Cargos y oficios
Militar, político y escritor
Trayectoria
De familia con hidalguía colectiva, contaba con numerosos parientes en América, que lo acogieron y patrocinaron desde muy joven. Ya con diecisiete años había cruzado el Atlántico, adquiriendo una sólida experiencia de las características y problemas más significativos de aquellas tierras. Aumentó esta al ser elegido secretario del visitador José de Gálvez en 1768, con el que recorrió las tierras del Pacífico Novohispano, pero los problemas de salud de este complicaron la expedición y le dieron fin con negativas consecuencias para sus componentes, como la cárcel y la expulsión de Nueva España. Trasladado a Cuba, solicitó el ingreso en el ejército, donde inició una carrera en la que compatibilizó puestos de combate con administrativos, trabando conocimiento con personas destacadas. De regreso a la Península, participó en el sitio de Gibraltar, y allí conoció al marqués De la Torre, que al recibir el nombramiento de embajador en San Petersburgo se llevó a Azanza con él. Entre 1780 y, al menos, 1785, permaneció en Rusia y Prusia con cargos de carácter diplomático y en 1786 volvió a España, iniciando una carrera de intendente que le llevó de la ciudad zamorana de Toro, a Salamanca y Valencia. En 1793 mantuvo el cargo pero aplicado al ejército, en plenos preparativos para la guerra contra la Convención, que vivió ya como secretario del Despacho Universal de la Guerra. Firmó como tal la declaración de hostilidades contra a Inglaterra de 1796.
Pocos días después fue nombrado virrey de México, aunque no pudo desplazarse a su nuevo puesto hasta casi dos años después, con 41 acompañantes, en la primavera de 1798, debido a las dificultades para el transporte a causa de la guerra contra Inglaterra y a la falta de recursos. Cuando llegó a su destino hubo de enfrentarse a una compleja situación que le obligó a atender no solo su propio territorio, sino conflictos con los rusos por Alaska, incursiones británicas, el socorro a Cuba y a Perú, además de tratar de contener a los ingleses en sus factorías del Istmo y Jamaica. Además, se encontró con intentos de independencia reflejados en la conspiración de los machetes (1799) y una administración complicada por las intrigas de su antecesor.
Sustituido ese mismo año, su regreso a la Península fue rocambolesco, pues inició el viaje en un barco norteamericano, fue apresado por los ingleses y remitido a La Habana. Había salido en el mes de mayo de 1800 y solo pudo llegar a las costas españolas en diciembre. Además, no contaba con el favor de Godoy, el Príncipe de la Paz, por lo que permaneció recluido en Granada hasta que Fernando VII lo llamó al obtener el trono tras la destitución de Carlos IV y su valido en marzo de 1808. Como secretario de Hacienda asistió a los acontecimientos que sacudieron el reino durante ese año y se reunió con la junta de notables convocada por Napoleón en Bayona, que presidió. Estas Cortes aprobaron la carta otorgada de 1808 tras jurar a José I como rey.
Nombrado por este secretario para las Indias, fue el inicio de una amplia carrera bajo el nuevo monarca impuesto por el emperador de los franceses. Además, procuró ganarse a los españoles a la causa de José I, a partir del doble razonamiento que partía de la legitimidad del hermano de Napoleón tras las renuncias de los Borbones, y de la locura que implicaba enfrentarse al emperador francés por las consecuencias que sufrirían los españoles. Sin embargo, no fue escuchado a ninguno de los dos lados del Atlántico, y tampoco recibió apoyo francés. De hecho, rechazó la incorporación de las tierras al norte del Ebro al imperio napoleónico, al considerar que tal actitud iba en contra de José I y de la posible lealtad que los españoles pudieran llegar a profesarle. Todo ello quedó al descubierto al interceptarse los correos entre Azanza y el monarca, que se publicaron ampliamente en la prensa española contraria a los franceses.
Ya en agosto de 1812, con la retirada de las tropas napoleónicas y la salida de José I de Madrid, la administración en la que se incluía Azanza inició el camino al exilio. Mantuvo cargos en tierras francesas, ocupado sobre todo en la asistencia a los transterrados. Con la restauración de Fernando VII en el trono, inició diversas gestiones, tanto para justificar la actitud de quienes apoyaron a José I durante la ocupación francesa, como para tratar de recuperar la residencia en España y, en la medida de lo posible, cargos y privilegios. Fue una labor que incluyó publicaciones, gestiones a todos los niveles y un fugaz regreso a Madrid a finales de 1820, que no duró, pues en 1822 volvió definitivamente a Burdeos, donde murió.
Tan joven salió de su tierra que bien podría parecer que hubiera renunciado a sus orígenes, pero no los olvidó ni le abandonaron sus vecinos, que en una ceremonia pública colocaron su retrato en el Ayuntamiento de Aoiz el 28 de diciembre de 1797; tal vez incluso hizo una visita a su pueblo de origen por aquellos años, lo que motivó actos y el acuerdo para elaborar el retrato. Por su parte mantuvo lazos y procuró beneficios para su tierra, difundiendo en 1799 la Real Sociedad Patriótica Tudelana entre los próceres mexicanos para lograr patrocinios. También intentó buscar apoyos en Navarra para su rehabilitación después de 1814, pero chocaba una posible buena disposición con la negativa rotunda del monarca.
Dejó en sus textos algunos testimonios de esta memoria y así, en su folleto de 1812 se refirió a la conquista de Navarra de tres siglos atrás como ejemplo de un cambio de dinastía que equiparaba con lo ocurrido tras las abdicaciones de Bayona. Sin embargo, las mayores referencias se recogen en su obra principal. Así, por ejemplo, luchó por evitar la anexión de las tierras al norte del Ebro al imperio napoleónico, «que solo podían acarrear o el perjuicio, o el descontento de los naturales» (Memoria, p. 188), como manifestó al ministro de Estado francés, al afirmar que no debía esperarse «en la constitución de la Navarra una innovación tan clásica, que da por el pie a uno de sus principales Fueros; y esto en el momento mismo en que por solo las voces vagas de que aquella provincia debía ser agregada al Imperio francés, se habían armado y reunido en cuerpos organizados más de 22.000 hombres del país, entre los cuales se contaban muchas personas de alguna consideración, que hasta entonces se habían mostrado sumisas y aun adictas al nuevo orden de cosas» (Memoria, p. 283), por lo que le pedía regresar todo a como estaba.
Obras
Cartas y documentos interceptados que remitía desde París, Azanza a Urquijo, sobre la renuncia que debe hacer José Napoleón de su supuesta corona de España, a favor del no menos supuesto emperador de los franceses, La Coruña: Imprenta de Vila, 1811.
Quienes sean los verdaderos patriotas de España, s. l.: s. n., 1812.
Memoria de D. Miguel Azanza y D. Gonzalo O’Farril, sobre los hechos que justifican su conducta política desde marzo de 1808 hasta abril de 1814, París: Imprenta de P. N. Rougeron, 1815 (también en francés).
Sobre la conducta de los españoles refugiados en los departamentos del mediodía de la Francia, durante el interregno de 1815, París: Imprenta de P. N. Rougeron, 1817 (también en francés).
Bibliografía
Galbis Díez, M. C., «Miguel José de Azanza (1798-1800)», en Calderón Quijano, J. A. (ed.), Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos IV, vol. 2, Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1972, pp. 3-64.
Martínez-Falero, U., «Azanza Alegría, Miguel José», Diccionario Biográfico Español, vol. 6, Madrid: Real Academia de la Historia, 2009, pp. 315-319.
Moreno Alonso, M., Miguel José de Azanza, Madrid: Sílex, 2021.
Zudaire Huarte, E., Miguel José de Azanza, virrey de México y duque de Santafé, Pamplona: Diputación Foral de Navarra, 1981.





