Fundación para el Estudio del Derecho Histórico y Autonómico de Vasconia

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NOTITIA VASCONIAE Obras y autores de fuera de vasconia

Obras y autores de fuera de vasconia: Introducción.

Trayectoria

Todos los lugares atraen las miradas ajenas. Como si las distancias acercaran culturas; como si, a más kilómetros, se estuviera más cerca; como si, en definitiva, lo lejano uniera, difuminara todo y nos hiciera más iguales.

Vasconia no fue la excepción a la hora de convertirse en objeto de atención, casi de deseo, ajeno. Es difícil afirmar si lo fue más que otros lugares. Desde luego, lo fue, aún más dada su escasa población y limitada extensión.

Dividida en varios ámbitos administrativos, Álava, Gipuzkoa y Bizkaia pasaron durante el siglo xix de ostentar unos Fueros más o menos potentes a la abolición de 1876. Navarra, por su parte, pasó en 1839 de ser un reino, por muchas limitaciones que tuviera, a una provincia, por muchas libertades que se quieran. Mientras tanto, Labort, Baja Navarra y Sola comenzaron el siglo xix intentando asimilar la reciente pérdida de sus instituciones privativas. No, Vasconia no podía pasar inadvertida.

Autores cercanos, españoles y franceses, y autores lejanos, alemanes, ingleses… y hasta algún americano, se ocuparon y preocuparon por su historia, su lengua, sus leyes y costumbres, sus gentes…, por todo lo que hacía de Vasconia diferente e igual al resto.

En las siguientes páginas se recogen más de 40 miradas foráneas a Vasconia, divisibles fundamentalmente en tres bloques: el referido a personas nacidas en España, el correspondiente a personajes de Francia y el que recoge a autores del resto del mundo.

Esas voces, esas miradas tampoco son, o no solo son, visiones que ansiaran habitar exclusivamente en el mundo del pensamiento. Vasconia podía ser ejemplo externo de lo que se debía o no se debía ser, pero Vasconia también albergaba las visiones de quienes solo veían en ella un modelo a cambiar.

En esa preocupación por el caso vasco destaca el mayor interés político que suscitó entre los autores españoles en comparación al despertado entre sus colegas franceses. Un interés español potenciado por lo distinto que se desea uniformar o por aquello que se desea alegar que no es distinto. Quizá en la Francia decimonónica ya no era necesario acercarse a la Vasconia del norte con intenciones uniformizadoras.

A finales del siglo xviii la Revolución francesa había culminado la tarea de la recién abolida Monarquía al acabar con las instituciones y autonomía de las Provincias Vascas del norte. Así las cosas, carecieron del empuje institucional para desarrollar una visión propia sobre su historia y derecho. Fue, además, como si, desvanecida la singularidad vasca para la potencia francesa, el interés por la misma se limitara a autores atraídos por los aspectos más culturales de su idiosincrasia.

Al sur de los Pirineos el escenario era distinto. Seguían en pie las instituciones privativas de los cuatro territorios, a la espera de que los nuevos tiempos franceses llegaran al mediodía. Acabaron por llegar, sellada definitivamente la nueva situación en 1876 con el final de la última Guerra Carlista. Hasta entonces, la Vasconia del sur vivió un tiempo de guerras, hambre y miseria; un tiempo de inestabilidad política, de vaivenes institucionales en los que la singularidad vasca se afianzaba por momentos para desdibujarse finalmente.

Esa lucha en el campo de batalla, pero también en la arena política y en el foro de la Historia y el Derecho, atrajo a destacadas personalidades españolas, que pusieron sus ojos en nuestra tierra. Se trataba de vencer y convencer. Tal vez por eso el interés político español se solía limitar exclusivamente a las tierras del sur. Para ellos no había un pueblo vasco aunque estuviese dividido administrativamente. Solo había un pueblo español que al sur de los Pirineos se acompañaba del correspondiente adjetivo de vasco, vascongado, vasco-navarro, navarro… Para esa España política solo existía el pueblo vasco del sur en tanto parte indisoluble de su nación.

Como se ha señalado, ese interés interesado de españoles parece desaparecer en los autores franceses, ya no preocupados por su vertiente más política, y sobre todo en los autores más lejanos que se acercaron a esta tierra. Su interés era otro, deseaban conocer un pueblo distinto y que, como tal, como distinto, era mirado y admirado, a veces para emularlo. Esto hizo o favoreció que para ellos los vascos sí fueran un pueblo. Los Pirineos no eran la cordillera que separaba lo distinto, sino la montaña que unía lo mismo.

Ellos conocieron el norte, se acercaron al sur, viajaron a Iparralde, visitaron Vascongadas y acudieron a Navarra con el ánimo de quienes desean desentrañar el pueblo que daba nombre a Vasconia. Era un retazo del pasado que podía alumbrar el futuro, la piedra de Rosetta que desentrañaba enigmas y explicaba misterios.

Misterios que se mantendrán, cuando en España los absolutistas alaben las instituciones privativas como el mejor ejemplo del Antiguo Régimen; los liberales moderados las califiquen como la perfecta fórmula entre Tradición y Revolución; y los más progresistas se atrevan a ensalzar su carácter democrático.

Ese abarcarlo todo, en lo positivo, suponía también llenarlo todo, en lo negativo. Los absolutistas también criticarán las instituciones privativas como el mejor ejemplo del progresismo demócrata; los liberales moderados las considerarán el desequilibrado encuentro entre Tradición y Revolución; y los más progresistas proclamarán su carácter tradicional e intransigente.

Ese abarcarlo todo, para lo bueno y para lo malo, que presidió la visión ajena, pero también la propia, para una única realidad, la de Vasconia, fue algo más que juegos de artificios históricos. Entonces, sobre todo para esa visión española tan necesitada, la política hacía historia y la historia, política, y al final surgían leyes que si en el norte habían anulado la personalidad vasca, en el sur la modificaron para siempre.

No deja de ser significativo que en 1878, el inicio de otro tiempo histórico, el catalán Juan Mañé y Flaquer, padre de la provincia de Bizkaia, empezara a publicar El Oasis. Viaje al País de los Fueros. El oasis, el ansiado paraíso deseado también por el otro, unido de forma irremediable a los Fueros. En el preciso instante en el que las leyes propias se encontraban viviendo su momento más delicado, recién terminada la Segunda Guerra Carlista, y el oasis se tambaleaba. Ese oasis que los catalanes habían perdido hacía ya mucho tiempo.

No corramos tanto. El siglo xix había amamantado la recién alumbrada Edad Contemporánea, dispuesto a convertirse en campo de batalla de la pugna entre Revolución y Tradición. Una lucha que parecía no permitir prisioneros, ni lugares de encuentro, ni descansos ni treguas.

Fue el siglo de la Historia y de los modernos nacionalismos. Como si la Historia se encarnara en forma de nación o como si esta necesitara la fuerza del pasado. Como si el nacimiento del nuevo nacionalismo necesitara la ayuda de la Historia o los estudios históricos trajeran el descubrimiento de la patria. Historia y nación en tiempos románticos que halló caldo de cultivo en tierras vascas. Aquí, donde la Revolución, la Tradición, la Historia y la nación buscaban acomodo con el vigor de un pasado mitificado y la debilidad de un presente cada vez más comprometido. La contienda, avivada por el Romanticismo o, el Romanticismo, avivado por la contienda, encontrará en Vasconia lugar fértil al que acudir en búsqueda de ejemplo, los unos, y de botín, los otros.

El debate venía de lejos en el sur y fue activado desde fuera en 1802 cuando Godoy formó una junta, que, si al final no llegó a actuar, tenía muy claros sus objetivos: examinar el origen, causa y objeto de los Fueros. También por entonces la Real Academia de la Historia dio el impulso definitivo a su viejo proyecto de realizar un diccionario que abarcara todos los lugares bajo su jurisdicción. Se plasmó en el Diccionario geográfico-histórico de España (1802). Los dos primeros volúmenes, escritos por Abella, Martínez Marina, Traggia y González Arnao, estaban dedicados al reino de Navarra, al señorío de Bizkaia y a las provincias de Álava y Gipuzkoa. Aunque la elección parece que se debió a que eran los lugares con la documentación más completa, el texto criticaba el mito que sustentaba la soberanía originaria e independencia en una foralidad pactada. El objetivo político era defender su integración en la Monarquía. La idea será recurrente a lo largo del tiempo: los Fueros eran privilegios, no ordenamientos particulares, propios y originarios de los territorios. Aquí terminó el diccionario de la máxima institución histórica de España. Solo hubo otro volumen, dedicado a La Rioja y varios pueblos de Burgos, y publicado muchos años después.

Considerada un ataque a los regímenes privativos, la obra no generó una -reacción generalizada en las instituciones del sur. El silencio puede interpretarse de «diversas maneras». En el caso de Navarra se ha considerado que el artículo llevaba la impronta del padre Moret, cronista del reino en el siglo xvii, y que era «bastante razonable».

En Vascongadas quizá también influyó la publicación en 1806 y 1808 de los cinco volúmenes de las Noticias históricas de las tres Provincias Vascongadas, de Juan Antonio Llorente, que preocuparon más a los autores locales. La obra del riojano estaba patrocinada por el Gobierno de Godoy para fundamentar la abolición de los Fueros vascos.

La Diputación del señorío de Bizkaia encargó en 1807 al cántabro Fray Domingo de Lerín y Clavijo una respuesta, que entonces no llegó a ver la luz. Tampoco vieron la luz en ese momento, a causa de la censura, diversas refutaciones preparadas por los nativos.

El aprovechamiento político de la obra de Llorente comenzó enseguida: el Consejo de Castilla se propuso el mismo año de 1807 reexaminar los Fueros y se creó en 1815 una Junta de Reforma de Abusos de la Real Hacienda en las Provincias Vascongadas, que resumió el texto en materia fiscal.

La década siguiente, Tomás González recibió el mandato real de reunir toda la documentación que apoyara las tesis de Llorente. Su recopilación en cuatro volúmenes, titulada Colección de cédulas…, se publicó en 1829-1830 y estaba dedicada a los tres territorios. Su continuación, también por mandato real, fue la edición de otros dos volúmenes sobre los privilegios concedidos a varios pueblos y corporaciones de Castilla. El objetivo era el mismo: socavar las ideas foralistas en favor de las teorías regalistas y probar que el régimen foral vasco no era especial.

Por si fuera poco, también por entonces se recreó la comisión que en 1802 había formado Godoy para examinar el origen de los Fueros. Entre sus integrantes se encontraba el guipuzcoano Zuaznávar. El donostiarra había atacado el régimen de Navarra en su Ensayo histórico-crítico sobre la legislación de Navarra, publicado en 1820 y reeditado siete años después. En la contestación participó el pamplonés Sagaseta de Ilúrdoz, síndico consultor de las Cortes de Navarra, pero el tudelano Yanguas y Miranda fue el que llevó el peso y la acción. La Diputación le nombró en 1829 archivero e historiador oficial, y por orden de la máxima autoridad navarra comenzó sus investigaciones en los archivos de la Academia de la Historia. La respuesta directa del tudelano fue su refutación jocososeria de 1833.

No solo era tiempo de letras, las armas habían hablado. El final de la Primera Guerra Carlista llevó la cuestión foral a las Cortes españolas de la mano de personajes como el progresista Álvarez Mendizábal o el moderado Arrazola…, que intervendrán en la Ley de Confirmación de Fueros de 25 de octubre de 1839. La inclusión final de la unidad de la Monarquía supuso la victoria de los progresistas, frente a los moderados, partidarios de la confirmación incondicional de los Fueros. Otro liberal progresista, Manuel Cortina, fue uno de esos políticos españoles que intervino en la culminación navarra a la citada Ley de 1839: la Ley Paccionada de 16 de agosto de 1841.

La discusión en el Senado de la Ley de Presupuestos de 1864 resume los aires que venían del sur. Subieron a la tribuna personajes como el liberal progresista Sánchez-Silva, conocido detractor de los Fueros, para resucitar el Diccionario de la Academia de la Historia, la obra de Llorente y las recopilaciones de Tomás González.

El alavés Pedro de Egaña se levantó de su escaño para contestar al sevillano y pronunciar las palabras «nacionalidad vasca» por primera vez en las Cortes españolas. El debate en el Senado halló eco en la prensa y en las distintas publicaciones que vieron la luz. Cada una de las tres diputaciones vascongadas (1864) compuso su propio ejemplar; y Sánchez-Silva encargó a García González (1864) que diera cuenta del mencionado debate. También Trueba salió a la palestra en 1865 con su obra, el título lo dice todo, Defensa de un muerto.

La polémica continuó en el mismo escenario en 1867. Cayetano Manrique fue entonces quien se levantó para defender los Fueros. Un autor, además de político, ya conocido por sus simpatías a las leyes privativas. La nueva discusión volvió a saltar a la imprenta, gracias otra vez a Sánchez-Silva (1867) y al propio Cayetano Manrique (1867).

Los debates tuvieron la virtud de volver a despertar a las instituciones locales, que publicaron trabajos no solo de autores nativos. Así fue con el mencionado texto de Cayetano Manrique Tres rectificaciones forales a los discursos pronunciados por el señor Sánchez Silva en los días 28 y 29 de mayo, en el que se denunciaban las manipulaciones y ausencias de Tomás González.

La polémica sirvió también para dar una segunda vida a uno de los principales trabajos sobre la historia del Derecho en España: Historia de la legislación y recitaciones del Derecho Civil de España (1861-1872). Escrito por el citado Cayetano Manrique y Amalio de Marichalar, estaba dividido en nueve volúmenes y las instituciones de Vasconia del sur consideraron de gran interés las páginas dedicadas a su territorio. Promovieron en 1868 la edición corregida y aumentada en un único volumen de Historia de la legislación y recitaciones del Derecho Civil de España. Historia de los fueros de Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava.

Son los convulsos años previos a la Revolución de 1868, cuando la inestabilidad política desembocó en el estallido de La Gloriosa y el obligado exilio de Isabel II. Años vividos con especial ansiedad en la Vasconia del sur, cuyos naturales quisieron erigir un dique salvador frente al exterior, convencidos de que tal marasmo podía acabar definitivamente con los Fueros. Entonces la Diputación navarra impulsó el acercamiento institucional con Vascongadas, el llamado Laurak-Bat, como defensa propia frente a las voces y hechos foráneos. También entonces un grupo de amigos intentaron crear una agrupación conservadora del vascuence. La Revolución de 1868, primero, y la Guerra Carlista, después, desbarataron todos los propósitos.

Todos, no. Ese grupo de amigos, por ejemplo, fundó en 1877 la Asociación Euskara de Navarra. Y en el otro lado, cuando en 1876 se planee extender el régimen común a parte de Vasconia, debate de tiempo largo, el fantasma de Llorente recorrerá de nuevo los asientos de las Cortes españolas.

Llama la atención que en esa pugna entre lo propio y ajeno, se intercambiaran a veces los papeles. Voces ajenas, como en el caso de Manrique y Marichalar, defendiendo las instituciones vascas frente a personajes foráneos o voces propias, como la de Zuaznávar, atacando los Fueros contra los autores nativos.

En España era un asunto político con opiniones y argumentaciones para todos los gustos. El liberal moderado Canga Argüelles consideraba que hasta las luces del siglo demandaban la abolición de unas costumbres contrarias a las bases de la organización social. Para Justo Camino, el absolutismo monárquico chocaba con el régimen institucional navarro, que rechaza.

Más templados, otros liberales como Segismundo Moret y Luis Silvela abogaban por la coexistencia entre el Derecho general y el foral, pues este último garantizaba tradiciones familiares que el primero no había conservado El sevillano Rodríguez Ferrer, liberal conservador, era partidario del mantenimiento del régimen foral y la descentralización interna. Y Rodríguez García, liberal, también se mostraba favorable a los Fueros vascos. Pedro Sainz de Andino, en cambio, defendía la Monarquía constitucional, ni Trono sin Constitución, ni Constitución sin Trono, y constitución de 1845.

El ilustrado Hermida, por su parte, trató de encontrar en Navarra ejemplo para España. Hallaba aquí la «antigua Constitución»; el postrer reducto del gobierno perfeccionado por la razón y el tiempo: la Monarquía moderada pactada entre el rey y el reino. La libertad del reino era más antigua que la consagrada en la Carta Magna inglesa. No se trataba de defender sus privilegiados Fueros. Se buscaba lo mejor del pasado frente a la fuerza revolucionaria; se buscaba un modelo para la constitución general de la Monarquía española.

Fuera de la política, pero también en esa visión de Vasconia más como modelo que como objeto, el jesuita Hervás, defensor del vasco-iberismo, halla en el euskera la lengua primitiva de la península que le permite descifrar la historia antigua de España y de toda Europa.

Las siguientes páginas nos muestran y nos demuestran cómo las voces extranjeras también eran diversas, a veces no tanto. Numerosos autores no españoles apoyaron a los carlistas durante la Primera Guerra. El alemán Loning, el inglés de origen belga Frederick Henningsen o los franceses Alphonse Barrés de Molard y Alexis Sabatier se alistaron en el bando carlista. Aventuras bélicas que se plasmaron en estudios sobre la batalla y los Fueros de Navarra y las Provincias Vascongadas. Como los estudios realizados por Stephens, corresponsal de guerra inglés, también simpatizante de la causa carlista. Un paso más dio su sustituto como corresponsal, el también inglés Gruneisen, que llegó a tomar las armas en favor de Don Carlos. En el lado contrario, el cónsul británico en Bilbao entre 1830 y 1837, Francis John Bacon, abanderó la respuesta foránea en pro de la causa liberal.

El autor gascón Cénac-Moncaut no se implicó tanto. Su trabajo abarca todo el territorio y su divisa progresar pero honrando la tradición encuentra su mejor acomodo al ensalzar la libertad éuskara, plasmada en «asambleas nacionales» de todos sus ciudadanos. Víctor Hugo atisbaba la lucha entre las antiguas y nuevas libertades en las que los pequeños Estados acabarían absorbidos por los pequeños: era la historia y la naturaleza, era la ley. John Adams, futuro segundo presidente de Estados Unidos de América, se ocupó de los diferentes tipos de gobierno europeos en búsqueda del mejor sistema político a implantar en Estados Unidos: Bizkaia era una próspera república democrática. Hasta el vascoiberismo cruzó los Pirineos, en el francés Baudrimont, sin ir más lejos.

Era un debate político con consecuencias políticas en el que la Historia daba o quitaba razones o se buscaba que la Historia diera o quitara razones y que exigía medios, esfuerzo, interés y una élite nativa capaz y preparada. Las voces ajenas obligaban a las propias a estar a la altura.

Hemos visto cómo a principios de siglo la producción historiográfica impulsada con el ánimo de socavar la peculiaridad vasca, y en la que se puede incluir el propio Diccionario de la Academia de la Historia, obligó a coger la pluma en defensa de lo propio.

A mediados de siglo algunas cosas cambiaron, al menos el papel de la Real Academia de la Historia, cuyo actuar resultó decisivo para impulsar la élite, también al sur de Vasconia. Entonces la máxima institución histórica española comenzó a reorganizarse al mismo ritmo que en el resto de Europa y pudo alcanzar el prestigio interno y externo, que hasta entonces no había tenido.

Además de académicos de número, domiciliados en Madrid; y de académicos honorarios extranjeros, la institución tenía académicos correspondientes repartidos por cualquier punto de España o exterior. Los Estatutos y el Reglamento, aprobados en 1856, animaban a distribuir dichos nombramientos «entre sujetos bien reputados y de conocida afición» a los estudios históricos que hubiesen publicado o presentado algún estudio.

Esta reorganización coincidió además con la nueva reglamentación de las comisiones provinciales de Monumentos Históricos y Artísticos, que permitía ser miembros a los correspondientes de la Academia de la Historia y a los de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Todo ello contribuyó a que desde 1865 los correspondientes empezaran a proliferar y facilitará el impulso de la élite local, que estará marcada por el nuevo ritmo que la profesionalización de la ciencia histórica había comenzado en Europa. Ese toque europeo y académico (institucional) le permitió relacionarse con las élites de otros lugares y situarse, como miembros de la máxima institución histórica de España, dentro de la historiografía académica y erudita, dotándole de importancia cultural y científica. Esos correspondientes de la Academia de la Historia impulsaron el nuevo tiempo o algunos de esos impulsores consiguieron entonces ser correspondientes de la Historia o recibir el reconocimiento exterior.

La estrecha relación que la nueva época estableció entre el movimiento histórico y el concepto de nación marcó a la nueva élite en esa encrucijada política y cultural que auguraba la nueva época. Las condiciones materiales no eran las más apropiadas, recién terminada la Segunda Guerra Carlista, demasiadas guerras en tan pocos años. Quizá fue la conciencia de vivir una época que podía alumbrar un futuro no deseado la que hizo crear asociaciones, sociedades, círcu-los…, intentó impulsar el euskera, estableció certámenes culturales, publicó libros, revistas, periódicos…, escribió historia, poesía, novelas… Fortalecido el grupo, surgió un movimiento en defensa de lo propio que sus creadores consideraron pionero.

Para ello habrá que esperar al nuevo tiempo que el final de la guerra abrió en 1876 de la mano de otra voz española, tan distinta de otra voz más lejana. Porque quizá el político liberal e historiador español, Cánovas del Castillo, y el polifacético alemán, Wilhelm von Humboldt, podían resumir mejor esa dicotomía entre la visión española y la más foránea.

Uno personificaba el perfecto ejemplo de historia y política encarnadas en alguien que desde su posición de poder plasmaría su visión de lo vasco, de lo vasco del sur, como parte indisoluble de España, en leyes y al final en usos y costumbres.

La Restauración de Cánovas se fundamentó en una concepción unitaria de España como nación permanente e indisoluble que mantuviera el equilibrio entre los Fueros, defendidos por unos, y su abolición total, reclamada por otros. Fracasada para Vascongadas la solución navarra de 1841, la Ley de 21 de julio de 1876 abolió los Fueros vascos. Después, en 1878, Cánovas posibilitó que se estableciera el régimen de Conciertos Económicos para Vascongadas: la nueva foralidad.

El otro personaje ejemplifica como nadie la voz extranjera que, ajena a la política, se acercó a toda Vasconia como pueblo y cuyo estudio se quedó en el mundo de las ideas.

Wilhelm von Humboldt destacó la singularidad de los vascos como pueblo, su «carácter étnico» y «nacional», que a través de su «constitución política autónoma», había podido alcanzar muchos de los logros de la Ilustración europea. Pero el alemán no era optimista: las influencias arrinconaban su lengua y con ella su «singularidad nacional» y el Gobierno español atacaba sus Fueros, garantía de su identidad como pueblo.

Para él era una nación vasca dividida en dos Estados a los que pertenecían «por casualidad». Frente a la frontera exterior, arbitraria, apelaba a la lengua y cultura como frontera natural entre naciones. Ellas explicaban que los vascos fueran una unidad propia y diferenciada. Rotundo, Humboldt sentenció: «Todos los vascos forman una nación», una nación cultural, casi natural, frente a las creaciones políticas de los Estados.

De Cánovas a Humboldt, del español al alemán, aparecerá a continuación una amplia gama de voces foráneas empeñadas en descifrar Vasconia. Esas voces, algunas de ellas apenas esbozadas hasta ahora, nos desgranarán con esmero las miradas del otro sobre esta tierra. Unas miradas, a veces tranquilas, a veces no tanto, siempre interesantes.

Bibliografía

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