Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores de vasconia continental

Obras y autores de vasconia continental: Introducción.

Trayectoria

En el siglo XVIII estalló una revolución intelectual en Francia que provocó una gran convulsión en el orden establecido. En esa vasta reforma del pensamiento, los filósofos pasaron a ocupar un primer plano, así como los fisiócratas en el ámbito económico. Sus ideas tuvieron una gran relevancia y una amplia difusión. Se publicaron cantidad de escritos de todo tipo. Los primeros periódicos diarios incidieron también considerablemente en la formación de la opinión pública. Autores como Fénelon y Montesquieu elogiaron la naturaleza de los cuerpos intermediarios naturales que tenían los países de Estados y otros países autónomos. Tales escritos daban lugar a discusiones y debates en salones, clubes, cafés, etc., en los que se realizaban lecturas públicas.

Más de 50 Academias Provinciales difundieron estas ideas en las provincias. A lo largo del siglo surgieron muchas logias masónicas, la primera de las cuales se fundó en 1726 en París, y propagaron las nuevas ideas.

Esas críticas y reivindicaciones llegaron hasta la Corte y el rey Luis XV introdujo algunas reformas, pero al ser excesivamente parciales y demasiado tardías, terminaron por fracasar. No solo eso, sino que provocaron una fuerte resistencia reaccionaria que Luis XVI fue incapaz de solventar.

En cualquier caso, la situación general era mejor en los países de Estados que en los países de elecciones. El marqués de Mirabeau, conocido como el amigo del hombre, abogó desde el primer momento por la creación de asambleas provinciales por todo el reino. Su proyecto fue retomado en 1775 por Dupont de Nemours y en 1778 Necker lo llevó a la práctica, cuando aceptó la Dirección General de Finanzas. Esta tentativa, aunque fracasó por la oposición del Parlamento de París y de los intendentes, fervientes defensores de la centralización administrativa, la recuperaría más adelante Calonne, sucesor de Necker en el control general de las finanzas, e inspiró la reforma de 1787. Se crearon y pusieron en marcha asambleas provinciales en todo el reino. Pero el 8 de agosto del año siguiente fueron convocados los Estados Generales.

La reforma de la estructura administrativa del reino había despertado a lo largo y ancho de Francia el espíritu regionalista. Muchas provincias, como por ejemplo el Delfinado, reivindicaron el restablecimiento de los antiguos Estados particulares, y todos los países de Estados defendieron su régimen privilegiado.

En Labort, los miembros del Tercer Estado, en el art. 47 de su cuaderno de quejas, redactado para los Estados Generales, declaraban estar «bastante satisfechos» con el régimen y aseguraban que modificarlo les infundía «cierto temor». Los habitantes de Sola exigían la abolición de las cartas patentes de 1730, que habían suprimido el Silviet, y el reconocimiento de sus privilegios. En cuanto a los navarros, tras negarse a obedecer la citación real, alegando que Navarra no era una provincia del reino de Francia, sino un reino independiente, enviaron una delegación al rey para presentarle su cuaderno de agravios, en el que solicitaban la reparación de todos los atropellos que el rey y sus súbditos realizaron en sus privilegios desde 1620, así como la declaración de independencia de su reino.

Pero los Estados Generales, reunidos en 1789, estaban formados en gran parte por aristócratas y burgueses liberales, partidarios de las nuevas ideas y sometidos al Partido patriota, uno de cuyos líderes era el abad Sièyes, que condenaba todos los privilegios y sostenía que «todos los privilegios son, por su propia naturaleza, injustos y odiosos, y están en contradicción con el fin supremo de toda sociedad política».

Y la famosa noche del 4 de agosto votaron —también los hermanos Garat, diputados del Tercer Estado de Labort— a favor de la abolición de todos los privilegios. Pese a las protestas de la provincia, desaparecieron el Biltzar y las instituciones vascas de Sola y de Navarra.

Para alcanzar la unidad nacional, dividieron Francia geométricamente en departamentos lo más anónimos posible, con el objetivo de «absorber en la mayor parte lo que quedaba de las antiguas patrias provinciales».

En virtud del Decreto de 4 de marzo de 1790, las tres provincias vascas de Francia quedaron ligadas al Bearn y pasaron a formar el departamento de los Bajos Pirineos, dividido en seis distritos, con Pau como capital. La Nación francesa, una e indivisible, engulló a las provincias vascas, con sus instituciones y autonomía. La tradicional democracia vasca fue reemplazada por un régimen censitario donde solo los más adinerados tenían derecho de voto y una minoría de entre ellos era elegible.

De esta manera culminaron los revolucionarios la obra unificadora de la Monarquía. En nombre de una libertad y de una democracia abstractas que desembocaron en Robespierre y en Napoleón, una minoría de ideólogos aniquilaron las libertades reales de la secular democracia vasca.

El 10 de agosto de 1792, la venganza de los sans culottes llevó al poder a Robespierre, quien estableció el sufragio universal y quiso democratizar no solo la propiedad, sino también la sociedad en su conjunto. Para poder materializar su proyecto y salvaguardar los logros de la Revolución que se veían amenazados, centralizó el poder todo cuanto pudo e instauró el Terror. Su partido, el de los «montañeses» o «jacobinos», llamado así por el antiguo convento jacobino en el que se reunían, dominaba la Asamblea.

Abolida la Monarquía, el 21 de septiembre de 1792 se proclamó la República. El 21 de enero de 1793 tuvo lugar la ejecución de Luis XVI, hecho que provocó numerosas protestas. Pero la dictadura de los «montañeses» no toleraba la más mínima oposición. Pese a constituir una minoría, eliminaron a sus adversarios; en particular, a los «girondinos», defensores de las antiguas provincias. Los «jacobinos», solos en el poder, impusieron sus reformas, todas ellas centralizadoras, e hicieron reinar el Terror en las provincias disidentes, especialmente en el País Vasco, donde la guillotina instalada en la Plaza de la Libertad de Bayona y San Juan de Luz fue empleada en varias ocasiones.

Desaparecía así la centenaria democracia vasca, junto con todas las instituciones de las provincias. Tras la caída de Robespierre y sus adeptos, el 9 de termidor del año II (7 de julio de 1794) se restableció el sufragio censitario, y el 18 de brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799) surgió un nuevo dictador, personificado en la figura de Napoleón Bonaparte. Si bien es cierto que el sufragio universal fue restablecido, tuvo un carácter bastante más débil que en épocas precedentes; fue más bien una especie de simulacro de sufragio universal que condujo, al igual que el régimen censitario, a la designación de notables.

Una última tentativa de salvar la identidad política del País Vasco septentrional tuvo lugar a comienzos del siglo xix. Aprovechando la restauración del Imperio por Napoleón, el diputado Garat escribió en 1808 a Savary, duque de Rovigo, quien mandaba el ejército francés en España, para pedirle la autonomía de los vascos en el seno de un Estado que reuniera a las siete provincias, federado en la Europa napoleónica.

Pero la Europa de Napoleón resultó efímera. Se sucedieron en Francia diferentes regímenes entre 1814 y 1848. La brecha que separaba el Estado oficial y el país real se volvió cada vez más profunda, circunstancia que llevaría al nacimiento del socialismo, al fin del régimen censitario y al regreso del sufragio universal. La revolución de 1848 fue, sin embargo, una revolución fallida. Los notables del difunto régimen censitario se erigieron en feroces reaccionarios e hicieron fracasar todas las reformas. Frente a las iniciativas de una Asamblea reaccionaria, Luis Napoleón Bonaparte se alzó en defensa del sufragio universal. Sería el pretexto para el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. Napoleón III restableció el sufragio universal, que es el actualmente vigente, pero con una importante diferencia, si lo comparamos con el régimen democrático vasco, y es que el mandato de nuestros diputados, a todos los niveles, es de carácter representativo, hecho que descarta la posibilidad de realizar consultas populares.

Los viejos territorios de Labort, Baja Navarra y Sola, desprovistos de sus instituciones históricas, apenas tuvieron fuerza en los tres primeros tercios del siglo xx para desarrollar una historiografía ni una doctrina política sobre su propio derecho e instituciones. Tuvo que exiliarse un vizcaíno, el afrancesado Juan Antonio de Zamácola, para publicar en Auch, en 1918, su Historia de las naciones bascas de una y otra parte del Pirineo Septentrional y costas del mar Cantábrico, desde sus primeros pobladores hasta nuestros días. Con la descripción, carácter, fueros, usos, costumbres y leyes de cada uno de los estados Bascos que hoy existen. Dividida en varias épocas, en tres volúmenes. Años después, sería el abate D’Iharce de Bidassouet el encargado de mirar también hacia la Vasconia meridional, con su Histoire des Cantabres ou des premiers colons de toute l’Europe, avec celle des basques leurs descendents directes, qui existent encore, et leur langue asiatiquebasque. Traduite et reduite aux principes de la langue française (Paris, 1825). Este y otros autores posteriores continuaban centrando su interés en el estudio de la Edad Media y el mito cantabrista. En esta época sobresalen, en todo caso, autores como Agosti Chaho, y su idea, a través de la historia, de lograr la unidad de los vascos, como puede comprobarse en su Histoire primitive des euskariens-basques, langue poesie, moeurs et caractere de ce peuple (Madrid y Bayonne, 1847), o la publicada ese mismo año por el vizconde de Belsunce, su Histoire des basques depuis leur établissement dans les Pyrénées occidentales jusqu’à nos jours, en dos volúmenes (Bayonne, 1847). Otros autores y obras relevantes fueron A. Braudimont y su Histoire des basques ou Escualdunais primitifs, restaurée d’après la langue, les caracteres ethnologiques et les moeurs des basques actuels (Paris, 1854), Cenac Moncaut y su Histoire des pyrénées et des rapports internationaux de la France avec l’Espagne (Paris, 1853-1855, 5 vols.), reeditada con el título Histoire des peuples et des états pyrénéens (France et Espagne) (1860), Dominique Joseph Garat y su Origines des Basques de France et d’Espagne (Paris, 1869), o Jean-François Bladé, Études sur les origines des basques (Paris, 1869).

Bibliografía

Goyhenetche, M., Historia general del País Vasco. A las puertas de la sociedad moderna, Donostia: Ttartalo, 2005.

Haristoy, P., Recherches historiques sur le Pays Basque, Bayonne, 1883, 2 vols.

Lafourcade, M., «La démocratie basque», vol. 8, núm. 19 (2010), pp. 171-209.

Larronde, J. C., «Protesta de los vascos, con ocasión de la creación del Departamento de los Bajos Pirineos (1789-1790)», Muga, 14 (marzo 1980), pp. 44-53.

Veyrin, P., Les Basques de Labourd, de Soule et de Basse-Navarre. Leur histoire et leurs traditions, Grenoble: Arthaud, 1947. Reed. Bayonne: Musée Basque, 1974.

Proyecto financiado por los fondos Next Generation EU en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno de España


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