Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

← Volver a las voces

NOTITIA VASCONIAE Obras y autores navarros

Obras y autores navarros: introducción.

Trayectoria

La obra de carácter histórico y jurídico de autores navarros contemplada en este volumen se asienta en el periodo cronológico del largo medio siglo que se extiende desde 1876 hasta 1936. Un marco temporal que está punteado por las fechas de dos importantes confrontaciones bélicas; la primera, punto final de la segunda gran guerra carlista, y la de 1936, inicio de la insurrección militar contra el régimen republicano de 1931. Entre ambas se asiste a una producción temática histórico-jurídica marcada por el inicio de un nuevo tiempo político, el de la restauración de la dinastía borbónica, y por el surgimiento paulatino de intereses intelectuales, sociales y culturales acordes con el fin de siglo y los retos de la sociedad de masas del primer tercio del siglo xx.

Más allá del reflejo y relación que pudiera establecerse entre la dimensión política y la cultural entre ambas datas a lo largo de los periodos monárquicos, la dictadura primorriverista y la democracia republicana, lo decisivo resultaron ser los cambios fundamentales que, a lo largo de ese medio siglo largo, se produjeron en el desenvolvimiento de la disciplina histórica y doctrina jurídica en el ámbito de la cultura occidental, y que tuvieron su reflejo en la obra escrita en el terreno navarro.

A lo acaecido en el mundo intelectual en los territorios vascos durante todo ese periodo puede aplicarse con justeza la denominación de edad de oro de la cultura vasca contemporánea. Escritores, folcloristas, lingüistas, investigadores, periodistas, así como historiadores y juristas, resultaron elementos activos en el renacimiento cultural que se percibe tras la última guerra civil decimonónica y que se alargó hasta el derribo del régimen republicano. Aquel grupo de escritores recibió en herencia temas, maneras de hacer y modos de narración pertenecientes a décadas anteriores, impregnados de elementos románticos presentes en episodios de historia militar y religiosa; pero antes ya del final del siglo xix se evidenciaron nuevas prácticas e intereses historiográficos, que se fueron perfilando a lo largo del primer tercio del siglo xx. La convivencia de antiguas y novedosas maneras de pensar la historia fue una de las características visibles en aquel tiempo en el que confluyeron la erudición, la dedicación a la historia local y la mera reproducción documental histórica con una creciente dedicación a la investigación mejor dispuesta hacia el trabajo archivístico.

Como sucedió en los territorios vascongados, la producción en materia histórica en el territorio navarro quedó marcada por la cesura formidable que para las instituciones propias del país supuso la guerra carlista-liberal y la solución final que a la misma planteó el gobierno español presidido por el conservador Cánovas del Castillo. La imbricación de la motivación política con la amplia nómina de iniciativas en campos relacionados con la información, la ensayística, la creación cultural y la investigación, apareció ya desde sus inicios con el propósito obvio de tomar parte en la defensa de las instituciones y legislación del país, dañadas tras el final de la guerra. La abolición foral en las Provincias Vascongadas en 1876-1877 y la reforma, a partir del denominado convenio Tejada Valdosera en 1877, de la Ley de Modificación de Fueros de Navarra aprobada en 1841, sumió a las élites políticas e intelectuales de las cuatro provincias en un mar de incertidumbres sobre el futuro de las instituciones vascas. Si la guerra supuso la constatación de una ruptura social de largo alcance, la abolición foral produjo una profunda incisión en la conciencia de las mentes pensantes del momento, dando a aquellas generaciones intelectuales la evidencia de la quiebra del país en muchos de sus órdenes. Esta sería una de las marcas que identificó a la, si pudiera ser así señalada, generación de 1876.

La constatación del sentimiento de la pérdida foral, de una manera de entender y funcionar el país, se mantuvo constante durante décadas en la obra de autores coetáneos a la guerra como Aranzadi, Altadill, Olóriz o Campión, como ellos mismos recordaron en escritos posteriores a la abolición de 1876. Se trataba de la dura constatación de que la política foral derogatoria adoptada por el gobierno central había sido una respuesta generalizada tanto contra carlistas como contra liberales vascos, afectando de este modo tanto a quienes habían provocado la guerra, la dirigencia carlista, como a los que habían luchado en su contra, los liberales. Esa asignación generalizada e indiferenciada de la culpa por el estallido de la guerra estuvo en el origen del nacimiento del fuerismo como nueva propuesta política, así como del enraizamiento generalizado del anticentralismo en las formaciones más importantes del espectro político en las cuatro provincias. La respuesta intelectual nativa se produjo inmediatamente desde la inmediata publicación en Madrid del periódico La Paz en 1876 con la explícita finalidad de «defender los fueros y las venerandas instituciones del país que nos vio nacer». El fuerte impulso de creación de nuevas sociedades culturales, como en el caso navarro fue la Asociación Euskara de Navarra (1877), y su revista homónima, Revista Euskara (1878-1883), no puede entenderse sin el humus de reivindicación fuerista surgido tras la guerra. Tuvo vertientes directas en la política local con la aparición de un partido de idéntica denominación y medios de prensa estrictamente fueristas para la defensa de la federación vasco-navarra y la recuperación foral, como El Arga (1879-1881), y Lau-Buru (1882-1886). El desarrollo del fuerismo en la arena de la política se vio comprometido a medio plazo con la vuelta a la lucha electoral decidida por el carlismo en 1886, momento final de las primeras iniciativas culturales que había simbolizado la Asociación Euskara de Navarra, para entonces muy debilitada tras la decisión de los liberales navarros de no participar en la misma y profundamente perjudicada tras la ruptura del fuerismo con el liberalismo en 1880.

En ese monto de publicaciones periódicas, diarios y revistas culturales, alimentado por la actividad política, se inserta la correspondiente a la producción relacionada con la historia y la jurisprudencia, reflejo de un mundo de incertidumbres ante los cambios acaecidos desde la Restauración borbónica y la consiguiente política de los gobiernos centrales de carácter conservador y liberal. Sobre él se proyectaron las aportaciones de los autores recogidos en este volumen, normalmente en forma de artículos breves, rememoraciones del pasado, aproximaciones sencillas sobre el origen del euskera, narraciones breves en forma de leyendas y cuentos de fuste fuerista, publicaciones de documentos históricos con breves comentarios, modestas monografías y otras aportaciones similares. Conforme se avance en el tiempo y tres lustros antes de que acabara el siglo xix, aparecieron nuevos tipos de estudios, más amplios, más documentados, ensayos más ambiciosos, como muestran las publicaciones monográficas de defensa foral, que, en torno a las exigencias del ministro de Hacienda, Germán Gamazo en 1893, reflejaron de primera mano la enorme protesta, alargada en el tiempo, que había provocado la reforma hacendística de aquel. Sendas obras de autores ideológicamente diferentes como Hermilio de Olóriz, Gervasio Etayo y Gregorio Iribas, se inscriben en el contexto de ese polifacético movimiento para el mantenimiento del estatus fiscal navarro contrario al proyecto de presupuestos del estado presentado por aquel ministro.

Aunque sobrevivían las maneras historiográficas de décadas, atrás se constató el avance en otros modos de hacer, como reflejó la escritura histórica. Se mantuvo la erudición local, quedaron restos todavía de literatura basada en leyendas, pero, por lo general, se avanzó en el terreno de la investigación. Sin duda, la obra de Arturo Campión representa bien la evolución de los diferentes intereses y modos que movieron a los autores de esta primera generación de escritores de historia durante el último cuarto del siglo xix. La factura y confección de El genio de Nabarra (1884-1888) y la de Celtas, Iberos y Euskaros (1897), muestra la gran diferencia existente entre ambas si atendemos a la densidad de la consulta de documentación de archivo y bibliográfica, ausente en la primera, más exhaustiva en la segunda.

La entrada en el siglo xx evidenció también novedades en el ámbito social y en el político. Un pequeño pero significativo detalle de esto fue la formación del primer núcleo socialista en la capital navarra. El espectro político iba ensanchándose; visible era la pervivencia de pequeños grupos republicanos en ciudades como Tafalla y Tudela, además de en Pamplona; a ello se añadió la incidencia notable de movimientos sociales de reivindicación campesina que, en sus variantes conservadora, la Federación Católico Social Agraria (1910), o reformista, simbolizada por el movimiento comunero, dejaron una huella a tener en cuenta en la producción intelectual.

La cuestión social aparece reforzada en ese momento de la historia navarra, no tanto dependiente de un desarrollo económico de tipo industrial cuanto de la intensificación de la economía agraria conforme esta fue desembarazándose de las negativas consecuencias de la crisis finisecular decimonónica. Ahí encontramos dos temas socialmente novedosos que tuvieron su reflejo en la historiografía.

Uno de ellos aparece vinculado al movimiento social católico agrario, que, iniciado a principios del siglo, adquirió un desarrollo formidable, aunque desi-gual en su distribución geográfica, en zonas de la Navarra media y en la cuenca de Pamplona. Esa temática aparece uncida al desarrollo del cooperativismo organizado a partir de objetivos con carácter socioeconómico tanto de ahorro y préstamo como de oferta de servicios, cuya más firme expresión fueron las cajas rurales y los denominados sindicatos agrarios católicos, entidades que por docenas se organizaron y expandieron geográficamente en un breve espacio de tiempo.

La otra cuestión relevante de aquel momento apareció estrechamente unida al hambre de tierra que el campesinado pobre y los trabajadores del campo manifestaron igualmente cuando el desarrollo técnico permitió poner en cultivo amplias zonas rurales hasta entonces dedicadas a pastos para el ganado. La cuestión corralicera, la demanda por parte de los pueblos, corporaciones municipales y campesinos para la reversión de su antigua propiedad comunal, no era desde luego nueva en la historia contemporánea de Navarra. De hecho, sus orígenes se retrotraen a la década de 1850 y desde la de 1880 había producido fuertes movimientos de protesta. La enorme recuperación de la economía agraria en las primeras décadas del siglo xx hizo que los municipios afectados por la pérdida de sus posesiones pusieran su foco de atención en los inmensos patrimonios tanto de bienes comunales como de propios, que les habían sido detraídos mediante sucesivos procesos de privatización desde el final de la guerra napoleónica. Todo ello confluyó en la aparición de monografías, obras casi siempre de juristas interesados en el tratamiento jurídico histórico de aquella dolorosa realidad social y preocupados por la vida conflictiva local, que, por ese motivo, empezó a ser frecuente en numerosos pueblos del tercio sur del territorio. En un sentido más estrictamente jurídico, Victoriano Lacarra, o desde una perspectiva jurídico-social, fueron los Arín y Dorronsoro, y Montoro Sagasti los iniciadores de una historia social atenta a los problemas derivados de la estructura de la nueva gran propiedad de la tierra de origen comunal. Todos ellos publicaron sólidas obras centradas en mostrar y denunciar una realidad sentida vivamente por amplias capas de campesinos y sus representantes municipales.

Esa notable incursión en temas sociales aumentó la diversidad temática de los investigadores navarros, pero no sustituyó la más conocida historiografía tradicional dedicada a componer genealogías nobiliarias, relatar devociones, apuntar noticias parroquiales o anotar inventarios de documentación eclesiástica; también fue prolija la publicación de notas y breves artículos sobre el patrimonio histórico, arqueológico o artístico, que en Navarra venía siendo motivo de atención por la Comisión de Monumentos Histórico Artísticos de Navarra (CMHAN), surgida con el temprano decreto de 1844 y que contó, desde 1895, con su propia publicación en forma de Boletín que vivió tres fases distintas hasta su extinción a partir de 1936. Esa labor de protección y restauración de monumentos tuvo su reflejo en una correspondiente difusión de ar-tículos y monografías como muestran los índices del Boletín de dicha Comisión provincial.

El más de medio centenar de autores, entre los más señeros, que publicaron o produjeron obra histórica o jurídica durante el periodo contemplado, adoptó formas expositivas, que, por lo general en el ámbito estrictamente histórico, fueron narrativas y descriptivas. Una de las primeras características genéricas del elenco de obra recogida en este volumen advierte de la autoría mayoritariamente no académica de la producción. La disciplina histórica como tal no tuvo a lo largo del siglo xix en España un estatus autónomo reconocido en los estudios universitarios, algo que legalmente no se produjo hasta la promulgación de la ley de reforma universitaria en 1900, obra del ministro Antonio García Alix. Hasta esa fecha, los estudios de Humanidades, Filosofía y Letras, habían permanecido inalterados en lo fundamental desde la Ley Moyano, casi medio siglo atrás. Por el contrario, con el nuevo Plan de Estudios, pudo desde 1900 iniciarse un estudio de la historia más especializado y científico, como en su momento expuso desde la propia disciplina Rafael Altamira, lo que permitió que las materias de contenido histórico salieran de las facultades de Derecho y fueran vertebrando su propio desarrollo curricular.

Con el Plan de Estudios de García Alix, comenzó una relación más próxima de las instituciones de enseñanza superior universitarias con la sociedad; esto fue posible mediante actividades de Extensión Universitaria, la organización de la Junta de Ampliación de Estudios y su política de becas, o la creación del Ministerio de Instrucción Pública. La Institución Libre de Enseñanza y su espíritu reformista del mundo de la cultura y la educación tuvo un papel creciente en el respaldo a estos cambios dando opinión y apoyo.

Sin embargo, esa fase de institucionalización del curriculum disciplinar a partir del inicio del siglo xx solo pudo hacerse factible en aquellos territorios que contaban con instituciones universitarias, lo que no era el caso ni de Navarra ni de las Provincias Vascongadas. Resulta trascendental en esta cuestión, que condicionó el futuro de la enseñanza superior, constatar el distanciamiento que surgió y se incrementó respecto a la evolución y desarrollo de los estudios históricos entre los lugares que tenían o no instituciones universitarias públicas. En los territorios peninsulares vascos había quedado lejos en el tiempo el nonato «Proyecto de una Universidad vasco-navarra, propuesto por la Diputación de Navarra a las de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa» en 1866; solo existía la Universidad privada de Deusto, que había sido fundada por la Compañía de Jesús en 1886, y la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales (1897), también ubicada en la capital vizcaína. Ese era el panorama de los estudios universitarios en los territorios vascos cuando se aprobó la reforma universitaria en España en 1900. El posterior y loable intento para crear una universidad vasca, discutido por la Sociedad de Estudios Vascos (1918) al poco de su fundación y retomado durante el periodo republicano, quedó en suspenso tras el golpe de estado y el inicio de la guerra civil.

De algún modo, las instituciones culturales existentes, a pesar de sus plausibles iniciativas en el terreno del análisis de los problemas importantes del momento, así como en el de la reactivación desde principios de siglo de reuniones y conferencias para potenciar los estudios relacionados con el euskera, no tuvieron capacidad para suplir la gigantesca ausencia de un centro público de enseñanza superior en territorio vasco. Por el contrario, tanto en España como en Cataluña, las recién fundadas Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, creada en 1907, o el Institut d’Estudis Catalans, nacido en 1907 y ampliado en 1911, dedicaron enormes esfuerzos al cultivo de la investigación científica superior, constituyéndose en núcleo feraz para intelectuales y científicos de enorme valía, ayudando a completar el panorama universitario en sus ámbitos respectivos.

Ambas instituciones, con todo, constituyeron el precedente e inspiración de la Sociedad de Estudios Vascos (SEV), algunos de cuyos futuros miembros inquietos ante la carencia de una universidad propia trataron de subsanarla pergeñando un proyecto universitario para las cuatro provincias, de manera que el I Congreso de la SEV celebrado en Oñati (1918) aparece envuelto en una atmósfera de reivindicación de la autonomía política y de la necesidad de una universidad pública vasca. Este tema vital para el desarrollo cultural y científico del país quedó aparcado tras el advenimiento de la dictadura del general Primo de Rivera.

En cualquier caso, estas circunstancias abundan en el carácter que tuvo que adoptar la historiografía en Navarra durante el periodo que analizamos, alejada de un contexto universitario propio, y conduce la atención a un ámbito distinto y más amplio de la escritura histórica: el que contempla la obra histórica realizada fuera del ámbito académico, esto es, lejos del prisma de análisis con el que se evalúan las historiografías desarrolladas en el seno de instituciones universitarias.

La ausencia de un marco institucional adecuado para el desarrollo sistematizado del estudio y la investigación no significa que los diversos autores, que aparecen en la nómina de este volumen, trabajaran aislados, ausentes de plataformas de comunicación y de difusión de sus hallazgos, o desconectados de los centros culturales importantes del momento como París o Madrid. Buena parte de la caracterización profesional de estos autores se incluye en categorías de actividad comunes a las observadas en tramos históricos anteriores a 1876. Las publicaciones de rango histórico fueron escritas por notarios, militares, políticos, profesores, archiveros, arquitectos, terratenientes, sacerdotes, secretarios municipales o periodistas. Era muy habitual que varias de esas actividades se conjugaran en la misma persona al tiempo que se dedicaba al estudio y ofrecía aportaciones en el campo de la investigación y de la divulgación. La participación en la cada vez más abundante prensa diaria y en revistas de diverso espectro temático, casi todas geográficamente ubicadas en las cuatro provincias, fue tan activa como amplio el listado de cabeceras con colaboraciones de carácter histórico: La Paz, El Arga, Lau Buru, Irurak bat, La Avalancha, Diario de Navarra, El Noticiero bilbaíno, Hermes, El vasco, Euskal Erria, La España Regional, El Eco de Navarra, Euskalerriaren Alde, RIEV, Boletín de la CMHAN, Revista de Historia y Genealogía Española, El Tradicionalista, La Lealtad navarra, El Pensamiento navarro, Euzkadi, La Voz de Navarra o El Día. En estos medios aparecieron pequeños trabajos, modestos en su extensión y sin mayores pretensiones en sus objetivos, que constituyen un elenco de literatura historiográfica que debe ser atendida desde parámetros historiográficos. La colaboración en medios de prensa y su condición de miembros de instituciones relevantes de carácter histórico-cultural —como miembros correspondientes de la Real Academia de la Historia (RAE), de la Comisión de Monumentos Histórico-Artísticos de Navarra, vinculada a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, o de la de Sociedad de Estudios Vascos (SEV)—, facilitaron cierta socialización profesional mediante la formación de una red de contactos y de información, que difundió el pensamiento de estos autores desde el último cuarto del siglo xix. Conforme se avanza hacia el siglo xx las noticias de recepción e intercambio de publicaciones periódicas, boletines y bibliografía desde otros lugares y territorios, dibuja, aunque de modo poco preciso, el mapa de contactos, la comprobación de referencias recíprocas y el mundo intelectual en el que se movían, algo que podrá ser analizado con mayor rigor cuando se finalicen estudios específicos y monográficos bien sobre los autores y revistas más importantes en las que publicaron, bien sobre su obra y las relaciones establecidas entre ellos.

En cualquier caso, hay un proceder en estos cultivadores de temas histórico-jurídicos que va modificándose en el tiempo, y a las puertas del siglo xx se comprobará que ante el antaño erudito local o el mero divulgador, casi protagonista exclusivo del tipo de historiador de épocas precedentes, aparecieron autores que fueron abriéndose a nuevos ámbitos de información y de cultura, surgiendo figuras que no pueden ser enmarcadas en las clásicas contribuciones de ámbito localista y que contribuyeron a forjar, poco a poco, elementos para una nueva cultura historiográfica, que, sin embargo, no llegó a culminar en el medio plazo por limitaciones institucionales y problemas de índole política.

Ese proceso general y pausado en el tiempo que estaba alumbrando la adopción del método y la conformación de la historia como disciplina profesional en el mundo occidental, fue con el que los escritores navarros tomaron un relativo contacto conforme les llegaban referencias de las aportaciones de la escuela metódica francesa y, por ende, de la alemana. No hubo una conversión sistemática hacia los postulados de aquella escuela positivista, que de hecho ya había suscitado ecos de debate en la temprana Revista Euskara, pero la consolidación en la historiografía vecina francesa y española del positivismo historiográfico fue un punto inexcusable de referencia, aunque la modesta historiografía nativa rechazó la prolongación estrictamente filosófica de aquella doctrina.

Se sabía de propuestas enunciadas y defendidas con pasión por los historiadores franceses seguidores de la historia patriótica y positivista, pero su aplicación en el ámbito intelectual navarro en modo alguno tuvo fieles seguidores y sí encendidas críticas. La oposición a la considerada naturalización de la ciencia histórica al modo de las ciencias naturales, defendida desde el positivismo sociológico de finales del siglo xix, fue un ingrediente de la agria controversia surgida entre Julien Vinson y Arturo Campión. Con la prudencia necesaria a la que obliga el escaso conocimiento en profundidad de la obra de la mayoría de los autores que aparecen en este volumen, la nueva metodología será adquisición de lenta aplicación en casi todos los territorios historiográficos, pero, desde principios del siglo xx, su imperio no dejará de crecer entre los historiadores europeos y entre los cultivadores de las nuevas ciencias sociales, bien fueran sociólogos o antropólogos. La trayectoria seguida por la historiografía en Navarra, en cambio, no siguió esos rumbos con rotundidad.

En otro orden de cosas, temáticamente encontramos en la obra publicada antiguos asuntos de historia local municipal, parroquial o monasterial (Albizu, Lacunza, Zapatero), elaboraciones sobre genealogía nobiliaria (Argamasilla de la Cerda, conde de Rodezno), trabajos de archivística, bibliográfica y documental (Arigita, Azcona, Olóriz); se mantuvo la publicación de disertaciones políticas y ensayos de carácter político (Los Arcos, Sanz Escartín, Pradera), o de asuntos ideológicos y temas relacionados con el Derecho canónico o de carácter religioso pastoral e histórico monacal… (Cadena, Fabo, Gancedo, Gómez Rodeles, Munárriz). A esa temática se añadieron publicaciones que mostraban nuevas preocupaciones como las aportaciones centradas en el rescate y estudio del patrimonio monumental, con el claro precedente de la Comisión de Monumentos Histórico-Artísticos de Navarra, coincidente ahora con los inicios de la arqueología, la prehistoria y los descubrimientos megalíticos, y el interés por los vestigios de la romanización (Iturralde, Ansoleaga, Altadill), y por la historia del arte (Larumbe, Altadill), la antropología (Nicasio Landa), la geografía general y humana (Altadill, Urabayen) y su divulgación (García Abadía, Ibarlucea), la paleografía y diplomática (Núñez de Cepeda), el Derecho civil y procesal de Navarra o el Derecho vinculado a la administración local (Alonso Arbe, Lacarra, Manuel Aranzadi, Arvizu, Echaide, Morales, Oroz Zabaleta, Com-pains, Urisarri); siguieron publicándose biografías (Arigita, Olóriz, Altadill, Azcona), o cuestiones jurídicas relacionadas con el cooperativismo (Cuadra) y con la cuestión corralicera y comunal (Iribas, Arín, Montoro), así como asuntos de temática jurídica y reivindicación foral (Escudero, Garrán); todo ello se vertió tanto en revistas como en monografías que muestran las pautas de aquella producción historiográfica. El predominio en el tiempo de unas u otras temáticas fue hijo del momento político en algunos casos (Olóriz, Gervasio y Jesús Etayo, Navascués, Campión), así como, en otros, del desarrollo cultural incentivado por conmemoraciones de fechas históricas señaladas, animadas por el debate surgido en ese entorno, como sucedió con la publicística con relación a los centenarios de la batalla de las Navas de Tolosa, o de la conquista de Navarra, así como el relativo al del cerco de Amaiur.

El conocimiento al detalle del contenido historiográfico y jurídico-histórico del elenco de obras aquí recogidas exige una atención a futuro desde la historiografía actual, que enfatice sus características y evalúe sus logros y limitaciones. Además de las aportaciones mostradas en casi todos los ámbitos jurídicos e históricos, todas ellas indican una idea de historia de los respectivos autores que, tras su estudio, darán claridad al universo mental de los escritores navarros respecto a su pensamiento sobre la historia y sobre sus instituciones propias.

Fueron prácticamente hombres en exclusiva los autores de la producción de carácter histórico-jurídico, con alguna notable excepción como la de Ma-tilde Huici Navaz (en puridad una maestra y notable pedagoga feminista), algo que no resulta extraño en el contexto masculino de los círculos culturales e intelectuales de la capital, donde prácticamente se centraba el grueso de la producción y difusión de los productos culturales. Escritora que además simboliza la presencia, hasta entonces escasísima, de opciones ideológicas de izquierda, en este caso socialistas. El historiador y jurista escritor navarro fue abrumadoramente y en porcentajes relevantes y/o conservador, católico, liberal, carlista, fuerista o nacionalista vasco, si bien, en lo que respecta a su pensamiento historiográfico, hubo entre ellos coincidencias de peso, encarnando las características que de modo general impregnan a la historiografía del periodo. Resulta obvio detectar una evolución entre lo que se escribió recién finalizada la guerra carlista liberal en 1876, con lo que irá reflejándose cuatro décadas más tarde, cuando la cuestión social estaba al pie de la agenda periodística y política, o cuando finalizada la Primera Guerra Mundial comenzó a exigirse un nuevo marco político autonomista y se encendieron con fuerza los debates sobre el sentido de la Ley de Confirmación de Fueros de 1839 y de la de Modificación de Fueros de 1841. La fortaleza ideológica en torno al papel de la Diputación de Navarra, basada en la gestión administrativa derivada de esa última ley, dejó paso a la expresión de reivindicaciones autonómicas y a la crítica de aquellas leyes decimonónicas, complicando la lid política e ideológica al cuestionarse la reciente historia contemporánea de Navarra, e incluso la desaparición del reino por la conquista española, todo lo cual dejó amplio rastro en la prensa provincial, al menos, desde 1912 hasta 1923.

Buena parte de la obra de todos esos autores bordea la estricta investigación histórica a partir de inferencias, aproximaciones, interpretaciones ideológicas o reflexiones generales. Esto es muy evidente en las primeras décadas del periodo cronológico que recoge este volumen y motivo de que no se hayan tenido en cuenta hasta épocas recientes las aportaciones de aquel tipo de escritura histórica. Esta objeción, con todo, no la exime de ser tratada en sus propios términos como un tipo de obra de carácter histórico, de manera pareja a lo que acontecía en otros territorios donde se empleaban formas de historiar de factura similar bajo las que late una idea del modo en que esas generaciones de escritores, juristas e historiadores, mostraron su concepción de la historia.

La parca profesionalización de la disciplina histórica marcó el devenir de la investigación histórica. Como ha sido puesto de manifiesto, entrados en el siglo xx, la distancia entre la historiografía navarra y la de otras historiografías como la española, francesa o catalana, que habían iniciado un camino lento pero ininterrumpido hacia su consolidación, se hizo creciente. En Navarra y, por ende, en todo Euskal Herria, no llegó a forjarse una comunidad científica de historiadores unidos mediante prácticas disciplinares comunes, asentada en una trayectoria académica reglada, con aportaciones y debates en revistas especializadas, celebración de congresos, elaboración de tesis doctorales o participación en seminarios. Todo ello incidió en la calidad de la investigación emprendida, carente de medios para llevar a término planes y proyectos ambiciosos de estudio. Esta situación se pone de manifiesto conforme nos adentramos en el análisis del corpus que estos autores han legado. Una vez más, la diferencia entre un tipo de escritura de historia basada en la descripción de documentos y otro centrado en un tratamiento sistemático de las fuentes disponibles, a partir de las normas metodológicas que exige la aproximación a la verdad histórica (entendida como aspiración a la objetividad a modo de ideal regulativo), se escora claramente hacia la primera. Pocos escritores nativos entraron definitivamente en el país de Clío armados de criterios metodológicos sólidos, a no ser que sus aptitudes, intereses y medios económicos se lo permitieran.

El surgimiento de sociedades culturales relevantes, con el precedente de la inicial Asociación Euskara de Navarra, como la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza (1918) y la Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia (1919), protagonizaron iniciativas que prefiguraban a futuro transformaciones de peso en el mundo intelectual en los territorios vascos. Notables por sus aportaciones fueron los Congresos de Estudios Vascos organizados por la SEV con el afán modernizador de afrontar las cuestiones más importantes del país en materia socio económica, cultural y educativa. Todo esto se vino abajo con la dictadura del general Primo de Rivera, finiquitando una dinámica que quería servir de puente ente el conocimiento de la realidad diaria y el ámbito socio-político. El previsible desarrollo de los estudios históricos y su renovación que entraban de pleno en ese proyecto global se truncó. La llegada del régimen republicano reactivó algunas de esas iniciativas, entre otros el del proyecto de una universidad pública vasca, pero no llegó a culminar por la implantación de una nueva dictadura tras la guerra civil de 1936. La consiguiente represión y el extendido ambiente de terror acallaron las voces de historiadores prometedores como Jesús Etayo. Los pertenecientes a generaciones pasadas habían desaparecido o no estaban activos intelectualmente (Altadill falleció en 1935 y Campión en 1937). Jóvenes historiadores que habían iniciado una obra basada en fundados criterios de profesionalización de la disciplina, como José M.ª Lacarra o José Ramón Castro, durante el nuevo régimen militar se acoplaron a las circunstancias de los nuevos tiempos.

La quiebra de 1936 propició la derrota de ese camino zigzagueante de profesionalización de la investigación histórica emprendido durante las tres décadas anteriores y sumió en un apagón la creatividad reflexiva sobre el pasado que pugnaba por abrir un recorrido conectado a las nuevas corrientes del pensamiento historiográfico del momento.

Bibliografía

Elorza Domínguez, A., Ideologías del nacionalismo vasco. De los Eúskaros a Jagi-Jagi (1876-1937), San Sebastián: Haranburu, 1978.

Estornés Zubizarreta, I., La construcción de una nacionalidad. El Autonomismo de Eusko-Ikaskuntza (1918-1931), San Sebastián: Eusko Ikaskuntza, 1990.

García-Sanz Marcotegui, Á., Diccionario biográfico de los Diputados Forales de Navarra (1840-1931), Pamplona: Gobierno de Navarra, 1996.

Iriarte López, I., Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid: Biblioteca Nueva, 2000.

López Antón, J. J., Arturo Campión entre la historia y la cultura, Pamplona: Gobierno de Navarra, 1999.

Majuelo Gil, E., La idea de historia en Arturo Campión, 2011. Ed. en línea: https://www.eusko-ikaskuntza.eus/es/publicaciones/la-idea-de-historia-en-arturo-campion/art-20759/ (consultado el 4 de junio de 2021), Tafalla: Ed. Txalaparta, 2015.

Nieva Zardoya, J. L., Hermilio de Olóriz o la Navarra olvidada, San Sebastián: Eusko Ikaskuntza, 2013.

Proyecto financiado por los fondos Next Generation EU en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno de España


Con el apoyo de:

Diputación Foral de Gipuzkoa
Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades - Gobierno de España
IVAP