Trayectoria
La Corona de Aragón se originó a partir de la unión dinástica de Cataluña y de Aragón llevada a cabo en 1137 con la donación, por parte de Ramiro II de Aragón, del reino de Aragón, del condado de Ribagorza y del reino de Zaragoza al conde Ramon Berenguer IV de Barcelona, conde de Osona, Girona, Cerdaña y Besalú, mediante el compromiso matrimonial del conde con su hija y heredera Petronila, cumplido en 1150.
Conforme avanzaba la conquista a los musulmanes fueron configurándose paulatinamente los espacios territoriales de cada uno de los territorios, teniendo su reflejo en una articulación institucional diferenciada. Ya desde el siglo xii la antigua curia condal se diversificó en una curia real aragonesa y una curia real catalana, que será el origen de las futuras Cortes. Paralelamente, Ramon Berenguer IV, Alfonso I y Pedro I llevaron a cabo una política de expansión hacia Occitania, aprovechando los vínculos feudales y familiares que poseyeron los reyes de Aragón y los condes de Barcelona que les antecedieron. La derrota y la muerte de Pedro I en Muret (1213) frenó esta expansión norpirenaica. La Corona venía teniendo una amplia proyección hacia sur: a las conquistas de Teruel y de Albarracín (1170) se les sumó el impulso, en tiempos de Jaime I, de Mallorca (1228-1232) y de Ibiza (1235), la sumisión de Menorca (1232) y la conquista del reino de Valencia (1232-1245).
Los reinos de Mallorca (1230) y de Valencia (1240) se organizaron como entidades políticas autónomas. Jaime I, además, logró plena soberanía sobre sus dominios del norte de los Pirineos. A la muerte de este rey (1276), Pedro II exigió a Jaime II de Mallorca que le reconociera como su vasallo, cosa que este hizo el 1278.
Pedro II continuó la expansión mediterránea cuando aceptó la Corona que le fue ofrecida por el parlamento siciliano reunido en Palermo en 1282, a lo que siguió la ocupación de diversas islas por el Mediterráneo. A la muerte de Pedro II (1285), los dominios de la Corona de Aragón se quedaron divididos entre Alfonso II y Jaime II de Mallorca. Alfonso II se comprometió a no separar Mallorca e Ibiza de los otros reinos de la Monarquía (1286). En 1289 convocó en Monzón las primeras Cortes generales de los reinos de la Corona de Aragón. La unión de Mallorca y Cataluña fue ratificada en las Cortes de Barcelona del año 1291, pero con el Tratado de Anagni (1295), Jaime II aceptó entregar en feudo Mallorca, Ibiza y Menorca al rey de Mallorca, con la condición de que este estuviese obligado a asistir a las Cortes del Principado hasta 1321 y de que restituyese Sicilia al papa. A pesar de la oposición de todas las partes interesadas, la paz de Caltabellota confirmó a Federico, mientras viviera, la soberanía de Sicilia.
Otro miembro de la casa de Barcelona, Fernando de Mallorca, consiguió hacerse con el principado de Morea (1315-1316), y años más tarde hizo proclamar soberano a su hijo, el rey Jaime III de Mallorca.
Jaime II resolvió las reclamaciones aragonesas sobre el territorio catalán con el establecimiento de la frontera (1305) y con la creación de un régimen jurídico mixto catalán y aragonés para el condado de Ribagorza (1322). También logró ser soberano por la sentencia arbitral de Torrellas (1305) de una parte del reino de Murcia (Orihuela, Alicante, Elche), ocupado por sus fuerzas durante la guerra civil castellana de 1296.
Los reinos que constituían la Corona de Aragón propiamente dicha consiguieron una constitución jurídica estable, con instituciones peculiares para cada uno de ellos, con Cortes, leyes, moneda y funcionarios privativos para cada reino, unidos solo por la persona del monarca, ayudado por un Consejo Real, un procurador general —después denominado gobernador general— y, en caso de ausencia, por un lugarteniente general.
Para evitar la división que habían provocado las herencias de sus antecesores, Jaime II dispuso en 1319 que Cataluña y los reinos de Aragón y de Valencia no pudieran separarse entre ellos en adelante, y autorizó a sus súbditos a levantarse contra el rey que no lo cumpliera, disposición repetida por Pedro III en 1344 con la adición del reino de Mallorca, que acababa de ocupar y del cual se había hecho coronar rey en 1343.
Bajo el reinado de Jaime III de Mallorca se creó el florín de oro, primer signo monetario común a toda la Corona catalanoaragonesa (1346). También se reorganizó la administración real de la Cancillería y la Audiencia, símbolo del momento de máxima cohesión de los territorios de la Corona.
La ocupación de Córcega y de Cerdeña, aplazada desde el comienzo del siglo xiv, fue emprendida el año 1323 por el primogénito Alfonso. Para 1330 se había producido la colonización catalana y se estableció una organización política similar a la de los otros reinos.
La cohesión volvió a romperse nuevamente en 1392, cuando la soberanía se entregó nuevamente al rey de Sicilia. A la muerte de Martín el Joven de Sicilia (1409), que se había casado en 1392 con la reina María de Sicilia, la Corona siciliana pasó a su padre, Martín I.
Tras el grave conflicto sucesorio que acabó con el compromiso de Caspe y la instauración de la dinastía de los Trastámara en la Corona catalanoaragonesa, Alfonso IV intentó por las armas, infructuosamente, hacer efectivo el título de rey de Córcega (1420). Un año después el mismo Alfonso inició la lucha por el dominio de Nápoles, que no consiguió totalmente hasta el 1442. Fue al año siguiente, en 1423, cuando Alfonso fue reconocido por el papa como rey de las Dos Sicilias, dando comienzo, en adelante, a su política de los Balcanes.
A la muerte de Alfonso IV, Nápoles y sus territorios orientales pasaron a su hijo Fernando I de Nápoles, mientras que la Corona aragonesa fue heredada por Juan, rey de Navarra y hermano de Alfonso. La guerra contra Juan II supuso una nueva ruptura de la unidad de la Corona, pues Francia ocupó temporalmente los condados de Rosselló y Cerdeña (1475-1493).
Cada uno de los territorios de la Corona de Aragón poseyeron una particular historiografía. En el siglo xii apareció un tipo de historiografía popular escrita en catalán y que se plasmó en poemas narrativos o canciones de gesta, generalmente muy fieles a la realidad histórica. Le siguieron las denominadas Cuatro Grandes Crónicas, las de Jaime I, Desclot, Muntaner y Pedro III, compuestas a partir de documentación e información oral. La primera de ellas, el Llibre deis fets, es especialmente interesante para conocer diferentes aspectos de la historia de Sancho VII de Navarra. Con parecida metodología y con una erudición cada vez mayor construyeron sus obras historiográficas el catalán Pere Tomic y los autores aragoneses de las crónicas navarro-aragonesa y de San Juan de la Peña y Gualberto Fabricio de Vagad, obras y autores que contienen destacada información sobre Vasconia.
Bibliografía
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— «España en las crónicas de Aragón en la Edad Media (siglos xii-xv)», Norba. Revista de Historia, 19 (2006), pp. 95-103.
Sesma Muñoz, J. A., La Corona de Aragón en el centro de su historia, 1208-1458, 2010.
Ubieto Arteta, A., Creación y desarrollo de la Corona de Aragón, Zaragoza: Anúbar, 1987.
Utrilla Utrilla, J. F., «Historia y ficción en las crónicas medievales aragonesas: cronistas y propaganda política», Aragón en la Edad Media, 18 (2005), pp. 83-116.
Cita bibliográfica
Vega López, F., “Introducción», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 327-329.





