Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores de vasconia continental

Obras y autores de vasconia continental: Introducción.

Trayectoria

El periodo que vamos a abordar está salpicado de importantes conflictos que afectaron en mayor o menor medida al País Vasco continental. El inicio del periodo viene marcado por la guerra de 1870 y por la derrota, considerada como deshonrosa, de Francia, y termina con la de 1936, cuando ya se adivinaban los tambores de guerra del conflicto de 1939 a 1945. Veinte años antes, sin embargo, el pueblo se había alzado, al grito de «¡Nunca más!», en contra de todo conflicto armado, tras el terrible impacto de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que causó considerables daños de todo tipo y dejó una profunda huella en el País Vasco.

Resulta sorprendente la coincidencia que se produce, a principios y finales del periodo, entre los conflictos «externos» y los civiles. Por ejemplo, se producen prácticamente al mismo tiempo la guerra de 1870 entre Francia y Alemania y el movimiento de la Comuna, dirigido por las fuerzas populares de París, contra el que Thiers envió tropas, y que se saldó con varios miles de muertos. En cuanto al verano de 1936 podemos constatar otra sorprendente coincidencia en el País Vasco. Mientras trenes enteros traían a la Costa Vasca a los trabajadores que venían a disfrutar de las «vacaciones pagadas» recién conquistadas con la llegada al poder del Frente Popular, del otro lado del Bidasoa llegaban refugiados que huían de las tropas golpistas de Franco, gente que formaba parte del movimiento nacionalista vasco o de los movimientos de izquierda del Frente Popular. El contraste entre las dos poblaciones era estremecedor; tanto, que una especie de pudor hizo que algunos trabajadores que estaban de vacaciones —pocos, también es cierto— tomaran el camino de vuelta a sus casas. Con respecto a este contraste, el gran lingüista Koldo Mitxelena, que luchó en el ejército vasco, contaba con rabia contenida cómo, cuando la localidad de Irun fue bombardeada, los habitantes del otro lado del Bidasoa contemplaban impertérritos la escena desde lo alto de la frontera de Hendaya, Behobia o Biriatou, como si asistieran a un espectáculo.

El ímpetu de los conflictos de 1870, 1914 y 1936 no debe llevarnos a pensar que los demás años fueran tranquilos. En ese sentido, cabe citar la larga tensión entre la República y la Iglesia católica a raíz de la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado, en particular cuando se realizaron los «inventarios», que provocaron una fuerte reacción en el País Vasco en 1906. Por otra parte, en este periodo se produjeron hechos no exentos de consecuencias, como por ejemplo el escándalo del Canal de Panamá (cuyo desafortunado protagonista fue el bayonés De Lesseps), el caso Dreyfus (recordemos que en el barrio de Saint-Esprit de Bayona había una importante comunidad judía y en la localidad se respiraba un antisemitismo agresivo), o el escándalo Stavisky en el Crédit Municipal de Bayonne, que dio paso a los duros disturbios de 1934, tras la llegada al poder del Frente Popular.

Hubo también cambios en el ámbito agrícola, industrial y turístico, así como en la demografía, que se vio afectada por las guerras, la emigración a las Américas y el éxodo rural. La vida social e intelectual experimentó igualmente importantes cambios antes y después de la Primera Guerra Mundial. Por último, destacaremos que en la segunda mitad del siglo xix se produjo una interesante eclosión historiográfica.

El periodo que abordamos en esta introducción comienza con la guerra de 1870, el primero de los tres conflictos franco-alemanes. Francia declaró la guerra a Prusia, que estaba en pleno proceso de unificación alemana bajo el mando de Bismarck. La derrota de los franceses fue fulminante, y el 8 de octubre de 1870, estando el ejército alemán a las puertas de París, Léon Gambetta abandonó la capital en un globo, mientras el general Bazaine se rendía en Sedán, donde el emperador Napoleón III fue capturado.

El 18 de marzo de 1871, en la colina de Montmartre, un buen puñado de parisinos se sublevó. Nacía así un movimiento insurreccional que se proclamaba defensor de la República, llamado «la Comuna». Adolphe Thiers ordenó trasladar los órganos constitucionales a Versalles. La Comuna se mantuvo en París durante varias semanas, hasta que en mayo de 1871 fue aniquilada por el ejército (las «tropas de Versalles») y miles de personas perdieron la vida.

Bismarck impuso sanciones a Francia, y Alsacia y Lorena quedaron anexionadas a Alemania. La pérdida de esos territorios quedará marcada en la memoria colectiva de Francia como un hecho humillante e injusto, y será un tema recurrente hasta la guerra de 1914.

Después de 1871, Thiers tuvo que recurrir a la deuda pública, para saldar cuanto antes las cuentas con Alemania. Se evitó la restauración monárquica, pero el término «República» solo se aceptó en 1875, después de que Patrice Mac Mahon se convirtiera en presidente de la República en 1873. El conflicto sobre el lugar que debía ocupar la religión en la vida pública se agravó con Jules Ferry, ministro de Instrucción Pública, que expulsó a los religiosos de la enseñanza y estableció la educación primaria obligatoria y laica. Ese tema generó no pocos enfrentamientos en el País Vasco continental. Jules Ferry impulsó, además, la «misión civilizadora» de Francia y desarrolló toda una política colonial en Tonkin, Annam, Madagascar, Marruecos…

Hubo escándalos políticos y financieros que hicieron tambalear el poder. Uno de ellos fue el escándalo de Panamá. Ferdinand de Lesseps, de ascendencia bayonesa, gozaba en 1869 de una excelente reputación a raíz de su éxito en la construcción del Canal de Suez. Pero se destapó un caso de corrupción en las obras del Canal de Panamá, en las que trabajaba, y ese hecho salpicó a miles de inversores en un sonado tumulto, con el antisemitismo como telón de fondo. No es casualidad que una de las críticas más feroces contra los republicanos del Gobierno fuera la realizada por Édouard Drumont, autor en 1886 del libro La France juive, del que se imprimieron más de 200 ediciones hasta 1914. En palabras de Michel Winock, el libro realiza una formidable síntesis al vincular «el antijudaísmo cristiano, el anticapitalismo popular y el racismo moderno». En la prensa vascófona, Jean Hiriart-Urruty salió así en defensa de Drumont en el periódico Eskualduna del 10 de febrero de 1893: «Juduak ditugula Frantzian nausi: gu oro heien azpiko; beren eskuko dituztela kargu guziak, gako edo giltza eta gider guziak, eta oroz gainetik gako guzietan lehena: dirua. Frantziako diruaren erdia juduek ebatsia darokutela, eta bertze erdia ebasten ari […] hitz batez oro judu bilakatzen ari girela» («Los judíos son los amos en Francia, y estamos todos sometidos a ellos; tienen en sus manos todos los cargos, todas las llaves, cerraduras y timones, y en particular la más importante de todas las llaves: el dinero. La mitad del dinero de Francia nos lo han robado los judíos y la otra mitad nos la están robando ahora […] En una palabra, nos estamos convirtiendo todos en judíos»).

Unos años más tarde, en 1895, estalló el caso Dreyfus. El capitán Dreyfus, que era judío, fue acusado de alta traición y los conservadores, incluido el periódico Eskualduna, se ensañaron con él. Léon Daudet y Barrès crearon la «Liga de la Patria Francesa» contra los partidarios de Dreyfus, que llegó a agrupar a 200.000 miembros que se manifestaron al grito de «Echemos a todos los judíos a garrotazos». Bayona no fue una excepción, y el escritor vasco Michel Elissamburu, hermano de las Escuelas Cristianas, planteó la tesis de que existía una maléfica tríada formada por judíos, francmasones y protestantes. No obstante, también surgió un movimiento a favor de Dreyfus, secundado entre otros por Émile Zola, con su artículo Yo acuso. Aunque finalmente se demostró su inocencia, no fue rehabilitado hasta 1906.

La violencia estaba muy presente, incluso en su vertiente política, aplicada especialmente por el movimiento anarquista, aunque no solo por él. En 1870, un periodista, Victor Noir, fue asesinado por Pierre Bonaparte, sobrino de Napoleón y hermano de Louis-Lucien Bonaparte, muy conocido en el País Vasco por sus estudios de dialectología. Bonaparte fue absuelto, pero el crimen no le hizo ningún bien al bonapartismo. Hubo también otros atentados, que respondían a diferentes motivos, como por ejemplo el asesinato en Lyon, en 1894, del presidente de la República, Sadi Carnot.

En ese contexto de agitación política, la economía no dejaba de fluctuar. Tuvo lugar una segunda revolución industrial, basada en el petróleo, la electricidad y el automóvil. Surgió una nueva élite, formada por la burguesía empresarial, entre la que se encontraban familias como los Schneider y los Wendel. En 1898 se fundó la empresa Renault. El número de trabajadores de la población activa aumentó considerablemente, pasando del 20 % en 1870 al 30 % en 1914. Las primeras aplicaciones del taylorismo se introdujeron en 1890. El mundo rural seguía ocupando un lugar predominante: en 1914, englobaba al 56 % de la población activa. La agricultura era poco productiva. En 1913, la riqueza producida por la industria superó por primera vez a la procedente de la agricultura. Ese hecho dio paso al éxodo rural. En la viticultura se produjeron varias crisis; una de ellas en 1907, al hilo de la cual se celebraron manifestaciones que llegaron a congregar a 150.000 personas en Béziers y a 700.000 en Montpellier.

Surgieron nuevas fuerzas políticas y sociales. En 1905 se creó la Sección Francesa de la Internacional del Trabajo (SFIO), que aglutinó a las distintas fuerzas socialistas encabezadas por Jules Guesde (radical) y Jean Jaurès (reformista) entre otros. La Ley Waldeck-Rousseau de 1894 había autorizado los sindicatos y, en 1895, se creó la Confederación General del Trabajo (CGT), con un índice de sindicalización bastante bajo y que utilizaba la huelga general para obtener mejoras en la condición de la clase obrera. También en el País Vasco continental hubo huelgas, principalmente en la zona portuaria de Bayona. La jornada laboral seguía siendo de diez horas y se seguían produciendo muchos accidentes, como por ejemplo en las minas de Courrières, donde se habían registrado más de 1.000 muertes. A la higiene laboral apenas se le prestaba atención. En 1892 se aprobó una ley que limitaba el trabajo de las mujeres y los niños, y en 1906 se restableció la festividad de los domingos. La condición de la mujer iba evolucionando muy lentamente: en 1914, solo 600 mujeres tenían estudios de bachiller en toda Francia. Las mujeres de la élite comenzaron a reivindicar su emancipación. En la moda, más libre a partir de 1890, irrumpió el estilo garçonne, en el que la mujer llevaba el pelo corto, fumaba y conducía vehículos. Pero esa emancipación se topó con la hostilidad de los políticos (hombres), sobre todo en lo referente al derecho al voto. Ese derecho no se les reconocería hasta 1944 (en España, fue aprobado en 1931, aunque luego el régimen de Franco lo aboliera).

En Francia, el recuerdo de la guerra de 1870 había convertido a Alemania en un odioso enemigo. En las escuelas se enseñaba a los niños a disparar, como preparación para la guerra. Se modificó el sistema de reclutamiento. Aunque una parte de la derecha se había opuesto inicialmente al reclutamiento obligatorio porque prefería un ejército profesional, la Ley de 1872 propuso el reclutamiento por sorteo para servir de uno a cinco años, del que quedaban exentos los maestros y los clérigos. Una Ley de 1889 favoreció el reclutamiento regional, lo que fomentó la aceptación del servicio militar. Pero el País Vasco presentó, durante todo el periodo, un índice de deserción mucho más elevado que el de otros lugares. Tras varios cambios, en 1905 se abandonó el sistema de sorteo y se pasó a reclutar al 80 % de los jóvenes para un servicio de dos años y más tarde, en 1914, de tres años.

En las relaciones exteriores, los años anteriores a la guerra estuvieron marcados por todo un conjunto de alianzas y efectos dominó. En 1914, Francia era el segundo imperio colonial del mundo, pero en Europa tenía que vérselas con las grandes potencias: Rusia, Alemania, Gran Bretaña, Austria-Hungría, Italia y Turquía. La guerra entre Rusia y Turquía, en 1877, se saldó con la derrota de esta última, y Bulgaria pasó a estar bajo control ruso. Varios países balcánicos obtuvieron su independencia, como Serbia, Montenegro y Rumanía. Las grandes potencias hostiles a Rusia permitieron a Austria-Hungría ocupar Serbia-Herzegovina; se iba fraguando el ataque contra Francisco Fernando. En 1879, Alemania y Austria, que desconfiaban de Francia y de Rusia, llegaron a un acuerdo llamado Dúplice Alianza. En 1882, Italia se unió a la Triple Alianza. Por otro lado, Francia y Gran Bretaña firmaron en 1902 la Entente Cordiale. Rusia, que se encontraba inmersa en los acontecimientos de 1905 que presagiaban las revueltas de 1917, perdió la guerra contra Japón. Era en aquella época una nación políticamente poco modernizada y socialmente frágil, incapaz de afrontar una guerra de alta intensidad, lo cual facilitó la instauración de un régimen comunista a pesar de que el marxismo ortodoxo no había previsto tal conquista en un país en el que era la agricultura, y no la industria, la que seguía desempeñando un papel importante. Fue esta Rusia la que se unió a Francia y Gran Bretaña en 1907 en la Triple Entente. En los Balcanes estallaron muchos conflictos contra Turquía o entre países balcánicos. Se produjo un hecho que encendió la mecha: el atentado perpetrado el 28 de junio de 1914 en Sarajevo (Bosnia-Herzegovina) contra Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro. En París, el 31 de julio asesinaron a un pacifista, el socialista Jean Jaurès, y el 2 de agosto se decretó la movilización general en Francia. Al principio, solo los socialistas se posicionaron contra la guerra, pero al poco se incorporaron a la unión nacional. En cuanto al resto de los países del mundo, Estados Unidos no intervino hasta 1917, aunque su apoyo fue finalmente -crucial.

Los historiadores proponen varias interpretaciones sobre las causas estructurales o coyunturales que condujeron a esta Primera Guerra Mundial. En Francia, aquella guerra se cobró la vida del 27 % de los hombres de entre veinte y veintisiete años; una visita a los monumentos de guerra en el País Vasco da una idea de las pérdidas sufridas, especialmente en las zonas rurales. La excelente obra de Josette Pontet sobre dichos monumentos pone de relieve el peso de esa guerra, que en el País Vasco dejó 6.000 muertes (el 3,3 % de la población) y otros tantos heridos y mutilados. Además de la pérdida de vidas humanas, esta guerra, que sobrepasó a militares y diplomáticos, consiguió que la población civil realizara un esfuerzo enorme y continuado, con una tensión moral e ideológica esencial, insistiendo en la necesidad de repeler la agresión, defender la ley y la justicia, y hacerlo en una «unión sagrada» absolutamente intocable.

Al final de la guerra se firmó el Tratado de Versalles, basado en los Catorce Puntos formulados por Wilson, el presidente de Estados Unidos, y se trazaron nuevas fronteras. La solución que se daría al problema de Danzig, para que Polonia tuviera una salida al mar, iba a ser uno de los puntos que precedieron al inicio de la Segunda Guerra Mundial provocada por Hitler. A raíz del tratado se constituyó asimismo la Sociedad de las Naciones, que funcionó hasta 1946, y que no pudo impedir que surgieran nuevos conflictos, incluida la guerra de 1936. En resumen, Austria-Hungría quedó devastada tras el conflicto, Rusia pasó a ser un régimen comunista, Alemania prácticamente conservó su integridad territorial, aunque tuvo que pagar un alto precio, e Italia siguió siendo una potencia limitada. Francia salió victoriosa, pero el esfuerzo bélico la dejó exhausta.

Unos años más tarde se creó el Frente Popular, como reacción a las ligas paramilitares de extrema derecha y contra la crisis económica, pero también con el objetivo de ofrecer a los trabajadores unas condiciones laborales más dignas y mejor retribuidas. En 1931, Francia se sumió en una crisis económica, cuya causa no se debe asociar únicamente con el crac de Estados Unidos de 1929, puesto que antes incluso de esa fecha ya se atisbaban algunos signos de recesión en Francia. Los radicales en el poder (Herriot, Daladier, Sarraut y Chautemps) no fueron capaces de adoptar una sólida y eficaz política económica. La derecha y la extrema derecha intentaron sacar provecho del descontento general, avivado por el asunto Stavisky, en el que estaba implicado el alcalde radical de Bayona, Joseph Garat. El escándalo fue mayúsculo. Alexandre Stavisky era un estafador que emitía bonos del banco Crédit Municipal de Bayonne sin ninguna contrapartida. Se aprovechó de la complicidad del alcalde de Bayona, cuya carrera política arruinó. Pero Stavisky tenía ya cierta experiencia en estos negocios y gozaba de protección. Sin embargo, la historia tomó otro derrotero cuando el 8 de enero de 1934 fue hallado sin vida, sin que se sepa a ciencia cierta si se quitó la vida o se la quitaron. La derecha y la extrema derecha aprovecharon esos hechos para denunciar la corrupción del partido radical. El ambiente era muy tenso. El 6 de febrero tuvo lugar una manifestación convocada por las ligas de extrema derecha, en la que una quincena de participantes fallecieron en sus enfrentamientos con la policía. Léon Blum no tardó en reaccionar y nombró jefe de gobierno a Daladier, que dimitió poco después. La vía quedó libre para la izquierda, que enseguida organizó una contramanifestación para el 12 de febrero. Se formó el Frente Popular, que contó con el apoyo del Partido Comunista que, aunque no participaba en el gobierno, consideraba con la Kominterm que su principal enemigo ya no era el movimiento socialista sino la extrema derecha. Las elecciones de 1936 dieron la victoria al Frente Popular en Francia, no así en el País Vasco, donde los tres representantes elegidos (Delzangles, de Coral e Ybarnegaray) eran conservadores. Bajo la batuta de Léon Blum, el gobierno intentó reactivar la economía, aunque sin mucho éxito; con todo, redujo la semana laboral a cuarenta horas y estableció el derecho a disfrutar de quince días de vacaciones pagadas, medidas ambas que supusieron un gran avance en las condiciones laborales de la clase trabajadora. Suscribió convenios colectivos y desarrolló actividades de ocio con el ministro Léo Lagrange… En 1937, tras varios sobresaltos, el gobierno cayó rápidamente. Entre las acusaciones que se le hicieron, hay que destacar la de que el gobierno no interviniera a favor de las fuerzas democráticas antifranquistas y los nacionalistas vascos, actitud que decepcionó a una parte de la opinión de la izquierda. Este periodo estuvo marcado por una gran agresividad en los debates, especialmente contra Léon Blum, judío, y del que Charles Maurras escribió: «Es un hombre al que habría que fusilar, pero por la espalda». Se acercaban los años de la guerra, la colaboración y la resistencia.

Las obras de historia no reflejan como es debido la intensidad de los conflictos que tuvieron lugar entre el clero vasco y la República. Por ello, tomaremos como hilo conductor los trabajos de Xabier Itçaina, precisos en el análisis y bien escritos. Recurriremos también al excelente estudio de Jean-Michel Bedecarrax sobre el lugar que ocupaba el euskera en la sociedad y la importancia que la Iglesia le concedía.

Señala Itçaina que las identidades vasca y católica son heredadas, preceptivas y objeto de estrategias. Podían resultar obvias, pero el trauma se produce cuando, en algunos periodos (p. ej., de 1870 a 1936), esas identidades «dejan de ser tan obvias». Separar ideología y tradición se vuelve entonces difícil. Swidler, al referirse a la cultura, la compara con una «caja de herramientas» (tool kit); la cultura funciona con los registros de la tradición y el sentido común en periodos estables, pero en los periodos inestables funciona con un registro ideológico, con una fuerte coherencia y un control deliberado de la acción. Ambos modos intervienen en las identidades católica y vasca.

Itçaina recoge las distinciones de Yves Lambert, para quien la religión se basa en la existencia de seres superiores a la condición humana (Dios), en medios simbólicos de comunicación (oración, rito, sacrificio, culto) y en formas de comunalización (organización, iglesias, sectas) que Itçaina relaciona con la trilogía: creencias, prácticas y estructuras, para superar la oposición sagrado/profano de Émile Durkheim o el enfoque de Max Weber. Por tanto, la Iglesia católica, formada por los religiosos y la comunidad de fieles, es una institución jerárquica y centralista, y es, a su vez, una institución que incluye la memoria política, relativizando sobre todo al Estado, y también una memoria territorial en un encaje de estructuras que permite que el espacio identitario tenga su sitio.

En la segunda mitad del siglo xix, la Iglesia estableció un «repertorio clerical de acción colectiva» en el País Vasco. Supo detectar las condiciones para una acción colectiva que son la estructura de oportunidades políticas, la naturaleza de las estructuras que impulsan la movilización y los nuevos modos de interpretación. Itçaina introduce la crucial idea de que los actores religiosos retomaban el espacio público y al mismo tiempo perdían el monopolio de la palabra legítima. El clero vasco fue una estructura de movilización muy eficaz, lo que no dejó de granjearle relaciones en ocasiones conflictivas con su jerarquía. En cuanto a los modos de interpretación, consideraban que la situación de la Iglesia y de la identidad vasca era injusta y que, por tanto, había que luchar por ella. En el periodo que nos interesa, en el País Vasco continental, entre los modelos de tradición, filiación, rebelión y mediación que la Iglesia utilizaba, era el primer modo, el de la tradición, el que asociaba el catolicismo, la identidad vasca y el conservadurismo político, y el que se practicaba después de la guerra de 1870.

También debemos a Itçaina el término «disidencia integrada» para explicar tanto el marco clerical como la asimilación estatal-nacional de los vascos franceses (Itçaina, 2002). De hecho, la referencia vasca se utiliza para criticar la forma en que el Estado francés trata lo religioso. Pero apenas se apela a ella para cuestionar la pertenencia a la «nación» francesa. El clero propone otra lectura sobre el nacimiento de la Revolución francesa, que en su opinión fue el origen de males como la pérdida de los derechos provinciales del Antiguo Régimen y la reforma territorial; es decir, como dice Itçaina, la Iglesia propone «una lectura unívoca de un acontecimiento complejo». También podemos ver, de la mano de Hubert Pères, cómo el movimiento liderado por la Iglesia incluye «la aldea en el horizonte biográfico de la nación, constantemente mantenida y verificada en las prácticas rutinarias». La nación republicana llega así a construirse a sí misma, al tiempo que es moldeada por la memoria revolucionaria, la apropiación del nacionalismo y el regionalismo, y la preeminencia del conflicto religioso. Y, entre 1870 y 1914, el conflicto religioso acapara el primer plano. Sin embargo, poco a poco, los ataques de la Iglesia van señalando cada vez menos al régimen y al Estado francés como un enemigo y no defienden ningún separatismo. Esto trajo consigo una división más o menos marcada entre la jerarquía eclesiástica y el clero vasco; es lo que ocurrió en 1881 con el obispo Ducellier, menos radical —al menos, en apariencia— que el joven clero. Queda así de manifiesto el poderoso efecto que tienen las manifestaciones de desacuerdo de esta jerarquía católica cuando lo cree necesario.

La crisis de 1889-1890 dio paso a un aluvión de oposiciones político-religiosas en las elecciones legislativas. El candidato republicano Berdoly, un importante terrateniente, pidió que se invalidara la victoria del conservador Louis Etcheverry (miembro de una importante familia de Baigorry/Baigorri), argumentando la injerencia del clero vasco en su contra y a favor de -Etcheverry. Basó su reclamación en los folletos elaborados por el clero. La elección fue invalidada y se celebraron otras elecciones; volvió a ganar Etcheverry, aunque ya no tan rotundamente. Los miembros del clero fueron castigados con la supresión de su salario, pero, con todo, el sacerdote Diharrassary reivindicó el derecho del clero a indicar a los fieles a quién votar. Etcheverry presentó un alegato en el que exponía su buena fe republicana y la larga tradición democrática de su familia (nueve diputados), y aprovechó para sugerir la importancia de las redes familiares y del hogar en el País Vasco, así como del sistema hereditario del que era ferviente defensor y buen conocedor. Su complejo discurso, que nosotros hemos simplificado, muestra todo el enmarañado del pensamiento conservador con respecto a la religión, la identidad y la política.

Al mismo tiempo, el nombramiento de monseñor Jauffret como obispo de Bayona, con reputación de galicano, provocó una fuerte reacción en una parte del clero, que se saltó la jerarquía local dirigiéndose a los nuncios, al cardenal Lavigerie de Bayona y a los parlamentarios conservadores. Hubo que recurrir a complejas mediaciones. La crisis muestra también la sintonía entre el clero local y los notables conservadores. Refleja localmente la crisis interna de la Iglesia y la diferencia de reacción según los territorios, diferencia que se superpone a la división territorial de 1790 sobre la aceptación de la Constitución Civil del Clero, lo cual dice mucho sobre la permanencia de las posiciones. La protesta colectiva del clero va a ser un modo de reivindicación que más adelante se empleará en ambos lados de la frontera.

Itçaina señala que fue tal la implicación política del clero, que «el principio de la participación en las elecciones fue considerado como rito cívico» y que la abstención llegó incluso a ser condenada. En este periodo, la tasa de participación en las elecciones era superior a la de Béarn y estaba asociada a la práctica religiosa. Se puede decir que el clero vasco contribuyó «a ocultar la realidad de un voto de cambio bajo el velo del voto comunitario, quedando al mismo tiempo muy lejos del voto de opinión».

Otro momento de crispación tuvo lugar con la promulgación de la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado. Se produjo sobre todo en relación con los catecismos, en 1903, y después en torno a los inventarios, en 1906. La Iglesia presentó el caso de los inventarios como un remake de las persecuciones religiosas de 1793. El cuanto a los catecismos, el caso es que siendo Combes ministro, el prefecto de Pau decidió en 1901 no pagar a los sacerdotes que utilizaban el euskera. 52 de los 94 oficiantes se doblegaron, pero la situación se resolvió, paradójicamente, con la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado, que autorizó ofrecer el catecismo en euskera. En 1906, con motivo de los inventarios, se produjo otro desencuentro. Las escuelas religiosas se cerraron y la mayoría de los miembros de las congregaciones religiosas tuvieron que exiliarse, como los del internado de Saint-Bernard de Bayona, que fueron a San Sebastián, y los monjes de Belloc, que se instalaron en Lazkao. La ley recogía tres principios: el libre ejercicio del culto, no pagado por el Estado; la cesión de los bienes dedicados al culto a las nuevas asociaciones reconocidas, y el inventariado de los bienes culturales transferibles, que sería confeccionado por los agentes del Estado. Se dejaba así a la Iglesia una cierta libertad de comunicación, pero la reacción en el País Vasco fue muy fuerte: se redactó una petición que recogía 100.000 firmas, y todos los sacerdotes de la diócesis suscribieron una carta que comenzaba así: «El vínculo que unía a la Iglesia y al Estado en Francia, y que proporcionó a nuestro país cien años de paz religiosa, ha quedado definitivamente disuelto» (Anales católicos de la Diócesis de Bayona, 16 de julio de 1905). Los inventarios tenían una fuerte carga simbólica. El papa Pío X, elegido en 1903, se mostró también poco flexible y condenó la ley de separación. Los feligreses actuaron con violencia en Baja Navarra, Lapurdi y, en particular, en Bayona, Biarritz, Saint-Pierre d’Irube/Hiriburu, Arcangues/Arrangoitze, Itxassou/Itsasu y Bidarray/Bidarrai, aunque sin llegar a los trágicos desenlaces que hubo en algunos departamentos o diócesis de Francia. El nuevo obispo, monseñor Gieure, natural de las Landas, denunció el cierre de las escuelas religiosas (238 en total). El gobierno procedió a confiscar los bienes de la Iglesia; entre ellos, el pequeño seminario de Larressore/Larresoro, por lo que los seminaristas se retiraron al monasterio de Belloc.

En cuanto a los representantes electos, tres de los cuatro diputados bearneses votaron a favor de la ley de separación, pero los tres diputados vascos votaron en contra. Finalmente, el País Vasco, especialmente el País Vasco interior, hizo patente su resistencia. Lo cierto es que la disidencia fue más práctica que ideológica. No olvidemos que, de 1875 a 1882, una cuarta parte de las deserciones en Francia tenían su origen en el departamento de los Bajos Pirineos (Soulet, 2004). Pero el clero pasó de mostrar implícitamente su apoyo a la deserción a alabar el patriotismo francés, y la «apología del sacrificio» de 1914 fue su broche de oro (!). Los notables aminoraron sus ataques al régimen republicano para defender a ultranza a la Iglesia. Itçaina sintetiza el papel del clero en el auge de un «nacionalismo francés orgánico y católico», en lugar de una «ciudadanía republicana que postula la capacidad de cada ciudadano para ser alternativamente gobernante y gobernado». Por otro lado, tanto en el País Vasco continental como en el peninsular, se observa la separación entre autoridades episcopales con posiciones negociadoras y reguladoras y un bajo clero más radical. Señala Itçaina que las autoridades episcopales «contribuyeron al establecimiento del autocontrol que Norbert Elias asocia a la socialización política occidental». La legitimación del voto era una salvaguarda contra las movilizaciones campesinas violentas. Pero el clero vasco siguió siendo una fuerza colectiva que hizo surgir un «nuevo registro de acción colectiva», cuya evolución veremos unos años después. Itçaina lo llama «periodo de la fi-liación».

No se puede decir que antes de 1914 el nacionalismo vasco tuviera mucha fuerza en el País Vasco continental, y tampoco después de 1918. Las tesis sabinianas no tuvieron demasiado éxito en esta parte del País Vasco. Según Jacob, se debía a la escasa importancia que Sabino Arana otorgaba a las tres provincias del norte, ya que su ámbito de actuación se concentraba en Bizkaia, seguida de las provincias del sur y, por último, en las siete provincias. Además, la concepción de los nacionalistas vascos de la autonomía de la política con respecto al clero no consiguió un apoyo entusiasta de los conservadores católicos del País Vasco continental. Personalidades como Pierre Broussain o Albert Constantin, que querían promover las ideas nacionalistas, se encontraron con un terreno poco fértil, a pesar de sus esfuerzos, orientados esencialmente al plano lingüístico. Ambos eran médicos y ocupaban cargos electos (alcalde y consejero general), pero Albert Constantin tenía también una actividad industrial y se presentó como republicano, a pesar de que profesaba ideas nacionalistas vascas. En connivencia con Broussain, trató incluso de convertir la publicación quincenal Eskualdun Ona en un periódico de «tendencia separatista», aunque no llegó a conseguirlo.

Algunos miembros del clero se oponían sistemáticamente a toda injerencia del sur; otros, sin embargo, se sentían atraídos por la nueva ideología. En cuanto a la cuestión lingüística, concitar el acuerdo fue más fácil, y se crearon instituciones culturales comunes a ambos lados de la frontera, tales como Eusko Ikaskuntza y Euskaltzaindia, en las que el clero desempeñó un papel muy importante. A grandes rasgos, aunque había un consenso en el plano lingüístico, muchos rechazaban la vertiente política del movimiento vasco. Zalduby, por ejemplo, componía canciones nacionalistas vascas, pero no realizaba ninguna acción política. Durante la guerra de 1914, monseñor Saint-Pierre, brillante escritor, admiraba al nacionalismo vasco y, al mismo tiempo, se declaraba patriota francés, basándose en la inclusión de la «patria chica en la grande», sin ver en ello la más mínima duplicidad. Para esa corriente, no resultaba necesario que la identidad vasca tuviera cobertura política.

Itçaina aborda la efímera experiencia de Aitzina, de la que Jean-Claude Larronde realiza un minucioso análisis. Aitzina representa un intento de institucionalizar el sentimiento identitario en el País Vasco continental. Este movimiento no creó un partido político autonomista o regionalista (lo cual evitó muchos problemas durante la ocupación alemana, problemas que, sin embargo, lastraron al movimiento bretón o al alsaciano). El movimiento adoptó una visión «moderada» del Partido Nacionalista Vasco, relativamente alejada de las posiciones iniciales de Sabino Arana Goiri, y que no defendía el separatismo. El movimiento abogaba por la independencia entre la Iglesia y el Estado. Los sacerdotes, entre ellos Pierre Lafitte, realizaron una importante labor en la revista Aitzina. El grupo adoptaba posturas prudentes, tratando de no cortar los lazos ni con los nacionalistas del otro lado del Bidasoa, ni con la derecha vasca local, pero esta última, intransigente, consideraba que Aitzina tenía un discurso muy marcado. Con todo, Aitzina apoyó a la derecha en 1934 y 1936, aunque ese apoyo se vio limitado al estallar la guerra y producirse la sublevación franquista. Si bien la derecha vasca se volcó a favor de Franco, con encendidos discursos de Ybarnegaray ensalzando al general y condenando al presidente Aguirre, Aitzina no pudo obviamente hacer tal cosa. Solo la izquierda francesa, en Bayona, Biarritz y Hendaya, apoyó a los republicanos españoles y a los nacionalistas vascos contra Franco. La propuesta de mediación defendida por Lafitte se volvió enseguida frágil e insostenible. El entorno de Aitzina prestó ayuda continuada a los refugiados. En el lado opuesto, entre 1930 y 1937, se encontraba el director del periódico Eskualduna, Yomingo Soubelet, que llegó a escribir en 1942 una obra en euskera alabando a Pétain.

Analizadas las identidades vasca y católica, y el importante papel de la Iglesia en este sentido, y tras estudiar someramente las primeras manifestaciones del nacionalismo vasco, nos parece importante abordar la cuestión de la lengua y la protección que le dio la Iglesia. Por un lado, por motivos ligados a la historiografía, ya que varios comentaristas citan que los eruditos e intelectuales de la época se centraron en la lengua y la filología, en detrimento de los estudios históricos. Además, contamos con un reciente trabajo de Jean-Michel -Bedecarrax sobre el tema, y que viene a completar el análisis de Xabier Itçaina.

Bedecarrax ha recurrido a una amplia encuesta interna realizada por la Iglesia en 1909 para partir de la siguiente hipótesis: la Iglesia católica habría contribuido de manera significativa a mantener el uso del euskera en Francia durante el siglo xix y los dos primeros tercios del siglo xx, cuando dicho uso se vio amenazado tanto por las políticas públicas (especialmente, la educación pública) que tendían a fomentar el uso exclusivo del francés en el espacio público, como, de manera más general, por los cambios en la sociedad. Si bien es cierto que la cuestión de una acción pública en favor de la lengua surge en los años 1960-1970, en particular con el nacimiento de la reivindicación abertzale en el País Vasco continental, la preocupación en cuanto al futuro de la lengua es mucho más antigua. Después de la Revolución, la Tercera República se mostró claramente prohibicionista; fue entonces cuando la Iglesia comenzó a poner en marcha una acción organizada específica a favor del euskera. El cambio de nombre de la diócesis, pasando de ser de Bayona a ser de Bayona, Lescar y Oloron, sirvió para marcar la presencia de las dos lenguas (el vasco y el occitano gascón) en la diócesis. Monseñor Gieure, obispo de Bayona durante largo tiempo, desempeñó un papel esencial fomentando la transmisión del euskera.

El uso masivo de la lengua es un hecho sociolingüístico de capital importancia. En 1851, el 75 % de los 158.000 habitantes del País Vasco hablaba euskera. El porcentaje era mucho más elevado en el interior, con una dialectalización atestiguada por las obras de Louis-Lucien Bonaparte y por las colecciones de Bourciez y Sacaze, realizadas por laicos con la ayuda de profesores de la educación pública. En una visita a Ostabat, el inspector de la Academia precisó que la esposa del profesor Jauréguy (de la familia de los famosos jugadores de rugby de la siguiente generación) solo hablaba euskera, y dedujo, por el tono empleado, que la mujer estaba regañando a su marido. La mayoría de los funcionarios, como los del Departamento de Aguas y Bosques, aprendía el euskera en muy poco tiempo, gracias a un método de inmersión. «Hablan, sienten y piensan en vasco», recogía en un informe, con cierto pesar, el inspector de primaria Félix Pécaut, de Orthez, en 1880. Recordemos que, en aquella época, no había ni radios ni otros medios técnicos que permitieran introducir el francés en los municipios vascófonos. La lengua dominante aún no estaba totalmente extendida. En la costa prevalecía el francés. En Biarritz, por ejemplo, se oficiaba misa en euskera, pero no congregaba a muchos fieles. Por otro lado, en la costa la demografía iba aumentando rápidamente, mientras que en la Baja Navarra y en Zuberoa disminuía. Ese hecho le hacía flaco favor al euskera. Se empezaron a crear dos zonas claramente diferenciadas, tanto desde el punto de vista demográfico como económico y lingüístico. Los núcleos industriales como Mauléon/Maule (engrosados con emigrantes no vascófonos) o Boucau reducían mecánicamente la presencia del euskera.

Pierre Lhande, y otros también, quisieron ver en el sistema lingüístico vasco, muy diferente al de las lenguas vecinas, un «recinto bastante más infranqueable que el circo montañoso en el que nació». Bedecarrax recoge las palabras del cura de Uhart-Mixe/Uhartehiri: «Nuestro euskera, mantenido y practicado, es un poderoso y eficaz antídoto contra la perversión de la escuela sin Dios». Es comprensible que el euskera fuera considerado un cordón sanitario. Recordemos que los profesores que impartían la enseñanza en el País Vasco eran originarios del propio departamento, bearneses o vascos, y solían hablar euskera u occitano-gascón, aunque no en la escuela. Algunos intentos apoyados por pedagogos como Irénée Carré y el lingüista Michel Bréal trataron incluso de recurrir al euskera en los métodos de enseñanza, pero sin mucho éxito.

Aparte de la escuela, cuya función era difundir la lengua francesa, hubo otros factores que afectaron negativamente al euskera; entre ellos, la emigración, puesto que muchos vascohablantes se marcharon sobre todo hacia América. En 1909, el párroco de Aldudes informó de que más de 500 habitantes del pueblo vivían en las Américas. Muy pocos regresaban. También había una fuerte emigración hacia la costa, donde muchos vascohablantes iban abandonando paulatinamente su lengua. Señala Bedecarrax que se produjo una fisura en el antiguo mundo comunitario, al ir descubriendo sus miembros que había otras formas de vida posibles.

El mapa de la Francia rural, elaborado por Fernand Boulard y Gabriel le Bras sobre las prácticas religiosas en torno a 1950, presenta tres zonas: países cristianos, países sin tradición cristiana y países de misión. Se entiende por país cristiano aquel en el que más del 45 % de la población adulta asiste a la misa dominical. En la diócesis de Bayona, y especialmente en su parte vascófona, ese porcentaje se superaba claramente en 1909. Se puede hablar de una práctica religiosa prácticamente unánime, puesto que los no practicantes eran solo unos pocos. Como desveló el asunto de los expedientes, que hizo caer el ministerio de Combes, la vigilancia que ejercía el Estado sobre el comportamiento de los funcionarios podía impedirles practicar la religión abiertamente. A los que no eran practicantes se les consideraba alógenos: funcionarios, vagabundos, bearneses, «españoles descuidados». Boucau se distinguía también por un nivel de práctica religiosa mucho menor, y aún se mantiene el recuerdo de que los trabajadores de la empresa siderúrgica eran unos «rojos». En cuanto a las demás religiones, hay que tener en cuenta a la importante comunidad judía, centrada en Saint-Esprit, y a un reducido número de protestantes. El ascendiente ejercido por el clero vascófono sobre la población era importante; no se puede comparar al de las regiones cercanas, por ejemplo al de las Landas. En 1900, 1909 y 1929 disminuyó el número de ordenaciones en el País Vasco, pero, aun así, seguía duplicando al de Francia. Si el porcentaje de clérigos seculares por cada 10.000 habitantes era del 13,5 % en el conjunto de Francia en 1904, en el País Vasco era del 18,7 %, y en 1929 era del 10,5 % en Francia y del 17,5 % en el País Vasco. Si bien en Francia se produjo un descenso importante, en el País Vasco esa reducción fue prácticamente inapreciable. En 1923, el 60,6 % del clero de la diócesis vasco-bearnesa era de origen vasco.

A partir de los análisis de Itçaina, aparece el peso del integrismo en el sentido que le da Gérard Cholvy: «Reacción a la privatización de la religión mediante la afirmación del cristianismo en toda la vida». Cholvy no duda en afirmar que se opone a una religión de la modernidad… basada en el Progreso a través de la ciencia. El fundamentalismo no quería separar el ámbito público y la religión. Veía con malos ojos a los pensadores católicos modernistas que querían aplicar los métodos de investigación de las ciencias profanas en las ciencias religiosas como la teología o la exégesis. En 1907, la encíclica Pascendi dominici gregis condenó ese modernismo. En cuanto al movimiento llamado Ralliement des Catholiques de France, que proponía aceptar las instituciones republicanas, se vio indirectamente lastrado por el caso Dreyfus.

Tras la promulgación de la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado, monseñor François-Xavier Gieure demostró desde su nombramiento una gran agudeza para comprender la situación y una gran capacidad organizativa para reaccionar y actuar a largo plazo. Quería ante todo garantizar la independencia material de la diócesis y conservar las escuelas cristianas. El futuro de la Iglesia en la diócesis dependía de la obediencia absoluta al papa. Las peticiones de prácticas más democráticas que defendía Sillon no eran convenientes para Gieure y consiguió meter a los sillonistas en vereda. Las visitas pastorales le permitieron ver en primera línea los incidentes que conllevaron los inventarios y las expulsiones realizadas por el gobierno, que ya hemos citado anteriormente. Sobre todo, se dio cuenta del esencial papel que tenía el euskera para un gran número de miembros de su clero. Recordemos que ni era vasco, ni hablaba euskera. Solía ir a menudo al País Vasco peninsular para visitar a los miembros de las congregaciones que se habían exiliado, y descubrió así la importancia del euskera y la cuestión de la identidad vasca en el sentido más amplio. En 1909, inició una gran investigación que dio lugar a un documento de 36 volúmenes, del que Bedecarrax ha sabido sacar a la luz toda su riqueza. El obispo se interesó por conocer el lugar que ocupaba el euskera en la práctica religiosa, pero también en la vida cotidiana y pública. Entre las respuestas, hay que prestar especial importancia al texto de Jean Hiriart-Urruty, extraordinario polemista del periódico Eskualduna, al que podríamos considerar miembro de la «élite étnica», en el sentido que Jacob da a esta expresión. Llama la atención que Hiriart-Urruty no atribuya el repliegue del euskera únicamente a la hostilidad del gobierno o a la prohibición del euskera en las escuelas públicas. Hiriart-Urruty establece dos principios. Por un lado, su planteamiento no es en absoluto separatista: «Vascos, somos tan buenos franceses como cualquier otro de Francia». Como hemos visto, y Xabier Itçaina insiste en que, a pesar de la virulencia de la lucha, el clero vascófono no cuestionaba ni el régimen político, ni la pertenencia a la nación francesa. El otro principio es que la contribución de los vascos a la identidad francesa solo podía tener lugar si el euskera tenía asegurado su futuro. La pérdida de la lengua sería una humillación para los vascos. A partir de estos dos principios, Hiriart-Urruty estableció un vínculo entre el euskera, el catolicismo y la cultura vasca, que sería muy reivindicado. Hiriart-Urruty insistía en el valor patrimonial del euskera y, por tanto, en su interés científico, una postura muy hábil, porque la noción era inatacable.

Que Hiriart-Urruty enumerara a los enemigos del euskera, incluido el régimen, no resulta sorprendente; lo que sí resulta más chocante es la observación que hace sobre el hecho de que la educación católica no defendía el euskera cuanto debiera. La salvación solo podía venir de los propios vascos, garantizando la tradición familiar con el apoyo del clero vasco. Hiriart-Urruty tenía una visión global y sociolingüística del problema del euskera. Por otro lado, cuando solicitó que se mejorara la formación del clero vasco, incluyendo la enseñanza del euskera en el seminario, sus palabras no cayeron en saco roto. A lo largo de la primera parte del siglo xx, la Iglesia hizo un notable y continuado esfuerzo a favor del euskera. Este esfuerzo era sin duda interesado, pero Gieure era consciente de la importancia de contar con una masa crítica de clérigos, algunos de los cuales podrían dedicarse a estudiar el euskera en profundidad. Antes de la carta, apoyó que hubiera clérigos «liberados» para el euskera.

La guerra de 1914, sin embargo, echó todo por tierra. Si bien el papa quería mantenerse equidistante respecto a todos los beligerantes, la Iglesia católica de la diócesis de Bayona tomó partido por la Patria en guerra, en el proceso conocido como de «Union Sacrée» (Unión Sagrada). Por tanto, la Iglesia se vio obligada a obedecer al gobierno, aunque lo detestara. A cambio, el gobierno se mostró más flexible con los cultos y las congregaciones. No se pueden medir por el mismo rasero las extraordinarias consecuencias de la Primera Guerra Mundial, en particular en lo referente al aspecto ideológico y a la evolución de las mentalidades de los habitantes del País Vasco. Todas las publicaciones y todos los sermones de la Iglesia insistían en un patriotismo francés sin límites. La Iglesia llegó incluso a sospechar que los políticos españoles eran germanófilos, y extendió sus reproches a una parte del clero, a los carlistas. No se puede decir que estas posiciones contribuyeran al acercamiento entre una buena parte de los escritores y periodistas vascos reunidos en torno al periódico Eskualduna y el movimiento nacionalista vasco del otro lado del Bidasoa, que ya había comenzado a mostrar su influencia. No obstante, monseñor Gieure asistió al primer Congreso de Estudios Vascos, celebrado en Oñati en 1918, que dio paso a la creación de la asociación Eusko Ikaskuntza durante la guerra. Abrió paso a toda una serie de excelentes escritores vascófonos que sucederían a Hiriart-Urruty: Adéma Zalduby, Moulier Oxoby, Jean Saint-Pierre… Finalizada la guerra, la reconciliación inducida por la Unión Sagrada dio paso rápidamente al conflicto, que se reanudó en 1924 tras la elección de la coalición de izquierdas, denominada Cartel des Gauches. El episcopado francés impulsó la creación de la Federación Nacional Católica, la FNC, que organizó numerosas manifestaciones acordes con el integrismo de preguerra, es decir, el rechazo a considerar que la religión fuera solo un asunto privado. Pero Gieure era consciente de que, en el fondo, la batalla no estaba ganada, ya que la guerra había acelerado unos cambios que hacían difícil mantener las posiciones ideológicas de antes de la guerra. Precisamente por eso escribió dos cartas pastorales sobre el éxodo rural y sobre la natalidad. El relajamiento de los años anteriores a la guerra en las costumbres, las fiestas, las actividades de ocio, la vestimenta o el comportamiento de los jóvenes, hacía imposible volver atrás. Ante esa situación, Gieure concluyó que era interesante y necesario adoptar medidas claras y duraderas para mantener la lengua vasca. Gieure abrazó una corriente «regionalista», que ya se había puesto en marcha en Bretaña al crear, en 1894, unos seminaristas la Academia de la lengua bretona, la Kenvreuriez ar Brezoneg, y en 1898 la Unión Regionalista Bretona, en la que el 17 % de sus miembros eran clérigos. Gieure y la diócesis de Bayona fueron más tardíos, pero establecieron un vínculo entre el éxodo rural —llamado «abandono de la tierra»— y el debilitamiento de la religión. Se publicaron toda una serie de artículos insistiendo en la necesidad de frenar al menos las consecuencias de la evolución demográfica.

Monseñor Saint-Pierre arremetió contra el ministro Anatole Monzie, que, en 1925, se opuso a la enseñanza de las lenguas locales en la escuela. Gieure se rodeó de pensadores y polemistas eclesiásticos que defendieron con ahínco sus posiciones. Reforzó el papel de la formación de los jóvenes en el País Vasco destinando un esfuerzo constante al seminario de Ustaritz y al desarrollo de la educación católica. El establecimiento de Larressore, creado en 1733, fue clausurado en 1906 y sus profesores expulsados. Tras instalarse durante un tiempo en Belloc, el seminario volvió a Ustaritz y su papel fue muy importante en la formación de la juventud vasca, y no solo en la de los futuros miembros del clero. El seminario aportó o dio trabajo a toda una serie de actores de la cultura vasca, el más conocido de los cuales fue Pierre Lafitte. En los años anteriores a las guerras de 1936 y 1939, Lafitte estuvo siempre cerca del nacimiento de las primeras manifestaciones del movimiento nacionalista vasco a este lado de la frontera, junto con Eugène Goyenetche. Pero su influencia no se limitó al grupo Aitzina. Como es natural, había intelectuales en el País Vasco que no estaban en la órbita de la Iglesia. Es el caso de un buen número de intelectuales que unos años antes habían puesto en marcha el Museo Vasco y de tradición popular, el Bulletin du Musée Basque, y que continuaron publicando el Bulletin de la Société des Sciences, Lettres et Arts de Bayonne, así como muchos estudiosos del sistema público de enseñanza. Entre ellos había algunos anticlericales, pero otros, como Louis Colas, autor de una importante obra, mantenían una relación cordial con el clero.

Gieure concedió mucha importancia a la comunicación. Comprendió la importancia de difundir y transmitir los puntos de vista de la Iglesia por los medios más diversos. Ya antes de él, el periódico Eskualduna fue esencial para informar al público vascófono. Creado en 1887 por Louis Etcheverry con el objetivo de hacer frente al periódico Le Réveil Basque, en 1891 había tomado un nuevo impulso gracias a Jean Hiriart-Urruty, que lo había reorganizado. La mayoría de los redactores eran sacerdotes y, tras su muerte, los siguientes directores también fueron clérigos: Gratien Adéma, Jean Saint-Pierre y Sauveur Arotçarena. El periódico estaba por tanto bajo el control de la Iglesia y se trataba de un semanario con una tirada de 7.000 ejemplares en 1908, un número considerable si tenemos en cuenta el número de posibles lectores.

La revista Gure Herria, cuyo primer número salió en 1921, era diferente en su contenido, aunque entraba en la gama de productos publicados bajo la influencia de la Iglesia. Reunió a la mayoría de los escritores o intelectuales católicos (además de los nombres ya mencionados, escribieron en ella Jean Barbier, Jean Elissalde Zerbitzari y Pierre Lhande), pero también contribuyeron laicos, como el hispanista Henri Gavel, que elaboró una gramática de la lengua vasca. Por otro lado, rara vez dejamos de encontrar el papel de la Iglesia en las diferentes asociaciones culturales creadas en el periodo que abordamos. Por ejemplo, Euskaltzaleen Biltzarra fue creada en 1901, y en 1933 contaba con 53 miembros del clero. Aunque la creación en 1918 de la Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia no estuvo directamente bajo el control de la Iglesia —se creó tras el citado Congreso de Oñati, con el impulso de Eusko Ikaskuntza—, entre los doce primeros académicos había siete sacerdotes, entre ellos Martin Landerretche, bajonavarro, y Pierre Lhande, suletino. Este último publicó, con la ayuda de Lafitte, un diccionario que, cien años después, sigue siendo esencial. Formaba parte del abanico de herramientas lingüísticas que Gieure quería impulsar. Todas estas actividades en las que la Iglesia desempeñaba un destacado papel nos llevan a pensar, como a Bedecarrax, que no es casualidad que, bajo el impulso de Gieure en particular, el esfuerzo de la Iglesia católica por la cultura y el euskera fuera fruto de una meditada reflexión, seguida por una tenaz eficacia.

Por tanto, podemos considerar acertada la visión de Bedecarrax cuando señala que el clero vasco era un «colectivo intelectual gramsciano», fórmula que prefiere a la de James E. Jacob, que define como «élite étnica». Según Gramsci, una capa social particular, la de los intelectuales, desempeña un importante papel en la historia de las sociedades, encargándose de la articulación entre superestructura e infraestructura en el sentido marxista. La superestructura representa la combinación de la sociedad civil y la sociedad política. La infraestructura es el modo de producción. Ambas constituyen un «bloque histórico». Para pasar de un bloque histórico a otro, era indispensable la aportación de los intelectuales orgánicos que se unieron al nuevo bloque histórico. Bedecarrax admite que realiza un somero resumen del pensamiento de Gramsci, que es más complejo, pero podemos pensar que el clero vascófono, durante una parte del periodo que nos interesa, de 1900 a 1939, constituyó un grupo homogéneo por su formación y su esmerada educación, próximo a los notables laicos que habían sido a menudo sus compañeros de colegio. Este clero realizó una clara función de dirección de conciencia tanto en la vida pública como en la vida privada. Además, utilizó en la vida diaria una lengua distinta al francés, lo que convirtió al euskera en un idioma que no había perdido todo su prestigio. Habría que ver en qué se parece esta reacción a la del carlismo en el País Vasco peninsular.

Sin embargo, en el sistema educativo controlado por la Iglesia, el euskera se redujo al mínimo. Las Leyes de 1901 y 1904 afectaron a 96 escuelas, y su reorganización planteó grandes problemas. En 1909, monseñor Gieure comparó la situación con la existente en las provincias vascas del otro lado del Bidasoa, que conservaban un derecho de supervisión sobre la educación frente al gobierno español. La formación de profesores católicos se había puesto en marcha en 1906, al igual que la contratación. En la educación primaria había más niñas que niños. Las clases se impartían en francés y una gran parte de los profesores eran laicos que no habían sido contratados localmente o formados en el País Vasco. Todo eso afectaba negativamente a la enseñanza del euskera. Monseñor Gieure reaccionó creando un ciclo de estudios regionales en el seminario, con el objetivo de aportar un gran número de profesores. Pero esa medida tuvo poca repercusión. Incluso el instituto agrícola creado en el castillo de Garro, en Mendionde, con el apoyo de la ciudad de Bayona, tuvo un éxito limitado. La excepción fue Ustaritz, donde Pierre Lafitte tenía un enfoque pedagógico y una gran capacidad para producir herramientas pedagógicas (diccionario, antología). Bedecarrax achaca el escaso éxito de la tentativa impulsada por Gieure a la falta de atractivo de la carrera de maestro católico.

Para concluir esta exposición sobre la identidad vasca y la católica, sobre el lugar que ocupaba la lengua y sobre la acción de la Iglesia, podemos proponer una síntesis inspirada en Bedecarrax. La ley de separación de 1905 puso fin, en principio, a la intervención del Estado en la administración de los cultos. Gieure, un combativo obispo que no era vasco, comprendió enseguida que el euskera era un elemento esencial, una especie de palanca o ariete contra el modernismo y a favor del integrismo. El euskera era un potente canal de comunicación entre la Iglesia y la población vascófona. La jerarquía católica local apoyaba a su obispo, tanto en las batallas políticas como en el fomento del euskera. El clero vasco podía tener un papel inductivo en la defensa de un modelo contra el modernismo a favor del modelo tradicional de sociedad apoyado en la lengua y la religión. El esfuerzo del clero sacó a la lengua del ámbito privado y esta irrupción protegió al euskera de una rápida erosión (si miramos las zonas cercanas al País Vasco, veremos que el occitano gascón se debilitó mucho más rápidamente). Este esfuerzo estuvo acompañado de una producción cultural, en las prédicas, la prensa, los libros y la música, que permitió a toda una parte de la juventud beneficiarse de un mínimo de transmisión cultural y lingüística. Por el contrario, las precarias condiciones de la enseñanza debilitaron el sistema escolar en un momento en el que la enseñanza pública ofrecía sin duda mejor calidad y mayores esperanzas de promoción social.

Como hemos visto, la actividad política de la época estuvo repleta de acontecimientos y tensiones, y eso puede llevar a pensar que la economía estuvo relativamente estancada. Sin embargo, los historiadores y los geógrafos, tanto Théodore Lefebvre en 1933 como, más recientemente, Martine Bacqué, demuestran que durante el periodo 1870-1914 el inmovilismo en el País Vasco no fue mayor que en otros lugares. A menudo se ha presentado al País Vasco continental como una zona que ejemplifica el atraso y el rechazo al cambio, encerrada en su arcaísmo económico y en su aislamiento cultural, paralelo a su aislamiento lingüístico. En ese modelo, el campesino vasco parece ser el arquetipo del pequeño propietario de mentalidad cerrada, que es prácticamente responsable de bloquear el crecimiento y que tiene el nada halagüeño estatus de fósil viviente. Nos viene a la mente la benévola comparación que realiza Jacques Allières, que en ocasiones llamaba al euskera «celacanto», por su antigüedad; pero, en este caso, la antigüedad se presenta como una desventaja extendida a toda la comunidad que habla la lengua o vive en su territorio.

Los historiadores no se han adentrado mucho en ese terreno (Goyenetche, 1992; Bidart, 2001) y han centrado sus estudios en la alteridad, las tradiciones, la antropología y la arqueología. Han insistido en la singularidad sin privarse de presentar una idealización de la sociedad vasca, con la notable excepción de Julio Caro Baroja. A esto hay que añadir el catastrófico escenario de la Iglesia antirrepublicana del siglo xix y la lectura que hacía de una malvada Revolución francesa, aspecto al que nos hemos referido ya.

Pero las comunidades agrícolas y ganaderas habían evolucionado. A pesar de que el caserío aparece como un patrimonio indivisible e inalienable, unidad doméstica y unidad de trabajo, y que la casa como institución se había mantenido hasta el siglo xx, lo cierto es que había evolucionado. La comunidad agraria también continuó gestionando, aunque en menor medida, las amplias propiedades colectivas que representaban un tercio de las tierras del departamento. Hubo conflictos intercomunitarios. Los pobres y los hijos menores sin herencia eran un problema recurrente y la aparcería estaba muy presente, porque los campesinos no siempre eran propietarios. Además, los progresos técnicos contribuyeron a la aparición de nuevas formas de vida desde 1850 hasta el periodo de preguerra en 1939.

Entre los aspectos que permanecieron invariables, hay que destacar la perdurabilidad de las pequeñas explotaciones rurales, que, contra todo pronóstico, resistieron con firmeza durante todo el periodo. A veces se las considera «agentes de conservación social» frente a la «agitación colectivista» (Auguste Souchon). Bloch puso de manifiesto el papel de esta explotación en el voto campesino. Más que la explotación, era la propiedad la que desempeñaba un destacado papel. Pero el campesino vasco no siempre era propietario; en ocasiones era aparcero, agricultor, productor y consumidor. Aunque muchas veces se considera que las pequeñas explotaciones eran un desafío a la racionalidad, o un fenómeno fruto de la rutina, y que no sabían dejar paso a la gran explotación capitalista o colectivizada, hay que señalar que, a menudo, eran precisamente esos pequeños productores los que ponían en marcha importantes avances técnicos y obtenían mejores resultados cualitativos. Esto se debía a que la pequeña explotación del País Vasco no era una simple unidad económica ordinaria, sino que su objetivo era satisfacer el conjunto de necesidades de la familia. La pluriactividad estaba muy presente. De hecho, señala Martine Bacqué que existía una doble indiferenciación: entre familia y empresa por un lado, y entre trabajo agrícola y no agrícola por el otro.

La historia de estas granjas es, por tanto, un posible punto de entrada para hacer una nueva lectura de las sociedades rurales del siglo xix. A diferencia de la vasta síntesis de Theodore Lefebvre o la obra de Laborde, Bacqué opta por el microanálisis, al igual que lo hacen para la vida económica, demográfica y política las monografías de Xabier Itçaina, Guy Pueyo, Paul Etchemendy, Jean-Claude Larronde y otros trabajos universitarios inéditos.

Definir el umbral de la pequeña explotación es delicado y generalmente nos solemos limitar al de entre cinco y diez hectáreas. En 1892 había 19.000 explotaciones en el País Vasco. La región estaba fragmentada, dividida en valles y terrenos aparentemente cerrados sobre sí mismos. Martine Bacqué señala que las encuestas agrícolas decenales resultan a veces frustrantes, porque adolece de errores; sin embargo, se puede deducir que en los distritos de Bayona y Mauléon, entre 1852 y 1892, el número de explotaciones aumentó, y que el incremento de la agricultura de arrendamiento compensó el lento retroceso de la aparcería. El número de jornaleros se redujo drásticamente. El tamaño medio de las explotaciones era de cinco hectáreas, con una cabaña de tres vacas y 12 ovejas, y la mano de obra ya no era exclusivamente familiar. Tenemos poca información sobre el volumen de producción. Se habla de promedios, pero se estaba produciendo una disminución del número de explotaciones muy pequeñas y un aumento del número de explotaciones de unas cinco hectáreas. El 90 % de las explotaciones sobrevivía de una generación a otra. El 80 % de las explotaciones de cinco hectáreas sobrevivían dos generaciones o incluso aumentaban su superficie. Cinco hectáreas parece ser por tanto el umbral de viabilidad y siguió siendo el umbral dominante hasta 1940.

El ejemplo monográfico de Askain presentado por M. Bacqué aclara las cosas. Encontramos un rito de toma de posesión del caserío Haranederrea en 1754. Se trata de un rito de posesión en el que la propietaria, viuda de marinero, toma posesión de los terrones y la hierba de cada parcela, incluidos los padouans (pastos no cercados), los larrain (parcelas plantadas con árboles) y los helechos (importantes para preparar las camas), y toca el llar de la chimenea (laratz) para colgar las ollas y todas las cercas. Esta propiedad sigue siendo importante en 2021 y mantiene el nombre de Haranederrea. En 1832 había una primera explotación de 18 hectáreas, con una granja directa y cuatro granjas de arrendatarios. Entre 1865 y 1892, sus propietarios compraron 20 hectáreas de bosque y pastos; alcanzó de este modo las 40 hectáreas, con 1.740 árboles plantados y un plantel hasta 1940, pero con pocos beneficios en las propiedades vecinas. En cada generación, un único heredero y sucesor se hacía cargo de la explotación y de las fincas arrendatarias. La granja principal aumentó su importancia en comparación con las granjas arrendatarias. Los cambios, aunque modestos, fueron, sin embargo, evidentes; entre ellos, el desbroce de los castañares tras la enfermedad, y el monte bajo comprado al municipio en 1865. Se eliminaron los manzanales, ya que la sidra se vendía antes a los marineros de Terranova, cuyo número había disminuido enormemente. La labranza se reagrupó en el centro de la explotación y la superficie se redujo ligeramente, mientras que los prados crecieron al ritmo del desarrollo de la ganadería. En 1942, Haranaderrea se situó a la cabeza de las explotaciones por su cría de ganado ovino y bovino, al tiempo que mantenía la actividad de la aparcería. La propiedad era importante y los propietarios de Haranaderrea fueron además figuras destacadas en el pueblo que proporcionaron miembros destacados a la Iglesia a lo largo de varias generaciones. Un Gracy, de esta casa de Haranederrea, llegó a ser alcalde en 1877 y varios descendientes ocuparon este cargo hasta 1963; otros fueron obispos misioneros. Los dueños de esta granja desempeñaron un papel de moderadores rurales según las convicciones ultracatólicas. Esta trayectoria a lo largo del periodo que tratamos no está exenta de importantes modificaciones. Esta casa supo combinar la acumulación de tierras en el momento adecuado para innovaciones sociales y económicas de finales de siglo con el ascenso político y social. El caso de otro caserío, Milorbaita, en Askain, es totalmente diferente. La explotación solo tenía 30 áreas, una superficie muy reducida en 1851. El padre era marino, la madre vivía del trabajo de los marinos y los hijos se orientaron hacia el sector terciario. Desapareció la finalidad agrícola y el caserío se convirtió en Villa Rosita, prediciendo un Askain periférico de San Juan de Luz. Está también el caso del caserío Urritxagacoborda, que perteneció a Martin Chardiet, un marino que pereció en el mar. La propiedad fue adquirida en 1864 por la familia Luberriaga, refugiados carlistas de Navarra que inicialmente fueron arrendatarios. La familia ayudó en la compra y probablemente la «actividad nocturna» en la frontera también supuso un importante apoyo económico, según los recuerdos orales familiares, ya que obviamente no se conservan registros de ello. La explotación llegó a tener 12 hectáreas y más tarde compró el caserío vecino, Apitouchenborda, y después la granja Achaflabaita; sin embargo, la explotación Urritxagacoborda fue quedando en segundo plano a medida que la familia se iba acercando al núcleo urbano y se dedicaba a actividades no agrícolas. Se trata de una micromigración, menos espectacular que el flujo hacia Estados Unidos, pero que pone de manifiesto los cambios en la comunidad. A esa migración de los habitantes hay que añadir la movilidad de las tierras. M. Bacqué ve sensatamente la importancia de la posición social en función de estos cambios. Distingue dos periodos importantes; en la década de 1870, las pequeñas explotaciones se mantuvieron bien, pero a finales de siglo, se aceleró la concentración de las explotaciones con la modernización agrícola, aunque estas coyunturas no tuvieron efectos inmediatos en el tiempo familiar.

En 1933, Lefebvre había presentado una síntesis de los modos de vida en el País Vasco, al que llamaba Pirineos Atlánticos Orientales. Consideró que la evolución se había acelerado desde mediados del siglo xix, porque la industria fabricaba cosechadoras, trilladoras, ferrocarriles, fábricas, electrificación, puertos, buques de carga, arrastreros de vapor…

Esto no impedía que hubiera evidentes retrasos. Por ejemplo, las vías de comunicación prácticamente no habían evolucionado. La línea de tren de Bayona a Hendaya se prolongó hasta San Sebastián en 1855, pero al principio no creó ninguna actividad en sus alrededores hasta que Hendaya pudo beneficiarse del efecto de estación fronteriza. Las demás rutas eran escasas y tardías. La línea Bayona-Baigorri no entró en funcionamiento hasta 1899. El tranvía de la costa que unía Bayona y Hendaya tenía una finalidad sobre todo turística. No había nada entre Saint-Palais/Donapaleu y Saint-Jean-Pied-de-Port/Donibane Garazi, y Hasparren/Hazparne, un centro industrial, no tenía vía férrea. La mayoría de las líneas era de una sola vía.

En cuanto al modo industrial, no había carbón y la potencia hidráulica era limitada. En 1914, solo había unas pocas plantas industriales, entre las que destacaban la de Boucau y algunas otras en Bayona, Hasparren, Sara, San Juan de Luz, el valle del Nive y Mauléon. El bosque proporcionaba tanino para las curtidurías y para la industria del calzado de Hasparren, donde en 1880 se realizaba todo prácticamente a mano, ya que la maquinaria no se mecanizó hasta 1905. La actividad del calzado daba empleo directo a 600 personas, e indirectamente a tres o cuatro veces más. En Mauléon, la industria alpargatera proporcionaba muchos puestos de trabajo. Comenzó su andadura sobre 1868 y exportaba el calzado a Sudamérica. El hilo de yute procedía de Dunkerque, pero entró en declive a causa de la introducción del hilo trenzado, que hizo que Oloron fuera más competitiva hacia 1896. Con la aparición de las máquinas de coser en 1888, vino la concentración de la mano de obra. En Mauléon trabajaban en el sector 1.300 personas, y en los años treinta llegaron a ser casi 2.000. La emigración tuvo un papel importante, ya que la mitad de los trabajadores eran navarros, al principio, sobre todo, temporeros. Mauléon vendía sus productos en Francia, en Inglaterra y en las zonas turísticas.

Las industrias del suelo solo contaban con algunas decenas de trabajadores de la sal en Bayona, Mouguerre/Mugerre y Briscous/Beskoitze. La industria de la piedra se concentraba en las canteras de Bidache/Bidaxune, con más de 150 trabajadores, y temporeros. Es fácil imaginarse la dificultad y la lentitud del transporte por agua; un barco necesitaba dos días para transportar 32 m3 de piedra a lo largo de 30 km por el Adur, hasta Bayona, aprovechando las mareas.

La industria metalúrgica pesada empleaba al 26 % de los trabajadores del País Vasco continental. Las antiguas ferrerías desaparecieron: la de Mendive/Mendibe, en 1871; las de Larrau/Larraine y Baïgorry/Baigorri, en 1875. En los alrededores de Labastide-Clairence/Bastida quedaron algunos fabricantes de clavos.

La planta más importante, situada en Boucau, era un sistema muy original de metalurgia pesada de tipo oceánico que nació en esta época. Además de su relevancia económica, tuvo también un destacado papel ideológico y político, ya que en ella surgió una clase obrera organizada, hasta entonces prácticamente inexistente. La fábrica, llamada Les Forges de l’Adour, fue fundada en 1882, con 550 trabajadores, dos altos hornos y dos convertidores Bessemer. En 1926 había en ella 1.700 trabajadores. En las inmediaciones de la fábrica se construyó una planta de productos químicos vinculada a Saint-Gobain, que importaba fosfatos. Este complejo era oceánico por su situación, su suministro y su mineral. Se abastecía en parte con carbón vegetal procedente de las Landas. La hulla era inglesa o alemana. Durante un tiempo, el complejo mandó traer el mineral de Lesaka, Bera o, a través de Pasaia, de Mutiloa y Zerain, pero ese tráfico se detuvo en 1914. El complejo también era oceánico por la salida. Los postes de madera de las Landas con destino a Gales y sus minas salían de Boucau. El sistema de Boucau era original, complejo y sin duda frágil. Dejó de funcionar en 1965.

El mundo marítimo estaba marcado por la pesca, pero muchos pescadores seguían vinculados a la tierra. Hacia 1930, según Lefebvre, de los 477 pescadores de Bayona, 320 tenían también otra actividad como agricultores y carpinteros. En el País Vasco continental, solo los pescadores de San Juan de Luz se dedicaban exclusivamente a la pesca (como en San Sebastián y Ondárroa, al otro lado del Bidasoa). En el plano técnico, la llegada del vapor supuso un gran cambio, y los pescadores del norte empezaron a imitar a los del sur. En 1894 había 14 barcos de vapor en San Sebastián; San Juan de Luz tuvo el primero en 1900. Los barcos de vapor y los de vela siguieron compitiendo durante algún tiempo, pero enseguida se impuso el tonelaje de los barcos de vapor. Curiosamente, el progreso del vapor fue menor en Bayona, quizá por las dificultades de los barcos más pesados para cruzar la barra del río Adur.

Gracias al vapor, con las redes de arrastre empezaron a tener mayor rendimiento pesquero, sin salirse del ritmo estacional de las variedades de pesca; ese hecho, sin embargo, generó un problema de sobrepesca, con motivo del cual San Juan de Luz empezó a capturar poco atún a partir de 1920. La pesca de la sardina seguía siendo importante hacia 1910. Se realizaba en noviembre, cuando tenían huevas. En 1914 aparecieron los vagones frigoríficos, con los que intentaron remediar la sobreproducción de sardinas y así dar una salida al pescado. Tratando de absorber la sobreproducción, se creó la industria conservera. La salazón se utilizaba desde hacía tiempo para el pescado, pero, como industria, surgió en San Juan de Luz en 1914. En los años treinta, San Juan de Luz tenía tres zonas de pesca. La modernización de la actividad pesquera fue muy lenta: la bahía de San Juan de Luz estaba poco protegida, el puerto estaba mal equipado y el transporte era poco eficaz. Esa falta de preparación se hizo patente en 1924, cuando los pescadores de San Juan de Luz, imitando a los pescadores del sur, comenzaron a utilizar unas redes muy eficaces llamadas «bolinches». Los barcos volvían llenos hasta los topes, los precios se desplomaron y los cargamentos de sardinas tuvieron que ser devueltos al mar. La crisis dejó en evidencia la inadecuada articulación entre el mundo de la pesca y el interior del país.

Dejando la pesca a un lado, el puerto de Bayona fue adquiriendo una importancia cada vez mayor, hasta situarse entre los diez primeros puertos de Francia. Le debía mucho a las Forjas del Adur, que eran las que fomentaban su modernización. Se realizaron grandes obras de dragado en la complicada barra del Adur, gracias a las cuales tuvo un calado de cinco a seis metros a partir de 1886, en lugar de los dos metros del periodo anterior. Su tráfico se elevó a cerca de 600.000 toneladas en 1890 y luego a más de un millón de toneladas en 1913, cifra que casi se recuperó en 1930, a pesar de las repercusiones de la guerra de 1914. Pero el tráfico estaba desequilibrado, puesto que las importaciones triplicaban a las exportaciones. La mayor parte de las entradas correspondían a la hulla, con un 61 %. En cuanto a la exportación, el pino de las Landas representaba el 81 %. Los puntos débiles del puerto eran su defectuosa entrada y su insuficiente carga de salida, ya que el pino por sí solo no resultaba suficiente. Además, la barra del Adur permanecía cerrada sesenta días al año.

Sin embargo, la importancia del mundo agrícola seguía siendo económica e ideológicamente esencial. En el cantón de Biarritz, la actividad agrícola se fue reduciendo, y la turística aumentando. En cuanto a la viticultura, las viñas, en general, disminuyeron su producción a causa de enfermedades como la filoxera, el mildiu y el oídio, así como por la aplastante competencia de las grandes regiones productoras, que tampoco estaban a salvo de la crisis —recordemos la revuelta de los viticultores en 1907 en Languedoc—. Se redujo asimismo la extensión de los terrenos cultivados, pero solo en determinadas zonas, especialmente en Biarritz, aunque también hubo una disminución del 30 % en el cantón de Baïgorry. Al resultar mucho más fácil que antes adquirir cereales y siendo la producción local de cereales muy mediocre, muchos campesinos se decantaron por la ganadería y pasaron a primar los pastos, en detrimento de los sembrados. En otras palabras, a partir de 1830 tuvo lugar un aumento generalizado de los prados, especialmente en las proximidades de los núcleos urbanos, ya que así obtenían carne y productos lácteos. Lefebvre lo llama «pastoralización».

El legado del pasado seguía siendo tangible y Lefebvre constata que la zona montañosa estaba atrasada en cuanto a las herramientas que se empleaban, como por ejemplo el arado. El tractor de cultivo hizo su aparición en 1900, pero no consiguió erradicar al arado (golde nabarra). En la producción literaria, se sigue empleando la metáfora del arado para simbolizar el trabajo intenso (generalmente, masculino). Para la siega se seguía utilizando la hoz. En cuanto a la trilla o desgranado del trigo, había tres niveles técnicos, porque si bien hacia el año 1900 aparecieron las trilladoras mecánicas en relieves moderados y en las grandes explotaciones, en 1910 muchas granjas seguían utilizando el mayal (korrea) en la entrada de los caseríos (ezkaratz), o incluso seguían trillando sobre piedra.

El legado se palpa asimismo en lo que Lefebvre llama «comunismo agrario», el sistema de Zuberoa de los elge o campas, parcelas sin vallado ni pastos a finales del verano. Pero incluso en Zuberoa pudo desaparecer la costumbre de los elge, como en Larrau/Larraine en 1900. En el mundo pastoril, Lefebvre distingue dos grupos y dos espacios. En el primero había principalmente cabras, caballos y ovejas, y se concentraba en las zonas montañosas. En el segundo, ganado vacuno y porcino, más frecuente en los valles bajos. Las cabras casi desaparecieron, y los caballos se quedaron en determinadas zonas, algunos viviendo en estado salvaje y otros siendo utilizados para tirar de los carros en las minas o de los coches de los lecheros en la ciudad. Había también lugares dedicados a la cría de los pura sangre ingleses y sobre todo de mestizos anglo-árabes entre la región del Biduze y los humedales, en los límites de Béarn. Se criaban asimismo mulas, que se vendían en las Landas, en Castilla y en la Ribera, principalmente por contrabando antes de 1914.

En cuanto a las ovejas, la raza laxa, viscayna o manex se criaba en zonas oceánicas con alta pluviosidad. En el este dominaba la raza xurra, ardixuria, llamada también «raza vasca». A primera vista, parece que el número de cabezas fue bastante estable, ya que en 1821 y en 1921 el ganado ovino presentaba prácticamente las mismas cifras. Su distribución, sin embargo, sí que había cambiado, ya que las ovejas dejaron de estar presentes en las zonas de menor altitud. Apenas quedaban ovejas en los alrededores de Bayona y Biarritz, dada la introducción en las proximidades de las zonas urbanas del ganado vacuno. En cuanto al ganado ovino en las zonas más altas, las ovejas pasaron a ser mucho más numerosas que los corderos, especialmente a partir de 1905-1910. Entre otros motivos, por el desarrollo de las queserías de Roquefort. La primera fábrica de queso Roquefort se abrió en Tardets/Atharratze en 1902, y luego le siguieron otras. La producción de queso llegó a las 600 toneladas después de la guerra, para lo cual se precisaban 2.800.000 litros de leche. Las víctimas de ese desarrollo fueron los corderos, que se vendían para carne. Las ovejas viejas de reposición (atzar), engordadas, también tenían un buen mercado.

En los valles bajos aumentó el número de cerdos, sobre todo en las zonas bajas oceánicas —se dejaban en libertad, cuando era posible—, donde había landas, pastos y bosques ricos en bellotas y hayucos. Entre 1892 y 1921, el número de cerdos aumentó un 80 % en las inmediaciones de Bayona y Biarritz.

Los valles bajos pasaron a tener ganado bovino. Entre 1892 y 1921 representaba entre el 5 y el 25 % de la ganadería en las zonas montañosas, y entre el 65 y el 80 % en los valles bajos, cuya necesidad de carne, mantequilla y leche era mayor. Toda una serie de especulaciones se basaban en mercados especializados de terneros alimentados con leche, terneros de seis meses, vacas de reposición y vacas adiestradas. Cerca de Ustaritz, del Biduze y de los humedales, se estableció una ganadería más moderna. Se adiestraban para conseguir vacas de tiro, un medio de tracción a la sazón muy utilizado. En otras zonas, el engorde era otra forma de especulación, bajo modalidades complejas y entre los animales, un buen número se compraba en las Landas, en Béarn y en Chalosse. En cuanto a la leche, a partir de 1900 se crearon varias lecherías en el valle bajo del Adur, en Lahonce/Lehuntze, Urt/Ahurti y los municipios vecinos de las Landas. En las zonas montañosas se criaba la robusta raza pirenaica. No daba mucha leche, pero era capaz de realizar varios trabajos de tiro y, al mismo tiempo, de criar terneros y producir leche.

En las zonas ganaderas se mantuvo la apropiación colectiva de los pastos, más en el este que en el oeste: el 25 % en el cantón de Baigorri y el 50 % en Tardets. Estos pastos comunales pertenecían a antiguas asociaciones pastoriles o sindicatos pastoriles fundados a principios del siglo xix. La apropiación colectiva era muy escasa en las tierras bajas. Solían surgir conflictos en las fronteras, que se trataban de resolver mediante las facerías. Formalizadas a partir de la década de 1850, permitían la convivencia de los rebaños de ambos lados de la frontera. Los habitantes de Baigorri se quejaron de que salieron perjudicados por el tratado relativo al Quinto Real, pero enviaron no obstante 4.500 animales en 1909 y 4.588 en 1922.

Los terrenos comunales se utilizaban también para disponer de camas hechas de tojo y helecho, y de bellotas y hayucos para alimentar a los cerdos. No había desaparecido el trasmocho. Estaba muy extendida la técnica de las quemas controladas en marzo y abril, no solo en las montañas sino también en las tierras bajas, aunque se producían daños colaterales en los bosques.

Se seguía practicando la trashumancia. Con el despoblamiento de las zonas rurales a partir de 1914, el desarrollo de los prados naturales y artificiales y la producción de nabos y remolacha forrajera permitieron abandonar la trashumancia pirenaica, aunque se siguió practicando, pero mucho menos que en el sistema pirenaico-ibérico y en las vastas cañadas de trashumancia de la vertiente meridional. Al sur de la línea que trazan Esquiule/Eskiula, Chéraute/Sohüta, Pagolle/Pagola y Suhescun/Suhuskune, hasta el 80 % de las cabezas de ganado utilizaba los altxubide, principalmente ovejas, y menos del 10 % de ganado vacuno. La trashumancia empezaba temprano, a principios de mayo, ya que, para esas fechas, las tierras cultivables dejaban de estar disponibles para el ganado. Reflejaba una forma de oposición, en este caso complementaria, entre la ganadería y la agricultura. La rusticidad de la oveja, laxa o manex, y el clima oceánico favorecían esta salida temprana. La trashumancia solía realizarse en tres niveles de altitud, con cabañas en la parte baja (peko olhak), a media altura (arteko olhak) y a gran altitud (gaineko olhak). Ese escalonamiento permitía utilizar mayor superficie de pastos. Cuando, a finales de julio, a las ovejas apenas les quedaba leche y ya no se elaboraba queso, se las dejaba pastar, antes de bajarlas a más tardar a mediados de octubre. La trashumancia invernal era mucho menos intensa. A mediados del siglo xix, los pastores de Sainte-Engrâce/Santa Grazi dejaron de ir a Dax y a las Landas, y se contentaron con llevar sus rebaños hacia Tardets y Mauléon para un corto periodo. Del mismo modo, los municipios de Labort enviaban a sus animales hacia los humedales del Adur y el Nive. Incluso los pastores navarros de Aezkoa enviaban su ganado en 1914 al otro lado de la frontera política, a la parte baja de Labort y Baja Navarra.

Cuando se pasaba de las zonas montañosas a los valles más bajos, aumentaba la modernización, según disminuía la altitud y se acercaba a las ciudades. Lefebvre distingue tres zonas: la alta montaña, las montañas y las laderas medias, y las laderas y los valles bajos.

En la alta montaña y en los alrededores de los Arbailles/Arbaila, solo el 5 % de las tierras estaban dedicadas a la labranza (en pocos lugares llegaban al 15 %), mientras que los pastos y las landas representaban más del 50 %, y a veces incluso el 80%. A pesar de que hubo una cierta modernización en la alimentación del ganado, la cría y el modo de vida del ganadero seguían siendo bastante tradicionales. El ganado se mantenía lo menos posible en los establos o rediles, y la práctica de la trashumancia estaba muy extendida. Se mantenía el sistema de barbecho semianual, a pesar de algunos intentos de cultivos intercalados. Los agricultores confiaban más en el forraje y en los prados. Los valles altos de la Baja Navarra fueron más privilegiados que los suletinos, el maíz ocupó su lugar junto al trigo, y se introdujo la rotación de cultivos bienales. Aún no se utilizaban fertilizantes químicos.

En una segunda zona, la de las montañas y laderas medias, las tierras cultivadas ocupaban solo entre el 5 y el 15 % del terreno. Los agricultores seguían empleando el estiércol de la granja, en lugar de fosfatos. Predominaba la rotación de cultivos bienales, con alternancia de trigo y maíz, y cultivos intermedios de nabo y trébol. El rendimiento era mediocre, sobre todo en el caso del trigo. En cuanto al forraje, los agricultores seguían siendo prudentes en cuanto a la creación de praderas artificiales. La vid se utilizaba para el consumo doméstico, y con su fruto se elaboraba un vino de baja graduación alcohólica. La filoxera apareció por primera vez en 1876, y a partir de entonces en las épocas de sequía, sobre todo en 1908. La posterior introducción de variedades de uva americanas como la Noah no cambió la forma de cultivar las vides.

Por último, en una tercera zona, la de las laderas y los valles bajos, el modo de vida pastoril quedó subordinado al agrícola, debido a la presencia de las ciudades. En 1895 se produjo un gran cambio, con la irrupción de los fertilizantes químicos y las máquinas agrícolas, y aumentaron las tierras cultivadas, en detrimento de los bosques. La evolución se manifestó en la preponderancia de las tierras de cultivo —para trigo y maíz—, que pasaron a ocupar entre el 25 y el 35 % del territorio. El trigo estaba en clara condición de inferioridad con respecto al maíz: menos tierras, menos cuidados y menor productividad. En una zona cercana a Sara, Ainhoa y Urrugne/Urruña, en 1852 se destinaban las mismas hectáreas al trigo y al maíz; en 1919, sin embargo, las hectáreas dedicadas al maíz prácticamente doblaban a las del trigo. Los cultivos intermedios de nabo y trébol servían para alimentar al ganado. La remolacha se sembraba en agosto y se trasplantaba en invierno. A partir de 1914 comenzaron a desarrollarse de manera importante las praderas artificiales. También se aplicaba la rotación de cultivos de tres años, con un año de trigo, otro año de maíz y un tercer año de trébol o alfalfa; y a veces incluso de cuatro años, con la remolacha. La actividad pastoril no había desaparecido; algunos pueblos recibían en invierno los rebaños de zonas más altas. Los pastos comunales seguían permitiendo la presencia de ganado, para que se alimentara.

Durante la primera mitad del siglo xix, gracias a la desaparición de las hambrunas, la población aumentó. Más adelante, el País Vasco continental pasó de tener 160.000 habitantes en 1870 a 173.000 en 1913. Pero hubo notables contrastes. La población rural, a pesar de tener una elevada tasa de natalidad (25 ‰), se redujo seriamente, debido a la emigración y al éxodo rural. Zonas como Ostabarret/Oztibarre y Arberoue/Donamartiri perdieron el 30 % de su población entre 1876 y 1901. Además, con motivo de la emigración —significativa a partir de 1832—, el número de hombres de entre veinte y veinticuatro años fue muy inferior al de las mujeres. En el interior del país, la pérdida de población fue del 15 % entre 1851 y 1876, pero en la costa se produjo un incremento del 59 %.

La evolución demográfica variaba enormemente de un municipio a otro, al igual que el peso relativo de cada localidad. Bayona por sí sola tenía una mayor población que todas las capitales de los cantones del distrito juntas. Biarritz, por ejemplo, mucho menos poblada que Bayona al principio del periodo, con 3.500 habitantes en 1865, llegó casi a sextuplicar su población, llegando a los 22.955 habitantes en 1936. Hasparren, mucho más densa que San Juan de Luz en 1865, con 5.116 habitantes frente a 2.829, fue ampliamente rebasada, al quedarse con solo 5.138 habitantes en 1936, frente a los 8.737 de San Juan de Luz. No cabe duda de que estos cambios tan acusados contribuyeron a crear diferencias entre las perspectivas que tenían los habitantes de estos municipios. Cuanto más se adentraba hacia el interior, más se estancaba la población (Hasparren, como hemos visto, se quedó en aproximadamente 5.000 habitantes, y Ustaritz en unos 2.500), o incluso disminuía, como por ejemplo en Bidache/Bidaxune, que perdió a más del 40 % de su población. Algunos municipios de la costa, sin embargo, duplicaron y triplicaron su población. Entre 1900 y 1936, Anglet/Angelu pasó de tener 5.382 habitantes a 11.467, Le Boucau de 3.989 a 5.738 y Hendaya de 2.000 a 6.939. El caso de Bayona fue especial, ya que después de conocer un importante incremento de 1865 a 1900, pasando de 19.062 habitantes a 26.918, en el siglo xx tuvo un estancamiento relativo, con solo 31.727 habitantes en 1936, y el porcentaje de habitantes de Bayona respecto a la población de la costa tuvo una tendencia claramente decreciente. Bayona estuvo sujeta a servidumbres militares hasta 1907 y, curiosamente, crecía solo hacia el oeste, no río arriba, hacia el Adur y las zonas rurales. Hasta 1910, las tres cuartas partes de los habitantes estaban repartidas entre el Gran Bayona, el Pequeño Bayona y Saint-Esprit. Se creó entonces un movimiento hacia las afueras, que pasó a agrupar a más del 40 % de la población. En 1930 empezaron a construirse viviendas sociales en Lahubiague; pero Chiberta y la Chambre d’Amour, que se desarrollaron en ese momento, no pertenecían a Bayona, sino a Anglet.

Presentaremos aquí algunas notas sobre la vida municipal basándonos en los casos de Itxassou, Biarritz y Bayona, y destacaremos algún que otro aspecto de la vida política, social o cultural de las citadas localidades.

Xabier Itçaina ha analizado en la revista Lapurdum un manuscrito que perteneció a Guillaume Berrouet (1816-1890), alcalde de Itxassou. En 1866, Itxassou tenía una población de 1.434 habitantes y vivía de una economía rural, pastoril y agrícola, en la frontera con Navarra. Las costumbres estaban muy arraigadas en la comunidad y constituían una sólida base. El documento de -Berrouet muestra que el alcalde trabajaba en dos niveles. Por un lado, de cara al exterior, desarrollaba un trabajo político-administrativo muy importante para que los expedientes avanzasen en su tramitación; Berrouet demostró ser muy hábil en este sentido. Por otro lado, en el municipio, se ocupaba de resolver los litigios que surgían entre los miembros de la comunidad. Su enfoque era elitista y notabilista: un alcalde o dirigente tenía que vivir holgadamente. Fue nombrado alcalde por su posición social, adquirida gracias a la emigración. En efecto, varios vascos que partieron hacia las Américas amasaron un importante capital, y, de regreso a su país, algunos asumieron responsabilidades, como fue el caso de Berrouet. Aseguraba que consideraba los intereses del pueblo como suyos propios, adoptando así una visión paternalista de la función de alcalde, que se corresponde bastante bien con la época imperial. Sus decisiones contaban con la aprobación de los mayores terratenientes. El citado documento elogiaba su eficiencia en la gestión con un enfoque de modernización, mediante grandes obras, apertura al exterior y apoyo a la educación. El turismo ya comenzaba a estar presente: la primera novela en euskera, publicada en 1867 bajo el título Atheka gaitzeko oihartzunak, hacía referencia a una aldea de -Itxassou que recibía el nombre de «Paso de Rolando», y contribuyó a la explotación turística del paisaje y la identidad vasca.

Si el alcalde tenía que resolver las tensiones de la comunidad, sería porque la misma no era monolítica. Berrouet atacaba resueltamente a sus oponentes. Intentó controlar la religión y, por ejemplo, hizo que se apagaran las velas funerarias durante el ritual practicado en la iglesia o en el cementerio, aunque con relativo éxito porque iba en contra del antiguo vínculo entre casa, iglesia y cementerio. En los festejos del Corpus Christi, defendía más bien a los jóvenes. Itçaina muestra que el festejo no es solo un procedimiento de control social con respecto al matrimonio, sino que puede tener un carácter más político relacionado con la oposición entre rojos y blancos. Berrouet también tuvo que vérselas con los ganaderos que estaban a favor de la deforestación en los terrenos de mayor altitud de los barrios «altos», en contraposición a los «bajos», según un patrón de oposición entre el pastor ganadero y el agricultor que también existía en otros lugares. Los impuestos sobre las tierras de pastoreo también fueron un motivo de desacuerdo, y las facerías trataban de resolver los problemas de pastoreo a ambos lados de la frontera, como en muchas otras zonas fronterizas. Itçaina está en lo cierto al referirse a una sorda disidencia frente a la progresiva penetración del Estado y al señalar que, en este periodo y en este espacio, no hay ninguna inmovilidad destacable.

En cuanto a las facerías, lías y paserías, pronto tendremos a nuestra disposición la obra de Benjamin Duinat dedicada a la «línea divisoria». La Comisión Internacional de los Pirineos, creada en 1875, fue una organización fronteriza única en Europa (Poumarède, 1988 en Duinat, 2021), sin precedentes por su carácter permanente, su sede fija en Bayona y la asociación simétrica de representantes franceses y españoles. Aunque sí había una asimetría en el hecho de que la Administración francesa se implicaba mucho más que la española, más descuidada. Acorde con los tiempos, el centro de gravedad de las preocupaciones del gobierno se desplazó de Irati y los Aldudes al oeste del Bidasoa. El carlismo también estaba en juego con el contrabando de armas que el gobierno español quería frenar. El arresto de los barcos Saint-Pierre, Gracieuse y Juan el Cojo realizado por los carabineros en 1872 aceleró la creación de la citada Comisión. Además de estos problemas, también influyó el desarrollo del turismo; la construcción de una línea de ferrocarril en Larrun a partir de 1924 provocó algunos incidentes con la delimitación de la meseta de la cumbre. Pierre Loti, cuyo verdadero apellido era Viaud, comandante del barco Le Javelot, también peleó para que los salmones del Bidasoa no los pescaran solo los del sur del Bidasoa, que no es, como podemos ver, un río corto y tranquilo.

Después de Itxassou, en la frontera, se encuentra Biarritz, cuyo caso es muy diferente. La ciudad multiplicó por diez su población entre 1851 y 1936, pasando de 2.048 habitantes a 22.955. Las elecciones municipales acusaron la interferencia entre las cuestiones que concernían al Estado francés en general y los problemas que había que regular localmente, sobre la religión, la escuela, las finanzas y las cuestiones sociales después de 1914. Los municipios bonapartistas dominaron hasta 1888, en particular con el alcalde Jaulerry, amigo de Lavigerie. En 1888 ganaron los republicanos. Después de la guerra, llegó al poder Joseph Petit, opositor a la coalición de izquierdas, el Cartel des Gauches. En 1929, Hirigoyen, de izquierdas, inició una cierta democratización. Fue uno de los pocos dirigentes políticos que se posicionaron a favor de los refugiados vascos en 1936.

El turismo transformó la ciudad; así recoge Pierre Laborde los distintos periodos: 1. Inicios del turismo bajo la Restauración y el Segundo Imperio. 2. Consolidación del turismo en el último cuarto del siglo xix y principios del xx, con la transformación del paseo marítimo, la construcción de baños y del casino Bellevue. 3. Los locos años veinte, caracterizados por el turismo aristocrático, que impulsó el desarrollo de la capacidad hotelera, las instalaciones de ocio y sanitarias, y una fuerte política publicitaria a favor del turismo, junto con grandes operaciones inmobiliarias. 4. Dificultades en la década de 1930. Entre los recién llegados, hay que citar a los rusos, que construyeron una iglesia ortodoxa. Su afluencia estaba vinculada a los acontecimientos de 1917; entre ellos, hay que destacar al músico Stravinsky y a Nabokov, todavía niño.

En cuanto a la vida municipal en Bayona, contamos con un estudio detallado de Jean-Claude Larronde, que acierta al insistir en el hecho de que estas elecciones fueron eminentemente políticas. Se opusieron a los conservadores y a los republicanos «oportunistas» de 1884 a 1904, y luego a los republicanos «oportunistas» y «radicales» a partir de 1908. Los principales acontecimientos tuvieron lugar en 1888 con el triunfo de Léo Pouzac, un republicano «oportunista», y en 1908 con la llegada de los radicales con Joseph Garat y su posterior fracaso en 1934 tras el asunto Stavisky. Los radicales recuperaron el ayuntamiento en 1935.

La elección de los alcaldes estaba regulada por las leyes de 1882 y 1884. En 1879, Jules Grévy se convirtió en presidente de la República francesa, con una mayoría republicana que también ganó en Bayona en 1880 con Théodore Plantié.

La comunidad judía se alineó en bloque con la República. Expulsada de España y Portugal en 1492 y 1496, llevaba mucho tiempo arraigada en el País Vasco. En 1823, el 23 % de los habitantes de Saint-Esprit eran israelitas y se declaraban judíos. En 1845 se dictó un reglamento para la escuela primaria de niñas judías en Saint-Esprit-lès-Bayonne. Saint-Esprit era entonces un municipio de las Landas que se anexionó a Bayona en 1857. La comunidad tenía una relación diferente con la religión en general, con la educación y con el régimen. Solía tener representación en el consejo municipal.

En las elecciones legislativas de 1881, un nuevo avance republicano impulsó a Plantié, que obtuvo un 55,3 % frente al 44,7 % del monárquico Laborde-Noguez. El otro ganador fue Jules Labat, antiguo alcalde de Bayona. En las elecciones al Senado de 1882, los tres escaños del departamento fueron ocupados por los republicanos. En mayo de 1884, las elecciones se centraron en si se secularizaban o no las escuelas confesionales; los republicanos estaban divididos sobre la conveniencia de esta secularización y el plazo para imponerla; ganaron con Jacques Porte. Arreciaron las dimisiones y se celebraron elecciones parciales en 1885, siendo elegido Jacques-Édouard Viard. En las elecciones al Senado de abril de 1885, el republicano de Bayona Théodore Plantié fue elegido senador por delante del general Bourbaki. Sin embargo, en las elecciones legislativas de 1885, los conservadores ganaron todos los escaños del departamento. Esa dura derrota de los republicanos tuvo una enorme repercusión. No obstante, la ciudad de Bayona había votado a los republicanos y, en 1886, Bayona envió a dos consejeros generales republicanos al departamento, Ernest Lafont, y Seraphin Haulon, que se impusieron a Jules Labat y León Guichenné. En las elecciones municipales se enfrentaron tres listas; entre ellas, dos listas de republicanos, la de los «moderados» y la de los «radicales». Fue elegido alcalde el abogado Léo Pouzac. A pesar de ser republicano, no tardó en restablecer las procesiones religiosas en Bayona. La elección del Dr. Camille Delvaille, de religión judía, fue anulada, pero volvió a ser reelegido, a pesar de que se publicara una campaña de prensa en la Semaine de Bayonne contra las convicciones religiosas de Delvaille, presentándolo como «un judío laico y extranjero», un «representante del Estado y del becerro de oro». En 1882, Bayona 1 se inclinó hacia la izquierda en las elecciones legislativas, con un 52,1 % de los votos a favor de Haulon frente a Laborde-Noguez, y Plantié fue elegido fácilmente senador en 1890. Los republicanos ganaron de nuevo las legislativas de 1890 con Lafont. En 1892, el primer punto del programa de los conservadores seguía siendo protestar «contra la odiosa ley de secularización de la enseñanza primaria». Pero los republicanos vencieron claramente con Léo Pouzac.

En 1895 surgió una polémica por las corridas de toros, al prohibir el prefecto del departamento este tipo de espectáculos y estar programada una corrida en Bayona con el torero guipuzcoano Luis Mazzantini y Eguia. Para mostrar su desacuerdo con la decisión de la prefectura, todo el consejo municipal de Bayona dimitió en bloque y declaró que organizaría la corrida en San Sebastián en lugar de en Bayona. Se celebraron nuevas elecciones y la lista fue reelegida con el 88,8 % de los votos, ya que las corridas parecían haber unido a los votantes republicanos y conservadores.

El predominio republicano se mantuvo en las elecciones legislativas de 1893, en las que salió elegido Lafont; en 1896 tomó el relevo otro republicano, Jules Legrand, reelegido en 1898. En las elecciones municipales de 1896 fue reelegido Pouzac, también republicano. En 1900, las elecciones se celebraron poco después del caso Dreyfus. Para los conservadores, el capitán era una deshonra. Sin embargo, volvió a ser reelegido Pouzac y entró en política el joven Joseph Garat, abogado, que tuvo una larga carrera hasta 1934, año en el que se produjo su dramática caída con el asunto Stavisky. Pouzac fue reelegido en 1904. En las legislativas de 1905 salió elegido Guichenné, conservador, y sustituyó al diputado de Hasparren Harriague Saint-Martin en Bayona 2, mientras que Jules Legrand, republicano, ganó en Bayona 1. En 1907, Joseph Garat, republicano, quiso afianzarse presentándose a las elecciones cantonales contra el alcalde de Anglet, Nicolas Le Barrillier, un republicano moderado, pero fue este último quien ganó con claridad.

En los años que precedieron a las elecciones municipales de 1908 se produjo en Bayona un acercamiento entre republicanos y conservadores, de modo que en la «lista republicana y de los intereses de Bayona», dirigida por Léo Pouzac, había cinco conservadores, llamados «liberales». Otra lista, la «lista republicana, radical y radical-socialista» estaba dirigida por la oposición, con Joseph Garat, Etienne Ritou, Pierre Simonet y Jean-Baptiste Dolhats. Una tercera lista, la «lista socialista», incluía al doctor Elosu (conocido por sus posiciones inconformistas) y a Cabannes. Se trataba de las primeras elecciones municipales después de la separación de la Iglesia y el Estado. Sin embargo, a pesar de la alianza entre republicanos y conservadores encabezada por Pouzac, alcalde de Bayona desde hacía veinte años, esta lista perdió las elecciones y el cabeza de lista «radical republicana y radical-socialista» ganó Bayona holgadamente. Fue elegido alcalde Joseph Garat. Los radicales continuaban afianzándose, con tres senadores de izquierdas en el departamento en 1909: Catalogne, Faisans y Forsans. En la legislatura de 1910 triunfaron los mismos radicales, con Joseph Garat y Étienne Ritou en Bayona 1 y 2. Joseph Garat también fue elegido miembro del Consejo General. En el año 1912 no se produjo ningún cambio significativo en el equipo municipal de Bayona, compuesto únicamente por radicales. Garat fue elegido diputado en 1914. En Bayona 2, fue el conservador Guichenné quien ganó las elecciones. En ese momento, estalló la guerra de 1914.

Después de 1914, las siguientes elecciones legislativas y municipales se celebraron a finales de 1919. En los distritos de Bayona y Mauléon, los conservadores Ybarnegaray, Guichenné y Choribit ganaron ampliamente. Joseph Garat no pudo resistir al movimiento que instaló en el parlamento una Cámara llamada «bleu horizon [horizonte azul]». En las elecciones municipales se presentaron cuatro listas, pero Garat no estaba en ninguna de ellas. Fue elegido alcalde Étienne Ritou, un abogado que se presentaba en la lista de los republicanos moderados opuestos a Garat.

Pero en las elecciones de 1924, Garat recuperó su puesto de diputado y se sumó en el parlamento a la mayoría formada por la coalición de izquierdas, el Cartel des Gauches, en contra del Bloque Nacional. Inmediatamente después, en 1925, volvió a ser alcalde de Bayona. Eran buenos tiempos para Garat: fue reelegido diputado en 1928 y consejero general ese mismo año, después alcalde de nuevo en 1929, otra vez diputado en 1932 y alcalde en 1934. Pero la Roca Tarpeya le estaba esperando, con el estallido del asunto Stavisky. Además de la caída de Garat, que fue encarcelado en la Villa Chagrin, el asunto provocó cuatro elecciones parciales en Bayona. Al final, el partido radical-socialista de Garat perdió la ciudad de Bayona frente a los republicanos moderados y centristas con el doctor Lafourcade a la cabeza. Al año siguiente, en 1935, Pierre Simonet tomó el relevo a Garat. Simonet fue uno de los primeros y pocos dirigentes políticos que tomó partido por los refugiados que huían de la guerra en 1936.

Presentemos ahora algunas pocas notas sobre la vida social, cultural y deportiva de Bayona. Señalaremos cómo todos los inventos técnicos atraían al público, ya fuera el cine —cuyas primeras imágenes se proyectaron en la fiesta del Glacis y luego en la Feria— o el primer vuelo sobre Bayona, en 1910, realizado por un avión que despegó desde un pequeño aeródromo en la Chambre d’Amour. En cuanto a los deportes, el ciclismo tenía un gran éxito: había un velódromo en el Glacis y hubo excelentes corredores de Bayona que ganaron las grandes clásicas (París-Roubaix) o el Tour de Francia (Paul Maye y los hermanos Lapébie). También se desarrolló el deporte a nivel laico. El club de rugby más importante fue el Aviron Bayonnais, que surgió a partir de una escisión de la Société Nautique. Enseguida se hizo un nombre, por el prestigio que adquirió, con sus colores azul y blanco, al ser proclamado tres veces campeón de Francia: 1913, 1934 y 1943. El equipo campeón en 1913 quedó diezmado por la guerra pero volvió a proclamarse campeón en 1934 venciendo al Biarritz Olimpique. Este, por su parte, ha sido campeón de Francia en cinco ocasiones, 1935, 1939, 2002, 2005 y 2006. Los estadios de ambos equipos no distan ni cinco kilómetros. La Asociación Deportiva de Bayona reunía también a toda una clase de bayoneses. Sin embargo, la Iglesia estaba lejos de haber perdido el control de las actividades deportivas en los patronatos, que eran lugares de socialización a través del deporte, la música y la religión, en el ámbito de las parroquias, en instituciones como los Chérubinots, los Croisés de Saint-André o la Vigilante en Saint-Esprit, pero también en las ciudades vecinas como el Jeanne d’Arc de Biarritz o el Arin de San Juan de Luz. El fútbol era, junto con la gimnasia, la disciplina deportiva más practicada. La música corría a cargo de las bandas de estos patronatos, que animaban todas las fiestas.

En el plano cultural, se inauguró en Bayona en 1924 el Museo Vasco y de Tradición Popular, que reunió a una intelectualidad cuya producción aumentó poco a poco. En cuanto a la música, tenemos en Ciboure/Ziburu al gran Maurice Ravel. En cuanto a la pintura, se desarrolló con Léon Bonnat (cuyas donaciones permitieron la creación de una notable colección en el museo que lleva su nombre) una «escuela de Bayona», en la que destaca sobre todo Denis Etcheverry. También hay que citar a Georges Bergès, Caro Delvaille y Gabriel Roby. Los dos últimos eran tíos de Claude Lévi-Strauss, ya que estaban casados con las hermanas de la madre del ilustre antropólogo, cuya familia se retiró a Bayona dejando atrás Alsacia, después de 1870.

En un plano más modesto, el teatro era una actividad muy popular, sobre todo gracias a Carlito Oyarzun y Benjamín Gómez, al que se considera creador de las fiestas de Bayona tal y como las conocemos hoy en día, y que demuestran claramente el proceso de secularización de la vida social y el ocio. La fiesta patronal religiosa se celebraba en honor a San León. Philippe Steiner describe muy bien cómo se inauguraron las «fiestas tradicionales de Bayona» el 13 de julio de 1932. Existía un comité de fiestas laico, creado en 1912, y que había retomado su actividad en 1925. Las fiestas se organizaron gracias, sobre todo, al trabajo de Benjamín Gómez, miembro de una antigua familia judía de Saint-Esprit, arquitecto como su hermano, acuarelista y autor de obras de teatro muy populares en Bayona, cuyo título, al menos, está en gascón bayonés: la Meusclagne, Hougna Hougna. Tuvo la habilidad de vincular la cultura vasca (incluida la música) y la gascona en el programa de estas fiestas, de crear un mercado callejero y de proponer que la fiesta durara cinco días. El acontecimiento dejó su impronta en Bayona, de la misma manera que las fiestas de San Fermín lo hacen en Pamplona.

Dediquemos ahora unas líneas a la historiografía de la época, especialmente del periodo anterior a la guerra. Basándose en un pormenorizado análisis de revistas, artículos y obras sobre la historia, Manex Goyenetche sugiere que, a partir de 1870, se produjo en el País Vasco una «eclosión de la historiografía».

El nacimiento de una serie de revistas da fe de ese movimiento. En 1841 se crea el Bulletin de la Société des Sciences, Lettres et Arts de Pau, aunque deja de publicarse en 1844. En Bayona surgirá después otra revista de título similar. La Revue Aquitaine se publicó de 1857 a 1869, en Condom, en el centro de Novempopulania, e intentó que la historia vasca y el euskera ocuparan un destacado lugar, por voluntad de su director, Jean Noulens. El Bulletin du Comité d’Histoire et d’Archéologie, que surgió en 1860, estaba destinado a toda la provincia eclesiástica de Auch, incluido el País Vasco. En 1864 pasó a ser la Revue de Gascogne. En Bayona se creó en 1873 el Bulletin de la Société des Sciences et Arts de Bayonne, después de que se constituyera una Sociedad para la exploración de las cuevas de Bayona. La Revue du Béarn, Navarre et Lannes fue creada en 1883. Los clérigos fundaron en 1892 la revista Études historiques et religieuses du diocèse de Bayonne. Por tanto, dos de esas seis revistas fueron creadas por iniciativa de la Iglesia, lo que demuestra claramente su intención de ocupar el campo de la historiografía aquitana y vasca. Sin embargo, en estas revistas son menos los artículos que se publican relacionados con la historia que los dedicados a los problemas lingüísticos. No se trata solo de una tendencia local: Goyenetche señala que el Bulletin de la Société Anthropologique de Paris, en las mismas fechas, publicó diez artículos sobre la lengua vasca y tres sobre la historia. La Revue bibliographique de philologie et d’histoire no incluía ningún artículo sobre… historia. Goyenetche intenta explicar ese desajuste por la ausencia de una sólida conciencia histórica. De hecho, antes de 1870, habían empezado a publicarse fuera del País Vasco importantes artículos sobre la historia vasca, por ejemplo en los Annales archéologiques, en la Bibliothèque de l’École des Chartes, o en el Bulletin des Comités historiques, que publicó un artículo de Genestet de Chairac, natural de Bayona e inspector de monumentos históricos, que más tarde sería bibliotecario de Bayona.

Por tanto, las revistas que hemos citado antes apenas se iniciaron en el campo de la historiografía, pero a partir de 1850 la producción de libros de historia aumentó. Tras el periodo ilustrado por Chaho, el abad Larran y los hermanos Duvoisin, aparecieron nuevos estudiosos, tales como Justin Cénac-Montaut, Francisque-Michel, Alexandre Baudrimont, Adolphe Didron y Francisque Habasque. A partir de 1870, se publicó una obra histórica por año, y cuatro a partir de 1891. En cuanto al número de artículos históricos en las revistas, aumentaron de tres al año en 1871 a 18 al año a partir de 1891. Además, Bayona se convirtió gradualmente en el centro de la producción histórica, por delante de Pau y París. Esa producción no surgió ex nihilo, y las grandes corrientes historiográficas de la época tuvieron su eco en las obras publicadas en el País Vasco. Por ejemplo, la escuela historiográfica alemana influyó en Baudrimont, pero también la Revue d’Aquitaine, que incluía los puntos de vista de Augustin Thierry. La escuela de Lamennais estaba presente en la Revue de Gascogne. Otras veces se tomaba simplemente París como modelo; por ejemplo, en la BSSLAP. El trabajo de los archiveros de Bayona, con Jules Balasque, Eugène Daguerre-Dospital y Édouard Dulaurens, es deudor del esfuerzo que realizaron a favor de la historia Guizot, A. Thierry, Michelet y también Ravignan. Antoine d’Abbadie está también presente en las obras de Pierre Haristoy, Charles Bernadou, Jean Duvoisin, Jean de Jaurgain y Henry Poydenot. Todo ello se debe al desarrollo de estudios literarios, sociales y humanos como los concursos de poesía vasca promovidos por Antoine d’Abbadie, los Juegos Florales dirigidos por Julien Vinson, el congreso arqueológico de 1888 y los intercambios con Gipuzkoa y Navarra. El Congreso de la Tradición Vasca en San Juan de Luz, organizado en 1897 por la Sociedad de Etnografía Nacional y Arte Popular, no mostró gran audacia de pensamiento, pero intervinieron en el mismo J. de Jaurgain, E. Ducéré, P. Haristoy, Ch. Bernadou y G. Berdeco. Por último, en 1900 se celebró en París el Congreso Internacional de Estudios Vascos.

Manex Goyenetche destaca acertadamente el papel de las infraestructuras en el desarrollo de la producción historiográfica. La Iglesia contribuyó a ello, especialmente a través del seminario de Larressore. En las instituciones públicas, fue el municipio de Bayona el que estuvo a la vanguardia, al clasificar e inventariar sus archivos y abrir una biblioteca municipal en 1851. La Société Philomatique realizó una actividad de mecenazgo con el banquero de Bayona Arnaud Détroyat.

A principios del siglo xx fallecieron diez historiadores destacados: Bladé, Haristoy, Bernadou, Inchauspé, Arbelbide, O’Shea, Ducéré, Jaurgain, Yturbide y Labrouche. El periodo fue dominado por el eclesiástico Victor Dubarat y por Jean-Félix Larrieu, fallecido en 1941.

La composición sociológica de los historiadores se amplió a partir de 1870 con la inclusión de universitarios, miembros de profesiones liberales, comerciantes, funcionarios, clérigos, militares, nobles o aristócratas y banqueros, cuyos motivos eran variados (afición, elaborar armas ideológicas, contribuir al esplendor de la ciudad, complemento obligado de una actividad social o diplomática…), pero la novedad estuvo sin duda en la profesionalización de algunos de ellos, civiles o eclesiásticos. Se entremezclaron las confesiones y opiniones, con judíos como Henry Léon, Edmond Levy, C. Delvaille, A. Gómez, Astruc, o masones como J. Portes, P. Larribière, G. Silva, P. Guichené, J. B. Moliné, V. Biraben, o católicos, los más numerosos, o monárquicos como Antoine d’Abbadie, Pierre Yturbide, Arnaud Détroyat y Charles Bernadou. Cabe señalar la ausencia de mujeres historiadoras.

Podemos considerar, como Manex Goyenetche y Jean-Michel Bedecarrax, que desde 1870 la Iglesia había puesto en marcha una estrategia concertada y organizada para valerse de la historia como si de un arma se tratara en el campo ideológico, en particular en lo referente a la herencia de la Revolución. Esta escuela historiográfica cobró fuerza con Pierre Haristoy y Victor Dubarat. La importante obra de Haristoy, Les paroisses du Pays basque pendant la période révolutionnaire, publicada en 1895, y otros estudios históricos, intentaron proporcionar elementos al clero vasco que quería cuestionar la Revolución. Al mismo tiempo, Dubarat desarrolló un ataque bastante agresivo contra el protestantismo y la Reforma, en particular sobre los acontecimientos ocurridos durante las guerras de religión en Orthez y Pau, por ejemplo. Lideró de este modo la lucha contra el racionalismo positivista y los enemigos de la Iglesia (los contemporáneos Comte, Darwin y Renan) y también contra los protestantes. Por otra parte, la Iglesia comprendió la necesidad de reforzar la formación intelectual de su clero introduciendo a partir de 1894 cursos sobre la «apología científica de la fe» y sobre el «movimiento religioso y social», siguiendo las directrices impartidas por León XIII en su encíclica de 1893. Dubarat reclamó la presencia de doctores en letras, ciencias y teología en el clero. Era consciente de que se enfrentaba a un combate duro y de que la Iglesia no podía permitirse ofrecer una educación mediocre, inferior a la de la universidad pública. En consecuencia, y a falta de una universidad en el País Vasco continental, la Iglesia no hizo sino reforzar su lugar en la historiografía. La mayor parte de los estudios se centraban en la Revolución francesa y la Reforma protestante. Otro campo era el de la hagiografía (San León y Santa Engracia), que armaba a la Iglesia católica contra el protestantismo, caracterizado por el rechazo del culto y la comunión de los santos, y Dubarat puso todo su empeño en contrarrestar al pastor protestante Léon Cadier, a quien convirtió en su cabeza de turco. En cuanto a la Revolución francesa, la obra de Haristoy se aparta a menudo del método histórico, a pesar de que utilizó abundantemente los manuscritos que Jean Duvoisin puso a su disposición. Goyenetche también desmonta la total invención creada sobre una tal Madeleine Larralde, supuesta heroína de Sara que fue guillotinada en 1794. No se trata de negar los atropellos que cometió la Revolución, en particular en Sara, pero la historia de Larralde es un «fraude más o menos consciente».

En general, hay que tener en cuenta que la Iglesia ya tenía desde antes de 1914 una red de intelectuales que estaban entre los mejores del momento. Las demás categorías profesionales aportaron una contribución más modesta. Entre los nobles, Jean de Jaurgain buscaba en el conocimiento o la evocación del pasado el restablecimiento del culto a los antepasados y a las antiguas líneas nobiliarias que consideraba como un elemento de restauración cultural. Antoine d’Abbadie y el marqués de Folin actuaron como colaboradores, pero no publicaron ninguna obra histórica. Hubo académicos que estudiaron el País Vasco, como Adolphe Didron, Devron, Achille Luchaire, François Mazure, Georges Desdevizes du Dézert, Francisque-Michel o Prosper Boissonade. Entre los bibliotecarios-archiveros, hay que destacar a partir de 1860 las herramientas de trabajo elaboradas por Balasque y Dulaurens. Un buen número de historiadores eran «bayoneses», nacidos en la ciudad o residentes en ella durante mucho tiempo, como Dubarat, Ducéré, Poydenot, Haristoy, Léon, Yturbide, Blay de Gaix, Poydenot o Bernadou, y a menudo se volcaron en monografías sobre la ciudad de Bayona y su origen. Uno de los leitmotiv de Manex -Goyenetche ha sido mostrar la necesidad de lo urbano para desarrollar una cultura o una civilización: la importancia de Bayona en la historiografía le da, sin duda, la razón.

A pesar de las limitaciones, como la importancia de los estudios filológicos que reducen el campo de Clío o la tentación del historiador de deslizarse hacia un género literario, tuvo lugar en este periodo un innegable desarrollo de la historiografía vasca.

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