Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores guipuzcoanos

OLAZÁBAL Y RAMERY, Juan de (Irun, Gipuzkoa, 29 de diciembre de 1863 – Bilbao, 4 de enero de 1937).

Cargos y oficios

Abogado, político integrista, escritor, periodista e ideólogo tradicionalista

Trayectoria

Hijo de una familia carlista, el padre Juan Antonio Olazábal Arteaga, señor de Mundaiz y poseedor de los mayorazgos de Olazábal, Zubiaur, Zurco, Beroiz, Zubiaurre, Landacaranda y Sasoeta, fue director de la Casa Modelo de Yurreamendi. Su madre fue Prudencia Ramery Zuzuarregui. Su abuelo paterno, Juan José Olazábal Gaytán de Ayala, era señor del palacio de Olazábal-Artalecu. Su abuelo materno, Melitón Ramery Irarreta, fue comandante en jefe del primer batallón de los tercios vascongados en 1829, alcalde de Hondaribia y diputado general de Gipuzkoa, ostentando la gran cruz de Carlos III.

Juan Olazábal nació en la casa solariega de Olazábal-Artalecu, pero la familia Olazábal tuvo que emigrar a Hendaya tras la última guerra carlista, debido a su adhesión al bando carlista, donde se mantuvo los años posteriores, entablando allí una estrecha relación con su tío Liborio Ramery, autor de El Liberalismo y los Fueros vascongados (1896), recopilación póstuma de sus artícu-los en El Fuerista de San Sebastián, cuya trayectoria ideológica seguiría en el futuro Juan. A su regreso de Francia, estudió el bachillerato en el colegio de los jesuitas de Orduña (Bizkaia), donde tuvo como compañero a Sabino Arana Goiri, con el que mantendría luego cierta relación. De ahí pasó al colegio mayor que la misma orden tenía en La Coruña, también de la Compañía de Jesús. Estudió desde 1879 Jurisprudencia y Letras en varias universidades (Valladolid, Santiago, Granada, Salamanca…). Terminada la carrera de Derecho se estableció en la residencia familiar de Mundaiz, en San Sebastián. Juan de Olazábal permaneció soltero.

Imitando el ejemplo de su tío materno, Liborio de Ramery (diputado en 1891), Juan Olazábal siguió en 1888 a Ramón Nocedal en la escisión integrista del carlismo, pasando a ser uno de los dirigentes del Partido Integrista a la muerte de Nocedal, en 1907, ocupando la jefatura del partido al poco tiempo.

El 1 de julio de 1895 tomó posesión del cargo de concejal del Ayuntamiento de San Sebastián, siendo destituido en 1896, junto con la mayoría de la corporación municipal, por oponerse al cumplimiento de una orden ministerial que consideraba perjudicial para los intereses de la ciudad, con la fórmula foral: «Se obedece; pero no se cumple». Fue repuesto en el cargo, tras un recurso contencioso-administrativo, terminando su mandato el 8 de junio de 1899.

Fue el líder del integrismo guipuzcoano, teniendo que afrontar el que ese sector ideológico fuera muy perjudicado con la escisión que se produjo en 1897, con el paso de líderes del partido, como Lardizábal y Rezola, al nacionalismo vasco.

En abril de 1899 fue elegido diputado a Cortes por Azpeitia sin oposición, siendo su única legislatura, como consta en la relación histórica de diputados del Congreso madrileño. En 1904 fue vicepresidente de la Liga Foral Autonomista de Gipuzkoa.

A la muerte de Nocedal (1907), la jefatura del integrismo quedó constituida por un triunvirato: Juan de Olazábal, José Sánchez Marco y Manuel Aznar. Olazábal cedió la dirección de El Siglo Futuro, cabecera nacional del integrismo, a Manuel Senante. Ese mismo año fue elegido diputado provincial de Gipuzkoa, por el distrito de Irun, y se le reeligió en 1911.

Por decisión de la Asamblea de Zaragoza (1909) desapareció el triunvirato, quedando como único jefe del integrismo Olazábal, que lo será hasta 1932, en que se reintegró en el carlismo. A partir de 1909 se dedicó de lleno a la política. Ese año escribió el Bosquejo del programa integrista, donde resumía las aspiraciones fundamentales de su partido que, además de poner el acento en la unidad católica de España con sanción coercitiva, sostenía medidas ampliamente descentralizadoras en política administrativa.

En 1910 fue uno de los que más trabajó para impedir la llamada «ley del candado», con la que Canalejas quiso llevar a cabo un cierto control de las actividades políticas por parte de determinadas asociaciones, congregaciones y órdenes religiosas, firmando el manifiesto de Zumarraga (26 de agosto de 1910). En 1917, y como representante de Oiartzun, pidió la autonomía municipal.

Hacia 1918 publicó Liquidando cuentas. Cuestiones candentes que interesan a todos los vascos, en el que expuso las líneas maestras del ideario integrista, y donde se recoge una frase, muchas veces citada, que resume su pensamiento: «Un Dios: Jaungoikua; una Patria: la Vasca; un Código: nuestros Fueros; una Nación: la Española».

La citada reintegración del Partido Integrista en la Comunión Tradicionalista (1932) fue decisión personal de Olazábal, quien, según Pérez de Olaguer, no puso condición alguna. Fue nombrado miembro de la Junta Provincial de la Comunión, manteniendo el cargo hasta la fecha en que fue asesinado en la prisión de los Ángeles Custodios de Bilbao.

Olazábal fue un activo y ardoroso periodista durante gran parte de su vida, siendo procesado en varias ocasiones por sus artículos y llegando a ser detenido por uno de ellos, titulado Los nuevos Dioclecianos. En 1897 fundó el periódico La Constancia, que prácticamente sería el portavoz de su ideario integrista hasta su desaparición a comienzos de la guerra civil (1936). La Constancia aparecía en San Sebastián con la denominación de Diario Integro-fuerista, anunciando ser el órgano de la Junta Regional del Partido. En la primera plana, en la cabecera, junto al título, figuraba el escudo de la provincia de Guipúzcoa y un Sagrado Corazón con la leyenda «Reinaré en España». Fueron sus directores primeros R. Bordás y L. Ortiz. No parecen existir dudas sobre la ayuda financiera que le prestaban los importantes industriales integristas del valle del Urola. En cuanto a su contenido ideológico, viene claramente definido por la orientación política del partido: fueros, orden social y un gran interés por los temas religiosos, a los que se da un trato relevante. A la hora de las elecciones servía de portavoz de la Junta Regional y, generalmente, apoyó el mantenimiento de los compromisos adquiridos con otros partidos afines (Luengo Teixidor, 1989: 232-233). Con razón ha sido etiquetado dentro del integrismo, del que ha sido considerado «uno de los principales diarios», y, durante la Segunda República, del carlismo. Entre sus directores se encontraron el propio Olazábal y Francisco Juaristi. Su sede fue incautada tras el golpe de Estado de julio de 1936, pasando a manos, en un primer momento, de los nacionalistas vascos y más tarde de la CNT. Muchos de sus redactores posteriormente se integrarían en La Voz de España. Desde La Constancia Olazábal mantendrá diversas polémicas, destacando su actitud frente al Estatuto de Autonomía Vasca en 1931, al que atacó duramente por considerarlo ateo. También publicó en 1934 varios artículos en los que acusaba al Partido Nacionalista Vasco de «complicidad» con la revolución.

Olazábal también defendió su ideología desde el periódico integrista El Siglo Futuro (1875-1936), que le había legado Ramón Nocedal, y cuya propiedad entregó gratuitamente a la Editorial Tradicionalista, tras la unificación de tendencias tradicionalistas consumada el 11 de enero de 1932, convirtiéndose, de hecho, en el órgano oficioso del partido, proclamándose «Diario Católico tradicionalista». Las nuevas circunstancias requerían una mayor profesionalización de la gestión periodística. El 3 de mayo de 1933 se firmó la constitución de la S. A. Editorial Tradicionalista, en la que Olazábal aportó la propiedad de El Siglo Futuro. Su Consejo de Administración quedó formado, entre otros, por Manuel Senante Martínez y Manuel Senante y Esplá (en representación de Juan de Olazábal), y sus objetivos eran «la educación, publicación y difusión en Madrid, en cualquier población de España y eventualmente en el extranjero, de periódicos diarios, revistas, obras o publicaciones de toda clase de espíritu católico, y la publicación del periódico de Madrid de El Siglo -Futuro».

Aparte de sus múltiples colaboraciones en el diario La Constancia, publicó los escritos Historia contemporánea, La caza con perro de muestra e Historia del cura Santa Cruz, guerrillero, en la que rebatía, de manera ampliamente documentada, las calumnias levantadas contra el cura Santa Cruz. Esta última obra la escribió con motivo de una polémica que sostuvo en La Constancia por un artículo que Pío Baroja había publicado en La Voz de Guipúzcoa sobre el famoso guerrillero.

En julio de 1930 Olazábal fue encuestado por la Sociedad de Estudios Vascos sobre la autonomía vasca, tal como se recoge en la tesis de Idoia Estornés, La construcción de una nacionalidad vasca (1990). Con la Segunda República Española, su figura recobra fuerza y desde las columnas de La Constancia lucha por sus ideales católicos y fueristas, propugnando desde 1931 la unión de las derechas frente a todas las fuerzas anticatólicas. Junto a Víctor Pradera, fue uno de los tradicionalistas que en 1931 encabezó en el País Vasco la lucha frente al proyectado Estatuto Vasco, calificándolo como antirreligioso, centralizador y antiforal. Fue famosa su frase, dentro de esa campaña, en que prometía 5.000 pesetas a quien encontrase la palabra «Dios» en dicho Estatuto. Calificaba a este como una traición a la «lege zarra» de los antepasados, que exigía la vinculación con Castilla. Se le acusaba por alguno de los partidarios del Estatuto de Estella, como Rafael Picavea, de tener «el reloj atrasado», de no vivir en el momento de su época, de aislarse del mundo en su «espléndida residencia de Mundaiz». Además se criticaba que el integrismo ya no tenía peso, ni siquiera en Azpeitia.

En el otoño de 1931 se produjo la unión entre los carlistas; Juan de Olazábal regresó al carlismo al reconocer a Alfonso Carlos el 1 de febrero de 1932, declarando extinto al partido integrista, y trabajó en las filas del carlismo a secas. Fue cada vez más hostil al nacionalismo vasco, por aceptar el estatuto propuesto por el socialista Indalecio Prieto y por implicarse en la revolución de 1934. También se opuso férreamente al Estatuto de autonomía de Cataluña de 1932.

El miércoles 30 de marzo de 1932, sin firma, pero debido con toda seguridad a la pluma de Juan de Olazábal, apareció en La Constancia un artículo con el título «¿El cincuenta aniversario de la fundación del nacionalismo vasco?», con motivo de la celebración del primer Aberri Eguna de la historia. Se limitó a explicar algunos aspectos del origen del nacionalismo vasco en la persona de Sabino Arana, en particular lo que tenía que ver con la supuesta «revelación» de 1882 en el jardín de la casa familiar de Abando (actual ubicación de la Sabin Etxea del PNV), acontecimiento que justificó, para los nacionalistas, la celebración, cincuenta años después, del primer Aberri Eguna de la historia, en 1932. Según este testimonio, dicha «revelación» no habría tenido nunca lugar, salvo en la imaginación de Sabino Arana. Tras subrayar el fondo integrista del pensamiento de Arana, antiguo carlista, concluyó que la diferencia fundamental era el antiespañolismo del PNV.

En 1936, al estallar la guerra, estuvo en la Junta Carlista de Guerra presidida por el jefe delegado Manuel Fal Conde; fue detenido en San Sebastián el 25 de julio y llevado al edificio de la Diputación. Cinco días después era conducido a la cárcel de Ondarreta. Fue luego trasladado en barco a Bilbao, donde fue recluido en la cárcel de los Ángeles Custodios, en la que coincidió con Engracio Aranzadi, que firmaba con el seudónimo «Kiskitza» en el diario Euzkadi, y con el que Olazábal había tenido diversas polémicas periodísticas en su lucha contra los nacionalistas. Aranzadi, que había sido alto empleado en la diputación y procesado por nacionalista, consiguió escapar a Francia y se ofreció a Olazábal para mediar por su libertad. Sin embargo, Juan de Olazábal murió asesinado, a los sesenta y siete años, en un asalto a las cárceles el 4 de enero de 1937 por parte de milicianos izquierdistas, tras un bombardeo sobre Bilbao. En sesión del 15 de marzo de 1938 el Ayuntamiento de San Sebastián acordó dar su nombre a uno de los paseos de la ciudad, hasta 1979, en que dicho paseo pasó a denominarse de Bizkaia.

De acuerdo con José María Codón (1964: 110), Olazábal defendía una descentralización tan completa como pudiera consentirla la unidad de España, pues consideraba que era preciso romper las trabas del centralismo, que ahogaba toda clase de iniciativas. Para Olazábal, España era la Patria grande, el círculo amplio —límite de los concéntricos— que, comenzando en la familia, terminaba en la nación como persona de la «magna civitas», sujeto del derecho internacional.

Impugnaba el separatismo y el lema «Gora Euzkadi azkatuta». Según Olazábal, «Euzkadi» era una invención nacionalista. Se oponía a la unión de las tres provincias hermanas por ser algo que jamás se había dado en la historia, y propugnaba que cada provincia viviera con sus leyes y autarquía, constituyendo parte integrante de la gran familia española.

Para Olazábal, el alma de los vascos no era la lengua, sino la fe de Cristo. Ponía como ejemplo de ello a Álava, donde se había perdido el vascuence pero el alma vasca estaba presente en las costumbres y en la vida del pueblo, afirmando: «Allí sin vascuence, respiran de vascongadismo por todas partes. Aquí [San Sebastián] con vascuence, respirando un exotismo deletéreo y enervante. ¿Qué demuestra esto? Que el vascuence no es “el alma de nuestra alma”, como ha sostenido a veces el nacionalismo, ya que, como hemos visto, con vascuence se puede ser la antítesis del vascongado y sin vascuence puede perfilarse el prototipo euskaldún, por más que el vascuence sea nuestro mejor atavío, sea el escudo que más eficazmente resguarde nuestra personalidad étnica, uno de los medios más poderosos para conservarnos y para obtener nuestra regeneración. Medio, entiéndase, bien, no fin» (Codón, 1964: 111-112). Frente al objetivo de los nacionalistas vascos, que pretendían únicamente derogar la Ley Paccionada de 25 de octubre de 1839, Olazábal defendía una restauración foral absoluta, completa e íntegra.

Obras

Esquema o bosquejo del programa integrista, Durango: Florentino Elosu, 1909.

El anarquismo en Guipúzcoa y las diputaciones liberales […], San Sebastián: Imp. La Constancia, 1911.

Historia contemporánea. Liquidando cuentas. Cuestiones candentes que interesan a todos los vascos, San Sebastián: Diputación de Guipúzcoa, ca. 1918, 296 pp. Ed. en línea: http://www.liburuklik.euskadi.eus/handle/10771/24399 (consultado el 11 de noviembre de 2020).

Cuestiones candentes: El Sufragio Universal, el Nacionalismo y los Fueros, San Sebastián: Tip. Baroja, 1919, 56 pp.

Errores nacionalistas y afirmación vasca: conferencia… en el Círculo Integrista de San Sebastián, conmemorando la festividad de la Inmaculada Concepción el 26 de diciembre de 1918, San Sebastián: Sociedad Española de Papelería, 1919, 44 pp.

El cura Santa Cruz: guerrillero, Vitoria: Montepío Diocesano, 1928, 651 pp., y 20 h. de lám. (2.ª ed., San Sebastián: Ed. Lur, 1979, 2 vols.).

La caza con escopeta y perro de muestra, San Sebastián: Ed. Vasca, 1930, 188 pp.

En defensa del propietario rural guipuzcoano: colección de artículos publicados en «La Constancia» de San Sebastián y reunidos en folleto a petición de lectores y suscriptores, Pasajes: Tip. Artes Gráficas Pasajes S. L., 1930, 38 pp.

Nuestro Fuero y los Reyes de Castilla: en defensa de la tradición, Zarauz: Ed. Vasca, 1932.

Bibliografía

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