Cargos y oficios
Diputado por Navarra en las Cortes de Cádiz
Trayectoria
Francisco de Paula Escudero nació en 1764 en Corella, al sur de Navarra, en el límite con Castilla (actual La Rioja). Sus antepasados por vía paterna procedían de Oteruelo, Galilea, Ocón y Arnedo, localidades riojanas, y se habían establecido en Corella hacia 1460, por una parte huyendo de los conflictos entre los grandes linajes que luchaban por el control de ese territorio —en particular después de que Gonzalo Escudero pasara del servicio al duque de Nájera al del conde de Nieva, su acérrimo enemigo—, y por otra seguramente atraídos por las oportunidades que ofrecía la merindad de Tudela. Al igual que años antes en Arnedo, en Corella litigaron (1533) un proceso contra el regimiento para ver reconocida su hidalguía, objetivo que lograron a pesar de la resistencia local. La atracción que esta villa —ciudad desde 1630— despertaba se debe en buena medida a que las aduanas de Navarra, tras su incorporación a Castilla en 1515, se situaban no en los Pirineos sino en el Ebro, lo que convertía al reino en una plataforma de redistribución de productos introducidos desde Francia y reexpedidos a otros territorios peninsulares, así como de salida de lana y otras mercancías hacia el norte. Sin accidentes geográficos de entidad que marcaran claramente el límite con Castilla, desde el punto de vista eclesiástico Corella perteneció hasta el siglo xviii a la diócesis de Tarazona (Aragón), ciudad también cercana, lo que propiciaba más si cabe las relaciones y el tráfico comercial, lícito e ilícito.
En las siguientes ocho generaciones los Escudero, al menos la rama primogénita, permanecieron en Corella, desarrollando una clásica trayectoria de ascenso social y emparentando repetidas veces con linajes de historia similar a la suya, también en lo que se refiere a su procedencia foránea. Se trata de un grupo de familias —los Sesma, Virto, Arévalo, entre otras— que, dedicadas al comercio en un enclave particularmente propicio para ello, amasarán notables fortunas, impulsadas con más fuerza aún tras su decidido apoyo a Felipe V en la guerra de Sucesión: el monarca y la Corte residieron durante cuatro meses del año 1711 en Corella, en la mansión recién construida por Agustín de Sesma, casado con Josefa Escudero, y volvería de nuevo en 1719 para una estancia más breve. Respecto de los Escudero se sabe que un tío abuelo de Francisco de Paula murió en la batalla de Almansa a los dieciséis años.
Los Escudero tal vez no destacaron desde el punto de vista económico tanto como los Virto y Sesma —las fuentes nos hablan de su dedicación a la ganadería y del desempeño de cargos en el regimiento—, pero sí situaron a sus vástagos, a lo largo de varias generaciones, en puestos destacados del ejército, la Iglesia y las Cortes de Navarra. En 1699 Carlos II concedió a Joaquín Escudero y Peralta, bisabuelo de Francisco de Paula, asiento en Cortes por el brazo nobiliario con carácter hereditario, pocos años antes de que Felipe V otorgara el mismo honor a sus parientes Arévalo. Pero ya para entonces los Escudero contaban con una dilatada trayectoria en las Cortes de Navarra como representantes de Corella en el brazo de universidades, un puesto que prácticamente habían copado entre 1534 y 1569. Tras un largo lapso, se incorporaron al brazo militar en 1632 por merced personal concedida por el virrey a Antonio Escudero, tío-bisabuelo de Francisco de Paula, gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén en Navarra y fundador del mayorazgo. Muerto en 1655, su sobrino y sucesor Joaquín Escudero y Peralta consiguió que dicha merced se convirtiera en hereditaria.
Francisco de Paula fue el segundo hijo varón de su nieto Joaquín Escudero y Luna y de Tomasa Ramírez de Arellano y Olóndriz, natural esta de Puente la Reina. Puede adscribirse a la generación educada en la tradición ilustrada que evolucionó hacia las ideas liberales; en el caso de su hermano Miguel se ha evocado la influencia de un tío suyo bajo cuya tutela se formó, militar y «de espíritu volteriano y enciclopedista». Como Miguel, hermano mayor y heredero del mayorazgo, se formó desde muy joven en la Academia de guardiamarinas, en la que los corellanos destacaron por su número a lo largo del siglo xviii. Su carrera en la Marina fue fulgurante: tras haber ingresado en la Armada en 1778 sin cumplir los catorce años, la culminó en 1806 como capitán de fragata. Como ha sido estudiado, la venalidad no era ajena a estos rápidos ascensos. Siguiendo la tradición familiar, fue caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén (1793) y secretario del infante don Antonio, hermano menor de Carlos IV y firme partidario de su sobrino Fernando frente a Godoy. En 1803 contrajo matrimonio con Asunción Sesma y Ruiz de Apodaca, hija del corellano Baltasar Sesma Zay y Lorda, capitán de fragata y caballero de Santiago, y de María Teresa Ruiz de Apodaca y Eliza, quien a su vez pertenecía a una familia alavesa con destacados miembros en la Marina y la administración virreinal pero que igualmente procedían del comercio.
Por lo que respecta a las Cortes de Navarra, la casa de los Escudero, como se ha señalado, era llamada por el brazo militar o noble, pero tal derecho correspondía a su hermano primogénito, quien consta que participó en las de 1795, 1801, 1812 y 1817; formó parte de la Diputación del reino en 1801 y lo representó en la Asamblea de Bayona (1808). Un informe francés de este último año lo presenta como «un hombre inteligente, muy vinculado a Francia, que detesta [a] los Borbones y los Godoy».
Tras participar Francisco de Paula en varias acciones de guerra, que culminaron en la campaña de Cartagena de Indias (1799), regresó a la Península; en 1806, y ya ascendido a capitán de fragata, abandonó la Marina para pasar al cuerpo de secretarios de ministerio, en el que sus ascensos fueron igualmente rápidos. Se inició así su vida política, muy dilatada en el tiempo e iniciada con el proceso de convocatoria a las Cortes de Cádiz.
Su participación en la asamblea gaditana no resultó brillante, y debe encuadrarse en un contexto más amplio. La cultura política forjada en la España del siglo xviii, tras los decretos de Nueva Planta, contemplaba una Monarquía unitaria y centralizadora, en la que tenían difícil encaje los sistemas forales que excepcionalmente se mantenían en Navarra —único territorio que conservaba la condición de reino en la Monarquía española— y las tres Provincias Vascas. Los círculos ilustrados vascos se habían interesado por la cuestión y crearon una corriente de opinión favorable al mantenimiento de estos sujetos políticos dotados de una constitución histórica. Pero ya en las décadas finales del siglo Godoy, apremiado por la complicada situación de la Monarquía, acometió una serie de medidas antiforales que, de no haber mediado la invasión napoleónica, hubieran seguramente acabado con el régimen privativo de los cuatro territorios. Además, como ha subrayado Monreal Zia, el favorito de Carlos IV impulsó la edición de varias obras con un discurso que legitimaba tal política al minusvalorar el sistema y las instituciones forales, y que tendrían amplio calado entre las élites conservadoras españolas.
En la asamblea reunida en Bayona en 1810 a fin de dotar al país de una constitución, los representantes vascos y navarros —entre los que se encontraba Miguel Escudero— coordinaron sus esfuerzos con vistas al mantenimiento del régimen foral, al que en los tres primeros proyectos del texto no se hacía referencia alguna. Finalmente, tras dirigirse a Napoleón, consiguieron su objetivo, pero pagando por ello un alto precio, pues, sin alcanzar plena garantía del mantenimiento definitivo de los Fueros, quedaban al menos marcados por la sospecha de colaboración con el invasor. Los vasco-navarros pudieron asimismo comprobar el escaso respaldo que su objetivo despertaba entre los apoderados procedentes de otros territorios.
La elección de Francisco Escudero como diputado en Cádiz fue en buena medida fruto de las difíciles circunstancias impuestas por la invasión francesa y la guerra, y recayó sobre los electores navarros residentes en Cádiz; aunque a Navarra, por su población, le hubieran correspondido tres diputados más un suplente, finalmente hubo solo uno. De cara a valorar su papel en la asamblea, es necesario tener en cuenta, con Monreal Zia, que los diputados de Cádiz no representaban a los territorios, sino al sujeto político que es la nación. En cualquier caso, como subraya este autor, no consta que los cuatro diputados vasco-navarros —cuyas trayectorias eran muy dispares y escasamente conectadas con las provincias por las que resultaron elegidos— coordinaran ningún tipo de acción encaminada a la defensa de los Fueros, asunto hacia el que la asamblea gaditana, por las razones ya apuntadas, era refractaria. Debe, no obstante, admitirse que el punto de partida de esos cuatro territorios no era el mismo. La actuación de Escudero, en todo caso, resultó irrelevante; en tales condiciones no puede extrañar que el texto de Cádiz no recoja en su articulado referencias al sistema foral navarro, pese a los elogios que le prodiga en su discurso preliminar. Ahora bien, habida cuenta de que la esencia de la constitución política de Navarra residía, como ha subrayado Galán Lorda, en que el rey no podía legislar ni imponer ninguna clase de tributos sin consentimiento de las Cortes del reino, cabe preguntarse hasta qué punto una iniciativa del diputado Escudero, individual o coordinada con otros, hubiera tenido alguna posibilidad de salir adelante. Su actuación en Cádiz se completó tomando parte en algunas comisiones, como las de Marina y Guerra.
Tras el juramento constitucional, la situación en Navarra —último territorio en verse liberado de la ocupación francesa— resultó confusa. Galán Lorda ha puesto de relieve, por contraste con lo que sucedería en 1820, el peso que tuvo el hecho de que el monarca no jurase la Constitución. Solo ese confusionismo permite explicar que en agosto de 1813, apenas cinco meses después de la promulgación del texto de Cádiz, Francisco de Paula y su hermano Miguel —jefe político del nuevo régimen—, junto con otro miembro de la Diputación, solicitaran a las Cortes españolas la convocatoria de unas Cortes de Navarra, por entender que el sistema tradicional, al no haberse derogado, seguía en vigor. Su propuesta no fue atendida.
El regreso de Fernando VII a España en 1814 marcó el retorno del absolutismo y la abolición de la obra de Cádiz, así como el inicio de una persecución contra cualquier signo de liberalismo. Fue acompañado, por la vía de los hechos incluso antes que por la de la ley, del restablecimiento del régimen foral en Navarra; como apunta Monreal Zia, el problema que tal situación planteaba era que la vigencia de los Fueros quedaba vinculada al absolutismo e iba en dirección contraria a las ideas políticas que no mucho después triunfarían en España y en Europa. Puede colegirse que la inacción de los cuatro representantes vasco-navarros en Cádiz tuvo graves consecuencias por cuanto se dejó pasar la oportunidad de insertar el régimen propio de los cuatro territorios en el nuevo Estado liberal. No obstante, los acontecimientos posteriores dejarían aún abierta la posibilidad de explorar la compatibilidad de los principios liberales con esa constitución política de Navarra.
Pese a su trayectoria anterior, Francisco de Paula Escudero ocupó diversos cargos en el sexenio absolutista, como el de secretario del Consejo Supremo del Almirantazgo (1815) y consejero del Consejo Supremo de Guerra, en el ramo de Marina (1818); fue asimismo alcalde mayor de Valverde del Camino (Huelva) (1817-1819).
La situación experimentó un vuelco con el triunfo del pronunciamiento de Riego, que dio paso al Trienio liberal (1820-1823). Es en este periodo en el que Escudero, abierto partidario del constitucionalismo, ocupó los puestos de mayor responsabilidad política; así, a comienzos de 1821 recibió el nombramiento de secretario del Despacho de Marina y secretario del Estado en el gabinete presidido por Eusebio Bardají; poco después se le confió la Secretaría del Despacho de la Guerra. Continuó en la legislatura extraordinaria de septiembre de 1821 pero renunció a comienzos de 1822. Pese a su papel en general poco activo se mostró como un claro defensor del liberalismo y del programa de reformas que se estaba implantando.
La restauración del absolutismo en 1823 puso término a ese proyecto, y Escudero corrió suerte parecida a la de otros liberales: fue desterrado de la Corte, por lo que decidió regresar a Corella. Pudo volver a Madrid en 1826, y allí murió en 1831. Su hermano Miguel sufrió en 1824 agresiones e injurias por parte de los realistas en su ciudad natal, lo que le llevó a mudarse a Villafranca (Navarra), de donde era oriunda su esposa, Casilda de Arévalo, y allí falleció el mismo año que su hermano.
Según algunos testimonios, Francisco de Paula Escudero fue autor de unas Memorias, hoy perdidas. La trayectoria de los Escudero, desde su asentamiento en Navarra hasta el final del Antiguo Régimen, permite seguir la historia del reino: sus oportunidades y sus crisis.
Bibliografía
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Imízcoz Beunza, J. M., y Bermejo Mangas, D., «Grupos familiares y redes sociales en la carrera militar. Los oficiales de origen vasco y navarro en el ejército y la marina, 1700-1808», Cuadernos de Historia Moderna, 41 (2016), pp. 497-538.
Monreal Zia, G., «Los diputados vascos y navarros», en Escudero, J. A. (dir.), Cortes y Constitución de Cádiz. 200 años, vol. 1, Madrid: Espasa-Calpe, 2011, pp. 347-418.
Urquijo Goitia, M., «Escudero Ramírez de Arellano, Francisco de Paula», Diccionario biográfico de los parlamentarios de Vasconia (1808-1875), Vitoria-Gasteiz: Parlamento Vasco, 1993, pp. 370-371.
Fuentes. Archivo Real y General de Navarra, Consejo Real. Procesos, núm. 64071.





