Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

← Volver a las voces

NOTITIA VASCONIAE Obras y autores navarros

OLÓRIZ AZPARREN, Hermilio de (Pamplona, 13 de enero de 1854 – Madrid, 4 de mayo de 1919).

Cargos y oficios

Poeta, cronista, bibliotecario y archivero

Trayectoria

Cursó estudios de segunda enseñanza en el Instituto de Pamplona. Con solo veinticuatro años, la Diputación de Navarra creó para él la plaza de cronista y bibliotecario con el cargo de archivero incluido. Fue una de las 13 personas que el 23 de octubre de 1877 se reunió en casa de Iturralde para crear la futura Asociación Euskara de Navarra. Aunque no desempeñó ningún puesto directivo, su labor resultó importante. En 1878 se le nombró redactor de la Revista Euskara. Fue uno de los principales integrantes de la primera élite intelectual de Navarra, surgida en el último tercio del siglo xix y que protagonizó, compartió y acaparó cuanto proyecto cultural, casi siempre pionero, vio la luz.

Logró un puesto en la historiografía académica y erudita al ser elegido correspondiente de la Real Academia de la Historia en 1885. En 1888 alcanzó el reconocimiento exterior como miembro extranjero de la Sociedad Francesa de Arqueología. Ingresó en la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra en 1891. En 1897 la salud le obligó a dejar su puesto de bibliotecario y archivero. Volvió en 1902 y renunció en 1908. Quedó como cronista y se retiró a Auritz/Burguete. Al morir, el Centro Vasco de Pamplona izó a media asta la bandera roja de Navarra, la misma que con sus amigos Campión y Altadill había ayudado a definir en 1912 por encargo de la Diputación.

La campaña antifuerista tras la segunda guerra carlista golpeó al joven poeta, que reaccionó como un patriota en el Romancero de Navarra (1876). Dolido por la solución liberal, abandonó su liberalismo de juventud y luchó por derribar «el ídolo de barro de la política». También en 1876 Olóriz comenzó a colaborar en La Paz, publicación fuerista editada en Madrid. Aquí vio la luz el año 1874, quizá, su primer texto: el prólogo a un libro de cuentos de Rodríguez Chaves. Su ensayo dramático En manos del extranjero fue representado con gran éxito en 1878 en el Teatro Principal de Pamplona. Publicó Fundamento y defensa de los fueros en 1880, el único libro que la Euskara repartió entre sus socios de honor. Éuskaro político, fue redactor de los periódicos fueristas El Arga (1879-1881) y Lau-Buru (1882-1886). En el certamen organizado por el Ayuntamiento de Pamplona en los Sanfermines de 1882 fueron premiadas su oda Las Navas de Tolosa y su poesía Roncesvalles. Al año siguiente resultó galardonado por su poema Calahorra. En 1887 publicó Resumen histórico del antiguo Reino de Navarra, elogiado por el historiador francés Boissonnade y modelo para el compendio de Capitolina Bustince. Colaboró en la Revista del Antiguo Reino de Navarra (1888-1889), refugio de la élite navarra. En 1893, poco antes de la Gamazada, publicó, con el apoyo de la Diputación, su libro de poesías Laureles y siemprevivas.

La Gamazada le permitió recoger el fruto. Tal vez sin él todo hubiese sido distinto. La Gamazada le sorprendió en Madrid, donde se hallaba afanado en el Diccionario de hombres notables de Navarra. El 27 de mayo de 1893 se recibieron las primeras noticias: los residentes en Madrid habían firmado una protesta, redactada por Olóriz, contra la uniformización fiscal. Él recogió las firmas y las mandó a la Diputación. Fue otra vez portavoz de los navarros madrileños, al enviar, junto a Iturralde, un telegrama el 3 de junio a la Diputación, adhiriéndose a la manifestación del día siguiente. Con la protesta, el poeta remitió A Navarra, escrito para insertar en la prensa o repartir en la marcha. La Diputación hizo ambas cosas. Quiso influir y utilizó todos los medios.

En febrero de 1894, segundo gran momento de la Gamazada, salió a la luz la Cartilla foral, librito para las escuelas, escribió la prensa, con lo que todo buen navarro debía conocer. La mandó a los periódicos, que resaltaron también su sintonía con la sociedad, al informar de su éxito y de traducciones al vascuence y catalán. La Diputación la imprimió junto a la crónica que escribió poco después. La Diputación viajó a Madrid el 12 de febrero y encontró allí a su empleado. Olóriz en Madrid y Olóriz en Pamplona, pues había encabezado una carta animando a la despedida. La iniciativa tuvo éxito. La prensa publicó su telegrama sobre la entrevista de los diputados con Gamazo.

La Diputación le encargó un himno que perpetuara el mensaje, en forma de poesía. En agosto de 1893 los periódicos lo publicaron, remitido en algunos casos por el autor. Le pusieron música Larregla, García, Erviti, Landíbar y Rosáenz. El Aralar informó en 1894 del encargo de perpetuar de nuevo el mensaje, esta vez en forma de crónica: La cuestión foral… Olóriz colaboró también en la Navarra Ilustrada, impresa en las fiestas de San Fermín de 1894 al hilo de la Gamazada. Fue el único con dos composiciones: la poesía de la portada y un texto de carácter histórico.

Fue su hora. El maduro Olóriz participó en los actos más importantes con sus composiciones. Lo hizo a petición de la gente y dentro del programa; rodeado de intérpretes musicales y en solitario. Entusiasmó al público. Fue casi el único personaje de las letras que participó. Los periódicos informaron de su afonía: días de frenética actividad, impulsada por el éxito del himno foral. Su protagonismo en momentos de movilización reafirma su carácter de hombre público y que todos destacaran su amor por Navarra y respetaran su figura, en un tiempo tan polémico, subraya su capacidad de seducción.

Su éxito le llevó a Cataluña en mayo de 1895 como mantenedor de los Juegos Florales de Barcelona. Campión había presentado su figura en La Lliga de Catalunya el año 1891 y su Cartilla foral tuvo repercusión allí. Olóriz volvió siendo socio-delegado del Centro Excursionista de Cataluña. Su visita culminaba las relaciones iniciadas recién terminada la última guerra carlista y en las que los navarros se aliaron con las tesis más catalanistas. Cuando los seguidores de Sabino Arana se relacionen con el catalanismo, ellos llevaban años de intensos contactos. Pero Olóriz apreció al vizcaíno y este, al navarro. Quizá porque el nacionalismo de Arana sería el eslabón final de la larga cadena de reivindicación de lo propio, cuyo engarce sería imposible sin el fuerismo de Olóriz. También esto se debería matizar: si apareció un nacionalismo no separatista, se podría plantear el surgimiento de un fuerismo secesionista.

La Gamazada le había sorprendido en Madrid ocupado en el Diccionario de hombres…, su gran y frustrado proyecto. Ello no le impidió publicar breves biografías en El Eco de Navarra durante 1898-1899; en 1904 presentar en la Exposición Etnográfica de San Sebastián un extracto; o dar a luz, en Diario de Navarra (1905), varias biografías más. En 1897, había refundido el poema Aula de Dios, de Fray Miguel de Dicastillo, que logró mejor acogida fuera. En 1900 publicó su última obra de leyendas y poesías: Ecos de mi patria y dos años después Breves nociones geográficas de Navarra para instrucción de los niños, libro de texto en algunas escuelas. Estructurada en preguntas y respuestas, como la Cartilla foral, se ocupó del arte, la industria y el suelo. En 1904 fue el turno de su reorganización del Archivo de Comptos y en 1910 de la biografía de Espoz y Mina. El año 1915 se acercó al teólogo Martín de Azpilcueta, su última obra.

Fundamento… fue su primer trabajo propiamente histórico. Como si el joven cronista debiera justificar su nombramiento y quizá cimentar el edificio foral en el momento crítico del final de la guerra. Obra de juventud, de tono vigoroso, es considerada «antecedente directo» del Bizcaya por su independencia, de Sabino Arana. Rescata episodios de la historia de Navarra para hallar la fórmula salvadora: el derribo del «ídolo de barro de la política» y la unión de todos los vascos alrededor de los fueros. Es una llamada para que carlistas y liberales no sacrificaran el Fuero a la política, una defensa de la máxima fuerista («ni carlistas, ni liberales: todos fueristas»), alrededor de la incorporación a la Corona de Castilla y la Ley de 1841. El recuerdo de las fratricidas luchas medievales debía unir a todos. Castilla no había vencido a Navarra, sino la política, que traía división y lucha. La incorporación se logró mediante «trato, furto y maña» y desde el inicio el pacto fue atacado por odio, ambición y envidia. A Fernando el Católico no le había movido la «unidad nacional», como probaba su matrimonio con Germana de Foix. Los Borbones, deseosos de acabar con los fueros, empeoraron las cosas. Navarra había sido siempre reino «independiente y español mediante el pacto». Pero el de 1841 también nació de la división. Al separarse los navarros de los enviados vascongados, se entregaron «al espíritu absorbente de Castilla» y se plantó la semilla de la división por propiciar un arreglo diferente y acabar con los mismos intereses.

La Ley de 1841 había traído la pérdida de las Cortes, pero «por ser paccionada» debían defenderla. El Gobierno la mantenía por temor a la «unión vasco-navarra»: si los vascongados cedían, acabarían las libertades navarras. Estaba en juego el régimen foral y se debía subrayar que lo perdido en 1841 fue la parte más «sublime», pero menos vital. El autor auguraba, pesimista, el fin de las instituciones. Por eso llamaba al espíritu de 1839, que no confundía la unidad con la uniformidad ni entendía los fueros contrarios a la unidad constitucional. Nadie podía anular la Ley Paccionada aduciendo que los legisladores no habían comprendido la cláusula «sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía». Los tiempos eran otros y sus detractores muy fuertes: Cánovas del Castillo abogaba por la ausencia de pacto en 1841. Esa idea de unidad constitucional estaba mutilando las últimas libertades. El artículo de los presupuestos de 1876, que permitía establecer las contribuciones generales del Estado, constituía la senda para derribar «el árbol santo a cuya sombra vivió feliz la euskal-erria».

Parece que la Diputación entendió en 1887 la necesidad de disponer de una nueva historia de Navarra, como si cada presente necesitara su pasado. La Asociación Euskara también era consciente y su socio Olóriz cumplió el propósito. En la obra Resumen histórico… se narra el periplo de un viejo pueblo guerrero, capaz de repeler a fieros invasores… La historia se detiene en 1521, segura la incorporación a Castilla. Se mantiene la línea de Fundamento… Junto a momentos brillantes, hay «pasiones bastardas», que acabaron con Navarra, convencido de que era mejor analizar «las causas del decaimiento de la patria» que olvidar «las enseñanzas de la Historia». La época de Olóriz no era la de Yanguas y su Historia… Lo vivido desde 1841 no permitía entonar un canto feliz. Si, para el tudelano, Fernando el Católico fue ejemplar y el cardenal Cisneros demolió las fortalezas en bien de Navarra; para el pamplonés, el Reino pronto comenzó a sentir la pérdida de su independencia bajo «las tiránicas medidas» del religioso y se apenaba de los infructuosos intentos por recuperar la independencia.

Nada hacía presagiar el despertar patrio y se fascinó durante la Gamazada. En la crónica oficial recordaba que el heroísmo de la «NACIÓN Navarra» había salvado a España. Las glorias pasadas hacían insoportable el presente y exigían ineludibles deberes. Los navarros cambiaron en 1512 su «nombre nacional» por el de españoles; aceptaron la «incorporación» por no apreciar mengua de su independencia y ayudaron a fortalecer al pueblo español, como lo habían hecho al crear el reino de Castilla, asumiendo sus intereses como propios y abandonando a sus «legítimos soberanos». Ni el jirón de autonomía pactada en 1841 había escapado a su codicia. Si los navarros, aventuraba, hubieran imaginado el futuro, habrían decidido no formar parte de la nueva patria.

Olóriz sintetizaba su discurso: pasado glorioso de Navarra; unión con Castilla mediante pacto a respetar y leal proceder, «premiado» con la Ley de 1841, tampoco respetada. Denunciaba a quienes despreciaban todo derecho y rompían la tradición de un pueblo que recordaba su independencia. Profético, culpabilizaba de «temeraria imprudencia» a quienes con sus «injustas medidas» rompieran la unión entre pueblos «hermanos» y que, si por mutuo acuerdo, tenían una misma bandera, eran distintos. Rota la cadena de la tradición, lamentaba que el espíritu foral estuviera dormido, pero la Gamazada había interrumpido ese sueño suicida. Era el despertar patrio ofreciéndose con el mismo discurso de Olóriz: «¡Quién sabe si la Divina Providencia —escribía un pueblo— se vale de este ultraje a nuestras instituciones privativas para despertarnos del letárgico sueño, del menguado delirio de nuestras disensiones políticas!». El «delirio de nuestras disensiones políticas» y el «letárgico sueño de Navarra», las dos caras de un mismo mal, cuyo remedio era la unidad alrededor de la patria que Olóriz reclamaba.

El cronista pretendía conservar la sagrada ley que unía pasado, presente y futuro, representada en las cadenas del escudo, símbolo también del medio para conseguirlo, pues expresaban el «lazo de nuestra eterna unión» y mostraban que «no las sufriremos». El discurso era similar al de su protesta madrileña, donde se refería a un pueblo que en 1512 perdió su monarquía arteramente y se unió a España como reino independiente, por «pacto solemne», respetado gracias a la rectitud de los monarcas españoles y al patriotismo de los navarros. Pero pactada en 1841 tan cara modificación, los gobiernos no se conformaron con su proceder «excesivamente generoso» y siguieron recortando los escasos derechos reservados. Resaltaba los contrafueros cometidos por el «brutal derecho de la fuerza» y se preguntaba si en ellos fundaba un ministro el derecho a nuevos ataques y si Navarra callaría ante la «continua mutilación del pacto».

En la Cartilla foral Olóriz desarrolló esquemáticamente su pensamiento. La primera pregunta, «¿Navarra formó siempre parte de la Nación Española?», seguida del «no», señala el camino. Pregunta a pregunta, desgranó la historia de Navarra y describió los sacrificios de 1841. Pero se seguían cercenando los mermados fueros, al abrigo del derecho de la fuerza. Se apoyó en los contrafueros y en su discurso sobre Navarra, su régimen y relación con Castilla, para afirmar que, si el Gobierno había roto la Ley de 1841, se podía dar por «rescindida esa ley y tendrá derecho a gozar de los fueros consignados en el Pacto de 1512; y revivirán las Cortes». Es una vuelta al pacto de 1512 que no lleva a la independencia, pero inicia un retorno con muchas posibilidades.

La explosión de entusiasmo fuerista continuaba en su discurso de Barcelona. Era el primer recuerdo de la Gamazada, «momento» en el que iba a atentarse contra las mermadas libertades; «instante» en el que se había suscitado el odio de España, y al derecho se oponía la fuerza del número. Decretada la ruina de Navarra, habría otra tremenda lucha, «solos, pero resueltos a defender nuestro derecho». Eufórico, anunciaba «el día feliz de la reivindicación»; lo profetizaban las energías regionales. Y llamaba a la lucha de castellanos, navarros, vascongados, catalanes y «demás pueblos oprimidos».

En Ecos de mi patria (1900) crecía el temor al sueño de la patria y a fines de 1903 sus miedos se cumplieron. Recibió el encargo de presentar inscripciones para el monumento a los Fueros. Este, explicaba, debía ser más que el episodio que hizo a Navarra recobrar «por un momento su personalidad». Debía personificarla en el espacio con las seis merindades, aunque el «duro destino» separara a la Baja Navarra de sus «hermanas»; y en el tiempo plasmando los remotos y modernos en euskera. Los cinco textos eran «puro Olóriz». La Diputación colocó las lápidas y los escudos, salvo el de la Baja Navarra.

En 1910 publicó la biografía de Espoz y Mina. En la dedicatoria mostraba que había desaparecido el entusiasmo de la Gamazada. Pero persistía y centraba el valor de los navarros en Espoz y Mina como prueba de los sacrificios en aquella guerra, motivadora de «funestos cambios en el amor foral». Aunque destacaba el heroísmo navarro frente al comportamiento español, paso a provincia incluido, la novedad radicaba en su intento por hallar las causas del sueño patrio: Espoz y Mina personificaba a Navarra, que tras luchar siguiendo el Fuero, prescindió de él, al involucrarse en cuestiones del régimen de España. Entendió el peso de la guerra para el surgimiento del nacionalismo español: tras el: juntos, pero no revueltos inicial, se descubrió el sentimiento común de ser españoles.

A modo de testamento, incluyó los Fueros fundamentales del reino de Navarra, secuestrada por el Gobierno en 1839, y obra de Sagaseta de Ilúrdoz, el último síndico (asesor letrado) de las Cortes del Reino. Olóriz tomaba su voz para criticar el paso de reino a provincia, si bien privilegiada: el Reino no había autorizado la modificación foral. Apoyándose en Sagaseta, negaba legitimidad a lo sucedido desde 1839 y reivindicaba la vuelta al pacto de 1512. Ya no defendía la Ley de 1841, que llevaba a perder lo allí conservado. Siempre se mantuvo ambiguo con esta ley: a veces destacaba la cara positiva y otras, la negativa. La defendía cuando presentía el negro porvenir a la espera de tiempos mejores. La atacaba al evocar el pasado y su constitución navarra, haciendo ver a sus paisanos que el remedio se hallaba en la unión, fórmula que permitiría ir más allá en la reivindicación foral plena, necesaria para la supervivencia de la patria. No rechazaba el pacto de 1512 ni el de 1841 (cualquier vacilación podía ser aprovechada por el contrario), pero los consideraba nacidos de la codicia ajena y, sobre todo, de la división propia. Los navarros habían creado su Derecho, que no se les podía arrancar a la fuerza. La solución era la misma: la unión patriótica en torno a sus Fueros y a su Derecho, al modo de la indiscutida e indiscutible constitución no escrita inglesa.

En su intento por entender el sueño de Navarra hay que situar su última obra. Martín de Azpilcueta volvió a ser la excusa para detenerse en el periodo decisivo de la pérdida de la independencia: nació en un reino soberano y murió no sintiéndose solo navarro. Negó el carácter de patriota a quienes estimaran que las patrias, obra de la naturaleza, o mejor, obra de Dios, desaparecían con los Estados, hijos de la política o de la guerra.

En los escritos hay diferencias. No es igual escribir por encargo de la Diputación, consensuar una protesta en Madrid o crear libre de ataduras. En Fundamento… afirmaba que el pacto no impidió atacarlo desde el principio; en la protesta de 1893 los reyes de España habían respetado «escrupulosamente» los Fueros hasta 1841; en la Cartilla foral, «casi siempre» y en la crónica no decía nada, aunque cite a Campión proclamando en el Congreso el «absolutismo antifuerista» de los reyes. Las reivindicaciones también se graduaban. En la protesta madrileña reclamaba el restablecimiento de la Ley de 1841 y en la crónica, aunque pedía siquiera la subsistencia íntegra de esa ley, enlazaba a través del siquiera en cursiva, con la posición de un pueblo que consideraba roto el pacto de 1841 y llamaba a recuperar el de 1512. Parecía querer ir más allá. Si los navarros de 1512 hubieran conocido el futuro, habrían decidido no formar parte de la «nueva patria». Y acentuaba la «temeraria imprudencia» de quienes con «injustas medidas» arriesgaban la unión, como también recordaban diputados navarros en el Congreso.

La graduación crítica se advierte asimismo en su evaluación de la política. Mientras en 1880 fue contundente al denostarla, en la crónica encargada por políticos se pronunció con suma prudencia, y en la protesta de Madrid pasó de puntillas. El rechazo a la política general constituye la gran novedad de Olóriz. La política general, llena de malas artes, solo traía división y derrota. Había que alejarse de ella y buscar la unión en los fueros. Llamar a las puertas del Estado más de lo necesario solo atraería el interés de España. Había que hacerlo unidos, pues el mundo aprovecharía la división para mermar las libertades. Y la división era una triste realidad. Su llamada iba más allá: en defensa de las leyes y costumbres vasco-navarras, debían unirse los habitantes de cada provincia y de las cuatro provincias entre sí, apartándose para ello de la política española.

Durante la Gamazada se barrunta otra forma de hacer las cosas y casi una nueva patria. Un discurso distinto, porque no es lo mismo hablar a los vivos que a los muertos. Antes trataba de despertar a Navarra apelando a la historia. Durante la Gamazada ya no era la misma… o sí, era la de siempre, la Navarra de las grandes gestas. La realidad sacudió al patriota. El apasionado bardo, antiguo ídolo de masas, vivió la hora del desengaño, acaso más dura tras aquel despertar. El empuje y vigor del joven Olóriz en A Castilla, se desvaneció hacia 1912 en su Virgen de Roncesvalles, donde el viejo Olóriz rogaba «que por fin se salve Euskaria» y encomendó la patria a la Señora de los vascones.

Obras

El Romancero de Navarra, Pamplona: Imp. provincial, 1876.

Laureles y siemprevivas, Pamplona: Imp. Provincial, 1893.

Ecos de mi patria: leyendas y poesías, Pamplona: Imp. provincial a cargo de J. Ezquerro, 1900.

Breves nociones geográficas de Navarra para instrucción de los niños, Pamplona: Imp. Provincial a cargo de J. Ezquerro, 1902.

Archivo de Comptos: informe sobre su estado, Pamplona: Imp. provincial, 1904.

Navarra en la Guerra de la Independencia: biografía del guerrillero D. Francisco Espoz (Espoz y Mina) y noticia de la abolición y restablecimiento del régimen foral, Pamplona: Imp., Libª. y Enc. de N. Aramburu, 1910.

Nueva biografía del doctor navarro D. Martín de Azpilcueta y enumeración de sus obras, Pamplona: Imp. de N. Aramburu, 1918.

Resumen histórico del antiguo Reino de Navarra; Fundamento y defensa de los fueros; La cuestión foral: reseña de los principales acontecimientos ocurridos desde mayo de 1893 á julio de 1894, Donostia-San Sebastián: Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia = Euskal Herriko Zuzenbide Historiko eta Autonomikoa Aztertzeko Fundazioa, 2009.

Bibliografía

Azcárate Pardo, T. de, «Hermilio de Olóriz: necrología», BCMHAN, núm. 10 (1919), pp. 150-158.

Nieva Zardoya, J. L., La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao: Fundación Sabino Arana-Euskara Kultur Ekargoa, 1999.

— «La Historia como Derecho: Hermilio de Olóriz (1854-1919)», en Olóriz, Hermilio de, Resumen histórico del antiguo Reino de Navarra; Fundamento y defensa de los fueros; La cuestión foral: reseña de los principales acontecimientos ocurridos desde mayo de 1893 á julio de 1894, Donostia-San Sebastián: Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia = Euskal Herriko Zuzenbide Historiko eta Autonomikoa Aztertzeko Fundazioa, 2009, pp. 7-32.

— Hermilio de Olóriz o La Navarra olvidada, San Sebastián: Eusko Ikaskuntza, 2013.

Proyecto financiado por los fondos Next Generation EU en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno de España


Con el apoyo de:

Diputación Foral de Gipuzkoa
Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades - Gobierno de España
IVAP