Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores navarros

DOMÍNGUEZ ARÉVALO, Tomás, VII conde de Rodezno (Madrid, 26 de septiembre de 1882 – Villafranca, Navarra, 10 de agosto de 1952).

Cargos y oficios

Gran propietario agrícola, político, historiador, jefe de la Comunión Tradicionalista, 1932-1934, ministro de Justicia, 1838-1939, vicepresidente de la Diputación Foral de Navarra, 1940-1948, fundador de la Institución «Príncipe de Viana» y miembro de la Real Academia de la Historia, 1944-1952

Trayectoria

Tomás Domínguez Arévalo nació en Madrid, dentro de la familia aristocrática, siendo su padre marqués de San Martín y su madre heredera de los condados de Rodezno y Valdellano. Así pues, heredó extensas propiedades agríco-las, a las que se sumaron las aportadas a su matrimonio por Asunción López-Montenegro, hija de una familia de ganaderos con grandes propiedades en la provincia de Cáceres.

Desde joven tuvo una intensa actividad política en las filas del carlismo, siendo vicepresidente de las Juventudes Jaimistas de Madrid. Trasladado ya a Navarra, fue alcalde de Villafranca, senador entre 1921 y 1923 y diputado a Cortes entre 1916 y 1918, así como posteriormente entre 1931 y 1936.

Durante la Segunda República tuvo una intensa actividad política en el parlamento, mostrando una firme oposición a las reformas republicanas, en especial en lo referido a las cuestiones religiosas y relativas a la reforma agraria. Además, fue una figura clave en las negociaciones para asegurar el apoyo de las milicias carlistas, el requeté, al golpe de Estado de 1936.

Durante la guerra civil participó en el primer gobierno de Franco, en el que fue ministro de Justicia entre 1938 y 1939. Su labor se centró en la propia administración de Justicia y la gestión de uno de los espacios clave de la represión franquista, los centros penitenciarios. En este ámbito creó el Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo, a través del cual se organizaron muchos aspectos de la vida carcelaria, entre ellos la explotación laboral de la población reclusa. Además, desde este ministerio se anularon las reformas republicanas en relación con el divorcio y matrimonio civil, así como a los derechos individuales de la mujer casada, con una vuelta en este aspecto a lo recogido en el Código Civil de 1889. También fue ministro de Educación Nacional entre abril y agosto de 1939.

Tras la guerra fue vicepresidente de la Diputación Foral de Navarra entre 1940 y 1948, años en los que tuvo una influencia decisiva en la vida política de la provincia, y desde donde impulsó una política agraria beneficiosa para los grandes propietarios, consolidando la usurpación de comunales producida en años anteriores. Creó también desde la Diputación la Institución Príncipe de Viana, de la que fue presidente durante ese periodo. En esos años, además, participó en las conversaciones de Estoril para intentar la vuelta al trono de Juan de Borbón. Retirado de cargos públicos tras 1948, murió en Villafranca (Navarra) en 1952.

Toda esta intensa actividad política fue compatible con una permanente preocupación por cuestiones históricas, siendo muestra de ello la temática de sus investigaciones, plenamente ligadas a su concepto político del tradicionalismo. Dentro de ellas, podemos distinguir dos grandes focos de atención que dieron como resultado tres monografías.

El primero de ellos está relacionado con la historia medieval navarra, y entre ellas destaca el libro Los Teobaldos de Navarra. Ensayo de crítica histórica (1909), centrado en Teobaldo I y Teobaldo II, de la dinastía de Champaña, que reinaron en Navarra durante el siglo xiii. En este libro otorga a esta dinastía un papel clave como transición entre un reino aislado y pirenaico, y otro conectado a las corrientes intelectuales y políticas del occidente medieval, que se desarrollaría sobre todo en los siglos xiv y xv.

El segundo de los focos de atención de Rodezno está centrado en figuras sobresalientes del carlismo decimonónico. Entre ellas destaca la biografía Carlos VII, duque de Madrid (1929), sobre el pretendiente al trono en la segunda guerra carlista. Además de este libro, publicó también La Princesa de Beira y los hijos de Don Carlos (1938), sobre la figura de Teresa de Braganza y su entorno familiar. Se trata de un libro centrado en los avatares de los diferentes descendientes del pretendiente, en el que se incluye un apéndice documental con la correspondencia entre ella y su hijo Juan de Borbón.

Además de estas tres monografías, el interés de Domínguez Arévalo por la Historia se plasma en otra serie de escritos más cortos, como artículos publicados en el Boletín de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra o en la Revista de Historia y de Genealogía Española. Varios de ellos fueron incluidos también en su libro Glosas Medievales (1909). Dentro de estas obras menores, en las que su concepción de la historia aparece en más de una ocasión de manera muy clara, también podemos englobar varios prólogos a monografías históricas y los dos discursos, posteriormente publicados, pronunciados con motivo de su ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación (1943), sobre la figura de Martín de Azpilcueta, y en la Real Academia de la Historia (1944), sobre la última dinastía de Navarra, los Albret, en el marco del proceso de conquista e incorporación a Castilla.

Además, es importante señalar dos obras menores relacionadas con los regímenes de propiedad, explotación y uso agrícola. En 1924 se posiciona en contra del nuevo proyecto de crédito agrícola (El crédito agrícola. Conferencia pronunciada en la Casa Social Católica de Cáceres), elogiando la labor de la Confederación Nacional Católico Agraria. Ya en la Segunda República escribió un folleto, La propiedad privada en Navarra; y Un informe sobre reforma tributaria, en el que defiende los intereses de los propietarios agrarios. De hecho, su espíritu antirreformista en tiempos de la Segunda República no se ciñó a la ley del primer bienio, sino también a las medidas impulsadas por Giménez Fernández en 1934 y 1935.

Sus publicaciones se centran sobre todo en la figura de monarcas, o miembros de dinastías, figuras a las que se otorga un papel decisivo en el acontecer histórico. Para comprender el sentido de esta aproximación a la Historia por parte de Domínguez Arévalo resulta imprescindible no solo reparar en la temática y la metodología de sus publicaciones, sino también tener en cuenta lo que él mismo escribió sobre la historia en sus propias obras o en sus discursos políticos, en los que las referencias al pasado tenían un gran protagonismo.

Uno de los conceptos clave para entender su acercamiento al pasado es el tradicionalismo, un concepto que entronca con una defensa de los principios políticos del Antiguo Régimen, especialmente en relación con la monarquía y la religión. De hecho, su trayectoria política en el ámbito del carlismo está supeditada a esta idea de la tradición que trasciende al propio carlismo. En este sentido, su postura contra la Segunda República y su defensa del franquismo durante la guerra deben entenderse en esta apuesta por la «tradición», tal y como señala en uno de los discursos, en el que afirma que el resultado de la guerra será «un Estado nuevo a fuerza de ser viejo, porque no podrá ser, en último resultado, más que el estado católico y tradicional de España» (1938: 23-24).

Su aproximación a la Historia, por otro lado, está estrechamente ligada al nacionalismo, en este caso al español, en el que engarza la Historia de Navarra. Ahora bien, en este aspecto se aprecia una evolución entre su postura en 1921, enfrentada a Víctor Pradera, y la de 1944, cuando en el discurso sobre la conquista de Navarra desarrolla una argumentación en la que se combinan las alabanzas por el viejo reino de Navarra con loas al imperio español, en el que Navarra estaría destinada a incorporarse: «El antiguo reino pirenaico, ante el alumbramiento del nuevo y grande imperio español que se inicia en la época de su conquista, se incorporó de todo corazón a él, como consecuencia de un natural proceso histórico que no supo, o no quiso, comprender su última dinastía» (1944: 49).

Estamos, por tanto, ante una construcción del pasado a través de una identificación de las supuestas esencias patrias con esa idea de tradición. Una «invención de la tradición», en cualquier caso, que tiene sin embargo un carácter muy pragmático, que no le impide apoyar el establecimiento de una dictadura moderna o participar en negociaciones fallidas con una línea dinástica calificada como usurpadora por gran parte del carlismo. En ese sentido, es el espíritu del 18 de julio el que Domínguez Arévalo considera como continuación de esa tradición, a la vez que «hito inconmovible para lo porvenir», tal y como le comunica a Juan de Borbón en el transcurso de las conversaciones de Estoril, en 1946 (recogido en Santa Cruz, 1979: 8 y 12-18).

De hecho, su gran preocupación fue eliminar los efectos de un liberalismo «que durante cien años hemos tenido enfrente incrustado en el poder», para lo cual no solo era necesario un cambio político, sino también borrar los efectos de sus bases intelectuales, la Ilustración y la Enciclopedia, tal y como explica en el prólogo que escribe a la obra Táctica de las revoluciones, de Otero de Navascués. Se trata de unas páginas sumamente reveladoras sobre el modo en el que Rodezno entiende la cesura histórica que supusieron la Enciclopedia y la Revolución francesa, a partir de cuyos principios morales, jurídicos y políticos «se exaltó la beocia cobarde e incivil de una ciudadanía que tenía un veredicto de inculpabilidad para los mayores crímenes, síntesis de todos los errores modernos» (1951: 12).

Ese rechazo del liberalismo se plasma tanto en España como en Navarra, ya que son estos los referentes territoriales de su producción historiográfica y de su actividad política. La preocupación por los otros territorios de Vasconia está ausente en una y otra, con la excepción del fracasado proyecto de estatuto de autonomía de Estella, un proyecto para las cuatro provincias que Rodezno apoyó por posibilismo antirrepublicano, a modo de «bote salvavidas», tal y como reconoció él expresamente a la prensa (García Sanz et al., 1998: 324). Ahora bien, esto no es óbice para que Domínguez Arévalo, en consonancia con el clima intelectual de la época, concibiera el reino de Navarra como un reino de raíz vascona.

Ahora bien, la mirada hacia Navarra del historiador y político está atravesada por una clara diferenciación entre dos partes, que él identifica como la Navarra europea y la Navarra africana. Dentro de esa Navarra, al norte de una línea imaginaria entre Sangüesa y Viana, está la Navarra vasca y europea, mientras que «en la Ribera, el sol, promotor de la barbarie, calcina y endurece los sentimientos y pone una sensación acusadísima de rudeza en el paisaje y en sus naturales», cuya psicología «es beduina, cabileña. Los bandos de oposición irreductible en que generalmente se hallan divididos los pueblos responden a esto: a su tendencia cabileña» (1932: 6). No es casualidad que fuera sobre todo la población rural de la Ribera, adjetivada de modo peyorativo, el objeto de la gran oleada represiva de 1936.

La influencia de Domínguez Arévalo en la historiografía navarra no se limita a su propia obra como historiador, ya que su propia trayectoria política también tuvo una influencia clara en el desarrollo de la ciencia histórica. Un ejemplo de ello es su labor al frente de la Diputación navarra, con la creación en 1940 de la Institución Príncipe de Viana, que dirigió desde entonces hasta 1948. Esta institución, considerada heredera de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra que había funcionado entre 1844 y 1936, impulsó diferentes proyectos relacionados con el patrimonio histórico y artístico en Navarra, además de poner en marcha la revista Príncipe de Viana, que se convertirá en la principal plataforma de publicación para las investigaciones históricas durante la dictadura. En el primer número es precisamente Domínguez Arévalo quien presente la revista en el artículo «Nuestros propósitos» como una continuación de la tradición historiográfica navarra, en la que el padre Moret es tomado como un referente fundamental.

En ese sentido, la relevancia histórica de sus escritos históricos es nimia si la comparamos con la de su propia trayectoria política, impulsando un golpe de estado y una dictadura que se fundamentaron sobre la mayor oleada represiva de la Navarra contemporánea. En su consolidación, además, tuvo un papel decisivo, ya que fue ministro encargado de cuestiones esenciales del aparato represivo, como las prisiones, además de vicepresidente de la Diputación Provincial hasta 1948. Como consecuencia del golpe y de la destrucción de la democracia, Navarra y España quedaron alejadas de todo un proceso de renovación historiográfica que se estaba desarrollando en Europa occidental durante las décadas de los años treinta, cuarenta y cincuenta.

No es exagerado, por tanto, señalar que su influencia en la historiografía trasciende con mucho su labor como historiador, al convertirse en uno de los impulsores y dirigentes de una dictadura que llevó a cabo el denominado en la historiografía española «atroz desmoche» de la ciencia y la investigación, un desmoche que también afectó gravemente a la ciencia histórica.

Obras

Los Teobaldos de Navarra. Ensayo de crítica histórica, Madrid: Nueva Imprenta de San Francisco de Sales, 1909.

«Un retrato del Príncipe de Viana», BCMHAN (1912), pp. 278-280.

«Un infante de Navarra yerno del Cid», Revista de Historia y de Genealogía Española, I (1912), pp. 33-39.

«Del linaje de Ibero», Revista de Historia y de Genealogía Española, I (1912), pp. 75-81.

«Un retrato del Príncipe de Viana», Revista de Historia y de Genealogía Española, I (1912), pp. 265-267.

De tiempos lejanos: glosas históricas, Madrid: Imp. de San Francisco de Sales, 1913.

«Hidalguía Navarra», Revista de Historia y de Genealogía Española, II (1913), pp. 211-215.

«Genealogía y Sucesión de los Señores de Mora», Revista de Historia y de Genealogía Española, II (1913), pp. 274-279.

«Un proyecto de reales bodas. Felipe II de España y Juana de Albret», Revista de Historia y de Genealogía Española, IV (1915), pp. 152-166 y 193-203.

«Virreyes de Navarra. El Conde de Ezpeleta», Revista de Historia y de Genealogía Española, IV (1915), pp. 331-335.

«En el Monasterio de Leyre», Revista de Historia y de Genealogía Española, IV (1915), pp. 241-252.

«Virreyes de Navarra. El Conde de Colomera», BCMHAN (1916), pp. 71-76.

«Virreyes de Navarra. El Conde de Ricla», Revista de Historia y de Genealogía Española, V (1916), pp. 1-7.

«Casas Navarras. Genealogía de la familia Escudero», Revista de Historia y de Genealogía Española, V (1916), pp. 416-425.

Genealogía de la Casa de Arévalo, Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1916.

«El eremita de Altobiscar», BCMHAN (1920), pp. 101-105.

«La abdicación de Don Carlos, y el Conde de Montemolín», Revista de Historia y de Genealogía Española, I, 2.ª época (1927), pp. 234-262 (capítulo del libro La Princesa de Beira y la familia de Don Carlos).

«La muerte de Zumalacárregui», Revista de Historia y de Genealogía Española, III, 2.ª época (1929), pp. 97-106.

«Carlos VII, Duque de Madrid», Revista de Historia y de Genealogía Española, III, 2.ª época (1929), pp. 319-326 (primer capítulo del libro publicado con el mismo título).

Carlos VII, duque de Madrid, Madrid: Espasa-Calpe, 1929.

El crédito agrícola. Conferencia pronunciada en la Casa Social Católica de Cáceres, Cáceres, 1924.

La Propiedad privada en Navarra; y Un informe sobre reforma tributaria, Madrid: Imp. de Juan Pueyo, s. f. (probablemente 1934).

Con E. Esparza, Los mártires de la tradición, Vitoria-Gasteiz: Ed. Social-Católica, 1938.

La Princesa de Beira y los hijos de Don Carlos, Valladolid: Cultura Española, 1938.

«Prólogo», en Ibarra y Céspedes, L., Reconstrucción económica, Madrid: Fax, 1939.

«Nuestros propósitos», PV, núm. 1 (1940), pp. 5-9.

«El Vicepresidente de la Diputación Foral, de 1941, Sr. Conde de Rodezno, conmemora la Ley paccionada de 1841», PV, núm. 2 (1941), pp. 57-59.

El Dr. navarro don Martín de Azpilcueta: discurso leído en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación por el Excmo. Sr. Conde de Rodezno el día 10 de febrero de 1943, Iruñea-Pamplona: Publicaciones de la Institución Príncipe de Viana, 1943.

Austrias y Albrets ante la incorporación de Navarra a Castilla/discurso leído por el Conde de Rodezno el día 15 de noviembre de 1944, con motivo de su recepción y contestación del Marqués del Saltillo, Iruñea-Pamplona: Aramburu, 1944.

«Prólogo», Azcona, J. M., Zumalacárregui: estudio crítico de las fuentes históricas de su tiempo, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1946.

«Prólogo», Otero de Navascués, J., Táctica de las revoluciones, Madrid: Imp. Silverio Aguirre, 1951.

«Prólogo», Mencos y Manso de Zúñiga, J. I., Memorias de don Joaquín Ignacio Mencos, Conde de Guendulain, 1799-1882: del manuscrito original que se conserva en el Archivo de los condes de Guenduláin en Pamplona, Iruñea-Pamplona: Aramburu, 1952.

Bibliografía

García-Sanz Marcotegui, A.; Layana, C.; Martínez Lacabe, E., y Pérez Olascoaga, M., Diccionario biográfico de los diputados forales de Navarra (1931-1984) y de los secretarios de la Diputación (1834-1984), Iruñea-Pamplona: Gobierno de Navarra, 1998.

Jimeno Aranguren, R., «El Conde de Rodezno y el Ministerio de Justicia del final de la guerra civil y del comienzo del franquismo», en Pérez Juan, José Antonio (ed.), Justicia y política, 1931-1945, Valencia: Tirant lo Blanch, 2021 (en prensa).

Mendiola, F., «De aquellos sotos. Aproximación a las raíces económicas e ideológicas del exterminismo a través de la trayectoria del Conde de Rodezno», en VVAA, Conde de Rodezno, la Justicia al Revés, Iruñea-Pamplona: Autobús de la Memoria-Pamiela, 2010.

Mutiloa Oria, M., La Institución Príncipe de Viana: creación y política cultural, 1940-1984, Iruñea-Pamplona: Gobierno de Navarra, 2018.

Santa Cruz, M., Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español 1939-1966, tt. 1, 2, 8 y 9, Zamora: Ediciones Monte Casino, Zamora, 1984.

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