Trayectoria
Los francos, que durante el Imperio Tardío constituían un gran grupo de pueblos diferentes, mantuvieron un perfil bajo al comienzo de los grandes movimientos migratorios del siglo v. Una parte importante de ellos fueron asentados como foederati en la región norteña del Rin, pero para mediados del siglo ya habían empezado a expandirse por la Galia aprovechando la debilidad romana. A lo largo del siglo v se consiguió unir a los diferentes grupos francos bajo el mando de la dinastía merovingia, llegando a ocupar una extensa zona del noreste galo. Las recientes conquistas territoriales fueron consolidadas y ampliadas por el rey Clodoveo I (482-511), que en el 486 tomó el enclave en torno a Soissons gobernado por el dux Siagrio. Clodoveo se granjeó el apoyo de la nobleza y del clero galorromano convirtiéndose directamente del paganismo al catolicismo y pronto empezó a avanzar con sus ejércitos hacia el este y el suroeste, presionando las fronteras del reino visigodo de Toulouse. En el 507, tras aplastar al ejército godo en la batalla de Vouillé, los francos se apoderaron del reino de Tolosa ampliando sus fronteras hasta los Pirineos, con la excepción de la llamada Septimania, parte occidental de la antigua provincia narbonense. La fusión entre los bárbaros y los provinciales romanos fue muy intensa, los obispos obtuvieron gran poder e influencia política y pronto se alcanzó una gran homogeneización social.
Clodoveo, al morir, dejó sus territorios repartidos entre sus hijos, pero no por ello los francos cesaron en su expansión. Paulatinamente fueron conquistando y anexionando la Provenza, los reinos vecinos de Turingia y de Burgun- dia, así como algunas regiones controladas por la aristocracia local, y llevaron a cabo varias campañas contra sajones, visigodos y otros pueblos limítrofes. No obstante, las conjuras palaciegas y reyertas entre los sucesores de Clodoveo fueron un mal endémico hasta que, finalmente, su hijo menor Clotario I reunificó en el 558 bajo su mando los diferentes reinos merovingios. A su muerte, tres años después, el reino fue dividido entre sus cuatro hijos: Sigeberto recibió Austrasia y Reims, con capital en Metz, así como varias plazas en al sur; a Gontrán le fue asignada Burgundia, con capital en Orleáns, junto con algunas ciudades en el suroeste; Chilperico fue coronado rey de un pequeño territorio con Soissons como eje y, finalmente, a Cariberto le fue concedida la región de Neustria, que incluía París, gran parte de la Aquitania y la Novempopulania, así como algunos territorios dispersos en el sureste. No obstante, la temprana muerte de Cariberto en el 567 hizo que sus territorios fueran repartidos entre sus otros tres hermanos. De esta forma, con esta nueva división fueron perfilándose tres unidades políticas, Neustria, Austrasia y Burgundia. Mientras, en el extremo occidental, la península de Armórica, que tomó el nombre de Bretaña, pues venía siendo colonizada por grupos bretones desde el siglo anterior, no pudo ser sometida eficazmente por los reyes francos y mantuvo una gran autonomía. Una situación parecida la vivieron los vascones en el suroeste galo, donde los continuos intentos francos por someterlos de manera duradera se prolongaron durante los siglos siguientes.
El carácter territorial no compacto de los tres reinos merovingios citados y su división geográfica desigual fue motivo de tensión, desencadenando con ello varios conflictos armados. Para el 582 los territorios aquitanos y novempopula- nos, salvo la ciudad de Bourges, que pertenecía a Gontrán, quedaron en manos del rey de Neustria, Chilperico. Sin embargo, la derrota del usurpador Gun- dovaldo en el 585, un supuesto hijo ilegítimo de Clotario I que, a la muerte de Chilperico el año anterior, se hizo coronar rey de las posesiones aquitanas del difunto monarca, fue aprovechada por los artífices de la victoria, los reyes de Austrasia y de Burgundia, para volver a cambiar las fronteras. Ambos monarcas volvieron a repartirse mediante el Tratado de Andelot (587), los territorios que antaño pertenecieron a Cariberto, dejando al reino de Soissons en una clara desventaja. En el caso concreto del suroeste, la mayor parte de los territorios entre el Garona y los Pirineos fueron a parar a manos de Gontrán, mientras que algunas ciudades (incluida Lapurdo, Bayona) se mantuvieron bajo el control del austrasiano Childeberto II. Sin embargo, la tensión entre los tres reinos no se alivió y durante los siguientes años estallaron nuevos conflictos armados y regicidios. Finalmente, en el 613, Clotario II de Soissons consiguió reunificar los territorios merovingios bajo su mando.
A la muerte de Clotario en el 629 su heredero Dagoberto I cedió a Cariberto, su hermano, pero de diferente madre, la mitad sur de Aquitania y la Novem- populania para que la gobernase a su gusto, a cambio de que no reclamase sus derechos sobre la herencia de su difunto padre. Cariberto estableció su corte en Toulouse y amplió las fronteras de su reino tras someter a los vascones. A los pocos meses de su muerte en el 632, vino la de su hijo Chilperico, y Dagoberto decidió anexionar el reino de Aquitania al reino de los francos. En el 639, poco después de someter nuevamente a los bretones y a los vascones, en el caso de estos últimos con un éxito relativo, pues parte de las tropas francas fueron derrotadas en una escaramuza aislada, Dagoberto murió tras repartir su reino entre sus dos hijos: Austrasia para Sigeberto II y Neustria y Burgundia para Clodoveo II.
A partir de este momento comenzó la decadencia política de la dinastía merovingia, pues los sucesivos reyes, envueltos nuevamente en guerras civiles, revueltas y conjuras palaciegas, fueron cediendo sus obligaciones y quehaceres en sus esposas, familiares y, especialmente, en aquellos que ocupaban el cargo de mayordomo de palacio. En general, estos monarcas solían ser jóvenes y de carácter débil, incapaces de gobernar de forma efectiva, es por ello que la historiografía tradicional les ha concedido el sobrenombre de «reyes holgazanes». Así, aprovechando la debilidad del poder central y de las continuas reyertas entre los diferentes reinos merovingios, algunas regiones periféricas fueron obteniendo cada vez más autonomía, como es el caso de Aquitania, regida desde la segunda mitad del siglo vii por un duque. Los sucesivos duques aquitanos lograron concentrar tal poder que los hacía prácticamente independientes de los reyes francos, llegando a acoger refugiados políticos y a posicionarse por una facción u otra en las sucesivas guerras civiles entre los merovingios. Asimismo, dichos duques mantenían una influencia notable sobre los vascones, quienes aparecen, de forma segura desde comienzos del siglo viii, formando el grueso de los ejércitos del ducado. La dinastía merovingia logró sobrevivir hasta el 751, año en que fue depuesto su último rey, Childerico III, siendo sustituida por la de los carolingios, familia que había ocupado durante largos años el cargo de mayordomo de palacio, abriendo de esta manera un nuevo periodo de la historia del reino franco.
Los escritos de época merovingia tratan a los vascones de forma parecida a sus contemporáneos visigodos. Del mismo modo que sucede al sur de los Pirineos, las referencias de los autores francos a los vascones fueron redactadas desde un entorno cultural y geográfico ajeno a aquello a lo que se referían. Los diferentes autores utilizan el término clásico de vascón para referirse a una realidad que nunca terminan por definir, pero que aparece vinculado a los tópicos literarios aplicados por la cultura grecorromana cristiana a las comunidades bárbaras, caracterizados retóricamente como «montañeses», «feroces» y «paganos». Además, al igual que sucede en el caso godo, entre los escritos francos los vascones ocupan una posición secundaria, ya que son mencionados solamente cuando sus acciones afectan de manera directa al reino franco. Para los autores merovingios, los vascones constituyen una serie de poblaciones a las que combatir y controlar, por su ubicación estratégica entre los reinos franco y visigodo, así como por su actitud hostil y belicosa hacia sus vecinos. Los diversos intentos por someterlos por la fuerza nos muestran que los sucesivos monarcas no fueron capaces de integrar a los habitantes de Vasconia en el mundo merovingio de manera efectiva y duradera. Por ello en ocasiones los vascones son tratados como poblaciones foráneas mientras que otras veces son situados en la periferia del reino merovingio. Al manejar las citadas fuentes literarias debemos tener en cuenta que el trato a los vascones difiere según el autor y del carácter de su obra. Mientras que las referencias a la comunidad vascona en los poemas de Venancio Fortunato y en las hagiografías están orientadas desde un punto de vista retórico y literario, disponemos de obras historiográficas que ofrecen información más precisa, como las Historiae de Gregorio de Tours o la crónica del llamado Fredegario, aunque todavía muy dependientes de las tendencias narrativas preestablecidas.
Bibliografía
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DumÉzil, B., Servir al estado bárbaro: del funcionariado antiguo a la nobleza medieval (siglos iv–ix), Granada: Universidad de Granada, 2017.
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Rouche, M., LAquitaine des Wisigoths aux Arabes, 418-781: naissance d’une región, Paris: Ecole des hautes études en Sciences sociales; Éditions Jean Touzot, 1979.
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Cita bibliográfica
Lanz, J. «Introducción», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 128-130.





