Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores guipuzcoanos

ARANZADI UNAMUNO, Telesforo de (Bergara, Gipuzkoa, 4-5 de enero de 1860 – Barcelona, 12 de febrero de 1945).

Cargos y oficios

Antropólogo, naturalista y etnógrafo

Trayectoria

Cuando solo contaba tres años, la familia se trasladó desde Bergara a Bilbao, donde regentaron la confitería «La Vergaresa», en la calle de la Cruz. A pesar de tratarse de una familia muy arraigada en la localidad guipuzcoana, contaban con familiares en Bilbao, entre los cuales, la más determinante en lo personal y lo académico fue la familia Unamuno, cuyo hijo Miguel, más joven que su primo Telesforo, compartió con él incluso alojamiento durante el periodo universitario. Dos acontecimientos marcaron los primeros estudios de Aranzadi en Bilbao: las convulsiones políticas paralelas a la Tercera Guerra Carlista, el sitio de Bilbao y la abolición de los Fueros y su frágil salud, probable consecuencia de una artritis tuberculosa que le afectó la cadera izquierda, y que le originó múltiples complicaciones médicas a lo largo de toda su vida. En esta fase inicial de su trayectoria, curiosamente, resulta más destacado su interés por la música y el dibujo que por las disciplinas más clásicamente académicas. Fue joven discípulo de Antonio de Lecuona, pintor por cuyo estudio acudían asiduamente Trueba o Iparraguirre, y a la vista de cuyas escenas costumbristas se encendió su interés por la Etnografía vasca.

Aranzadi decidió cursar estudios de Farmacia tras un descarte entre aquellas aficiones e inclinaciones para las que su severa anquilosis de cadera le imposibilitaría el ejercicio profesional. Se incorporó a la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid en 1877 y paralelamente a su Licenciatura en Farmacia, asistió por las noches a la Escuela de Artes y Oficios para estudiar Dibujo. Tras completar su primera titulación, se matriculó en la Licenciatura de Ciencias Naturales y el Doctorado de Farmacia (Estudio de los insectos vesicantes, con sus aplicaciones a la Farmacia), completando ambos para 1885. Así, a los veinticinco años contaba ya con dos licenciaturas, un doctorado y amplios conocimientos de dibujo, francés, inglés y alemán. Su contribución a la vida cultural del Madrid de aquella década se centró en la programación operística del Teatro Real, como exaltado cabecilla del bando wagneriano, lo que le condujo en varias ocasiones hasta la comisaría de policía. Durante año y medio, aún no definida completamente su vocación, volvió a Bilbao, desempeñando trabajos tan poco académicos como inspector sanitario de viajeros y equipajes de la estación ferroviaria de Orduña.

Este periodo de maduración acabó por decidir a Aranzadi a volver a Madrid, a preparar oposiciones para alguna plaza de docente e investigador. Adoptó esta decisión en un momento clave, a finales de 1886, en el que una nueva disciplina científica se presentaba en sociedad en España, la Antropología. El debate sobre el Evolucionismo propició en Francia el desarrollo de dos disciplinas novedosas e íntimamente ligadas, la Arqueología prehistórica y la Antropología, con epicentro en la Sociedad de Antropología y el Museo de Historia Natural de París. Allí se había formado, como discípulo de Verneau y Quatrefages, el profesor Manuel Antón, que consiguió despertar en Aranzadi su auténtica vocación. Ayudado por algunos compañeros del Museo de Ciencias Naturales, Antón creó un laboratorio y sección de Antropología en el Museo de Historia Natural, foro en el que se impartieron los primeros cursos libres de Antropología en España, a los que asistieron con entusiasmo Aranzadi y su amigo, Hoyos Sainz. En la recogida de colecciones osteológicas del Museo de Ultramar y del Museo Arqueológico Nacional para la colección de Antropología, Aranzadi tuvo ocasión de relacionar la nueva disciplina con otra que siempre le había atraído, la Etnografía, esta última de raíces teóricas más asociadas a la tradición académica alemana. Definitivamente encarrilada la que sería su vocación científica, en 1889 defendió y publicó El pueblo euskalduna, su tesis doctoral en Ciencias Naturales, sobre colecciones osteométricas de diversas regiones del País Vasco. Al mismo tiempo que se preparaba para opositar en plazas universitarias, estudiaba materias variadas de Botánica, Zoología y Química, además, por supuesto, de la Antropología y la Etnografía, siempre orientadas al conocimiento del pueblo vasco. A partir de enero de 1889, su sustento provenía de la plaza de dibujante científico del Museo de Ciencias Naturales. Esta segunda etapa madrileña, que se prolongó hasta 1895, fue clave en su formación como naturalista y antropólogo, además de partícipe ocasional en tertulias y conferencias en foros cultos, como el Ateneo. Más allá de su círculo más próximo de antropólogos como Manuel Antón, Luis de Hoyos o Federico Olóriz, los círculos cultivados del Madrid de la Ilustración estaban llenos de literatos y compositores musicales, algunos de ellos de origen vasco, con los cuales Aranzadi llegó a trabar verdadera amistad, como Pío Baroja. Su cercanía al profesor Antón le permitió colaborar en la preparación de algunas de sus lecciones de Antropología, e incluso, protagonizar una breve sustitución de este en 1893.

Tras intentarlo en diferentes foros y plazas, en febrero de 1895 fue propuesto como catedrático de Mineralogía y Zoología aplicada a la Farmacia en la Universidad de Granada. Se trataba de un centro por el que era frecuente el paso fugaz de profesores, en espera de destinos en ciudades más cosmopolitas. Su actividad de investigación, en colaboración con los antiguos compañeros de Madrid, se siguió desarrollando en las tierras vascas. Cuando se abrió una vacante de Botánica en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Barcelona la solicitó rápidamente, aunque la resolución favorable solo llegó mediado 1899. Con la toma de posesión de esta cátedra, Aranzadi alcanzó una ciudad de residencia definitiva. En cuanto a su posición académica, con su toma de posesión en 1920 de la cátedra de Antropología de la Universidad de Barcelona, Aranzadi se encontró, con sesenta años, verdaderamente cómodo. En 1931, como consecuencia de un nuevo decreto de la República, se vio obligado a jubilarse, momento en el cual sus ingresos se vieron muy disminuidos, siendo sucedido por su discípulo Alcobé en la plaza. Hasta el final de la guerra civil mantuvo su puesto como director científico de la editorial Espasa-Calpe, lo que le reportó algunos ingresos adicionales a su pensión. Como la mayor parte de sus colegas en la Universidad de Barcelona, sufrió un auténtico ostracismo por parte del nuevo régimen franquista, situación que se prolongó hasta su fallecimiento en 1945.

La proyección del trabajo académico de Aranzadi fue, esencialmente, hacia el extranjero. Además de su gran conocimiento de los idiomas académicos de la época (alemán y francés, junto al incipiente inglés), Aranzadi siempre gustó de buscar sus referentes en otros sistemas académicos europeos. Entendió siempre la docencia como un ejercicio práctico, lejos de las exposiciones magistrales tediosas y atajos simplificadores, como las claves dicotómicas. Allá donde fue, los estudiantes de sus materias debían exponer contenidos para demostrar que habían comprendido correctamente sus explicaciones y creó laboratorios que servían de foro para sus prácticas. Viajó cuanto pudo, atendiendo a su disponibilidad limitada de recursos y, más adelante, a las tareas de campo arqueológicas que le ocupaban veranos enteros. Participó en congresos científicos, sobre todo de carácter internacional y fue miembro destacado de asociaciones científicas, también con proyección europea. Conoció en profundidad los escritos y las tendencias académicas más avanzadas en Europa de las disciplinas que cultivó. Así, por ejemplo, a pesar de conocer en profundidad el pensamiento de otros especialistas de su época en los campos de Antropología cultural o Social, como Malinowski, su opción por la Etnografía fue consciente y consistente con su línea de pensamiento, de profundizar en el estudio de lo cercano y cuya lengua sentía próxima.

Hasta aquí hemos expuesto, de modo muy resumido, la trayectoria académica de Telesforo de Aranzadi, ciertamente azarosa, pero insuficiente para hacer un juicio a la totalidad de su peso sobre varias generaciones de científicos. La personalidad arrolladora de Aranzadi, el incisivo sarcasmo al que siempre recurrió como mecanismo de respuesta ante la adversidad, la injusticia y la burocracia, el acervo cultural con que contaba, dieron lugar a innumerables anécdotas que todavía provocan pasmo. Quienes se contaron entre sus amigos lo apreciaban hasta reverenciarlo, disculpando sin pudor las manifestaciones crecientes de aquello que hoy día llamaríamos «bajas habilidades sociales». Con unos rasgos de personalidad que podemos considerar auténtica imagen de espejo de los de su familiar Miguel de Unamuno (a diferencia de él, nunca le gustó hablar en público —casi podríamos decir que tampoco demasiado en privado— y consideró una pérdida de tiempo fatua toda actividad social), resulta difícil intuir una influencia superior en el plano personal que la que unió y separó a ambos primos. Unamuno achacaba el pecado de «cientifismo» a su, sin duda, muy positivista primo, mientras Aranzadi criticaba el modo en que Unamuno buscaba en la polémica pública y en la reivindicación de las contradicciones una atención añadida a su trabajo académico. Unamuno nunca apreció verdadera cultura fuera de las lindes de las ciudades, mientras que fue en el medio rural donde Aranzadi encontró sus fuentes más ricas y sus amigos más cercanos. Aunque sin duda, más allá de sus visiones epistemológicas y actitudes vitales, lo que más les separó a partir de 1901 fue la actitud de Unamuno hacia el euskara, que irritaba profundamente a Aranzadi.

En efecto, para Aranzadi la lengua de un país portaba el alma de ese pueblo y los llamamientos de Unamuno a dejar morir al euskera equivalían a pedir la renuncia del pueblo vasco al empeño de ser él mismo. En alguna ocasión lo expresó con brutal franqueza: «La cultura ha de entrar en la sangre después de mascada por muelas y lengua propias y digerida en las propias entrañas» [Aranzadi, «A pie o en burro», Euskal Erria, L (1904), p. 286]. Esta percepción genérica de la lengua como soporte de la entidad cultural de un pueblo se vio potenciada, por lo que se refiere al euskera, a través del conocimiento que tuvo de la obra de Wilhelm von Humboldt, que tradujo del alemán al castellano. La articulación del famoso equipo de investigaciones arqueológicas con José Miguel Barandiarán y Enrique Eguren, a partir de 1917, le llevó a descubrir nuevos aspectos de la cultura vasca y a explorar la hipótesis de una posible continuidad desde la Prehistoria de rasgos antropológicos, lingüísticos, folclóricos y etnográficos. La percepción de que la modalidad más genuina de esos rasgos tan antiguos estaba desapareciendo ante sus ojos, con el fallecimiento de los transmisores de la Toponimia, el Folclore y la cultura popular vasca, azuzó el ritmo de trabajo del trío, que entre 1917 y 1936 desarrolló una actividad ingente.

El interés determinante de toda su trayectoria científica fue conocer la cultura vasca a través de los instrumentos con los que contaba y en los que depositó su confianza, la Etnografía y la Antropología, resultando el euskera el vector de comunicación de la primera y la Arqueología, la vía de acceso a la segunda. Como consecuencia de todo ello, Telesforo de Aranzadi es un pionero en la introducción de la Etnografía y la Antropología en los estudios universitarios y la investigación en España. Además, supo desarrollar una visión interdisciplinar de modernidad extraordinaria en aquellos años, tratando de relacionar (con cierto éxito) aspectos muy diversos de la cultura popular vasca que rescataban de ancianos pastores y baserritarras, con los topónimos de los dólmenes que excavaba, su ubicación en tradicionales majadas pastoriles o las leyendas y personajes mitológicos que los poblaron. Resulta innegable que hoy día observamos estas informaciones bajo un prisma más crítico, pero es aún más cierto que, sin el colosal trabajo de recogida de información efectuada por Aranzadi, Barandiarán y Eguren, careceríamos hoy de una parte muy sustancial de la información que tratamos de modo cotidiano en estos campos.

La metodología de trabajo de Aranzadi en el ámbito de la Antropología biológica era, en relación con los especialistas coetáneos, la más avanzada. Aunque también ponía un énfasis que hoy nos parece desproporcionado en la craneometría, esta pequeña parcela de la Antropología fue determinante en el origen de la disciplina. También observamos en Aranzadi un interés importante por el estudio del esqueleto poscraneal y que efectúa unos primeros intentos de clasificar las colecciones de acuerdo con términos poblacionales (número de individuos y discriminación por edades y sexos). Como todos los especialistas de su época, leyó los caracteres antropométricos en términos raciales, pero a diferencia de la mayoría de los mismos, nunca «jerarquizó» esta diversidad de los grupos de población que describía, tendencia que alimentó el auge del racismo en la Europa de entreguerras, con las terribles consecuencias de todos conocidas. Cabe señalar, además, que esta singularización craneométrica vasca (y «racial» de acuerdo con la terminología de la época) no tuvo su origen en Aranzadi, sino en los trabajos de los precursores de la Antropología como Broca, Quatrefages, Virchow o von Luschan, que en la década de los años 1860 publicaron estudios relativos al «cráneo vasco». Otros especialistas que efectuaron mediciones craneométricas en la región antes de que Aranzadi se dedicara a la Antropología fueron Nicasio Landa, Antoine d’Abbadie o William Webster. La originalidad metodológica de Aranzadi fue acceder, a través de su actividad arqueológica y su acusada capacidad de observación a colecciones antropológicas muy antiguas, tratando de observar la perduración en el tiempo de unos caracteres craneométricos.

Este concepto de rastrear en el pasado remoto rasgos aún presentes en el País Vasco se transfiere también al ámbito cultural, a través de la Etnografía. En el último tercio del siglo xix observamos el movimiento de creación de sociedades científicas y museos de Etnografía, con un foco geográfico algo más desplazado hacia el este, en particular Prusia. Desde el punto de vista epistemológico, representó una reacción hacia la aplicación del Evolucionismo a las modalidades de transmisión histórica de la cultura entre las sociedades humanas. Como desarrollo de la teoría de los distritos culturales de Frobenius, Graebner, Ankerman o Schmidt, entre otros, establecieron el llamado método de los círcu-los culturales, de la llamada Escuela Histórico-Cultural de Viena. Además de por su contacto directo en viajes y congresos con los mejores especialistas europeos, el método etnográfico de Aranzadi se enriqueció con la experiencia de J. M. Barandiarán y de las clases a las que este asistió con -Schmidt o Wundt (tutor de Boas, Durkheim o Malinovski, entre otros). El trabajo etnográfico de Aranzadi tenía un signo diferente al de Barandiarán, más centrado en la materialidad de la cultura popular vasca y sus paralelos con la de otros pueblos peninsulares que conocía de primera mano, dejando en manos de otros especialistas el Folclore, la Mitología o la Toponimia. En todo caso, su labor conjunta durante el primer tercio del siglo xx, su moderno trabajo de campo con recogida de testimonios materiales y entrevistas a una generación de mucha edad, resulta insustituible para cuanto hoy día sabemos de la cultura tradicional vasca.

Obras

El pueblo euskalduna. Estudio de Antropología, Donostia: Diputación Provincial de Guipúzcoa, 1889.

«El problema antropológico vasco», La España Moderna, 1894, pp. 140-143.

«Le peuple basque. Étude d’Anthropologie», Bulletin de la Société d’Anthropologie, 1894, pp. 511-520.

Etnología, Antropología física y Psicología comparadas, Madrid [s. n.], 1899.

¿Existe una raza euskara? Sus caracteres antropológicos, San Sebastián: Imp. de la Provincia, 1905.

«De algunos pinchazos que se dan al vascuence», Euskal Erria, LIV (1906), pp. 216-225.

«Problemas de Etnografía de los Vascos», RIEV, I (1907), pp. 565-608.

«Antropología y Etnografía», Geografía general del País Vasco-Navarro, VI, Barcelona, 1911, pp. 87-194.

«Sur quelques correlations du trou occipital des crânes basques», Bulletin de la Société d’Anthropologie de Paris, V (1914), pp. 325-382.

Con Ansoleaga, F. de, Exploración de cinco dólmenes del Aralar, Pamplona: Imp. Provincial, 1915.

Con Hoyos, L., Etnografía. Sus bases, sus métodos y aplicaciones a España, Madrid: Biblioteca Corona, 1917.

Con Barandiarán, J. M., y Eguren, E., «Exploración de nueve dólmenes del Aralar Guipuzcoano», Euskalerriaren Alde, 8 (1918) núm. 174, pp. 207-218; núm. 175, pp. 248-261; núm. 176, pp. 296-303; núm. 180, pp. 484-500.

— «Exploración de seis dólmenes de la Sierra de Aizkorri», Euskalerriaren Alde, 9 (1919), núm. 186, pp. 215-221; núm. 187, pp. 245-262; núm. 188, pp 298-312.

— Exploración de siete dólmenes de la Sierra de Ataun-Borunda, San Sebastián: Imp. de la Diputación de Guipúzcoa, 1920.

— Exploración de ocho dólmenes de Altzania, San Sebastián: Imp. de la Diputación de Guipúzcoa, 1921.

— Exploración de diez y seis dólmenes en la sierra de Elosua-Plazentzia, San Sebastián: Imp. de la Diputación de Guipúzcoa, 1922.

— Los nuevos dólmenes de la sierra de Encia, San Sebastián: Eusko Ikaskuntza, 1922.

— Exploración de seis dólmenes en la sierra de Urbasa (Navarra), San Sebastián: Eusko Ikaskuntza, 1923.

— Grutas artificiales de Álava, San Sebastián: Eusko-Ikaskuntza, 1923.

— Exploración de cuatro dólmenes de Belabieta, San Sebastián: Imp. de la Diputación de Guipúzcoa, 1923.

— Exploraciones de la caverna de Santimamiñe (Basondo: Cortézubi). 1.ª Memoria: figuras rupestres, Bilbao: Artes gráficas Grijelmo, 1925.

— Exploraciones de la caverna de Santimamiñe (Basondo: Cortézubi). 2.ª Memoria: los niveles con cerámica y el conchero, Bilbao: Diputación de Vizcaya, 1931.

Bibliografía

Barandiarán, J. M., «De mis recuerdos de Aranzadi», Munibe, III (1951), pp. 84-93.

Caro Baroja, J., «D. Telesforo de Aranzadi (1860-1945) o un hombre de ciencia apasionado», Semblanzas ideales, Madrid: Taurus, 1972, pp. 149-158.

Goicoetxea Marcaida, A., Telesforo de Aranzadi. Vida y Obra, San Sebastián: Munibe, suplemento núm. 5, Sociedad de Ciencias Aranzadi, 1985.

Hoyos, L., «Recuerdos de Aranzadi. Sesenta años de amistad», BRSBAP, IV (1948), pp. 235-252

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