Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores alaveses

ALFARO FOURNIER, Tomás (Valladolid, 7 de julio de 1892 – Vitoria-Gasteiz, 31 de agosto de 1965).

Cargos y oficios

Empresario, abogado y político

Trayectoria

Miembro de la «aristocracia vitoriana» de finales del siglo xix, era hijo de Juan Bautista Alfaro, importante fabricante de textiles y sacos de yute, y nieto de Heraclio Fournier, propietario de la famosa empresa de naipes. En los años treinta del siglo xx regentó el negocio yutero del padre, tras unirse a otras firmas de Vitoria y Bilbao, mientras que su hermano Félix heredó la imprenta naipera. Este segundo destacó luego como coleccionista de arte, mecenas y animador de iniciativas culturales (museos de naipes y de armería, también del Bellas Artes), y, en el terreno político, como sostén de diferentes proyectos políticos conservadores: de la Unión Patriótica primorriverista y la CEDA en la República a Alianza Popular y el diario Norte Exprés antes y después de la transición a la democracia, pasando por diversos cargos en el franquismo, donde destaca el de procurador en Cortes en 1943 representando al Sindicato nacional de Papel, Prensa y Artes Gráficas. Por el contrario, políticamente hablando, Tomás Alfaro fue un hombre de ideas avanzadas que, aunque de joven participó puntualmente en sendas campañas electorales del monárquico Eduardo Dato (1916) y del nacionalista vasco Luis Álava Sautu (1919), a partir del final de la dictadura de Primo de Rivera se declaró abiertamente republicano. En los años treinta fue una referencia fundamental de esa cultura política, identificado y comprometido con su facción azañista, y responsable de la política municipal vitoriana al sustituir reiteradamente en sus funciones al alcalde Teodoro González de Zárate. De hecho, cuando se produjo el golpe militar del 18 de julio de 1936 fue él quien tuvo que ceder a la fuerza el bastón de mando de la ciudad al alcalde designado por los militares. Fue hombre polifacético y dotado para las diferentes artes. Además de completar su carrera de abogado y de gestionar el negocio yutero y luego, tras la guerra civil, una empresa de importación-exportación, ya desde Madrid, destacó en la pintura y en diversos géneros literarios.

Se casó con María Asunción Drake Santiago, marquesa de Cañada Honda, por lo que podía aparecer como aristócrata consorte, aunque en realidad era un ejemplo de buen burgués con inquietudes culturales y con sensibilidad social. Salvó la vida durante la guerra gracias a su mujer y a los contactos que manejó esta, que había perdido a sus padres en Toledo, asesinados por los republicanos. Después de estar encarcelado en Vitoria, Murgia y Burgos fue confinado y luego desterrado a Hondarribia y finalmente a Madrid, aunque volvía cada poco a su «Villa Paula», en la capital alavesa. A su muerte, en mitad de la dictadura, fue reconocido por quienes mandaban entonces como un personaje de trascendencia en la vida local, y las autoridades de la provincia acudieron a su sepelio.

Tomás Alfaro destacó, sobre todo, en el ensayo histórico. Además de algunas obras de juventud referidas al mundo del arte y otros títulos sobre historia medieval acerca de figuras como Pedro I, sin olvidar su presencia constante en la prensa republicana en los años treinta, escribió durante el franquismo una importante trilogía sobre la historia vitoriana. En vida solo conoció la edición del primer volumen de esta, titulado Vida de la ciudad de Vitoria, publicado en 1951 y acabado seis años antes en su destierro hondarribitarra, que desde los orígenes llegaba hasta finales del siglo xix. Pero antes de morir dejó terminado un segundo tomo redactado ya para 1960, que tituló Una ciudad desencantada. Vitoria y el Mundo que la circunda en el siglo xx, y que vio la luz en 1987. Años después, en 1995, se publicó completa la trilogía, incorporando otro inédito hasta entonces desconocido, que iba desde el pronunciamiento de Primo de Rivera en septiembre de 1923, donde lo había dejado en la segunda parte, hasta la mitad de la experiencia republicana, a finales de 1932, momento en que termina abruptamente porque no se encontraron más páginas del texto. Una obra posterior la compuso Santiago de Pablo a partir de unos diarios que también dejó inéditos («Perfil de una trayectoria política. Tomás Alfaro Fournier, 1931-1936») y que nos permite completar su recorrido político y su mirada del tiempo hasta el final de la República.

La ciudad se ha empeñado en presentar a Alfaro como pintor —así se titula la calle que tiene dedicada—, obviando sus facetas tanto política como de historiador, que sin duda afectarían más a una visión conservadora de la misma. Sin embargo, lo cierto es que su obra sobre Vitoria es el nexo que relaciona la producción historiográfica clásica, que podemos remontar hasta Landázuri y hacer discurrir por todo el Ochocientos con firmas como Ladislao de Velasco, Becerro de Bengoa, Fermín Herrán, Eulogio Serdán o Vicente González de Echávarri, con la actual, académica y profesional. El propio título de «Vitoria y el mundo que la circunda» es exponente de una mirada que escapa ya a un localismo plano, empeñado en relacionar listados de nombres y lugares, e incapaz de extraer una conclusión más allá de lo descriptivo. Frente a ello, él es consciente de que la historia local no es sino expresión de las corrientes de todo tipo (filosóficas, políticas, económicas…) que caracterizan grandes espacios físicos y temporales. Sin ninguna duda, con él pasamos, en el caso alavés, de la crónica a la historia. Del mismo modo, Alfaro traslada el protagonismo tradicional centrado en los grandes personajes a otro que comparten estos con las multitudes y las estructuras sociales, en línea con la renovación de la historiografía internacional del periodo de entreguerras que, sin duda, desde la España franquista y al margen de la academia no estaría a su alcance. Sus referencias personales en este sentido eran las de sus amigos el marqués de Lozoya o Melchor Fernández Almagro. A diferencia de sus antecesores, en la obra de Alfaro se aprecian las luchas por el poder de facciones y grupos connotados políticamente con claridad y representantes de intereses precisos, trascendiendo así una lectura tradicional donde los conflictos se perciben en el juego dentro-fuera, propios-ajenos. Su historia es también biografía, y biografía escrita en plena dictadura por un republicano represaliado, de manera que no se priva de pasar revista a la actuación de individuos y formaciones en su contribución o no a la conformación de un país abierto, moderno y de costumbres democráticas. Su trilogía es así una crítica radical al franquismo en que vivía —«Estado policial», lo denomina en un momento— y una defensa de los valores de libertad y progreso social y político. Esto se aprecia, lógicamente, más en el tercer volumen de su Obra Completa, rayano formalmente en el diario y el dietario personal, lo que de paso se constituye en una fuente inmejorable para entender los pulsos dentro del republicanismo alavés, muy representativos de los que podían ocurrir en cualquier otro punto del país y a niveles generales de la política nacional.

El trabajo de Alfaro es una fuente historiográfica primaria que fue utilizado a discreción antes de que los historiadores alaveses entraran en los archivos. Su lectura permite el conocimiento continuado de un tiempo largo, pero salpicada de gran cantidad de informaciones de todo tipo, normalmente autobiográficas y hemerográficas, pero a veces también procedentes de actas electorales y de diferentes archivos. A la vez, su olfato para apreciar la realidad le convierte en una referencia inexcusable para describir procesos y cambios imperceptibles en lo cotidiano. Por ejemplo, suya es la identificación de la política datista local articulada en torno a Eduardo Dato y la Alianza Patriótica Alavesa, donde tuvieron un papel relevante tanto su padre como, sobre todo, su abuelo poco antes de morir en 1916. Pero lo mismo se puede decir de la descripción que hace de la sucursalización de la vida de una ciudad de provincias invadida por las novedades de la sociedad de masas y por la expansión de la realidad estatal, que uniformiza los comportamientos y desvanece definitivamente el protagonismo localista. O detalles que aportan a la vida cotidiana, como cuando nos hace ver cómo la popularización de atuendos como la gabardina democratizaban por uniformización a todos, superando anteriores clasismos en el vestuario. Su definición de la democracia como uniformización de comportamientos es brillante: «La democracia teórica, iniciada dogmáticamente un siglo antes, se tornaría práctica inevitablemente, ajena a todo movimiento político y a pesar de toda resistencia aristocrática. Dividiríanse los hombres en facciones cada vez más enconadas, pero la convivencia obligada por nuevas modalidades en las costumbres, en la cultura, en los espectáculos y deportes, y como consecuencia de guerras generales en las que todos participaban, sometidos a una disciplina única, acercaría los niveles sociales rompiendo los prejuicios que los separaban». Y no se queda atrás su completo análisis de cómo la llegada del ferrocarril a la ciudad, en 1864, cambió por completo su estilo de vida y hasta su propia fisonomía: «Este trascendental suceso cambió el curso de la vida vitoriana, influyendo notablemente en la modificación de sus costumbres. El comercio se desarrolló por nuevos derroteros. Numerosos viajeros visitaban constantemente la Ciudad, aportando ideas modernas y despertando curiosidades. Abrióse el hermetismo local en ansia de novedades al contacto con la vida externa. Llegaban a diario los periódicos de Madrid y del extranjero, excitando la opinión pública fuera del ámbito foral, ya estrecho para contener las pasiones políticas, que se desbordaban hacia los partidos nacionales… Un nuevo estilo, despreocupado e inquieto, vibraba en la renaciente urbe, que se extendía ya ampliamente a los pies de Villa Suso, en cuyo alto, proclamando algo eterno e inmutable, se alzaba hierática sobre sus recios sillares la vieja Catedral, rodeada de silenciosas, cada vez más silenciosas calles, como si hubieran sido abandonadas». Es esa igualación —«sucursalización»— de la vida local con otras vidas locales similares la que le produce una desazón que le lleva a titular «Una ciudad desencantada». Pero es un lamento contradictorio, unamuniano, en el sentido de que le duele a la vez que lo entiende como la cuota que necesariamente hay que satisfacer al progreso. Igual que pasa con su defensa sentimental del foralismo y de aquella generación de 1876, que queda contradicha con todas las páginas de los tres volúmenes al aparecer como tiempo estático e inevitablemente superado. Con todo, decíamos, es un texto reivindicativo, democrático, denunciando la sobrerrepresentación y poder de los que llama «elementos extraños» (Iglesia y Ejército) que, combinados con una ciudadanía que, por razones diversas, abandona su compromiso cívico, hacen regresar al país a esa solución pretoriana en 1923 o, peor, a ese Estado policial que citábamos en el caso del franquismo.

En definitiva, Tomás Alfaro Fournier se inscribe en esa generación del ecuador de la dictadura que fue capaz de imaginar otro país distinto del que sufrían y que aportó en un solitario silencio una mirada lúcida y moderna, en este caso a la historiografía aplicada al devenir de su propia ciudad. Una lectura, la suya, que todavía sigue siendo canónica en muchos apartados, a pesar del gran avance de la historiografía académica y profesional de los últimos cuarenta años. Una obra, en suma, que trasciende con mucho el localismo y que se puede leer, sobre todo la primera parte de Una ciudad desencantada, como un magnífico ensayo de la evolución de las ciudades en el tiempo anterior e inmediatamente posterior a la Gran Guerra.

Obras

«Las postales vitorianas de Tomás Alfaro», Ateneo, 15 (4.ª época), diciembre de 1914.

«Tres pintores y tres épocas de España», Ateneo, núms. 23, 24 y 25 (4.ª época), de agosto, septiembre y octubre 1915, referidos respectivamente a El Greco, Goya y Zuloaga.

«Elogio sentimental», Ateneo, 27 (4.ª época), diciembre de 1915.

Diversas colaboraciones en los años treinta en La Libertad, El Pájaro Azul, Álava Republicana y El Socialista Alavés, y en Pensamiento Alavés tras la guerra civil.

Vida de la ciudad de Vitoria (epílogo de Ángel de Apraiz), Madrid: Magisterio Español, 1951.

«Vitoria en 1900», Fin de Año, 5, Vitoria, 1954.

El Rey don Pedro I de Castilla y de León (en homenaje al alavés don Pero López de Ayala), Vitoria: Fournier, 1965.

Las justicias del Rey (prólogo del marqués de Lozoya), Madrid: Magisterio Español, 1973 (reed. con otro título de la obra anterior).

Una ciudad desencantada. Vitoria y el mundo que la circunda en el siglo xx (edición de Antonio Rivera), Vitoria: Diputación Foral de Álava, 1987.

Obra completa sobre Vitoria de Tomás Alfaro Fournier (contiene los volúmenes Vida de la ciudad de Vitoria, Una ciudad desencantada y Una ciudad desencantada. Segunda parte) (edición de Antonio Rivera), Vitoria: Diputación Foral de Álava, 1995.

Bibliografía

Pablo, S. de, «Perfil de una tragedia política. Tomás Alfaro Fournier (1931-1936)», Premios Literarios Ciudad de Vitoria-Gasteiz 1986-1987, Vitoria: Caja de Ahorros de Vitoria-Gasteiz, 1990, pp. 145-224.

Peciña Anitua, M., «Tomás Alfaro Fournier, un vitoriano desencantado», RIEV, núm. 35 (1990), pp. 303-305.

Rivera Blanco, A., «Tomás Alfaro: una biografía y una historia en la primera mitad del siglo xx», en VVAA, La historia de Álava a través de sus personajes, Vitoria-Gasteiz, BRSBAP, 2003, pp. 147-172.

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