Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores guipuzcoanos

AUTORES Y OBRAS GUIPUZCOANOS: Intruducción.

Trayectoria

En el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, Gipuzkoa emergía de un periodo conflictivo, la lucha de bandos, entre oñacinos y gamboinos, pero del que sus instituciones municipales y provinciales y su economía salie­ron fortalecidos. Más aún, su situación económica —gracias al comercio y la industria del hierro— e institucional era inmejorable para poder disfrutar de una posición estratégica en una Monarquía hispánica que, desde mediados del siglo xv, y tras superar las dificultades bajomedievales, iniciaba un periodo de fuerte expansión política y territorial. Gipuzkoa supo hacerse imprescindible para la Monarquía. El cambio de alianzas, consecuencia de la unión dinásti­ca entre Castilla y Aragón, hizo que los antiguos aliados, Francia y Castilla, se convirtiesen en irreconciliables enemigos, enfrentados durante más de dos siglos por la hegemonía de la Europa occidental. En ese contexto, la presencia de hombres letrados originarios de la provincia dentro de la administración real, muchos de los cuales actuaron como patronos, situándose cerca del poder del rey y velando por sus «compatriotas» (Idiaquez, Isasaga, etc.), de hombres de armas (muchos de los miembros de los antiguos linajes de Parientes Ma­yores), de comerciantes y hombres de negocios que financiaron la Carrera de Indias y la política exterior, como contadores de Indias y gozando de rentas y estableciendo contratos por lanzas mareantes, de materias primas y activida­des económicas esenciales para la Corona (madera, hierro, construcción naval, siderurgia, fabricación de armas, etc.), colocaron a Gipuzkoa en la parrilla de salida de aquella economía global.

Esta importancia estratégica, que se irá fraguando desde la segunda mitad del siglo xv, pero sobre todo a partir del advenimiento de los Reyes Católicos, de la que las propias instituciones locales y provinciales eran conscientes, ge­neró una relación con la Corona de tipo pactista, al calor de la cual surgió y se desarrolló un discurso y pensamiento político específico. Ese discurso político fue compartido y alimentado por instituciones, juristas, letrados, apologetas e historiadores. La mayor parte de la nómina de historiadores guipuzcoanos durante los siglos xvi al xviii eran juristas y hombres de leyes —Derecho civil y procesal—, amén de algunos miembros de la Iglesia y clero —expertos en Derecho canónico—, que compaginaban su actividad con el relato histórico, siempre en defensa de los privilegios del territorio. En realidad, la mayor parte de los relatos históricos de la provincia pretendían justificar su régimen legis­lativo privilegiado. Para ello, además de recordar una larga lista de servicios militares en defensa de la Corona castellana, durante la Edad Media, frente a musulmanes, pero también frente a franceses e ingleses, que, recordemos, es­tuvieron presentes en Gascuña y Guyena hasta mediados del siglo xv, trataban de retrotraer dichos privilegios a la noche de los tiempos, con argumentos de corte lingüístico y racial.

Efectivamente, los guipuzcoanos, como parte de la Cantabria de las fuen­tes grecolatinas, así como vizcaínos, alaveses o navarros, eran los herederos y descendientes de Túbal, nieto de Noé que, supuestamente, llegó a la península ibérica portando consigo el cristianismo. La prueba viva de la conexión gui- puzcoana y cántabra con Túbal era el idioma: el euskera era uno de los cientos de lenguas que se hablaban en Babel y que Túbal trajo a la península ibérica; era, por tanto, la lengua que hablaban los iberos —de la que derivaría el cas­tellano— y que mantuvieron los cántabros, clara muestra de ser los únicos verdaderamente españoles, no mezclados con otras razas, de sangre limpia y pura. Es decir, hacía de los guipuzcoanos y cántabros los primeros habitantes de la península ibérica (vascoiberismo) y los primeros cristianos (tubalismo), antes incluso de que el apóstol Santiago hubiese predicado en la misma. Esta cuestión tenía su importancia, pues no hemos de olvidar que la presión sobre los judíos y su expulsión en 1492 de Castilla (en Navarra serían expulsados en 1498) provocó numerosas conversiones forzadas y creó una psicosis en torno a la limpieza de sangre, estableciendo una clara diferenciación entre cristianos viejos y nuevos cristianos o conversos. No en vano, los años 1510 y 1527-1528 asistieron en Gipuzkoa a la consolidación del status de limpieza de sangre y a una encuesta sobre la presencia de cristianos nuevos o conversos y extranjeros en el territorio.

Esa limpieza de sangre era uno de los argumentos básicos en el discurso en torno a la nobleza de los habitantes de la provincia. La ampliación geográfica y generalización de la hidalguía universal se había venido produciendo ya desde el siglo xiii. Primero, la confirmación de los privilegios de algunos hidalgos rurales que habían llegado a poblar ciertas villas, creó desigualdades dentro de las mismas que ante la reclamación del resto de pecheros, hubieron de ser allanadas. Se pasó así al reconocimiento de hidalguía de todos los habitantes y solares de algunas villas guipuzcoanas. Sin embargo, en un segundo paso, esto acabó creando desigualdades entre las villas de la Hermandad de Gipuzkoa; no era posible que en dicha Hermandad unas villas fuesen pecheras y otras hidalgas y exentas del pago de derramas. Así las cosas, «a voz de hermandad», las Juntas Generales de Gipuzkoa comenzaron a demandar, ya desde 1397, la hidalguía universal de todos sus habitantes, por el mero hecho de haber na­cido y pertenecer a un solar de la provincia. Por supuesto, esa nobleza debía ser llenada de contenido, retrotrayéndola a la noche de los tiempos, basada en los servicios militares y la defensa de la frontera. Ese debate en torno a la hidalguía universal —no de sangre, sino de «solar conocido»—, llegó a su cénit, precisamente, a finales de la década de los años veinte del siglo xvi, toda vez que la lucha de bandos había finalizado, lo cual permitió un discurso iguali­tario. Así, en 1526 el Fuero Nuevo de Bizkaia, que contó con sanción real en 1527, incluía el reconocimiento de la hidalguía universal de los habitantes y solares del Señorío. Ese mismo año de 1527, Gipuzkoa recibía una Real Cédula confirmando la hidalguía universal de sus habitantes y solares, posteriormente confirmada en 1608 y 1610. Si bien los Parientes Mayores siguieron mostrando sus reticencias y pretendiendo acudir al apellido y convocatorias militares por su cuenta —hasta 1624—, todos los guipuzcoanos eran considerados hidalgos, independientemente de su estatus económico, que será lo que a partir de ahora marque las diferencias dentro de la sociedad guipuzcoana; es decir, a partir de entonces imperó una igualdad jurídica de facto.

Los problemas, en adelante, se producirán en el exterior, pues en Castilla era difícil comprender que una nobleza de solar se pudiese equiparar a una nobleza de sangre. Las principales dificultades tuvieron lugar en las Reales Chancillerías, donde los guipuzcoanos fueron obligados a realizar intermina­bles pruebas de hidalguía y expedientes de «vizcainía», muestra de lo cual fue­ron los intensos debates mantenidos con Juan García de Saavedra y Diego del Corral y Arellano. Gracias al levantamiento del sitio de Hondarribia en 1638, la respuesta de la Corona fue la concesión de una real provisión y sobrecarta por la que se confirmaban la Real Cédula de 1610 en cuanto a la forma de probar las hidalguías de los originarios de la provincia en las Chancillerías de Valladolid (10 de febrero-16 de abril de 1639) y de Granada (8 de octubre-23 de octubre de 1640). Es por ello por lo que hubo que dar contenido y antigüedad a esa hidalguía y aderezarla con un discurso étnico-religioso que disipase dudas a la hora de que los guipuzcoanos residentes fuera de la provincia o la propia provincia, en sus reclamaciones frente a la Corona, defendiesen sus privilegios, franquezas, usos y costumbres. El espíritu combativo, guerrero, de defensa del territorio y de las fronteras de la Monarquía necesitaba retrotraerse más allá de la incorporación de la provincia a la Corona de Castilla. Es decir, las libertades guipuzcoanas eran anteriores a los privilegios que los reyes hubiesen podido conceder a la provincia. Es más, esa libertad era «inmemorial» y se remontaba a la época antigua, pues ni tan siquiera los romanos pudieron someter a los belicosos cántabros. El Vascocantabrismo, desarrollado por la mayor parte de los autores que van a ser analizados en los siguientes apartados, compartía esta interpretación: Vardulia siempre había sido libre, «numquam superata» o sometida. Esa franqueza y libertad le permitía elegir bajo qué soberanía per­manecer; así lo hizo cuando en 1200, supuestamente cansados por los excesos de los reyes navarros, los guipuzcoanos decidieron llamar al rey de Castilla, Alfonso VIII, e incorporarse a su Corona, sin mediar conquista, sino estable­ciendo un pacto entre iguales, basado en el respecto mutuo y en el respeto de las libertades, franquezas y fueros guipuzcoanos. Ese discurso estará siempre presente, pero se hará más manifiesto a partir de mediados del siglo xvii y, so­bre todo, durante el siglo xviii, ante los embates que, primero, el conde-duque Olivares y, después, los Borbones, lancen contra los fueros guipuzcoanos.

Por tanto, todos esos discursos de corte etno-linguístico-religioso eran la piedra angular del edificio y la doctrina foral basados en la obtención o con­firmación de privilegios por parte de la Monarquía hispánica a cambio de ser­vicios, principalmente militares, a la Corona. Ese binomio se mantuvo vigente a lo largo de la Edad Moderna, mientras las provincias vascas y, en este caso, Gipuzkoa, garantizaron la defensa de la frontera frente a los embates france­ses. Sin embargo, las guerras revolucionarias, a partir de 1789, y el fracaso de los tercios forales, tanto en la Guerra de la Convención como posteriormente, dieron alas a aquellos sectores de la Corte que estaban en contra de los fueros y a favor de abolirlos o modificarlos. Con la abolición foral el discurso político tradicional irá desapareciendo y transformándose en un discurso más esen- cialista, más racista, al calor del desarrollo de los nacionalismos en todo el mundo occidental. Ante el desarrollo del concepto de nación «española», a lo largo del siglo xix, surgirá una nación «vasca», que echará la mirada atrás y buscará sus esencias en la nación «vascongada», «vizcaína», dando lugar a un choque de nacionalismos. Si bien durante la Edad Moderna, ser «vizcaíno» o «vascongado» significaba ser «español», esto es, súbdito del rey de las Españas —donde ambas nociones no entraban en aparente contradicción—, a partir de la abolición de los fueros, ambos conceptos se convirtieron en contradictorios y enfrentados.

El discurso político tradicional guipuzcoano surgió al calor de una serie de hombres de letras y leyes, letrados, abogados, etc., que trataron de encajar las esencias guipuzcoanas dentro del proyecto «plurinacional» de la Monar­quía Hispánica. Es decir, fueron leales servidores de la Corona, pero al mismo tiempo trataron de fortalecer sus esencias guipuzcoanas. En la mayoría de los casos, procedían de ramas segundonas de los linajes de Parientes Mayores o de linajes fortalecidos al calor del comercio y la administración local y provincial. Todos ellos fueron conscientes de los nuevos tiempos que corrían y de las nece­sidades de los Estados Modernos, con una mayor base en la administración y la burocracia. Los Parientes Mayores fueron asimilados a los novedosos ejércitos nacionales y en ellos siguieron desarrollando su labor militar, mientras que otras familias, durante el periodo medieval quizá de segundo orden, encum­bradas a través del desempeño de labores administrativas en la administración local y provincial, acabarían dando el salto a la administración real y represen­tando los nuevos intereses de la Hermandad de Gipuzkoa, es decir, del conjunto de villas y habitantes de la provincia —todos ellos hidalgos—. A pesar de su presencia en la Corte y de su ausencia del territorio guipuzcoano, no olvidaron su patria —en el sentido de territorio de origen, de nacimiento— y mantuvieron una intensa relación con las instituciones guipuzcoanas. De hecho, la «madre Provincia», a partir del siglo xvi, mantuvo una intensa comunicación con todos sus «hijos», a los que jamás olvidó y cuya colaboración demandó en todo mo­mento para que fuesen los primeros que defendiesen o ayudasen a defender el marco privilegiado y la imagen de la provincia, bien a través de la vía epistolar o manteniendo agentes y representantes a sueldo con los que tenían contacto personal. Así mismo, los hijos de la Provincia, que dejaban el territorio y proba­ban fortuna en los territorios y administraciones de la Monarquía, hacían gala de su «guipuzcoanidad», puesto que era la que les garantizaba su hidalguía. Es interminable la lista, parte de la cual algunos autores como Lope Martínez de Isasti incluyeron, de los guipuzcoanos que participaron en la Carrera de Indias, que desempeñaron cargos en la administración real, que coparon las altas je­rarquías de la Iglesia, el Ejército o la Real Armada. Todos ellos compartieron el discurso político de Gipuzkoa y, con su ejemplo, ayudaron a enriquecerlo y alimentarlo ante la Corona.

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Cita bibliográfica

Echeberria Ayllón, I.,  Aragón Ruano, A., “Introducción”, Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 427-431.

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