civil. Formóse en nuestra niñez y mocedad nuestro espíritu, ahí, en esa bendita tierra vascongada, fecundada para su futura historia por dos guerras civiles, en plena guerra civil. Y así llegamos al alma de nuestro pueblo, así llegó el alma de nuestro pueblo a nosotros. ¡Benditos aquellos años del 72 al 76 que nos descubrieron lo mejor de nuestro pueblo, lo que le ha de hacer entrar de lleno en la historia!» («El pueblo vasco en la historia», 1918).

En relación con su concepto de la historia, Unamuno, en su obra En torno al casticismo, 1895, elaboró un interesante concepto historiográfico, muy debatido e incluso criticado pero sin duda innovador, el de «intrahistoria». Para Unamuno los protagonistas de la historia serían las personas comunes, del pueblo, construyendo una historia de lo cotidiano y lo local, en buena manera inconsciente, justo lo contrario de la historia oficial, protagonizada por reyes, héroes, militares, eclesiásticos y políticos: «La vida de millones de hombres sin historia», frente a «los que meten bulla en la Historia». Lo que subyace anónimamente frente a lo que aparece en los periódicos: «Las olas de la Historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol» (En torno al casticismo, pp. -27-28). Se acercaba así Unamuno a modernas corrientes historiográficas como la microhistoria o la historia de la cotidianeidad.

Unamuno utilizó en ocasiones el seudónimo de Manu Ausari, que en el euskera vizcaíno de la época vendría a ser tanto como «luchador» o «batallador». Sin duda muy apropiado para su combativa vida política. También utilizó el de Unusquisque, «cada uno», bastante elocuente de su singular personalidad.

Amén de su obra filosófica y política, Unamuno posee una importantísima obra como autor de novelas, poesía, teatro, libros de viajes, filosofía y de un epistolario monumental, de alrededor de 50.000 cartas.

Obras

Obras Completas, Madrid: Afrodiso Aguado, S. A., I, 1951-1959; II, 1959-1964; III, 1966-1971.

«Al pie del árbol santo», 23 de noviembre de 1882, en Escritos inéditos sobre Euskadi, edición de Laureano Robles, Bilbao: Ayuntamiento de Bilbao, 1998.

Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca (1884). Introducción y notas de José Antonio Ereño Altuna, Bilbao: Beitia, 1997.

«De elemento alienígena en el idioma vasco», Revista de Vizcaya, I, núm. 8 (15 de febrero de 1885), pp. 259-269; núm. 9 (1 de marzo de 1886), pp. 295-305.

«¿Vasco ó Basco?», Revista de Vizcaya, I, núm. 11 (1 de abril de 1886), pp. 399-404.

«Más sobre el vascuence», Revista de Vizcaya, núm. 12 (15 de abril de 1886), pp. 422-426.

«Algunas palabras más sobre el vascuence», Revista de Vizcaya, núm. 14 (mayo de 1886).

«Evolución y Revolución», El Norte, 22 de marzo de 1886.

«Espíritu de la raza vasca», Conferencia pronunciada en la Sociedad «El Sitio» el día 3 de enero de 1887, Obras Completas, IV, p. 117.

«Carlistas y liberales», Revista de Vizcaya, V (1887), pp. 27-30.

«¡Agur, arbola bedeinkatube!», Euskal-Erria, XIX (1888), pp. 299-300.

«El movimiento socialista», La Democracia, Salamanca, I, II, III, IV, V, VI; 12, 15 y 19 de febrero de 1892, 3, 18 y 27 de marzo de 1892.

En torno al casticismo, La España Moderna, febrero-junio de 1895, Madrid: Biblioteca Moderna de Ciencias Sociales, 1902, Madrid: Cátedra, 2005.

«La lucha por la vida», La Lucha de Clases, núm. 19, 10 de febrero de 1895.

«La medida del trabajo», La Lucha de Clases, núm. 21, 24 de febrero de 1895.

«El militarismo», La Lucha de Clases, núm. 26, 31 de marzo de 1895.

«Revolucionarismo», La Lucha de Clases, núm. 27, 7 de abril de 1895.

«La guerra es un negocio», La Lucha de Clases, núm. 56, 26 de octubre de 1895.

«Efectos del antimaquetismo», La Lucha de Clases, núm. 58, 9 de noviembre de 1895.

«Ricos y pobres», La Lucha de Clases, núm. 59, 16 de noviembre de 1895.

«La riqueza colectiva», La Lucha de Clases, núm. 60, 23 de noviembre de 1895.

«Acerca de algunas costumbres económico-jurídicas infantiles», Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, XIX (1895), pp. 267-270.

«Vizcaya. Aprovechamientos comunes: lorra, seguro mutuo para el ganado», Revista General de Legislación y Jurisprudencia, vol. LXXXVIII (1896); también en Costa, J., Derecho consuetudinario y Economía popular de España, Barcelona: Manuales Soler, II, 1902, pp. 51-79.

«Capital y trabajo», La Lucha de Clases, núm. 79, 1 de abril de 1896.

«Libertades sin color ni grito», La Lucha de Clases, núm. 93, 11 de abril de 1896.

«Socialismo y proteccionismo», La Lucha de Clases, núm. 86, 23 de mayo de 1896.

«Los antimaquetos», La Lucha de Clases, núm. 100, 29 de agosto de 1896.

«Idealismo», La Lucha de Clases, núm. 110, 7 de septiembre de 1896.

«Verdadera caridad», El estudiante de Salamanca, 5 de diciembre de 1896.

Paz en la guerra, Madrid: Fernando Fe, 1897, 240 pp.

«Males de la guerra», La Lucha de Clases, núm. 118, 2 de enero de 1897.

«¡Paz, Paz, Paz!», La Lucha de Clases, núm. 124, 13 de febrero de 1897.

«Discurso en los Juegos Florales de Bilbao, de 16 de agosto de 1901», El Noticiero Bilbaíno, 27 de agosto de 1901; Revista Contemporánea, Madrid, 15 de septiembre de 1901 (O. C., VI, p. 326).

«El bizkaitarrismo y el vascuence», Los Lunes de El Imparcial, Madrid, 30 de septiembre de 1901; 1 de octubre de 1901.

De mi país: descripciones, relatos y artículos de costumbres, Madrid: Fe, 1903, 155 pp.

«Alma Vasca», Revista Alma Española, Madrid, año II, núm. 10 (3 de enero de 1904), pp. 2-5.

«Una advertencia», ¡Adelante!, 1 de mayo de 1906.

«Su Majestad la lengua española», Faro, Madrid, 1 de noviembre de 1908 (O. C. VI, p. 534).

Recuerdos de niñez y mocedad, 1908. Reed. con introducción de Ángel M.ª Ortiz Alfau, Bilbao: Asociación de Amigos de Unamuno, 1990.

La conciencia liberal y española de Bilbao: conferencia de Miguel de Unamuno, Bilbao: José Rojas, 1908, 22 pp.

«Salutación a los rifeños», 1909 (O. C., Poesías sueltas, III, 1969).

«La argentinidad», La Nación, Buenos Aires, 11 de marzo de 1909.

Por tierras de Portugal y España, Madrid: Renacimiento, 1911.

Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, Madrid: Renacimiento, 1912; Madrid: Espasa-Calpe, 1938; México: Ed. Azteca, 1961.

«Lo que ha de ser un rector en España (Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 25 de noviembre de 1914)», Madrid: Ed. El Nuevo Mundo (O. C., VII, p. 853).

«El pueblo vasco en la Historia», Hermes, núm. 26 (1918), pp. 153-155.

Andanzas y visiones españolas, Madrid: Renacimiento, 1922.

La agonía del cristianismo (1.ª ed., L’agonie du christianisme, Paris: F. Rieder, 1925), Madrid: Renacimiento, 1931; Madrid: Espasa-Calpe, 1937.

Epistolario. Edición a cargo de Colette y Jean-Claude Rabaté, Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2017.

Bibliografía

Aulestia, G., «Postura de Unamuno ante el vascuence», Muga, núm. 70 (1989), pp. 82-93.

Azurmendi Otaegi, J., Bakea gudan. Unamuno, historia eta karlismoa, Tafalla: Txalaparta, 2012.

— Pentsamenduaren historia Euskal Herrian. Eskolaren eta gogoetaren lana gizaldiz gizaldi, Andoain/Leioa: Jakin/EHU, 2020.

Delgado González, I., Unamuno y la Historia, Documentos A/3, núm. 3, Barcelona (marzo de 1992), pp. 42-44.

Díaz, E., Pensamiento político de Unamuno (Selección de textos y estudio preliminar de Elías Díaz), Madrid: Tecnos, 1965.

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