Cargos y oficios
Periodista y archivero
Trayectoria
Estudió en el Seminario de Pamplona. Tomó parte en la segunda guerra carlista (1872-1876) al lado de don Carlos. Retirados sus seguidores de la política tras la batalla perdida, aparecerá como redactor del Lau-Buru. Cesó en su cargo el 11 de septiembre de 1886 por disconformidad con el ideario del periódico de los éuskaros políticos. Disconformidad, quizá relacionada con la inminente vuelta del carlismo navarro a la arena política. Enseguida apareció como uno de los principales redactores de El Tradicionalista, periódico en el que continuará cuando tras la escisión de 1888 se convierta en el altavoz público del integrismo. Clausurado este en 1893 tras su ruptura con los integristas, por aceptar la monarquía constituida, engrosó la plantilla de El Aralar hasta su cierre en 1897. Pasó a la redacción de El Eco de Navarra en 1898, donde continuó al menos hasta 1912.
El itinerario periodístico de Etayo marca su periplo político o al revés. Carlista, primero, que tras la derrota de 1876 desembarca en las filas de los éuskaros políticos, integrista después que, tras su escisión, por aceptar la monarquía constituida, desembarcó en las filas católico-fueristas de El Aralar, más cerca de los planteamientos del Lau-Buru, y acabó en El Eco de Navarra, publicación alejada de los postulados carlistas.
Parece que Etayo aprovechó la efervescencia de la Gamazada para ingresar en el Archivo. Él fue uno de los tres navarros que plasmaron los acontecimientos de aquellos días. Fue su única obra larga: Paz y Fueros o la manifestación fuerista de Navarra. Curiosamente, el altavoz de sus antiguos compañeros carlistas, La Lealtad Navarra, manifestó su extrañeza por el encargo a persona ajena a la Diputación, encontrándose su «ilustrado cronista» Olóriz o si este no pudiera, otros empleados. Publicado el libro, se convirtió en empleado. El 11 de octubre de 1893 fue designado por la Diputación para auxiliar los trabajos de compilación y el 18 de noviembre consiguió que le concediese un sueldo anual de 1.500 pesetas. Poco duró a jornada completa. El 31 de enero de 1894, al conseguir otro empleo mejor remunerado, quizá en El Aralar, la Diputación le permitió dedicación parcial. Tras el cese de Arigita y antes de la vuelta de Olóriz, todo en 1902, se encargó provisionalmente del Archivo. Solía ser citado como empleado de la Secretaría de la Diputación, hasta que en febrero de 1906 fue nombrado encargado del Archivo Moderno y tras la retirada de Olóriz en 1909, apareció con un genérico encargado del Archivo de Navarra. Como tal, fue el secretario de la junta organizadora de los actos del séptimo centenario de la batalla de las Navas de Tolosa en 1912. Después llegó el turno en el Archivo de su hijo Jesús Etayo Zalduendo.
Como justificándose, en Paz o Fueros… Etayo enseguida aclaraba que la obra había sido un encargo de la Diputación al aceptar su propuesta de reseñar la manifestación-protesta del 4 de junio de 1893, mencionando los sucesos inmediatamente anteriores y posteriores a aquel hecho, considerado el más importante en esta tierra durante el periodo contemporáneo. Que el lector, avisaba, no buscara noticias nuevas, ni una defensa erudita de nuestros derechos.
Ante el desconocimiento, había que aclarar dos cosas, así iniciaba Etayo el relato. Los fueros no eran privilegios otorgados por los reyes de Castilla, que luego fueron cercenados, modificados y mantenidos por la Ley de 16 de agosto de 1841. Y tampoco dicha ley era como otra cualquiera que pudiera ser modificada y derogada sin el consentimiento de Navarra. Tras sucesos lamentables, Navarra se había incorporado en 1515 a la corona de Castilla mediante solemne pacto que no le concedió nada nuevo. Navarra renunció a su monarquía, pero se le reconoció su personalidad y soberanía, conservando casi toda su independencia política y toda la legislativa, administrativa y judicial. Los monarcas juraban los derechos de Navarra y los navarros hacer lo que debían hacer por su rey.
Durante tres siglos, explicaba Etayo, Navarra había cumplido generosamente sus deberes, mientras sufría «innumerables vejaciones del centralismo». Pese a ello, este tuvo que respetar su soberanía y Navarra pudo llegar al siglo xix independiente en territorio, jurisdicción, jueces y gobierno. Entonces pasó a ser una provincia española, aunque conservando su autonomía económico-administrativa.
Gervasio continuaba recordando que, publicado en 1834 el Estatuto Real y obligada a enviar representantes a las Cortes generales, murió su poder legislativo y comenzó de hecho la modificación foral. Luego, en el Convenio de Bergara, Navarra cedió en aras de la unidad constitucional parte muy grande e importante de sus derechos. Navarra, como las Provincias Vascongadas, tuvo que ir a Madrid a concertar la modificación de los fueros. «Desgraciadamente», opinaba el autor, los representantes navarros no se pusieron de acuerdo con los vascongados, resueltos a conservar íntegros los fueros, algo que entonces consiguieron.
Terminadas las negociaciones con el Gobierno el 6 de diciembre de 1840, al día siguiente los comisionados remitieron a Diputación el resultado de las mismas junto a un oficio del ministro de la Gobernación donde aludía al envió del «concierto definitivamente acordado». Lo convenido y aprobado se publicó en el Real Decreto de 15 de diciembre de 1840. En su preámbulo, al dar cuenta del «arreglo apetecido», el ministro aludía a su envío a la Diputación para su aprobación, copiaba la conformidad de esta al concierto y añadía que hasta que diera cuenta a las Cortes del mismo, ejecutaría inmediatamente «lo convenido». Así, además, se ensayarían las «variaciones concertadas» y se promulgaría con mayor acierto.
El 31 de marzo, proseguía Etayo su argumentación, el ministro presentó a las Cortes el proyecto de ley. En su preámbulo se refería al arreglo hecho por el Gobierno «entendiéndose al efecto» con los comisionados de Navarra y que, confirmado por la experiencia, oportunidad y conveniencia «aquel arreglo» solo quedaba su sanción legislativa. El proyecto fue aprobado sin modificación y casi sin discusión el 15 de julio, y las intervenciones demostraban que era un convenio o acuerdo entre el Gobierno y los comisionados de Navarra. A nadie se le ocurrió poner en duda su carácter de «convenio, pacto, acuerdo». Así, Etayo recogía algunas de las disposiciones oficiales que aludían al carácter pactado de la ley con el objetivo de probar algo que los gobiernos negaban entonces y corregir a quienes decían que los derechos forales tenían su origen y fundamento en las leyes de 1839 y 1841. Hasta la expresión «se confirman los fueros» demostraba su existencia anterior, explicaba casi sorprendido.
Etayo, por fin, resumía las relaciones Navarra-Estado: una cumplía sus deberes, cedía derechos y se arruinaba con voluntarios sacrificios; el otro, desconocía sus derechos, no cumplía sus deberes y maquinaba contra sus intereses. El pasado aleccionaba para el porvenir. Navarra había despertado durante la Gamazada y unida defendería sus derechos.
Terminado el alegato histórico, llegó el momento de reseñar los hechos objeto del libro, que Etayo culminó hablando de «varias razones» por las que no debía opinar sobre la conveniencia o no de la unión con Vascongadas en defensa de los fueros. Parece, no obstante, que algo opinó al precisar, a continuación, que «jamás debemos los vasco-navarros olvidar los motivos de raza, de carácter y de intereses que tenemos para llamarnos mutuamente hermanos y tratarnos como tales».
Etayo plasmaba en su obra las razones históricas de Navarra, que el apoyo de la Diputación convertía en discurso oficial. Las mismas razones que otros venían tiempo clamando y las mismas que se convertirán en argumento recurrente en el futuro. Entre esas razones destaca la defensa, ante los ataques externos, de la Ley del 41, que en la pluma de Gervasio Etayo parece corresponder también a su alejamiento del carlismo y a su paulatina aceptación de la monarquía reinante.
Obras
Paz y fueros o La manifestación fuerista de Navarra, Pamplona: Imp. Provincial, 1893.
Bibliografía
Auñamendi, «Etayo Eraso, Gervasio», Auñamendi Euskal Entziklopedia. Ed. en línea: http://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/eu/etayo-eraso-gervasio/ar-42473/ (consultado el 5 de noviembre de 2020).
Nieva Zardoya, J. L., Hermilio de Olóriz o La Navarra olvidada, San Sebastián: Eusko Ikaskuntza, 2013.
Fuentes. El Aralar, Pamplona, 1894-1897.
El Eco de Navarra, 1876-1913.
El Tradicionalista, Pamplona, 1886-1893.
Lau-Buru, Pamplona, 1882-1886.





