Cargos y oficios
Historiador, literato e hispanista francés
Trayectoria
Hijo de Théophile-Alphonse Desdevises du Dezért (1822-1891), que había sido profesor de Historia en diversos institutos franceses, como Burdeos, Lorient, Angers, o Tours antes de llegar a serlo de Geografía en la Universidad de Caen. Pasó posteriormente como profesor de Historia a la Facultad de Letras de la Universidad de Clermont Ferrand, donde comenzó en 1868 y se asentó entre 1870 y 1874. Desde esta última fecha se hizo cargo de la cátedra de Geografía en la Universidad de Caen. Fue miembro honorario de la sociedad normanda de geografía y de las sociedades de geografía de Tours, París y Marsella entre otras, además de caballero de la Legión de Honor en 1887. Publicó varios libros, como un programa de Historia universal (dos ediciones: 1857 y 1860), también sobre la geografía de Macedonia (1863), o sobre Erasmo (1863). Estudió además la administración bajo Luis XIV (1875) y el patriotismo en su tiempo (1880), y publicó algunos folletos sobre el movimiento colonial y Francia en el Extremo Oriente.
En esta familia de origen normando y un vínculo tan estrecho con las letras —el abuelo se había dedicado al Derecho—, nació Georges-Nicolas. Al trasladarse su padre de Caen a Clermont, estudió el bachillerato en el instituto de esta última ciudad, y cursó Derecho e Historia, completando estudios en la Faculté des Lettres de París bajo la dirección de Ernest Lavisse, y diplomándose en la École Pratique des Hautes Études, sin dejar de lado una amplia producción literaria, que en ocasiones firmó como Jean Lalouette. Aunque inició la práctica del Derecho en Caen, la abandonó muy pronto, dedicando su actividad profesional a la enseñanza de la historia, primero en el lycée de Lorient en 1878. Estando allí se casó el 10 de agosto de ese mismo año en la cercana iglesia de Notre-Dame-du-Voeu de Cherburgo con Louise-Marie Boullard (1854-1941). Inserto en un contexto católico, se orientó hacia una creencia espiritual vaga, sin una clara definición doctrinal, aunque defendiera para Francia un catolicismo que asumiera los principios liberales. Como ya escribió en el primer volumen de L’Église et l’État en France (1907-1908), se consideraba a sí mismo «profundamente respetuoso de la idea religiosa, considerando el catolicismo como una de las formas más nobles de esta idea, pero sin ver en él la única forma respetable de la que aquella se había revestido; más cercano a la tolerancia y a la caridad que al dogmatismo; adversario resuelto de toda tiranía, viniese del Estado o de la Iglesia». Era una postura que ya había valido duras críticas a su padre en la turbulenta posguerra de 1870 desde las páginas de L’Univers. Georges, sin embargo, mantuvo su posición y buscó la mayor neutralidad posible, aunque ello no impidió, por ejemplo, la crítica a escritores como Henri Barbusse o Marcel Proust, cuya influencia consideraba, en 1928, «detestable y absolutamente contraria al interés de Francia o a su genio nacional», pero más en sentido nacional que religioso. Además, defendía una actitud orientada al futuro, como afirmaba en el prólogo al segundo volumen de su L’Espagne de l’Ancien Régime (1899): «El pasado contiene grandes bellezas pintorescas, su estudio está lleno de encanto, pero está muerto, y es al presente al que deben atender las naciones que aspiren a vivir». No es extraño, por tanto, que el comentario a su obra en una revista de los jesuitas resaltara la lealtad de la exposición de Desdevises: «Más de una vez podremos no estar de acuerdo con la opinión del autor; pero en esos mismos casos, le estaremos reconocidos por habernos provisto generosamente de los medios para decidir de forma diferente a él». Pese a mostrar cierta distancia respecto a los sectores católicos, agradecían estos la actitud de Desdevises, fundada en la justicia y el respeto, y defensora de la libertad de conciencia individual frente a cualquier autoridad ajena a ella.
Fue rotando por varios institutos franceses, como Le Mans, Tours, Rennes y de nuevo Caen. Compatibilizó esta docencia con la investigación, doctorándose en ambas disciplinas, primero en Derecho y posteriormente en Letras. De acuerdo con la costumbre francesa, presentó dos tesis, en ambos casos con investigaciones dedicadas a Navarra, lo que le llevó a la consulta del Archivo de la Corona de Aragón y el Archivo General de Navarra en 1881 y 1886 mediante la obtención de becas oficiales francesas. Su primer ejercicio doctoral trató sobre la condición femenina y el régimen matrimonial en el Fuero de Navarra, que defendió en latín; y el segundo versó sobre Carlos de Aragón, el príncipe de Viana. El acto de defensa tuvo lugar en la Sorbona el 4 de febrero de 1889. Ya doctor, en 1892 ingresó en la Universidad de Clermont-Ferrand, donde impartió Historia Moderna y Contemporánea en la Faculté de Lettres hasta 1924.
Pese a su origen normando y el orgullo por él, arraigó con fuerza en Auvernia, donde fue un activo dinamizador cultural y una persona muy apreciada en círculos literarios, por lo que se le atribuyó una gran importancia en el renacimiento regional de principios del siglo xx. De hecho, escribió en 1921 sobre su región de adopción: «La edad nos contendrá de salir de esta casa, en la que hemos pasado los mejores años de nuestra vida». Uno de los integrantes de estos círculos, C. Gandilhon Gens-d’Armes, le dedicaba un poema («La maison du sage», L’Auvergne littéraire, 1921), que alababa al «viejo normando de ojos llenos de luz». Durante esos años y hasta el estallido de la guerra de 1914, pasaba sus vacaciones en España, explorando archivos y bibliotecas, lo que le convirtió en uno de los principales hispanistas de su tiempo. Fue también decano de la misma facultad desde 1910, y permaneció como decano honorario tras su jubilación.
Los años previos a la guerra mostró un interés muy significativo por el pacifismo, dirigiendo y presidiendo el congreso nacional por la paz celebrado en Clermont en 1911 y encabezando a continuación el Groupe de l’Association de la Paix par le Droit. Pero una vez que estalló desplegó una intensa actividad de propaganda, sobre todo en España, pero principalmente benéfica y asistencial, poniendo en marcha diversas instituciones, como el comité de socorros de las fábricas Bergougnan, o L’École professionnelle de rééducation et d’apprentissage des soldats aveugles de la guerre de Montferrand, encargada del socorro de soldados que habían quedado ciegos (mayo de 1916). También formó parte del grupo que impulsó la Unión Latina, e integró el comité de organización del congreso de intelectuales latinos formado en 1916. Además, durante y sobre todo tras el conflicto, puso en marcha una intensa labor de recopilación de testimonios y materiales procedentes de los combatientes, configurando una abundante información sobre la guerra que en buena parte se conserva manuscrita. Además, integró o colaboró con diversas asociaciones que ponían en valor, por ejemplo, el papel que habían jugado las mujeres (Union des femmes de France), o respaldó la recuperación de Alsacia y Lorena para Francia en 1918, instaurando un premio para los mejores alumnos del instituto de Estrasburgo. De hecho, esta tendencia nacionalista aumentó en la posguerra, bien reflejada en el folleto L’histoire de la patrie, de 1921, en el que afirmaba la continuidad inalterable de Francia desde los galos hasta su propio tiempo; o en la mirada complaciente hacia el fascismo italiano en un artículo de 1923.
Ingresó en la Sociedad Normanda de Geografía en 1888. Fue presidente y animador principal de la Société Littéraire et Artistique du Puy-de-Dôme, en la localidad de Chamalières, y también presidió L’Association des anciens élèves du Lycée Blaise-Pascal de Clermont, organizando una reunión nacional de asociaciones de antiguos alumnos (1904) con el fin de permitir una intervención más directa de los padres en los consejos educativos. También puso en marcha y presidió, desde 1920, la École de Limagne, perteneciente al movimiento felibre. Presidió juegos florales, escribió obras de teatro y poesía, multitud de ar-tículos en prensa, impartió conferencias y trabajó sobre costumbres y elementos característicos de su región de adopción, haciendo además notables dibujos en sus estudios sobre la historia del arte de la zona. Organizó el Congrès des Écrivains de France en 1926. Todo ello le valió un reconocimiento general, traducido en parte en la concesión del grado de Caballero de la Legión de Honor en 1912.
Su labor historiográfica fue muy intensa, resaltando tres grandes ámbitos de estudio: por un lado, el de las investigaciones sobre la región en torno a Clermont-Ferrand y el impulso que dio al conocimiento de la Auvernia, sobre todo tras la Primera Guerra Mundial; por otro, la historia de Francia y, finalmente y sobre todo, el hispanismo, del que se convirtió en uno de los pioneros desde el ámbito académico y universitario, como reconocía Gabriel Monod, la cabeza visible de la historiografía francesa fin-de-siècle, en una carta de septiembre de 1900, al considerar a Desdevises y Boissonnade como dos de los principales hispanistas franceses. En este último ámbito recibió el encargo oficial de investigar en los archivos españoles, lo que recogió en dos artículos con sus experiencias («Cinq mois en Espagne», Revue des Pyrénées et de la France méridionale, 1891, traducido ese mismo año en La España Regional; y «Mission en Espagne: les Archives des Indes à Seville et les Archives du Consulat à Cádiz», Nouvelles archives des missions scientifiques, 1895). Ya para entonces había advertido, en el prólogo a su libro sobre el Príncipe de Viana que «la historia de España está poco estudiada en Francia; merecería estarlo más».
En el primero de los citados artículos ya mostraba su querencia: «Atraído desde mucho tiempo hacia España por una simpatía que aumenta a medida que voy conociendo más el país, me he propuesto estudiar este renacimiento que ha convertido al pueblo aletargado de Carlos IV en la nación activa, liberal y progresista de hoy». Y para fundamentar este estudio, comenzó con los antecedentes, el Antiguo Régimen, los orígenes de la España contemporánea, en evidente correspondencia con el libro que Hippolyte Taine dedicara al mismo objetivo en Francia unos años antes (1875-1883), lo que mostraba su admiración por este autor. De su visita de 1890 resaltaba la favorable impresión causada, pues «España es para el erudito una verdadera tierra de promisión; tiene bibliotecas inmensas, riquísimos depósitos de archivos, todo es fácilmente asequible, y apenas nada ha sido explorado, es una selva virgen, pero es difícil trabajar en ella. España, que renace apenas a la vida científica, no tiene nada de lo que yo llamaría comodidad de trabajo». A partir de toda esta acumulación documental, buscaba obtener un elemento central en torno al cual gravitase lo esencial del país en el siglo xviii. Y en ese momento inicial de la investigación lo vislumbraba en el clericalismo: «La iglesia es para el español un mundo maravilloso, un rincón del paraíso, donde vive como gusta vivir, soñando». El enamoramiento con el país le llevaba a afirmar, en una conferencia de 1893: «Si amáis sobre todo los vastos horizontes, los cielos azules, el sol espléndido, los magníficos monumentos y las costumbres originales, venid a la tierra extraña en la que el último pueblo idealista del mundo se obstina por vivir de estas tres cosas, tan olvidadas en otros lugares, que son la fe, el sueño y el amor».
Desde este punto de partida surgirían los tres volúmenes de su obra más conocida, L’Espagne de l’Ancien Régime, 1897-1904 (I. La société; II. Les Institutions; III. La richesse et la civilisation), aquella que Charles Tranchant calificó como «un verdadero monumento al país que ha sido objeto de sus simpáticas e infatigables investigaciones».
En el prólogo al primer volumen reiteraba su simpatía por el país: «Quiero a este país de costumbres simples y corteses, en el que a menudo me he sentido más en mi casa que en mi propia patria. Amo este país del que creo haber adivinado un poco su alma». Y de hecho, ese era el objetivo, muy al hilo de un tiempo histórico en el que aún se mantenía la voluntad de afirmar lo distintivo de cada nación, su personalidad colectiva propia. Comparaba esta impresión general de la transformación vivida por el país a lo largo del siglo xix que había visto en sus viajes, con la del xviii que él estudió: «Toda la historia de España en el siglo xix se resumirá en la oposición fundamental entre la minoría ilustrada y liberal y la masa popular que no había cambiado desde la Edad Media». En busca de la esencia última que explicara la particularidad hispana, afirmaría con más rotundidad en 1911 que «[l]a fidelidad a la fe católica es, desde hace siglos, la marca distintiva y más característica del alma nacional española». Sin embargo, rechazaba la pervivencia de sectores radicales en la Iglesia y criticaba con extrema dureza la intolerancia y superficialidad del clero y la mayoría de la población, especialmente de los carlistas y, sobre todo, de los integristas: «Es de desear que esos odiosos sectarios nunca tengan el poder. Es probable que nunca alcancen sino una ínfima minoría».
Esta labor hispanista le valió convertirse, desde 1894, en el colaborador encargado de todo lo relativo a los estados ibéricos desde el siglo xiii al xix de la Histoire générale de Lavisse y Rambaud (tomos III a XII). Igualmente expuso investigaciones monográficas en la Revue Hispanique de Fouché-Delbosc desde 1900, por ejemplo sobre la España napoleónica, o las colonias americanas. Publicó además estudios sobre el confesor de Felipe IV, fray Juan de Santo Tomás, sobre Luis Vives o los santuarios catalanes.
Su método estaba plenamente inserto en el positivismo dominante de la escuela metódica, y combinaba la erudición desplegada a través de la abundante utilización de fuentes, archivos, pero también obras literarias (citaba, p. ej., los Episodios Nacionales de Galdós) y musicales, costumbres y tradiciones, con lo que se construía lo que un crítico llamó el puntillismo de una visión colorista y poderosa: «La vida, ese será el objetivo; he ahí también cuál es la dificultad», afirmaba en su obra sobre la España del Antiguo Régimen.
Como queda señalado, su labor comenzó estudiando la historia bajomedieval de Navarra. Pero en sus obras posteriores también dedicó atención a un territorio, el del norte de la península o España fuerista, que incluía tres de las cuatro zonas en que se dividía el conjunto (los territorios de la corona de Aragón, Navarra y Vascongadas; la cuarta sería el espacio de la corona de Castilla). De hecho, afirmaba que «los catalanes, los navarros y los vascos, los menos españoles de la península», encarnaban la España nueva contra el espíritu castellano. En cualquier caso, Navarra recibió una atención preferente en sus primeras obras, la tierra que «ocupa el primer lugar entre los países fueristas». Resaltaba el espíritu aristocrático de sus habitantes, y la bondad y liberalidad de sus normas, especialmente las referidas a la mujer, comparándolas con las legislaciones de otras regiones peninsulares y las francesas. En general destacaba la «inviolable fidelidad» al fuero y su pervivencia hasta el momento en que escribía. Tal vez por ello se fijaba en el pueblo, del que ofrecía una imagen idílica: «Vive un poco como vivía el habitante de la antigua Grecia, y si es menos artista no es menos celoso de su ocio, menos orgulloso de su libertad ni está menos dispuesto a defenderla». Su interés por los territorios del norte hacía que planteara lo que hubiera sido la península (lo que ha sido interpretado como influencia del grupo euskaro que lo acogió en sus visitas a Pamplona), si el Príncipe de Viana hubiera unificado esa España foral: «Una especie de república apacible y laboriosa, agrícola y mercantil, cuya prosperidad y sabia organización habrían sido la envidia de estados mayores y aparentemente más poderosos». En cualquier caso, resaltaba la independencia de esas tierras, ajenas o al menos hostiles a la introducción de poderes extraños, desde los celtas a los romanos, visigodos y árabes, conformándose como un estado euskaro al menos hasta el siglo xiii, cuando casi desapareció como tal, «ya que la mayor parte de los hombres de lengua éuscara vivían ya fuera de su territorio». No obstante, señalaba la paulatina pérdida del euskera y su reclusión en las montañas, y la precaria situación de su independencia política en sus dos últimos siglos de vida propia. De hecho, al estudiar el régimen foral en España en el siglo xviii, veía los constantes ataques al mismo y señalaba que su supervivencia la garantizó la guerra de 1808. Dado que con la restauración de Fernando VII, señalaba, «España volvió a caer en la esclavitud, los vasco-navarros regresaron naturalmente a sus antiguas leyes y, dado que no podían ser libres como españoles, lo fueron como vascos y como navarros». Esta idealización también la recogió en los tres volúmenes sobre la España del Antiguo Régimen, en la que las comparaciones de las tierras vasco-navarras siempre eran favorables respecto a las del resto de España, a las que consideraba insertas en la negligencia y el abandono.
Obras
Lettres de Servat Loup, abbé de Ferrières, Paris: F. Vieweg, 1888.
De Conditione mulierum juxta forum Navarrensium, thesim Facultati litterarum Parisiensi proponebat G. Desdevises Du Dezert, Caen: H. Delesques, 1888.
Don Carlos d’Aragon, prince de Viane, Paris: A. Colin, 1889 (ed. española de P. Tamburri, Pamplona: Gobierno de Navarra, 1999).
Mon père, Alençon: Imp. de A. Herpin, 1892.
L’Espagne de l’ancien régime, Paris: Société française d’imprimerie et de librairie, 1897-1904 (ed. española de A. González Enciso, Madrid: Fundación Universitaria Española, Seminario Cisneros, 1989).
Les Arts en Espagne au XVIIIè siècle, Le Havre: édition de «la Province», 1903.
Con Louis Bréhier, Le travail historique, Paris: Bloud, 1907.
L’Église et l’État en France, Paris: Société française d’imprimerie et de librairie, 1907-1908.
Questions d’enseignement, Paris: Éds. de «Foi et vie», 1909.
Con Louis Bréhier, Clermont-Ferrand, Royat et le Puy-de-Dôme, Paris: H. Laurens, 1910.
Barcelone et les grands sanctuaires catalans, Paris: Laurens, 1913 (2.ª ed., 1930).
Une race de proie: la famille des Hohenzollern, Clermont-Ferrand: Imp. de G. Mont-Louis, 1915.
Clermont, Clermont-Ferrand: Imp. G. Mont-Louis, 1923.
Jean Hochet, roman bas-normand, Paris: Libr. Bloud et Gay, 1925.
Clermont-Ferrand, Royat et le Puy-de-Dôme, Paris: Laurens, 1926 (2.ª ed.).
Mon vieux Lessay, Saint-Lô: Imp. R. Jacqueline, 1928.
Le Citoyen représentant du peuple, Coutances: Imp. J. Bellée, 1928.
Les Monts d’Auvergne et le peintre Maurice Busset illustré de nombreux croquis dans le texte et de cent héliogravures reproduisant l’oeuvre de l’artiste, Aurillac: Ed. USHA, 1931.
Con Bréhier, L., Riom, Mozat, Volvic, Tournoel, Paris: H. Laurens, 1932.
Clermont-Ferrand, Auvergne, Clermont-Ferrand, Paris: Imp. de P. Vallier, 1938.
Bibliografía
Bréhier, L., «Nécrologie», Revue Historique, vol. 67, núm. 193 (1942), pp. 273-274.
— «Notice sur l’œuvre historique et littéraire de Georges Desdevises du Dézert», Revue d’Auvergne, vol. 57, núm. 4 (1943), pp. 45-63.
Koerner, F., «L’historien clermantois Georges Desdevises du Dézert et l’Espagne, au temps de la première guerre mondiale (d’après ses écrits et manuscrits)», Guerres Mondiales et conflits contemporaines, núm. 185 (1997), pp. 111-126.
Pinel, M., «Une figure normande en Auvergne: l’écrivain Georges Desdevises du Dézert (1854-1942), sa vie, son œuvre historique et littéraire», Revue de la Manche, núm. 112 (1986), pp. 163-200.





