Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores alaveses

EGAÑA DÍAZ DEL CARPIO, Pedro (Vitoria, 21 de febrero de 1803 – Zestoa, Gipuzkoa, 4 de agosto de 1885).

Cargos y oficios

Político, periodista, senador, ministro

Trayectoria

Miembro de una saga de juristas, patricios provinciales y servidores de la Corona durante el siglo xviii, Pedro de Egaña pasa por ser, según Coro Rubio, «el más importante político vasco del reinado isabelino, el más influyente de los fueristas, la voz más autorizada de las Provincias Vascongadas en Madrid […], un relevante cortesano […] y un significado liberal moderado». Los elementos que figuran en esta acertada caracterización deben mucho a sus antepasados. En efecto, el legado político e intelectual de su familia pesa en su forma de ver las cosas durante toda su vida. Él mismo señalaba, en la introducción de El Señor Egaña y los diputados provinciales (1879), que sus referentes ideológicos eran heredados. Según explicaba, su abuelo, Domingo Ignacio de Egaña (Zestoa, 1727), sirvió a la Corona en el Ministerio de Hacienda, y sabemos que también en la Cámara de Castilla y la Secretaría del Consejo de Órdenes, hasta que volvió al país «a desempeñar el cargo de secretario perpetuo de la Provincia de Gipuzkoa, con que le honraron sus Juntas Generales». Valiéndose de su doble experiencia en el aparato administrativo de la Monarquía y en su cargo de secretario de la provincia, escribió El guipuzcoano instruido (San Sebastián, 1780). Bernabé de Egaña (hijo del anterior y, por tanto, tío de Pedro) sucedió en el cargo de secretario perpetuo de la provincia, dejando «entre otros muchos trabajos, de grande interés para el país […] una extensa Memoria sobre nuestras fábricas de anclas y palanquetas» (1788). Por último, su padre, Casimiro de Egaña, regentó la cátedra de filosofía de la Universidad de Oñati, estableciendo su bufete en Vitoria a comienzos del siglo xix. Casado en 1802 con Higinia Díaz del Carpio, también estuvo bien conectado con los círculos de influencia de la Corte.

Se sumaba a este acervo político el ambiente ilustrado en el que se movió desde su infancia. No es ocioso mencionar aquí que, durante su periodo como diputado general de Álava (1864-1866), proyectara, entre otras cuestiones de las que nos ocuparemos, la refundación de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. Sabemos, por él mismo, que «su amigo más íntimo en su primera juventud y el maestro que guió sus pasos y marcó el rumbo de sus futuras inclinaciones políticas y literarias» fue Manuel Ciorraga, estudiante del Real Seminario Patriótico de Bergara, líder del primer liberalismo alavés e hijo de un comerciante mayorista de Vitoria. Por otra parte, la familia Egaña se vinculó estrechamente con el ilustrado marqués de la Alameda, con Fausto de Otazu, con José Joaquín Salazar Sánchez Samaniego y Diego Manuel de Arriola.

Su entorno relacional transitó hacia el liberalismo durante la crisis del Antiguo Régimen. Ya durante la ocupación napoleónica, su padre ejerció desde 1810 como secretario del marqués de la Alameda, a la sazón consejero del Consejo de Gobierno de Bizkaia. Evacuadas las tropas francesas, mostró una clara simpatía por el sistema constitucional, concretada en su participación en la prensa y en la vicepresidencia de la Junta de Censura y protección de la libertad de imprenta de Álava. Fue encarcelado cuando se restableció el absolutismo en 1814. Durante el trienio constitucional, fue regidor del Ayuntamiento de Vitoria (1821), cuando Fausto de Otazu ejerció como alcalde. En el mismo periodo, el primo de Pedro de Egaña, José María Egaña Urrizola, se ocupaba como secretario del jefe político de Gipuzkoa, el conde de Villafuertes, siendo reprimido tras la caída del sistema constitucional con encarcelamiento, multa y confinamiento en una aldea. Diez años después, la parentela volvió a estar marcada por su fidelidad al sistema constitucional, como muestra la inclusión de sus allegados de Azkoitia, José María y Julián Egaña, en las listas de enemigos de los carlistas, y en la participación del primero en la Milicia Urbana de Guetaria. Por su parte, Pedro sirvió como voluntario nacional en el batallón de Vitoria en 1834, participando en la defensa de la ciudad contra los carlistas el 16 de marzo de dicho año.

Como puede observarse, el círculo de Pedro de Egaña se forjó en las luchas políticas e ideológicas que acompañaron la crisis del Antiguo Régimen. En lo que a él respecta, en 1817 comenzaba sus estudios de Leyes en la Universidad de Oñati. En junio de 1820 se graduó de bachiller. Pasó a Madrid para ejercer la abogacía junto con su pariente Francisco Gutiérrez de la Huerta, fiscal del Consejo de Castilla (concuñado de su padre). En el Madrid de 1820-1823 pudo vivir de cerca el despliegue político del primer liberalismo, observar la radicalización de los llamados exaltados, familiarizarse con los círculos periodísticos de todas las tendencias, formarse bajo el magisterio de Ramón de Salas y frecuentar alguna sociedad patriótica.

Poco se sabe de él en el periodo posterior. Hasta los años 1830 no comenzó a despuntar en su carrera, que, como afirma Joseba Agirreazkuenaga, tuvo varias vertientes interrelacionadas: política, administrativa y periodística. En una carta reservada que escribió desde Madrid a Íñigo Ortés de Velasco, en septiembre de 1834, aparece ya caracterizado por los rasgos ideológicos que marcarán su trayectoria. En aquella ocasión, se preocupaba porque, en medio de los estragos que la guerra civil causaba en las Provincias Vascas, «la cuestión de Fueros está dormida» en Madrid. En segundo lugar, mencionaba que «si un ministro revolucionario sucede a un ministro liberal, entonces […] nuestros Fueros serán arrastrados con todo lo demás». El fuerismo temprano y la distinción clara, desde esta época de las categorías de liberal y revolucionario dibujan los contornos de una tendencia moderada que le acompañará hasta bien entrada su senectud, en la que trazaba la historia de la división interna del liberalismo entre aquellos que «ansiosos de reformas de añejos abusos deseaban sustituir con la forma representativa la forma absoluta», herederos del canon revolucionario francés, y los que «encariñados con lo pasado y temerosos de lo futuro resistían la novedad», más apegados al modelo inglés, y entre los que siempre se encuadró (El moderantismo, 1879).

En los años treinta comenzó su ascenso en la carrera judicial. Parece (según indicaba Fausto de Otazu) que obtuvo su primer puesto de relevancia, el de auditor de guerra de la capitanía general de Granada (1834), gracias a la protección que le dispensaba el moderado Antonio Remón Zarco del Valle, secretario del despacho de Guerra y Marina (1833-1834). En 1836 también le fue confiada la asesoría del juzgado de Hacienda militar. En 1838 fue promovido a magistrado de la Audiencia de Madrid, aunque rechazó el puesto, alegando haber sido electo diputado a Cortes por Granada. En 1839 sería hecho fiscal de la Audiencia de Burgos, y en enero de 1840 magistrado de esta audiencia.

Paralelamente se inició en la vida parlamentaria, en la que llegaría a brillar como el diputado vasco más relevante de las primeras décadas constitucionales. Electo diputado suplente a Cortes por Granada en 1837, ejerció solamente desde enero de 1839 en sustitución del duque de Gor. Pudo participar activamente en las discusiones que llevaron a la Ley de 25 de octubre de 1839, con una clara posición en favor de los Fueros. Combinó este cargo con el de comisionado en Corte de la provincia de Álava, desde el que pronto devino «el más relevante gestor de los intereses vascos en Madrid» (Coro Rubio). Su actividad era frecuentemente mencionada en la correspondencia personal del patriciado gobernante alavés, sumamente interesado en lo que se estaba jugando en aquella tesitura. Actuó conjuntamente con el grupo de herederos de la Ilustración convertidos en liberales moderados fueristas, como Valentín de Olano, Ascensio Ignacio de Altuna, Francisco de Hormaeche y, por supuesto, Fausto de Otazu e Íñigo Ortés de Velasco.

Sería reelegido diputado a Cortes en las elecciones de enero de 1840 por Álava y Gipuzkoa (optando por la primera), y en las de abril de 1841 por Álava, aunque en esta segunda ocasión rechazó la elección. Su compromiso fuerista le implicó en la organización de la llamada Octubrada, sublevación contra la regencia de Espartero, junto con su amigo Manuel de Ciorraga, con Íñigo Ortés de Velasco y con otros moderados. El fracaso de la sublevación le obligó a exiliarse en Francia, donde pudo estrechar vínculos con la reina María Cristina. La confianza que obtuvo cerca de la reina reforzó su posición como intermediario eficaz entre los intereses de las Provincias Vascas y la Corona. Vuelto a España, y haciendo gala de su fuerismo militante, rechazó la plaza de fiscal de la Audiencia de Barcelona, y cualquier otra que le pudiera ofrecer el gobierno mientras no se revertieran los cambios que se operaron en las Provincias Vascas durante el periodo esparterista. Su relación con la reina fue clave para el restablecimiento de las diputaciones forales.

Retomó su actividad parlamentaria al ser electo diputado en Cortes por Álava en septiembre de 1844. Repetiría en 1846, 1850, 1853, 1857, 1858 y 1863. Se integró en el sector más conservador (el vilumista) del partido moderado, pasando a ejercer puestos de gobierno en la estructura del Estado. Trabajó por el restablecimiento de las relaciones de España con la Santa Sede, interrumpidas hacía más de una década, y por la suspensión de la venta de bienes del clero. Fugaz ministro de Gracia y Justicia desde marzo 1846, en el gobierno moderado de Narváez, entró a desempeñar el cargo de intendente de la Real Casa y Patrimonio aquel mismo año, manteniéndose hasta marzo de 1847. Más adelante, en 1853, sería hecho ministro de la Gobernación.

Combinó las influencias que le procuraban sus cargos político-administrativos con las que se derivaban de su actividad periodística. Comenzó escribiendo en el Correo Nacional, junto con plumas como la de Donoso Cortés. Desaparecido este diario, fundó en Madrid La España (1848-1868), cuya línea editorial era monárquica y liberal-conservadora.

Sintetizó los elementos que conformaban el fuerismo con ocasión de la modificación foral proyectada durante la presidencia de Bravo Murillo (1851-1852). Comisionado por las Juntas Generales de Álava junto con el fuerista alavés Blas López (1781-1861) para articular su defensa, la expuso en un largo escrito intitulado Breves Apuntes en defensa de las libertades vascongadas, que no sería publicado hasta 1870. El proyecto propuesto por el gobierno, en junio de 1852, fue unánimemente rechazado por las Provincias Vascas. Egaña lo insertaba dentro de una política niveladora del Estado para el conjunto de España, por la cual, argumentaba, se venían a asumir los principios revolucionarios que recorrían Europa, en lugar de una prudente tradición que era característica de la españolidad («No hemos sido revolucionarios, porque éramos españoles»). Con la exposición de los tópicos que informaban el ideario fuerista (cantabrismo, independencia primitiva, unión voluntaria, pactismo) presentaban el caso vasco como una excepción antropológica que requería un tratamiento ad hoc. El cuadro idílico de las provincias quería demostrar que el sistema foral estaba en el origen de unos niveles de bienestar extraordinarios. Por otra parte, partían del postulado (típicamente moderado) de que la legislación del Estado no puede prescindir de la tradición sin ocasionar una convulsión social. Las instituciones que son fruto de una política meramente voluntarista, que no se imbrican con las estructuras sociales y los axiomas morales de una comunidad, no pueden proporcionar una verdadera felicidad. Consecuente con esta tesis, sostenían que en el levantamiento carlista, los Fueros fueron esenciales para la movilización («La guerra civil hubiera podido encenderse en las Provincias Vascongadas sin la cuestión de Fueros: pero […] no se hubiera sostenido como se sostuvo […] no habría sido tan larga, empeñada y terrible como fue, sin el alimento vigoroso y continuo que la daba el espíritu público […]. No fue el principio dinástico, era el principio foral el que agitaba principalmente a nuestros montañeses»). Y su conservación era fundamental para la pacificación.

Dicho esto, con objeto de defender la compatibilidad de los Fueros con la Constitución, traían a colación el tópico fuerista según el cual el sistema foral contenía un depósito inmutable, que se había transmitido ininterrumpidamente, y que podía adaptarse a cualquier estructura política, desde antes de la unión con la Corona de Castilla hasta el periodo constitucional, pasando por los Reyes Católicos, los Austrias y los Borbones. No obstante, para cualquier modificación que se realizara para su integración en el orden nacional, habría que partir del espíritu con el que, señalaban, se alcanzó el nuevo pacto de 1839: que las Provincias Vascas gozaban plenamente de sus derechos, y que la Ley de 25 de octubre de dicho año confirmaba aquel estado.

En 1863 fue electo senador vitalicio y consejero de Estado. En el Senado mantuvo su famoso debate con el senador progresista andaluz Manuel Sánchez Silva (1806-1881), quien proponía la asimilación de las Provincias Vascas al sistema general de la nación. Era el momento cenital de un enfrentamiento dialéctico que ambos mantenían desde hacía años. Valiéndose de argumentos históricos, Sánchez Silva quiso deslegitimar el sistema foral, al que consideraba una tara en el proceso de construcción nacional española. Sin querer entrar en el terreno histórico, la respuesta de Egaña descansó sobre el argumento voluntarista, sobre el unánime deseo de los vascos de todas las categorías sociales para conservar su tradicional sistema, en contra de su caracterización como oligárquico y opresivo. El uso del concepto de nacionalidad por parte de Egaña, que en realidad era expresivo del nacionalismo vasco-español característico del fuerismo, ocasionó cierta polémica en este debate que tuvo su eco en la opinión pública y que, por otra parte, sirvió para el reforzamiento del proyecto de las élites fueristas en su construcción de una nueva identidad interprovincial.

Como consecuencia del debate antedicho, fue nombrado diputado general de Álava en 1864. Su mandato iba a articularse, afirmaba en su discurso programático, sobre los tres ejes de «religión, Monarquía y Fueros». Promovió una novedosa política de memoria histórica, consistente en varias acciones: la rehabilitación de la ermita juradera de Arriaga, junto con un proyecto de área monumental similar a la de Gernika; la recuperación de la romería tradicional de la carta al Zadorra, que celebraba el compromiso de los reyes castellanos para con los Fueros de Álava, y que consiguió restablecer en 1867 dándole un sentido nuevo; la concesión de premios a la producción literaria que enalteciera la historia del país vasco-navarro, o la mencionada refundación de la Real Sociedad Bascongada.

Por otra parte, reflejando el pensamiento ilustrado con el que había estado familiarizado desde su juventud, puso en marcha una política de fomento económico de la provincia. Continuó con la renovación de la industria vinícola que iniciara su antecesor Ramón Ortiz de Zárate, utilizando sus contactos con la élite de Madrid y con la Corte para difundir el que se dio en llamar Medoc Alavés. Dotó con un importante presupuesto la granja-modelo, otorgó la importancia debida a la educación y, por último, saneó las arcas provinciales.

Su mandato al frente de las instituciones provinciales no concitó un consenso unánime. Su reelección en 1867 fue protestada como contraria al Fuero por un sector liderado por Ramón Ortiz de Zárate, que aglutinaba el descontento por la forma en que se había llevado la contribución del culto y clero, así como la oposición católica contra la Corona, a la que Egaña estaba íntimamente ligado, tras el reconocimiento del Estado italiano. El contencioso fue dirimido por el Consejo de Estado, que se pronunció por la ilegalidad de la reelección. Su intento de regresar a la política nacional se vio interrumpido por la coyuntura del Sexenio, en la que se retiró a una discreta posición por su radical desacuerdo con la evolución política del periodo.

Este apartamiento no hizo más que intensificarse después de la Segunda Guerra Carlista. De estos últimos años data El moderantismo. Carta dirigida al Sr. D. Juan Mañé y Flaquer, obra que supera claramente el fuerismo, del que era claro referente, para introducirse en el debate sobre el carácter del liberalismo, que, según su punto de vista, debía ser esencialmente autoritario y antirrevolucionario. Por último, cabe reseñar su postrera contribución El Señor Egaña y los diputados provinciales (1879), escrito en el contexto de las críticas que recibió en su última etapa como efímero diputado en Cortes, en la que culminaba su evolución hacia la intransigencia fuerista.

Obras

Moción presentada a las Juntas de Álava en el mes de noviembre, Vitoria: Imprenta Hijos de Manteli, 1867.

Representación de los vascongados y navarros residentes en Madrid, pidiendo la conservación de los fueros de sus provincias, Madrid: Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1839 (atribuido a Pedro de Egaña por J. Agirreazkuenaga y C. Rubio).

Con López, B., Breves apuntes en defensa de las libertades vascongadas. Escrito leído a la llamada comisión de arreglo de los fueros nombrado por el Señor D. Juan Bravo Murillo, Bilbao: J. E. Delmas, 1870. Reed. en Egaña, P., Discursos y escritos, en Rubio Pobes, C. (ed.), Bilbao: UPV/EHU, 2019, pp. 79-173.

Discusión sobre los fueros de las tres provincias vascongadas, habida en el Senado en las sesiones celebradas del 13 al 21 de junio, Vitoria: Imprenta Hijos de Manteli, 1864. Reed. parcial en Egaña, P., Discursos y escritos, en Rubio Pobes, C. (ed.), Bilbao: UPV/EHU, 2019, pp. 175-234.

Discurso que el Excelentísimo Señor… dirigió a S. M. la reina Doña Isabel II, Vitoria: Imprenta Hijos de Manteli, 1865. Reed. en Egaña, P., Discursos y escritos, en Rubio Pobes, C. (ed.), Bilbao: UPV/EHU, 2019, pp. 235-263.

Discurso leído por el Excmo. Señor… diputado general de la M. N. y M. L. Provincia de Álava, s. n., 1865.

Discurso pronunciado por el Excelentísimo Señor… maestre de campo, comisario y diputado general de la M. N. y M. L. provincia de Álava, al inaugurar las sesiones ordinarias del mes de noviembre de 1866, s. n., 1866.

Discurso pronunciado por… al inaugurar las sesiones ordinarias del mes de noviembre de 1867 con el informe y acuerdo hechos en su virtud, s. n., 1867.

El Señor Egaña y los diputados provinciales de real nombramiento en Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, Barcelona: Imprenta Barcelonesa, 1879. Reed. en Egaña, P., Discursos y escritos, en Rubio Pobes, C. (ed.), Bilbao: UPV/EHU, 2019, pp. 287-320.

El moderantismo. Carta dirigida al Sr. D. Juan Mañé y Flaquer, Barcelona: Imprenta Barcelonesa, 1879. Reed. en Egaña, P., Discursos y escritos, en Rubio Pobes, C. (ed.), Bilbao: UPV/EHU, 2019, ppp. 265-285.

Bibliografía

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— «Egaña, Casimiro», en Urquijo, M. (dir.), Diccionario biográfico de los Diputados Generales, consultores y secretarios de gobierno de Álava (1800-1876), Vitoria-Gasteiz: Diputación Foral de Álava, 2004, pp. 181-183.

— «Egaña Díaz del Carpio, Pedro», Diccionario Biográfico Español, Madrid: Real Academia de la Historia. Edición en línea: http://dbe.rah.es/biografias/6372/pedro-egana-diaz-de-carpio (consultado el 17 de septiembre de 2019).

Angulo, A., Del éxito en los negocios al fracaso del Consulado. La formación de la burguesía mercantil de Vitoria (1670-1840), Bilbao: UPV/EHU, 2000.

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Cajal Valero, A., «Paz y Fueros». El Conde de Villafuertes. Guipúzcoa entre la «Constitución de Cádiz» y el Convenio de Vergara (1813-1839), Madrid: Biblioteca Nueva, 2002.

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Vidal-Abarca, J.; Verástegui, F., y Otazu, A., Fausto de Otazu a Íñigo Ortés de Velasco. Cartas 1834-1841, Vitoria: Diputación Foral de Álava, 2 vols.

Fuentes. Archivo General de Gipuzkoa, CA 156, 13. Lista de desafectos a la causa enviada a la diputación a guerra de Guipúzcoa por la alcaldía de Azkoitia.


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