Cargos y oficios
Historiador, arqueólogo… y pintor
Trayectoria
Iturralde procedía de una destacada familia dedicada al comercio y a la banca. Inició la carrera de Ingeniería, que abandonó por cuestiones médicas. Siguiendo la tradición del hogar, cursó estudios mercantiles y comerciales en la Escuela de Comercio de Burdeos. Sin alma mercantil y con dotes pictóricas, su padre lo envió al estudio de un pintor de París. De nuevo en Pamplona, la Junta Suprema de Gobierno de Navarra, creada tras el estallido de la Revolución de 1868, lo nombró concejal el 30 de septiembre de 1868 y el 1 de octubre fue elegido, por sorteo, regidor primero. Partidario, como la mayoría municipal, de una solución monárquico-democrática, a finales de año el sufragio popular le renovó su acta de concejal, puesto que ocupó hasta febrero de 1872. Volvió a la política activa en 1879 con su elección como concejal al Ayuntamiento de Pamplona, cargo que abandonó en 1883. Ya no intervino más en política.
Fue nombrado académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando el 29 de enero de 1866. Aceptó el cargo el 9 de abril pasando a formar parte de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, de la que fue elegido secretario y llegó a ser vicepresidente, como miembro más antiguo. El 22 de febrero de 1884 se le designó académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.
Motivos familiares y de salud le llevaron a Barcelona, donde exhaló su último suspiro. Sin olvidar nunca la tierra natal, en 1908 no pudo llegar hasta las ruinas del castillo de Amaiur, deseoso de hallar la manera de conservar el espíritu indomable de Navarra.
De amplia cultura e intereses muy diversos, Campión clasificó en trece grupos temáticos su enorme producción escrita, parcialmente recogida en los cinco volúmenes publicados tras su muerte: artículos satíricos, políticos y patrióticos; biográficos y bibliográficos; cuentos, leyendas y tradiciones, arqueología e historia; literatura íntima, pintura y dibujos.
Éuskaro político, colaboró en los periódicos fueristas El Arga (1879-1881) y Lau-Buru (1882-1886). También lo hizo en multitud de periódicos, revistas, publicaciones periódicas… El propio Julio Altadill, otro infatigable trabajador, destacó su labor enciclopédica y aludió a la inmortalidad para culminar el inmenso trabajo concebido e iniciado por el «maestro». No solo eso, reconoció que tanto él como otros compañeros y discípulos habían continuado su senda. Era como si entre todos intentaran culminar lo que para un solo hombre era imposible.
El patriarca éuskaro fue muchas cosas. Fue arqueólogo, pionero en el estudio de la prehistoria local, descubriendo y excavando monumentos megalíticos. Fue pintor, dejando al morir un sinfín de composiciones. Como destacó Carmelo Echegaray, también fue poeta, poeta en sus leyendas, lejos de torres de marfil, sensible e intenso al buscar la belleza en la historia de Navarra. Porque Iturralde también fue historiador. El mismo Campión ensalzó sus conocimientos sobre historia de Navarra considerándolos superiores a los de cuantos se habían ocupado de ella desde el padre Moret.
Su larga residencia en París le dejó profunda huella: aprendió cultura, conoció al conde de Montalambert, pionero del catolicismo liberal francés, y se hizo romántico en su acepción germánica, esto es, al servicio de la belleza cristiana y del arte medieval como exponentes de la belleza del alma, opuesto a que el arte fuese solo el hallazgo de la verdad. O como precisó Echegaray, abrazó el movimiento europeo que predicó la rehabilitación del arte de la Edad Media y ensalzó sus instituciones caídas. Iturralde lo tradujo en su amor por el esplendor medieval del Reino de Navarra. La organización política debía basarse en la historia. Había que oponerse al Estado moderno, devorador de la tradición, y a la casta privilegiada de los políticos profesionales. Porque Iturralde también fue un tradicionalista que no carlista, un cristiano ferveroso, un apologista del hogar y la familia. Altadill resumió sus «tres grandes amores»: Religión, Patria y Familia.
Como lo resume casi todo, su denodada lucha por salvar el Palacio Real de Olite, el alcázar navarro, símbolo de la postración patria. El pueblo que miraba indiferente los monumentos de sus pasadas glorias era indigno de ocupar un lugar en la historia y «doblemente criminal» cuando el pasado era tan brillante como el del antiguo Reino de Navarra.
Su visión histórica quedó plasmada en el diálogo que Iturralde estableció con Cataluña en 1882, 1885 y 1886 agradecido por el apoyo tras el fin de la última guerra carlista. Al tanto de las cosas catalanas, propuso enseguida cierta alianza con el catalanismo. La lucha entre el «poder absorbente castellano» y los «estados españoles» encerraba enseñanzas olvidadas. Se quiso formar «una gran nación» sin sólido criterio político, confundiendo la unidad con la uniformidad y sacrificando las instituciones, leyes e idiomas de las regiones: se buscaba en una homogeneidad antihistórica esa unidad nacional que nadie soñaba destruir. Esa «tiranía» del Estado moderno había convertido a las provincias en ruedas de la «nación», haciéndoles olvidar casi el amor a la «pequeña patria» por el culto ciego «exclusivo de la patria grande, ¡cómo si una y otra no pudieran coexistir!».
La explicación eran los bandos políticos españoles, unidos en su odio al regionalismo y alentadores de la «sustitución» de glorias propias por glorias «casi» ajenas y de la «confusión caótica» entre el Estado y la provincia. Se ignoraban las leyes regionales y se despreciaba su sistema representativo, «genuinamente patrio» y garantía de las cristianas libertades, sustituyéndolo por el parlamentarismo francés, origen de disturbios y corruptor del carácter nacional en beneficio de los especuladores políticos, para quienes España era un feudo hereditario. Se buscó la uniformidad del idioma, persiguiendo lenguas más españolas que el castellano, también de la legislación, soñando modificar la organización de la familia y de la propiedad para asimilarla a la castellana. La historia hubiera sido poderoso baluarte del regionalismo, pero la historia oficial era generalmente la castellana.
Iturralde dividía «la historia de la mutilación de la personalidad» en tres periodos: desde la unión de Castilla hasta las Cortes de Cádiz, desde esa época hasta 1841 y desde ese año hasta la actualidad. Cuando Navarra se incorporó a Castilla cesó la guerra civil, pero comenzó el «ataque incesante» a sus instituciones, el malestar por el bien perdido y la imposibilidad de recobrarlo, y la «mala fe de los gobiernos españoles». Esa guerra había traído el olvido de su «nacionalidad», el desprecio de las tradiciones, en suma, la «degeneración del genio de la raza». Navarra se dejó influir demasiado por la política castellana y olvidó su pasado hasta confundir también la unidad con la uniformidad. La historia debió haber sido distinta si en la Cortes de Cádiz los vasco-navarros y catalanes hubieran continuado sus tradiciones, hermanando sus instituciones y cristianas libertades con la época moderna. Pero se dejaron influir por el filosofismo revolucionario francés; se deslumbraron con el oropel del Estado moderno; despreciaron sus virtudes por considerarlas desfasadas y se privaron así de los medios de regenerarse en el porvenir; aceptaron costumbres políticas exóticas, pasando ellos mismos «la hedionda esponja de la asimilación». Ellos, explica Iturralde, reivindicaban las libertades provinciales y municipales aplastadas por el «cesarismo revolucionario» de 1789. Quienes no habían tolerado el despotismo de reyes no podían tolerar ni el «despotismo parlamentario» de la razón general ni la «eterna movilidad» del racionalismo revolucionario, que aspiraba a romper la tradición y las leyes de las Cortes navarras, las únicas estables. Por eso, Navarra, con sus Cortes, cometió una falta mucho más grave, porque el envío de representantes a Cádiz se interpretó como renuncia a su autonomía legislativa. Aunque sus Cortes volvieron a reunirse, en esa época de «triste recuerdo», concluyeron. El espíritu uniformista había progresado y las «regiones españolas» se habían confundido para su perjuicio y gran provecho de la «nación». La primera guerra carlista había sido la excusa para modificar los Fueros de Navarra, como la última lo había sido para arrebatar los de las Vascongadas. Y la Ley Paccionada convirtió al reino en «provincia española», privándola de inapreciables derechos y dejando una autonomía administrativa de gran valor, pero insuficiente para olvidarlos.
Iturralde esperaba el éxito de las peticiones catalanas, pues si la uniformidad en política producía tristes consecuencias, en legislación civil las traía peores. Había que unificar las materias indispensables; se podían dejar de unificar las que fueran indiferentes; y no hacerlo las que resultaran perjudiciales. El Derecho civil pertenecía a este grupo: regulaba la familia y la propiedad, ambas ligadas a la historia. Esa elaboración lenta lo hacía más sólido y todo cambio brusco provocaría gran trastorno al destruir la obra de siglos, reflejo de sus costumbres y base de su sociedad, cuyos fundamentos, familia y propiedad estaban reguladas de modo muy distinto a Castilla. El Estado debía armonizar, no igualar. La historia enseñaba que, donde no lo había hecho, se habían suscitado protestas y perturbado el orden moral. Nada exigía acabar con una legislación a la que Navarra debía su sólida organización. En ese tiempo de encrucijada, Iturralde recordaba que, privada de sus atribuciones legislativas en 1841, sus leyes civiles quedaron fosilizadas, sin poder adaptarse a las nuevas necesidades. Navarra tenía un triste dilema: seguir con su legislación, que no respondía por completo a esas necesidades, o aceptar otra, reñida con sus costumbres. Cataluña había optado por su propia legislación, porque conservándola había esperanza. «Lo que dice Cataluña, debe decirlo Navarra».
Lejos de encerrarse en «un círculo egoísta», Iturralde quería ver extendidas, en la medida de lo posible, las libertades que tan feliz habían hecho a su pueblo, tal como escribió en 1886 cuando se fundó en Barcelona la revista La España Regional, nacida para relacionar «las fuerzas antiunitarias» de la Península. Iturralde fue el primero o uno de los primeros escritores del norte que colaboró. Porque, insistía, no combatían a España, sino la «centralización asfixiante y absorbente» del Estado moderno. En fin, lejos de minar la «patria común» deseaban verla fuerte, de tal suerte que, enorgulleciéndose de ser españoles, Navarra pudiese continuar siendo navarra y Cataluña, catalana. Iturralde avisaba ya de dos peligros: que, exagerando las ideas regionalistas, se cayera en el «separatismo», o que, falseándolas, se acabara en la República federal, fundada en la libertad racionalista y enemiga de todo derecho histórico. Lo primero, creía él, era menos temible, pues la solidaridad entre las «provincias y la nación» era demasiado grande para soñar en «criminales disgregaciones». No sucedía lo mismo, opinaba, con el federalismo, ensayado a sangre y fuego y considerado por algunos la fórmula perfecta.
Como explicó Campión, el fuerismo de Iturralde no le permitía caer en el federalismo moderno, escuela religiosa y social, hijo de la Revolución francesa y de la autonomía de la razón. Aunque aparentemente, el federalismo español se podía avenir mejor con el espíritu tradicional, no soportaba su carácter disgregador que no concretaba dónde cesaba el derecho a pactar. Su federalismo, continuaba su amigo, era una forma de gobierno sin añadidos republicanos y democráticos, un procedimiento de la formación de Estado, el federalismo del país éuskaro y de raíces cristianas y medievales. Ese federalismo que buscaba «el resurgimiento de las nacionalidades euskarianas» y el mantenimiento de la unidad española, compatible en épocas gloriosas, cuando una era la Monarquía y muchas las leyes, territorios, jurisdicción y lenguas de sus reinos. Uno tenía a Dios como principio y fin, y el otro lo sustituía por la Razón y la acomodaticia moral universal.
Ante el decaimiento de la lengua, Iturralde en diálogo personal y periodístico con Campión, fue pergeñando en 1877 su idea de crear una sociedad para su fomento y trazando un programa de recuperación patrio. Hacía años un grupo de amigos, entre ellos el difunto Pablo Ilarregui, Nicasio Landa, Esteban Obanos y él mismo, concibieron el proyecto de crear esa asociación y prepararon un llamamiento a sus hermanas de Araba, Gipuzkoa y Bizkaia, pero la Revolución de 1868, primero, y la guerra carlista, después, desbarataron sus propósitos. Iturralde aprovechó su cumpleaños para reunir en su casa el 23 de octubre de 1877 a un grupo de amigos, la futura Asociación Euskara de Navarra. Iturralde fue su primer secretario y en el Batzarre del 11 de enero de 1878 pasó a ser presidente de la sección de Etnografía, Arte, Historia y Legislación. Entre su activa participación, puede destacarse que diseñó su medalla y dirigió su Revista Euskara (1878-1883) desde el 12 de enero de 1879 hasta el final. Él logró, como concejal, que la comisión de Festejos organizase en 1882 un certamen literario, que se celebró hasta 1886, si no el primero patrocinado por el Ayuntamiento, el primero en el que un organismo oficial daba cabida al euskera y transposición de los juegos de la Asociación Euskara de Navarra.
Iturralde temía el día en el que el euskera dejase de ser la lingua navarrorum. El idioma era clave. Conocía la importancia nacional de las lenguas, destacaba Campión, que sin ellas llegaba la asimilación, pero con ellas se mantenían las costumbres, instituciones y creencias. Eran la mejor manifestación de «su genio peculiar» y su existencia iba unida a la de la raza, cuyos caracteres reflejaba, y mientras uno se mantuviera, permanecería la otra. Iturrralde, conocedor de los estudios sobre la lengua, tenía algo más que un interés científico: salvaguardaba la existencia moral del pueblo vascongado, porque allá donde había desaparecido había degenerado su tradicional libertad… cristiana. Su conservación y propagación eran tal vez el mejor medio de atajar la pérdida de las costumbres, instituciones y creencias de «la libre raza euskara», pero sin convertir el idioma en «lengua hierática» que hiciera al país refractario e impermeable a todo progreso.
Si la lengua era la expresión de una raza y esta la base física más importante de la nacionalidad, Iturralde sabía que la nación no era solo una formación étnica, tampoco lingüística, sino sobre todo una formación histórica. De no ser así, no existiría ninguna nación europea, incluida la vasca. No explicaba los choques políticos por criterios étnicos. Las instituciones euskarianas no eran un producto étnico, sino fruto del espíritu cristiano medieval y su destrucción, consecuencia del tiempo nuevo, hijo del renacimiento pagano y de la revolución. Esas instituciones tampoco eran únicas, ni exclusivas ni estaban aisladas. Pero esos organismos similares, escribía Campión, habían caído bajo el espíritu anticristiano y el pueblo vasco y sus montes se habían convertido en fortaleza inexpugnable desde la que iniciar la nueva Reconquista. Esa Reconquista en la que contaba con el pueblo catalán.
Pero el pueblo catalán no era el único aliado. Su navarrismo, explicaba Campión, no le impedía ver la raza de la que Navarra formaba parte. Su aspiración era la federación vasca como escudo para evitar la suplantación del tipo vasco por el castellano y el aragonés. Anhelaba volver a la unidad primitiva sin mengua de sus componentes, diferenciados por la historia. El pueblo navarro era la rama más antigua e ilustre del pueblo vascón y a mayor navarrismo correspondía mayor vasquismo. Pero Iturralde, como también resaltó su amigo, no rebasaba los límites del tradicionalismo español, su fuerismo o regionalismo no eran un ataque a la nación española, sino al Estado español revolucionario: los vascos y navarros estaban llamados a la restauración social de España.
Por eso, el propio Iturralde destacó, «como fenómeno digno de estudio», la «reacción» que en Cataluña y en el País Vasco-Navarro se había iniciado en favor de su literatura, tradiciones y costumbres. Ese renacimiento, sellaba el patriota, no se manifestaba solo en las esferas científicas, artísticas o literarias, sino que perseguía fines «más trascendentales». Esto había motivado, explicaba, que ellos, iniciadores del movimiento regionalista en Navarra, secundado luego por los «hermanos» de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa, se hubieran separado de los partidos políticos de allende el Ebro y buscaran la paz de las regiones en el «respeto recíproco» y no en las humillaciones. Era la restauración social de España.
Obras
Memoria sobre las ruinas del Palacio Real de Olite, Pamplona: La Internacional, 1870.
La prehistoria de Navarra, Pamplona: Imp. y Libª. de J. García, 1911.
Cuentos, leyendas y descripciones euskaras, Pamplona: Imp. y Libª. de J. García, 1912.
Tradiciones y leyendas navarras, Pamplona: Imp. y Libª. de García, 1916.
Las grandes ruinas monásticas de Navarra, Pamplona: Imp. y Libª. de García, 1916.
Miscelánea histórica y arqueológica, Pamplona: Imp. y Libª. de García, 1917.
Bibliografía
Auñamendi, «Iturralde y Suit, Juan», Auñamendi Euskal Entziklopedia. Ed. en línea: http://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/eu/iturralde-y-suit-juan/ar-56080/ (con-sultada el 7 de diciembre de 2020).
Campión, A., «Don Juan Iturralde y Suit», en Iturralde y Suit, J., Obras de don Juan Iturralde y Suit, I. Cuentos, leyendas y descripciones euskaras, Pamplona: Imp. y Libª. de J. García, pp. 5-204.
Echegaray, C. de, «Prólogo», en Iturralde y Suit, J., Obras de don Juan Iturralde y Suit, III. Tradiciones y leyendas navarras, Pamplona: Imp. y Libª. de García, 1916, pp. 1-204.
Gran Enciclopedia Navarra, «Iturralde y Suit, Juan», Gran Enciclopedia Navarra. Ed. en línea: http://www.enciclopedianavarra.com/?page_id=11968 (consultada el 7 de diciembre de 2020).
Nieva Zardoya, J. L., La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao: Fundación Sabino Arana-Euskara Kultur Ekargoa, 1999.
Pagola, R. M., «Juan Iturralde Suit (1840-1909)», en Atxaga, M. (dir.), Bidegileak: 57, Vitoria-Gasteiz: Eusko Jaurlaritzaren Argitalpen Zerbitzu Nagusia = Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco, 2009.
Vázquez de Prada Tiffe, M., «Iturralde y Suit, Juan», Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. Ed. en línea: http://dbe.rah.es/biografias/65251/juan-iturralde-y-suit (consultado el 7 de diciembre de 2020).





