Cargos y oficios
Obispo de Osma, Pamplona/Iruña, Vitoria-Gasteiz y Cinna.
Trayectoria
Hijo de José Domingo Múgica y Josefa Urrestarazu. El matrimonio tuvo tres hijos: Zacarías, Juan y Mateo. Tras el temprano fallecimiento de su esposa, José Domingo Múgica volvió a contraer matrimonio en 1881 con Petra Aguirre. Fruto del segundo enlace nacerían cuatro hijos más: Celedonio, Mercedes, Demetria y Catalina.
Mateo Múgica inició sus estudios en 1875 en la escuela de instrucción primaria de la fábrica C. A. F. de Beasain. Tras descubrir su vocación eclesiástica, continuó sus estudios en Ordizia y en el seminario menor Sancti Spiritus, de Oñati. En 1885 se trasladó al Seminario Diocesano de Vitoria-Gasteiz para continuar su formación. Allí completaría sus estudios de latín, Sagrada Teología y dos años de Derecho Canónico que compatibilizó con su cargo de organista, una afición, la música, que cultivaba desde su primera etapa formativa en Beasain. El 23 de diciembre de 1893 fue ordenado sacerdote y en junio de 1894 obtuvo el grado de bachiller en Sagrada Teología con excelentes calificaciones.
Fue destinado a Usurbil como coadjutor al tiempo que completaba su doctorado en Sagrada Teología en la Universidad de Salamanca. El 26 de septiembre obtuvo el título y ese mismo año fue nombrado profesor del Seminario Conciliar de Vitoria-Gasteiz. Allí ostentaría varios cargos hasta obtener la cátedra de Sagrada Escritura tras obtener por oposición el cargo de canónigo lectoral de la catedral de Vitoria-Gasteiz el 25 de septiembre de 1903. En 1905 ampliaría su currículo con el nombramiento como director espiritual de las peregrinaciones españolas a Tierra Santa y Roma, lo que le permitió relacionarse con numerosas personalidades del país. Destacó en su faceta como predicador y acudió como integrante de la misión española a los Congresos Eucarísticos de Colonia y Madrid (1901) y al de Malta (1913). Presidió en la diócesis la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento desde 1907, posteriormente en el ámbito nacional y organizó la concentración de la Adoración Nocturna de Loyola en 1916. En 1912 además, el rey Alfonso XIII le nombró capellán de honor. Continuó acumulando cargos de mayor relevancia en la diócesis hasta que finalmente el 22 de enero de 1918 el papa Benedicto XV le nombró obispo de la Iglesia y de la diócesis de Burgo de Osma. El 8 de mayo de 1918 recibió la consagración episcopal en la catedral de Vitoria-Gasteiz.
De su etapa en Osma, donde permaneció hasta ser nombrado obispo de Pamplona/Iruña, destacó como fundador de diversas instituciones como la Acción Católica o la Unión Misional del Clero y su compromiso misional, haciéndose eco de las continuas llamadas de Benedicto XV y Pío XI. En sus pastorales se aprecia también la intransigencia en los principios religiosos y normas morales que le acompañarán el resto de su carrera y su enorme celo en la cura de almas. Asimismo, restauraría la disciplina eclesiástica entre el clero de la diócesis.
Con el traslado a Madrid de Leopoldo Eijo y Garay en 1922 su nombre surgió como posible candidato a la diócesis vitoriana. Sin embargo, su nombramiento no llegó a buen puerto por las acusaciones vertidas desde algunos sectores monárquicos vizcaínos que lo tildaban de «nacionalista». Múgica sería posteriormente acusado de «nacionalista» o de «connivencia con el nacionalismo vasco» de manera recurrente por diversos sectores políticos, ocasionando en 1931 un conflicto diplomático de primer orden entre la Iglesia católica y el gobierno de la Segunda República, además de una fuente constante de conflictos y un tortuoso peaje personal para el prelado. En cualquier caso, este episodio no impidió su nombramiento como obispo de Pamplona/Iruña, tomando posesión el 10 de febrero de 1924. Allí permanecería hasta 1928. En su primer discurso Múgica subrayó la compatibilidad entre el amor a Navarra y a España, así como una referencia explícita de agradecimiento hacia el rey Alfonso XIII que no pasó desapercibida al carlismo, que gozaba de amplio predicamento en el territorio. Sea como fuere, la abierta simpatía que el prelado mostró por la monarquía «para España, la mejor de las repúblicas será siempre peor que la peor monarquía» y por Alfonso XIII en virtud de su ferviente catolicismo, se volverían en su contra cuando se proclamó la Segunda República española. A pesar de ello, Múgica destacó por el carácter apostólico de su tarea y su apoliticismo, tendiendo la mano a todos.
Pese a las trabas impuestas durante la dictadura primorriverista al uso del euskera, en la diócesis pamplonesa fue pionero en publicar sus pastorales en castellano y euskera, lo que fue bien recibido por los sectores nacionalistas. Su amor por la lengua vasca, heredado de su madre, también sería utilizado por sus adversarios para desacreditarle; sin embargo, nunca dejó de utilizarla para dirigirse a su feligresía, ya fuese en sus predicaciones o en sus escritos. En la diócesis pamplonesa, Múgica desarrolló un amplio programa pastoral, especialmente en lo referente a la «cuestión social». Promovió la confesionalidad de las obras católicas y fomentó la presencia del clero en obras sociales y sindicatos. Destacó por su profusa labor en la conformación del cooperativismo agrario católico y la creación de cajas rurales. Además, el fomento de vocaciones y la formación de candidatos al sacerdocio ocuparon también un lugar central en su programa episcopal. El prelado impulsó asimismo la reforma del seminario diocesano, cuyo proyecto consolidará su sucesor Tomás Muñiz Pablos y siguiendo la línea iniciada en Osma la moralidad de las costumbres ocupará aquí también un lugar prioritario en sus escritos. El fomento de las devociones y el impulso misional que imprimió los dos últimos años en la diócesis definen las líneas del programa episcopal de Múgica en Pamplona. No en vano en 1926 fue nombrado presidente de la Unión Misional del Clero para toda España.
El traslado de Zacarías Martínez a Santiago de Compostela favoreció el suyo de Pamplona a Vitoria en 1928. Para la Santa Sede la diócesis vitoriana era importante tanto desde el punto de vista religioso como del progreso material y era deseo del pontífice que el futuro obispo conociese la lengua vasca para fomentar el contacto directo e íntimo con el pueblo. Múgica cumplía ese requisito y le avalaban la firmeza y el celo apostólico con el que había dirigido las diócesis de Osma y Pamplona. En octubre de 1927 la Santa Sede informaba al Gobierno del nombramiento de Múgica, que fue preconizado el 10 de marzo de 1928. La noticia fue acogida con enorme entusiasmo en la diócesis vitoriana y el 17 de junio tomó posesión en la catedral. Múgica anunció su programa episcopal sintetizándolo en los tres deberes del obispo: cumplimiento de las leyes eclesiásticas, conservar la fe y promover la pureza de las costumbres. Siguió así la línea ya desplegada en Pamplona. Sin embargo, los acontecimientos políticos determinaron el gobierno de la diócesis. El 7 de abril de 1931, es decir, una semana antes de las elecciones municipales que propiciaron la proclamación de la Segunda República, Múgica publicó una pastoral donde prohibía explícitamente el voto de los católicos al Bloque Antidinástico por sus doctrinas anticatólicas o ataques a los derechos de la Iglesia, lo que provocó las iras de los republicanos católicos moderados, de los católicos independientes y, en general, de las izquierdas.
La proclamación de la Segunda República supuso un cambio de rumbo en las relaciones Iglesia-Estado: en lo religioso, la ruptura de la alianza entre el trono y el altar y la aplicación de una política laicista por parte del gobierno republicano, amenazaban el status quo de la institución eclesiástica y de la religión católica en el país. En lo político, siguiendo las recomendaciones de la Santa Sede, Múgica acató de inmediato el nuevo orden constitucional y así se lo hizo saber a sus diocesanos a través de una circular. En el ámbito electoral, la confluencia eventual de intereses en el País Vasco hizo que el 14 de junio de 1931, el PNV, los tradicionalistas y otros grupos de la derecha católica aprobaran el proyecto de Estatuto de Estella. El bloque católico triunfó en los comicios por estrecha mayoría, sin embargo en el ámbito nacional la correlación de fuerzas dio la victoria a la conjunción Republicano-Socialista. Pese al contexto tan adverso, Múgica hizo una lectura positiva en tanto en cuanto se había materializado uno de sus mayores deseos: la unión política de los católicos vasco-navarros en torno a una candidatura, algo que para desvelo del prelado ya no volvería a repetirse porque «la peste de esta diócesis es la división de los católicos por pasiones políticas». Sea como fuere, para entonces Múgica se había granjeado muchos detractores en las izquierdas, que provocarían su primera expulsión del país. El motivo aducido fue el carácter «político» de las visitas pastorales del obispo y el «peligro para la paz pública» que suponía su presencia en Vitoria-Gasteiz. El 17 de mayo se producía la expulsión sin que se tomara declaración al prelado ni se hubiese procedido a la apertura del expediente, que por otro lado nunca se concluyó ni se hizo público. Pese a las presiones desde diversos estamentos político-eclesiales, la polarización del ambiente político dificultó el posible regreso de Múgica. Este abandonó Roma, fijó su residencia en Anglet/Angelu y posteriormente en Lappuie, pero un nuevo episodio en el que se vio envuelto el vicario de la diócesis abortaría cualquier posible entendimiento. Paralelamente, se producía el debate constitucional y la cuestión religiosa iría cobrando protagonismo, lo que contribuiría a exacerbar más las posiciones políticas, ya de por sí caldeadas por la cuestión estatutaria. La sanción de las medidas en materia religiosa contempladas en la constitución tuvo serias consecuencias para la diócesis y además generó conflictos entre Múgica y el episcopado español. Finalmente, en abril de 1932 y tras múltiples gestiones del nuncio, otros obispos y un sector de la clase política, Múgica pudo regresar a la diócesis de Vitoria. Desde allí, el prelado impulsó medidas, especialmente en materia educativa, para contrarrestar la política laicista del gobierno a pesar de que durante el bienio radical-cedista la tensión entre el Estado y la Iglesia se relajó por una aplicación benigna de la norma constitucional en lo que se refirió a la cuestión religiosa. Sin embargo, tal y como reflejó en su informe a la Santa Sede en 1933, la división política de los católicos en la diócesis se convirtió en el principal problema al que tendría que hacer frente. En el País Vasco, a diferencia del ámbito estatal, los católicos se hallaban divididos en su apoyo a dos fuerzas políticas cada vez más alejadas: el PNV y la Comunión Tradicionalista.
Las medidas adoptadas por Múgica para despolitizar la vida diocesana resultaron infructuosas, obligando al prelado a intervenir en numerosas ocasiones, lo que posteriormente sería utilizado por sus adversarios para acusarle nuevamente de «nacionalista» o cuando menos de «connivente» y/o tibio con el nacionalismo vasco. La ruptura a lo largo del último año del bienio republicano se hizo cada vez más palpable y tras el fallido golpe de Estado del 18 de julio de 1936 que conduciría a la Guerra Civil, los peores pronósticos se cumplieron en la diócesis vasca, al desatarse una guerra entre católicos tras decantarse el PNV por apoyar a la República. La actitud inicial de Múgica fue, como la del grueso del episcopado español, de apoyo al alzamiento, y una vez iniciada la contienda, de apoyo al bando rebelde. Ante la complicada situación política-religiosa que se vivía en el territorio vasco-navarro, los dos obispos de las diócesis vasco-navarras, a la sazón Mateo Múgica y Marcelino Olaechea, se apresuraron a contactar con el cardenal primado Isidro Gomá —a quien la contienda había sorprendido en Navarra— para redactar una pastoral donde se censurase la actitud del PNV. La Instrucción Pastoral fue publicada el 6 de agosto de 1936, pero no consiguió el objetivo deseado. Así las cosas, si tras la proclamación de la Segunda República había sido la izquierda quien expulsara al prelado de su diócesis, ahora serían las derechas quienes exigieron a Gomá y a la Santa Sede su salida «voluntaria» de España. Esta se produjo el 14 de octubre, con la excusa de la asistencia del prelado al Congreso Internacional de la Unión Misional del Clero y Múgica nunca regresaría de nuevo como prelado a la diócesis. Las denuncias sobre calumnias que se habían vertido sobre su persona y su clero, pero sobre todo de la represión y asesinatos cometidos por parte del bando rebelde contra sectores del clero vasco propiciaron que la Junta de Defensa Nacional de Burgos azuzara las viejas acusaciones de connivencia con el nacionalismo.
El transcurso de la guerra, tal y como reconocería posteriormente en Imperativos de mi conciencia (1945) le ofrecería una visión más completa del conflicto. Ello hizo que se negase a firmar la Carta Colectiva del Episcopado español sobre la Guerra Civil (1 de julio de 1937), lo que prolongó su destierro sine die. Pese a las constantes misivas del prelado a la Santa Sede defendiendo su postura y clamando por la resolución de su situación personal, Múgica fue tornándose cada vez más incómodo para la Santa Sede, porque paralelamente trataba de mediar entre el PNV y el bando rebelde. En septiembre de 1937 el Vaticano acabó con la interinidad de Múgica nombrando a Francisco Javier Lauzurica como administrador apostólico de la diócesis de Vitoria. Inmediatamente después, Múgica reaccionó presentando su dimisión como prelado de Vitoria. Esta fue aceptada por el papa el 12 de octubre, quien decidió nombrarle obispo titular de Cinna. Tras una estancia en Bélgica, el prelado estableció su residencia nuevamente en el País Vasco francés. En Cambo-les-Bains/Kanbo redactaría en 1945 Imperativos de mi conciencia. Carta abierta al presbítero D. José Miguel de Barandiarán, donde expuso su visión sobre lo acontecido durante la Guerra Civil, al tiempo que lamentaba públicamente haber firmado la Pastoral del 6 de agosto de 1936 y se defendía de las acusaciones vertidas contra su persona y su clero. Desde el destierro francés, la postura de Múgica irá evolucionando hacia una tercera España en sintonía con la postura de autorizados círculos del catolicismo mundial que trabajaron infructuosamente durante la contienda por la solución negociada del conflicto. Paralelamente, se mostró cada vez más favorable al PNV, sobre todo a partir de febrero de 1939, pero la ausencia de un pronunciamiento más explícito por su parte acabaría por decepcionar a los nacionalistas vascos, que eventualmente buscarían proyectar en Múgica el símbolo de la Iglesia vasca perseguida por el régimen de Franco. Múgica, sin embargo, lacónico, aquejado de un glaucoma ocular y tras nueve años de solitario destierro forzoso, añoraba regresar y establecer su domicilio en la diócesis vasca. El lavado de imagen de la dictadura franquista en el marco del nuevo contexto internacional de la guerra fría facilitó su repatriación el 22 de mayo de 1947. En virtud del acuerdo, Múgica pudo establecer su residencia sin restricciones en Zarautz, aunque las autoridades franquistas exigieron que se mantuviese en un riguroso apoliticismo, aduciendo que la repatriación debía atender a su ancianidad y salud delicada, quedando libre de toda connotación política. El prelado mantuvo un perfil discreto y el silencio público hasta su fallecimiento el 27 de octubre de 1968 siendo enterrado, por su expreso deseo, en la catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz.
Obras
Con OLAECHEA, M., «Instrucción pastoral del 6 de agosto de 1936», Boletín Oficial del Obispado de Pamplona (BOOP), 15 de agosto de 1936, pp. 317-322 (ambos prelados la firman, pero fue redactada a petición suya por el cardenal Isidro Gomá).
Imperativos de mi conciencia. Carta abierta al presbítero D. José Miguel de Barandiarán de Mateo Múgica [s. l.]: [s. n.], 1945. Texto redactado en Cambo-les-Bains (Francia), abril de 1945. Ed. en línea: http://www.liburuklik.euskadi.eus/handle/10771/29886 (consultado el 1 de marzo de 2022).
Bibliografía
ARBELOA MURU, V. M., «Don Mateo Múgica, el estatuto vasco y otras campañas (1931-1933)», Scriptorium Victoriense, 56 (2009), pp. 519-532.
DE PABLO, S.; GOÑI GALARRAGA, J., y LÓPEZ DE MATRANA, V., La diócesis de Vitoria. 150 años de historia (1862-2012), Vitoria: Eset, 2013.
MOREDA DE LECEA, C., «Don Mateo Múgica Urrestarazu (Antecedentes, pontificado en Pamplona y algunos aspectos de su pontificado en Vitoria)», Excerpta e Dissertationibus in Sacra Theologia, 7 (1992), pp. 522-638 (extracto de la tesis doctoral presentada en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra).
Fuentes.
CÁRCEL ORTÍ, V. (ed.), La II República y la Guerra Civil en el Archivo Secreto Vaticano, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2011-2020, 7 vols.





