Trayectoria
Al igual que en Bizkaia y Gipuzkoa, la Ley de 21 de julio de 1876 supuso un antes y un después en la historia política e institucional de Álava. Esta norma legal no abolía formalmente los Fueros, sino solo las exenciones militar y fiscal, pero, en la práctica, en 1877 se produjo el desmantelamiento total de las instituciones tradicionales de las tres «Provincias Vascongadas» (las Juntas Generales y la Diputación Foral, sustituida por una Diputación Provincial). Nada pudo hacer para impedir este cambio la resistencia de los fueristas intransigentes, representados, en el caso alavés, por el último diputado general de la etapa foral, Domingo Martínez de Aragón, y por el diputado a Cortes Mateo Benigno de Moraza, autor de un memorable discurso en el Congreso en el que clamó infructuosamente por la conservación de los Fueros.
En 1878 la implantación del Concierto Económico devolvió a las tres provincias su autonomía tributaria, lo que hizo que se mantuviera la especificidad de las provincias vascas, incluso en un régimen tan centralista como el de la Restauración borbónica. La consolidación del régimen concertado —renovado en varias ocasiones en esta etapa— hizo que la Diputación Provincial recuperara, además, cierta autonomía administrativa. A diferencia de Bizkaia y Gipuzkoa, en el caso alavés el Concierto Económico y las particularidades que le acompañaban, como la permanencia del Cuerpo de Miñones, superaron la crisis de la guerra civil y se mantuvieron durante el franquismo, enlazando con la recuperación del autogobierno vasco en la Transición.
Pero, a la altura de 1878, todavía faltaba tiempo para que el Concierto dejara de ser considerado una concesión provisional del gobierno de Cánovas del Castillo, para pasar a reinterpretarse como un derecho histórico. La pérdida de los Fueros provocó una sensación de desencanto entre las élites y, posiblemente, también en la mayor parte de la población alavesa. Ello hizo que en las siguientes décadas la reintegración foral fuera una reivindicación constante de pensadores, periódicos, instituciones y partidos alaveses, tal y como se reflejaba en la prensa de todos los colores con ocasión de los sucesivos aniversarios de las distintas aboliciones forales. No obstante, cada grupo político interpretaba los Fueros perdidos de modo distinto e incluso contradictorio: si para los carlistas eran garantía del mantenimiento de la sociedad tradicional vasca, dentro de la Monarquía católica del Antiguo Régimen, para los republicanos eran un régimen democrático e incluso federal avant la lettre y para el emergente nacionalismo vasco eran códigos de soberanía de los territorios vascos, suprimidos manu militari por el Estado español, aprovechando el final de las guerras carlistas.
En el caso de Vitoria-Gasteiz, estos y otros factores hicieron que se hablara, en palabras de Tomás Alfaro Fournier, de «una ciudad desencantada». La capital alavesa unió la pérdida foral con la impresión del final de una etapa de prosperidad cultural (la Atenas del Norte) e incluso con quebrantos más tangibles, como el traslado de la Capitanía General de Vitoria a Burgos en 1893. Además, Álava seguía siendo la hermana pobre de las provincias vascas, tal y como reflejaba la distribución del cupo a pagar al Estado en los sucesivos Conciertos económicos. Frente al crecimiento acelerado de Bizkaia y, en menor medida, de Gipuzkoa, Álava apenas creció en esta etapa: la cifra de 96.000 habitantes en 1860 se repetía exactamente en 1900; solo después hubo un cierto incremento, alcanzando los 104.000 en 1930. Casi todo el crecimiento se concentró en Vitoria, que subió de 32.000 a 40.000 personas entre 1900 y 1930, mientras la zona rural alavesa perdía población. Algunos de sus habitantes emigraban a zonas con un mayor desarrollo económico, que les ofrecían posibilidades de mejora laboral y personal.
La agricultura seguía siendo la principal fuente de riqueza de Álava. Destacaba aquí el desarrollo del viñedo en La Rioja alavesa, tras la introducción del «Medoc alavés» en la década de 1860, iniciativa de la Diputación para mejorar la calidad de los vinos locales. Además, en estos años se produjo también un incremento general de la producción agraria, sobre todo en la coyuntura de la Primera Guerra Mundial, gracias a la introducción de maquinaria y de nuevos cultivos intensivos de patata y remolacha. La industrialización fue lenta, reduciéndose a unas pocas empresas en Vitoria, en general pequeñas, y a algunos núcleos aislados en el resto del territorio, como la metalúrgica de Ajuria y Urigoitia en Araia o la fábrica de asfaltos de Maestu. De hecho, hasta bien avanzado el siglo xx Vitoria siguió siendo una pequeña ciudad de provincias, con una economía basada en el sector terciario. Se trataba de servicios no vinculados directamente a la modernización, como los cuarteles, el servicio doméstico o los establecimientos religiosos. En este sentido, el traslado de la Capitanía General a Burgos se consideró una pérdida importante para la ciudad, dando lugar incluso a una protesta popular, que entre otras cosas hizo que se compensara a la ciudad con nuevos cuarteles. Por otro lado, Vitoria mantuvo la sede de la Diócesis Vascongada, que había sido establecida en 1862, con jurisdicción sobre las tres provincias. Unida al estamento militar, el obispado dio a la población un sesgo recoleto, de «ciudad rociada de rancho y agua bendita». Tampoco la posibilidad de desarrollo que, en teoría, supuso la fundación del Banco de Vitoria en 1900 trajo consigo una renovación efectiva de la economía vitoriana. La mayor parte de los capitales disponibles por parte de la burguesía local no se invirtieron en la industria sino en valores más seguros, como la deuda pública o las fincas urbanas.
También desde el punto de vista social la situación alavesa en el último tercio del siglo xix y el primero del xx se alejaba del dinamismo que caracterizó a amplias áreas de Bizkaia y Gipuzkoa, asemejándose más a la vecina Navarra. El mundo rural se mantuvo relativamente estable, aunque poco a poco fue introduciéndose en él la modernidad, a medida que se perfeccionaban las vías de comunicación (la mejora de carreteras o el Ferrocarril Vasco-Navarro, iniciativa de la Diputación). Vitoria mostró un mayor dinamismo, según iba avanzando el siglo xx. El desarrollo del movimiento obrero fue lento, pues en la ciudad apenas había verdaderas fábricas, sino más bien pequeños talleres, y se caracterizó inicialmente por su moderación. En 1897 se fundó la primera sociedad de oficios varios y en 1900 tuvo lugar la primera huelga destacable, que afectó a un grupo de trabajadores del sector de la carpintería. Tras la implantación de fábricas más potentes, como la metalúrgica de Ajuria y Aranzábal, fueron apareciendo secciones locales de los diferentes sindicatos: la UGT, la CNT, los católicos y más tarde el nacionalista vasco ELA-STV. A diferencia de las otras capitales vascas, el anarcosindicalismo tuvo gran fuerza en Vitoria, llegando a ser el sindicato más poderoso al inicio de la Segunda República, además de extenderse por algunas comarcas de La Rioja alavesa. También ELA-STV aprovechó la crisis de los sindicatos católicos para expandirse rápidamente, a pesar de su tardía implantación, llegando a ser la central sindical más numerosa de la provincia a la altura de 1936.
Teniendo en cuenta este contexto, los cambios propios de la nueva sociedad de masas comenzaron a introducirse lentamente en la capital y, en mucha menor medida, en la provincia. Así, tras las primeras proyecciones cinematográficas en 1896, todavía itinerantes, el cine se convirtió pronto en un espectáculo popular, con la apertura de locales dedicados expresamente a la exhibición de películas y más tarde de empresas destinadas a tener una dilatada trayectoria, como VESA (Vitoriana de Espectáculos, S. A.). La llegada del deporte moderno —compatible con las prácticas tradicionales, como la pelota vasca— se enmarca en este proceso de cambio social. En Vitoria empezaron a practicarse el atletismo, montañismo, ciclismo y tenis que, a diferencia de otros deportes, estuvo desde el principio abierto a mujeres jóvenes de clases acomodadas. El sport fue primero práctica y luego espectáculo, sirviendo a la vez de instrumento de cohesión social y de diferenciación de clases: por ejemplo, el Vitoria Club reunía a las élites locales. Aunque con retraso, el fútbol se convirtió enseguida en el principal deporte de masas, con el hito que supuso la fundación en 1921 del Deportivo Alavés, que tres años después inauguró el estadio de Mendizorroza. En esta misma línea cabe mencionar la aparición de nuevos espacios de sociabilidad (bares, locales de música moderna, etc.), que convivieron con las tabernas populares y los círculos o casinos más o menos aristocráticos; o los cambios en la moda y en el papel social de las mujeres, que solo muy lentamente fueron ocupando en Álava una posición de mayor protagonismo.
La radiodifusión, otro de los elementos clave en el avance de la sociedad de masas, aún tardó tiempo en hacer acto de presencia en Álava. La primera emisora propia, Radio Vitoria, no se creó hasta 1934, aunque desde una década antes radioyentes alaveses escuchaban otras emisoras nacionales e internacionales. Sin embargo, con anterioridad se había creado una prensa que, pese a estar muy lejos de los diarios de las grandes capitales, ya podía calificarse como de moderna y popular. Dejando atrás la prensa para las élites propia del siglo xix o modelos intermedios como El Anunciador Vitoriano (1878-1898), aparecieron los dos grandes diarios vitorianos de esta época: el liberal y después republicano La Libertad (1890-1937) y el católico Heraldo Alavés (1901-1932), sustituido después por el inequívocamente carlista Pensamiento Alavés (1932-1967).
Dado que se trataba de una etapa de transición, la llegada de estos nuevos medios no supuso una ruptura completa con la difusión cultural propia del siglo xix. No obstante, algunas entidades, como la Universidad Libre de Vitoria o la Academia Cervántica, desaparecieron; otras, como el Ateneo, entraron en crisis. Lo mismo sucedió con revistas culturales como la Revista de las Provincias Euskaras (1878-1881) de Fermín Herrán. Hay que destacar que escritores, historiadores y juristas, que habían contribuido a conformar la cultura alavesa del siglo xix, dieron el salto a la prensa popular, protagonizaron las diversiones modernas o tomaron parte activa en el desarrollo del deporte de masas, tal y como sucedió por ejemplo con las familias Alfaro Fournier o Apraiz. Incluso el hijo de Eulogio Serdán se dedicó profesionalmente al periodismo deportivo. Asimismo, tal y como ha demostrado Maitane Ostolaza para el caso guipuzcoano, el mantenimiento de una intensa religiosidad en Álava en esta etapa no fue siempre un obstáculo para la modernización. Tanto el clero secular como las órdenes religiosas contribuyeron —desde su perspectiva ideológica— a la mejora de la educación, de la investigación arqueológica e histórica o, incluso, del deporte. Desde el Seminario de Vitoria, por ejemplo, desarrolló su labor arqueológica y etnográfica José Miguel Barandiarán. Junto a otros sacerdotes, promovió la revista Idearium (1934-1935), pionera de los estudios de sociología religiosa.
En este contexto, el Seminario diocesano, adonde acudían muchos alumnos de Bizkaia y Gipuzkoa, fue una punta de lanza para el desarrollo del euskera en Álava, la provincia vasca con menor proporción de euskaldunes. A principios del siglo xx la lengua vasca solo se mantenía con fuerza en los actuales municipios de Aramaio y Legutio (entonces Aramayona y Villarreal de Álava) y estaba en trance de desaparición en algunas otras localidades aisladas del norte de Álava. No obstante, en el primer tercio del siglo aparecieron iniciativas diversas destinadas a promocionar la lengua vasca en Álava. Fue fundamental la labor de la sección alavesa de Eusko Ikaskuntza, creada en 1918, en cuyo seno se constituyó en 1928 el Grupo Baraibar, con la misión específica de promover el euskera en la provincia. Además de un buen número de eclesiásticos, destacó aquí el esfuerzo de los primeros nacionalistas vascos en Álava, empeñados en recuperar una lengua que consideraban parte esencial de la identidad vasca. No obstante, se trataba de un empeño de vuelos más amplios, como lo demuestra el hecho de que, para denominar a ese Grupo, se eligiera el nombre de Federico Baraibar, un monárquico conservador (llegó a ser alcalde de Vitoria y presidente de la Diputación durante la Restauración), que se había caracterizado por sus investigaciones filológicas en territorio alavés.
Desde el punto de vista político, lo mismo que sucedía en el ámbito económico y social, Álava también difería del dinamismo que mostraban las dos provincias costeras vascas. Hasta la Segunda República es difícil hablar de un triángulo político como el que suele aplicarse a Bizkaia ya a finales del siglo xix, con la irrupción del socialismo y del nacionalismo vasco. Y cuando por fin el PNV y la izquierda republicano-socialista comenzaron a tener un papel importante, su presencia fue siempre menor que en Bizkaia y Gipuzkoa.
En general, durante la Restauración, Álava se mantuvo políticamente muy estancada, tal y como lo demuestran la aplicación bastante fiel del sistema del turno pacífico o la persistencia hasta 1923 de un distrito cautivo de un caciquismo familiar o de patronazgo, más propio del siglo xix que de principios del siglo xx. Tanto el Partido Conservador como el Liberal eran partidos de notables, de casi nula organización y afiliación, que se limitaban a establecer una limitada clientela, con la que trataban de asegurarse el control político y electoral de la provincia. La adscripción a uno u otro de los partidos del turno obedecía, en ocasiones, más a razones fortuitas de amistad o clientela personal que a profundas diferencias ideológicas. Mayor fuerza popular —aunque ambos sufrieron problemas y escisiones en estos años— tuvieron el carlismo, reintegrado a la vida política a partir de 1881 y con Ramón Ortiz de Zárate como dirigente más importante, y el republicanismo, cuyo principal líder fue Ricardo Becerro de Bengoa. Desde 1876 hasta el establecimiento del sufragio universal masculino, en 1890, los resultados de los dos distritos en que se dividía electoralmente Álava (Vitoria y Amurrio) siguieron con fidelidad los resultados generales en España, cumpliéndose así el sistema del turno pacífico. Las únicas excepciones tuvieron lugar en la capital, donde el sistema caciquil contaba con una menor capacidad de control, tal y como podía observarse en las elecciones municipales, donde los sectores populares (republicanos y carlistas) tenían más opciones de hacer valer en las urnas su peso real.
La ley electoral de 1890, que introdujo el sufragio universal masculino, no cambió sustancialmente las características de las elecciones celebradas bajo sufragio censitario, en especial en los distritos de Amurrio y Laguardia, este último creado el mismo año de la reforma electoral. La fidelidad de los resultados alaveses al turno se mantuvo en líneas generales hasta 1923, aunque la desintegración del sistema de la Restauración comenzó a reflejarse en la aparición —sobre todo en el distrito de Vitoria, algo más permeable a la modernización— de carlistas y republicanos. Frente a la relativa renovación política de Vitoria, la situación era diferente en los otros dos distritos, donde el caciquismo, al tratarse de zonas rurales, pudo mantenerse con mayor vigor. En el de Amurrio, la familia de los marqueses de Urquijo, notables relacionados con entidades financieras, ejerció un dominio casi absoluto. La actuación de los Urquijo, a diferencia de lo que sucedía con otras familias de notables, era autónoma, al no definirse ni como conservadores ni como liberales, pero sí como monárquicos alfonsinos, españoles y católicos. El predominio de los Urquijo sobre el distrito de Amurrio no disminuyó con el correr del tiempo sino que, incluso, se extendió desde principios de siglo al resto de la provincia, mediante el control de la Diputación, en la que los urquijistas electos por Amurrio ocupaban generalmente los principales cargos.
La descomposición del sistema se notó especialmente en Vitoria a nivel municipal: entre 1890 y 1923, el 44 % de los concejales fueron carlistas, el 23 % republicanos, el 14 % liberales, el 13 % conservadores, el 3 % nacionalistas vascos, el 2 % integristas y el 1 % socialistas. Queda clara, por tanto, la preeminencia de los partidos al margen del sistema de la Restauración, aunque estos no eran —como sucedió por ejemplo en Bilbao— los que se identificaban con una nueva forma de hacer política de masas (el PSOE y el PNV), sino los carlistas, que por su ideología se oponían a la democratización de la política, a pesar de su carácter popular, y los republicanos. Hasta 1911 no fue elegido en Vitoria el primer concejal del PSOE y hubo que esperar hasta 1920 para ver en el consistorio a los primeros ediles nacionalistas. El elevado apoyo a una fuerza reaccionaria como el carlismo —que miraba más hacia el siglo xix y que habitualmente ha tendido a identificarse con el medio rural— en una ciudad como Vitoria indica el carácter especial de una localidad que, como sucedía también en buena medida en Pamplona, mantenía un mayor anclaje con la tradición, a pesar de los tenues cambios operados en su marco económico y social.
En el contexto de la crisis de la Restauración, pero también del anómalo predominio carlista en una capital de provincia, se entiende la aparición en Vitoria del datismo a partir de 1914, reforzado por la creación de la Alianza Patriótica Alavesa el año siguiente. Se trataba de un conglomerado de fuerzas vivas y de grupos políticos anticarlistas (alfonsinos, independientes, republicanos e, incluso, inicialmente socialistas), con el fin de elegir al destacado líder conservador Eduardo Dato Iradier diputado por Vitoria. A cambio de ofrecer al entonces presidente del Consejo de Ministros, cuya familia materna procedía de Vitoria, un distrito seguro, la ciudad pretendía obtener prebendas y ventajas materiales, tal y como lo hacían otras localidades que ya contaban con un protector en las altas instancias. Se trataba de un movimiento vitorianista, de carácter desmovilizador, que chocaba con cualquier intento de insuflar savia nueva al sistema, en un sentido democratizador. El datismo logró, sin excesivos problemas, el control del Ayuntamiento de Vitoria y la elección de Dato como diputado por la capital alavesa hasta su muerte en 1921. Pero, a la vez, el final del datismo dio lugar a una situación descontrolada, que fue el anuncio a nivel local de la crisis definitiva de la Restauración.
De hecho, el golpe de Estado del general Primo de Rivera fue acogido con simpatía, o al menos aceptado como un mal menor, por la mayor parte de la sociedad alavesa, que esperaba que una solución autoritaria resolviera definitivamente el callejón sin salida en que se había metido la Monarquía de Alfonso XIII. Durante la Dictadura, las instituciones locales estuvieron controladas por los sucesivos gobernadores civiles, que fracasaron en su intento de insuflar vida a los organismos políticos promovidos por el nuevo régimen (como la Unión Patriótica, el partido único primorriverista). Ni siquiera lograron que el Ayuntamiento vitoriano, cuya principal característica fue una enorme inestabilidad, se convirtiera en un ejemplo de la renovación que, frente al desprestigio y la corrupción de la vieja política, pretendía el dictador. Una de las pocas medidas regeneracionistas fue el nombramiento de las primeras mujeres concejalas en la historia de la corporación vitoriana. En la práctica, durante la Dictadura desaparecieron los partidos dinásticos, algunos de cuyos líderes más destacados, como Gabriel Martínez de Aragón, José Otálora o, más tarde, Luis Dorao, terminaron abandonando el barco de la Monarquía para apoyar la causa republicana.
Los grupos opositores a Primo de Rivera apenas pusieron en jaque a la Dictadura en la provincia, pero esta fracasó a la hora de construir una alternativa al sistema restauracionista. Cuando el dictador dimitió en enero de 1930 arrastró en su caída a una Monarquía cada vez más desprestigiada. Poco más de un año después, tras las elecciones municipales que dieron el triunfo a las izquierdas en casi todas las capitales españolas, el 14 de abril de 1931 se proclamaba la Segunda República. Se iniciaba así una etapa democrática, en la que el tempo político se aceleró. Como en todas partes, el quinquenio republicano no estuvo exento en Álava de múltiples problemas, debido a la crisis económica de los años treinta, la tensa situación internacional y la falta de apoyos sólidos para una República democrática, que muchos consideraban que debía superarse por la derecha o por la izquierda, a través de una dictadura reaccionaria o fascista o de una revolución social.
En Álava, pese a su carácter tradicionalmente conservador, la República fue acogida con esperanza por la mayoría de la población. La democratización trajo consigo un auge de la vida política, presente al principio en un crecimiento de partidos y sindicatos izquierdistas (el PSOE, la CNT, la UGT y los diversos grupos republicanos). Desde el punto de vista social, el auge inicial de la CNT provocó numerosos conflictos —algunos de ellos violentos— en la primera etapa de la República, que luego se fueron apagando, debido a la progresiva moderación del panorama sindical. Tras la proclamación del nuevo régimen, la izquierda logró la mayoría en el Ayuntamiento de Vitoria, con el republicano Teodoro González de Zárate como alcalde, y controló la Gestora de la Diputación designada por el Gobierno republicano-socialista, con su correligionario Teodoro Olarte como presidente. En las elecciones constituyentes de junio de 1931 la coalición republicano-socialista logró un histórico triunfo en Álava. Sin embargo, la decepción por algunas de las medidas reformistas del nuevo régimen (en especial, las de carácter laicista) y la falta de unidad de la izquierda hicieron que esta entrara en caída libre según avanzaba el primer bienio, mientras la derecha antirrepublicana se reforzaba.
En efecto, tras quedar al borde del colapso en 1931, los sectores conservadores, mayoritarios en la provincia en etapas anteriores, volvieron a ponerse en pie. No se trataba ya del liberalismo templado de los dinásticos alfonsinos de la Restauración, cuyo tiempo había pasado. Asimismo, las circunstancias específicas del País Vasco no favorecían a la derecha católica posibilista (la CEDA de Gil Robles), cuyo espacio político cubría en buena medida el PNV; pero tampoco a la extrema derecha fascista (Falange Española de las JONS), que se veía como algo extraño a la tradición local. Quien se aprovechó en Álava del carácter democrático de la República, frente al sistema caciquil de la Restauración, fue un grupo de raigambre popular y con fuertes raíces en la tradición histórica local. Se trataba del carlismo, que se reorganizó en torno a la refundada Comunión Tradicionalista y a su rama local, Hermandad Alavesa. Liderada en estos años por José Luis Oriol Urigüen, la Comunión se convirtió en el principal grupo político de la provincia y barrió en Álava en las elecciones a Cortes de 1933. Oriol quedó incluso en primer lugar en los comicios de 1936, en contraste con el triunfo general del Frente Popular. En estas últimas elecciones, la CEDA apareció por primera vez en el panorama político alavés, obteniendo un resultado aceptable, teniendo en cuenta su escasa trayectoria anterior. Sin embargo, no hubo tiempo para ver si una derecha más moderada podía disputar este espacio a la Comunión Tradicionalista. A estas alturas, el carlismo estaba más preocupado por la preparación de un levantamiento contra la República, para el que llevaba tiempo armando sus propias milicias (los requetés), que serían clave en el triunfo del golpe de Estado de julio de 1936 en Álava.
Por último, el quinquenio republicano fue testigo de un auge del nacionalismo vasco, en un territorio como el alavés donde tradicionalmente su penetración había sido menor que en Bizkaia y Gipuzkoa. El PNV se expandió con fuerza por el norte de la provincia e incluso se introdujo en comarcas más reticentes a su influjo. Aunque nunca pudo superar al potente carlismo, en 1933 fue el segundo partido en las elecciones generales y vio cómo Francisco Javier Landáburu se convertía en el primer diputado a Cortes del PNV elegido por Álava. No obstante, el nacionalismo alavés entró después en una crisis de la que no se había recuperado del todo cuando empezó la guerra civil. Y es que su trayectoria estuvo vinculada al proceso para obtener un Estatuto de autonomía para el País Vasco, ante el que Álava mantuvo una posición propia, hasta cierto punto intermedia entre la navarra y la sostenida por las dos provincias costeras.
Esta particularidad alavesa ya había salido a la superficie en 1917-1919, con motivo del primer movimiento autonómico, que fracasó por la incapacidad de la Restauración para resolver el problema regional en España. En 1931, dado que la República se había comprometido a abordar la autonomía de Cataluña (hecha realidad al promulgarse su Estatuto en 1932), parecía llegado también el momento de abordar la cuestión vasca. Sin embargo, diversos problemas internos y externos hicieron que el Estatuto vasco no se aprobara hasta octubre de 1936, una vez iniciada la guerra civil. Casi desde el inicio del proceso autonómico se dejó notar un sentimiento alavesista, plasmado en el temor a una autonomía que —según esta interpretación— favorecería el predominio de una Bizkaia superpoblada, industrial, nacionalista y euskaldun, frente a una Álava pequeña, pobre, agraria y castellanoparlante. Tras la salida de Navarra del Estatuto vasco en junio de 1932, Oriol consideró que, en un proyecto para las tres provincias, Álava se encontraría desprotegida. De este modo, el carlismo se convirtió en el paladín del alavesismo y del antiseparatismo, identificado con el rechazo a la autonomía. El viraje tradicionalista hizo que el apoyo al Estatuto en Álava en el referéndum de noviembre de 1933 fuera mucho menor que en las otras dos provincias. Los debates sobre la cuestión alavesa en las Cortes del segundo bienio paralizaron la tramitación parlamentaria del Estatuto, en la que destacó la intervención españolista y antiestatutista del alavés Ramiro de Maeztu, diputado monárquico por Gipuzkoa. Todo ello sucedía en un contexto cada vez más tenso, debido al movimiento municipalista en defensa del Concierto Económico de 1934 y a la revolución socialista de octubre de ese año.
Con la guerra civil de 1936-1939 terminaba el que ha sido denominado «ciclo del pluralismo vasco», iniciado en 1876. Álava fue partícipe de este pluralismo, tal y como reflejan las biografías de los principales historiadores, juristas y pensadores políticos alaveses de esta etapa. Sin embargo, ese pluralismo fue diferente del de Bizkaia y Gipuzkoa, y similar en cierto modo al de Navarra, debido al predominio de los sectores más conservadores, incluso en coyunturas generales poco favorables, y a la menor fuerza de la izquierda republicano-socialista y del nacionalismo vasco.
Bibliografía
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