Trayectoria
Falta en Navarra a lo largo de la Edad Moderna una literatura política o jurídica propiamente dicha, digna de tal nombre, que dé cuenta de la visión existente en el reino acerca de la Monarquía y la forma de relación con ella. Ni siquiera un hecho de la trascendencia política y jurídica de la conquista de Navarra y la posterior incorporación a Castilla generó entre los propios al- tonavarros del siglo xvi una doctrina destacada, reducida prácticamente a la desarrollada por Martín de Azpilcueta, Juan Martínez de Olano y Martín López de Reta.
Hay que escarbar en las obras de historiografía para encontrar textos esporádicos que reflejan la mentalidad de las élites. Cabe también rastrear las concepciones imperantes en algunas resoluciones importantes de Cortes o en los Memoriales de la Diputación, que toman decisiones de naturaleza constitucional fundadas en interpretaciones de la foralidad precedente.
El trauma inherente a la conquista del reino no hizo desaparecer la concepción medieval sobre el nexo con el príncipe como relación política fundamental. La lealtad al rey, que había dividido por la mitad a la sociedad navarra en la década que siguió a la conquista, siguió dando sentido a la pertenencia.
Hay una serie de temas centrales entre los autores navarros que se pueden advertir, por ejemplo, de la obra de Santiago Leoné. Se trata de un pensamiento disperso y cambiante, con temas que varían con el tiempo, y que brotan con ocasión de las polémicas historiográficas de los siglos xvi y xvii. En la centuria siguiente se vive de las rentas acumuladas. Era necesario diseñar un pequeño corpus de argumentos que pretendían favorecer el estatus del reino y de sus instituciones ante el rey y dentro de la Corona de Castilla e, incluso, de la Monarquía española.
La cuestión jurídica en la que más se profundizó fue el carácter pactado de la legislación y también respecto de la preeminencia de las Cortes navarras o la del Consejo Real. Moret fue el autor que dio un mayor desarrollo a la tesis de la existencia en Navarra de un núcleo irreductible de leyes fundamentales y de una forma de gobierno anteriores a la existencia del rey, como consecuencia de una libertad natural y de un pacto fundacional por el que los vascones, cuando eligieron a su primer rey, le atribuyeron una soberanía limitada por las leyes pactadas. Las Cortes —que se consideraban sucesoras de los doce
ricos hombres y de los más ancianos sabios de la tierra que recibieron, según el Fuero General, el juramento del rey—, eran las encargadas de inspeccionar y exigir la reparación de las leyes, y de conceder al rey «servicios graciosos y voluntarios».
Los autores navarros, por tanto, argumentaron reiteradamente en favor del carácter pactado de la legislación y de la preeminencia de las leyes de Cortes frente a la pretensión de la Monarquía de equiparar las leyes dictadas por los órganos del rey a las del reino elaboradas en la asamblea navarra e, incluso, de que el Derecho castellano debía tener vigencia en el reino de Navarra, al menos como Derecho subsidiario. Para los navarros, el Fuero era producto de pacto, por lo que en su aplicación se debían seguir las reglas del contrato; y se podía mejorar, pero no empeorar.
Por último, habremos de señalar el tema de la antigüedad del reino como elemento de precedencia dentro de la Monarquía. Hay que destacar en este sentido el servicio que prestaron durante un tiempo los mitos del tubalismo y del cantabrismo, como ocurre en otros territorios de Vasconia. Con la reivindicación de la antigüedad, los autores navarros pretendían esgrimir un título que protegiera la constitución histórica del reino frente a las pretensiones de los órganos de gobierno de Castilla, la Corona incorporante, o frente a otros reinos de la Monarquía española que pugnaban por situarse en buena posición dentro de ella en función de lo remoto de sus orígenes.
Autores del siglo xvii como García de Góngora, Agramont, Moret o Chavier defendieron la condición de Navarra como reino más antiguo de la Península, apoyados, sobre todo, en el euskera, lo que facilitó la aceptación del mito del tubalismo —Túbal fue el padre fundador del reino de Navarra—, y luego del cantabrismo —el centro de aquella Cantabria estaría constituido por Navarra o Vasconia—. Ambos mitos hicieron participar estrechamente al reino de Navarra de la cultura política vigente en los dos primeros siglos de la Edad Moderna en Álava, Gipuzkoa y Bizkaia. Así pues, el tubalismo y el cantabrismo sirvieron para, de un lado, probar la pretensión de la extremada antigüedad y de la precedencia del reino, y, de otro, crear, al igual que en los tres territorios citados, un título constitutivo de nobleza general de los navarros.
Otro tema central es la precedencia concreta del reino de Navarra sobre Asturias y Aragón. Los historiadores navarros de la época moderna tuvieron que refutar las obras de autores castellanos como Palacios Rubios, o de aragoneses como Briz y Argensola, que cuestionaron la antigüedad de la monarquía navarra o del reino, de modo que tendría un rango de segundo orden en el conjunto de reinos de la Monarquía. Así, Palacios Rubios sostenía que los primeros reyes navarros eran extranjeros intrusos, por lo que Fernando el Católico representaba la legitimidad al ser descendiente directo de los monarcas visigodos, además de la que le otorgó el papa en razón de la conquista de 1512. Los reyes navarros de la Edad Media habían usurpado el gobierno que pertenecía a los reyes de Castilla. Por lo que se refiere a los alegatos provenientes de Aragón, abogaban por la subordinación a este reino del de Navarra. Porque, decían, aquel era más antiguo, al considerar que el reino de Sobrarbe sobrevivió hasta la época de Sancho el Mayor. Las alegaciones fueron rebatidas por autores como García de Góngora y Torreblanca, que se afanó en la demostración de que la Monarquía navarra detentaba un título más original y completo que los asturianos y leoneses, dado que los auténticos y primitivos españoles eran los navarros, mucho más ilustres que los godos. Con mayor erudición, Moret constató que una vez agotada la vía masculina en la monarquía asturleonesa, la nueva dinastía que instauró Fernando I era de estirpe navarra, de ahí la precedencia del reino matriz sobre los demás reinos hispánicos. Por lo que respecta al reino de Sobrarbe, este constituyó un episodio histórico fugaz, y su fuero careció de vigencia general en Navarra, razón por la que fue suprimida la mención en el prefacio del Fuero General en la edición preparada por Chavier.
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Cita bibliográfica
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