Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Peregrinos y viajeros europeos

PEREGRINOS Y VIAJEROS EUROPEOS: Introducción.

Trayectoria

Según un bello relato, en una fecha imprecisa del siglo ix, posiblemente hacia el 829, durante el reinado de Alfonso II de Asturias, un ermitaño de nom­bre Pelayo, observó ciertos fenómenos luminosos semejantes a una lluvia de estrellas cerca del lugar en que habitaba. Advertido Teodomiro —obispo de Iria Flavia—, acudió junto a sus fieles al lugar señalado, en el que encontraron una cueva que contenía un arca de mármol. Los restos de su interior se identifica­ron con los de Santiago el Mayor.

Es un episodio en el que los datos reales —descubrimiento del sepulcro—, aparecen entretejidos con otros propios de tradiciones populares, pero que en definitiva, explican los orígenes de Compostela. Efectivamente, cuando se pro­dujo el descubrimiento, lejos estaba el obispo de Iria Flavia de imaginar las consecuencias que con el transcurrir de los siglos iba a tener este hallazgo, que han hecho de él, uno de los lugares de peregrinación más importantes de la cristiandad.

El culto a Santiago creó el Camino. El flujo de peregrinos, comerciantes o aventureros, continuamente renovado, especialmente numeroso en los Años Santos, ha hecho la historia de este Camino. Camino del viento, Camino de las estrellas. Navarra, Ruta Jacobea, Santiago o lo que es lo mismo, una Región, un Camino y un Apóstol en estrecha conjunción desde hace más de un milenio desde que en el otro extremo de Hispania un rey leonés, Alfonso II, proclamaba en el año 829 el descubrimiento de la tumba de uno de los apóstoles, el mayor de los Santiagos, hermano de Juan, hijo del trueno, el que había predicado en España y había muerto martirizado en su tierra natal; el que había sido embar­cado para proteger su cuerpo y había recibido sepultura en las lejanas tierras de Galicia. Un apóstol en el final de la tierra conocida era demasiado atractivo para pasar desapercibido al resto de los cristianos, aunque en la aparición de aquellos restos hubiera mucho de necesidad política para fortalecer la cohesión de una monarquía amenazada por el empuje musulmán y las luchas internas.

Un apóstol al que poder invocar, símbolo físico de una fe que unía a todos los europeos y que impregnaba todos los actos de su vida, pero que se hallaba en dificultades ante los enemigos exteriores, musulmanes o normandos. Desde luego, las rutas de Europa y los diversos avatares que presidían la vida coti­diana no eran el mejor encaje para que los cristianos de Occidente se lanzaran camino de la tumba de Santiago. Pero el nombre y el lugar recorrieron el con­tinente, y los más arriesgados emprendieron la aventura, hasta que, a partir del siglo x, y sobre todo en las centurias siguientes, el Camino de Santiago se convirtió en la gran ruta de la peregrinación cristiana y en un foco de desarrollo urbano, económico y cultural. Fue necesaria una estabilidad política y social sin precedentes y, en lo que a España se refiere, el predominio definitivo de los reinos cristianos sobre los musulmanes, pero finalmente, la peregrinación fue posible sin miedo excesivo a arriesgar algo más que la salud y la fortaleza en una misión que podía durar meses.

Y el camino más cómodo hacia Santiago desde cualquier lugar del conti­nente, y sobre todo desde las tierras del norte y el oeste de Francia, pasaba por Roncesvalles y Navarra que, como una inscripción viva, recordaban a cada paso el fragor de una batalla y el pesar de muchas muertes. Nada casualmente, porque el puerto de Ibañeta se utilizaba desde tiempos prehistóricos para el paso por el Pirineo de gentes y ganados; fue el camino escogido por Carlo- magno y, en buena lógica, el que decidieron la mayor parte de los peregrinos continentales. Sin duda, la leyenda de Roldán permanecía presente en los pen­samientos tras cada árbol y recodo de aquellos parajes.

«Cuatro son los itinerarios que conducen hacia Santiago y que en Puente la Reina, en tierras españolas, confluyen en uno solo». Con este singular y claro resumen de geografía comienza el Liber peregrinationis o Guía de la peregrina­ción que compone el quinto libro del Liber Sancti Jacobi, más conocido como Códice Calixtino, y en tan corto texto ya se intuye la importancia de Navarra como encrucijada de caminos jacobeos europeos. Pero ¿por qué esos caminos?, ¿eran trazados nuevos o herederos de antiguas rutas? Probablemente, nunca se tratará lo suficiente sobre la importancia que han tenido los caminos y las vías de comunicación en las personas y en su devenir histórico. Gracias a ellos, los pueblos se han abierto a aportaciones exteriores o a intercambios con nuevas gentes portadoras en muchos casos de culturas diferentes. La sociedad roma­na, como la medieval, supo valorar la importancia de los caminos y sus posi­bilidades, aquella para consolidar su penetración y esta, muchas veces, como mantenimiento de una aspiración religiosa, pues, si ha existido una sociedad que se haya afirmado en su andadura, ha sido sin duda la medieval, donde la peregrinación ocupó un lugar esencial.

Un largo recorrido como este ha tenido, lógicamente, en el transcurrir de los siglos muchos cronistas, personas que relataban sus experiencias a la vez que anotaban curiosidades que hacían referencia a los lugares de la ruta.

El peregrino que marcha hacia Santiago es el peregrino por excelencia. Dante en su Vita nuova dice: «Peregrino se puede entender en sentido amplio y en sentido estricto: en sentido amplio, peregrino es aquel que está fuera de su patria; en sentido estricto, solo es peregrino quien va hacia la casa de Santiago o de ella vuelve. Y ha de saberse también, que de tres modos se llaman las gentes que van al servicio del Altísimo: llámanse palmeros si van a Ultramar, de don­de muchas veces traen la palma; llámanse peregrinos si van a Galicia, ya que Santiago fue sepultado más lejos de su patria que ningún otro apóstol; llámanse romeros si van a Roma». Una distinción semejante aparece en Las Partidas de Alfonso el Sabio quien dice, además, que los peregrinos llegan a ser tales «por servir a Dios e honrar los santos e por sabor de fazer esto, extráñanse de sus lugares, e de sus mugeres, e de sus casas, e de todo lo que han, e van por tierras ajenas, lacerando los cuerpos e despendiendo los averes, buscando los santos».

A pesar de esto, los motivos que inducían a la peregrinación eran diversos, desde el móvil más puro, que era la devoción, hasta el que buscaba el perdón de sus culpas o acudía al santuario compostelano en cumplimiento de un voto, sin olvidar aquellos que peregrinaban en representación de todo un pueblo o los simples viajeros que pretendían satisfacer su curiosidad. Y, entre todos ellos, teniendo siempre en cuenta la primera peregrinación conocida que es la del obispo Godescalco en el año 950, destaca el primer relato de esta clase: la cé­lebre Guía del Codex Calixtinus, obra atribuida al papa Calixto II y compilada por el clérigo francés Aimerico Picaud, autor del Liber peregrinationis o Guía de la peregrinación, manuscrito realizado en el siglo xii, la primera de las guías del Camino en la que el autor demuestra ser un buen conocedor de las rutas que describe y que son las principales desde el centro de Francia a los Pirineos y, salvados estos, fundidos en uno solo, desde Puente la Reina.

A partir de este momento conocemos varios e interesantes itinerarios a Compostela, como el relato anónimo de un viajero inglés, probablemente del siglo xiv o comienzos del xv, publicado por Samuel Purchas con el título Hak- luytus Posthumus or Purchas his Pilgrimes, contayning a History of the World in Sea Voyages and Lande Travells, by Englishmen and others. O el viaje reali­zado por Nompar II señor de Caumont, en 1417, editado con el título Voaitge de Nopar, signeur de Caumont a Saint Jacques en Compostelle et a Notre Dame de Finibus Térrae, de una brevedad lacónica dado que constituye más bien un itinerario que un relato de peregrinación. En 1446, el patricio de Ausburgo, diplomático y viajero Sebastian Ilsung de Ausburgo, emprendió un viaje a Es­paña que también lo llevó a Santiago de Compostela, poniendo a su vuelta su relato por escrito en el que destaca alguna de las cortes regias que fue visitando. Asimismo, describe sus impresiones en un «diario» Jehan de Tournay, comer­ciante de Valenciennes que en los años 1488-1489 emprendió un viaje de pere­grinación que le llevó a Jerusalén, Roma y Compostela. Nuevamente un viajero alemán, Hieronymus Münzer, entre 1494 y 1495 realizó un largo viaje sobre el que escribirá un libro narrando sus andanzas: Itinerarium siue peregrinatio excellentissimi viri artium ac vtriusque medicine doctoris Hieronimi Monetarii de Feltkirchen ciuis Nurembergensis, escrito en latín.

Para uso de los peregrinos alemanes, Hermann Künig Von Vach monje ser- vita que viajó a Compostela quizá entre los años 1486 y 1492, redactó a finales del siglo xv una guía en verso en la que ofrece al inicio y en el colofón las únicas referencias que de él se conocen: «Yo Hermann Künig von Vach, quiero, con la ayuda de Dios, hacer un pequeño libro que ha de llamarse Camino de Santia­go». Otro viajero alemán Arnold Von Harff, perteneciente a una noble familia del Bajo Rin, emprendió a los veinticinco años una larga peregrinación que describe en su diario, La peregrinación del caballero Arnold von Harf de Colonia a través de Italia, Siria, Egipto, Arabia, Etiopía, Nubia, Palestina, Turquía, Fran­cia y España, que lo llevó a cabo en los años 1496 a 1499, y la describió y explicó mediante dibujos.

Es fácil imaginar, como se desprende de todos los relatos, que las condi­ciones en que peregrinaban a través de la Ruta Jacobea en la Edad Media eran totalmente diferentes; sin duda la naturaleza estaba mejor conservada, los bosques más extensos y la fauna más abundante, los núcleos habitados serían islotes salpicados en un medio poco alterado, condiciones quizá, apenas apre­ciadas por los peregrinos dado que los bosques y selvas serían temidos como refugios de fieras o de salteadores, y los pueblos y monasterios ansiados como remansos de hospitalidad y de seguridad.

Bibliografía

Herbers, K., y Plotz, R.; Reimóndez Fernández, J. (trad.), Caminaron a Santiago. Relatos de peregrinaciones al «fin del mundo», Santiago de Compostela: Xunta de Galicia, 1999.

JusuÉ Simonena, C., Santiago en Navarra: imagen, memoria y patrimonio, Pamplona: Gobierno de Navarra, 2011.

Martín Duque, A. J. (dir.), Camino de Santiago en Navarra, Pamplona: Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, 1991.

Vázquez de Parga, L.; Lacarra, J. M.a, y Uría Ríu, J., Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, Madrid: CSIC, 1948, 3 vols.


Cita bibliográfica

Jusué Simonena, C., “Introducción», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 338-340.

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