Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores alaveses

OBRAS Y AUTORES ALAVESES: Introducción.

Trayectoria

Si bien el número de obras sobre literatura jurídica, política e histórica pro­ducidas —o, más bien, que nos han llegado— por autores naturales u oriundos de la provincia de Álava en los siglos de la modernidad ha sido relativamente reducida respecto a los territorios circundantes, no por ello esta compilación permitió construir una imagen sobre el rigor e interés por tales laborares que mantuvieron sus historiadores y juristas. Estos trabajos, sobre todo a partir del Seiscientos, nos dejan una rápida y ágil impronta sobre las dispares realidades históricas que vivieron los naturales de un territorio que abría las puertas de Castilla a los productos, personas e ideas que llegaban desde los puertos can­tábricos desde la Baja Edad Media. La estratégica ubicación del territorio provincial concretó un potente marco de relaciones económicas que terminó por generar una intensa relación con las poblaciones ubicadas en la costa, así como en el interior. Desde la etapa medieval tenemos constancia de la presencia de familias o ramas familiares que llegadas desde tierras de Bizkaia y Gipuzkoa, se van introduciendo en algunas localidades —casos de Salvatierra y Vitoria— ,desde donde introducían muchos de los elementos culturales y preocupacio­nes históricas que aparecen en los textos de los escasos historiadores alaveses.

Las banderías y disensiones encaminaron a los poderes urbanos y provin­ciales a una temprana redacción del Cuaderno de Ordenanzas (1463). Esto es, nos encontramos con un estatuto normativo que, con pocas alteraciones, per­durará en su integridad hasta finales de los siglos de la modernidad. Por ejem­plo, la figura del enviado a la Corte que se expone en este libro de 1463 será la misma que, normativamente, perdurará en las ediciones del cuaderno del Sete­cientos. Las realidades históricas de la provincia y de la Corte en las centurias siguientes cambiará significativamente sin que, al parecer, fuesen necesarias alteraciones en el plano normativo.

Los siglos xv y xvi fueron las centurias más ricas en cuanto a la presencia de naturales de Álava en los aledaños del poder. Los reinados de los Reyes Ca­tólicos y de Carlos I contaron con un alto elenco de alaveses entre el personal (secretarios, tesoreros, contadores, letrados, embajadores) de su administra­ción. La fidelidad de la provincia y de algunos linajes quedó bien reflejada en el aporte de tropas y esfuerzos durante la conquista del vecino reino de Navarra en 1512 y en la actuación contra el alzamiento del conde Salvatierra en los convulsos tiempos de las comunidades. La cercanía a la Monarquía hispánica se asentó en las primeras décadas del quinientos. Desde entonces se incrementó la presencia de vástagos de la nobleza alavesa en los altos cargos del Imperio de Carlos I.

Algunas familias de la nobleza alavesa encontraron buen acomodo al ser­vicio de Carlos I y otros monarcas europeos. Martín de Salinas se acomodó como paje de los Reyes Católicos explotando su formación cortesana en servi­cios diplomáticos para los Habsburgo. Su primo Juan Alonso de Gámiz actuó en esas fechas con misiones del mismo carácter. Ya en el reinado de Felipe II, Francés de Álava y Beaumont fue embajador de Felipe II y capitán general de su artillería. Otro ejemplo sintomático sería el del señor de la torre de Larrea, Juan Pérez de Lazárraga (1548-1605). Nacido en el seno de una vieja familia de la nobleza alavesa, tras ocupar diversos cargos políticos en el ámbito pro­vincial estuvo vinculado a los gustos culturales cortesanos. Esta realidad se plasmó con un manuscrito (descubierto en 2004) que muestra la existencia de una mentalidad y unos gustos renacentistas, alejados de la otrora belicosidad de esta pequeña nobleza alavesa. Eso sí, con un claro predominio del uso del euskera que, al parecer, todavía estaba vivo en los campos y centros urbanos alaveses de finales del Quinientos.

Autores como el oriundo Alfonso Rodríguez de Guevara, son el ejemplo de la tendencia de muchos provincianos a formarse en las universidades castella­nas y vivir una vida alejada del estrecho y pequeño mundo alavés. Las obras de la mayoría de los autores de estas dos primeras centurias solo nos han llegado como referencias tomadas por historiadores de siglos posteriores. Su preocu­pación principal se centra en la elaboración de relatos genealógicos que busca­ban poner en conexión las alabanzas a sus antepasados como la acomodación de sus nuevos vástagos en el seno de la Monarquía Hispánica.

La defensa del tubalismo o cantabrismo —inserta en el contexto histórico de la época, así como en las obras de los historiadores guipuzcoanos, el ba­chiller Zaldivia o Esteban de Garibay— se concreta en la desconocida figura de Diego de Salvatierra. Este vitoriano, que alcanzó los principales empleos políticos de Vitoria y Álava, redactó su manuscrito Gobierno y República de Vitoria en 1585. Otro de esos textos desaparecidos y de los que solo tenemos noticia por referencias de autores de centurias posteriores. Este autor aumen­tó el manuscrito de Zaldivia, Suma de las cosas Cantábricas y Guipuzcoanas, escrita en 1564. El cantabrismo fue una teoría o ideología nobiliar activa hasta mediados del Setecientos. Aunque su justificación reaparece en el desaparecido manuscrito de Martín Alonso de Sarría (Teatro Cantábrico), el producto más desarrollado sobre esta ideología se redactó a mediados del siglo xvii. El efecto de la presencia del Consejo de Cantabria en Vitoria (1638-1643) durante la gue­rra con Francia y la necesidad de justificar históricamente la posición provin­cial ante las demandas de servicios de guerra de Felipe IV generó la redacción —que no impresión— del compendio de Juan de Arcaya y Maturana. La sobe­ranía alavesa, el pacto de unión de 1332 y el cantabrismo se erigen en los temas recurrentes de la obra de este vitoriano, jurisconsulto y asesor de la provincia.

La llegada de la nueva dinastía en el Setecientos activó un elemento dife­rencial de la provincia de Álava y la ciudad de Vitoria. Su estratégico posicionamiento, como ya lo hemos referido, provocó que, desde el siglo xv, los puestos aduaneros de la Corona de Castilla (diezmos de la mar y puertos secos) se ubicasen en su territorio. Vitoria y Salvatierra —junto a los puestos vizcaínos de Orduña y Balmaseda— se erigieron en las atalayas desde donde se preten­día controlar el paso de mercancías, personas e ideas. Los relatos de viajeros extranjeros hacen hincapié en su paso por una provincia fértil, bien trabajada por sus agricultores y con una ciudad, Vitoria, que satisfacía sus necesidades. Muchos de ellos aludían también a la presencia de los aduaneros y de las extor­siones que acometieron contra ellos.

Este sistema aduanero, conocido también como Distrito de Cantabria, es­tuvo en manos de asentistas durante casi todo el Seiscientos. La llegada de los Borbones y su política de recuperación de viejas mercedes llevó a que esta renta quedase en manos de la Corona. Su dirección y gestión siguió estando todo el siglo xviii administrada por comerciantes y nobles alaveses. El sistema aduanero —cuya cabeza ejecutiva y administrativa radicaba en Vitoria— gene­ró disputas con los secretarios de Estado y de Despacho de la nueva dinastía. Los rescoldos del intento fracasado de desplazamiento de las aduanas a la cos­ta en 1717 se mantuvieron activos toda la centuria. Igualmente, las continuas sospechas de los servidores de la Corona sobre la intervención, directa o por omisión, de los alaveses en esta actividad ilegal —tanto de la población como de sus autoridades— generaron un clima de crispación que marcó las relacio­nes de Álava con la nueva dinastía durante toda la centuria. Los servicios de armas y las peticiones de nuevas ayudas financieras se convirtieron en otro ele­mento fundamental en este marco de relaciones con la nueva administración borbónica.

La amplitud y riqueza de la obra de Joaquín José de Landázuri encajan perfectamente dentro de este ambiente de crispación que se vivió en la segunda mitad del Setecientos. La censura de la Historia del ilustre País Bascongado de Landázuri es una muestra más de los intentos que desde el aparato de la mo­narquía se vertebró para evitar voces discordantes con los planteamientos po­líticos que pretendía desarrollar Carlos III. Ni el uso de archivos ni la metodo­logía seguida por Landázuri fueron capaces de enfrentarse a la doctrina que se defendía desde Madrid. Landázuri y Prestamero, bien que, desde ópticas algo diferentes, exponen el perfil racional y renovador que se apreciaba en muchos jóvenes alaveses al adherirse a los objetivos y principios de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Otros alaveses, como Eugenio de Llaguno y Amírola, apoyaron los mismos principios desde las instancias cortesanas de Madrid. Ya no se trataba de los hijos de los linajes medievales que dominaron el escenario político alavés del Quinientos, sino que, más bien, llegaban de oríge­nes menos lustrosos y vinculados, en algunas ocasiones, con las experiencias de movilidad que muchos vástagos alaveses realizaron a lo largo de los siglos xvii y xviii, tanto en Castilla como en los diferentes territorios que poseían los mo­narcas de las dinastías de los Habsburgo y Borbones.

Bibliografía

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Cita bibliográfica

Angulo Morales, A., “Introducción”, Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 409-412.

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