Cargos y oficios
Alcalde de Getaria, diputado general de Gipuzkoa y senador
Trayectoria
Descendiente de familias nobiliarias de Gipuzkoa, Burgos y La Rioja vinculadas al movimiento ilustrado. Su posición económica era desahogada gracias a su condición de hacendados y la participación durante el siglo xviii en la exportación de vasijas de hierro a América para el transporte del mercurio. Su padre, diputado general durante la invasión republicana de 1794, fue uno de los delegados, junto con su cuñado y también diputado general Echave Asu y Romero, para negociar con los convencionales un nuevo status para la provincia, en una hipotética anexión del territorio dentro de la República francesa, dando origen al acontecimiento conocido como la «Separación de Gipuzkoa». Posteriormente, durante el reinado de José I, en 1808 desempeñó el cargo de intendente de Asturias y prefecto de Santander. Pero a la vuelta de Fernando VII y su régimen de orden y decoro absolutista, él y su familia debieron exiliarse de nuevo a Francia, falleciendo en el exilio en 1837. Las ideas ilustradas en el padre de nuestro personaje contenían un talante contrario al despotismo monárquico y promovían una postura y una actuación en pro de la salvaguardia del país, las libertades y los Fueros en los que se habían criado su familia y labrado su condición social.
Joaquín de Barroeta-Aldamar recibió una esmerada educación en literatura griega y latina, filosofía, historia, geografía, ciencias naturales, ciencias físicas y matemáticas, y dominaba con fluidez el euskera, francés y castellano, siendo capaz de traducir textos en siete lenguas. En 1813 abandonó el colegio de Francia en el que estudiaba para regresar a la península ibérica y alistarse como voluntario en las tropas del barón de Anglada y combatir a las fuerzas napoleónicas. A partir de este momento, su proceder se caracterizó por la acción política y por la pasión por adecuar los Fueros a los tiempos políticos que marcaron la relación entre la provincia y la Monarquía durante aquellos convulsos años. Esa dedicación no fue óbice para que fomentara la mejora de la actividad agropecuaria en sus posesiones e incluso perfeccionamientos en la fabricación del hierro en sus ferrerías. Atento a novedades derivadas de los progresos industriales en otros países, introdujo en sus propiedades cabras del Tíbet para obtener lana de cachemir. Pero estos esfuerzos y mejoras se vieron seriamente comprometidos por sus afanes políticos, pues su fortuna y patrimonio sufragaron sus reveses políticos.
Su carrera política comenzó en 1815 cuando fue nombrado alcalde de Getaria. En 1816 asistió como procurador juntero a las Juntas Generales celebradas en Zestoa. En esas sesiones logró el nombramiento para formar parte de la comisión permanente delegada en Madrid. Fueron tiempos en que el sistema foral comenzó a ser seriamente cuestionado por los gobiernos de Madrid, propulsados por el mando absolutista de la Monarquía reinante. Su estancia como comisionado en Madrid le permitió presenciar en directo los acontecimientos las maniobras políticas que cuestionaban los sistemas forales de Vasconia.
Tal vez esa estancia más sus convicciones antiabsolutistas le llevaron a respaldar la Constitución y el régimen liberal en el Trienio liberal (1820-1823). Defendió los postulados constitucionales siendo apresado en Pamplona por el ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis. Una vez recobrada su libertad, con el tiempo recuperó su actividad política, y en 1828 fue elegido diputado general de la provincia en representación de su comarca, en 1830 el título de gentilhombre de cámara del rey, y en 1831 diputado en Corte.
En 1831 tuvo que emplearse a fondo en la Corte para lograr, junto con su primo Esteban Hurtado de Mendoza, la derogación de la Real Orden que había desprovisto a la provincia de su policía. Estos primos lograron el objetivo. La policía volvió a la jurisdicción provincial. Este éxito le procuró la posibilidad de optar a cargos más relevantes, pero prefirió dedicarse a la gestión y producción de sus empresas de producción de lana y ferrerías. Tan solo accedió al mando de uno de los ocho batallones de los tercios voluntarios de Gipuzkoa.
Al estallar la Guerra Carlista luchó por el bando de la reina gobernadora María Cristina, lo que le acarrearía represalias al ser quemadas sus pertenencias y sus rentas embargadas. Exiliado en Bayona (1836), colaboró junto con el conde de Villafuertes, el conde de Monterrón y el marqués de la Alameda en la empresa de Paz y Fueros, en un intento de pacificar las tierras vascas. Se trataba de un planteamiento que pretendía salvaguardar los Fueros independientemente de quien ocupara el trono. En el caso de Barroeta-Aldamar, parece que su postura era proclive a una Monarquía constitucionalmente liberal pero que respetara y validara los sistemas forales de Vasconia.
Una vez finalizada la guerra civil, se alzaría en el pronunciamiento de octubre de 1841 contra la Regencia de Espartero. En 1841 colaboró con el partido moderado en una trama conspiradora a favor de la reina María Cristina y en contra de Espartero. El propósito era defender los Fueros de las intenciones abolicionistas albergadas por Espartero. La confabulación fracasó y desembocó en un nuevo exilio en Francia y la confiscación de todos sus bienes y rentas. Por segunda vez en su vida, su dedicación a la política le acarreaba el quebranto de su patrimonio y sus rentas.
Con el cambio de régimen en 1843, y al amparo del partido moderado, comenzó a desempeñar cargos en la administración estatal dedicados a las actividades de fomento comercial e industrial. En 1843 fue nombrado senador. Entre sus numerosos cargos, destacaron su elección como intendente de rentas de la provincia de Soria (1845) y asesor de la Dirección General de Aduanas (1846). Compaginaría su labor en el gobierno con la defensa de los Fueros en la Corte. Favorable de la integración foral dentro de la Constitución española, idea defendida desde la Guerra Carlista, en su discurso exponía una comparativa de otras formas de gobierno de Europa (Noruega, Suecia, Dinamarca, Prusia, Austria, la Confederación Germánica y Gran Bretaña), con el fin de justificar la existencia del régimen particular vascongado dentro del Estado español. Su labor a favor del fuerismo fue reconocido en las provincias. En Bilbao compusieron un himno en su honor: «Desde hoy en adelante / unidos siempre irán / los dos nombres queridos / de Fueros y Aldamar. / ¡Ay, ay, ay, mutillak / los Fueros y Aldamar!»; mientras en Gipuzkoa sería designado, en 1864, diputado general. Se investía a una persona que se había labrado una renombrada fama y una gran popularidad en Vasconia como brillante defensor de los Fueros. A la aclamación gipuzkoana se sumó sendos nombramientos de «Padre de Provincia» en Álava y en Bizkaia.
Fue en junio de 1864 cuando en el Senado defendió con elocuencia y convicción a los Fueros frente a las también elocuentes intervenciones de los senadores que propugnaban su abolición. Defendió la vigencia y la continuidad del sistema y régimen forales en Vasconia; en las tres provincias, por antonomasia según su postura, y en Navarra. De la misma manera que para sus cultivos y explotaciones fabriles había observado y adoptado iniciativas de otras partes del mundo, en su discurso político introdujo comparaciones con otros países de la Europa de entonces para evidenciar la sensatez y, hoy diríamos, viabilidad de su planteamiento. En su opinión, era constitucional mantener los Fueros. No cuestionaba la Monarquía constitucional, pero recelaba de un régimen que no incluyera un contrato entre constitución y Fueros. De esa forma, se garantizaba la paz y la estabilidad social, política y económica en las Provincias Vascas y en el viejo reino. Este planteamiento promovía una concepción de la defensa de los Fueros como una forma de asegurar la autonomía política y económica de los territorios de Vasconia. En sus propias palabras los Fueros representan la «autonomía bajo el dominio eminente de los reyes de España» de lo que él considera «la felicidad de un pueblo libre». Su recurso era la palabra bien argumentada para afrontar intervenciones elocuentes y persuasivas, refractarias y vehementemente vejatorias del régimen foral. A ese planteamiento contraatacaba arguyendo, «yo soy un tosco vascongado, que aunque he aprendido algunos idiomas, fácilmente dejo conocer en mi producción los resabios del Éuscara, el primero que hablé, el último que olvidaré, el lenguaje más perfecto que conocí. Soy vascongado, señores: y no se extrañará que defienda mi raza».
Y su compromiso es «como liberal consecuente, no revolucionario, […] defender las instituciones vascongadas que son las más libres, las más liberales que existen en Europa, restos venerables de antiguas libertades tan solo allí conservadas y que ningún verdadero liberal puede atacar sin cometer un sacrilegio, siquiera para que sirva como de specimen. Allí está aplicado á un pueblo que tiene costumbres, que tiene hábitos seculares para gobernarse con instituciones tan libres sin peligro del orden público». Un compromiso basado en la reintegración foral en 1839 que, en su consideración, sería inconveniente trastocar para el orden social. Y para apoyar el rigor y sensatez de su argumento recorre en su discurso la Europa de entonces para evidenciar que lo que defiende es viable. Sobre todo, refiriendo un caso que para él es modélico «la Gran Bretaña, compuesta de tres grandes partes, que son Inglaterra, Escocia é Irlanda, tiene diferencias notables en su organización y representación parlamentaria. Tiene cada una de estas partes distinta administración. Pero no es eso lo particular; lo más digno de observarse es el que tenga una legislación cuasi toda consuetudinaria, y en la que es diferente la de un pueblo de la de otro».
Obras
«Reseña histórica sobre la organización política de las Provincias Vascongadas», El Corresponsal, núms. 1.010 y 1.012 (7 y 9 de marzo de 1842).
Opinión del Sr. D. Joaquín de Barroeta Aldamar, vocal de la Junta de Aranceles, sobre la protección que reclaman del Gobierno de S. M. los fabricantes de artículos de hierro, en el estado actual de su industria en España, Madrid: J. Martín Alegría, 1850.
Crítica de los Fueros de las Provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Discursos pronunciados en el Senado por los Excelentísimos Señores D. Manuel Sánchez Silva, D. Pedro de Egaña, y D. Joaquín Barroeta y Aldamar. Con notas y documentos oficiales, por Don Manuel García González, Madrid: Imprenta del Clamor del Pueblo, 1864.
Bibliografía
Agirreazkuenaga, J., «Joaquín Francisco Barroeta-Aldamar Hurtado de Mendoza», Diccionario Biográfico Español, Madrid: Real Academia de la Historia. Edición en línea: http://dbe.rah.es/biografias/32091/joaquin-francisco-barroeta-aldamar-hurtado-de-mendoza (consultado el 17 de julio de 2019).
— (dir.), Diccionario biográfico de los parlamentarios de Vasconia (1808-1876), Vitoria-Gasteiz: Parlamento Vasco, 1993, pp. 229-235.
Chacón, P. J., Nobleza con libertad. Biografía de la derecha vasca, Bilbao: Ediciones Axular Atea, 2015.
Otazu y Llana, A., y Díaz de Durana, J. R., El espíritu emprendedor de los vascos, Madrid: Sílex, 2008, pp. 657-658.





