Cargos y oficios
Militar, capitán general de Navarra y Cataluña, virrey de Navarra
Trayectoria
Francisco Espoz Ilundáin, conocido como Francisco Espoz y Mina, fue un militar navarro de especial importancia en el primer desarrollo del liberalismo español.
Fueron sus padres Juan-Esteban Espoz y Mina y María-Teresa Ilundáin Ardaiz. De origen humilde, y por el temprano fallecimiento de su padre, tuvo que hacerse cargo con catorce años de la pequeña hacienda familiar. Comenzó su carrera militar en 1808, en plena Guerra de la Independencia. Se enroló en el destacamento del comisionado inglés Doyle y desempeñó su actividad bélica en Jaca (Huesca). Tras la capitulación de esta última plaza, se incorporó, en 1809, al ejército nacional en el «Corso Terrestre de Navarra» a las órdenes de su sobrino Francisco Xavier Mina, conocido como Mina el Mozo. En abril de 1810, al ser este último capturado por los franceses, fue nombrado jefe de la partida de guerrilleros. A partir de entonces adoptó el segundo apellido de su padre, para mantener el prestigio que tenía Mina entre sus hombres. Superó a su sobrino (en tercer grado), tanto por su habilidad en la estrategia bélica como por su capacidad de organización. Consiguió unificar las guerrillas navarras, de grado o por fuerza.
Francisco Espoz y Mina sobresalió por su habilidad y conocimiento del terreno, aunque también por su crueldad. Mandó el cuerpo de ejército de Navarra, siendo conocido en esta época como el Pequeño Rey de Navarra. Espoz movilizó bajo su mando a cerca de 11.000 combatientes, diseminados en un espacio entre las provincias de Gipuzkoa, Álava y Navarra y el Alto Aragón, sin que los ejércitos franceses pudieran hacerle frente. Ante esta situación, el general francés Honoré Reille intentó paralizarlo con un ejército diez veces superior. Fracasó en su intento y el militar navarro siguió consiguiendo éxitos guerrilleros en Sangüesa, Arlabán, Tafalla, Sos del Rey Católico, Rocafort, Mutriku, Hondarribia y Zaragoza. Por estos triunfos la Junta de Regencia le otorgó múltiples condecoraciones, nombrándole sucesivamente coronel, general, mariscal de campo y jefe de su brigada (1812).
Logró pequeñas victorias resonantes (en Arlabán, Rocafort y frente al general Soulier) hasta 1813. El debilitamiento del ejército francés, al retirar Napoleón a una gran parte de sus hombres para defender el frente ruso, y la reorganización del ejército hispano-británico por parte del general Wellington, le permitieron no solo actuar con una mayor coordinación con las tropas regulares, sino contar además con dos piezas de artillería proporcionadas por los ingleses. Con ellas ocupó Tafalla y logró reducir el dominio francés de Navarra a algunos de sus principales núcleos de población. En el verano de 1813 Espoz y Mina, cumpliendo órdenes de Wellington, pasó a Aragón, donde tuvo una importante intervención con sus hombres en la liberación de Zaragoza.
Al terminar la guerra en 1814, con la retirada del ejército francés y el regreso de Fernando VII, Espoz y Mina se opuso a la disolución de la guerrilla. A él, que soñaba con el virreinato de Navarra, se le ordenaba quedar en situación de cuartel en Pamplona.
En septiembre de 1814 encabezó una conspiración en Pamplona, en un intento fallido de proclamar la Constitución de 1812. Tuvo que refugiarse por ello en Francia. Algunos historiadores consideran que no se explica suficientemente la falta de reacción de Mina ante el golpe de Estado de 4 de mayo de 1814 y vinculan el pronunciamiento a la problemática readaptación social de los combatientes de las guerrillas y al despecho debido a su marginación del poder en una Navarra que consideraba su feudo. La realidad es que el pronunciamiento se hizo con tanta rapidez que no se redactó ningún manifiesto político, pero a lo largo del mes de julio había coincidido en Madrid con los militares liberales Porlier, Lacy, Martín Díez (el Empecinado) y José de Palafox y una acción contra el gobierno tenía sentido liberal. Tiempo después el general afirmaba en sus memorias que su objetivo había sido apoderarse de Pamplona para plantar la bandera de la libertad.
Con el triunfo del alzamiento liberal de Riego en 1820, Espoz y Mina regresó a Navarra y proclamó la Constitución en Santesteban. Fue nombrado capitán general de Navarra y Cataluña. El virreinato siguió en manos del conde de Ezpeleta, por lo que en 1821 pidió su traslado como comandante general a Galicia. Allí contrajo ese mismo año matrimonio con Juana María de la Vega. Hija de un rico comerciante y hombre de negocios coruñés, partidario ferviente del liberalismo, fue una de las mujeres gallegas más influyentes del siglo xix. Apoyó a su esposo en el plano político, actuando como secretaria y responsable de la correspondencia con todos los núcleos conspiradores españoles y extranjeros.
En 1822, en plena lucha entre absolutistas y liberales, Espoz y Mina fue enviado a Cataluña, donde llevó a cabo una campaña que, en seis meses, le permitió liberar la región de partidas realistas. Arrasó la población de Castellfollit de Riubregós, en la provincia de Barcelona, y tomó la población de la Seo de Urgel en Lérida. Hechos por los que fue ascendido a teniente general y condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando.
Espoz y Mina fue uno de los pocos generales que se enfrentó a Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema, cuando entró en España al frente de los «Cien Mil Hijos de San Luis» para restaurar el régimen absolutista de Fernando VII. Tras fracasar en su empeño, tuvo que capitular en noviembre de 1823. Huyó a Inglaterra y en marzo de 1824 convocó a varios compañeros para tratar con ellos de los medios más conducentes a restablecer en España el sistema constitucional. Se convirtió entonces en el centro del sector derechista de los emigrados españoles, en contra de los más radicales, como Torrijos, Romero Alpuente y otros. La conspiración para destronar a Fernando VII y acabar con la rama española de la dinastía borbónica fracasó a fines de 1829 por falta de dinero y apoyo de Francia e Inglaterra.
La subida del duque de Orleans al trono de Francia en 1830 ofrece a Mina una nueva ocasión para derrocar el régimen de Fernando VII. El 18 de noviembre, en una descabellada expedición, trató de entrar en el País Vasco, a través de Bayona y la localidad navarra de Bera. Estuvo a punto de ser apresado y tuvo que exiliarse por segunda vez.
Regresó a España en 1833 al amparo de la amnistía decretada por la reina regente María Cristina de Borbón. El gobierno le reconoció su graduación militar y le nombró virrey de Navarra en octubre de 1834. Se le confió el mando supremo de la lucha en el norte contra los carlistas y se enfrentó con Zumalacárregui. Presentó su dimisión el 13 de abril de 1835 al ser derrotado en Navarra en las operaciones de Larraintzar, Etxarri, Ardanaz y Olatzagutia.
Espoz y Mina fue a pesar de ello nuevamente requerido por la regente María Cristina para dirigir a las tropas que combatían a los carlistas de Cataluña. Pese a hallarse ya muy enfermo, aceptó y volvió a dar muestras de su genio militar. En octubre de 1835, el Gobierno de Mendizábal le nombró capitán general de Cataluña (1835-1836). La línea que siguió en su mandato se caracterizó por una compleja política para sostener un difícil equilibrio entre el Gobierno progresista de Mendizábal, la oligarquía barcelonesa y los radicales representados por la Milicia.
A mediados de diciembre de 1835, el ejército de Cataluña a las órdenes de Mina emprendió una campaña contra los carlistas. Aquí la estrategia fue equivocada ante una situación en la que los carlistas catalanes habían logrado un máximo de efectivos. El nombre de Mina se vio nuevamente envuelto en la crueldad y la barbarie. No solo porque mandó fusilar, en febrero de 1836, a la madre del militar carlista Ramón Cabrera, un hecho que provocó la repulsa general, sino por un indiscriminado ataque al campesinado con incendios de pueblos y bosques. Tras una breve campaña por Lérida y Tarragona y obligado por las protestas que suscitó la mencionada ejecución, tanto en España como fuera de ella, presentó su dimisión el 1 de abril de aquel mismo año. Nuevamente, el gobierno no admitió su renuncia y el general navarro tuvo que continuar el combate contra los carlistas.
Después de la revolución de agosto de 1836, ya en un estado crítico de salud, fue nombrado inspector de la Milicia Nacional y diputado por Navarra a Cortes Constituyentes. El cáncer de estómago le ocasionó la muerte en Barcelona en diciembre de dicho año. Fue enterrado en una suntuosa ceremonia fúnebre en un mausoleo situado en el claustro de la catedral de Pamplona.
Espoz y Mina, que dejó escritas unas extensas memorias en cinco tomos, fue un caudillo que, más allá de una acción militar, asumió un destacado papel en el ámbito político. En este sentido, su figura tuvo un carácter complejo como ejemplo de liberal, agitador, conspirador y heterodoxo en el contexto de la primera mitad del siglo xix. Ambicioso y frío, además de despiadado y cruel, se le acusó de inconsecuente con sus ideas por buscar en la emigración el auxilio de realistas moderados en sus tareas conspirativas, por dejar abandonado a su suerte a Torrijos en 1831 o por alejarse de los principios que inspiraran la Constitución de 1812. Además, se le criticó por haber gozado de una fortuna amasada fraudulentamente en su etapa de guerrillero y en sus posteriores mandos militares.
Su viuda, Juana María de la Vega, que en enero de 1837 recibió el título de condesa de Espoz y Mina y fue nombrada aya personal de la reina Isabel II durante la regencia de Espartero, se encargó, hasta su muerte en 1872, de mantener vivo el recuerdo de su marido. Publicó las memorias de su esposo, tituladas Memorias del General Don Francisco Espoz y Mina, presentándose como editora, pero al mismo tiempo, y en varios escritos, asegura que el ex guerrillero, de orígenes humildes, tenía poca formación intelectual y, desde 1824, fuerzas limitadas para tomar la pluma, con lo que deja entrever su responsabilidad en la redacción. Además trabajó en la recopilación de información y siguió adelante con su publicación a pesar de las recomendaciones en contra de amigos del general como Ramón Gil de la Cuadra. La misma Juana declara ser autora de buena parte del tomo V. No cabe duda, por tanto, de que gran parte de las Memorias de Mina fueron escritas y censuradas (especialmente en lo que se refiere a las conspiraciones de la emigración) por la condesa. Ella realizó un gran esfuerzo por revertir las acusaciones y reivindicar el buen nombre de su esposo. El retrato que dibuja Juana María de la Vega, fiel reflejo de la cultura política progresista, conforma a Espoz y Mina como el héroe liberal que ha pasado a la historia.
Obras
Memorias del General Don Francisco Espoz y Mina (publícalas su viuda Juana María de Vega), Madrid: Imprenta de Rivadeneyra, 1851-1952, 5 vols. Reed. Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, 1962.
Bibliografía
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Vega, J. M.ª de la, condesa de Espoz y Mina, Memorias de la Excma. Sra. Condesa de Espoz y Mina. Publicadas de orden del presidente del Congreso de los Diputados Excmo. Sr. D. José Canalejas Méndez, Madrid: Imprenta de los hijos de M. G. Hernández, 1910 (introd. de Juan Pérez de Guzmán). Incluye: Apuntes para la historia del tiempo en que ocupó los destinos de Aya de S. M. y A. y Camarera Mayor de Palacio y En honor de Mina. Memorias íntimas (1820 a 1836); ed. facsímil de la edición del Congreso de los Diputados de 1910, Madrid: Boletín Oficial del Estado, 2014.





