Cargos y oficios
Abogado, funcionario, político y periodista
Trayectoria
Nació en el seno de una familia acomodada: su padre Juan Manuel se confesaba «propietario». Estudió en el colegio de los Escolapios de Tolosa y posteriormente cursó estudios de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Deusto (1888-1895), obteniendo ambas licenciaturas por la Universidad de Salamanca: Filosofía en 1891 y Derecho en 1895. En Deusto tuvo por profesor a Daniel Irujo Urra, amigo y abogado de Sabino Arana, que fue quien les puso en contacto. Fue el 2 de febrero de 1895, en la representación de Vizkay’tik Bizkai’ra de Azkue. Su amistad con Arana marcó un rumbo rotundo a su vida: la fidelidad a su figura y a su obra serán inquebrantables hasta el fin. Arana se convertirá en «el redentor del vasco, nuestro Maestro y Padre».
Aranzadi procedía del integrismo, como buena parte de los primeros nacionalistas. Ya con diecinueve años empezó a colaborar en el diario El Fuerista, una publicación integrista donostiarra. De esta forma se inició temprano en el periodismo, ocupación que privilegió y que ocuparía su existencia futura.
Su conversión al nacionalismo se produjo en el verano de 1894, al leer varios números del semanario nacionalista Bizkaitarra, en donde comenzó a colaborar. Su artículo «La invasión maqueta de Gipuzkoa», publicada en este semanario en septiembre de 1895, le valió la cárcel a Arana como su director al ocultar la autoría de Aranzadi. Este permaneció en el exilio en Hendaya por seis meses.
En 1896 ganó por oposición la plaza de jefe de negociado de Fomento de la Diputación de Gipuzkoa. Tomó posesión en enero de 1897, con cierta oposición del liberal José Machimbarrena, por sus confesadas ideas nacionalistas. Desarrolló aquí su actividad laboral hasta 1913, en que se asentó como periodista en Bilbao. En la Diputación tuvo en 1904 un célebre cruce de artículos, a través del diario El Pueblo Vasco, con su jefe, el letrado mayor y político conservador Wenceslao Orbea.
Respecto a su vida privada, en 1899 casó con Encarnación Barandiarán, una donostiarra de solvente familia comerciante, con la que tuvo ocho hijos, dos de ellos jesuitas y otra misionera en África. Por otra parte, en 1901 fue víctima del crack de la Bolsa de Bilbao que le ocasionó un grave quebranto económico y puso en solfa sus aspiraciones económicas. Este incidente seguramente le hizo ser muy puntilloso en sus futuros contratos laborales y en sus actividades económicas.
Paralelamente, su apego a la política fue creciendo y se convirtió en el hombre fuerte del balbuceante nacionalismo guipuzcoano. En Ereintza, con ciertos tintes martirológicos, describe con minuciosidad todas las pequeñas batallas periodísticas, políticas y culturales que se desarrollaron en aquel alba del siglo xx, y que dieron como resultado el fortalecimiento del nacionalismo guipuzcoano. Su apoyo condicionado a la renovación del Concierto, la creación del Centro Vasco, Gipuzkoarra… serían algunos de estos hitos.
Fue testigo de primera fila de la evolución españolista de Arana y en cierta manera su testaferro. Tras su muerte, y aunque nunca fue hombre amigo de la burocracia orgánica del partido, fue designado delegado regional del PNV en Gipuzkoa de 1904 a 1908. En este año confeccionó la lista de los burukides del primer GBB, en las que él no figuraba. A partir de esta época, se vio liberado de la inmediatez de la política y se decantó definitivamente por el periodismo y la propaganda, primero en Gipuzkoarra (1907-1913) y más tarde en Euzkadi (1913-1937).
En 1913 el PNV dio luz a su tan ansiado objetivo, un diario: nace Euzkadi, y Aranzadi se hizo cargo de su gerencia y dirección. Firmó un acuerdo puntilloso que le otorgó independencia en cuestiones religiosas y un estupendo sueldo, muy superior al de funcionario de la Diputación, además de un acuerdo de indemnización muy favorable en caso de despido. Aranzadi abandonó su puesto de funcionario de la Diputación y se trasladó con su numerosa familia a Bilbao, en donde residió hasta el fin de sus días.
Desde 1913 hasta la Dictadura corrió la década larga en que Aranzadi se convirtió en el factotum en el devenir del nacionalismo vasco. Desde su podio en Euzkadi su influencia fue enorme y marcó el devenir de la entonces denominada Comunión Nacionalista, de la que ejerció como padrino y tutor. Su dedicación periodística le valió sanciones y arrestos, pero su castigo fue mayúsculo con la excomunión decretada por el obispo de Vitoria Leopoldo Eijo y Garay a propósito de un artículo de Pantaleón Ramírez de Olano. Aranzadi, siempre católico por encima de todo, tuvo que pedir perdón públicamente para serle levantada la pena.
A partir de 1926 su situación se vio alterada. La prensa nacionalista empezó a cosechar problemas, al principio económicos, y luego políticos y generacionales. Aranzadi se vio desplazado como director y gerente, para pasar a ser colaborador. Su influencia se vino abajo, especialmente en la época republicana, cuando una generación más joven y nuevos problemas cobraron protagonismo. Murió en Bilbao de un ataque al corazón el 12 de febrero de 1937.
Aranzadi fue, tras la muerte de Sabino Arana en 1903, la persona que mayor influencia tuvo en el nacionalismo vasco hasta la Segunda República. Fue su intelectual orgánico. Como «un moderno reaccionario» le califica Luis Castells en su prólogo a La Nación Vasca. En efecto, Aranzadi mantuvo inflexible el cuerpo doctrinal de Sabino Arana hasta el fin de sus días; sin embargo lo hizo con una ductilidad inmensamente superior a quien fue su maestro y amigo. Hizo realidad la llamada evolución españolista del último año de Arana y la llevó al partido, ahora llamado Comunión Nacionalista a instancias suyas, que se propagó por todo el país con resultados electorales sorprendentes, en especial en Bizkaia a fines de la Primera Guerra Mundial. Para ello, además, utilizó medios muy modernos. La agitación, la propaganda, el folleto, la prensa, la movilización, la cultura como labor previa… van a ser medios muy del siglo xx utilizados por Kizkitza. A la par, abogó por un nacionalismo autonomista práctico con la idea de ir avanzando hacia el objetivo soñado. Su idea de lograr la anulación de la Ley de 25 de octubre de 1839 entraba dentro de la legalidad constitucional a la par que podría suponer una interpretación independentista.
Las ideas de Aranzadi fueron las que participó con sus correligionarios integristas, allá en su juventud donostiarra: el catolicismo reaccionario y los viejos postulados del Antiguo Régimen: la religión en su versión integrista, la hidalguía supremacista, la familia y las organizaciones tradicionales, el solar, la propiedad privada… Ahora bien, a ellas añadió una patria nueva, Euskadi, siguiendo las enseñanzas de su maestro. Es sorprendente que mantuviera incólumes sus principios de juventud, en los años treinta, cuando el nuevo PNV se iba desmarcando de algunos de sus principios seminales, asumiendo principios democratacristianos.
La religión católica está en la cima de su entramado ideológico. «Si mi pueblo se resistiera, renegaría de mi raza: sin Dios no queremos nada», le escribe Arana comentándole su Discurso de Larrázabal. Esta va a ser la divisa de Aranzadi. El resto de sus ideas sobre la raza, la nación, el euskara, las tradiciones… son vehículos de un solo vector: la salvación de Euskadi y de los vascos. Toda su obra rezuma este fervor religioso: los proemios a sus libros, el O. B. (oblato benedictino) que acompaña a su nombre y apellido, el propio Kizkitza (haciendo referencia a la Virgen de Itsaso), su constructo Comunión Nacionalista… Sus referencias son también las católicas tradicionalistas: De Maistre, Adam Müller, Torrás y Bages, Donoso Cortés, Gil Robles padre, los viejos escolásticos… Y es que el resto de sus principios son obra de Dios, por tanto naturales, y por los que corresponde luchar sin descanso en aras de su perpetuación.
La raza era otro de los pilares sabinianos y Aranzadi la reivindicó sin alteraciones treinta años más tarde de la muerte de Arana. Lo «exótico» era causa principal del debilitamiento de lo vasco, de la descristianización y de la pérdida de sus costumbres. «Exotismo, de ordinario es aquí, irreligión, blasfemia e inmoralidad» escribirá a la altura de los tiempos de la Segunda República en Ereintza (1935), su último libro. Los bailes al «agarrao» volvieron a ser vilipendiados. En esta tesitura, Aranzadi renegó de su condición de donostiarra, con «la peste del veraneo», los foráneos visitantes y sus iniquidades morales. Liberal, cosmopolita, poco católica… Kizkitza la calificó nada menos que de «pudridero de Gipuzkoa».
La nación era también obra de Dios, una formación humana natural, una «organización de familias de una raza, que viven en territorio propio, mostrando su personalidad étnica, con la singularidad de su idioma y la de su gobierno e instituciones». Así pues, su visión de la nación era la romántica, la germánica más esencialista y basada en cuatro factores: la raza, el idioma, el gobierno e instituciones propias, y el territorio. Según esto, los vascos constituirían «una nacionalidad perfecta», la más claramente definida de Europa. Para ello hizo una lectura histórica en clave nacionalista, según la cual los territorios vascos habrían sido independientes antes de 1839. A la par, enfatizó los viejos mitos del Antiguo Régimen: el igualitarismo, la nobleza universal, la pureza racial, la participación vecinal, la democracia de las instituciones forales… Aranzadi no contemplaba la cohabitación de identidades, lealtades y culturas varias. Todas estas ideas las expuso en su libro más importante: La Nación Vasca (1918), reeditado, casi punto por punto, en 1931.
El idioma era el pensamiento de la nación y también tenía origen divino. Aranzadi era euskaldun, pero apenas se prodigó en euskera. Apelaba a su falta de conocimiento gramatical para hacer valer su uso del castellano. En efecto, apoyó la creación de escuelas euskaldunas, centros euskéricos, libros y folletos en euskera… Incluso, él mismo hizo sus pinitos en su juventud con una obra dramática de carácter histórico que se la envió a Arana y que se perdió. Curiosamente, en el aspecto de la lengua se observa también su ductilidad y su modernidad. Euzkadi, término acuñado por Arana, se convirtió en Euskadi en sus textos escritos o reescritos en la década de 1930, actitud que contrasta con la de su partido, que mantuvo la vieja «z» hasta después de la dictadura franquista.
Un aspecto sorprendente y que se aparta, hasta cierto punto, del pensamiento de Arana fue su ruralismo y su fe en un principio de la ideología del Antiguo Régimen: la ideología solariega. Si Arana buscó una «aldeana» para casarse y expiar su señoritismo de Abando, Aranzadi buscó con ahínco su solar, el caserío de Ezkio, de donde provenía su abuelo Joaquín Antonio. El quebranto de sus ahorros de 1901 le impidió comprar el caserío Aranzadi Handia en 1907, pero persiguió en su empeño hasta hacerlo suyo en 1931. Su mitificación del caserío vasco recogida en su La Casa Solar Vasca (1932) es inigualable. Frente a las tempestades de la revolución social y la «disolución étnica», la nacionalidad se salvaría «entrando en la casa solar y abrazándonos a la tierra de nuestro apellido». Se pregunta don Engracio: ¿dónde está ese centro vital en el proceso del desenvolvimiento racial? Y responde: «Es el caserío, la casa solar vasca».
Obras
La patria de los vascos, San Sebastián: Imp. de R. Altuna, 1910.
La Nación Vasca, Bilbao: Imp., Lit., Enc. Vda. e Hijos de Grijelmo, 1918.
La Casa Solar Vasca, Zarauz: Ed. Vasca, 1932.
Ereintza: siembra de nacionalismo vasco, Zarauz: Ed. Vasca, 1935.
Bibliografía
Castells Arteche, L., «Estudio preliminar», estudio introductorio y edición a La Nación Vasca, Bilbao: Universidad del País Vasco, 2016.
De Pablo, S.; Mees, L., y Rodríguez Ranz, J. A., El péndulo patriótico, t. I, Barcelona: Crítica, 1999.





