Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Autores y obras de la Corona de Castilla

SALAZAR Y FRÍAS, Alonso de (¿Burgos?, ¿1565? – Madrid, 1636).

Cargos y oficios

 Jurista e inquisidor.

Trayectoria

De origen burgalés, Alonso de Salazar y Frías nació en el seno de una fami­lia numerosa de juristas. Fue uno de los catorce hijos del licenciado Bernardino de Salazar, y sobrino del doctor Frías Salazar, letrado en la ciudad de Burgos. Su abuelo paterno, el licenciado Tomás Ortiz de Frías Salazar, sirvió al con­destable de Castilla Pedro Fernández de Velasco, como regidor, gobernador y administrador de sus estados. Y su otro tío, Antonio de Salazar y Frías, ejerció como familiar del Santo Oficio. Parece lógico pensar que este entorno fomen­tara una vocación por los estudios y le animara a continuar los pasos de sus predecesores.

Tal y como explicaría el propio Salazar en su memorial extraído de la Re­lación de los Inquisidores y oficiales que ay en esta Inquisición del Reyno de Navarra, que reside en esta ciudad de Logroño, de sus salarios y ayuda de costa, edad, órdenes, prebendas y grados de letras (AHN, Inquisición, 2220, Exp. 21 b), comenzó sus estudios de latinidad el año 1579 en la Universidad de Salamanca, donde se perfeccionó en los «Derechos» por un tiempo de cinco años hasta que, en 1584, se graduó de bachiller en Cánones. El 26 de agosto de ese mismo año, se presentó ante la cámara rectoral de la Universidad y Colegio de San Antonio Portacelli de Sigüenza para solicitar su admisión en el grado de licenciado en Cánones. Como destacado estudiante, el rector maestro Martín Saravia admi­tió su solicitud y matrícula, realizando al día siguiente su primer ejercicio. El 29 de agosto, ante el licenciado Andrés Gómez de Arce, el rector Martín Saravia y el doctor Alonso de Pelegrina, presidente de la Facultad de Cánones, Alonso de Salazar fue examinado, consiguiendo el título de licenciado en Cánones, con el que firmaría a partir de ese momento todos sus documentos.

Comenzó su carrera eclesiástica ese mismo año de 1588, cuando se trasladó a la ciudad de Jaén para prestar sus servicios al obispo Francisco Sarmiento de Mendoza, primero como canónigo desde el 18 de septiembre de 1590, y más tarde como racionero del cabildo giennense. Su impecable trabajo propició que el obispo le nombrara en 1594 visitador general y provisor de su obispado, y poco después vicario de las ciudades de Baeza y Úbeda para implantar en ellas la reforma tridentina, además de juez de Residencia de los oficiales del obispado. La confianza que depositó el obispo sobre Salazar se comprueba a su muerte acontecida el año siguiente, en que le nombró albacea y testamentario de sus últimas voluntades.

Tras cumplir con esta obligación, Alonso de Salazar fue enviado a la Corte para entender de algunos negocios como agente del cabildo en sede vacante y defender ciertos pleitos en los que se hallaba inmerso el obispado de Jaén con el arzobispo de Granada —que ganaría—, poniendo así en práctica durante casi tres años sus servicios de jurista. Durante ese tiempo, conoció a Bernardo de Sandoval y Rojas, nuevo obispo de Jaén y más tarde cardenal y arzobispo de Toledo, primado de las Españas. Bajo su protección, Sandoval le nombraría procurador general de la Corona de Castilla y de León y vicario de la Corte, asistiendo a varios sínodos y congregaciones, momento que aprovecharía para establecer una estrecha relación epistolar con el papa Clemente VIII. Se inicia­ba así el camino ascendente de Alonso de Salazar y Frías en las altas esferas eclesiásticas, y su aproximación al anhelado aparato inquisitorial.

A pesar de gozar de la confianza y apoyo del arzobispo de Toledo, y de las cartas de recomendación de los papas Clemente VIII y Paulo V, los intentos del licenciado Salazar por pertenecer al fuero inquisitorial fueron desestimados por el Consejo de la Suprema Inquisición, encabezado por el inquisidor gene­ral, Juan Bautista Acevedo. Tuvo que esperar a su muerte acaecida en 1608 y al nombramiento de su protector, Bernardo de Sandoval como su sucesor, para que en agradecimiento a los servicios prestados este le ofreciera una plaza vacante como inquisidor del Tribunal de Logroño, cuyo nombramiento sucedería el 23 de marzo de 1609. Se abriría así una nueva etapa en la vida de Alonso de Salazar como miembro de la compleja maquinaria inquisitorial.

Su primera prueba de fuego pasó por el famoso proceso de las brujas de Zu- garramurdi, por el que sería eternamente recordado, un proceso de brujería que se había iniciado en esa villa navarra a comienzos de 1609 con la aparición de treinta y un brujos, a quienes se les había sentenciado a salir en el auto de fe los días 7 y 8 de noviembre, teniendo como resultado la relajación en la hoguera de once de ellos. Tras el auto de fe, los inquisidores creyeron haber descubierto una secta de brujos en tierras vascas y decidieron aunar fuerzas e investigar a fondo su existencia. Con este fin, Alonso de Salazar fue comisionado para visitar la región, propagar el edicto de gracia entre sus habitantes, y recoger todo testimo­nio sobre la aparición de dicha secta. Ocho meses invirtió en recoger pruebas con una minuciosidad manifiesta a través de los valiosos testimonios de los en­causados y de los testigos del proceso, con los cuales se formó un juicio propio sobre la verdadera magnitud del problema. El resultado: más de seis mil folios de intenso trabajo de campo y la creencia firme de que no habían existido bru­jas hasta que no se había empezado a hablar de ellas. Una forma de sugestión colectiva que provocaba que, en el momento de hablar de brujas comenzaran a brotar focos de brujería por todas partes, y en el momento en que se dejaba de hablar de ellas las brujas simplemente desaparecían. Tal afirmación supuso un antes y un después en la historia de la brujería en España, y un consiguiente punto y aparte en la historia de la brujería del occidente europeo. Su revolucio­naria teoría le granjeó una enemistad con sus dos compañeros, los inquisidores Valle Alvarado y Alonso Becerra, que continuaron defendiendo la existencia de la secta con la publicación de un Cuaderno de actos conprovados de bruxos en 1613, tratado que no tendría en consideración el Consejo de la Inquisición, pues suprimió los procesos de brujería existentes por entonces y dictó normas para regular la actuación de los tribunales de distrito en los casos de brujería.

Los resultados obtenidos por Salazar durante su visita al distrito vasco-na­varro fueron valorados enormemente por el Consejo de la Suprema, que deci­dió comisionarle de nuevo como visitador para realizar una inspección interna y secreta al Tribunal de Granada en 1614, con el fin de resolver ciertas irregu­laridades que desde tiempo atrás se venían sucediendo en su juzgado de bienes confiscados. Para esta tarea, además de asignarle un ayudante, Juan López de la Puente, contador de las Inquisiciones de Navarra y la Corona de Aragón, le confirió la facultad extraordinaria de sentenciar lo que allí determinara. Du­rante cinco intensos meses interrogaron a cada uno de los oficiales y ministros del tribunal granadino y pusieron por escrito sus testimonios, siguiendo un cuestionario elaborado previamente. Examinaron los libros de cuentas y las hijuelas originales, y redactaron extensos memoriales con sus pareceres, man­teniendo una intensa correspondencia con el Consejo de Inquisición sobre el asunto. Finalizada la comisión, regresó de nuevo a Logroño para continuar despachando los asuntos de su Tribunal.

Tan solo cuatro años después, el 3 de agosto de 1618, el inquisidor general Luis de Aliaga volvió a solicitar los servicios de Alonso de Salazar para una nueva visita, esta vez al Tribunal de Murcia, y el 16 de marzo de 1619 le nombró visitador del Tribunal de Valencia, en cuya jurisdicción aún resonaban los ecos de la expulsión morisca sucedida diez años atrás. La Suprema le permitió re­gresar al Tribunal de Logroño el 16 de febrero de 1622, donde tuvo que resolver algunas desavenencias surgidas con sus compañeros, los inquisidores Vallejo y Aranda de Alarcón.

El Consejo de Inquisición necesitó de nuevo de sus servicios, al comisio­narle el 9 de septiembre de 1627 para realizar una visita secreta al Tribunal de Toledo. Ese mismo año abandonó el cargo de inquisidor del distrito de Logroño y fue nombrado promotor y abogado fiscal del Consejo de la Inquisición, des­plazándose por ello a la Corte. Su buen hacer, su esmero en la resolución de los asuntos encomendados y sus buenos contactos en las altas esferas del fuero eclesiástico e inquisitorial le facilitaron un auge profesional, que tuvo su punto álgido el año 1631, en que fue nombrado consejero de la Suprema y General Inquisición.

Alonso de Salazar y Frías falleció el 9 de enero de 1636 en Madrid, a los setenta años, tras una intensa vida dedicada a la jurisprudencia y a la labor inquisitorial. Dejó como heredero universal de todos sus bienes a su sobrino, Francisco de Salazar Manrique de Ayala, quien decidió subastar públicamente las últimas pertenencias personales de su tío ante la gran can­tidad de acreedores allí congregados. Dejó como albaceas y testamentarios a Miguel Tafalla y a Jerónimo de Villanueva, caballero de la Orden de Ca- latrava y protonotario de Aragón, encargados de elaborar el inventario, ta­sación y almoneda de sus cuantiosos bienes, que acabaron de redactar dos días después.

Desde que el nombre de Alonso de Salazar y Frías vio por vez primera la luz en 1907 gracias al historiador estadounidense Charles Lea en su obra Historia de la Inquisición de España, su trayectoria y sobre todo su revolucionaria teoría sobre la inexistencia de la brujería generó una notable influencia en autores posteriores como el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja, y sobre todo el danés Gustav Henningsen, quienes localizaron e investigaron los documen­tos del licenciado Salazar en los archivos inquisitoriales para analizar sus ideas sobre el asunto. Bautizado y conocido gracias a Henningsen como el Abogado de las Brujas, sigue siendo hoy en día un personaje digno de estudiar y rescatar de la Historia.

Obras

Memorial de Alonso de Salazar y Frías dirigido al Inquisidor General Sandoval y Rojas (2 de marzo de 1611). AHN, Inquisición, 1683, Exp. 1, f. 19r-23 v.° Relación de los inquisidores y oficiales que hay en esta Inquisición del Reino de Navarra que reside en esta ciudad de Logroño, de sus salarios y ayuda de costa, edad, órdenes, prebendas y grados de letras, en AHN, Inquisición, 2220, Exp. 21 b.

Bibliografía

Barro Moya, J. L., «El inquisidor Alonso de Salazar y Frías: el inventario de sus bienes», Boletín de la Real Academia de la Historia, t. 184, Cuaderno 1 (1987) pp. 150-171.

Caro Baroja, J., Vidas mágicas e inquisición, Madrid: Taurus, 1967.

– El señor inquisidor y otras vidas por oficio, Madrid: Alianza, 1968.

– «De nuevo sobre la historia de la brujería (1609-1619)», Príncipe de Viana, vol. 30, núms. 116-117 (1969), pp. 265-328.

Cristóbal Martín, A., Confianza, fidelidad y obediencia: servidores inquisitoriales y de­pendencias personales en la ciudad de Logroño (siglo xviii), Logroño: Instituto de Es­tudios Riojanos, 1994.

Henningsen, G., The Salazar documents. Inquisitor Alonso de Salazar Frías and other on the Basque with persecution, Leiden-Boston: Brill, 2004.

—   El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española, Madrid: Alianza Edi­torial, 1983. Reed. ampliada: Madrid: Alianza Editorial, 2010.

Idoate, F., La brujería. Col. Navarra. Temas de Cultura Popular, núm. 4. Pamplona: Di­putación Foral de Navarra, 1967.

Lavado Suárez, L., «El sentido moral y entorno social en la construcción de la persona­lidad de un inquisidor: Alonso de Salazar y Frías», Huarte de San Juan. Geografía e Historia, 17 (2010); pp. 309-322.

Lea, H. Ch., A History of the Inquisition of Spain, IV. New York: Macmillan, 1907. Reim- pr.New York: AMS Press, 1966. Trad. castellana: Historia de la Inquisición española, Madrid: Fundación Universitaria Española, 1983.

Cita bibliográfica

Lavado Suárez, L., “Salazar y Frías, Alonso de”, Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 645-648.

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