Cargos y oficios
Escritor y político
Trayectoria
Hijo de Manuel Maeztu Rodríguez, nacido en Cienfuegos, Cuba, y de Jane Ellen Whitney, oriunda de Niza, Francia. En 1882 emprende estudios de bachillerato en el Instituto de Vitoria —luego Instituto Ramiro de Maeztu en su memoria— y los finaliza en 1887 con sobresaliente. Se casa en Londres, siguiendo el rito católico, el 14 de diciembre de 1916 con Alice Mabel Hill siendo Juan Manuel el único descendiente. Hermanos de Ramiro son María, pedagoga y directora de la Residencia de Señoritas de Madrid, y Gustavo, pintor y poeta.
Tras vivir unos años en París, Cuba y Nueva York, regresa a Vitoria para instalarse en Bilbao junto su madre, ya viuda, iniciando en 1894 su carrera periodística en El Porvenir Vascongado. Bilbao es para Ramiro una pujante urbe cuyo dinamismo le fascina en la que los industriales vuelcan su ingenio y patrimonio centuplicando la riqueza. Al no contar con estudios universitarios, amplía su formación estudiando a Nietzsche, de moda entonces en España, seguramente en la edición francesa de Henri Lichtenberger, quedando prendado de sus aforismos vitalistas. Salta a Madrid, donde colabora en El País, El Progreso, Germinal, El Imparcial y otros más, algunos de cuyos artículos engrosarán Hacia otra España, una obra de juventud tintada de un individualismo modernizador y regeneracionista de porte nietzscheano que más tarde descartará, pues reclamar otra patria significaba abstenerse de encumbrar la genuina.
1901 va a ser el año de la confirmación de «los tres»: Pío Baroja, Maeztu y José Martínez Ruiz, luego Azorín. A finales de enero Benito Pérez Galdós estrena Electra, donde retrata exitosamente una peyorativa imagen del clero e Iglesia muy extendida en aquel tiempo que es ampliamente glosada en la prensa por el trío de literatos. Y en diciembre lanzan el «Manifiesto de los tres» en el que osan emplazar a los políticos turnistas exhortándolos a superar la crisis social y moral que asola al país, un feudo del Papa según entendían, mediante la educación general y la capitalización del campo; Miguel de Unamuno, que se quedó al margen, objeta que nada podía esperarse de la «japonización» de España. Paralelamente, aparecían bajo el seudónimo de Van Poel Krupp en El País, de abril de 1900 a enero de 1901, una serie de entregas que se recopilarán como La guerra del Transvaal y los misterios de la banca de Londres, siendo esta la única novela de Ramiro. También escribe en 1907 una obra de teatro, El sindicato de las esmeraldas, nunca puesta en escena.
Con una reputación consolidada, algo desengañado del panorama cultural español y con la ambición de abrirse a nuevos horizontes, se traslada en enero de 1905 a Londres donde profesa como colaborador de acreditadas cabeceras españolas: La Correspondencia de España, Heraldo de Madrid y Nuevo Mundo, así como de la bonaerense La Prensa, en la que escribirá de por vida. En seguida capta el núcleo del debate que inquietaba a la sociedad británica, inmersa en un cierto proceso de declive después de la majestuosidad Victoriana, resultado del cual los conservadores se veían acechados por nuevos partidos, Liberal y Laborista, portavoces de emergentes actores socioeconómicos. Maeztu se acerca entonces a la Sociedad Fabiana, entablando amistad con George Bernard Shaw, que propugnaba una acción social más eficiente y, por ello, tecnocrática, y al guildismo, un gremialismo medievalizante capitaneado por Alfred Richard Orage y Arthur Joseph Penty que minimizaba la intervención pública en la economía y en cuyo semanario, The New Age, publica varios estudios.
Reconocido por José Ortega y Gasset, que le dedica en 1914 Meditaciones del Quijote, Maeztu encara la Primera Guerra Mundial defendiendo sin fisura alguna la Triple Entente y denunciando el combativo expansionismo de las potencias centrales. Visita distintas zonas de batalla y pone su pluma a disposición de los británicos, difundiendo en España una imagen benevolente que los presenta como un pueblo al que el flagelo de la guerra lo había encauzado hacia la revitalización nacional. Fruto de la conmoción bélica escribe Authority, liberty and function in the light of the war, donde formula el principio de función definiéndola como aquella que cada cual, inserto en su estamento originario, ha de cumplir en aras de alcanzar la realización de un sistema de valores objetivos asumido por la comunidad nacional que se sitúan más allá del autoritarismo estatal —propio de las potencias germanas— y de la libertad individual —característica de los países aliados—, impugnando de ese modo los basamentos autocrático y liberal que sostienen a los Estados coetáneos. Frente a ambos, ofrece una tercera vía, la tecnocrática, que da réplica al desafío de la modernidad mediante la instauración de una estructura burocrática objetiva que se justifica por sí misma. De ahí su ambigua valoración de las potencias anglosajonas de las que elogia su orden y solidez económica e impugna el sufragio, dilema que resuelve proponiendo salidas iliberales como alternativa a la crisis espiritual que denuncia y desea ver superada. Sobrecogido ante la brutalidad de la Gran Guerra, se aleja de su juvenil anticlericalismo y un incipiente providencialismo comienza a permear sus escritos en los que la referencia al pecado original le lleva a concebir el discurrir de la humanidad impregnado de un hondo pesimismo. Deja el Reino Unido y se instala en la convulsa Barcelona de 1919 para terminar recalando en Madrid.
Allí, colabora en El Sol, un reputado diario fundado por Nicolás María de Urgoiti que congrega a la élite del periodismo capitalino. En 1926 reúne varios artículos en Don Quijote, Don Juan y la Celestina ampliando una noción que ya había adelantado en la revista vasca Hermes en marzo de 1917 en el texto «Sobre el Valor de los Valores» donde presentaba una tríada de valores objetivos —Poder, Saber y Amor—, germen de una axiología espiritual, que se corresponderían a las Personas de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, mientras que los arquetipos literarios que dan título al libro personifican su encarnación nacional, configurando un modelo que partiendo de Dios desciende habilitando valores hasta llegar a la conformación de una cosmovisión hispana sedimentada en la historia.
En enero de 1927, Maeztu se afilia a Unión Patriótica y el mes siguiente anuncia que abandona El Sol para escribir en La Nación, escenificando ante sus lectores su opción por la consolidación del régimen dictatorial en la persona de Miguel Primo de Rivera, que el 16 de diciembre le acredita como embajador ante la República Argentina. Vitoria celebra el nombramiento en un homenaje que se solemniza el 31 de enero de 1928 en el Hotel Frontón al que asiste el alcalde y que es sufragado por el Ayuntamiento y la Diputación Provincial.
Tras el fiasco marroquí, Hispanoamérica suponía para la Dictadura una extensa área a tutelar desplegando una suerte de patronazgo cultural entendido desde el idioma compartido. El nuevo embajador se topa en Argentina con una movilizada oposición que en España se silenciaba: liberal, republicana, anarquista o el disolvente bizcaitarrismo como Maeztu lo tilda y prescribe moribundo, con la que lidia sin demasiado acierto. Más plácidamente se desenvuelve en los salones del elitista Jockey Club de la capital en donde enaltece la figura de Don Quijote, perora contra la leyenda negra y presenta al XVI como el siglo del común ideal de los pueblos hispánicos, aludiendo a la hermandad espiritual que discurrió entre ambas orillas que la Dictadura propone reactualizar. A tal efecto, Maeztu solicita fondos para ampliar la visita del buque escuela Juan Sebastián de Elcano a fin de que participe junto a barcos de guerra argentinos en el desfile naval de la Bahía del Plata el Día de la Raza de 1928, efeméride en la que Alfonso XIII concede al presidente Hipólito Yrigoyen el Collar de la Real Orden de Isabel la Católica. Este será derrocado en septiembre de 1930 por un golpe del general José Félix Uriburu, cercano a las propuestas del «nacionalismo restaurador» y al grupo derechista aglutinado alrededor del diario La Nueva República con los que Maeztu sostenía relaciones de cercanía. La salida de Primo de Rivera del gobierno supuso el final de su embajada, siendo cesado por su sustituto, el general Dámaso Berenguer, el 22 febrero de 1930.
Mientras tanto, es designado miembro de la Sección Primera de la Asamblea Nacional Consultiva comisionada para la redacción de una nueva constitución de signo corporativo que supliría a la liberal de 1876. Maeztu se significa por su dureza, oponiéndose a la concesión automática de la nacionalidad española y al sufragio universal masculino frente a enfoques más abiertos, como los del tradicionalista pamplonés Víctor Pradera que aboga por un atemperado regionalismo. El anteproyecto es aprobado en julio de 1929 pero queda varado al no suscitar entusiasmo ni entre los mismos primorriveristas.
Tras el fallecimiento del dictador en París, Maeztu y algunos de sus exministros, deciden en la primavera de 1930 fundar Unión Monárquica Nacional, un partido que se reclama albacea del legado político de Primo de Rivera, pretende redimir la deteriorada imagen de Alfonso XIII y cuenta con figuras que durante la II República conformarán la oposición alfonsina: Fernando Gallego de Chaves, José Calvo Sotelo, Francisco Moreno Zuleta, José María Pemán, Rafael Benjumea, José Pemartín y el hijo del dictador, José Antonio. En su patria chica, algunos se toman a mofa su militancia, señalando que el «indiano don Ramiro de Maeztu ha resuelto hacerse sacristán castrense» tal como recogía Alava Republicana de julio en alusión a la mixtura de catolicismo y militarismo que rezuman sus artículos. Además, ese año prologa la traducción de Gallego de Chaves de La Alianza Peninsular del integralista luso António Sardinha, enfatizando sus credenciales antiliberales.
La Academia de Ciencias Morales y Políticas le nombra el 10 de febrero de 1931 miembro de número para la decimoquinta medalla a propuesta de Joaquín Sánchez de Toca, Eduardo Sanz Escartín, Miguel Asín Palacios, Luis Marichalar, Antonio López Muñoz, Juan Zaragüeta, Juan Armada Losada y Severino Aznar. Su discurso de entrada versa sobre «El arte y la moral» y es contestado por Sanz Escartín, tomando posesión el 20 de marzo de 1932. Tres años después, lee el 30 de junio «La brevedad de la vida en nuestra poesía lírica», el de admisión en la de Lengua, respondido por Agustín González de Amezúa. Asimismo, sus escritos encuentran acogida en la prensa derechista: ABC, La Epoca, El Carbayón, Diario de Barcelona, Las Provincias, El Diario Vasco, La Constancia y Diario de Navarra, entre las más significadas, y argentina como Criterio y La Prensa, a la que sigue fiel, o cubana: El País.
La llegada de la II República en la primavera de 1931 supone para Maeztu una catástrofe civilizatoria, un huracán desencadenado por el comunismo embozado tras una democracia que arrastra lo hasta entonces estatuido por la historia. Y ello a pesar de que en sus escritos había enmendado a Alfonso XIII debido a su impronta liberal. Se reúne en la tarde del 14 de abril con varios exministros de la Dictadura en lo que califican como el velatorio de la monarquía, en contraste con la fiesta popular que festejaba su extinción, y acuerdan instalarse en el extranjero hasta que las aguas se aquieten. Maeztu, sin embargo, permanece en Madrid aunando colaboradores para editar una revista cultural que haga frente al clima de descomposición espiritual que acompaña al régimen republicano.
El 15 de diciembre de 1931, una semana después de aprobarse la Constitución, Maeztu junto con Eugenio Vegas Latapie, Miguel Herrero García y otros, publican Acción Española junto a su promotor, Fernando Gallego de Chaves, que asume la dirección hasta que es transferida a Maeztu en mayo de 1933, que ya ostentaba la presidencia de Cultura Española, una editorial afín a la revista. Ese primer número se abre con un escrito sin firma, aunque redactado por Maeztu, que lleva como título el de la revista en el que, bajo la alegoría de una encina asfixiada por la yedra, se alude al enemigo interior, la antiEspaña, que arruina la Patria, solo redimible siguiendo la doctrina del Espíritu; ABC lo galardona con el Premio Luca de Tena. Acción Española destacó por su perfección discursiva y se convirtió en el repositorio cultural de la extrema derecha, logrando alzarse como su referente hegemónico.
La desarticulación de la asonada del general José Sanjurjo en agosto de 1932, que Maeztu hubo de penar con dos semanas de cárcel, certifica la fortaleza de la II República y le lleva a proponer la creación de un partido político que manipule y mine su legalidad democrática. Con el visto bueno de Alfonso XIII, nace en febrero de 1933 Renovación Española bajo la jefatura de Antonio Goicoechea, amalgama de monarquismo, autoritarismo y exacerbado catolicismo, del que Maeztu es cofundador y miembro de su junta directiva. Pero Renovación Española se vio siempre eclipsada electoralmente por la pujante Acción Popular de José María Gil Robles, orientándose hacia actividades de tipo conspirativo sobre las propiamente políticas.
Las elecciones al Congreso de Diputados de noviembre de 1933 llevan a Maeztu a ocupar un escaño adscrito a la Unión Regionalista de Guipúzcoa. Días antes se había celebrado el referéndum sobre el proyecto de Estatuto Vasco que resultó aprobado con el 84 % de votos afirmativos que suponían más de dos tercios del censo electoral, superando ampliamente el umbral requerido en el decreto de gobierno de Diego Martínez Barrio que lo regulaba. Sin embargo, en Álava solo votó sí el 46,4 % del censo y la abstención llegó al 41,5 %, guarismos que son esgrimidos por alfonsinos y oriolistas para lanzar una campaña en su contra, alegando que Álava no lo ha aprobado y descolgarla del Estatuto como en 1932 ocurrió con Navarra. Cuando en 1934, comienza su discusión parlamentaria, Maeztu alega que en Álava, al no darse racismo alguno, jamás ha existido un sentimiento de unidad vasca y que desde hace seis siglos los destinos de los alaveses se identifican con los de Castilla y España, cuyos reyes les han concedido el fuero que disfrutan. Y apela al Altísimo como fundamento del poder cuando asevera que Álava es tierra de España porque así la hizo Dios. Para Maeztu, la legitimidad de las naciones reside primordialmente en la Providencia, luego en la historia y por fin en la institución monárquica que ha de regirlas y ninguna de ellas concierne al País Vasco. La campaña antiestatutista naufragó en mayo cuando la Comisión de Estatutos del Congreso dio por válidos los resultados del referéndum, incluyendo a Álava dentro del proyecto. Sin embargo, su obstruccionismo consiguió frenarlo: el Estatuto Vasco solo lograría aprobación parlamentaria el primero de octubre de 1936, durante la Guerra Civil.
Maeztu es designado vocal de la Comisión de Estado y de la de Industria y Comercio del Congreso donde auspicia medidas corporativas por la minoría de Renovación Española. Y subscribe el manifiesto fundacional del Bloque Nacional pilotado por un amnistiado José Calvo Sotelo, formando parte de su comité directivo. En el verano de 1934 se había vivido un movimiento en defensa del Concierto Económico promovido desde los ayuntamientos. El ministro de Hacienda había dispuesto gravámenes sobre el consumo del vino que lesionaban lo estipulado en el Concierto, y en protesta surgió en el País Vasco una masiva movilización, conocida como la rebelión del vino, que fue atajada desde el gobierno del radical Ricardo Samper procediendo a procesar concejales y suspender ayuntamientos sustituyéndolos por gestoras afines. Como colofón, se celebró el 2 de septiembre la Asamblea de Zumarraga que presidió el socialista Indalecio Prieto y contó con la asistencia de diputados del PNV y de ERC. La confluencia de nacionalistas y socialistas vascos perturba a Maeztu que, en un artículo en ABC del último día de agosto, acusa a los jeltzales de cipayos de la revolución en una tierra que es la quintaesencia de la tradición católica e hidalga, privilegio de los en ella nacidos. Al unionismo que abandera, le inquieta que el nacionalismo vasco se emancipe del yugo tradicionalista al que pretenden uncirlo y busque aliados más templados en su reclamación autonomista, deshaciendo la esencia de un País Vasco eminentemente católico inserto en una España uniforme. En mayo de 1935 se debate en el Congreso el proyecto de Ley de Prensa y Maeztu evoca el engaño de los periódicos estadounidenses sobre el hundimiento del Maine que quebró la paz y trajo la derrota de 1898, hechos gravísimos cuando se profana la misión de la prensa que cifra en informar verazmente. De ahí que la ley haya de amparar la autoridad del Estado para perseguir la mentira, el chantaje y la calumnia, estableciendo una censura que los impida.
El lema de Nehemías «Una mano sua faciebat opus et altera tenebat gladium», que Acción Española estampó en la cubierta, describía cierta división de tareas frente a la República. Mientras su director se consagra a la propagación de la ilegitimidad del nuevo régimen y del derecho cristiano a la rebeldía contra la tiranía a la par que corteja la obra civilizadora del Mussolini invasor de Abisinia y la fortaleza de Hitler al unir el principio de justicia social con la idea nacional, desde Renovación Española se fragua una operación secreta firmando el Pacto de El Escorial con Falange e impulsando la clandestina Unión Militar Española en los cuartos de banderas. Y en el Reino de Italia, Antonio Goicoechea, el jefe de Renovación, despliega su estrategia disruptiva suscribiendo un primer acuerdo de provisión de armas y fondos en marzo de 1934, informando a Mussolini en octubre de 1935 sobre su proyecto restauracionista con motivo de la boda en Roma de Juan de Borbón, y apoderando a Pedro Sainz Rodríguez a fin de adquirir el primero de julio de 1936 a la Società Idrovolanti Alta Italia 42 aeronaves de caza y bombardeo. El círculo que entrelazaron monárquicos, militares golpistas y el Duce se cerró a mediados de ese mes con la insubordinación en Marruecos de las tropas coloniales.
Curiosamente, serán tres vascos quienes lancen el término hispanidad al campo de liza cultural: Miguel de Unamuno en sendos artículos publicados en 1909 y 1927, el sacerdote Zacarías de Vizcarra con quien Maeztu coincidió en Argentina durante su etapa de embajador, y el mismo Maeztu que aseguraba haberlo tomado del presbítero. Defensa de la Hispanidad simboliza la palingenesia del Imperio filipino. En su vertiente internacional se ubica en la estela del hispanoamericanismo conservador de la Dictadura de Primo de Rivera, arrogando a España un papel prevalente sobre los países de habla española y portuguesa que formaron parte del dominio de los Austria sobre los que pretende ejercer un liderazgo cultural, eco de un mortecino esplendor. Porque a España, que había sido elegida por Dios para evangelizar el Nuevo Mundo, le incumbe el deber de universalizar el catolicismo. Y en su acepción ideológica, hispanidad hace referencia a una cosmovisión que se postula alternativa a la ilustrada, identificándose con un catolicismo barroco al que Maeztu sistematiza y dota de remozados significantes. Aunque su contenido es deudor del dogma tridentino: apuesta por un espiritualismo absoluto en cuya cúspide rige Dios y del que deriva una antropología salvífica en pugna con la ideología del progreso, e imposición de una monarquía católica corporativa obligada a dirigir una sociedad armónica en la que los distintos estamentos cooperan entre sí bajo la vigilante mirada de un ejército centinela presentado como paradigma de la civilización y guardián del catolicismo. Partiendo del principio de minimizar la intervención pública en la esfera económica, Maeztu se muestra más creativo ritualizando las relaciones de producción a través de lo que define como «sentido reverencial del dinero» y «sacramental del trabajo» en la tentativa de moldear una burguesía tradicionalista que procure cuerpo a la nación y la engrandezca. Y el sujeto restaurador es el caballero de la Hispanidad, cuya divisa gravita en la difusión de los eternos valores de servicio, jerarquía y hermandad, alternativos a los ilustrados de libertad, igualdad y fraternidad. Defensa de la Hispanidad fue bien acogida por, entre otros, Antonio Machado y Salvador de Madariaga y su ideario inspiró a Vicente Marrero, Antonio Millán Puelles y Gonzalo Fernández de la Mora. En enero de 1957, Juan Claudio Güell Churruca fundó la Asociación Amigos de Maeztu, editora de Reino, que pretendía captar figuras del tradicionalismo en favor del pretendiente Juan de Borbón para postularlo como recambio a Franco.
Pero el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 trastocó la vida nacional reemplazando la acción institucional por la pugna bélica entre republicanos y sublevados. El 30, Maeztu es detenido en Madrid y puesto a disposición del Juzgado de Urgencia núm. 3, Juzgado de Instrucción núm. 3 de la capital, que abre el Expt. núm. 155 por delitos de desafección al Régimen y decreta su ingreso en la Prisión Provisional de las Ventas el primero de agosto. Pretextando su conducción a la cárcel de Chinchilla de Montearagón (Albacete) es asesinado en el Cementerio Nuevo de Aravaca bajo el gobierno de unión nacional que preside Francisco Largo Caballero. En el centenario de su nacimiento, se crea el Condado de Maeztu.
Obras
Hacia otra España, Bilbao: Imp. y Enc. Andrés P. Cardenal, 1899.
Authority, liberty and function in the light of the war, London and New York: George Allen & Unwin Ltd./Macmillan Co., 1916 (trad. y aum. La crisis del humanismo. Los principios de Autoridad, Libertad y Función a la luz de la guerra, Barcelona: Minerva, 1919).
Don Quijote, Don Juan y la Celestina, ensayo en simpatía, Madrid: Espasa-Calpe, 1926.
Defensa de la Hispanidad, Madrid: Editorial Fax, 1934.
Obra, Madrid: Ed. Nacional, 1974.
Bibliografía
González Cuevas, P. C., Maeztu. Biografía de un nacionalista español, Madrid: Marcial Pons, 2003.
Jiménez Torres, D., Nuestro hombre en Londres. Ramiro de Maeztu y las relaciones angloespañolas (1898-1936), Madrid: Marcial Pons Historia, 2020.
Ocio, L., Ramiro de Maeztu. Un monárquico en la II República, Bilbao: Universidad del País Vasco, 2014.
Villacañas, J. L., Ramiro de Maeztu y el ideal de la burguesía en España, Madrid: Espasa-Calpe, 2000.
Viñas, A., ¿Quién quiso la guerra civil? Historia de una conspiración, Barcelona: Crítica, 2019.





