Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores de fuera de vasconia

COLAS, Louis (Argentan, Normandía, Francia, 4 de marzo de 1869 – Bayona, 27 de febrero de 1929).

Cargos y oficios

Arqueólogo y promotor cultural

Trayectoria

Louis Colas nació el 4 de marzo de 1869 en Argentan, Normandía. Tras cursar la educación secundaria en París, ingresó en la Escuela de Cluny. Cinco años más tarde, ganó dos oposiciones de profesor agregado: una de alemán, y otra de historia y geografía. Se inició en la docencia en 1892, en el Liceo Marracq de Bayona, inaugurado unos veinte años antes. Contrajo matrimonio con una joven de Briscous, con la que se estableció en Bayona y luego en Anglet/Angelu, en la carretera hacia Biarritz. Víctima de la guerra de 1914-1918, murió en la noche del 26 al 27 de febrero de 1929.

En sus paseos por Bayona, y de la mano de las amistades que hizo sobre todo entre el clero, que era por aquel entonces la gente más culta de Iparralde, se inició en los estudios vascos. A partir de ese momento, se vio envuelto en una actividad frenética.

Participó de forma decisiva en la configuración del Museo Vasco (inaugurado en 1924) junto a su director, el comandante W. Boissel, animando enormemente la vida cultural de Iparralde. Durante el VII Congreso de Estudios Vascos celebrado en Biarritz en 1948, Boissel escribió: «Iniciación para unos, recuerdo para otros, todos reconocemos que el Museo Vasco de Bayona cumple la promesa del único cartel que ha publicado: interesa, instruye e incluso divierte». Quedaba así claro que el objetivo no era reflexionar sobre la identidad vasca, sino entretener e incluso divertir. Hubo que esperar a los años 1960 para que esa despersonalización, ese desprecio, saliera de nuestras mentes moldeadas en las divagaciones de los bigotes galos, los del discurso ideológico al servicio del Estado nación. ¡Así va la historia!

Salvo los creadores excepcionales, nadie se adentra en una investigación sin un mentor que lo guíe. Colas tuvo a uno de los mejores —aunque cabe decir que fue también uno de los peores—: el ilustre Camille Jullian (1859-1933), que solía veranear en Ciboure/Ziburu. Le mostró sus anotaciones sobre los monumentos funerarios que acababa de descubrir en sus paseos por Bayona y, en 1912, este le animó a profundizar en sus observaciones. Jullian había elaborado la Historia de las Galias, una apología de lo que entonces llamaban «la gran patria», un puro montaje para uso del Estado nación al que el historiador servía. Ninguna estela vasca podía ocupar un lugar en ese teatro, como tampoco lo podía el euskera, pero poco importaba eso al gran historiador, para quien la historia era «moral», «la obediencia de la verdad»… ¡Escribía tales cosas sin un ápice de vergüenza!

A principios del siglo xx continuaba el auge de los estudios sobre el euskera y Colas se encontró inmerso en un conflicto que afectaba a una vascología que se buscaba a sí misma. Se tuvo que enfrentar a: a) la autoridad de su mentor elaborando un lenguaje convencional oficial en consonancia con las aspiraciones de los jefes del Estado nación y que debía enseñar en el liceo de Bayona; b) un clero vasco que formaba la parte más culta de nuestro país —tenía acceso a los valiosos archivos—, pero cuyo agresivo clericalismo libraba una «guerra modernista» contra la parte más radical del laicismo; sin embargo, fue con este clero con el que encontró los mejores interlocutores, que le abrieron las columnas de Gure Herria, y c) la emoción continua de una investigación inédita que le llevó a la creación ex nihilo del Museo Vasco (http://www.musee-basque.com/musee/histoire-du-musee/). Y se volcó en ese cometido sin escatimar esfuerzos, feliz por poder crear y compartir.

En su fuero interno, el joven profesor se había integrado plenamente en ese País Vasco, había entablado relaciones y amistades; era poco amigo de los honores. La Administración le ofreció con frecuencia gratificantes puestos, con la condición de que nos dejara, cosa que nunca quiso hacer. Pertrechado con boina, sandalias, los bolsillos llenos de lápices y gomas de borrar, y con unas nociones de euskera, los veranos se adentraba por nuestros caminos, en bicicleta o a lomos de una mula… Por todos nuestros caminos, incluso los más olvidados y menos gratificantes.

Para acompañar su investigación, Louis Colas indagó en obras más antiguas. Descartó al extravagante O’Shea y La tombe basque, étude des monuments et usages funéraires des Euskariens (1889). Sin embargo, le impactó la obra de Frankowski (1884-1962), publicada unos veinte años después, Estelas discoideas de la península ibérica (1920). El antropólogo polaco realizaba en ella un peculiar compendio que abarcaba todo el espacio y todo el tiempo, y que le hacía parecer un caos enciclopédico. Ya se sabe: ¡quien mucho abarca, poco aprieta! Colas evitó en gran medida esta trampa transformista, más que evolucionista. Formalizó sus opiniones en una obra más concreta y realista, que se publicó en Gure Herria (1-22), dos años antes de su muerte: «Contribution à l’étude de la stèle discoïdale, concordance de son aire de dispersion avec l’habitat des populations celtibériques». Destacó la abundancia de discoides en los Pirineos oceánicos y en el Prepirineo, y su carácter celtibérico, pero esto fue a falta de dar a la palabra «vasco» la profundidad histórica que hoy día sabemos que tiene. Podemos ver así hasta qué punto la época da forma a las obras, incluso a la investigación. Más tarde, se presentó la ocasión del quincuagésimo aniversario de la fundación de la Sociedad de Ciencias, Letras, Artes y Estudios Regionales de Bayona, presidida por el señor de Marien. Abrió entonces una suscripción, en 1922, cuyo éxito fue tal que en lugar de las 800 ilustraciones previstas, pudo publicar 1.300, incrementados con el volumen de diferentes estudios, notas y referencias, lo que nos ha permitido conocer el fondo de sus investigaciones.

Sus anotaciones y análisis hacen de su investigación un momento único en los estudios vascos. La obra principal se titula: La tombe basque, recueil d’inscriptions funéraires et domestiques du Pays Basque Français (La tumba basca, recopilación de inscripciones funerarias y domésticas del País Vasco francés) (1923); está acompañada del volumen de análisis. Se publicaron juntos, pero la muerte nos ha impedido ver el complemento que estaba preparando. A esta gran obra le precedieron varias intervenciones, entre ellas un artículo publicado en Gure Herria en 1922: «Pour la vieille tombe basque».

El estudio de Colas sobre el arte lapidario vasco es el de un investigador de campo y un pionero. Le siguió, dos años después, la obra de Veyrin (1900-1962), que era también un hombre de campo. Más volcado en la vascología, desempeñó un papel importante en la Sociedad de Estudios Vascos y tuvo un papel decisivo en la estructuración del Museo Vasco. Gure Herria le rindió un merecido homenaje (año 34, núm. 4). Recientemente, Lauburu ha publicado a estos dos grandes investigadores (ed. Elkar-Lauburu, 2004).

Es fácil criticar la obra de un pionero, pero no sirve de nada. Resulta más útil esbozar los límites. A principios del siglo xx, Colas abrió algunas puertas. ¿Podía ir más allá? Lo mismo que él, el padre Lhande, que obviamente le acompañaba en sus cuestionamientos, tampoco tuvo las herramientas para formular los fundamentos de una cultura vasca, cuyos principios y métodos para poder escapar de las arenas movedizas de un folclore que conduce a una fútil literatura de aeropuerto nos los dieron Aranzadi y su alumno Barandiarán.

Retengo de su trabajo, además de las espléndidas lecturas: 1) un esbozo de la historia evolutiva de los monumentos funerarios domésticos que, partiendo de una forma anónima y antropomorfa, se dirige hacia la exuberancia barroca de las estelas discoidales de los siglos xvii-xviii, que luego se desvanece con la llegada de las cruces; Colas ha esbozado verdaderas trayectorias históricas que quedan por explorar; 2) una especie de estratificación en la que se adivinan formas arcaicas, maneras de decir, todas ellas cubiertas por la omnipresencia de la imaginería cristiana; encontramos aquí toda una historia de las mentalidades, que queda por hacer; 3) una caracterización sesgada, cuando no pervertida (su formación y su mentor Jullian son probablemente la causa) del «arte vasco»; 4) una tentativa de estudio de la distribución de las estelas, en el que los Pirineos y su herencia, calificada de celtibérica, juegan un papel predominante (la influencia de Frankowski está clara); 5) análisis que apenas son más que formas banales y anticuadas de erudición, referidas a las imágenes y otros «símbolos», pero la erudición no es ciencia, y 6) desarrollos de consideraciones locales. ¿La estela vasca tiene entidad propia o simplemente hay estelas en el País Vasco? Colas abre el debate.

Colas demuestra ser un hombre muy de su tiempo al decir que «los vascos no han creado nada desde cero», porque está claro que piensa que solo la aristocracia tenía medios para hacerlo. ¿Midió el alcance de sus palabras? Todos los hombres son iguales. En todos los ámbitos se crean vínculos: todo está relacionado, todo es frágil, provisional. La encíclica papal Laudato si’, de junio de 2015, no deja de repetirlo. Son los vínculos de ese tipo los que nos hacen iguales, por encima de nuestras singularidades. Este es un aspecto esencial que el profesor agregado no pudo ver y señala con el dedo como censor las palabras de los «vagos esnobs» que hablan de un arte vasco original. Pero el arte no es patrimonio exclusivo de la aristocracia; el arte es humano y emocional; es incluso su razón de ser. Podemos ver que el profesor agregado pertenece a su clase social; no busca entender, juzga basándose en un triste catálogo de formas, revestido de argucias carentes de gran interés.

En las representaciones discoidales que descifraba, Colas nos aporta elementos que, por su banalidad, parecían del orden de lo espontáneo, como arquetipos a punto de surgir, mientras que el orden que reina en el monumento es elaborado; se aprende y se transmite. Ahora que tenemos maneras de observar completamente diferentes (como el análisis de los dibujos de los niños, las obras de arte abstractas…), podemos hacer brotar alguna luz de la noche que somos. Colas no lo sospechó; para él, lo diferente era solo cuestión de variedad, de estilo; sin embargo, nunca aclaró esas palabras. ¿Debemos culparle por haber ignorado hasta tal punto la cultura vasca? Hay que ver el estado de la vascología en su época, así como la presión ejercida por el Estado nación y sus servidores, incluido su mentor Camille Jullian; hay que darse cuenta de que las dos sociedades eruditas con las que tenía contacto en Bayona estaban vigiladas por militares retirados, aunque fueran de los tolerantes. No es casualidad que expusiera sus ideas en la única revista de origen clerical, Gure Herria. En aquel momento, el clero vasco era lo más ilustrado de un país exhausto, entregado tanto a la ideología como al desprecio. Tanto por formación (era profesor agregado) como por sumisión (Jullian era catedrático), no podía medir el alcance de las singularidades que sin embargo encontraba y subrayaba. Sus transcripciones tradujeron sin saberlo el orden que fundaba las discoidales y se imponía en su organización (Lauburu, vid. supra). Una organización que permitía modular, al constreñirlas, las imágenes retenidas. Veyrin fue en parte responsable de ello y lo dio a conocer en el V Congreso de Estudios Vascos celebrado en Bergara en 1930. Existe una cultura vasca y Colas tenía las evidencias ante sus ojos, pero no quiso verlas. Esta ceguera amplificó sus errores de transcripción, pervirtió sus análisis y le alejó de un problema central: ¿Cuál es el origen de este orden, de esta especie de euskera de la piedra? ¿Qué relación presenta con otros elementos (¿cuáles?) de la cultura vasca? ¿Cómo se inscribe en la transmisión de los conocimientos? ¿Cómo ha superado las modas y ha sido continuamente dialectizado y comprendido, aquí y ahora? Eternos problemas los vinculados a: — la elaboración en la transmisión, esa desconocida de la memoria que toma cuerpo en el formalismo del arte; — la inserción en el largo plazo de la obra, testigo de nuestra existencia común. Para intentar captar tal movimiento, hubiera debido hablar con viejos artesanos todavía imbuidos de gestos y conocimientos tradicionales; en cambio, se alimentó de la simple erudición libresca, así como de la autoridad de esos historiadores que, desde la comodidad de su biblioteca o desde su posición de poder, pulían el discurso oficial, el prêt-à-porter que convenía (Duvert, Ikuska, núm. 50, en prensa).

Pero ¿quién puede levantar el velo tras el que se esconde la temible cuestión de la identidad, fluida y obstinada, que corre y se desliza incesantemente entre nuestros dedos? ¿Quién puede decir cómo puede ser la rosa sin exponer un motivo?

Obras

Los trabajos sobre la casa y el mobiliario, aunque están firmados por Louis Colas, no son suyos; circunstancia que le contrarió enormemente (según información de su hija que me la ha transmitido).

Las obras de Louis Colas fueron recogidas por Bilbao, J., Eusko bibliographia, Bilbao: Servicio Editorial, Universidad del País Vasco, 1985.

Los testimonios relativos a su actividad al servicio del Museo Vasco de Bayona pueden consultarse en el Bulletin du Musée Basque: Base de données chronologique des articles et auteurs du Bulletin du Musée Basque depuis 1924, en el sitio: http://www.samb-baiona.net/fr/publi/index.html, y en el sitio Bilketa de la mediateca de Bayona: https://bmb.bilketa.eus/Colas.

«Mémoire sur l’emplacement de la croix dite “croix de Charlemagne” qui formait jadis, au sud de la vallée de Cize, la limite extrême du diocèse de Bayonne: présenté au congrès de l’Union historique et archéologique du Sud-Ouest, tenu à Bayonne-Biarritz, août 1911», BSSLAB, núm. 4 (1911), pp. 224-232.

La voie romaine de Bordeaux à Astorga dans sa traversée des Pyrénées, d’Imus Pyrenaeus (Saint-Jean-le-Vieux) à Summus portus (Chapelle d’Ibañeta, près de Roncevaux) par Summus Pyrenaeus (Château-Pignon), son tracé-son histoire, Biarritz: E. Soulé, 1913, 84 pp.

«La chapelle de Saint-Sauveur (Elichagaray) sur le chemin de montagne à la forêt d’Iraty», Gure Herria, núm. 6 (1921), pp. 329-337.

«Pour la vieille tombe basque», Gure Herria, núm. 3 (1922), pp.117-138.

La tombe basque, recueil d’inscriptions funéraires et domestiques du Pays Basque Français, Bayonne: A. Foltzer, Paris: H. Champion, 1923.

Marins basques du temps passé: baleiniers, flibustiers et corsaires, Biarritz: Imp. Labéguerie et Lahontaa, 1927, 34 pp.

«Contribution à l’étude de la stèle discoïdale, concordance de son aire de dispersion avec l’habitat des populations celtibériques», Gure Herria, núm. 8 (1928), pp. 69-90.

Bibliografía

Auñamendi, «Colas, Louis», Auñamendi Eusko Enziklopedia. Ed. en línea: https://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/fr/colas-louis/ar-31501/ (consultado el 2 de marzo de 2021). Da la necrología.

Duvert, M., «Louis Colas et les études sur l’art basque», BSSLAB, núm. 136 (1980), pp. 239 y ss.

— «Louis Colas et les études basques en son temps» Ikuska, núm. 50 (2021), en prensa.

Gavel, H., «Louis Colas», Gure Herria, IX (1929), pp. 97-102.

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