Cargos y oficios
Abogado, periodista, escritor y editor
Trayectoria
Al morir su padre, en 1910, se trasladó con su familia a vivir con dos tías solteras (hermanas de su padre) en «Villa Donerila», en la Avenida de Basagoiti de Algorta (Bizkaia). El sentimiento nacional surgió en Sarría por influencia familiar. Primero, por el recuerdo de su padre, quien, en Cuba, hacía constantes referencias al país de origen. Tras la independencia, la colonia vasca comenzó a reunirse y, sobre todo, a través de una serie de sacerdotes que llegaban o pasaban por la isla, conoció las doctrinas de Sabino Arana. Luego, por el ambiente del círculo familiar de Algorta. Tras el bachillerato, estudió Leyes en La Habana. Se especializó en Derecho mercantil en Gran Bretaña, donde, probablemente, coincidió con Manu de la Sota y Aburto.
Jesús de Sarría era un hombre estrafalario que gustaba vestir chalecos muy llamativos o escribir recostado en su cama. Con una berlina de alquiler a la puerta de su casa con una calefacción tal que bien podría sentirse uno en el lejano Caribe. Insaciable lector de Baroja, aficionado a la buena mesa y al arte. Junto a Manu de la Sota, se atrevió a reivindicar, como patrimonio cultural vasco, la figura de Miguel de Unamuno.
Hacia 1916, Jesús de Sarría ingresó en el Ateneo Nacionalista de la bilbaína calle Correo y, un año más tarde, se afilió a la Comunión nacionalista. Va a formar parte de la que podríamos llamar segunda generación nacionalista, en la que forman hombres como los hermanos De la Sota (Alejandro, Manu y Ramón), Jesús María de Leizaola, Justo Gárate, Ignacio de Areilza… Por otro lado, como hemos visto, su ingreso en el nacionalismo organizado se produce en un momento de crisis larvada, por un lado, y de euforia autonómica, por otro.
Sarría acude también a la tertulia de La Bilbaína, sociedad recreativa, del más puro estilo inglés, regentada por los prohombres de la economía vasca de la época. También en 1916, Jesús de Sarría alterna su actividad profesional como abogado con la de secretario del Ateneo de Bilbao. Para entonces, cuenta con un cierto prestigio como escritor a través de sus colaboraciones en la prensa de la época, fundamentalmente, en la revista Novedades y en El Pueblo Vasco de San Sebastián, ambos propiedad de Rafael Picavea.
En el Lion D’Or y en La Bilbaína va a gestarse lo que será el primer proyecto periodístico-cultural de la época: Hermes. Su principal impulsor es Sarría. Sus más destacados redactores y colaboradores proceden de la tertulia del Lion D’Or, mientras que la primera redacción será instalada en una de las habitaciones para socios de La Bilbaína. Las tertulias del Lion D’Or llegan a alcanzar importantes cotas intelectuales. Se encuentran representadas todas las corrientes culturales y políticas, ya no solo de Euskadi, sino de todo el Estado e incluso de países como Francia o Gran Bretaña. En este espíritu plural y democrático comienza a gestarse Hermes. Jesús de Sarría la había concebido tiempo atrás como manifestación cultural de una pujanza ciudadana pero no había tomado forma hasta que un día de otoño de 1916, habiendo coincidido en el ferrocarril de Algorta con Joaquín de Zuazagoitia, se perfiló el proyecto y, minutos después, se eligieron papeles y tipos en una imprenta bilbaína.
El comité directivo estará formado por Ignacio Areilza, José Félix de Lequerica, Joaquín de Zuazagoitia y el propio Jesús de Sarría. La ilustración de la portada, que será común a todos los números, fue obra de Aurelio Arteta y Félix Agüero. El número, de 40 páginas, aparece el 1 de febrero de 1917. Poco después, la redacción de Hermes se traslada al Ensanche —calle Ibáñez de Bilbao— para fijar definitivamente su redacción en la calle Correo. A partir de entonces, Hermes se imprimió en los talleres de la Editorial Vasca-Euzko Argitaldaria, fundada igualmente por Sarría.
La historia de Hermes tiene tres etapas perfectamente delimitadas: la primera, de febrero de 1917 a julio de 1918, de periodicidad mensual. En esta etapa se aumenta considerablemente el número de colaboradores entre los intelectuales más destacados del Estado. La segunda, de agosto de 1918 a 1920, es quincenal. Entre 1918 y 1919, el espectacular auge del nacionalismo hace que Hermes cargue sus tintas en temas políticos y culturales nacionalistas. No en vano su director, Jesús de Sarría, así como los que financiaban la revista, la familia Sota, eran nacionalistas convencidos. Esto tendrá su aspecto negativo y muchos de los primitivos y prestigiosos colaboradores dejan Hermes.
En su Junta Directiva se encontraban, entre otros, Ceferino de Jemein, José María de Errazti y Ramón de la Sota y Aburto. En la tercera etapa, entre 1921 y 1922, se vuelve a los presupuestos fundacionales. En ellos se da especial importancia a la literatura inglesa y francesa y se publican algunas novelas cortas sudamericanas bajo la supervisión de Francisco Contreras. Aparecen firmas como las de Salvador de Madariaga, Arthur Simmons, Eugenio D’Ors, G. K. Chesterton y Ricardo Baeza. Pero habían comenzado las dificultades económicas, probablemente debido al cambio de rumbo de la etapa anterior. En estos momentos difíciles, Sarría no contará más que con el apoyo de Alejandro de la Sota, colaborador de Hermes desde el núm. 1. El 85 fue el último número de la revista. Era el quinto aniversario de su aparición y Jesús de Sarría, muerto, no firma ya en él. Su fiel amigo Sota escribía: «La corta vida de la revista fue de una belleza extraordinaria, pero su terminación muy triste, muy triste». Hermes se había definido a sí misma como «un ensayo para probar el estado actual de la civilidad del país, un compás con el que intentamos medir el grado en que los vascos sienten hoy su conciencia solidaria, la dignidad y el valor de sí mismos».
En 1918 aparece la primera obra propagandística de Jesús de Sarría, Ideología del Nacionalismo Vasco. En ella se exponen sus principales tesis políticas, culturales y económicas, que luego desarrollará o matizará en obras como Autonomía nacional y democrática (1918), Vibraciones de la Patria (1918), Gobierno propio vasco y unidad de gobierno (1918) y Patria Vasca (1920). La tesis de Sarría se centra en la defensa de la personalidad vasca (lengua, historia, formas de vida y pensamiento, que la definen como nación), la reivindicación de la figura de Sabino Arana, la dignificación de los estudios vascos, la «vinculación española», la Confederación Ibérica y el desarrollo de la riqueza nacional. Sarría, y en este punto coincide con todos los clásicos del nacionalismo, piensa que el futuro de Euzkadi pasa por la recuperación de la personalidad del Pueblo Vasco. Sin embargo, hay una nota que le diferencia, ya que no solamente atribuye la pérdida de la personalidad a hechos bélicos o políticos, sino también, en buena medida, a lo que él llama «distracción».
A pesar de considerar heroica la recuperación del euskera por aquellos que han nacido castellano-parlantes, Sarría piensa que hay otras características del vasco —aunque no hable o se exprese en su idioma— que él califica como genio y que lo diferencia de los naturales de otros lugares. Reivindica como sustantivamente vascas las obras de gentes como Loyola, Unamuno, Baroja o Maeztu. La figura de Sabino Arana era reivindicada, en aquellos días, como propia por los diferentes sectores nacionalistas y, entre ellos, también por los heterodoxos. Arana-Goiri está por supuesto presente en toda la obra política de Jesús de Sarría. Para él, Sabino «es la raíz de un proceso ideológico que se manifiesta en forma de espíritu, de conciencia nacional».
En noviembre de 1919, Hermes le dedica un número extraordinario, en el que el propio Sarría incluye un encendido artículo titulado «La inmortalidad de Arana-Goiri». En todas las obras a que nos hemos referido se incluyen frases e ideas en torno al «Maestro», que Sarría califica como el hombre «a quien cupo la gloria de despertar la Patria». Por otro lado, Sarría, al igual que los otros heterodoxos, explica la figura y la obra de Sabino como «raíz de un proceso ideológico», mientras que los otros sectores nacionalistas con frecuencia se inclinan a considerarlo como el principio y el fin de la teoría del nacionalismo, como dogma inamovible. Sarría critica en diferentes ocasiones la falta de rigidez científica en los estudios vascos de la época, más preocupados en demostraciones políticas que en dar luz sobre los diferentes temas que abarcan: «ninguno de los estudios, en resumen, a que ese vasco contenido se refiera ha elevado aún el grado suficiente de perfeccionamiento […]. El próximo Congreso de Estudios Vascos a celebrar en Oñate abrirá una era de felicidad […]. Al nacionalismo vasco le interesa la floración de los estudios vascos en todas sus suertes». Era la primera vez que alguien levantaba la voz contra la manipulación cultural, lingüística o histórica, en los diferentes trabajos publicados hasta entonces en beneficio de una ideal.
En este punto nos encontramos con un aspecto que no podemos pasar por alto. Sarría, dentro de la idea nacionalista, se abre a otras corrientes de opinión, incluso contrarias, para enriquecer su propio discurso. Buen ejemplo lo tenemos en el tipo de colaboradores de Hermes. Probablemente, los que mayor impacto causan en Sarría y en la heterodoxia nacionalista son los representantes vascos de la llamada «generación del 98» (hoy puesta en cuestión por la crítica), sobre todo Miguel de Unamuno, tertuliano del Lion D’Or, y Pío Baroja, del que, como decíamos antes, Sarría es un lector impenitente. Un tema fundamental en la obra de Sarría —y aquí existe una coincidencia total entre los estudiosos— es lo que él llama «pesantez de la vinculación española». La «vinculación española» del País Vasco peninsular ha sido, durante casi un siglo, tema de estudio y polémica por parte de políticos e historiadores: «La vinculación española ha sido larga y profunda. No tiene nada de extraño que haya impreso su huella fuertemente. No debemos prescindir nunca en nuestras previsiones de lo que significa esa vinculación. No debemos tampoco obrar en desconocimiento de esa vinculación, lo que debemos es sustituir, sin desconocerlo, el proceso de formaciones seculares a que estamos sujetos». Sarría es, igualmente, partidario de una Confederación Ibérica de Naciones en la que participarían Portugal, Galicia, Cataluña, Euzkadi y los territorios vascos y catalanes en el Estado francés. En esa Confederación, cada nación desarrollaría su propia personalidad cultural, política y económica. Por último, está el tema del desarrollo de la riqueza nacional que, para Sarría, es la industria y el comercio. Aquí, una vez más rompe con los moldes clásicos del nacionalismo ortodoxo que centraba las formas de vida política ideales en la antigua estructura rural social —la contraposición entre el baserritarra (el hombre del campo o la pureza) y el kaletarra (el hombre de la ciudad y sus vicios)—. Dice Sarría que «la Patria de los Vascos es una democracia industrial y comerciante, trabajadora, activa, rica. Su riqueza va haciéndose cada vez más intensa por el conjunto y por la extensión numérica de las personas a quienes esos beneficios llegan […] Para nosotros, los nacionalistas vascos, la riqueza nacional está vinculada a la sustancia misma de la nacionalidad». Según Antonio Elorza, Sarría conecta en este punto con la teoría unamuniana sobre el origen del nacionalismo.
Sarría y sus obras, y, sobre todo, su indudable influencia no cae bien en los ambientes integristas y ultraconservadores de la oligarquía vizcaína que, además, le considera como «uno de los propagandistas más autorizados del nacionalismo». Uno de los órganos más cualificados —a quien pertenece el anterior adjetivo—, El Pueblo Vasco, inicia una campaña de descrédito contra el director de Hermes. A este diario maurista, nacido antinacionalista, se le presenta una oportunidad de oro para hacer desaparecer a Sarría. A raíz de una conferencia sobre Cuba, pronunciada por este en los locales de Juventud Vasca de Bilbao, foco, por otro lado, del sector aberriano, El Pueblo Vasco publicó un artículo titulado «Una indignidad», en el que se acusa a Sarría de «haber ultrajado al Ejército y a España». Debido a este artículo, le procesan por la célebre «Ley de Jurisdicciones» (utilizada en múltiples ocasiones contra Sabino Arana). De la defensa de Sarría se encarga su amigo y correligionario Ignacio de Areilza, que la basa en el resumen que, sobre la polémica conferencia, había ofrecido el diario Euzkadi, saliendo absuelto tras una espera de sentencia de más de un año.
Sarría se mantiene deliberadamente al margen de las corrientes enfrentadas dentro del movimiento nacionalista. Él piensa que todas son respetables y aprovechables. Está convencido que el Nacionalismo Vasco debe aceptar la «pluralidad de interpretaciones particulares», como vía fundamental para su expansión. En este punto retoma y amplía un principio marcado anteriormente por Koldo Eleizalde.
Entre 1917 y 1922, Euzkadi vive una etapa de efervescencia autonomista, propiciada por los líderes de la Comunión Nacionalista y secundada por otras formaciones políticas. A esta iniciativa se sumarán rápidamente los intelectuales heterodoxos y, por supuesto, Sarría, quienes verán así respaldadas algunas de sus propuestas políticas. Aún no ha acabado 1918 cuando la Editorial Vasca-Euzko Argitaldaria publica dos obras de tema exclusivamente autonómico: Autonomía nacional y democracia y Gobierno propio vasco y unidad de gobierno. La primera de estas obras, muy cerca de las tesis de Comunión; Autonomía nacional y democracia fija las fórmulas que han de definir el Gobierno autónomo. En un principio, este extiende su jurisdicción a los territorios de Álava, Gipuzkoa, Navarra y Bizkaia. Su base política está en el régimen foral actualizado «a las circunstancias de 1918», teniendo como vértice la pirámide de la autonomía municipal. En Gobierno propio vasco y unidad de gobierno plantea una disyuntiva relacionada con la «vinculación española» y que podría acercarse a ciertos puntos defendidos por los aberrianos. Dice que el Estado español, llegando a la curva de esta larga decadencia, se enfrenta a este dilema: resquebrajarse o transformarse». Queda aquí abierta una vía nueva, susceptible de diferentes interpretaciones. ¿Qué ocurriría si no se iniciase esa transformación? Para Sarría, esa «transformación» es el reconocimiento por parte del Estado del derecho de darse un Gobierno propio y la capacidad de gobernar. «El Estado español —afirma— se reservará como exclusivas el conjunto de facultades no incluidas en la potestad de gobierno interno que por la autonomía nacional el Pueblo Vasco reivindica. Pero en nuestra vida orgánica, autonomía quiere decir plena, integral soberanía».
Hay dos temas, a los que hacíamos referencia anteriormente, que son fundamentales: el de la actualización del Fuero y la autonomía municipal. «En el Fuero, interpretado según los sentimientos y necesidades de 1918, está todo el contenido de la constitución que el Pueblo Vasco necesita […]. Un régimen inspirado medularmente en el Fuero en el que por máximo contenido de democracia se encuentren, dentro del orden, garantizados todos los derechos individuales. Todas las aspiraciones de clase que puedan encontrar cumplimiento en el más audaz Estado moderno y defendidos todos los intereses que deben legítimamente merecer aseguramiento».
Juan Pablo Fusi intenta encontrar en Sarría una base «filosocialista» que, si bien no la puede dejar entrever en algunos párrafos de su obra, no nos parece del todo exacto. Probablemente, Sarría es el precedente de ese movimiento socialcristiano hacia el que tenderá el nacionalismo histórico. Pensamos que es más conveniente hablar de una ampliación y modernización del igualitarismo, siempre dentro del espíritu democrático imperante en la Europa de la posguerra. En este campo la obra más interesante de Sarría es, sin lugar a dudas, Oligarcas y ciudadanos. Aquí es donde Sarría comienza a situarse en posiciones no compartidas por la Comunión y, en algunos aspectos, por los aberrianos, excepto en frases como esta: «Durante largos años, la degradación política se enseñoreó de nosotros. Bilbao adquirió capacidades para la organización caciquil. Las preocupaciones ciudadanas, el instinto civil de nuestros mayores fueron sustituidos por la inercia del pueblo y por el dominio abusivo de determinados elementos poderosos».
Sarría llega a comparar la lucha de nacionalistas y socialistas: «A vosotros os torturan disminuciones jurídicas y económicas. A nosotros disminuciones espirituales y jurídicas […]. La semejanza en determinadas condiciones se comprueba en las realidades, en las modalidades de acción. Nosotros juntamos a nuestra obra de restauración nacional otra obra de restauración ciudadana y nuestro programa está preñado de un contenido amplísimo de política social».
En la etapa de máxima actividad político-literaria y periodística de Sarría, es decir, entre 1917 y 1921, el nacionalismo vasco vive una terrible polémica que culmina con la escisión de 1921, por lo que los aberrianos se separan de la Comunión y refundan el PNV. En general, Hermes va a mantener una actitud respetuosa hacia la CNV, sobre todo por parte de los «heterodoxos». La excepción la va a constituir, una vez más, Eduardo de Landeta y Aburto. Un artículo suyo, «El bizkaitarrismo frente a las realidades del momento actual», va a costarle a Jesús de Sarría su expulsión de la CNV a principios de 1920.
A partir de aquel momento, a través de su amigo Manu de la Sota, comienza una aproximación a los aberrianos de la Juventud Vasca de Bilbao. Hemos podido comprobar, a través de conversaciones mantenidas con protagonistas de aquella época, como Patxo Aguirre, Manuel de Irujo o Jesús María de Leizaola, que mucha de la doctrina de Sarría era compartida por los aberrianos aunque, de ninguna forma, pudiesen admitir su no-independentismo. A pesar de ello, Aberri, órgano de expresión de este sector, hizo publicidad de las obras propagandísticas de Sarría y de su Editorial Vasca. Para Fusi, la coincidencia entre Sarría y los aberrianos estaba «en la influencia de principios democráticos popularizados por la Primera Guerra Mundial —derecho de autodeterminación de los pueblos, anticolonialismo, socialización de la economía, etc.— que, como se ha dicho, habían influido igualmente en Sarría y sus colaboradores».
Anteriormente, Jesús de Sarría se había solidarizado con la Junta Directiva de Juventud Vasca de Bilbao a raíz de su procesamiento en enero de 1919. A pesar de que pueda dar la impresión de lo contrario, sus diferencias ideológicas más notables las mantiene con la Comunión ya que, excepto en el tema autonómico, no existen demasiadas coincidencias, llegando incluso a la ruptura abierta. Según Fusi, «el laicismo de Sarría no era aceptado por la Comunión […]. Tampoco el radicalismo socializante […] debió de satisfacer a una Comunión dependiente del voto de las clases medias católicas y conservadoras del País Vasco». En 1920, la CNV condenaba oficialmente la obra de Sarría Patria Vasca. El opúsculo está en la línea de Oligarcas y ciudadanos, sobre todo a lo que se refiere a la crítica del racismo. Trata de remontar el racismo generalizado en el nacionalismo de la época, al mismo tiempo que no considera la raza como rasgo definitorio de la nacionalidad. En este asunto, su discrepancia con Kiskitza —que acababa de publicar La Nación Vasca, obra en la que defiende el nacionalismo étnico— es total. Sarría mantiene que: «Nosotros vinculamos a nuestra comunidad a quien venga con efusión a la tierra vasca y quiera fundirse con nosotros». Por otro lado, en Patria Vasca sigue manteniendo su antiseparatismo, considerándolo como un error; ahora bien, «un error excusable» por el ardor patriótico de los que defienden tal postura.
A pesar de su posicionamiento, Sarría, ante la inevitable escisión dentro del nacionalismo, trata de hacer entrar a las dos partes en conflicto en fórmulas de unidad. La unidad es otra de sus preocupaciones. Unidad de los vascos. Unidad de los intelectuales en torno a la idea nacionalista. Porque, como también hemos dicho, Sarría tenía un alto concepto de la misión de los intelectuales en desarrollo político y social del País Vasco. Y, sobre todo, la unidad de los propios nacionalistas. De ahí que le afecten profundamente los constantes enfrentamientos, los ataques entre facciones, incluso a la empresa que Hermes significa. En definitiva, y siguiendo a Fusi, quizá la aportación ideológica más original de Sarría —que asumía lógicamente dos ideas básicas del nacionalismo vasco: el concepto de nacionalidad y la sacralización de Sabino Arana— fuese su percepción del fundamento emocional del nacionalismo, su interpretación de este como emoción de masas. Pero, al mismo tiempo, Jesús de Sarría, que defiende la pluralidad de interpretaciones particulares en el seno del nacionalismo, opone, como hemos repetido a lo largo de este trabajo, al nacionalismo étnico de Kiskitza, el nacionalismo político, coincidiendo en este punto con los aberrianos y, especialmente, con Kondaño.
Jesús de Sarría era un hombre nervioso e impulsivo. Sufrió, como pocos, el problema de la unidad, enlazados a su propia ruina, precipitada por los enormes gastos de Hermes y la deserción de muchos de sus amigos y colaboradores —solo Alejandro de la Sota le seguirá siendo fiel—. El 27 de julio de 1922 se quitaba la vida arrojándose desde el balcón de su casa en la bilbaína calle Correo. La muerte de Jesús de Sarría causó una profunda impresión en los ambientes políticos e intelectuales y, sobre todo, en el nacionalismo. En el diario Euzkadi fue el mismísimo Kiskitza quien escribiría la necrológica de Sarría, en la que dice, entre otras cosas, que en algunos momentos se vio obligado a combatir algunas de sus ideas, aunque reconocía su valía y su aportación a la vida vasca.
Obras
«Las sociedades extranjeras en la legislación inglesa», Revista de Legislación y Jurisprudencia, Madrid, núm. 57 (1909).
Las Compañías Anónimas: su necesidad de reformarlas. Ensayo jurídico, Bilbao: [s. n.], 1916.
Ideología del Nacionalismo, Bilbao: Imp. Verdes, 1918, 129 pp.
Autonomía nacional y democrática, Bilbao: Ed. Vasca-Euzko Argitaldaria, 1918, 10 pp.
Vibraciones de la Patria, Bilbao: Ed. Vasca, 1919, 19 pp.
Gobierno propio vasco y unidad de gobierno, Bilbao: Ed. Vasca-Euzko Argitaldaria, 1918.
La inmortalidad de Arana-Goiri, Bilbao: Ed. Vasca, 1919, 17 pp.
Oligarcas y ciudadanos, Bilbao: [s. n.], 1919.
Patria Vasca, Bilbao: Ed. Vasca, 1920, 131 pp.
Bibliografía
Elorza, A., Ideologías del nacionalismo vasco, San Sebastián: L. Haranburu editor, 1978.
Fusi Aizpurúa, J. P., «Hermes (1917-1922)», «Prólogo» a la reedición facsímil de Hermes, Madrid: Turner/Fundación Orbegozo, 1979.
Mainer, J. C., Regionalismo, burguesía y cultura: Revista de Aragón (1900-1905) y Hermes (1917-1922), Zaragoza: Guara Editorial, 1982, p. 135.
Sainz Valdivielso, A. C., Triunfo y tragedia del periodismo vasco, Madrid: Ed. Nacional, 1977.
San Sebastián, K., Nacionalismo y heterodoxia, Bilbao: Alderdi, 1987.
— «Biografía de Jesús de Sarría», Vasconia, núm. 24 (1996), pp. 33-57.
Fuentes. La Gaceta del Norte, 28 de julio de 1922.





