Cargos y oficios
Político liberal fuerista, senador, padre de la provincia
Trayectoria
Hijo de Saturnino Otazu Salamanca Moyúa y Ruiz del Castillo, natural de Briviesca (Burgos), maestrante de Ronda, y de María Águeda Balencegui Araoz Lazarraga Dávalos, natural de Segura (Gipuzkoa). Al igual que su padre, Fausto también fue caballero de la Real Maestranza de Caballería de Ronda. Estudió Leyes en la Universidad de Valladolid, pero a raíz de la guerra desatada por la ocupación de las tropas napoleónicas en 1808, abandonó los estudios. Soltero e hipocondríaco, durante el verano recibía baños de mar con impacto de las olas en la cabeza para aliviar sus dolores. Viajó por países europeos (Francia, Bélgica, Inglaterra, Prusia). Residía de forma itinerante por las casas de su propiedad en el País Vasco. Entre 1834 y 1842 vivió en Madrid y frecuentaba las tertulias del conde de Salazar, que eran organizadas por la marquesa de Montehermoso, casada con el conde de Ezpeleta de Beire. Fausto Otazu era una de las mayores fortunas de Álava con bienes raíces en Álava, Gipuzkoa y Navarra. Durante el sexenio absolutista de Fernando VII (1814-1820) ocupó diversos cargos públicos en su ciudad natal, tal y como correspondía a su rango social. Así, en 1817 fue regidor de Vitoria. El 5 de marzo de 1817 se le concedió el título de natural de Navarra, porque heredó el privilegio de llamamiento a Cortes de Navarra por el estamento nobiliario y se le reconoció la residencia en Viana. El 4 de mayo de 1817, la Junta General de Álava se reunió en su casa palacio de Zurbano. En las Juntas de 1818 fue procurador general en representación de la hermandad de Vitoria.
Llegado el Trienio liberal, en 1821 fue alcalde constitucional de Vitoria, el 11 de julio de 1821 presidió la Junta de Comercio de la ciudad y el 10 de junio de 1822 ocupó el cargo de vocal de la Diputación Provincial de Álava. Durante el Trienio liberal manifestó una actitud liberal moderada o equilibrada frente a los liberales exaltados, aunque combatió la insurgencia armada de los realistas.
Durante la Década Ominosa (1823-1833), Otazu pasó de supuestamente perseguido a teniente de diputado general. La posible persecución solo se dio en la confusión y dura represión de los dos primeros años, después de que los llamados Cien Mil Hijos de San Luis entrasen en España el 7 de abril de 1823 y consiguieron rendir a los liberales en Cádiz y liberar el rehén Fernando VII el 1 de octubre. Ante este panorama y en ese contexto histórico no existe unanimidad entre los investigadores sobre el posicionamiento personal que acabó tomando Fausto de Otazu. Por una parte se dice que, restablecida la Monarquía absoluta, sufrió persecución política por su adscripción liberal. Por otra, que en 1823, después de la disolución del sistema constitucional por la intervención de las tropas francesas, fue restablecida la Monarquía absoluta y a raíz de la huida de las autoridades liberales, Otazu tuvo que ocupar nuevamente el puesto de alcalde de Vitoria entre el 15 y el 24 de mayo de 1823, pero dimitió. En su necrológica (1869) se afirma que sufrió la consiguiente persecución política por los cargos que ocupó durante el Trienio y sus ideas liberales. Probablemente esta persecución fue el motivo de su traslado a San Sebastián, donde procuró pasar desapercibido.
Otazu ocupó cargos políticos de alta responsabilidad en el País Vasco durante la Década Ominosa, lo que requería ser cómplice de la política absolutista de Fernando VII, y por tanto, no tenía por qué temer persecución alguna contra él. A partir de 1826 recuperó el protagonismo político, como se manifiesta en su intervención en las Juntas Generales, en la ostentación del cargo de teniente de diputado de la provincia, cuando Valentín de Verástegui ejercía de diputado general de Álava, y los consiguientes compromisos de gestión de las instituciones alavesas que le encomendaron. En 1828 fue nombrado por la Diputación comisionado en Corte y representante ante el rey Fernando VII durante su visita a las Provincias Vascas.
Su adhesión al absolutismo fue en aumento, como evidencia el hecho de que el 25 de noviembre de 1829 Otazu fue elegido diputado general de la Diputación de Álava, aunque la gestión ordinaria recaía en su teniente Diego Manuel Arriola Esquivel, porque Otazu estaba ausente. Pese a las frecuentes llamadas para que acudiera a ocupar el cargo de diputado general, se excusó con reiteración, apelando a su débil estado de salud, avalado con un certificado médico. Al fin, en la Junta General de 1830 su renuncia fue admitida y Diego Arriola resultó nombrado diputado general.
En 1831 rehusó la alcaldía de Vitoria aduciendo, una vez más, motivos de salud aunque al parecer estaba sano, pasando una temporada en San Sebastián. Al fin, le conminaron a regresar a Vitoria y juró su cargo. Durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840) se refugió en Madrid, donde fue comisionado en Corte por Álava y redactó una copiosa correspondencia dirigida al diputado general, Íñigo Ortés de Velasco, que trasluce el pensamiento político y la capacidad de juicio y análisis sobre la coyuntura política y, en particular desde 1840, sobre la actualización de la constitución foral en términos liberales.
Otazu fue uno de los políticos e ideólogos que en 1834 formuló la defensa del fuerismo o régimen foral de autogobierno del País Vasco desde los principios del liberalismo constitucional. Defendió, desde un prisma liberal, la conservación política y económica del régimen foral. Junto al consultor Blas Domingo López e Íñigo Ortés de Velasco defendieron desde 1834 la coexistencia y compatibilidad del régimen foral y el nuevo régimen liberal constitucional español. La alternativa que defendieron en su escrito del 8 de mayo de 1834, Apuntes sobre el modo de conciliar la convocación de las Provincias de Bizkaia, Gipuzkoa y Álava a las Cortes generales del reyno, con la conservación de las especiales instituciones administrativas, de forma que los procuradores en Madrid fueran representantes electos de las Juntas Generales, puede considerarse como el momento fundacional en términos doctrinarios y políticos de una nueva tendencia política, la del liberalismo fuerista. Cabe decir que Joseba Agirreaz-kuenaga atribuye este texto a los comisionados Fausto Otazu por Álava, Casimiro Loizaga por Bizkaia y Juan Esteban Izaga y el conde de Monterrón por Gipuzkoa, si bien Otazu le puso el título. Este documento adelanta en varios meses al famoso folleto editado en noviembre de 1834 titulado Observaciones sobre la necesidad de examinar el régimen administrativo de las Provincias Vascongadas para fallar con acierto en esta materia. En todo caso, las tesis fueristas habrían sido puestas en circulación tempranamente a través de cierto folleto surgido en un estrecho círculo de la élite política e intelectual alavesa, liderado por Íñigo Ortés de Velasco, Fausto de Otazu y por el letrado consultor Blas López, inspirado por un grupo de patricios alaveses.
Pero no será hasta 1837 cuando el periódico El Bilbaíno —en rigor, el primer órgano de prensa liberal-fuerista—, de M. Urioste de la Herrán, M. M. de Uhagón y F. de Hormaeche, inicie una ofensiva publicística centrada esencialmente en la defensa de dos tesis. Primera: es posible una transacción entre el antiguo y el nuevo régimen que preserve una parte significativa de las viejas estructuras forales en el nuevo marco constitucional. Segunda: dicha solución transaccional, fijándose objetivos a medio camino entre los propósitos de liberales y absolutistas, serviría asimismo para poner fin a la guerra civil «sin vencedores ni vencidos». Sus adversarios progresistas, que todavía aspiran a un triunfo pleno del constitucionalismo, motejarán a los moderado-fueristas alaveses de «carlo-cristinos», acusándoles de tratar de salvar a toda costa el poder y el prestigio de una «aristocracia estúpida» aferrada a sus privilegios: según ellos, la tercera vía moderado-fuerista no tendría otro objeto que agitar el espantajo de la lucha armada para fortalecer sus propias posiciones, o lo que es lo mismo, llevar el agua del carlismo insurgente al molino de la oligarquía foral. De ahí que, según la izquierda liberal vasca del momento (claramente antifuerista), El Bilbaíno contribuyera a «hacer sinónimas las palabras fuerista, moderado, retrógrado, absolutista».
Refugiado en Madrid durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), se implicó en el parlamentarismo español. Fue procurador a Cortes desde 1834 a 1835. En 1837 resultó electo para el cargo de diputado general, pero no llegó a jurar, porque poco después fueron abolidas las instituciones forales y sustituidas por la Diputación Provincial. El 22 de diciembre de 1837 fue propuesto para senador con 451 votos, junto a Íñigo Ortés de Velasco, que obtuvo 471 votos, y Manuel Aranguren, conde de Monterrón, con 412 votos. Por Real Decreto de 4 de enero de 1838, la reina gobernadora, María Cristina, oído el Consejo de Ministros, lo nombró senador por la provincia de Álava. En 1839, restablecidas las Juntas Generales, fue nombrado «padre de pro-vincia».
Según el autor de la obra Fisonomía natural y política de los procuradores en las Cortes de 1834, 1835 y 1836, Otazu era un parlamentario que se hacía notar: «El alpha de la lista procuradoril: el maestro de capilla de las votaciones: y en muchos casos el que más pronto parecía enterado de la cuestión, según la impaciencia con que demandaba que se preguntase si el punto estaba suficientemente discutido. […] De gran presencia por el tamaño; lengua gorda y un tanto estropajosa, fisonomía marcada, de las que no engañan».
En la actividad relacionada con la política provincial, la actuación más importante de Fausto Otazu fue la de comisionado de las Juntas Generales para la negociación de la adaptación del régimen foral de acuerdo con la Ley de 25 de octubre de 1839. Otazu se hallaba en París para entregarle, con la aprobación del gobierno central, una pensión al general carlista Bruno de Villarreal, que vivía apurado, con el fin de que dejara de ser hostil a la Monarquía liberal, cuando el 25 de enero de 1840 recibió el oficio de nombramiento de las Juntas Generales de Álava como comisionado ante el gobierno, junto a Pedro Egaña y Blas Domingo López, en la negociación sobre la modificación del régimen foral para conciliarlo con el marco constitucional español según establecía la Ley de 25 de octubre de 1839. Fausto Otazu llegó a Madrid el 4 de mayo y la correspondencia que dirigió a Ortés de Velasco hasta el 3 de abril de 1841 permite el exacto conocimiento de los avatares que siguió la negociación para modificar el régimen foral y compatibilizarlo con el constitucional de la Monarquía. Los comisionados alaveses junto con el diputado a Cortes por Gipuzkoa, Valentín Olano, redactaron un «borrador de proyecto de ley para resolver la llamada cuestión foral» con el fin de conservar el régimen foral en su integridad. Los comisionados de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa lograron una gran sintonía y consenso respecto a los objetivos y la estrategia de la nueva ley de modificación foral. Sin embargo, los comisionados navarros limitaban la continuidad del régimen foral a la esfera económico-fiscal-administrativa. Pese a las sucesivas reuniones con los navarros no se logró la formación de un frente foral común. Otazu los acusaba de que «adolecían algo del espíritu de teoría, cuando más debía en mi concepto dominar un espíritu conservador […]. Los tres comisionados que hay aquí de Navarra, ni tienen relaciones, ni conocen esto, ni saben cómo deben manejarse aquí los negocios». Otazu opinaba que la idea guía en la negociación debía ser «conservar lo nuestro». Sin embargo, participó activamente en las comisiones y demás encargos de las Juntas Generales. De este modo, intervino a favor de la formación del tercio alavés para su envío a la Guerra de África en 1860 y la consecución de la sede episcopal en 1862, las juntas de instrucción pública y la granja modelo. No ostentaba ninguna condecoración, cruz, distinción ni gracia alguna, excepto la de «padre de provincia».
Otazu fue, por todo ello, uno de los autores más importantes en el origen del fuerismo liberal, junto con Blas López, encuadrados en la tendencia moderada y fuerista. Constituían el grupo alavés, sin duda el más clarividente políticamente en el decenio de los cuarenta, a tenor de los proyectos políticos que elaboraron, dispuestos a situar los Fueros al mismo nivel que la Constitución.
Obras
Fisonomía natural y política de los procuradores en las Cortes de 1834, 1835 y 1836 por un asistente diario a las tribunas, Madrid: Imprenta a cargo de D. Ignacio Boix, 1836.
Bibliografía
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Fuentes. Archivo Otazu, Casa Otazu en Zurbano (Álava).
Archivo del Senado, «Expediente personal del senador D. Fausto Otazu Valencegui, por la provincia de Álava (1837-1838)», Sig. ES.28079.HIS-0326-03.





